16.1.26

Las nubes elegantes


Estaba leyendo el Commentary de Mynors a las Geórgicas de Virgilio y, a propósito de los pétalos de la mielga, en los que «asoma el color púrpura de la violeta negra» («uiolae sublucet purpura nigrae»), leo una cita de Dorothy Wordsworth, que al hablar de un abedul viene a usar una expresión similar: «through which gleams a shade of purple», «a través del que late una sombra púrpura». John Keats utilizaría casi la misma imagen cuando describe el basalto de la gruta de Fingal: «El color de las columnas es un tono negro con un brillo púrpura que late en su interior». Eso bastó, en cualquier caso, para que me apresurase a leer los Diarios de Grasmere y Alfoxden
Es probable que el del diario sea el género más practicado y el más desconocido, a no ser que sirva como documento para otros fines, y no estoy seguro de que pudiéramos leer ahora estos diarios si Dorothy no hubiera sido la hermana de William y testigo del alumbramiento del romanticismo inglés, si Coleridge no la hubiese pretendido, si en la casa donde horneaba el pan no se hubieran cocido las Baladas líricas. Pero nos habríamos perdido una obra extraordinaria por sí misma, con virtudes literarias que ahora nos parecen de lo más moderno. Está escrita por una mujer que lava la ropa y lee a Shakespeare, que pasea por el campo y traduce a Lessing del alemán, o espera a que se horneen las empanadas mientras copia los poemas de su hermano, escribe (y recibe) abundante correspondencia o lee a Boswell, a Spenser o a Chaucer.  Desde luego que podríamos esperarnos una prosa de altura, cargada incluso de poesía, pero hay un par de rasgos que sorprenden por su hondura y su delicadeza.
El primero de esos rasgos es el fresco cotidiano. Dorothy se emplea en las descripciones de paisajes, todas impresionantes, pero también en la cantidad de mendigos, soldados heridos, familias errantes y demás paisanos de los lagos que aparecen por la casa y a los que ella presta su oído y su respeto, y en ocasiones algo del poco dinero de que dispone, cuyas historias escucha y cuenta y cuyas vidas comprende y admira. Ella y su hermano viven con apacible modestia, pero Dorothy no puede evitar el pensamiento de que «no somos lo bastante agradecidos con las condiciones de vida que disfrutamos». Y esa es de las pocas reflexiones que se salen de la actitud estrictamente descriptiva, de modo que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sin necesidad de que nadie se las dicte. Ese nombrar, ese presentar sin juzgar, tan discreto como intenso –y por tanto elocuente–, es una virtud de alta literatura. En medio del inagotable afecto que demuestra hacia su hermano William, tan solo encuentro un muy discreto reproche: «William retiró algunas piedras del jardín, su primer trabajo en el jardín en lo que llevamos de año». Lo normal es que la ironía, de haberla, sea finísima: «William se encontraba muy bien, muy poético», o «William se cansó de buscar un epíteto para el cuco», o cuando anota que la despertó a las tres y media de la mañana «para saber la hora». Y lo mismo con su «queridísimo» Coleridge, de quien se muestra siempre muy pendiente, «cuántos motivos, tengo tantos motivos para preocuparme de él», y a quien le dedica muy sutiles muestras de amor, como cuando recibe carta suya y la guarda en el bolsillo, pero «al llegar a la cima del White Moss la puse en mi pecho, un lugar más acorde para ella». 
Tanto el uno como el otro eran un poco vidrieras. William está constantemente agotado. La poesía lo deja hecho polvo: nunca está del todo satisfecho, aun cuando no sea capaz de encontrar ningún defecto a lo que ha escrito, y a veces incluso decide destruir un poema pero se siente incapaz, «y con esa indecisión se hacía mucho daño». Lo normal es que se pierda en el bosque junto al lago, concentrado en escuchar el canto de los pájaros, atento al advenimiento de algún verso, mientras Dorothy pasea tan campante (y el relato de sus paseos asombra por su hermosura) o se queda trabajando en el jardín. Siempre le duele algo, como enfermo de hiperestesia (por algo es pionero del romanticismo), aunque también a Dorothy, que se sobrepone con más templanza a sus dolores de cabeza y baja a la cocina para seguir con sus quehaceres.
Y lo mismo con Coleridge, de quien en el prólogo se nos informa de algo que merece la pena saber después de haber leído los diarios: que Dorothy lo rechazó (él estaba infelizmente casado) sin que por eso disminuyera su afecto, y que el láudano («opio, vino, especias y zumo de naranja») estaba haciendo estragos en la mente del poeta. Quizá por eso se duerme a mitad de una velada con Dorothy, algo que ella se limita a constatar, sin siquiera dar señales del más mínimo fastidio. Lo quiere, lo comprende, lo atiende, lo mima. Pero no puede ser. 
El otro rasgo de modernidad procede del hecho de que estos diarios no parecen surgidos de la intención de publicarlos o de crear una obra con ellos. De hecho abundan las lagunas, los días en los que no ocurrió nada interesante o, sencillamente, dice, «he olvidado lo que pasó», lo que enriquece la verosimilitud del conjunto. Gracias a esa intimidad, a esa voluntad sencilla de anotar lo que ve, lo que pasa, lo que la pone contenta, la presumible retórica queda eliminada en favor de una prosa límpida, con frecuencia restallante, de una altura poética incuestionable. Es prosa, en su mayor parte, de frases cortas, de parataxis asindética, que acumula impresiones sin que en principio importe que unas no tengan que ver mucho con las otras, y suele rematar los párrafos con otra todavía más distinta pero al mismo tiempo elevada, interrogante, inspiradora. A veces se detiene en el detallismo vegetal, en «los troncos verticales de los fresnos [que] resplandecían como lanzas», en las genistas de tallos esbeltos que «se arqueaban como plumas, a medida que se acercaban a su extremo se volvían cada vez más delgados, el peso de la nieve los agitaba suavemente», o sus queridos abedules: «…están sacando por todas partes una hoja pequeña: vistos así me parecen más ligeros y elegantes que cuando están completamente llenos de hojas grandes; el árbol parece inclinarse hacia la brisa, como enamorado de sus propios movimientos deliciosos».
El diario de Alfoxden, que no llega a veinte páginas, es anterior al de Grasmere, que ocupa casi todo el libro, y nos avisa el editor de que en las páginas de Alfoxden se sospecha que quizás algunos párrafos fueron escritos a cuatro manos con William. No me extrañaría. El tono es distinto, más enfático, más deliberadamente poético: «El paisaje parecía extenderse cuanto más se observaba, tanto que el pensamiento sentía miedo de calcular sus límites». Este y otros ejemplos sorprenden porque en todo el diario de Grasmere encontramos algo así. Y sin embargo allí disfrutamos, por ejemplo, de una preciosa descripción de los narcisos que recuerda, en algún caso literalmente, el poema de William I wandered lovely as a cloud. Pero bastaría con la geórgica del viernes 16 de abril de 1802 para calibrar la calidad de lo que corresponde en exclusiva al genio de Dorothy, o cualquiera de sus paseos por los lagos, o la única vez que los abandona, cuando viaja a Londres y nos regala otra magnífica descripción de Calais: «Ningún paisaje de novela es ni la mitad de hermoso», dice allí, y de paso da una pista de cuál es la poética en la que se inspira, seguramente sin siquiera pretenderlo, por un talento igual de natural que el color púrpura del abedul o la elegancia de las nubes que avanzan sobre los lagos.

Dorothy Wordsworth, Diarios de Grasmere y Alfoxden (1798-1803), trad. Gonzalo Torné, Alba, 2019, 263 p.

10.1.26

El precio del valor


Cuando se publicó la traducción de Ruth, la editorial d’Época presumía de que era «la única obra inédita de Elizabeth Gaskell en castellano». Aparte de que no estoy seguro de que eso sea cierto (hace un par de años se publicó El trabajo de una noche oscura, que creo que era, esa sí, la novela que faltaba), trece años después esa traducción de Ruth casi es imposible de localizar, y digo casi porque siempre hay bibliófilos infalibles como Pedro Moreno capaces de dar con los tesoros más escondidos. Gracias a él, pues, he podido leer la traducción de Eva María González Pardo, en un volumen muy bien editado que se completa con una introducción y un posfacio a cargo de Susanna González. Este último es particularmente interesante por cuanto pone al lector en antecedentes y lo libra de reprochar a la autora lo que ahora parecen excesos de patetismo, algunos de los cuales, por cierto, ya le fueron reprochados por su amiga Charlote Brontë cuando la novela se acabó de publicar. Pero esos excesos de bondad, abnegación y sacrificio por parte de la protagonista no sirvieron para aplacar las iras de lectores puritanos que llegaron a quemar sus libros en la plaza, ofendidísimos por que alguien se hubiese atrevido a contar la historia de una madre soltera. La misma Gaskell tuvo sus dudas sobre si no sería demasiado fuerte, en una época en la que los lectores de novelas, sobre todo lectoras, eran legión y no se las tomaban solo como entretenimiento sino como guía y edificación, enfrentarse a la historia de una muchacha engañada por un petimetre, que se queda sola en el mundo, a los diecisiete años, con un hijo en camino. Otro amigo suyo, Charles Dickens, la animó en tan arriesgado empeño.
De modo que Gaskell tuvo que afilar muy mucho el lapicero para que su escandalosa historia estuviera convenientemente arropada por la más impecable moral cristiana. Se suceden las citas bíblicas (no falta María Magdalena, por supuesto), y la misma Ruth tiene algo de redentora, de sí misma y de cuantas mujeres han pasado por su misma situación. Gaskell ya había tratado el tema de los trabajadores en Mary Barton y sus lamentables condiciones de vida; de hecho, una de las compañeras de Ruth en su extenuante taller de costura es una tal Fanny Barton, como para trasladarnos a aquel mundo de explotación y miseria y a los trágicos destinos de las mujeres que, como la tía de Mary, son arrastradas por un hombre malo, falso, engañador. Aquel personaje quedaba entonces difuminado en un segundo plano que no ocultaba su condición de protagonista de otra novela todavía no escrita. No es el caso de Ruth: ella no cae en los abismos de la miseria ni de la degradación; al contrario, es un ejemplo de cómo una mujer llevada a esos límites es capaz de salir adelante con orgullo y una inmarcesible honestidad. 
Pero Ruth también necesitaba un salvador. En aquella época, habría resultado del todo inverosímil que una madre huérfana y soltera, sin oficio ni beneficio, hubiera podido salir adelante. Hacía falta alguien que, como Gaskell, tuviera la suficiente capacidad de comprensión y de rigor con respecto a sus propias leyes morales para que Ruth tuviera una vida digna. Ese personaje es el señor Benson, un párroco dissenter, una buena persona que acoge a Ruth y la lleva a su casa junto a dos personajes que bien podían haber salido de Cranford, que se acababa de publicar: su divertida y algo estrafalaria hermana, que renunció a un matrimonio —que tampoco le entusiasmaba mucho— por cuidar de su hermano, y la todavía más divertida Sally, una vieja criada que recuerda, otra vez, a la nodriza de Julieta (¿habrá contado alguien cuántos personajes inolvidables ha inspirado esa mujer?). Benson es Gaskell y también las dudas del lector. ¿Debe pagar una muchacha inocente y su aún más inocente criatura los desmanes de un señoritingo? ¿Es justo que se la repudie y se la arroje a la indigencia y la prostitución? ¿En nombre de qué religión? ¿En nombre de qué dios? La solución de Benson es la más sensata desde el punto de vista literario: la ficción de que Ruth no es adúltera sino viuda.
Gracias a esa impostura, la sociedad biempensante la reconoce como lo que verdaderamente es. El señor Bradshaw, estricto hasta el delirio (y que se mofa de los dissenters, lo que daría para mucha conjetura social), le ofrece a Ruth nada menos que la educación de sus hijas, entre ellas Jemimah, otro de esos personajes que crece hasta ganarse el derecho a una novela propia. Es precisamente esta muchacha, y los celos que siente de que el galante —y buen tipo— Walter Farquar se canse de sus desdenes y empiece a mirar a Ruth con buenos ojos, la que da pie a una trama que alterna referentes conocidos, porque si el trágico principio, el arrebato de amor, la cobardía del currutaco, su repelente madre, el embarazo, etc. nos recuerdan a las intensidades cardiacas de las Brontë, sin embargo las intrigas amorosas que introduce Jemimah son como un regreso al mundo de Austen, al tiempo que el mundo del señor Benson y sus mujeres es un plácido navegar por el costumbrismo a lo Cranford. Esa parte central, larga y sinuosa, repleta de momentos deliciosos, de paisajes deslumbrantes y de esa especialísima capacidad de Gaskell para hilar una historia sobre hechos cotidianos y menudos, es lo que más disfruta uno de la novela, el arte de la proporción, de no asfixiar el relato con la trama ni tampoco empantanarlo de inacción, sino disponer las proporciones necesarias para que el lector presencie, esté presente en la novela.
De modo que, cuando el petimetre reaparece, el misterio se desvela, los moralistas enloquecen y el cielo se llena de nubes negras, la novela tiene que lidiar con la tormenta y lo hace con un creciente pathos que en ocasiones, como digo, puede resultar en exceso melodramático. Ruth se convierte en santa, se entrega a su propia bondad, más de lo que cualquiera de los que han aprendido a quererla hubiera considerado justo, en un difícil equilibrio entre la integridad moral y las concesiones a los voraces moralistas. Quizá por eso el final no fuera del agrado de Brontë, porque no hay triunfo en el dolor, porque Ruth ya ha pagado lo que de todas formas nunca tuvo por qué pagar, y porque la pudibunda sociedad que la condenaba no se merece los esfuerzos que hace ella para dignificar su nombre y, sobre todo, el de su hijo Leonard. Pero esa santidad de cánticos celestiales, comparada con el cálido fluir de la novela entera, se hace un poco aparatosa, por más que uno sepa que en su momento era incluso necesaria: para Elizabeth Gaskell era el precio de su propia valentía.

Elizabeth Gaskell, Ruth, trad. Eva María González Pardo, intr. y posfacio de Susanna González, d’Época, 2012, 668 p.