12.6.26

El herrerillo de Pombo

 


El segundo volumen de estos Cuentos autobiográficos sigue la línea de barajar textos de distinta procedencia y condición. «Todo se me va volviendo ahora un ultimar. Un ultimar los cuatro trastos que me quedan, mis papeles inéditos…», y ello sin una aparente organización que pudiéramos tomar por sistemática, pero que sí podemos recomponer. Por un lado se nota el tiempo de los textos en sus peculiaridades estilísticas. Queda alguno, pocos, del Pombo torrencial y luminoso, de largos periodos musicales, de fogosidades rilkeanas, pero abunda más ahora una sintaxis de frases cortas, entrecortadas, sincopadas, como dichas a impulsos intermitentes, dejadas salir despaciosa y despaciadamente, pero fraguadas luego con el inigualable sentido del ritmo que tiene y tendrá el gran Pombo. Es esta una oralidad más anciana, más trabajosa, pero al mismo tiempo más nítida y más tierna, en ese admirable propósito de transparencia que ilumina los mejores cuentos de este libro.

En el tono más, digamos, anterior, encontramos cuentos-cuentos, relatos puramente ficticios, construcciones literarias, penetradas algunas por ese afán conceptualizador, de personajes-idea, que me atrevería a denominar unamuniano. Hay, claro, y para mi gusto son las más hermosas, miradas al pasado, la infancia santanderina —y palentina—, los fantasmales personajes de una infancia entre rara y peculiar, muy divertida. Y hay otros estrictamente biográficos, sin asomo de autoficción, de modelado, bastantes de los cuales se quedan en un ahora íntimo, lúcido, a solas ante el último suspiro, una actualidad senil que reconforta con su educado buen humor. Cuántas veces habré repetido en clase que quejarse es de mala educación. Y Pombo es un señor muy educado.

Esos que llamamos cuentos-cuentos no son muchos. Más de uno recuerda a aquel Ortega de Los delitos insignificantes, el profesor (o escritor) que huye de su falta de sustancia, o bien otro personaje se acaba lanzando al mismo vacío, como la amante desesperada stricto sensu, despreciada por un hombre que le da largas, hasta que, llevado por la misma cobardía, acude a la cita y se la encuentra en el suelo del patio interior. Hay uno, que combina referencias biográficas y novelísticas, de los niños que van a pescar a la playa con don Rodolfo (en lontananza Aparición del eterno femenino, y no es la única vez), que falla porque la tragedia es previsible y porque no acaban de casar bien las dos partes, las dudas del cura y la tragedia de los niños. Son dos elementos que a un cuento de ficción se le deben exigir: unidad de sentido y una cierta imprevisibilidad, sobre todo si vienen mal dadas. Un buen, estupendo ejemplo es el cuento ‘La moto’ (no incluyo todos los títulos porque mi escritura es ya de por sí lo bastante farragosa), donde sí funcionan esas dos premisas: la angustia de una madre ante la peligrosa inconsciencia de su hijo y un final trágico que, al tiempo que imprevisto, es sin embargo el más lógico, el menos sorprendente. Buen cuento. 

Hay tres más de pura ficción (o casi), dos de los cuales parecen resultado de limpieza de corrales, en este caso de cajones, el del vecino de urbanización pija obsesionado con llamar a sus vecinos ‘padre’, gracioso pero excesivamente largo y quizá no bien resuelto, y un dramatis personae que recuerda el mundo de Donde las mujeres pero no tiene una armadura narrativa tan interesante, quizá por lo convencional de su resolución y porque en la novela disfrutábamos de un mundo y en un cuento se disfruta de una historia. El último cuento-cuento, un poco pleonástico, quizá sea el del niño que roba, casi sin querer, el anillo de amatista del cardenal, buena ocurrencia que aquí se empantana de cuestiones morales y vuelve una y otra vez sobre el hecho sin proponer en realidad un desenlace. 

Este cuento está entre la historia y la idea, entre la pura ficción y esa conceptuosidad esquemática y filosofal que, solo para entendernos, llamamos unamuniana. Hay más casos: reflexiones sobre la muerte, el fracaso y el amor al prójimo, o ese otro del profesor incapaz de transmitir por un exceso de autoestima, que contrasta, a lo lejos, con el del exalumno que, pasados muchos años, siente la necesidad de agradecer a una profesora lo que en cierta ocasión dijo en clase: «A empeorar, siempre hay quien nos gane. A mejorar, en cambio, si uno se empeña, cada vez hay menos». Es, en efecto, una cuestión moral que suena a semilla de novela, hecha o por hacer, porque el personaje del joven amargado por sus empeoramientos es bastante habitual en Pombo. El hecho de que otra vez el final sea un poco insulso, como de recurso no del todo contundente, a pesar de las apariencias, hace pensar que quizá sí estuviera destinado a algo más largo. Es lo que tienen los relatos conceptuosos, que se funden en su propósito, más de reflexión que de relato, como ese un tanto farragoso de la condición sagrada de la música por parte de una mujer algo desorientada.

Más cercano a la autobiografía está lo que pudiéramos llamar autoficción, aunque todavía no sé si ello se refiere al personaje que es trasunto del autor o al autor que se traviste del personaje que no es. En el caso de Pombo es un género que brota con toda naturalidad: el propio Pombo es un personaje verosímil de una vida inverosímil. Él mismo lo dice: «¿Es esto, por cierto, un relato autobiográfico o un cuento chino?», todo a propósito de los líos amorosos de la madre del narrador y de cómo él la defendía en casa de sus cotorreantes tías. En otros casos da la sensación (yo no me sé la vida de Pombo: esperaremos a que Mario Crespo la publique, aunque ya escribió un libro sobre la imagen de Santander en su obra literaria); da la sensacion, digo, de que se imagina lo que habría ocurrido si, por ejemplo, hubiera vuelto realmente a vivir a la provincia, allí donde «nunca pasa nada». Pero este recurso más o menos autoficticio no es el que mejores resultados da. En ocasiones los cuentos no son más que un cambiante dejarse llevar, como ese, ya muy al final, en el que empieza discurriendo sobre no saber qué decir, sigue inventando un alter ego chistoso y se vuelve otra vea a la adolescencia de los veranos palentinos, del campo y las gallinas y las mulas, y los desencuentros entre sus padres que marcaron su carácter entre expansivo y retraído, entre solitario y juguetón. O el de ese abuelo que es al tiempo el abuelo de Pombo y el propio Pombo, con los nietos que son nietos ficticios y primos reales, y esa charla del abuelo con la criada que es la de Pombo con su asistenta o con una antigua amiga, Celia Cecilia Villalobos, pongamos por caso. Todo fluye, sí, pero deslavazadamente.

Otros, acaso los mejores, son estrictamente biográficos, es decir en absoluto ficticios, en absoluto cuentos, por más que así se los llame, y se haga con una coherencia incuestionable. Es aquí donde encontramos al Pombo más sencillo, al más despojado, por ejemplo cuando recuerda cómo le influyeron Cagigal (de quien ya habló en el primer volumen), la práctica deportiva o la novela Nada, de Carmen Laforet, donde honestamente sitúa su encuentro con la falta de sustancia como tema literario. Varios de estos cuentos son de actualidad cotidiana, del mundo que rodea al escritor, limpio, sin ficción y sin apenas filosofía, pero con ternura compartida, unas veces hacia un gato, o hacia su ayudante de los últimos años, o hacia sí mismo. Decía Umbral que al último Cela le bastaba con ver un herrerillo posado en el alféizar para escribir una página maestra, y con ello, muy en Umbral, no solo alababa su magisterio sino que se compadecía del no estar ya del todo en este mundo. Pombo sigue en este mundo, ya lo creo, pero sabe ver los herrerillos. En este nuevo, reciente tono claro y sincopado, Pombo no se corta cuando habla de su celebridad actual pero tampoco de sus inicios, de cuando José Luis López Aranguren le animó a ponerse en contacto con Juan Benet y este consiguió que Rosa Regàs lo enchufara en La Gaya Ciencia. Pocos autores hay que hablen de sus padrinos con esa tranquilidad. Quizás haya que estar de vuelta de todo para saber que no todo en este mundo es escribir como los ángeles.

De todos modos, y tal y como me ocurrió con el primer volumen, de lo que más disfruto es de los relatos de su infancia santanderina, de esa «correosa sociedad santanderina», de su tremenda abuela Carolina, la que llamaba la atención a las bañistas que se bajaban el tirante del bañador (algo que repite dos veces en el libro), o de aquella encantadora Elke de la Aparición, la niña austriaca, a la que años después se encontró casada con un señor de Oviedo, o la hermosísima elegía autoficticia del niño Joaquín, el propio Pombo en aquellos veranos castellanos, consciente de su soledad, amparado en sus lecturas, Machado, Juan Ramón, en una prosa algo más extendida, quizás anterior, cuando recuerda a las gallinas y se ve a sí mismo ahora picoteando «piedrecitas de ocurrencias a ver qué va saliendo».

Hay bastante de poética en el libro, de reflexión sobre la creación literaria, desde sus aprendizajes con Henry James, la del escritor «caudaloso y cauteloso», lo primero envolvente, lo segundo para «refinar la atención cuidadosa de sus lectores», a su afición, tantas veces proclamada, a las novelas de Iris Murdoch y sus personajes entre fantásticos y fantasmales, porque «yo mismo me he vuelto fantasmal y ficticio a la fuerza, de querer serlo siempre, o de describir siempre situaciones inesperadas, fantasmales». En ‘El novelista’, habla de que el autor es el único tema de sus novelas, y, aunque haya figuraciones y transfiguraciones porque no llegan a ser relatos íntimos, se nota un cierto cansancio de sí mismo. Pombo reconoce la inspiración como «un don intermitente (de los dioses, digamos) que solo puede ser capturado a la cacea», como aquel que pesca «una ocurrencia interesante» con la que escribir un cuento.

Entre sus recursos de obrador Pombo subraya la importancia de la casa: «La casa es, para cada cual, una conciencia en sí misma paralela a la propia conciencia del individuo. De ahí que la descripción de pisos y lugares y de casas sea un cometido esencial de escribir novelas». Y su casa, la casa de Argüelles que ahora recorre en silla de ruedas y donde cultiva frondosas plantas de interior, es también el escenario de varias de sus últimas novelas y de algunos de estos cuentos, como alguna espléndida reflexión sobre el hecho de esperar la muerte, de estar preparado, o esa declaración crepuscular de que «cada vez ‘pensar’ se va volviendo más contar cosas», en ese paulatino apartamiento que es ir terminando con bien, quedándose con lo que sigue haciendo funcionar la memoria y latir el corazón, y no quejarse jamás.


Álvaro Pombo, Cuentos autobiográficos, volumen II, Anagrama, 2026, 286 p.

8.6.26

La música de cuando entonces



Por un artículo de Diego Manrique me enteré de que Edi Clavo acaba de publicar libro, Suite nueva ola, sobre la escena musical inmediatamente anterior al surgimiento de eso tan discutible que llamamos La Movida. Pero también caí en la cuenta de que no había leído el anterior, Viva el Rollo!, con el explícito subtítulo de Una crónica de Rock & Rollo en la España de 1975, que es lo que, por razones que —de momento— no caben aquí, me llevó a leerlo. 
Sigo a Edi Clavo y me gusta cómo escribe. Mientras el sedicente líder de Gabinete Caligari se arrastraba por bolos inmundos (y ahora sale a dar pena en los periódicos), aquel batería de camiseta de tirantes neorrealista iba escribiendo libros muy disfrutables. Ya comentamos aquí su memoria personal de Camino Soria y dijimos lo mucho que en su momento, 1999, nos gustó su primera pieza, Grasa y otros materiales nobles, magnífico libro de viajes moteros que nos dejó con la esperanza de que aquella prosa tan pulida nos trajera más buena literatura. Lo cierto es que al acabarlo pensé que Edi Clavo iba a ser, además de un buen batería traicionado, una de las mejores plumas de su generación, aunque luego se dedicó al testimonialismo rockero con Electricidad revisitada y al que él (yo no) considera el mejor disco de Gabinete. A ello hay que añadir su labor de historiador underground, faceta a la que me he acercado con Viva el Rollo!, de cuando él tenía 18 años, lo que no sé si hace que el libro sea más historia que testimonio, más investigación que memoria. Unas veces da la impresión de que tenga en su casa todos los comix (sic) y fanzines de los que habla, y todos los discos y todos los libros, y otras que ha escogido una selecta bibliografía (que cita pero no recoge al final) con la que acribilla el texto de nombres y apellidos. 
Porque este es el principal pero que le pongo al libro. Por momentos me recuerda a esa prosa chispeante (ese era el adjetivo que se utilizaba entonces) que puso de moda Vázquez Montalbán y que estaba trufada de nombres, corrientes, extranjerismos, neologismos y vulgarismos rehabilitados, y que, con un ritmo muy vivo, daba la impresión de estar escrito por alguien que, aun estando en el ajo, todo lo tomaba con la debida distancia, todos sus comentarios eran convenientemente cáusticos y cualquier asomo de complacencia estaba rigurosamente prohibido. Y también era el registro de mucho periodista musical, del que Clavo nos brinda un fragmento firmado por Claudi Montañá en la revista Vibraciones que resulta ser un ejemplo perfecto del estilo de Viva el rollo! En todo caso ese ametrallamiento culturalista, que entonces sonaba tan enterao, ahora puede resultar entre facilón y gratuito: precisamente porque toda la información la tenemos a tiro de ratón, tiene más valor que nunca destajarla, espigar lo esencial, algo que Clavo desdeña en favor de un exhibicionismo erudito que en ocasiones se hace un poco pastoso. No es lo mismo practicar la erudición que copiar los títulos de crédito: lo primero ilustra y deslumbra; lo segundo aburre. Es cierto que ya en esa época los locutores de programas musicales se dormían en la suerte de los créditos, y era habitual (en ciertos géneros lo sigue siendo) que antes de cualquier pieza se nombrara una retahíla de nombres discutiblemente pronunciados con la familiaridad de quien suele tomar copas con ellos cada jueves: «Y a la batería, cómo no, el bueno de Mick Corrigan…» Ay, cuántas veces habré deseado que la radio se pudiese adelantar como las cintas de casette para evitarnos esos rollos gratuitos. Clavo hace algo parecido y se nota que siente afecto por aquellos pioneros del periodismo escrito y hablado, por Manrique, de quien elogia su «documentado arsenal»; por Mariscal Romero, padre del título del libro, o por Ordovás, cuya prosa deslenguada cita Clavo con generosidad y a quien mucho tendrá que citar si sigue su «estudio» (así lo llama) hasta finales de los 70 y principios de los 80. Del único que habla sistemáticamente mal es de Serra i Fabra. Me parece muy bien: yo tampoco lo soporto.
No es Viva el rollo! un libro de historia de la cultura popular sino, en todo caso, de historia de lo que llamamos underground y de lo que todos los underground despreciaban por manido y vulgar. En la pugna entre «rockeros y sinfónicos», que en cierto sentido vertebra este libro, cuenta más lo casi clandestino que lo paulatinamente generalizado. Hay omisiones muy elocuentes: tanto los rockeros mamados como los sinfónicos fumados, tanto Burning como Iceberg (por nombrar dos muy conocidos de entre los centenares de grupos que se citan) provenían, aquí y en todas partes, de los tres acordes del blues. El rock entró por ahí, en Madrid, en Barcelona y en Quintanilla de Onésimo (bueno, ahí quizá no). Lo que atraía a la gente del Concierto en Pompeya de Pink Floyd no era la modorra onanista sino el Mademoiselle Nobs, un blues aullado a pelo por un perro. En aquellos años la gente común no entraba en la modernidad por el elitismo wharholero sino porque el blues era lo más fácil de tocar con la guitarra. 
Son cuestiones marginales. Tampoco este libro es sobre literatura, y sin embargo se dedica un capítulo a la tríada inevitable: Kerouac, Ginsberg y Borrows, y a su versión española, que aquí se reduce a Mariano Antolín Rato y a Félix Francisco Casanova, poeta canario que murió con 19 años. El tema merecería libro aparte, tanto por quienes probaron por estos pagos con la estética de la melopea (cienes y cienes de poetas), como por quienes introdujeron otras novedades que atraían a los amantes de la música (Cohen, por ejemplo), o dieron a conocer a autores que pronto estarían junto a los discos más sobados: de Lovecraft a, un poco después, el propio Tolkien. Al margen de Rato  y el experimentalismo lisérgico, igual de plasta que los experimentalismos de vino tinto, tan frecuentes entonces, Clavo solo cita, muy de pasada, al propio Vázquez Montalbán y, con indisimulado desprecio, a Francisco Umbral. Es tal la desproporción entre la base de datos que vuelca sobre el mundo del cómic y lo superficial y vano del de la literatura, que casi podría haberse ahorrado el capítulo, o haberlo planteado de otro modo, no sé.
Esa desproporción no es en absoluto exagerada cuando comparamos el documentadísimo capítulo de los comix con los dedicados a los albores de la radio y la televisión enrolladas, quizá porque la información en este caso es mucho más accesible, lo que no impide que Clavo se luzca en otros muy divertidos, sobre todo el dedicado a «horteras y bailongos», con afinadísimos retratos de Camilo Sesto o Barry White, si bien meter al primero en el mismo lote que Manolo Otero o Miguel Gallardo suena un poco a exceso de mala leche, aunque desde luego clava la suficiencia con que tanto rockeros como sinfónicos contemplaban lo que no tenía la suerte de llamarse pop sino todavía canción ligera. Con bastante tacto, el autor pasa por encima de aquellos que sí habían escrito historia pop-rock y en el año 75 la seguían escribiendo, quizá porque no habría sido justo mofarse de ellos. En su lugar, Clavo prefiere repasar lo que los grandes santones del rock (Dylan, Stones, Zappa, Pink Floyd o los ex-Beatles por separado) hacían a esas alturas, un repaso necesariamente superficial con opiniones tan contundentes como manidas, y alguna incluso excesiva, como la de sentenciar que Wish you were here fue lo último de Pink Floyd que mereció la pena. Que al autor no le interese The wall solo quiere decir que en este libro hay partes de estudio exhaustivo y otras de juicios gratuitos.
Las partes más interesantes lo serían todavía más si no estuvieran semienterradas en ese arenal de datos, por ejemplo la que cierra el libro con sendos dilatados reportajes de lo que fueron las jornadas rockeras de Burgos y Canet, ejemplo de buenas intenciones, mala organización, voluntad hedonista, medios precarios y ese tufo a carajillo y garrafón que convertía los conciertos en verbenas, en algunos casos afortunadamente. Esas últimas cincuenta páginas son, creo, lo mejor del libro, incluido un capítulo en el que Clavo reivindica una modernidad que no solo llegó de los discos traídos de extranjis desde tugurios londinenses sino que vino del sur, de África, que la trajeron los legionarios con sus paquetes de grifa y su lengua mestiza, e hizo parada y fonda en una Sevilla con tendencia al desmadre. Es verdad que entre el espíritu de rock jondo (Smash, Triana, Lole y Manuel…) y el verbeneo sinfónico catalán (su querido Sisa, Iceberg o la Dharma) Madrid daba la impresión de oler aún a abrótano macho. No sé si era tan cutre como lo pinta Clavo (yo aún estaba en el jardín de la infancia), pero si toda la información, sobre todo de los conciertos, la registró él de primera mano, la verdad es que no solo vivió intensamente sino que tiene una memoria prodigiosa.
El libro, en fin, se disfruta más por ese idiolecto bizarro (en el sentido clásico de la palabra, no en el nuevo) de jergas, extranjerismos, marcas, grupos y tecnicismos discograficos y por la atención prestada a eventos tan significativos como volanderos que por la marabunta onomástica, empeorada por lo que, de lejos, es su principal defecto. La editorial Sílex debería gastarse un dinerillo en correctores, porque desde el punto de vista ortográfico el libro es un desastre. Sobran y faltan comas, se confunden los puntos y coma por los dos puntos, las comillas simples por las dobles; hay un mejunje asistemático entre letra cursiva y regular: extranjerismos habituales se escriben en cursiva, y otros para iniciados van en regular, y menos mal, porque si todos fueran en cursiva el libro resultaría mareante. Pero hay más: uno puede ser todo lo punki que quiera en materia ortográfica, pero las faltas sientan mal a cualquiera, sobre todo si el autor escribe bien. Con los monosílabos acentuados es la monda: unas veces con tilde y otras sin tilde (caso de mas/más cuando ambos son adverbio, o los relativos interrogativos). Solo es coherente en su empeño de no acentuar el monosílabo ni cuando es adverbio ni cuando es pronombre personal. Bueno, casi, porque lo escribe bien una vez y cincuenta y seis mal; que, como decía el Pastor de Andorra, yo también sé contar.

Edi Clavo, Viva el rollo! Una crónica de Rock & Rollo en la España de 1975, Sílex, 2022, 323 p.


1.6.26

El mal carnaval

Parece ser que el propio Ignacio Aldecoa consideraba Parte de una historia la mejor de sus novelas, y así lo atestiguan y lo ratifican las palabras de su viuda, Josefina Rodríguez Aldecoa, y de una buena amiga, Carmen Martín Gaite, según oportunamente se cita en la solapa de la edición de Alfaguara. No estoy seguro. Disfruté más de Gran Sol, y habría que volver a sus primeras novelas, El fulgor y la sangre y Con el viento solano, para formarse una opinión. Desde luego que hay elementos comunes con Gran Sol, y no solo el entorno marinero —en muy distintas latitudes—, sino, sobre todo, esa tendencia del autor a ir amalgamando personajes y esperar a que sean reconocibles por decantación, pasadas ya bastantes páginas, y esta novela no tiene muchas; pero también la de inmovilizar el desarrollo argumental, dejar quieta la historia, a merced de la descripción de ambientes unas veces y otras de un lenguaje que aúna la precisión técnica y localista con los neologismos más o menos poéticos (correntudas, pereciente, oblicuando…) que dejan paso a una prosa más clara, intensa y fluida cuando hay hechos que contar.
Todo sucede en una de las islas Canarias, aunque no se nombre nunca el archipiélago, pero sí a un vecino, el señor Mateo, al que apodan Guanche, o piedras volcánicas y rebaños de camellos, o ese distinguir entre «el Atlántico o el moro» cuando echan a navegar con la falúa. 

Estamos junto al mar, en una naturaleza en la que el hombre lleva una vida artificial, como si la isla no fuera un definitivo asentamiento ni una patria pequeña, sino lugar de paso que cualquier día abandonará por algo mejor. Arena, falta de agua, vegetación de desierto, incomunicación, soledad de supervivientes.

El narrador, hombre culto, dueño de ese idiolecto crucigramático, ha ido a parar allí no se sabe por qué, y retrata, desde una pasividad de poesía sugerida, el mundo de los lugareños pobres y de una pandilla de extranjeros, los «chonis» que están allí de paso, tomando el sol, emborrachándose sin conocimiento y escandalizando a la sufrida y recatada población local. Los autóctonos malviven de la pesca, enlutados de tradiciones, borrachos de superstición (y a veces de crueldad, como en el espantoso episodio de la mutilación del perro), avaros de miseria, como el dueño del tugurio donde se emborrachan todos, el Fardelero, que además hace las veces de Tiresias en la «sospechada tragedia» (raro pleonasmo) de uno de los chonis, a los que, como sucedía en Gran Sol, el narrador pasa revista antes de la borrachera y el naufragio: Jerry, «pordiosero Ulises en la arena de las Conchas»; Boby, «el hombre de la litera»; Beatrice «la mujer caída», mujer de Jerry pero también se supone que liada con Boby; Gary, «el hombre de la mano rota», y Laurel, la otra que escandaliza a las mujeres del pueblo, cuando las dos mujeres beben y «bailan con las tetas fuera» y se dan paseos procaces con Dominguillo, el galán del pueblo, en un «mal carnaval» que acaba con Jerry destrozado por las rocas de la orilla, en una imagen que da la medida del ambiente que se respira:

Beatrice se agacha y aparta el pico de lona que cubre la cabeza de Jerry, diseccionada por el arrecife, aniquiladas las facciones por rayas y cortes morados, negruzcos y blancos. Un ojo, arrancada la ceja, sin párpado superior, se dispara globular como en una lámina anatómica.

Esa muerte (el naufragio, la búsqueda, el entierro) es el clímax de la novela y en él se deja el narrador de pasamanerías léxicas, que en el resto del relato, sobre todo en las escenas de borrachera sudorienta y carnaval de pobres, recuerdan mucho al Valle-Inclán de El ruedo ibérico, algo que ya nos pasó como una ráfaga en Gran sol pero que aquí se hace más que evidente en fragmentos como estos: 

Las lámparas de petroleo decoran la tienda de Roque de luces teatrales. En las rinconadas lo oscura profundiza túneles, minas, cuevas por donde huyen, buscan o se refugian las miradas de los bebedores cansados del trago y de la fiesta. Los aromas de abacería se mezclan con el breote, la vinacha, el petróleo y el ron. Atufa la sudorina marinera. El jilguero, que cuida Luisita, se adormila hecho una bola de colores afianzado a la percha de su prisión de alambre pintado de verde.

O bien, incluso más:

La puerta abierta del tugurio del Fardelero recorta un bronco aguafuerte de bebedores y gentes del naipe, vagos personajes en la neblina de las cachimbas. El cielo colmena de estrellas. Se ha adelantado el señor Mateo hasta el umbral del chiringuito saludando con las peores palabras de su vocabulario y ha sido convenientemente respondido por el Fardelero y su clientela.

    Es curioso como los viejos del 98, sobre todo Baroja y Valle-Inclán, pasaron el vacío de la guerra reconvertidos en otras literaturas que muchas veces los desdeñaban. En todo caso es muy expresionista el trazo grueso con que Aldecoa pinta los dos mundos de la isla, el de los pobres aldeanos, bárbaros y tiernos, según, y el de ese mundo nuevo que en los años 60 empezó a verse en España, el de los extranjeros que venían a despendolarse a esta tierra de nadie, a beber las heces de sus vasos, a bailar descalzos sus alegrías y hacer lo que en sus prósperas patrias tampoco se tenían tan permitido. Son los vicios de los ricos, aunque «los ricos como estos no saben dónde van». Quizás al límite, al acantilado y mar profundo de sí mismos. Qué es peor, llega a preguntarse uno, qué borracho es más borracho, el que arrastra el carro del atraso, el económico y el moral, o el que se tira barranco abajo con el del progreso.
Sobre estas dos estampas, el blanco y negro árido de los isleños, el rojo cangrejo de los extranjeros, se superponen esos dos modos de narrar, el estático y lexicoso de las miradas, los olores y las borracheras y el mucho más impetuoso y novelesco de los percances y las travesías. Entre estas últimas destaca un episodio que no sé si es un cuento insertado, un magnífico cuento, desde luego, o acaso la raíz de la que parte la novela entera, quién sabe, pero sí escrito en el mismo lenguaje más transparente que las páginas veloces del desenlace, sin la calima verbosa de los otros episodios. Me refiero al cuento de la camella que transportan de isla a isla, atada a una barquilla, para venderla por un saco de patatas o algo de semejante valor. Habría que mirar en los cuentos de Aldecoa, pero no me extrañaría nada que esta escena hubiera servido para alguno. Yo la guardo como buen recuerdo para la novela entera.

Ignacio Aldecoa, Parte de una historia, Alfaguara 2022 (=1967), 244 p.