14.3.10

Las lágrimas de Polifemo

Capítulo cuarto

Llueve en la Avenida Ruiz Jarabo. Brillan las aceras ondulantes. Desde la habitación ya no se ve sólo la bruma en la vega del Turia. Los edificios nuevos están viejos, hace mucho que cambió el paisaje. ¿Por qué se habrá metido en todo este berenjenal? Hace veinticinco años Francisca quería terminar los estudios de Magisterio, sacar lo que entonces se llamaba el acceso directo, reservado para los alumnos con mejores notas. Quería también vivir, la pedagogía y las manifestaciones y los conciertos de cantautores turolenses eran compatibles, los estudios eran compatibles con la lectura y con el sexo, con los viajes a dedo y las excursiones en tienda de campaña. Había fuerza y tiempo e ilusiones para todo. Hasta que se tuvo que volver al pueblo.

Fue en tercero de carrera. Francisca recuerda el día en que estaba haciendo las prácticas en el colegio La Salle y hablaban de Pinocho. Ella quería descubrirles a los niños el lado literario de Pinocho, su trabajo consistía en, muy poco a poco, desinfantilizar el mito, igual que alguna vez hay que explicar que Los viajes de Gulliver es un libro terrorífico. Entonces no había móviles, pero las noticias tristes tardaban muy poco más tiempo en llegar. Francisca paseaba por las mesas, los niños tenían que escribir unas líneas sobre la historia que acababa de contarles, la mayoría no sabían qué decir y pintaban narices como falos. Por otro lado del aula, cómplice del ejercicio que proponía Francisca, el hermano Jesús, un fraile con sotana negra y pechera blanca, trataba de corregir la impudicia de las narices. Entonces entró sin llamar a la puerta el hermano Emilio, que era el que ordenaba las filas de los niños en el patio antes de entrar a clase por la mañana. El hermano Jesús se acercó a preguntar y conferenciaron muy brevemente. Francisca recuerda la cara que puso el hermano Jesús cuando se volvió a llamarla. Los tres salieron al pasillo, los niños quedaron suspensos.

–El hermano Miguel te va a llevar al pueblo en la furgoneta. Tu madre se ha puesto mala –dijo el hermano Jesús.

–¿Qué le ha pasado?

–Pues parece ser que ha sido un cólico…

–¿Ha muerto?

–No, mujer, qué cosas dices. Lo que pasa es que tiene que guardar reposo. Será mejor que vayas y la cuides. Ojalá no sea nada y la semana que viene vuelves a terminar el trabajo de Pinocho…

Francisca se asustó mucho. La idea de la muerte le cayó como un dolor de cabeza que no se fuese a calmar nunca. El hermano Miguel intentó muy discretamente preparar el espíritu de Francisca para lo que se avecinaba. Iban en la furgoneta junto al río Alfambra, a los chopos cabeceros les estaban empezando a salir las hojas.

–Cuando ocurren estas cosas… –dijo el hermano Miguel– lo más importante es el buen ánimo. Todo pasa, Francisca, el placer y el dolor, el invierno y el verano. Todo pasa y nada hay definitivo… –dijo, con acento valenciano.

Francisca no decía nada. Al pasar Villarroya, por las curvas que atraviesan los pinares, sintió que se mareaba. Instintivamente pensó qué ropa negra se tendría que poner, qué cara debería poner en el duelo. Viajar en la furgoneta era como ir cayendo por un precipicio, concentrarse en preparar el cuerpo para cuando se estampase contra el suelo. No se creía nada de lo que le estaban diciendo. Un dolor previo, presentido, la vació por dentro. Los curas hacían lo de siempre, poner paños calientes. No te preocupes, es sólo un cólico, hay que diferir el dolor: es el único modo de acortarlo porque el dolor ya no tendrá fin.

La verdad es que no le habían mentido. A su madre le había dado un cólico. Tenía que guardar reposo. Alguien debía ocuparse de la carnicería. Eso era todo. Era un martes y llovía como ahora. Las aceras de la avenida no eran tan anchas. En el parque los árboles aún eran arbolillos. Le faltaban meses para terminar los estudios de Magisterio pero había que cuidar de la carnicería. Había que cortar cientos de miles de filetes de lomo alto y embutir varias toneladas de morcillas. Había que despedazar cabañas enteras de vacas y vaciar la molleja de un millón de pollos. Su madre se repuso del cólico muy pronto, pero al padre le iban dando ciáticas y su hermano menor tenía que acabar la escuela. El trabajo de Pinocho se quedó sin hacer.

Recuerda Francisca los primeros días, cómo trataba de reunir apuntes pero luego fue imposible bajarse a Teruel a los exámenes, el cólico aún no se había curado. Y recuerda también la decepción que se llevó cuando entre ella y sus amigos se abrió un abismo de silencio, como si en vez de haberse vuelto al pueblo se hubiera muerto. De un día para otro todo había desaparecido. Francisca no tiene ganas de ver la tele en el hotel, pero tampoco duerme. Ha bajado las persianas y está a oscuras pero tiene los ojos como platos. Tampoco quiere volver de noche al hospital, Rafael ya puede dormir solo, el enfermero renqueante puede atenderlo sin necesidad de nadie. Han pasado ya las primeras cuarenta y ocho horas y no hay infección en la herida. De esta va a salir.

El carácter nervioso de Francisca no es mucho de estar despierta en la cama. Ahora se ha vuelto a acordar del Sagrado Corazón de Jesús. Aquel concierto fue el fin de semana antes de que se tuviera que marchar al pueblo. Aquella tarde de calles mojadas y sonido deficiente fue la última y en su memoria se ha ido asentando en la primera posición de los recuerdos juveniles. Es posible que cuando sea todavía más vieja sólo queden los cables de los altavoces y aquellos chicos moderadamente melenudos que practicaban la canción protesta. Ella estuvo muy implicada en el asunto, tenía un medio novio que tocaba el bajo en el grupo Los Gays. Le pusieron Los Gays sin saber que en el resto del mundo civilizado gay significaba homosexual. En el Teruel de aquellos últimos setenta casi nadie sabía inglés. Ellos querían sólo ser alegres, ni siquiera habían leído a Nietzsche. Se produjo un gran desconcierto cuando la prima del batería, que era de Valencia y se comportaba como si viviera en Inglaterra, les preguntó si habían tenido algún problema con las autoridades por poner ese nombre. Luego se rió de ellos.

Tuvo su punto gracioso. El presentador del concierto era un cura, uno de aquellos jóvenes paulinos que querían estar a la altura de las circunstancias. Al presentar movía los pies cómo si bailase un twist o estuviera nervioso, detrás de él la fachada neogótica del Sagrado Corazón de Jesús pintada de azulete descascarillado. “Y ahora un grupo joven, alegre, divertido… ¡Los Gays…!” Antes de tocar la primera pieza, cuando aún estaban templando los instrumentos, al medio novio de Francisca le tocó dar una pequeña explicación: “Bueno, ejem, no somos los Gays, ese era un nombre que tuvimos en una etapa anterior… Ahora somos Los Gallos, porque pensamos que nuestra música debe dirigirse a las cosas de la tierra y…” Francisca no recuerda qué dijo aquel bajista para salir del paso y que no los tomasen a todos por maricones. Pero sí recuerda que fue el único de todo el grupo que se lo tomó a risa. El resto no sabía a quién tener más miedo, si a las novias o a la policía. O a los curas.

La noche la pasó con el bajista de Los Gallos en un piso de la calle Caracol, detrás de la iglesia de San Pedro. Al día siguiente vino el cólico. Nunca volvió a ver al bajista ni habló con él pero su nombre no se lo olvidará en la vida, entre otras razones porque hace años que le sigue la pista por internet. Se llevaban mirando unas cuantas semanas. Se habían visto en el pub Hartzembusch, un bar en un piso alto que acababan de abrir y al que iban por las noches los profesores jóvenes del instituto. También iban fumadores de hachís y hubo una célebre redada en la que cayó la hija del gobernador. Leonor era amiga de todos, de los conspiradores y de los fumadores, y muchos fines de semana la invitaba a irse con ella a Alfambra pero se quedaban las dos en el piso de la calle Caracol. Allí conoció al bajista, allí se acostó con él, allí lo dejó de ver.

Siente Francisca que basta una noche de insomnio con que agotar toda tu vida. Los recuerdos de aquellos días húmedos de invierno flotan en la oscuridad del hotel Isabel de Segura, en la habitación en la que de lunes a viernes era una chica formal. Deben de ser las diez o las doce o las tres de la mañana, no lo sabe ni tampoco tiene ganas de mirar. Nada de eso le produce la más mínima nostalgia. Pero sí echa de menos el año que no vivió, el último de Magisterio. La gente dice que nunca es tarde pero eso es una tontería, cómo no va a ser tarde para tener de nuevo veinte años. Trató con tripas en lugar de con mentes. Abrió cuerpos en canal en lugar de enseñarles a escribir. No le había ido mal. En estos veinte años había sido feliz. Francisca se repite esto último varias veces, a ver si así consigue dormirse.

Dejó adrede las persianas sin bajar del todo, quería que la despertasen por la mañana los átomos del sol entre los rayos que se cuelan por las rendijas, y que entonces iluminaban el armario blanco y el papel de flores. Entonces las mañanas eran más claras, todo estaba más abierto y saneado. A Francisca le molesta un poco seguir pensando en todo aquello, mientras se ducha piensa que no va a estarse en la clínica toda la mañana, sólo hasta que pasen los médicos o vengan sus padres, y si vuelven los de la tele o la policía o el sursum corda Francisca ya no quiere saber nada. Quiere incluso dejar ese hotel, o por lo menos esa habitación. Estos viajes al pasado le dan mal fario. Francisca es de las que creen que del pasado sólo se puede hablar, no pensar. Puedes contarle a alguien algo, una anécdota, un sentimiento, si esa persona es muy íntima, pero si estás sola no merece la pena. Todo ha ido bien y no tiene nada de que arrepentirse, se repite una y otra vez mientras saca la ropa interior del compartimento de tela de la maleta.

Prefiere pensar en qué hacer con la carnicería. Bernardo le ha dejado un par de mensajes pero tampoco quiere pensar en Bernardo. Escribe los mensajes con toda clase de comas y puntos y acentos y palabras largas que se podrían abreviar, son mensajes de haberse pasado la hora del almuerzo entera redactándolos con sus dedos fuertes y curtidos sobre el teclado táctil del teléfono. “Buenos días, Francisca. Aquí, todo va correctamente. Tu hermano se arregla bastante bien en la carnicería con Laura, que es una chica muy maja. Espero todo vaya bien por ahí. Hasta pronto. Por cierto, que estás muy favorecida, ya sabes…” Francisca pasa la pantalla con el dedo, en cada línea se leen una o dos palabras, pasan las líneas y sigue diciendo lo mismo que ayer. Francisca lo lee sin más emoción que desear que estos mensajes no vayan a más. Le parece muy bien que Bernardo siga siendo así de respetuoso y de pulcro, y por si acaso ella le contesta con monosílabos. Esas últimas líneas no le han gustado nada. Ese ya sabes no sabe Francisca a qué viene y la mosquea, así que contesta con un OK que le sorprende incluso a ella. Es la primera vez que usa el OK en el teléfono. Seguro que Bernardo piensa que ya ha adoptado modos de ciudad. Seguro que le entran celos del OK, piensa Francisca, pero envía el mensaje.

En el hospital da la sensación de que el sol ha puesto un poco mejor a los enfermos. El minero y Rafael están jugando a las cartas. El minero está sentado en la cama de Rafael, se pasa por la boca un chupachús de morfina y coge de la mano de Rafael la carta que el chico quiere tirar. Está contando algo de una apuesta. Francisca cuando entra sólo escucha el cabo de una frase en la que se dice la palabra apuesta y la palabra noche.

–¡No se ha incorporado ni una sola vez! –dice, cambiando de tema, el compañero.

Clara, la mujer del minero, asiente desde el alféizar de la ventana. Se está comiendo una manzana mientras hojea una revista del corazón.

–Na, esto no es ná –sentencia el maletilla.

A Francisca le sorprende que le den explicaciones.

–¿Han localizado ya a tus padres?

El maletilla tuerce la boca como si no supiese.

–¿Pero ya les has dado el teléfono?

Rafael la mira y deja reposar las cartas sobre su pecho. Con la mano libre trata de alisarse un poco la sábana que le cubre la pierna. Francisca iba a ir a arreglarle la cama, pero se contiene.

–Ma disho el dotó que un par de día estoy ya pa marsharme.

Francisca siente un poco de vergüenza.

–¿Ya ha pasado el médico?

–Digo.

–¿Y qué más te ha dicho?

–Ná, quehto no eh ná.

Clara deja la manzana e interviene. El minero mira las cartas.

–Le ha dicho que en un par de días a lo mejor le quitan el gotero, y que como siga así de cabezón sin querer dar las señas de sus padres se va a meter en un lío.

–Dejar al chaval, tanto lío, tanto lío, que tenemos la partida por metá.

Alguien toca con los nudillos en la puerta de la habitación. Es un hombre muy alto y más grueso que fornido, muy elegante, con traje y corbata y un largo abrigo negro hasta los pies, la cabeza afeitada y un sombrero en la mano.

–¿Se puede?

Francisca tarda en acordarse, pero tras la primera impresión sabe que es alguien conocido. A ella y solo a ella la mira el hombre y sonríe. Tiene los ojos grandes y caídos, pero no es caída bonachona sino exquisita.

–¿No me reconoces?

La voz también remotamente suena, aun más remotamente que la cara. Tiene las facciones grandes pero delicadas. La boca es hermosa pero los labios no son gruesos. Las orejas no son pequeñas pero están proporcionadas. El brillante cráneo es incluso un poco pequeño comparado con la arboladura.

–Soy Güino…, Magisterio…, las clases de Monserrat…, el trabajo de Pinocho…

Francisca queda suspensa, pero termina por caer.

–¡Hostia, Güino! ¡Cualquiera te conoce! –y se acerca para darle dos besos con una familiaridad que la transporta, como si hubiera estado acostumbrada a dárselos y con la imagen se hubieran ordenado los movimientos–. Hostia, Güino –repite, más bajo, y no sabe qué decir pero siente que los ojos se le están llenando de lágrimas, y vuelve a abrazar a Güino.

–Pues tú has cambiado bien poco, rica –dice el tal Güino, en un tono que lo desdramatiza todo, incluso su imponente figura. Los enfermos han dejado las cartas y miran embobados. Clara ha dejado en el halda la revista. Todos miran.

–¿Qué casualidad, no? –dice Francisca–. ¿Tienes a alguien aquí?

–Qué va. Te he reconocido por la tele.

–¿Por la tele?

Los enfermos vuelven a las cartas.

–¿He salido por la tele? ¿Cuándo?

–No me digas que no te pidieron permiso. Saliste en las noticias de Aragón, te ha visto todo el mundo.

Francisca se vuelve a Clara.

–¿Vosotros sabéis de qué está hablando? –otra vez duda Francisca con confianza, como se duda entre amigos, y lo hace sin querer, porque está muy confundida.

–Al chico no le han sacado la cara, de eso puedes estar segura. Se la han pichelao o como se diga eso, y solo salieron las imágenes de él en la cama y alrededor se te ve un momentico a ti pero nada, casi nada. Ese señor es un lince –dice Clara.

–Un lince no, pero se dio la casualidad de que lo estaba grabando por otro motivo y después de verlo varias veces y ampliarlo digo pero si es Francisca, y aquí he venido, antes de que se ponga bueno el torero y te me pierdas otra vez –dice el tal Güino, cuando habla le baila el abrigo, como si estuviera recitando un papel en una obra de teatro. A Francisca le ha hecho gracia. Cuando eran estudiantes también hablaba así.

Fin de la Santísima Trinidad, 2

Los que nacimos en la década de los 60 tenemos una educación literaria bastante contradictoria. Por un lado empezamos por donde no debíamos, pero por otro siempre mantuvimos presente una idea, digamos, global de la literatura. Ayer, Rafael Esteban me lo recordaba citando a Landero a propósito de Delibes: el valor del recuerdo de aquellas primeras novelas que te abrieron la puerta de la literatura. Sí, es verdad, pero ese papel no le tocaba a Delibes. Desde que, en 1966, se publicó Cinco horas con Mario, una obra tan importante como triste, tan poco amparada en lo insólito, los estudiantes españoles, a una edad en la que debían estar devorando en la escuela a Poe, a Stevenson o a Galdós, se nutrían, y eso estaba muy bien, de Zalacaín y de Shanti Andía, pero también, y eso estaba muy mal, de obras experimentales que en el plan de estudios estaban colocadas en la cima de la literatura. Siempre he pensado que los programas de literatura deberían enseñarse hacia detrás, empezar por lo más cercano y comprensible y acabar saboreando las mieles de Berceo. Así no hay quien lo disfrute.

El caso es que leer obligatoriamente a Luis Martín Santos cuando tienes 17 años el tiempo ha demostrado que no es lo más natural. A esa edad de absoluto salvajismo literario, cuando cada cosa que cae en tus manos es venerada como si fuera obligatoriamente buena, en España, tan necesitada de contadores de historias, se volvía a empezar la casa por el tejado. Por Martín Santos llegábamos a Joyce con la misma boca abierta, y teníamos tanta prisa por alcanzar las cimas del experimentalismo que dejábamos pasar a Dostoievsky como si fuera una estantigua. Lo dábamos por leído. O bien creíamos que sólo se podía leer cosas donde hubiera mucho monólogo interior y mucha corriente de conciencia, y donde por fin se hubiese liberado la literatura de la pesada cadena del argumento. Cualquier cosa era literaria dentro de los límites del propio ombligo. Y Galdós sin leer. Y la Regenta, craso error, seguía siendo la gran novela española del XIX.

Esta mala educación literaria tenía un culpable: la obligatoriedad de determinadas lecturas, y un país que sufría dos dictaduras simultáneas, la de unos censores analfabetos en materia de literatura y la de unos escritores esclavizados por su elitismo plasta. Así que muchas veces había que ir un poco para atrás y algún profesor distinto ponía como lectura, también obligatoria, El Jarama, y entonces te dabas cuenta de que todo lo demás era filfa. O bien, si además era piadoso, nos examinaba de La tesis de Nancy, que a las chicas les hacía mucha gracia y además era un sueño posible. Lo de Cela, Delibes, Benet (¡Benet!), Martín Gaite y etcétera etcétera era una cosa de pesadilla pasada y ajena.

No somos conscientes de la tremenda influencia que tuvieron aquellos libros obligatorios del bachillerato, la de gente que, para bien o para mal, orientaron para siempre en sus gustos literarios. Aquí todos para quedar bien citamos a los héroes de la infancia de Savater, pero la fascinación nos llegó a la mayoría por nuestra cuenta. Yo veía los libros de lectura obligatoria de mi hermana y a ella enfrascada en gruesas novelas de aventuras que vendían en el Círculo de Lectores. Los dos nos aficionamos a las dos clases de novela, a las serias y experimentales y a las largas y divertidas, y en mi caso jamás he dado mayor importancia a las unas sobre las otras. Ahora, con la edad, me he vuelto más serio y sí le doy mucha más importancia a una de las dos: a las divertidas.

Y esa influencia no es sólo entre los lectores, sino que se reproduce como un hongo en la tradición literaria. Leía hoy en el periódico que probablemente Delibes no haya dejado trascendencia literaria. ¿Cómo que no? Anda que no ha sido faro de muchos escritores pulcros y tristones, todos muy amantes de Cervantes pero incapacitados para cualquier mínima forma de ironía. Pero también, y eso, en fin, hay que reconocerlo, dejó sellado el modelo de narración rural y ese afecto a las historias infantiles. Quiero decir que en la conciencia escritora de Julio Llamazares se alternan, mal que le pese, las deslumbrantes turgencias de Cela y ese recogimiento campestre de Delibes. Pero también quiero decir que en todas esas películas de bosques y de niños que frecuentan el panorama cinematográfico español abunda en punto de vista de Delibes, aunque ninguna consiga la perfección, ni en novela ni en cine, de Los santos inocentes. Pero queda mucho Camino en la impronta literaria de bastantes cineastas nacidos en los 50 y 60. ¿Se imagina alguien una película como Secretos del corazón sin que su autor no hubiera leído a Delibes? Sí, quizás El camino haya sido, por esta razón escolar, la novela más influyente de Delibes. Y no sólo por el género campestre ni por la tristeza normativa, sino sobre todo por el niño, por la infancia en el pueblo que han tenido casi todos los escritores, o si no se la han inventado.

Lo interesante es que si, salvo que seas de Valladolid, Delibes te ha entrado por obligación (una obligación más o menos aceptada pero nunca, por lo menos en mi caso, padecida), y la majestuosidad de sus exequias se debe a que lo llevamos todos metido como decorado de nuestra más tierna primavera, qué pasará con las generaciones futuras, qué santón obligatorio pasará a la historia a través de la enseñanza reglada. Y, otra vez, la cuestión será si ese santón tiene que ser o no ser obligatorio. Por lo que yo sé, ya no lo es. El lector culto debe comenzar por los cimientos, y los cimientos son elegir, descubrir, tratarse con los héroes, que no son Menchu ni Pascual Duarte. Los cimientos son el señor Valdemar y Gabriel Araceli. Ya habrá tiempo para verlo todo gris, y para descubrirlo.

Entre unas cosas y otras esta generación mía leyó antes a Faulkner que a Tolstoi, pero nunca se olvidó de que había una literatura rusa. Teníamos una idea general aun de aquello que todavía no habíamos leído, y eso ha ido reconstruyéndose poco a poco. Pero muchos escritores se nota que no lo reconstruyeron. O se quedaron en las lecturas obligatorias de la escuela o en las obligatorias de fuera de la escuela. Por eso, por ejemplo, hay tanto déficit narrativo, porque a las edades más esponjosas hay que leer, por encima de todo, buenas narraciones, para que el arte de narrar vaya depositando sus huevos en el cerebro del escritor. Durante muchos años ese déficit se solventaba a base de desprecio. Aún ahora se presentan como rompedoras novelas que son fragmentos umbilicales.

Porque otra de las malas influencias de aquellas lecturas fue que muchos lectores y escritores se aficionaron más a la prosa que a lo que cuenta la prosa. Es gente que solo lee unas pocas páginas de muchos libros, que hace mucho que no se mete en una estructura grande y compleja, que alaba la prosa porque cree en la literatura antes que en la novela. Estos herederos del 98 pusieron al escritor por encima del novelista. Delibes no, y eso hay que valorárselo, y los lodos que vienen de aquellos polvos pringan con una delectación del párrafo que en los blogs se ha hipertrofiado. Se escribe muy bien y se narra muy mal. Se leen párrafos y se escriben párrafos. Triunfa de nuevo el patch-work, y solo se habla de uno mismo. Entre tanto, la gente lee largas novelas divertidas que no siempre recibirán un sepelio histórico ni pasarán a los manuales de bachillerato. Por eso el hecho de que al hablar de las obras maestras de Delibes se nombre siempre El hereje dice tanto en su favor.

12.3.10

Fin de la Santísima Trinidad

Con la muerte de Miguel Delibes se extingue la nómina de novelistas de manual. Él, Cela y Torrente han servido durante los últimos treinta años para jalonar todas las épocas de la narrativa española. Los tres fueron, ejem, existencialistas, socialrrealistas, experimentalistas y posmodernos. En cada etapa había unos que morían o que no seguían escribiendo, y otros que llegaban y los detestaban, o simplemente que se fueron. En términos de conocimiento, de popularidad, el gran perjudicado de esta tríada sagrada fue Ramón J. Sender, aunque creo que el tiempo está dejando algunas cosas en su sitio, incluso en los manuales. El caso es que todos están muertos y no muchas de sus novelas siguen vivas, y el recuerdo que se tiene ahora de ellos aún debe cambiar mucho en las siguientes décadas hasta que quede fijo su valor histórico.

Torrente, por ejemplo, al que siempre se le consintió que fuera un novelista clásico, a condición de que cumpliese con lo que se exigía en cada época, si permanece es sobre todo por su novelística tradicional. La Saga/fuga se pierde en el horizonte, pero al lector común le siguen resultando interesantes sus últimos divertimentos o su Regenta particular y gallega, Los gozos y las sombras.

De Cela yo estoy en que se va a quedar con lo puesto, esto es, con lo que escribió antes de tener cuarenta años. A mí lo que vino luego me gusta tanto y a veces más, pero sus esfuerzos por pasar a la historia han hecho que lo hiciera con tanta fuerza que se pasó de largo. Sigo siendo un incondicional del Viaje a la Alcarria o del Primer viaje andaluz, es decir, del Cela heredero de Solana. En casi todo lo que vino después sigo disfrutando de su bellísimo castellano, pero lo que dice no me interesa, entre otras razones porque no suele decir nada.

Y de Delibes, que está de cuerpo presente, tengo una visión algo contradictoria. Considero importantísimos libros como el Diario de un cazador, por cuestiones de técnica narrativa, sobre todo por la desaparición del autor, que es el único tema que debe resolver satisfactoriamente un novelista. En Cela no vemos más que a Cela y eso lo invalida como novelista. Torrente ya es más cuco, ya comprende mejor a Galdós, y de Delibes hay que decir que casi siempre obró con sentido de la medida, es decir, sin perder de vista que lo que estaba haciendo, por encima de cualquier otra cosa, era contar una historia y crear unos personajes. El mismo método lo empleó después en Cinco horas con Mario, que a mí, lo siento, me aburre. El Lorenzo y el Melecio eran animalillos del campo, pero la viuda parlante es una idea que está clara desde las primeras líneas y que no hace sino dilatarse muy penosamente hasta el final.

Me ha llamado la atención que en el telediario, en un generoso reportaje lleno de autoridades y medallas, se hablase de Delibes como de un literato rural, como un Félix Rodríguez de la Fuente de la literatura, un biólogo de las palabras, y se incidiera en el asunto de su hermoso castellano. Ni una palabra de aquello que durante décadas fue Delibes, el que ponía voz a los que no la tienen, aunque estuvieran muertos. O el que trataba de glosar la sociedad en la que vivía, y los niños que criaba. Sí, también había gente de ciudad en sus novelas, no sólo lentas historias rurales con muchos nidos de cigüeña. Ni siquiera de su curiosa contribución a la posmodernidad, con una estupenda novela de las de toda la vida, El hereje, y con lo que él llevaba haciendo desde siempre, contar cosas personales, sobre todo lo que veía cuando estaba de paseo.

Los tres trataron de ir al campo y a la ciudad, los tres consideraron al escritor como aquel que no solo escribe novelas sino que pone el mundo por escrito, empezando por su paisaje y por la lengua que hablan sus paisanos. Ese casticismo tan 98 lo representan mejor Cela y Delibes. Como novelistas, creo que Torrente es el mejor narrador de los tres, el de más talento. La verdadera gloria de un novelista obedece a su capacidad de creación de mitos y de arquetipos, de historias y de personajes. Cela, como contador de historias, era nulo. Delibes es como El Viti, adusto y aseado, pero sabe contar. Y en cuanto a personajes, de Cela queda, además de don Camilo, Pascual Duarte y quizás alguno de La Colmena; de Torrente, más que un personaje, queda la manera de ser gallega de su autor. Y de Delibes quedará, sobre todo ahora, el tipo rural. De hecho no me extrañaría nada que entre en el curioso círculo de los libros de casa rural, esos que hay al lado de la chimenea para cuando llueve. Podía quedar alguno de sus niños, repelentes o rapazuelos, o bien el muerto, o su señora, pero casi mejor que quede Lorenzo. A ver si con el achaque de los lutos se lee un poco más el Diario de un cazador. Hay ahora tan pocos novelistas capaces de meterse en el pellejo de un hombre común que resultaría, además de perfectamente neorrural, una pista sobre el hecho frecuente de que las mejores novelas nacen de lo más inmediato, eso que siempre parece poco para toda una novela, y que para resolverlo bien se necesita ser, además de buen novelista, buen escritor.


Troncos viejos, ramas nuevas*

Imaginemos lo que debía de significar hace unas décadas el paseo de un hombre de campo por los sotos de Aguilar del Alfambra. Cada año, en la época de la escamonda, echaría un vistazo a los chopos cabeceros, que de algún modo habrían de llevar escrito el sosegado discurrir de su existencia. También él, cuando se casó, cortó las ramas gruesas del chopo para construirse un techo, y el día que le nació el primer hijo dejó crecer tres ramones para que, quince o veinte años después, el vástago pudiera talar las vigas de su propia casa. El hombre vería en estos fustes jóvenes, tiesos, tersos y robustos, un próspero futuro sustentado en un tronco cada vez más ancho y cada vez más viejo. En realidad no vería un árbol joven o viejo, sino un tronco todavía en desarrollo con ramas a punto de terminar su ciclo, o un tocón añoso del que brota una primera pelambrera fresca con que dar de comer al ganado. Lo vería crecer cuando los ramones adquiriesen consistencia y sirviesen para leña, o soñaría con los metros que faltaban a las vigas para cumplir un rito de fecundidad.

Porque esa es la gran virtud estética del chopo cabecero. Como árbol culto, creado por hombres del campo, su presencia es siempre una hermosa dialéctica entre dos maneras de medir el tiempo. El tronco se hace centenario con más facilidad que los árboles no intervenidos, pero las ramas, para que el árbol siga vivo, deben cortarse todavía jóvenes, en su más lozana plenitud, antes de que su excesivo peso quebrante la estructura del árbol entero. Sólo con el incesante sacrificio de las ramas puede pervivir el tronco bulboso y arrugado. El dolmen venerable reclama el sacrificio de los mozos.

Pero los plazos de las distintas fases de la escamonda garantizan a su vez imágenes legibles como las líneas del tronco en el centro de las cicatrices, como la curvatura de la corteza que se repliega y trata de cubrir la herida. Algunos chopos ya ramoneados presentan imagen de arbusto gigantesco, haz de gruesas falces erizadas. Otros, a los que también les han sacado ya la leña, dejan tres ramas como velas, el tronco patriarcal y retorcido que sostiene a sus tres hijos casaderos.

Sólo cuando se marchasen sus hijos del pueblo, aquel caminante de los años sesenta vería cómo el chopo cabecero envejecía entero por igual, y cómo ese regreso a su ser natural precipitaba su muerte. Cuarenta años después, un paseo por las dehesas de chopos cabeceros –de aquellos que la confederación hidrográfica deja para uso de particulares o que los particulares dejan en manos de la confederación– no es una imagen viva de la especie sino un monumento avasallado por las zarzas. Es imposible ver en qué ciclo vital se encuentra el árbol, en qué parte de la vida de quienes lo cuidan. Los hijos se hicieron viejos sin salir de casa, todo se llenó de broza, nadie recogió la leña. Con el cierzo del invierno se escuchan crujir las entrañas carcomidas. En verano, entre el fragor de las hojas, los aires de tormenta los desgarran, mientras en el pueblo se hunde el techo de un antiguo palomar.

No veremos el espectáculo de las choperas de trasmochos mientras no estén todos vivos, en alguno de los muchos turnos de poda por los que pasan mientras nosotros todavía somos jóvenes o ya tenemos más de tronco que de rama. Ahora vemos, sobre todo, frondosas carcasas huecas, fantasmas impresionantes. Pero allá donde la escamonda es general (no simultánea), reaparecen unas proporciones incluso más humanas, el bosque es variado como variada es la gente y las verduras, y destaca entonces su condición rural, su aspecto de huerto con solera, de parra umbrosa, de árbol cultivado. No es casual, como recordaba hace poco Chabier de Jaime, que en Europa crezca el movimiento conservacionista de los trasmochos. En una época de búsqueda casi frenética de rasgos identitarios, cuando conviven los cultivos globalizados y las tradiciones de última hora, cunde la idea de que el paisaje es esencial como las piedras de un palacio, los árboles como los peirones, los bosques como las iglesias. Ninguna mansión está viva si su jardín no está cuidado. La identidad es un pacto de permanencia, la garantía de que distintas generaciones han de ver pasar un mismo río. Nuevos chopos cabeceros deberían agrandar los sotos, pensados para que siguiesen siendo hermosos dentro de cuatro o cinco generaciones, para que en el paisaje queden símbolos permanentes de aquella parte de nuestra identidad que nos mantiene unidos a la tierra.

*Gente del Colectivo Sollavientos, la Plataforma Aguilar Natural y el Centro de Estudios del Jiloca está publicando una serie de artículos en los que se pide la declaración de Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra. Los aspectos botánicos, paisajísticos, históricos, antropológicos y socioeconómicos ya los han tratado ellos. A mí me tocaba escribir una oda. Otra.



5.3.10

Se acaba de publicar el volumen 33 de la Colección Territorio, una serie de compendios divulgativos sobre las distintas comarcas de Aragón. Toni Losantos me invitó a participar en él con un artículo sobre el modernismo arquitectónico en Teruel. El texto íntegro del libro está o estará en breve colgado en la red, y este artículo en la revista Ágora.




Las fiebres ondulantes


El modernismo es una aspiración general a la belleza

Juan Ramón Jiménez


En 1898, el Ayuntamiento de Teruel contrató al tarraconense Pau Monguió. A partir de entonces y hasta 1923, en dos estancias y casi veinte años de trabajo, este arquitecto modernista conquistó la estética de la ciudad: diseñó asilos para huérfanos y ostentosas fachadas burguesas, claustros de conventos y escuelas para niños, pórticos de catedrales y ermitas diminutas. No hay estamento social o edad del hombre que no tenga un reflejo modernista en el Teruel de aquella época. Podemos hacernos a través de sus edificios la idea de una estética integral del territorio, el decorado suficiente para todos los escenarios de una vida, como era, por otra parte, el fundamento del ideario modernista.

Es posible que a Pau Monguió, discípulo de Puig i Cadafalch, le hubiese gustado colonizar otra plaza más significativa para él como Tortosa, de cuyo Ayuntamiento fue también arquitecto, o como Reus, donde trabajaba a destajo Pere Caselles i Tarrats, quien también había trabajado en Teruel durante una breve temporada. Es decir, cabe imaginar que el destino de Teruel fue para Pau Monguió una especie de obligado destierro. Digamos que prefirió una vida sin quebraderos económicos ni desengaños artísticos lejos del centro del modernismo catalán. Y se marchó al sur.

Por aquel entonces Teruel era una mezcla monótona de adobe y sillería. Entre hileras de casas encorvadas se enseñoreaban palacios de piedra de estilo severo, y por encima de todo, sufridas y exquisitas, quedaban las cuatro joyas mudéjares. Este debía ser el punto de partida para un modernista que creía en la arquitectura como expresión del ámbito que ocupa. Un paseo por el Teruel modernista sigue dando esa sensación de que los edificios obedecen a su emplazamiento. Muchos se han fundido con el entorno de tal modo que no hay reparos en señalarlos como ejemplos de arquitectura propia, autóctona, de cómo son los edificios que mejor nos reivindican. Entre las bases del modernismo está este respeto a los elementos propios del lugar, a las formas de sus montes y a la inclinación de sus callejuelas, a su patrimonio histórico y a los materiales del terreno, a los colores de la luz.

Por eso sigue sorprendiendo la versatilidad de Pau Monguió, su elegancia interpretativa. En distintos grados y combinaciones emplea todos los materiales del lugar: yeso, piedra, forja, cerámica y ladrillo, y de paso vuelve a elevar los oficios cotidianos a categoría artística. Herreros como Matías Abad entregaron su sabiduría a un universo de golpes de látigo y motivos florales con que llevar al extremo la delicadeza de un pistilo y la fortaleza del hierro. Nunca desde entonces los artesanos han tenido motivos más que sobrados para sentirse artistas en Teruel, y desde luego nunca formaron parte tan sustantiva de su desarrollo arquitectónico.

En realidad, ni Monguió ni los otros arquitectos modernistas que compartieron o continuaron su tarea utilizaron más materiales que los antepasados mudéjares, pero tampoco sobrepasaron esa sensación de dulzura en mitad del frío que tienen las torres medievales. Este mudéjar no llevaba los arcos apuntados, como era el modernismo que se llevaba en Barcelona y que el propio Monguió había practicado; era un arte de proporciones cercanas, no un desparrame flamígero. El juego de azulejos de la portada de la Catedral nunca traiciona los principios decorativos del arte al que acompaña. Las hojas de cardo bendito de la reja parecen arroparse más que arder.

Aun así, y como corresponde, es una portada egregia. Pero también es de dimensiones perfectas la deliciosa iglesia de Villaspesa, a dos pasos de Teruel, que parece el templo de un cuento popular, una fachada que se anima en gestos afables de gótico rural, levantado sobre piedras, rematado con livianas torrecillas. Y, si se trata de un convento como el de los Franciscanos, Monguió respeta el espíritu, diseña suaves ojivas, acompaña al edificio primitivo y conserva su entorno austero. O bien, como en el claustro de San Pedro, eleva un poco el punto y ese aire neogótico le permite un magnífico bestiario modernista para las ménsulas de las arcadas.

Cuando sale de los templos, Monguió trabaja en el Ayuntamiento, y ahí también el objeto determina el contenido. Sus edificios públicos son particularmente atractivos. Sus asilos para huérfanos y para ancianos y sus escuelas de primera enseñanza están tocados de un encanto recogido, como si Monguió hubiera utilizado las proporciones de la piedad. El asilo de San Nicolás de Bari es como un abrazo solidario, de fraternidad frugal. Todos sus adornos son de punta mellada, todos están limitados, ablandados, y sin embargo luce la rúbrica de una reja de tallos flexibles, la puerta de un lugar que trata de ser dulce, a pesar del frío. Y algo parecido le ocurre al asilo de ancianos que baja del Teruel antiguo por las laderas de la rambla de San Julián. El edificio, visto desde arriba, tiene algo de gallina clueca, de madre superiora. Hay una delicada tristeza en sus tejados, como un manteo que lo cubre todo y una, en su momento, hermosa galería que aprovecha los últimos rayos de sol de las últimas mañanas de la vida.

De todos estos edificios municipales quizá el más hermoso sea el de las Escuelas del Arrabal, el actual Archivo. No hay nada severo en sus ventanas, todo es firme y variado, con esa fruición con que la infancia busca combinaciones nuevas. El modernismo tiene rasgos de arte infantil, deliberadamente ingenuo, y una escuela es para sus adeptos el gran reto de la sencillez. En esos curiosos ajedrezados, en esas líneas blandas de ladrillo, en esos remates caprichosos se ve la idea de la educación primaria que tenía el arquitecto, un ámbito ameno y protegido donde casi se ven colgando de las paredes los mapas del mundo, donde casi se escuchan las tablas de multiplicar.

Estas escuelas sirvieron de pauta para otras que Monguió proyectó en Rubielos de Mora o en Santa Eulalia del Campo, y podrían haber continuado su condición de modelo si en algún momento antes de finales del siglo XX se hubiese ponderado su auténtico valor. Hoy son monumentos, pero es de temer que las escuelas nuevas no lo hayan de ser en el futuro. El diálogo que Monguió entablaba con la tradición arquitectónica quedó interrumpido como esa línea férrea que discurre por el río Alfambra y cuyas ruinas algo deben también a su forma de interpretar al hombre y al paisaje.

Todos estos edificios públicos están en el Teruel humilde, extramuros, al pie de la villa, levantados en páramos ventosos, en cuestas y barrancos, cubiertos de barro. Un carburo de arcadas elípticas o unos almacenes de ladrillo junto al río también eran lienzo para la imaginería modernista, y poco a poco emergen de las zarzas con una permanencia estética que sobrevive a su función, y la recuerda. Pero no todo era trabajar e ir a escuela. Lo que suele entenderse por modernismo genuino, esa exhibición floral de las fachadas, esa extrema sofisticación del barandal, esas fastuosas galerías onduladas eran, también, el mejor modo de retratar a los burgueses que las habitaban. Vecinos de posibles trascendían la casa monda y lironda sin llegar a la rancia sillería. Eran frondosos y modernos, abrían sus casas al sol para que brillase su destino. Es posible que se limitasen a confiar en la modernidad, pero el hecho es que ninguna de estas casas, pasado el tiempo, puede considerarse vulgar. En el delicioso búcaro de líneas y guirnaldas de La Madrileña, en sus balcones con mariposas se ve guardar ese mismo sentido de la proporción, la misma condición del sitio. Edificios más austeros que esa pequeña fachada resultan mucho más ostentosos. El minúsculo templete del mirador que se eleva, en la plaza del Torico, por encima de un hermoso edificio de rejerías y azulejerías y columnas delgadas floreadas es como su unidad métrica y espiritual. Todo es, sigue siendo traducible al lenguaje amable que pasea por las calles.

En este género total que no abarcaba sólo las fachadas, donde hasta los suelos exigían destreza de acuarelista y los radiadores un artista del hierro, Monguió dejó en el centro de Teruel sus piezas más admirables. Estén donde estén parecen ser lo único que queda de algo que pudo ser igual de hermoso. Pero hay un caso especial, el de la casa Ferrán, metida en una estrecha callejuela, en una las cuatro esquinas que articulan la curva cuando sube hacia la plaza del Torico. Sólo puede mirarse en un contrapicado abrupto desde la acera de enfrente, o emerger digna y sinuosa desde la plaza, o erigirse allá arriba como un barco encallado si se la ve desde el arranque de la calle Nueva, sus varios cuerpos de cristaleras ondulantes y rejas de fantasía coronados por un espectacular mirador de grandes óculos tristones, y una fachada deliciosamente asimétrica, un concierto de líneas curvas que sin embargo nunca se desparraman.

Monguió usó todos los materiales, todos los oficios, todos las funciones. Fue también un excelente acuarelista, y supo sacar los trazos íntimos, la curva que nos define, blanda y sobria, elegante y discreta, irónica y desprendida. A cada lugar, a cada ciudadano supo construirle su edificio. Hoy en día es conservado, estudiado e incluso venerado. Pero su concepto integral del arte y del oficio, del espacio y de la tierra, no ha tenido continuación. Lidió con su tiempo y elevó el modernismo a una altura sólo comparable por estos pagos con el sagrado mudéjar. Pero ya no ha habido una tercera pacífica invasión de arte. El paseante ya no goza el edificio y lo interpreta, ni mira curvas que parecen vidas. En un tiempo en que Gaudí caía víctima de las fiebres ondulantes, Monguió infectó Teruel con sus miasmas de modernidad, de perfección artística y respeto al entorno y a la tradición. Retomar la senda de Monguió significaría plantearse la ciudad como una unidad estética, volver los ojos a ella, hurgar en las líneas de la tierra, construirla.

4.3.10

Mi extraordinaria pericia en el manejo del ordenador y una lluvia de spams me atascaron el moderador de comentarios, de modo que hasta hoy no he sabido que habían llegado unos cuantos, mezclados con la basura. He intentado ponerlos todos en su sitio. Os los agradezco mucho.
Las ascuas de la fiesta

Hace cuatro años dejé de ir a Las Ventas. Durante mucho tiempo había dispuesto de un abono en la andanada del 8. Hubo años en que, aparte de tragarme entera la isidrada, disfrutaba casi más fuera de temporada con esas corridas duras que ningún matador quería, y que quedaban reservadas a muchachos sin contrato que entregaban su futuro a un toro de verdad.

Porque yo dejé de ir a los toros por culpa, precisamente, de la plaza de Las Ventas. A poco que uno haya visto allí unas cuantas corridas, ya no puede soportar el bochornoso fraude del resto de las plazas: toros enfermos, toreros ventajistas y público solanesco, un virus que cuando empezó a afectar a la plaza de Madrid me dejó sin más opción que ver toros en Francia, donde aún se siguen respetando algunas leyes de la fiesta. No quería ser cómplice de un fenómeno detestable que está afectando, cada vez más, a todas las ramas del arte: el arte como lujo no al alcance de quien tenga talento para practicarlo sino de quien se lo pueda permitir. El actual escalafón taurino está plagado de figurillas que de no haber tenido un apellido con tantas conjunciones jamás habrían llegado ni a tomar la alternativa. El plante de Paco Camino y José Tomás, cuando devolvieron Medallas de Oro de las Artes, significaba precisamente eso: que un inepto como Francisco Rivera pueda tomar la alternativa ya decía bastante de la podredumbre que inficionaba la fiesta, ¡como para darle un premio nacional!

En todas las artes ocurre lo mismo: gente que se compra la finca mucho antes de ganársela en los ruedos. La revolución que comenzó con la necesidad añadida de que el artista lo fuera siempre, se ha dado la vuelta y ahora es lo único que exige. En tiempos del Papa Negro, el patriarca de los Bienvenida, era célebre su máxima de que, con perdón, “hay que ser torero hasta cagando”. Se diría que ahora los artistas no salen del váter: van disfrazados de artistas pero nadie habla de su obra, nadie sufre un gran fracaso ni mucho menos un éxito arrollador.

El mundo del toreo es excesivo para todo, y también para esto. Por eso es tan interesante la figura de José Tomás, que ahora ha contratado a El Fundi y a Manolo Sánchez (y a Julio Aparicio) para que le abran las plazas, como aquel que recluta una cofradía de artistas honrados para preservar en lo posible las líneas esenciales de la fiesta. Pero José Tomás da mucho de sí. El caso, ahora, es que difícilmente puede pervivir una fiesta que está corrompida de arriba abajo. A mí también me indigna ver toros amputados, enclenques, drogados, amaestrados, contribuir a una pantomima sangrienta con el beneplácito de un público cada día más embrutecido. Casi me da por pensar que el día que se retire José Tomás esto se termina para siempre. Y lo peor es que los taurinos lo tendrán bien merecido.

Esta pestilencia mafiosa podía perpetuarse cada vez más corrompida siempre y cuando siguiera latiendo el corazón añorante del buen aficionado y las costumbres gregarias y exaltadas del malo. Pero está sucediendo algo que ya sucedió hace cien años y cambió para siempre el sentido de la fiesta. Fue entonces cuando la gente que iba a los toros empezó a ver a los caballos. Por primera vez empezó a darles asco la salvajada que se cometía con ellos. Eran viejos, estaban exhaustos de obedecer, de alimentar familias, de acarrear alpacas, y cuando ya no podían con su alma los llevaban al matadero público. Creo que sólo si entendemos que poetas sensibles de la época no fuesen capaces de ver aquello, de ponerse por primera vez en la historia en el pellejo del caballo de picar, o que luego, cuando de pronto despertasen, exigieran ofendidos la aparición del peto, poco menos que de la noche a la mañana, entenderemos que ahora la dignificación de mamífero superior haya llegado también al toro bravo.

Esta lista de animales dignos de no ser masacrados es cada día más amplia. Disfrutan de ella muchas especies en extinción, amén de los perros y los gatos. Desde luego no el resto de animales domésticos, porque a ningún parlamento autónomo se le ocurriría promover una declaración de Comunidad Contraria a las Chuletas de Cordero, por ejemplo. Y por supuesto ninguno que no sea un ave o un mamífero superior. Al resto de las especies animales, salvo algunos exotismos, les quedan siglos para entrar en el Parlament de Catalunya, que es punta de lanza en este menester.

Y ahora le toca a los toros. Abiertamente han declarado los antitaurinos que sería preferible que se extinguiera la raza del toro bravo antes que conservarla al precio de tan sangriento espectáculo. Si tuviésemos que conservar los dinosaurios al precio de torturarlos en público hasta la muerte, vienen a decir, tampoco sería de lamentar su desaparición. Es un problema de obscenidad, no de amor a los animales. Nadie dice que no hay derecho a que se maten animales (si en vez de ser toros son vacas, corren peor suerte, o por lo menos más breve), sino que no hay derecho a que los otros lo presencien. Nadie lleva al Parlament una escopeta de caza ni un cadáver de pichón para explicar la crueldad de una tradición sanguinaria que además también es un espectáculo, por más que pueda practicarse en privado. Nadie cuestiona la larga tradición del parany en Cataluña, milenario y despiadado método de cazar pajaritos. Nadie reclama leyes que protejan a las gallinas.

Es decir, los toros no son esenciales en nuestra dieta y por eso nos compadecemos de ellos. Son tan grandes y tan hermosos que parece que sean animales de una casta superior. Pero los huevos son los huevos, por más que su producción sea una salvajada indigna, mucho más cruel y dolorosa que la muerte de un toro en la plaza.

Es esta hipocresía lo que me aleja de los antitaurinos. Sé que esta dignificación del toro es inevitable. Es un animal expuesto a un público que sólo se rige por las apariencias, y para quien no es real nada que no salga en la tele. Las conciencias antitaurinas quedarán acalladas si se prohíben las corridas, pero seguirán sin ver a los animales que se comen, y sin compadecerse de ellos.

El toro de verdad es un animal terrorífico que angustia sólo de verlo, es la bestia del Averno con la que lucha el hombre frágil vestido de luces. Ver una corrida de Santa Coloma, de Saltillo, de Pablorromero, de Veragua, en las diferentes gotas de sangre que han llegado hasta nosotros, sigue siendo para mí un espectáculo fascinante, pero me da vergüenza pagar para que el rivera de turno bailotee delante de una pobre criatura enferma.

Soy pesimista con respecto a la tauromaquia. No sólo es inevitable que la gente vea a los toros, se compadezca de ellos y no por ello piense mucho en las gallinas, como ya digo que sucedió con los caballos, sino que mucho habría de cambiar la fiesta para que volviera a la verdad que la mantuvo viva. En el Parlament de Catalunya sólo se hablaba de política, del hecho diferencial, del nosotros esto no, esto es de los de allá abajo… Hasta cierto punto es un debate oportunista, porque la decadencia y ruina hace tiempo que ha empezado. Criar toros nunca fue rentable. Mantener una especie fuera de su época era una afición a fondo perdido. Y al hombre del siglo XXI le importa bastante más su conciencia televisiva que la extinción de las especies. No sé yo si contra todo eso también ha de poder José Tomás.

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