15.9.26

Una comedia muy seria


Washington Square (1880) es solo un año anterior a El retrato de una dama, y no se hace difícil pensar que hay pasajes y personajes que Henry James desarrolló en su primer gran novelón, por ejemplo el del padre que no confía en las cualidades intelectuales de su hija pero quiere asegurarle un buen futuro, o al menos un buen marido; o el de la misma hija, apocada, aniñada, a la que las circunstancias hacen madurar de golpe; o incluso el del pretendiente sospechoso de ir buscando una dote so capa de románticas melosidades; e incluso el de la vieja casamentera, si bien por motivos muy distintos en ambas novelas. Incluso hay un pasaje de Washington Square («¿Crees que te llevaría a un nido de fiebre amarilla?», le dice el pretendiente arrepentido a la pretendida que quiere fugarse con él) que no sólo remite a la otra novela sino incluso a la continuación que escribiera en 2018 John Banville y que ya hemos comentado aquí. Sí, son parecidos, esbozos, puntos de partida, lo que no quiere decir que la primera novela sea un mero apunte de la segunda o que ambas cuenten la misma historia en diferentes tallas. En absoluto. De El retrato de una dama ya nos deshicimos en elogios, pero de Washington Square solo caba decir que es otra obra maestra.
En este caso, además, al lector acostumbrado a las sinuosidades sintácticas y las densidades conceptuales de James le sorprenderá una novella construida sobre diálogos y sin asomo de oscuridad de ningún tipo. Es más, el punto de partida es claramente teatral, lo que todavía la hace más interesante, porque James utiliza mimbres populares para  crear arquetipos intemporales. De Plauto a Molière, la historia del padre avariento que no quiere casar a su hija con un cazadotes gloriosus, y de la vieja, la anus, que trata de apañar por detrás el matrimonio, es material para enredos y burlas, para que triunfe el amor y la juventud y fracase la codicia y la vejez. Y así empieza Washington Square, incluso con ese humor que hace gracia precisamente porque no la tiene. Pero lo que nos espera no tiene nada que ver con un sainete.
Es esta historia el lector no se alía con los jóvenes sino con el anciano padre: es él quien se da cuenta desde el primer momento de que el andoba que ronda a su hija solo va al olor del dinero. Hace bien, pensamos, informándose a conciencia sobre la catadura del pisaverde, un parásito que vive del esfuerzo y los ahorros de su pobre hermana, otro personaje bien interesante. El padre también demuestra sensatez cuando pone a prueba al pájaro por el sencillo método de desheredar a la hija, con el efecto casi fulminante de que al otro se le pasen las fiebres amatorias y ahueque el ala. Triunfa el sentido común y el afán paternal, pero el resultado es un triste fracaso. La hija va creciendo en voluntad, en lealtad a sus propios sentimientos, hasta el punto de enfrentarse a su padre y renunciar a cualquier prebenda. Ama con valentía, pero ama a un pelanas que no se lo merece.
A estas alturas, lo que empezaba como una simpática pieza romántica se ha oscurecido de conflicto real: el amor no está libre de la equivocación, demasiada gente vive de él, abusa de él, más aún en una época en la que la principal preocupación de un padre era colocar bien a una hija, pero también cuando ese mismo padre comenzaba a percibir el negocio marital como algo anticuado, si no rastrero, y contrario a los emergentes códigos de libertad. En la novela el padre no cede, pero su inflexible determinación tiene un precio demasiado alto.
James es un maestro en el juego de contrapesos que hacen avanzar equilibradamente una novela. La rigidez del padre, un médico que confía en la fisiognómica y el análisis de los caracteres (y no se equivoca) tiene el contrapeso de su hermana casamentera, Lavinia, inagotablemente mema, pero también de un egoísmo cruel, el de quien hace lo que sea para mantener sus fantasías románticas, aunque sea destrozar la vida de quien se supone que intenta defender. El mismo Morris, el cazadotes, tiene en su hermana, la señora Montgomery, viuda y con cinco hijos a los que mantener (además de al parásito), una contrafigura llena de matices: en ella se juntan sus deberes filiales con la necesidad de librarse del zángano de su hermano, y su amor honesto a la verdad con su sentido casi supersticioso de la traición. Lástima que su aparición sea tan breve porque es uno de esos secundarios que merecía una novela entera.
Y la muchacha, Catherine, hace lo que tienen que hacer los grandes personajes, redimirse. Empieza siendo un poco boba (da la impresión de que para James el mero hecho de enamorarse sin más motivo que la atracción es ya un síntoma de estupidez), y dedica un carácter cada vez más duro a no dar su brazo a torcer. Es el tipo de quien gustosamente renunciaría a una vida regalada con tal de vivir con su amado, pero también de quien está lo bastante ciega como para no ver al petimetre que cualquier espectador del drama ve desde antes casi de salir a escena. El padre se la lleva de viaje, la intenta convencer, trata de imponer su ascendente moral… Nada. Si toda la contumacia que Catherine emplea en seguir enamorada la invirtiera en fundar una empresa, no necesitaría la herencia de su padre para vivir como una reina.
Entre otros muchos aspectos, James también es un maestro en conseguir que los finales más lógicos sean también los más sorprendentes. El lector lee con interés uniformemente acelerado una historia que, acabe como acabe, solo puede acabar mal: Catherine no puede salirse con la suya porque el lechuguino solo va buscando la pasta, y el padre tampoco porque Catherine no va a perdonarle que ponga en fuga a su pretendiente. El resultado es un final que habría hecho (y es posible que las hiciera) las delicias de William Faulkner, una aceptación intransigente, una venganza silenciosa, si bien el único que de veras se venga es el fracaso y la decrepitud.

Henry James, Washington Square, trad. Catalina Martínez, Alba, 2010, 266 p.

13.9.26

Postmodern James


 La perfección de El retrato de una dama no se refiere a que la historia está cerrada sino a que el retrato queda terminado, a que la joven dulce y optimista se transforma, aun antes de cumplir los treinta, en una mujer víctima del desengaño. El arco de la evolución del personaje ya está completo, pero la historia queda en suspenso. Isabel Archer marcha a Londres para asistir en la muerte a su queridísimo primo Ralph, a despecho de su desagradable marido, que aun sabiendo que está en su lecho de muerte habla del pobre Ralph con un cinismo repulsivo. Isabel decide ir, y la novela de James termina cuando ya han enterrado a Ralph y es hora de decidir qué hace con su vida, si vuelve a Roma con su marido detestable o se queda en Inglaterra y lo abandona.
Ahí empieza, en esa decisión, la novela de John Banville. Y empieza con un detalle que sorprende a cualquier lector atento de la novela de James. En sus últimas páginas, cuando Isabel llega a Londres y allí la espera Henrietta Stackpole con el sonriente Batling, por un momento pierde de vista a la doncella que la acompaña, que ha ido a ocuparse de que lleven las maletas, pero Isabel se acaba hospedando en casa de Henrietta y a la doncella no se la vuelve a nombrar, como si, más que no importar su existencia en el elevado mundo de los personajes, a James se le hubiera quedado olvidada entre el gentío de la estación. Banville empieza su novela, precisamente, prestándole a la doncella, Staines, toda la atención que James había pasado por alto, hasta extremos que a la propia doncella escandalizan.
Y ese es un síntoma del punto de vista que adopta Banville en esta continuación. Nada más llegar a Londres, por ejemplo —y sin que medien elaboradas justificaciones argumentales—, Isabel va a visitar a una sufragista, la señorita Janeway, para resumir la historia que lleva detrás y hacer algo que en todo el novelón de James no había hecho: desahogarse, explicarse, ademas de dejarse olvidado un bolso repleto de billetes de banco; un detalle, todo hay que decirlo, que, como el de la doncella en James, a ningún lector atento se le escapa. 
Este desahogo y este olvido marcan las dos líneas que divergen del gnomon de James y hasta cierto punto también cuestionan la novela de Banville. No solo Isabel cuenta su vida, sino que el narrador se pasa más de medio libro recapitulando la novela de James, mucho más por extenso de lo que la comprensión de La señora Osmond requeriría. Es como si Banville diera por hecho que sus lectores no van a leer El retrato de una dama, que no se acuerdan de cuando lo leyeron o que, a estas alturas (2018) no tienen por todas partes amplios resúmenes del argumento y detalladas explicaciones de los personajes. En este punto incluso llega a ser repetitivo, cosa que en el elegante Banville hace al lector levantar las cejas y apretar los labios. 
Es excesivo, sin duda, ese volver una y otra vez a lo ya contado por James. No creo que fuera necesario, al menos no tan demoradamente, porque además todo se centra en los dos puntales del suspense que uno tiende a soslayar: el verdadero origen de la fortuna de Isabel Archer y la verdadera madre de Pansy Osmond. En James, lo primero es un secreto para Isabel que el lector sabe desde el principio y ella solo conoce muy al final; lo segundo es una revelación casi folletinesca que no se imaginaban Isabel ni el lector (yo al menos). Banville destapa ambas desde el principio con todo lujo de detalles. Insisto: no era necesario, al menos no para ocupar con ello tantas páginas de la novela.
El otro punto divergente no me parece tan criticable porque cada cual es hijo de su época. Leyendo La señora Osmond uno admira todavía más el tempo jamesiano, ese ir avanzando sin precipitarse, deteniéndose a cada momento sin que parezca que nada se interrumpe, como aquel que conduce un carruaje tirado por muchos caballos y sabe de cuál de las muchas riendas tirar en cada momento para que el largo viaje no sufra contratiempos. Acostumbrados a los veloces y sobresaltados fuerabordas contemporáneos, la novela de James es como una larga y plácida travesía trasatlántica en la que nunca se pierde de vista la inmensidad y la profundidad de las aguas sobre las que se navega. En el caso de Banville, el mismo hecho de retomar la novela de James ya es una muestra del culturalismo posmoderno en el que se ha desarrollado su obra. Bien es cierto que, sobre todo en la literatura anglosajona, pocos son los grandes narradores que no se entregan al placer de escribir un novelón a la manera del XIX o principios del XX, como una especie de tributo a sus mejores horas como lector, y el caso es que Banville cuenta hoy con un prestigio parecido al de James entonces, si bien Banville le doblaba la edad al ambos escribir sendas novelas. 
Banville domina el arte de James, esa es la verdad, pero también que no lo hace de forma tan continuada, con un ritmo tan sostenido, y que se vale de recursos que aceleran el relato, lo que a veces provoca una especie de disonancia: una prosa exquisita, repleta de matices, la Italia fragante, delicadamente iluminada, apaciblemente contemplada, pero también con toda la humedad oscura de la ruina, con el aire viciado de las catacumbas de la novela negra: el bolso extraviado, el secreto que se anuncia, los ambientes tensos, sobre todo el agón entre Isabel y su marido, Osmond, con una violencia que vibra en cada línea y que parece abocada a un desenlace sangriento, tanto que la solución, que quizás habría complacido a James (Isabel no se venga de su marido dejándolo en la ruina sino a merced de la madre de la pobre Pansy), después de tanto subir los tonos graves y amenazantes casi que resulta un poco descafeinada. Y eso por no hablar de una especie de broma merced a la cual todos los caminos llevan a París y en una misma sala del Louvre se encuentran personajes que páginas atrás estaban a miles de kilómetros, como esos teatrillos en los que se organizan apoteosis a despecho de la más pudorosa verosimilitud. James disimula un poco más estas licencias rocambolescas, aunque si Banville se regodea en ellas es porque forman parte del mundo aparte, sin apenas distancias entre países o entre continentes, del que se habla en El retrato de una dama. Y como no todo iba a ser versión —o parodia—, se guarda Banville un toque final propio del mismísimo Benjamin Black, pero también epítome de esa forma de culturalismo que hace bien poco ha dado resultados tan divertidos como el de Nocturno en Venecia. En el caso de La señora Osmond, el broche de oro viejo es Florencia, Boccaccio, Santa María de Novella, la peste…, y no digo más, porque el ¡tachán! de Banville no merece ser desvelado como él hace con las anagnórisis de James. 

John Banville, La señora Osmond, trad. Miguel Temprano, Alfaguara, 2018, 378 p.

7.9.26

El fin y el por fin

Tiene todo el sentido, al margen del riesgo que supone volar tan alto, que John Banville decidiera dedicar una novela a lo que le ocurre a Isabel Archer, la protagonista de El retrato de una dama, una vez que se acaba la historia que nos cuenta Henry James. Esa novela no termina con un final sino con un ‘por fin’, y no porque uno tenga ganas de que se acabe: habríamos seguido leyendo encantados otras ochocientas páginas, y de hecho, en cierto sentido, las echamos de menos, porque lo que ocurre es que por fin Isabel Archer se desengaña, ve las cosas como son, ya no hay excusas para dilatar las decisiones. Ha llegado su hora, y esa sensación, y el placer frondoso de haber llegado hasta ahí, hace que el lector se quede con ganas de más. Ya ha visto a Isabel Archer crecer en firmeza y amargura, no en «la obcecada credulidad, el deplorable candor y el incurable buen corazón» que le reprocha, en silencio, su doncella Staines al principio de la continuación de Banville, porque eso lo tuvo en grado máximo desde el principio, desde que su tía Lydia Touchett decidió sacarla de Albany, no lejos de Boston, donde había quedado huérfana y vivía con sus hermanas en espera de tiempos mejores.
Porque la historia Isabel es la de un desgraciado golpe de fortuna. Con ese planteamiento inicial, y teniendo en cuenta que la novela se publica en 1880, las alternativas que el realismo psicológico había desarrollado podían reagruparse en dos grandes temas: el de la muchacha huérfana que lucha por salir adelante y el de aquella a la que, una vez que ha salido adelante, la pierden los delirios de grandeza. Claro que ni Dickens ni Flaubert eran del gusto de James, ni mucho menos cualquier forma de naturalismo posterior: él era un entusiasta de George Eliot y de Iván Turgueniev, según declara con rotundidad en el prólogo a la edición de 1908. Lo que le interesa, entonces, no es ni la mujer víctima del destino ni de sus propias fantasías, sino algo así como hasta dónde pueden llegar la bondad y la libertad sin convertirse en perniciosas.
A Isabel Archer la recoge su tía Lydia y se la lleva a Inglaterra, a una mansión campestre, Gardencourt, prototipo del palacio que tanto decorado british aportó y sigue aportando a la ficción señorial. En este caso lo ocupa un norteamericano rico (y viejo, y enfermo), Daniel Touchett, a quien su esposa, Lydia, mujer arisca y directa, ve solo unos días al año porque ella  no lo soportaba e instaló en Florencia un campamento base para sus viajes por el mundo elegante. Isabel es esa joven encantadora, tranquila, cariñosa y de buen conformar de quien todo el mundo se enamora. Me he acordado más de una vez de María, la de El metro de platino iridiado, en el sentido de que a ella también todos la adoran como a un ser perfecto desde sus perspectivas insuficientes o defectuosas. En el caso de Isabel, el primero es su primo Ralph Touchett, gran personaje, heredero sin ganas, enfermo de tuberculosis, culto y afable, y una de esas raras personas que concibe el amor como una forma de hacer el bien a la persona amada sin necesidad de exigir nada a cambio. Lo que Ralph hace por Isabel es convencer al anciano Daniel de que le deje la mitad de su herencia, que es colosal, y este acto de generosidad, el de ofrecerle a Isabel la posibilidad de ser libre, de no depender más que de su propia voluntad, no tener que casarse por obligación ni aguantar a ningún dueño, es el que determina, también para mal, el futuro de la dama.
La galería de pretendientes sirve a James para confrontar, no sin ese tipo de humor de quien se ríe con la boca cerrada, los dos mundos a ambos lados del Atlántico. El primer pretendiente, Casper Goodwood, es el prototipo de americano tan emprendedor como falto de refinamiento. Es noble y demasiado plano, en el sentido de que es mucho más directo de lo que un inglés podría soportar. No concibe la ironía ni el sentido estético de la vida. Sus grandes manos de self made man no sirven para sostener una joya delicada. Isabel no lo quiere por marido, y el lector tampoco, por mucho que el terco Casper, que no es mala persona, esté dispuesto a dar su vida por conseguirlo. También le pone mucho empeño lord Warburton, que es todo lo contrario, un noble inglés, un dechado de buenas maneras, de la estirpe de los galanes austenianos, pero además inmensamente rico y con un prometedor futuro como estadista. No es concebible mayor bicoca, porque además el hombre no solo no parece tener ningún defecto sino que renunciaría a una esposa con su mismo pedigrí en favor de alguien a quien, sencillamente, ama. Pero Isabel tampoco lo quiere. Antes de ser rica ya era libre, y ahora mucho más, tanto que se empeña en no ser consciente de su posición si es que se ha de enamorar. Y ahí se equivoca.
La novela entra en un conflicto lleno de matices. Conocemos a Isabel a través de quienes la aman, más que por lo que ella haga o deje de hacer. Comprende, es muy dulce, pero no se conmueve. Sabemos de ella porque formamos parte del coro que sin saber por qué se siente atraído por su serenidad. Pero Isabel valora sobre todo la solvencia intelectual, la libertad y el saber estar, por ejemplo los de madame Merle, una pájara piparra, que diría Umbral, que hace de casamentera para regalársela a su querido Gilbert Osmond, por una serie de motivos que forman parte de la traca final y sería poco fino comentar. Y este Osmond tiene, para Isabel, un atractivo que se alimenta, precisamente, de su escasa solvencia económica; eligiéndolo a él se impone a su condición de mujer muy rica, como si pudiera, también, permitirse vivir libre de prejuicios. 
No queda claro por qué se enamora de él, esa es la verdad. Con lo meticuloso, preciso y profundo que es James para cualquier gesto de la cara, para cualquier matiz de la conversación o cualquier descripción del estado de ánimo (por no hablar de su maestría para hacernos estar en el sitio donde ocurren las cosas, sea en la campiña inglesa, en Londres, en Venecia o, sobre todo, en Roma); con lo macizo que es para todo, sorprende que no dedique páginas a describir ese sentimiento, aunque no tanto si tenemos en cuenta la técnica elusiva de retratar a partir de los otros, de verla sufrir porque vemos a otro hacerle daño, de verla sonreír porque vemos a otro siendo afectuoso. En Isabel vemos reflejos, consecuencias, más que procesos. Su evolución es el resultado de lo que vemos hacer a los demás. La conocemos por deducción, por lo que la quiere su resolutiva amiga Henrietta, otro tipo rampante americano, o su hijastra Pansy, una niña que siempre nos da la sensación de que tiene un poco de retraso mental, de tan exagerado buen conformar que tiene, de tan enfermizamente buena que es («yo obedezco muy bien», decía de niña, pero sigue siéndolo —y haciéndolo— a los veinte años, martirizada por su desalmado padre). Pero no conocemos a Isabel, salvo en el dramático y emocionante final, por sus hechos, por sus iniciativas. Más bien nos desespera lo que no hace, cómo es posible que mantenga la dignidad cuando debería salir pitando de la sombra fría de su marido, o por lo menos clavarle una mirada que lo dejara en el sitio.
A todo esto, uno vive sumergido en una historia tan densa como ligera, lo uno porque no deja sentimiento que diseccionar y lo segundo por absorbente, en absoluto por liviana. Es, como decía, maciza, generada desde dentro, a partir de los personajes, no de una trama previa, de un itinerario previsto, cosa que James detestaba («‘la trama’, nombre nefario», dice en el prólogo), pero sí tejida con hilos muy tupidos, es decir con una trama orgánica, que se va haciendo a sí misma, algo que se nota mucho en las novelas de la época (en España es lo que distingue, sobre todo, al vivísimo Galdós del mortecino Clarín), por más que James incluya sorpresas, revelaciones, anagnórisis, recursos que nacieron como una forma de sostener tramas y alborotar finales. Da igual: por mucho que también el final sea redondo, no pasaría nada porque un fenómeno de tan buena salud narrativa hubiera seguido creciendo. Leer ahora a Banville, aparte de apasionante, viene a ser una forma de consuelo. 

Henry James, El retrato de una dama, trad. María Luisa Balseiro, Alianza, 2023 (=1984), 794 p.