30.11.13

Baroja en Bloomsbury


María Aracil era un personaje demasiado bueno para quedarse solo en la protagonista de La dama errante. Esa certeza debió de ser muy evidente para Baroja cuando decidió empezar La ciudad de la niebla con la propia María como narradora. Y resulta de lo más convincente. María y su padre, el doctor Aracil, llegan a Londres y se instalan en una especie de zona franca, de hotelito para refugiados, una sala de espera en la que los tipos curiosos están fuera de cualquier contexto, y quizá por eso son curiosos. Da la impresión de que Baroja, que ha rendido un hermoso homenaje al inicio de Bleak house con su descripción de la entrada en Londres, se agazapa en este cosmopolitismo de mesa camilla igual que el doctor Aracil se recluye en el fumadero del hotel y no se preocupa de buscar trabajo. Es María la que se preocupa, y en esta preocupación y en el disgusto que le produce la indolencia oportunista de su padre están las mejores páginas de la novela, cuando es María y solo María la que lleva la narración. Baroja no se amanera para parecer femenino: tan solo se poda a sí mismo y recurre al teatrillo cervantino para reaparecer en forma de Iturrioz, que de pronto se ha venido a vivir a Londres.
               María conoce a los tipos barojianos de la pensión pero ella quiere patear Londres, de modo que su padre se queda para desaparecer. Baroja lo casa con una rica americana y si te he visto no me acuerdo. Es entonces cuando María (discretamente protegida por Iturrioz) emprende su nueva vida y sale a pasear por las minuciosas descripciones ropavejeras de Baroja: fábricas, puertos, almacenes, grúas, carros, obreros borrachos y mujeres de boca torcida, en la pirueta de trasladar la imaginación dickensiana a un viaje del propio Baroja a Londres, allá por 1906, tres o cuatro años antes de escribir esta novela. No faltan los personajes micawber, como el tal Roche, que soporta a su mujer con olimpismo volteriano; los personajes steerfort, como el farsante Vasily, que enamora a María con su pose entre revolucionaria y boreal y la desengaña casándose con una niña rica (que además está gorda, añade Baroja); hay hasta una pequeña banda de Fagin en el poco convincente negocio de enviar por correo bombas a España para que los Mateos Morrales del mundo se inmolen con ellas y dejen un reguero de cadáveres. En todo caso, esta primera parte no se sostiene por las querencias diogénicas de Baroja sino por el impulso de María, que conoce a la simpática Natalia, deja el hotel, borra a su padre y se marcha a vivir con ella.
               Aún queda media novela. Pero Baroja, en esta segunda parte, comete, a mi juicio, la torpeza de retirarle a María la palabra. La narración vuelve a la tercera persona y a partir de entonces la novela que estábamos leyendo solo aparecerá de cuando en cuando, en breves situaciones, escondida en un revuelto de trastos industriales, máquinas viejas, tipos curiosos, calles de Londres y simpáticas intervenciones de Iturrioz. Y además Baroja comete uno de sus rarísimos deslices estilísticos: no hay página en la que no aparezca una vez por lo menos la palabra negro, casas negras, suelos negros, nieblas negras, rostros negros, calles negras, barcos negros, etc., etc., con una profusión que no puede deberse a ningún propósito impresionista, que no puede ser más que un descuido. El lector está entregado a María y a su amiga Natalia, y cuando la narración, ya en la línea de tres cuartos, debía estar volando, Baroja se entretiene con sus descripciones de rimeros de cosas, con sus tipos estrambóticos y característicos y con sus paisajes negros. Muy Baroja todo, sí, pero no ahí, no en ese momento, no en ese tramo de la narración. El autor ha presentado tan bien a las dos mujeres que, puesto que viven por Boomsbury, tampoco veríamos en absoluto chirriante que sencillamente profundizasen en su amistad. Baroja tuvo la oportunidad, antes que Mansfield, de contar una historia de amor entre dos mujeres, y si seguía con la primera persona las cosas podrían haber ido por ahí sin el menor asomo de morbo, con asombrosa naturalidad para los tiempos que eran y para la severidad erótica de don Pío. Los respectivos novios que les salen (a Natalia el optimista Roche, ya separado, y a María el repentino Vladimir -de pronto amigo, de pronto amado y de pronto traidor-) no encajan bien en la lógica de la narración. Forman parte de la nómina. Pero si María hubiese tenido que hablar de ellos (y de Natalia) en primera persona, la cosa habría exigido mucho más de todo. Dickens no habría sido entonces en esta novela un catálogo turístico de Londres ni el reflejo de algunos personajes muy queridos, sino ese gran personaje que desboca la narración. Tan gran personaje que, después de dos novelas, aún esperaríamos alguna más.
               Por eso, terminada la novela, el cambio de voz no es una audacia sino una renuncia. En Baroja la amistad está siempre por encima del amor. La relación entre María y Natalia es de una pureza enternecedora. Baroja se asoma a las puertas de su afecto, pero, tímido, prefiere ignorar lo que ve cualquier lector. Incluso creo que cambió de voz porque, como dice la propia María al final, no tuvo fuerzas para ser inmoral, dicho sea en los términos de aquellos tiempos, por más que ella misma, e Iturrioz, y por supuesto Baroja, considerase que esa inmoralidad no es más que un acto de afirmación de la mejor parte del individuo.
               María, en fin, se casará con el primo Venancio, un tipo que nos cae bien desde La dama errante, sensato, valiente, viudo y con cuatro hijos, y Londres quedará en ese nimbo, en esa niebla juvenil en la que siempre estuvo a punto de pasar de todo. 

27.11.13

La dama errante


La condición orgánica de la obra de Baroja (y de la de cualquier buen narrador) hace que algunos personajes le salgan con tal grado de verdad que no solo se apoderan de la novela sino que, como es el caso, determinan la siguiente. Al leer La dama errante da la sensación de que Baroja hubiera emprendido una novela sobre el papanatismo de café que había en el Madrid de la época en el momento en que Mateo Morral propuso una versión tangible de la cháchara anarquista. El doctor Aracil es uno de esos fabricantes de frases que abundaban en la época. Médico de prestigio gratuito, más basado en la postura que en la ciencia, se divierte comandando sus tertulias de café, donde “peroraba y lanzaba sus paradojas y sus frases brillantes”. Sus procedimientos, por cierto, recuerdan bastante a los de Unamuno:

               Uno de estos artificios [retóricos] estribaba en una antítesis casi mecánica, en una oposición sistemática de un concepto por el contrario. Se decía delante de él, por ejemplo: “Hay que dar trabajo a los obreros”, y él replicaba enseguida: “No; lo que hay que dar es obrero al trabajo”. “Hay que europeizar España”; él contestaba: “Hay que españolizar Europa”. (…) Se le decía: “Habría que encontrar un medio de ventilar bien el hospital”. Y él replicaba: “Lo primero sería ventilar bien las conciencias”. Otro decía: “A los campos españoles les falta, sobre todo, abono químico”. “Más abono químico les falta a nuestras almas, que están siempre en barbecho”.

               Cuántas veces habré leído la idiotez esa de que la historia de España se escribía en los cafés. En los cafés, esencialmente, se perdía el tiempo. Por un Valle-Inclán genial que declamaba entre los espejos, había cien inútiles que lo imitaban. Lo malo es que, de estos cien inútiles, unos cuantos eran, como ahora, los que gobernaban el país. La idea inicial de Baroja en esta novela me da por pensar que está concentrada en ese enfrentamiento con el significado real de las palabras, no con su apariencia, en este caso con el anarquismo:

Aracil era un anarquista, pero un anarquista retórico, un anarquista de forma; no tenía esa tendencia apostólica y utópica, ese entusiasmo por la vida nueva que han encarnado tan bien algunos escritories rusos y escandinavos.

               El que sí la tenía era Mateo Morral, aquí Nilo Brul, un exaltado catalán que a Baroja le cae bastante gordo. Este Nilo Brull, nos dice Baroja en el prólogo, “no es la contrafigura de Morral”, sino “la síntesis de los anarquistas que vinieron desde Barcelona, después de proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenían un carácter algo parecido de soberbia, de rebeldía y de amargura”. Lo pinta, sí, con “tendencia apostólica”, pero también con una neurastenia bien poco intelectual. La carta que deja escrita a su muerte es un revuelto del Ecce-homo con los idearios anarquistas que huele a caso clínico. Baroja había sido más condescendiente con los anarquistas como Juan (una especie de Alejandro Miquis revolucionario) en Aurora roja, pero aquí Brull sirve solo para subrayar la inconsciencia palabrera de los intelectuales de velador y la inconsciencia brutal de quienes toman las ideas en su estricto sentido, acaso, para ciertas ideas, el único coherente. Ni a Baroja ni a nadie debió de hacerle ninguna gracia que el saldo del atentado fuera los reyes vivos y veintitantos vecinos muertos. La brutalidad estaba en la chapuza, y sobre todo en la defensa de la chapuza en nombre del ideal.

            
               Aracil nos presenta a Iturrioz, uno de los dos profesores de filosofía que tuve yo en el instituto (el otro fue don Mariano Larios), y todo apunta a que Baroja nos va a describir esa patética contradicción que debieron de sentir los plumillas de la época cuando vieron que las palabras, en fin, podían seguir matando. Pero la novela es de María, y lo que podría haber dado cuerpo al relato entero se queda en un motivo: Nilo Brull acude a refugiarse en casa del doctor Aracil (quien paga así sus bravatas anarquistas) y, como es poco probable que la justicia le haga ningún caso, decide huir con su hija.
              Baroja, que se informó de primera mano de lo mal que lo pasaron los anarquistas después del atentado, empalma con un viaje muy 98 a Portugal que hizo el propio Pío con su hermano Ricardo y con Ciro Bayo, una escapada que le da para describir la miseria económica y moral del campo español, para insistir en la cobardía de Aracil y para que la hija, una muchacha, emerja como una gran heroína, sensible pero resistente, cautelosa pero decidida, culta y lista, que no es lo mismo, y desde luego un ejemplo permanente para el pobre hombre que es su padre.
             Detrás dejan personajes admirables: el primo Venancio (que reaparecerá en La ciudad de la niebla), el noble guarda de la Casa de Campo, Isidro, el propio Iturrioz o un periodista inglés, Tom Gray, que le tiende los cabos necesarios para armar la siguiente novela. Y la huida, cómo no, le da a Baroja para dedicarse a su deporte favorito: describir caminos de cabras, casas destartaladas y tipos curiosos, vagabundos, señoritos sentimentales (ese muchacho que parece sacado del Quijote). Hay –breves- descripciones de la sierra de Gredos que competirían en belleza con las de Unamuno, y pasajes nietzscheanos que seguro que encantaron a Solana, como el relato de la muerte del caballo, escrito con esa emoción que solo nace del respeto.
               El propio Baroja creía que esta novela le había salido como “una tela impresionista”, una obra “poco serenada”, es decir, armada con rapidez en torno a materiales en principio heterogéneos. Pero en el fondo se trata de su principal virtud, la ausencia de premeditación, el encomendarse a la novela, más que escribirla, y crear un personaje, María Aracil, tan estupendo que casi exige otra novela para ella sola, como en efecto sucedió, y nosotros que la leamos.

25.11.13

El héroe sano, 2


Pues sí: después de Zalacaín, en el tiempo que me dejan las lecturas de temporada, me metí con Shanti Andía, que es quizá lo que debería haber leído nada más volver de Lekeitio. Lo recordaba mucho mejor que Zalacaín, y también me ha impresionado más. Con Zalacaín fue gozo narrativo. Con Andía es nostalgia, pero una nostalgia que ya sentí, un poco anticipadamente, cuando lo leí la primera vez. Entonces yo era un chico, como dice Baroja, y esta página de la novela me parecía un atributo más del héroe:

Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un niño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y un melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los acontecimientos me han escamoteado la vida.
               Algunas veces me miro al espejo, y al verme viejo y cambiado, me digo a mí mismo:
               -¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fue.
               Han pasado muchoas años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir, andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión de acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado un poco de calor y de abrigo he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.
               Navegando he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son largos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan, vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el camino andado parece una Vía Apia sembrada de tumbas.

               Esto lo escribe Baroja a los cuarenta años. Es uno de sus años de gracia. El mismo año, 1911, publica El árbol de la ciencia y Las inquietudes de Shanti Andía, dos obras maestras. Tusquets publicó hace un par de años la trilogía La raza, con formato y honores de novela contemporánea, igual que se publican las de autores vivos. Eso me gustó. Hay que sacar a Baroja de la incubadora escolar y preguntarse si hay alguien ahora que lo haga así de bien, si hay una novela de ochocientas páginas que pueda equipararse a la trilogía Las ciudades. Si hay algún libro para todos los públicos de la talla literaria de Las inquietudes...
               Pocas páginas antes, Baroja escribía una de sus famosas poéticas:

               Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el vocablo; me parece que una persona que ve en las palabras, no su significado, sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; pero entonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.

               Y sin embargo las descripciones de Shanti Andía son de una perfección emocionante. La bellísima historia del viaje al barco naufragado tienen un nivel difícil de superar. Y digo bien, porque si lo superas ya te estás amanerando, aunque sea solo un milímetro. Leo los párrafos escuetos de Baroja, ese constante refrenar el impulso romántico que lo animaba, ese permanente dejar que se disuelva en melancolía, que la ola no llegue a romper ni la prosa a desparramarse. No hay nada enfático en esta prosa, pero al leerla, al pensar en que la estoy leyendo (algo difícil en Baroja, que consigue de inmediato lo más importante de todo, que te olvides de que estás leyendo), soy consciente de lo difícil que es escribir así de bien y del férreo espíritu crítico que uno debe tener consigo mismo. 
               La primera valentía del poeta es la claridad. Pero Baroja parte de esa misma claridad para dar un giro metaliterario que si hubiera premeditado le habría salido presuntuoso. Porque Las Inquietudes de Shanti Andía, en su primera parte, cuando Shanti habla de sí mismo, no es exactamente una novela del mar sino del mar visto desde tierra. Es, como Sotileza, la novela del pueblo pesquero, del puerto de mar. Es novela de camarote, no de cubierta. Shanti va y viene a Manila en un par de líneas, y las siguientes páginas se dedican a un almacén de objetos curiosos que hay en el pueblo cercano. No hay, de momento (sí en la segunda parte, cuando ya no suenan a enciclopedia), historias del mar entendidas como ese rollo de gavias y cabestrantes, un error que cometió Delibes (creer que el mar estaba en sus tecnicismos marineros) y que cometería cualquiera que no acepte su condición, digamos, interior. Baroja lo sabe, y pronto la novela alcanza a la memoria, es decir, el mar de la infancia y de la juventud se diluye en el Baroja adulto. La primera parte de esta novela es muy Zalacaín. Nos esperamos un Shanti intrépido, sano. La juventud, más barojiana, más desengañada, ya es el Baroja envuelto en un abrigo, cabizbajo, con el cuello subido y las manos en los bolsillos, y al llegar a la madurez nos suelta esto, a mitad de novela. Cuando yo era mozo, ese desengaño del viejo lobo de mar me parecía de lo más romántico. Ahora que he alcanzado, y sobrepasado, la edad de su autor cuando lo escribió, me parece de un realismo enternecedor. Pero me emociona más ahora, como es lógico. Me emociona el héroe del primer capítulo y el desengaño de la mediana edad, a pesar de que sé que ese héroe no es Shanti, es Baroja. En esta novela el feliz Shanti pugna con el triste Baroja, y parece ser que al final gana el viejo marinero, la tierna fantasía cotidiana.
               Pero Baroja, pasada esta primera parte, utiliza pronto un mecanismo que será el método con el que, a partir de 1913, irá hilando las veintidós novelas de las Memorias de un hombre de acción, los múltiples narradores, los largos relatos insertados, un uso libre de la novela marco que le permite, por una parte, contar con distancia lo que contado por el propio Shanti parecería presuntuoso, y, por otra, llevar esa distancia al terreno de las estampas románticas. Así, hasta mitad de novela, da la sensación de que Baroja navega por sus veranos y por la lectura de Dickens. La historia del marino de Bisusalde, Juan de Aguirre, empieza con una escena propia de David Copperfield, la del anciano delicado que vivía en la costa con su hija. Uno diría que es ahí donde Baroja se replantea la narración cuando deja que el marinero Itchaso cuente, en cuarenta páginas incesantes, la historia de los dos Tristanes, en un tono más cínico que el de Shanti, como si Baroja, para contar las cosas a su modo, hubiera querido no implicar en ello al protagonista de la novela, un hombre más afable y risueño que el viejo lobo que cuenta una historia de barcos negreros, lo más parecido que tenemos a Joseph Conrad por este lado del mar.



               La narración vuelve entonces a Shanti y a su rivalidad con Machín, un personaje de Dostoievski, con un aire a Smerdiákov, el epiléptico de los Karamázov, pero sobre todo a esos personajes cuya maldad es anomalía, pero cuyo fondo trágico no deja de ser bueno a pesar de las atrocidades que traman, o por lo menos comprensible desde un punto de vista, digamos, naturalista. Y, cuando esta sorpresa que es siempre la redención de un malo pierde fuelle, cuando esa ráfaga de viento se disipa, la narración coge nuevo impulso con el manuscrito de Juan de Aguirre, que narra en parte lo ya narrado por Ichaso (sin el gracioso cinismo de Ichaso), y amplía las aventuras como si navegando se hubieran metido en mares de otros siglos, en los cantos de Ossian y las novelas de Walter Scott, que aquí se citan varias veces al final. Baroja termina la narración metido en una estampa marinera como las que adornan las paredes de su casa de Itxea, los grabados que Baroja encontraba por la ribera del Sena en aquellas mañanas grises en las que escribía El árbol de la ciencia.
               Juan de Aguirre será ya Aviraneta. Después de Shanti, Baroja ya tenía el método para un carmen perpetuum, para una novela sin fin que le permitiese alternar sus dos tonos, el más cercano y pesimista y el más legendario y risueño. El efecto es complicado. Por una parte, los relatos insertados descargan la novela de realismo y la bañan de nostálgica aventura; pero por otra parte en esos relatos está escrita toda la crueldad y el pesimismo que el narrador realista, Shanti, no es capaz de sentir. Lo legendario se llena de pesimismo contemporáneo, y lo contemporáneo de ingenuidad aventurera. Al final Shanti es un viejo marinero al que su mujer le dice que siempre está contando las mismas historias, rodeado de hijos y nietos, feliz en esa felicidad innata, en esa alegría de vivir profunda que no sabe de ambiciones ni de envidias, la ausencia de avaricia que le libró del malhadado tesoro de Juan de Aguirre, pero no de su relato.
               El Epílogo, otra obra de arte, es un retrato del héroe liberado de su condición contemporánea. Es el héroe de siempre, el que es capaz de ser feliz. El mismo año Baroja trazó el impresionante retrato del hombre que no puede serlo. Andrés Hurtado es Pío Baroja, pero Shanti Andía es, más bien, el gran Ricardo Baroja, de quien sería momento de leer La nao capitana
               Dejó aquí ese compendio de moral epicúrea que es el epílogo de Las inquietudes de Shanti Andía. No creo que el tipo de emoción que busca se pueda conseguir mejor de otra manera, con otro estilo más o menos florido, sino exactamente así, con ese laconismo plagado de versos sueltos. Si acercas el oído, casi escuchas a Machado.

Han pasado muchos años de vida normal, tranquila, sin más incidentes que los cotidianos.
Juan Machín no ha aparecido. Quizá anda perdido por los mares; quizá también ha ido a buscar algún tesoro en un rincón del planeta.
Como guardando la tradición de la familia, es él el Aguirre inquieto que se pierde por el mundo. ¿Vive? ¿No vive? ¿Volverá? No lo sé. Confieso que al principio no hubiese querido que volviera; hoy, sí, me alegraría de verle y de estrechar su mano.
Respecto de mí, siento un poco de vergüenza al decir que soy feliz, muy feliz. Es verdad que no lo he merecido, pero así es.
Cuando pienso en mi mujer, me acuerdo también de Diana Vernon; pero no tengo que recordarla como mi tío Juan de Aguirre ni, como el héroe de Walter Scott, muerta, sino que la veo viva, a mi lado. Hoy, con sus cincuenta años y los cabellos grises, me parece más encantadora que nunca.
Mi madre vive ya constantemente en nuestra casa de Izarte. Le gusta estar siempre en la cocina hablando con las muchachas y con mis hijas, echando leña al fuego y murmurando contra mi mujer.
En el fondo se entienden las dos perfectamente; pero mi madre tiene que reñir un poco; acusa a mi mujer de mandona y de que siempre quiere hacer su voluntad.
Todos mis hijos han sido mecidos en los brazos de su abuela, y dentro de poco podrá mi madre mecer a su bisnieto.
Yo cada día me siento más indolente y más distraído. Muchas mañanas, con el buen tiempo, me levanto muy temprano y sigo el camino abandonado, escuchando el rumor de los campos. Los pájaros cantan en las enramadas, el sol se derrama brillante por la tierra.
Al volver me detengo a contemplar mi casa, sobre el jardincillo que le sirve de pedestal. En el balcón de madera brillan los geranios rojos; en el huerto, algunos girasoles levantan sus grandes flores sobre sus tallos. Subo la escalera y me asomo al balcón. Las vacas pastan en nuestro prado; mis chicos suelen seguirlas protegidos del sol por grandes sombreros de paja. Enfrente veo las casas desparramadas de Izarte, que parecen de juguete, echando humo por la chimenea, y a lo lejos los montes.
Mi mujer sabe que algunas veces necesito vagabundear un poco, y me deja. Antes me solía acompañar en mis paseos, y algunas veces, al ver aparecer el lucero de la tarde, recitó esa poesía de Ossian, que hemos leído los dos en un ejemplar de Ana Sandow, y que empieza así: "Estrella del crepúsculo, que resplandeces soberbia en Oriente, que asomas tu radiante faz por entra las nubes y te paseas majestuosa sobre la colina... , ¿qué miras a través del follaje?"
Yo la solía escuchar con las lágrimas en los ojos. Aquellos cantos de Ossian me parecían admirables. Hoy mi mujer tiene demasiadas cosas en que ocuparse para corretear por el campo. Nuestro clan va aumentando y ella es la administradora. Yo le digo que es buen tirano, la dictadora inteligente, la representación del gobierno ideal para los perezosos.
Yo soy el vagabundo de la familia.
Cuando cambia el tiempo experimento la nostalgia de sentir la paz profunda del mar, de su abandono y soledad. Entonces voy a pasearme por la playa de las Ánimas, y contemplo, como si fuera por primera vez en mi vida, las tres rayas de espuma de las olas que rompen en la arena.
En la primavera me produce una gran alegría; en el otoño, una gran tristeza; pero una tristeza tan extraña, que me parece que sería muy desgraciado si no la sintiera alguna vez.
En esos días de noviembre, cuando vuelve la humedad y el dominio del gris; cuando vuelven las líneas vagas y borrosas y vuelve el silbar agudo del viento; cuando el arroyo Sorguiñ-erreca semeja un torrente,
Estrella del crepúsculo, que resplandeces soberbia en oriente, que asomas tu radiante faz por entre las nubes y té paseas majestuosa sobre la colina..., ¿qué miras a través del follaje? entonces me gusta pasear por la playa y saturarme de la enorme melancolía del mar y empaparme en su gran tristeza.
Luego, cuando ya estoy saturado de espumas, de olas, de gemido del viento, subo por la cuesta de los Perros hasta lo alto de las dunas, y avanzo por entre los maizales. Allá está la aldea tranquila donde vivo, allá están los míos. Voy acercándome a mi casa; la familia, en estos días de invierno reunida en la cocina, delante del fuego del hogar, me espera.
Allí cuento yo mis aventuras, y las adorno con detalles sacados de mi imaginación; pero las he contado tantas veces que mi mujer me reprocha un poco burlonamente que las repito demasiado.
A veces me preocupa la idea de si alguno de mis hijos tendrá inclinación por ser marino o aventurero. Pero no, no la tienen, y yo me alegro..., y, sin embargo... Ya en Lúzaro nadie quiere ser marino; los muchachos de familias acomodadas se hacen ingenieros o médicos. Los vascos se retiran del mar.

¡Oh, gallardas arboladuras! ¡Velas blancas, muy blancas! ¡Fragatas airosas, con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer, que ya no os volveré a ver más! Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos..., y, sin embargo...

7.11.13

El héroe sano


Este puente pasado anduve por la costa de Vizcaya, por ese mar bronco y grisáceo que en días de lluvia es de un sentimentalismo telúrico. Me tira el norte. Durante muchos años fui puntual, cada otoño, a algún pueblo entre el Baztán y el Bidasoa, desde Irurita a Burguete pasando por el bosque de Irati. Esa parte navarra me gusta más que la vizcaína, pero para el efecto que me produce viene a dar lo mismo: en Navarra nunca dejo de pasar por Vera y hacerme una foto junto a la tumba de Julio Caro, y cuando regreso me cuesta mucho no acabar leyendo Las horas solitarias de su tío, por ejemplo, o alguna de las aventuras de Aviraneta. En este caso, en Bermeo, viendo el mar romper contra las rocas negras, lo más lógico habría sido que al volver a casa me enfrascase en Las inquietudes deShanti Andía, pero este año el dedo se me posó antes en la trilogía Tierra vasca y por exclusión, porque no me apetecía en ese momento leer novelas dialogadas, llegué a esa maravilla que es Zalacaín el aventurero, cuyas primeras páginas me sentaron como le sentaría una copa de Vega Sicilia a un alcohólico después de varios años de abstinencia. Estoy por beberme sus obras completas, y luego empezar con el sobrino, hasta que aguante el hígado.
               Porque yo echo de menos ese tipo de novela. Zalacaín lo leí, como casi toda mi generación, en el instituto, y no sé por qué motivo (supongo que por ese final un poco desmadrado) me dejé llevar tiempo después por la consideración de juvenil, poco seria, con que la crítica barojiana la ha ido dejando en las baldas de más arriba. Y qué va, qué va. Tan solo la descripción de Urbía con que se abre Zalacaín y cómo cierra el plano hasta los personajes es un modelo no solo de construcción narrativa sino, sencillamente, de una prosa castellana de primera categoría. La descripción final del cementerio es alta poesía; la caracterización a través del diálogo, de una precisión asombrosa. Hablo de los méritos que vamos ahora buscando en una buena novela, no de cualidades pasadas de fecha. Es el entusiasmo narrativo, la fruición romántica que sigue a Zalacaín, la emoción de los paisajes sin retórica, la acción rápida, sin pesadeces reflexivas, el modo de dialogar, ese bueno que contestan los personajes y que Cela supo ver y explotar. Mucho, pero mucho Cela hay en el Zalacaín, desde las congeries onomásticas a la nota breve, irónica y desnuda; desde la poesía de la exactitud a la composición por manchas de color: ahora una descripción sentida, luego una aventura, más tarde un diálogo sustancioso; unas gotas de folletín aquí, un documento histórico allá.


A este respecto tengo una teoría de andar por casa. La llegada de la máquina de escribir, el hecho revolucionario de que los dedos alcancen la velocidad de la mente, ha engordado la novelística contemporánea y la ha despojado de hechos, de acciones. Dejando al margen la novela pulp, en las novelas que llamamos serias pasan muy pocas cosas con respecto a la extraordinaria densidad narrativa de Baroja. En cada oración simple sucede una cosa distinta. No hay más tregua narrativa que esos capazos que de vez en cuando coge Baroja con algún personaje. Suceden cosas y nadie está solo. El héroe, Martín, no se separa de su Patroclo, Bautista. Todo el mundo se trata con consideración y en ese hablar tierno y escueto es donde Baroja pone todo el sentimiento que los narradores modernos emplean cientos de páginas en describir con sus veloces piruetas especulativas. No lo critico porque también me gusta, pero, como ex redactor de folletines, envidio esa renuncia casi ascética de Baroja por todo lo que no sea la pura narración.
Martín es el héroe de acción, según repiten todos los manuales desde hace cien años en las primeras líneas. Es lo que Cela llamaría el hombre sano, el que no se plantea más actividad que la inmediata. No es culto sino astuto, y no se deja avasallar por el pensamiento. Duerme en las condiciones más inciertas, ama como han amado todos los jóvenes, pero no cae en agonías ni en lamentaciones. Cuando aparece otra más guapa, se vuelve a enamorar, y cuando se le pasa la tontería tampoco se deja devorar por las erinias. Es, quizá, el héroe salvaje, el vasco antropológico, y nos cae bien. Charlaríamos con él porque sabemos que él no haría ascos, salvo que empezásemos a dormirnos en la suerte. Zalacaín huye del aburrimiento, su tío Tellagorri le enseñó a leer en las manos del monte, a disfrutar de lo que disfrutan los hombres del campo, cantar zorcicos y jugar a la pelota vasca, pero también a mantenerse siempre firmes, pasase lo que pasase, aun en ese torbellino folletinesco con que Baroja remata la novela. Demasiados reencuentros, pensábamos en nuestra juventud crítica, cuando ya se nos había olvidado la primera vez. Sí, demasiado folletín, y esa es precisamente la gracia, que la novela no abandona el encanto infantil de los días de gripe. Es romántica precisamente porque no especula, porque nunca deja de narrar. Aceptamos las bravuconadas baserritarras de Zalacaín (la toma de Laguardia, la huida poco convincente del calabozo) porque ya lo hemos adoptado como héroe. A Héctor el Atrida lo respetamos, lo tratamos con reverencia, pero a Zalacaín lo ajuntamos, no nos cuesta imaginarnos junto a él. El propio Baroja cita la Ilíada, a su manera, en la despedida de Zalacaín y Catalina, antes de que marche de guía con el coronel Briones, pero Martín siempre va vestido de Josechu el Vasco y nos produce la misma cercanía.
No, no es solo una novela juvenil. Es eternamente infantil. Está sana como una dentadura de leche. Los personajes nos enseñan a ser críticos y a distinguir a los imbéciles, pero todavía no se han atracado de escepticismo. Los carlistas quedan a caer de un burro, y el sarcasmo de Baroja no se deja de sentir, igual que la ternura. La novela juvenil es aquella que solo se lee cuando uno es muy joven y tiene estómago para tanto tópico. Pero esta tiene la virtud de, además, mantenerse en el tiempo gracias a su perfección narrativa y a esa pureza a la que en el fondo un lector aspira durante toda su vida. Es como si dijésemos que La isla del tesoro es una novela juvenil y nada más que juvenil. En cierto modo, yo creo que también lo decimos. Ese es el problema.
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