24.3.25

Elegancia complicada


En la historia de las parodias literarias hay ejemplos de obras serias tomadas en broma (si por serio hemos de tomar, por ejemplo, el Amadís o por una broma el Quijote) y, al revés, de géneros populares utilizados como bastidor del estilo sublime. Este es el caso de Daniel Deronda, escrita en 1876, tan sólo dos años después de la maravillosa Middlemarch, para quien suscribe una de las cimas de la novelística de todos los tiempos. Y si digo tan sólo es porque la densidad conceptual de la prosa de Eliot, su repujado minucioso, la orfebrería de cada periodo, casi siempre con imágenes cuyos sujetos y objetos son entidades abstractas, exige una laboriosidad para la que dos años se antojan demasiado poco tiempo. Claro que no es lo mismo la facundia victoriana de Eliot que nuestra cháchara contemporánea, ni su sintaxis ciceroniana la tiranía telegráfica que llevamos acarreando ya va para un siglo. A veces incluso da la sensación de que la autora se inspire en modelos griegos, cuando las escenas, las narraciones, ocurren tan ligeras como apasionantes ante los ojos del lector, mientras que algunos parlamentos de ciertos personajes y, sobre todo, las reflexiones con las que la autora encabeza muchos de los capítulos, se parecen al elevadísimo estilo de los discursos de Tucídides.

Y no es lo único griego, si bien no tan clásico, que trasciende de la novela. Su estructura general es, claramente, la de una novela griega: dos amantes que se separan en el primer capítulo y no vuelven a encontrarse (lo que no implica necesariamente que se queden juntos) hasta el final de la procelosa historia. En medio hay raptos, viajes, naufragios, anillos y anagnórisis de todo ripo, revelaciones de orígenes y parentescos, cofres, cábalas y lenguas ocultas, así que no es de extrañar que la autora le haga un guiño a este tipo de novelas cuando en la página 825 Isabel piensa que a la novelesca vida de su hermana Gwendoline sólo le falta «un par de corsarios para que la aventura tuviese un buen final». Casi lo consigue.

Gwendoline es, en efecto, la heroína, que conoce a Daniel Deronda en las primeras páginas, mientras ella se está dejando las joyas en la ruleta y él la contempla con una cierta simpatía protectora que será la que alimente las fantasías del lector durante casi todas la novela. Este genuino azar da paso a uno de los meandros, el de Gwendoline, tan independiente en un principio que por un lado nos parece una novela de Austen llevada al terreno filosófico y por otro introduce un factor de suspense: por qué la novela se titula como un personaje que tarda tanto en aparecer. Esta Gwendoline es orgullosa y altiva, mujer de armas tomar (y fichas del casino) que no se rebaja hasta plegarse a sus propios sentimientos. Es una versión british de una Emma Bovary menos ilusa y con un marido menos estúpido, de modo que, cuando la ruina llama a su casa, Gwendoline decide arreglar sus aspiraciones sociales y los asuntos financieros de su familia casándose con el potentado Grandcourt, un sujeto que en principio tiene encarnadura de personaje trágico pero a quien Eliot no le da ninguna oportunidad: rápidamente se convierte en el amo y señor de Gwendoline, celoso no porque sienta nada por ella sino por el puro placer de dominarla, un sujeto repelente que no se sobrepone a su repelencia, antes bien adopta el papel de malo despreciable, algo que en una novela tan llena de matices como esta no deja de ser un toque de brocha gorda. Más interesante, piensa uno, habría sido que Gwendoline sintiera la amargura de no corresponder a quien la quiere, algo que seguiría diferenciándola de Emma pero al menos le concedería a su marido alguna otra dimensión.

La que sí cambia es Gwendoline, y alterna sus ramalazos altivos con la firme decisión de no desamparar a su familia, por mucho que le repela su abominable marido, que además lleva a cuestas un pasado a la medida de su negro corazón. A ella le queda lo que le hace ir cambiando, la necesidad de ser mejor, la certeza, tan poco habitual entre los engreídos, de que no es bueno ser tan engreída. Y esa certeza es como una voz que la va guiando desde lejos, la misma que se instaló en su conciencia desde el momento en que conoció a… Daniel Deronda. 

Pero Deronda tarda casi cuatrocientas páginas en reaparecer, y lo hace en una escena dickensiana, cuando conoce a Mirah, un personaje que fluctúa, en su aparición inicial, entre la Nelly de La tienda de antigüedades y la Bella de Nuestro amigo común, con la que guarda alguna que otra similitud más. Este segundo meandro de la novela griega tiene tan poco que ver con el de Gwendoline que durante varios cientos de páginas uno se pregunta si no se trata de dos novelas distintas, o por lo menos de dos historias que habrían podido funcionar perfectamente por separado, la una con un marido algo menos enteco y la otra con unos personajes un poco menos fanatizados. Deronda encuentra a Mirah, digamos, de forma providencial, cuando la pobre muchacha ha podido escapar de las garras de su malvado padre, que se estaba aprovechando de ella, etc. Pero Mirah no es solo la oponente narrativa de Gwendoline, sino una de las llaves que introduce a Deronda en la verdadera sustancia de la novela, la búsqueda de sus orígenes. Al mismo tiempo que asistimos a una galería de reconocimientos y reencuentros, sobre todo el de Mirah con su hermano Morcadai, vemos también cómo el auténtico meollo de la narración está en la condición judía de Deronda, algo que su madre se comprometió a ocultarle para que no fuera educado con el mismo rigor fanático con que el patriarca Charisi quiso someterla a ella. De modo que Deronda fue educado como un caballero inglés, ajeno por completo a sus orígenes hebreos, por más que haya algo en ese mundo que lo atraiga. 

Las dos vertientes se unen en un episodio ciertamente logrado. El barco de Gwendoline navega por el Mediterráneo, en un velero donde su ominoso marido la lleva poco menos que secuestrada, hasta que el velero se estropea y tienen que atracar en Génova, adonde, por una de esas casualidades que sólo sucedían en las novelas bizantinas, Deronda ha acudido para conocer a su madre, sin ninguna duda el mejor personaje (junto con, quizá, el reverendo Gascoigne, cuyo atildado discurso siempre resulta entretenido), una diva en sus últimos amenes, digna y coherente, sin melodramas ni arrepentimientos (el reverso, en cierto modo, del malvado padre de Mirah), que explica a Daniel por qué se deshizo de él cuando era sólo una criatura, pero se aseguró de que fuera educado como un señor, lejos de las, para ella, insoportables obsesiones religiosas de su familia.

¿Con quién se queda Daniel, con Gwendoline, que finalmente queda libre del marido, o con Mirah, que por fin queda libre de su insistente padre? Merece la pena leer la novela para saberlo, porque la respuesta da sentido al libro entero. Eliot abordó el tema del incipiente sionismo pero también el del fanatismo contumaz, tejió con los hilos del folletín pero también con los cables de la reflexión. El resultado es un libro a menudo prolijo, de lenta digestión, cuyo empeño de llevar un género tan humilde y azaroso a terrenos más profundos se apoya en una prosa fastuosa de matices, recamada de disquisiciones. No es el inagotable placer que supuso (y seguirá suponiendo, seguro) la lectura de Middlemarch, quizá porque el férreo dominio de la autora sobre la narración hace que las ingenuas expectativas del lector se vean de algún modo defraudadas, pero es Eliot, la gran arquitecta de novelas, la delicada escultora de personajes. Aunque quizá sea el azar, el puro azar, lo único que, a pesar de los muchos elementos azarosos que utiliza, la autora se negó a dejar que campara a sus anchas en la narración. Quizá sea eso lo que echamos de menos.


George Eliot, Daniel Deronda, trad. Catalina Martínez Muñoz, Alba, 2025, 951 p.

20.3.25

Primavera

Cuaderno de invierno, 91



Pero el invierno no ha dicho su última palabra. Por la noche ha vuelto a helar, la lluvia se ha espesado en copos leves que el viento agita en remolinos. Los perros se refugian de la lluvia pero los desconcierta el ulular del viento y entran solos al invernadero. En casa, junto al fuego machadiano, uno casi que se alegra de este último bramido, canto de cisne frío, y que la alegre primavera tarde un poco más en dar la lata. Es el espectáculo del entretiempo, las fuerzas contrarias enzarzadas en combate singular. Ayer los hortelanos iban por el camino del río con la chaqueta al hombro y una brizna de hierba entre los labios; hoy han vuelto a sacar el chambergo y caminan encorvados, con la boina calada y las manos en los bolsillos. Es como el final intenso de una pieza que languidecía, remansada, como si algo pudiera terminarse poco a poco. Hasta del leño que se apaga brota una última llama. Esta mañana veía desde mi estudio a un verderón dar cuenta de los capullos del melocotonero, a punto de reventar, pero esta tarde habrá buscado algún tronco hueco en el que pasar la noche. A pesar del viento y de las bolisas de matacabra que golpean en los cristales hay un resurgimiento del silencio. El invierno ruge desde su lecho de muerte para acallar de nuevo a cuantos celebraban su despedida. Hasta el rabo todo es toro, y me alegra que así sea, salir del invierno con espíritu invernal, prometérmelas felices con un desapacible arranque de la primavera, lluvioso y destemplado, de fiestas aguadas y cristos con paraguas, lo suficiente para que no suban por el valle los ecos de las trompetas y guardemos el silencio como la imagen que volvemos a mirar un poco antes de emprender la huida.
    Me quedaría en el invierno, en este recogimiento. La soledad del frío es también el reencuentro con uno mismo. Levanto la mirada para recordar y los mejores momentos de la infancia llevan un jersey de lana, huelen a estufa y a goma de borrar, a cielos grises y labios cortados. La sombra luminosa de la primavera es como la obligación de sonreír, y en estos últimos momentos del invierno uno se siente como el actor que aguarda detrás del escenario y mira el cielo por si arrecia la lluvia y obliga a que suspendan la función.

19.3.25

Ciclo

Cuaderno de invierno, 90



Otros años esperaba a San José para podar las parras. Esta vez empecé antes, pero vinieron las lluvias y tuve que parar. Dejé listo el emparrado de la leñera, cuatro parras de uva blanca sin pepita, el que más produce y el que más cuidamos para que se extienda por encima de los fierros. Podé también una parra muy antigua, junto al ciruelo silvestre, que corre por la cornisa de un muro. Al ir a sujetar uno de los troncos retorcidos me quedé con él en la mano. Ni siquiera crujió. Esa parra se plantó, junto al almendro viejo, los ciclamores de la acequia, el ciruelo venerable, un par de cerezos y los álamos más grandes, cuando mi familia llegó aquí, el año que viene hará cincuenta años. Y sí, habrá sabinas centenarias y alerces de la edad de piedra, pero estos árboles domésticos se hacen igual de viejos que sus dueños, algunos enferman y mueren cuando cumplen medio siglo, otros rebrotan cerca del suelo, o se extienden a partir de raíces poco profundas. Todo se aprovecha y el tronco viejo de la parra lo he cortado en palos para preparar unas brasas cuando llegue el buen tiempo. Mientras lo sujetaba para serrarlo me he visto la mano, nudosa, con las venas azules, la piel cuarteada, las falanges más huesudas. Esa vid la plantó la mano tersa de un niño y la corta la mano sarmentosa de un señor mayor. Pero no he sentido pena, en absoluto. Me gusta ver los ciclos que se cumplen, acompañar a los árboles como ellos me han acompañado a mí. En las culturas antiguas, muchos de ellos, ya secos antes de cortarlos, servirían como pira funeraria. Llegar al final de un círculo puede que dé un poco de melancolía, pero también la íntima satisfacción de haber visto una vida entera, aunque sea la de un árbol.
    Se quedó a medias, en fin, el porche de la entrada y las parras viejas del cenador. La de la entrada es relativamente joven, solo tiene treinta años y de los dos troncos salen sarmientos muy gordos que cada año podo al ras para que broten más arriba. La otra también es anciana, cualquier día me daré cuenta de que ya está seca. Pero entretanto ha crecido un nogal que asegurará la sombra otro medio siglo, para otros que vengan a tomar el fresco, y a verlo crecer.

18.3.25

Vejez

Cuaderno de invierno, 89



Están viejos los mastines. No nos hemos dado cuenta y hace ya casi diez años que trajimos a Galán. Dicen que los mastines no suelen rebasar esa edad, aunque nos consuela pensar que eso será lo más habitual entre los perros de trabajo, los que duermen sobre la nieve y comen de vez en cuando, los que se dejan los huesos en los riscos y en las cañadas, en viajes interminables de los que nunca se cansan ni parecen protestar. Estos viven bien, tranquilos, ladrándoles a las palomas. El otro día volvimos a casa y Galán se fue a uno de sus escondrijos y nos trajo un obsequio de bienvenida, un gato recién matado, joven pero no cachorro, pardo rayado, con los ojos azules. Metimos el cadáver en una bolsa de plástico y nos lo llevamos. Íbamos a reprenderle pero esas aprensiones son cosas de humanos, el animalico lo hizo con la mejor intención. De hecho al día siguiente les cambiamos las colchonetas del invernadero, que ya estaban viejas y con las cubiertas medio rasgadas, y no se las habíamos cambiado antes porque se muestran muy desconfiados con los olores nuevos y son capaces de dormir al raso antes de tumbarse en un colchón desconocido. Morena, no. Morena es más bajoca, que dicen los valencianos, más tranquila y contentadiza. Pisó con cautela la cama nueva y yo la estuve acariciando un rato, hasta que se decidió a posar los cuartos traseros y poco después ya se había tumbado. El otro es más cabezón. Galán se queda en el suelo de piedra y no consiente probar el lecho nuevo hasta pasados unos días. Lo hemos visto que cojeaba un poco pero después de que lo viera varias veces el veterinario hemos llegado a la conclusión de que se trata de artrosis, del desgaste de los viejos, que los hace andar a barquinazos. En su momento decidirá que la cama le gusta, igual cuando esté cansado de recordar la vieja. Y se tumbará y nos mirará con los ojos pequeños y esa mirada de tierna seriedad despeluchada que es como un aviso del tiempo. Este invierno, por lo menos, ya lo han pasado, y el próximo, si llegan y están malos, los meteremos a dormir en la cocina, si es preciso al lado de la chimenea. Aunque mucho me extrañaría que no conserven sus austeras costumbres hasta el momento mismo de morir.

17.3.25

Pétalo

Cuaderno de invierno, 88



En el suelo del patio, sobre las losas de rodeno, había esta mañana unos pétalos de almendro. Las flores salieron las primeras, como siempre, con su catálogo de nombres para manuales de botánica. En el árbol se quedó el diccionario morado de estambres y carpelos, pero el viento se llevó los pétalos. Es, además, el viejo almendro fundacional, el que se hizo grande y se estaba secando pero lo manteníamos porque sin hojas parecía vivo y tenía esa languidez japonesa de ramas que se comban pero no terminan de venirse abajo. Este año le serramos una de las más grandes, con miedo de que lo acabásemos de rematar, pero a finales de febrero se volvió a cubrir de flores. Días atrás me fijaba en que junto a esas flores quedaban almendrucos que ni recolectamos ni se habían caído al suelo, algunos todavía con la piel pegada a la cáscara, negra y arrugada, como la momia de un escarabajo. Era el revivir entre los restos mortales del año anterior, los pétalos de un blanco violáceo y las almendras de un negro azulado. Pero dentro de cada estación hay sus pequeñas estaciones, y así hay un ciclo entero metido en el invierno, desde que brotan las almendras mientras todavía hiela por las noches y las laderas pedregosas se alfombran de ramos blancos y rosados, hasta que se van cayendo las primeras flores antes de que el tiempo se sosiegue. Allí tiradas en el suelo tienen algo de sangre diluida, junto a vainas del ciclamor y a pétalos minúsculos del durillo, que también está en flor, y algunas hojas del laurel, como si fueran el rastro de un crimen sin importancia. Tenían que haber durado más, pero el tiempo está agitado y han vuelto los vientos y las lluvias, ruedan otra vez las capitanas por el camino de entrada y por las noches vuelve a desplomarse la temperatura. Las plantas sufren los caprichos del entretiempo, algunas flores nacen antes de lo aconsejable, pecan de ingenuas, se asoman al sol y luego pagan su alegría temeraria. Estos pétalos están inmaculados. De aquí a dos días se habrán puesto amarillos. Cuando rompan los frutales estarán a punto de desintegrarse, mientras los de otras ramas más resguardadas del almendro habrán resistido los últimos coletazos del invierno. Son pétalos de juventud segada prematuramente, nacidos antes de llegar la primavera, muertos antes de que el invierno se vaya. 

16.3.25

Campo

Cuaderno de invierno, 87



Hay un entretiempo de labores terminadas y por empezar, de campos cubiertos de ricios, de simiente del año anterior, y de cereales que ya cubren el terreno de verde fresco y brillante. A veces se ven corros de grajos que se espantan cuando alguno los avisa y levantan todos a la vez el vuelo, no muy alto, hasta que ven que ha pasado el peligro y se dejan otra vez caer sobre los brotes de cebada. Junto a esos campos vemos otros que aún conservan los cañutos de la siega, sobre todo de maíz, algunos con rebaños que bajan a repelar las últimas mazorcas que quedaron en el suelo, otros con los duros tallos blanquecinos, firmes dentro de la tierra, a la espera de que la reja los voltee. Pero hay otros maizales que están ya preparados, por los que ya pasaron el aladro y la vertedera, limpios de paja y de broza, desmenuzados por el rotovátor, rectos, claros, extendidos, como una alfombra de color castaño lista para ser pisada, pero todavía sin huellas, ni siquiera de los gatos. 

Cuando era pequeño recuerdo que en el libro de texto había una página dedicada a las labores del campo, y podría describir tal como era el dibujo que ilustraba la época de siembra, un señor con un capacho  y un sombrero de paja que lanzaba los granos a voleo sobre un terreno tan liso y uniforme como el que ahora veo por las tardes, en ese mínimo entreacto entre las labores de preparación de la tierra y los primeros brotes diminutos de maíz, esa inminencia breve, esa imagen detenida. En aquella ilustración era producto del escaso detallismo, pero se me quedó grabado, y ahora me paro a mirarlo porque sé que mañana o pasado ya será distinto, tendrá las huellas de algún perro, saldrá un bledo solitario que crece de la noche a la mañana, las lluvias habrán apelmazado la tierra tan lisa y mullida, veré hondonadas, desniveles, brillos de charcos. Pero ahora está quieta, y cada vez me gustan más esos tiempos muertos entre los trabajos y sus beneficios, entre los preparativos y los resultados, como una mañana fría en la que parece que esté a punto de nevar, pero el día se mantiene tibio y sereno. Así hay momentos en que damos una época por terminada y apuramos la quietud, antes de que el tiempo vuelva a ser vertiginoso.

3.3.25

Especias de Palermo


Nada más llegar a Palermo entramos en la iglesia de San Camilo de Lelis, patrono de los hospitales, y había cuatro personas rezando el rosario. Las paredes estaban desconchadas, con manchas de humedades, las molduras carcomidas, y sin embargo vimos una talla de San Camilo abrazando a un enfermo llena de sensualidad. Por un momento me emocionó ese recogimiento popular, esa convivencia de lo religioso con lo más mundano. Me habría quedado a rezar el rosario completo, con el anciano de voz grave y las tres mujeres que lo acompañaban, sobre todo una, que llevaba la voz cantante. Vuelvo a estos santos lugares y no porque haya recuperado la fe sino porque no hay otros donde uno esté más cerca de sí mismo. Los templos se crearon para sentir ese recogimiento trascendente. Sensualidad, espiritualidad, aquí es todo uno y lo mismo, y cierto estridente paganismo, entre exuberante y vulgar. 
El aeropuerto Falcone-Borsellino avisa de adónde viene uno, pero ya leí durante el vuelo, en la Historia de Sicilia de Norwich, que la mafia es un ente invisible para el viajero, que sólo si se decide a comprar una propiedad muy probablemente reciba la visita de un individuo muy elegante y educado que lo pondrá al tanto de la situación. También he visto en una farola una pegatina de «Studenti e Studentesse siciliane contro le mafie», que llaman a unas jornadas de la memoria en Trapani, a finales de este mes de marzo. Y también vi en las tapias deslucidas del jardín de algún palazzo la pintada «Sbirro suicidato, messo perdonato». Pero nada más. No es que uno esperase lugareños con lupara vigilándote desde una esquina, pero sí carreteras atestadas, conductores gritando y tocando el claxon y juntanto las yemas de los dedos. Y tampoco. Si acaso dentro de la ciudad uno percibe que los semáforos parecen ser menos eficaces que la barra libre para meter el morro del coche y pasar antes que el otro, pero también da la sensación de que todo está sincronizado y los accidentes deben de ser igual de frecuentes que si todo el mundo respetara las señales.

Tuvimos, además, la suerte de ir a parar a un hotel de aire decimonónico, como un palacio de la época del Gatopardo, o en todo caso de principos del XX, con su sofá circular en el vestíbulo y su biblioteca, patio cubierto, galería en derredor, pasillos largos y estrechos con arquillos de medio punto, y ese toque de placer que recuerda a los balnearios antiguos. Y estaba, para nuestra comodidad, en el mismo centro de Palermo, al lado de las Cuatro Esquinas. Los primeros paseos recuerdan el barrio del Carmen de Valencia cuando la mugre aún formaba parte de su encanto, o el barrio Gótico de Barcelona, lugares desastrados pero intensamente vivos, callejuelas empedradas con losas centenarias, esmeradas de historia. Más que nostalgia, uno siente el alivio de que ese tipo de vida le siga fascinando.

El progreso no es obligatoriamente restrictivo. Algunas tradiciones de la gente humilde no desaparecen con la prosperidad, ni tampoco en todos los países que llamamos avanzados. El río de gente por la calle principal, paseando por la tarde con la ropa de los domingos, ya es difícil de ver en España. Sí continúa el vermú alargado de treintañeros y cuarentones, con música de bases graves y olor a marihuana. Continúa también el mercado tipo Rastro, pero lleno de comida, el Ballarò, ese lujo de pescados frescos y parrillas humeantes, gritos de vendedores que remueven los arancini en el aceite albando, o las reuniones familiares en la playa, con puestos de fritangas y cañas de pescar en la escollera. Todo eso forma parte de una tradición que, salvo las copas a mediodía de los que alargan la juventud, nosotros casi hemos perdido, y ese casi se refugia sobre todo en el Mediterráneo. Lo familiar era eso, lo que hemos visto en nuestras costas pobres, las risas a lo lejos de las mujeres, el grito del vendedor que no ha vendido una escoba y canta el precio como si fuera una súplica de amarga ironía. 

Son las formas religiosas metidas en las entrañas de la gente, a pesar de una escena que hemos visto en la iglesia de la Assunta, rebosante de angelotes y guirnaldas de escayola, todos con ese blanco sucio del tiempo y la desidia. En esta iglesia no habría más de dos docenas de feligreses. El oficiante era un cura francoparlante, de origen africano, que no dominaba bien el italiano y cuando se atascaba en alguna palabra uno de los asistentes, siempre una mujer, a las que esas cosas suelen dar menos apuro, se lo decía en italiano para que el hombre cotinuara con su homilía. Una de las veces empezó a pasar la mano por encima de la cabeza hasta que alguien le ayudó: «Volare». «¡Sì, volare!», dijo el cura sonriente, y más de un feligrés pensaría con nostalgia en Domenico Modugno. Era un símbolo, tierno incluso, de cómo está la Iglesia, estos días que el papa Francisco parece que está en sus últimos amenes: Palermo sigue teniendo una hermosa iglesia barroca en cada esquina, y a no ser que sea lo bastante suntuosa como para cobrar una entrada que sufrague su mantenimiento, suele caerse a pedazos. A pesar del imponente seminario y las sotanas de alta costura que se ven por la calle, los curas son ancianos que no se tienen en pie o vienen de otro país y de otra lengua, y fuera suena la música popular, que se cuela entre los cirios, y todo parece a punto de que ya no pueda mantenerse, a expensas de que un vecino viejo se ocupe de pasar un trapo a los impresionantes cuadros y esculturas de hace tres o cuatro siglos. Es ahí, en esas iglesias que encontramos en los callejones, entre los balcones con sábanas tendidas y las fachadas que resisten de milagro, donde está el sabor de esta ciudad. 

Claro que hay otros sabores que la mantienen en pie, empezando por su culto a la gastronomía. Ya a media mañana, en la iglesia de Santa Caterina, en cuyo claustro hay una pastelería exuberante, nos compramos unos canoli de los grandes, con granos de pistacho en la ricotta de uno de los lados y de chocolate en la del otro, y nos los comimos en un precioso claustro con el suelo de baldosas de colores, entre el rumor de una fuente y las hojas de las palmeras. Pero esa era ya la parte monumental, más cuidada, y sobre todo la Capilla Palatina, donde íbamos con la vaga ilusión de escuchar misa en italiano y nos encontramos con que la cúpula del ábside, la del célebre pantocrátor, estaba tapada por una lona. El resto, la nave, lo que sí era visible, resultaba lo bastante deslumbrante como para no echar de menos la pieza principal. A mí que no me gustan las fusiones, sin embargo esta mezcla de arte árabe y bizantino, pero también cristiano occidental y normando (y quien la puso en pie, Roger II, venía de aquellas tierras), es un gozo de la vista unido por el horror vacui, la hermosura del techo con casetones estrellados como estalactitas de madera, los mosaicos bizantinos de fondo dorado que recorren las paredes por encima de la columnata. Tendría que usar una guía para nombrar los otros templos que visitamos, algunos más normandos que bizantinos, otros más barrocos que árabes, pero todos con esa gloriosa impureza de las razas que van y vienen, mientras las dejan estar, cosa que no ha sido ni sigue siendo demasiado frecuente. A pesar de monjas que destruían un ábside bizantino para encastrar un retablo de estuco barroco, a pesar de reyes que se cargaban lienzos de mosaico para entrar más cómodamente a sus habitaciones, queda en Palermo la huella de de Roger II, el único rey (acaso junto a Federico II) que dejó hacer y convivir y respetó el aluvión oriental del pueblo siciliano. Y uno sale de las iglesias y respira en las calles el aroma de las especias hindúes, y se asoma a una cafetería y contempla el relajado pasar el tiempo de hombres de aspecto arábigo que toman un café.

Entre capilla y oratorio, entre iglesia y monasterio, es imperdonable no coger un tren a Cefalú, a menos de una hora de camino, contemplando la costa destartalada junto al mar tranquilo, apenas un ribete de espuma en la orilla y un ligero temblor de las aguas, como un estremecimiento de la superficie, y entre la vía y el azul intenso, el clásico desmadre urbanístico mediterráneo, un caos de construcciones con aspecto de no tener la mínima regulación y carcasas de edificios que nadie se ocupó de restaurar, o quedaron en el limbo de una herencia disputada (o de un litigio clandestino). Quién sabe dónde están los dueños de la ruina. El tren pasa ente huertos de limoneros, pitas, chumberas, cañaverales, pinos, sauces y palmeras, cipreses que bordean los caminos de los cementerios y un número sorprendentemente alto de araucarias, todo bajo la luz de febrero, más atemperada que en verano, más clara. 

Cefalú es un pueblo delicioso para dedicarle una mañana. Aparte del sosegado Tirreno y la playa rocosa que lo bordea, recorrimos las empinadísimas callejas, adornadas con vasijas pintadas con vivos colores, y sobre todo su maravillosa catedral, otro ejemplo de cómo los estilos diferentes, en este caso el suntuoso bizantino del pantocrátor en la nave principal y, sobre todo, en el ábside (parecido al que no pudimos ver en la Capilla Palatina), y el barroco que lo sostiene, aparte de la techumbre árabe, conviven en espacios diferentes, juntos pero no revueltos, yuxtapuestos pero no mezclados, un argumento más en contra del vicio de la fusión, que siempre es coartada para malos artistas. Una cosa es que el arte beba de fuentes diferentes mientras crece, y otra muy distinta mezclar churras y merinas, a ver qué sale. Tanto en Cefalú como en Palermo los ámbitos, casi todos, están muy claramente delimitados, y dialogan y se combinan, pero no se superponen. En la catedral de Cefalú, además, me llevé la sorpresa de unas hermosas vidrieras abstractas, muy recientes, de los años 80 y 90 del siglo XX, obra de Michele Canzoneri, artista de Palermo, que inmediatamente me recordaron la intervención, mucho después, de Miquel Barceló en las vidrieras del Louvre. Y no es la primera vez, porque el día anterior, en la estupenda exposición de Picasso en el palacio de los Normandos de Palermo, vimos unas cuantas piezas de cerámica que nos representaron también la obra de Barceló, del mismo modo que luego, comiendo en un restaurante al lado de la playa, incluso la vajilla nos lo recordaba; pero en este caso era Barceló el antecedente, mientras que en los otros él era el que claramente había tomado la inspiración de Canzoneri y de Picasso. La de Picasso siempre la ha reconocido y defendido; la otra puede que sea indirecta, pero no por ello menos evidente. En una tienda de cerámica de Cefalú, en fin, Inma me compró la piña típica siciliana, símbolo de paz y de fecundidad, que pondremos en la biblioteca junto a las novelas de Lampedusa, Sciascia y Camilleri. Lo hemos celebrado comiendo caponata y pasta con brócoli, y un vino blanco del Etna, de los que cultivaba Polifemo.

También es agradable cruzar la isla en tren, un par de horas de viaje hasta el no menos obligatorio Valle de los Templos, la Grecia clásica (la Magna Grecia) en estado reconocible, templos de peristilos dóricos y frontones de tímpanos vacíos, en colinas explanadas a pocos kilómetros del mar, asentados sobre lechos de tierra con elasticidad suficiente para soportar los movimientos de la tierra; de lo contrario es inconcebible que algunos de ellos se sigan manteniendo en pie. Vistos desde las alturas de Agrigento, estos templos descansan en esa moderada proporción que las ambiciones han tendido siempre a estropear. Veníamos de ver, desde la ventanilla del tren, la primavera temprana en todo su tierno y jugoso esplendor, entre huertos de alcachofas, coles y mandarinos, entre campos de hinojo y olivares, y las sargas y los eucaliptos que marcan el cauce sinuoso de los arroyuelos, porque en Sicilia, y a pesar de lo abrupto de su orografía, no hay ríos caudalosos. Esperábamos la Sicilia seca de un agosto mitológico y encontramos la tierra feraz, los prados tupidos, brillantes, tapizados de cantuesos y de jaramagos. Esperábamos escenas polvorientas, de la Sicilia tópica, y entre los restos de columnas milenarias crecen tréboles y margaritas, y las pitas y las chumberas se abren paso entre las metopas. La Sicilia de Palermo y Cefalú que habíamos visto hasta entonces era la Sicilia medieval, bizantina, barroca, pero no la Sicilia de Empédocles y de Gorgias, la cuna de la retórica, que es también la del pensamiento porque sólo se piensa lo que se puede decir. 

Es lo que salva la visita de Agrigento, que por lo demás es una cuesta inacabable, doscientos incómodos peldaños para subir hasta la catedral, que, viniendo de Palermo, no es nada del otro mundo. De cuando en cuando, a los pies de la ciudad antigua (tampoco tan antigua, aunque con una fisonomía como cubista que sólo se aprecia desde el tren), hay retazos de la estética fascista, el Palacio de las Comunicaciones, no sólo con esas columnas cuadradas, altísimas, marciales, sino con las estatuas angulosas de la época de Mussolini, a quien los sicilianos, siempre tan suyos, dieron el empujón definitivo para que cayera en desgracia; y también el interior de la estación de tren, esa escalinata de altos mandos, o la chulesca estatua de Pirandello (antes de que rompiera el carné), un busto desnudo, arrogante, marinettiano, en la plaza que lleva su nombre. Menos mal que había otro rincón con una de esas estatuas de hierro a tamaño natural que parecen como vaciados de fotografías, en este caso una de Andrea Camillieri, que ha hecho más para la buena fama de los sicilianos que el mismísimo Garibaldi, y me temo que ha traído más gente a estas tierras que Empédocles y Pirandello juntos. 

De regreso a Palermo, es inevitable acercarse a Monreale, cuya catedral es similar a la de la Capilla Palatina pero sin lonas ni andamios provisionales, con las mismas escenas bíblicas en mosaico bizantino y ese Cristo de ojos enormes que te siguen con mirada seria. La fastuosidad bizantina no reduce en absoluto la sensación de minuciosidad, ni tampoco la de calma, sobre todo si uno se sienta un rato en el elegante claustro de columnas dobles con capiteles historiados, esa moderación, esa proporcionalidad del Gótico que sabe ya a Renacimiento. Monreale está en un alto e históricamente ha servido para vigilar la entrada de ejércitos y mercancías en Palermo, aunque quizá también por ello ha sido centro logístico de operaciones turbias. Hoy en día, sólo con el portentoso Duomo ya se garantiza un flujo constante de turistas y caudales, aunque lo otro, por lo que leo, tampoco ha dejado de funcionar. 

Ese claustro que separa los conceptos de belleza y de grandiosidad nos sirvió de respiro antes de la traca final de capillas barrocas a nuestro regreso a Palermo, la iglesia de Jesús o el despampanante oratorio de Santa Cita, el colmo de la escultura con estuco: florones, escenas del calvario, ángeles de todo sexo, santos orantes y santas en éxtasis equívoco, e incluso escenas de la batalla de Lepanto, de un virtuosismo tan deslumbrante que impide una contemplación más relajada. Visitamos estas últimas capillas en un Palermo lluvioso, y en una de ellas, en el recodo de una galería, me encontré la escultura de la cabeza cortada de un Bautista, que exhibe detalladamente la sección de la garganta, las arterias y la espina dorsal. Así es el naturalismo suntuoso que hemos disfrutado, tan cerca del cielo y del infierno, tan amante de la belleza como vecino de la muerte.

Porque nos faltaba otro remate imprescindible: aparte de la visita a la Martorana, que habíamos dejado para el final, ese ejemplo de cómo la falta de escrúpulos produce engendros superpuestos (el ábside bizantino tapado con estucos barrocos), en medio de otra hermosa muestra de convivencia de estilos, en este caso un exterior arábigo y un interior bizantino, nos quedaba el palacio Abatellis, lleno de bustos de asombrosa delicadeza como el de Leonor de Aragón, o imitaciones de Caravaggio que en ocasiones se salen de su siglo para entrar en estilos casi contemporáneos a nosotros, aunque la pieza clave, y no me extraña, es el asombroso Triunfo de la muerte, que es del XV, con esas damas vivas de piel rosada y esos obispos muertos y angulosos de pellejo gris, con ese galgo diabólico y ese caballo esquelético que inmediatamente recuerda al de Picasso, y si no ya te lo recuerda el museo, porque en la misma sala hay una reproducción a tamaño natural del Guernica, un tapiz tejido por Jacqueline Roque, segunda esposa del pintor, y, por si hubiera dudas, un estudio a tinta de ambos caballos firmado por Guttuso, de quien también se expone una crucifixión tremenda, entre vanguardista y afascistada. El arte es un camino de postas: de un cruce entre los bestiarios medievales y las exquisiteces renacentistas sale, cinco siglos después, un emblema cubista.

Palermo es un atracón permanente: de pescados y capillas, de mercados e iglesias, de tabernas y museos, de ruinas y palacios, de curas y motorinos, de joyas y alcachofas, de mármoles sacros y bragas tendidas. Pero Sicilia es así. Norwich no deja de insistir en su esencia caótica e ingobernable, sus aspiraciones independientes y sus caprichosos sometimientos, esa voluptuosidad que en el fondo es la misma ya esté en los estucos de una catedral o en los tenderetes de un puesto de sardinas, un pueblo de aromas intensos y bellezas violentas al que le ha cabido la suerte y la desgracia de estar en el centro de la historia de Occidente y asumir con orgullo el privilegio y la condena de vivir siempre a su aire.

14.2.25

Regreso a Dublín



Ya es poco menos que un tópico de la crítica anglosajona plantearse si Sherwood Anderson, el padre del relato realista norteamericano, leyó Dublineses antes de escribir su fundamental Winnesbourg, Ohio. No hay evidencias de que así fuera, si bien Anderson conoció a Joyce en París, pero eso sucedió cuando ya se había publicado Ulises. En todo caso hay dos certezas incuestionables: el tipo de realismo de gente común, de vidas sombrías (Baroja escribió su libro antes que ellos) es una fórmula de principios de siglo de la que Joyce es un maestro absoluto, y por otra parte las mejores páginas de Ulises puede que no sean aquellas de alardes técnicos que han pasado a la historia de la vanguardia literaria sino aquellos otros capítulos de realismo panorámico y coral, digamos, que ya bordaba, y de qué manera, en Dublineses y en el Retrato del artista adolescente. Para traducirlo a nuestro mundo, digamos que las audacias técnicas del Ulises (un lenguaje para cada circunstancia) determinaron la composición de Tiempo de silencio, pero el tipo de realismo objetivista que ya venía del Ferlosio de los años 50 lo podemos encontrar en los relatos de Dublineses o en varios capítulos (el del cementerio es abrumadoramente brillante) de Ulises.
Reino de Cordelia, que siempre edita con esmero, acaba de publicar una nueva traducción de Dublineses a cargo de Susana Carral, que suena muy clara y fluida, acostumbrados como estábamos a la vieja edición de Alianza, traducida por Cabrera Infante, amarilla y desbarajada, y que en absoluto echamos de menos en esta versión nueva, que nos hemos dado el gusto de ir cotejando con la edición deluxe con que Penguin celebró el centenario de su publicación. La nitidez, la musicalidad, la hermosura delicada del inglés de Joyce ya se bastaba para consagrarlo, y aun así a punto estuvo de que nadie lo editase. Uno vuelve a disfrutar de la extraordinaria calidad de estos relatos y se asombra no sólo de que tardara tanto en sacarlos adelante, sino de que se sigan considerando, comparados con la inacabable sombra del Ulises, algo así como una obra menor. Menor en peso, en gramos, quizá, pero no desde luego en calidad ni en trascendencia. El tipo de realismo que aquí practica Joyce sigue perfectamente vigente, pero no podríamos decir lo mismo de las virguerías que ensayó después en el Ulises. Es lo que pasa con la vanguardia, que abre nuevos caminos que consiguen la más decepcionante de las virtudes, la de ser irrepetibles. Se puede seguir escribiendo como en los cuentos de Dublineses, pero hacerlo como en los pasajes más famosos del Ulises no pasa de la copia o la parodia. Dublineses permite seguir siendo original porque nos proporciona un lenguaje realista, una forma inagotable de narrar. Ulises, ciertas partes délebres de Ulises, son en cierto modo un callejón sin salida.

¿En qué consiste este lenguaje? En Dublineses Joyce retrata los ambientes, pone a charlar a la gente, más que a decir cosas. El lector deduce más que se informa, y el autor va dejando detalles poco explícitos que sin embargo permiten al lector hacerse una composición de lugar. Joyce plantea, no determina; pregunta, no responde. Es evidente lo que piensa del Dublín que late en estas páginas: una ciudad mortecina, lastrada por la indolencia, bañada en alcohol, presa de sus tradiciones, llena de hombres abandonados a su inercia y mujeres que sacan las castañas del fuego. Pero todo esto lo deducimos, no lo constatamos; lo presenciamos, no se nos comunica. Ese es, creo, el gran hallazgo de Joyce, ese desarrollo aparentemente anodino de las escenas, de contenido más anecdótico que argumental, que sin embargo, casi siempre al acabar, muchas veces en la última frase, dan una clave que nos abre las puertas de una comprensión más amarga o más profunda. Vemos pasar las historias, estamos en ellas, sentados a la mesa con sus personajes, los oímos como si tuviéramos que girar la vista a uno y otro lado cuando toman la palabra, nos resultan tiernos, los comprendemos y nos hacemos cargo de sus debilidades, pero eso no empaña que sepamos lo que les pasa, ni tampoco implica que podamos juzgarlos.

No obstante hay rasgos muy constantes que separan a los personajes masculinos de los femeninos. Los hombres son viciosos, violentos, haraganes, cuando no atontados y sin espíritu. El padre Flynn de Las hermanas suponemos —deducimos— que muere de sífilis, aunque todo se nos cuenta a través de las hermanas que lo cuidan, y que parecen saber más de lo que dicen. El viejo que intenta hacerse amigo de los chicos en Un encuentro es un tipo raro, incoherente y sospechoso. El muchacho que sueña con ir a un mercadillo en Arabia y finalmente lo consigue acaba sin saber a qué ha ido: está medio cerrado, no tiene dinero y todo es decepcionante. En Después de la carrera, Jimmy se va con unos colegas a una carrera de coches y sigue la juerga hasta el amanecer. Se deja llevar por las copas y no recuerda lo que ha gastado jugando, mucho más de lo que se puede permitir. Los amigos de Dos galanes parecen ir en busca de aventuras sexuales cuando su única y pobre ambición es chulear a las muchachas para pagarse las inagotables horas de taberna. Y algo parecido sucede con el Pequeño Chandler en Un leve nubarrón, que bebe con su amigo Gallager y hablan de marcharse de Dublín a alguna ciudad interesante como Londres o París. «Aquí estamos en la lenta Dublín de siempre, donde no se conocen esas cosas». Cuando por fin llega a casa, se enfrenta con su vida, una mujer y un niño pequeño. La mujer lo deja al cuidado del niño para ir a comprar y él, que lleva aún los versos en la cabeza, no puede hacer que el niño deje de llorar. La mujer, a su regreso, lo trata como a un inútil, y él llora de remordimiento.

Este esquema, el del hombre que pierde el tiempo y el dinero en la taberna y desatiende a su familia, se repite en el más duro de todos los cuentos, El duplicado, el único quizá en el que no hay espacio para la comprensión. El protagonista es un perfecto miserable, dominado por el alcohol, incapaz de cumplir con su trabajo, pero sí de empeñar el reloj para seguir bebiendo. Al final, como en el cuento anterior, vuelve a casa, borracho y cabreado porque ha perdido un pulso con un joven en la taberna. Uno de sus cinco hijos pequeños sale a recibirlo. La madre ha ido a la iglesia. El niño, aterrorizado, se dispone a prepararle la cena, pero se le ha apagado el fuego del hogar, razón que el padre borracho toma como excusa para darle una paliza. El final es tremendo. «¡No me pegue, papá! Yo… rezaré un avemaría por usted…».

Sin llegar a ese extremo que excluye cualquier forma de ternura, de ironía incluso, hay otros cuentos como La gracia de Dios en los que otra vez un pobre borracho se quita la salud en vez de trabajar por su familia. Debía de tener razón Shane MacGowan, el cantante de los Pogues, cuando decía que él no bebía demasiado comparado con lo que había visto beber en Irlanda. En el caso de este cuento, un pobre borracho aparece inconsciente en el lavabo de una taberna. Lo llevan a casa y sus amigos idean un complot para regenerarlo. «Lo convertiremos en un hombre nuevo», le dicen a su mujer, la señora Kernan. Así que lo pastorean hasta una especie de retiro espiritual en el que un cura le echa un sermón, cuyo final es ambiguo hasta parecer un chiste. El cura habla de «repasar las cuentas», e insta al pobre borracho a corregir sus cuentas, pero esas cuentas se refieren más bien a que no despilfarre, no a que deje de beber… 

Pero hay otros dos cuentos de hombres que aportan otro rasgo también muy joyceano. Uno es El día de la hiedra, una larga escena de taberna en la que los parroquianos hablan de las elecciones municipales. Van entrando y saliendo vecinos y van llegando botellas de cerveza… Discuten sobre que el alcalde vaya a pronunciar un discurso de bienvenida al rey Eduardo de Inglaterra, alguien de dudosa moral, pero, sobre todo, inglés, aunque es quien puede traer dinero a la pobre Irlanda, industria, trabajo… Pero son patriotas irlandeses, y uno de ellos termina recitando un poema sobre la muerte de Parnell. Toda la concurrencia aplaude y bebe en silencio. Ese tema, como tantos otros, reaparecerá en el Ulises (Leopold Bloom lleva una patata diminuta siempre consigo, en recuerdo de las hambrunas pavorosas y del héroe irlandés), pero en este caso da lugar a uno de los cuentos menos dramáticos y quizá por eso más realistas. Entramos en la taberna, charlamos con ellos, respiramos su ambiente, sus vidas. Los comprendemos.

El otro cuento, de aire un tanto chejoviano (tanto en Anderson como en Joyce los rusos creo que algo influirían…), une la visión del hombre como egoísta inconsciente, aunque en este raro caso no se dé a la bebida, y el de la mujer romántica y sensible. James Duffy es un solterón algo misántropo, que «aborrecía todo lo que augurase desorden físico o mental», y ama la música y la literatura. Se encuentra  varias veces, por casualidad, con la señora Sinico, mujer de un marinero que pasa largas temporadas fuera. Juntos entablan una relación de aficiones intelectuales hasta que la señora Sinico muestra más afecto del que Duffy esperaba, de modo que decide dejar de verla. Tiempo después se entera de que la señora Sinico ha sido arrollada por un tren, y también de que llevaba tiempo con las facultades mentales perturbadas. Duffy se siente más solo que nunca. 

Las mujeres, y aparte de la muy sentimental señora Sinico, componen personajes muy distintos. Para empezar, y salvo algún caso aislado (la propia Sinico cuando es abandonada por Duffy), no beben, lo que corresponde más al papel que se les ha asignado en esta vida que a su amor propio, o quizá sea precisamente su espíritu de entrega y su ánimo para la lucha lo que determina su papel. Quién sabe. Eveline, por ejemplo, en el cuento del mismo título, tiene la posibilidad, a sus diecinueve años, de marcharse a Buenos Aires con el joven Frank y dejar el trabajo duro de la casa. Huérfana de madre, ha que cuidar de un padre violento y de sus dos hermanos pequeños, porque los mayores, que podrían protegerla del padre, ya están fuera. Y sin embargo no puede irse. Todo el sentimiento de responsabilidad y de culpa católico irlandés mantiene amarrada a la barandilla del puerto a esa joven muchacha, mientras su futuro se va. 

Otras veces no hay culpa sino un sentido de la responsabilidad esencialmente práctico. En La pensión, la señora Mooney se las ingenia para casar a su hija Polly con el señor Doran, un huésped del establecimiento que regenta con el que la muchacha ha tenido un encuentro. Lo que en realidad ha esperado la señora Mooney, según deduce el lector, es a que se consumase la afrenta para asegurarle un buen matrimonio a la cándida Polly. En Arcilla, Maria sale de trabajar como sirvienta, compra un pastel típico de esos que llevan dentro regalos premonitorios, y va a casa de su hermano Joe a celebrar el Halloween irlandés. Todos la adoran. Ella crió a sus hermanos Joe y Alphy, que ahora no se hablan, y compra cosas para todos y hace votos porque Joe no haya bebido. Joe bebe… un poco, lo suficiente para emocionarse hasta las lágrimas con una canción que canta Maria, «con una vocecita fina y temblorosa». Tanto le nublan las lágrimas la vista que no es capaz de encontrar el sacacorchos… Y en La madre, en fin, la señora Kearney, nacionalista irlandesa, lucha por los derechos de su hija Kathleen, que va a cantar en un concierto pero no recibe los emolumentos estipulados. «Mi hija tiene su contrato. O recibe cuatro libras y ocho chelines o no pondrá el pie en ese escenario». «Solo pido que respeten mis derechos», le dice a los hombres que organizan la velada. «Debería tener usted más sentido de la decencia», le contesta uno de ellos, y los demás parecen estar de acuerdo. Como la señorita Ivors de Los muertos, la señora Kearney es una mujer de armas tomar en un mundo de hombres reaccionarios y pastueños. Capta muy bien Joyce la sensación de que queda mal que una mujer exija respeto para su hija, pero también que defiende su postura.

Y así llegamos a esa obra maestra que es Los muertos, suma y apoteosis de cuanto se nos ha ido planteando en los relatos anteriores. Allí están las ancianas anfitrionas, como en Las hermanas, y la joven sobrina, como la cantante Kathleen, y el gracioso y algo pesado Browne y el borrachín Freddy, que se acaba comportando mejor de lo que todos esperábamos, porque todos, lectores incluidos, formamos parte de la fiesta de Navidad en que transcurre el relato. Y está la nacionalista Ivors y el matrimonio de Gabriel y Gretta, él preocupado por su discurso, ella recordando un antiguo amor. Pero también está el paciente discurrir del relato, al que pocos arreglos tuvo que hacerle Houston, ciertamente, lleno de bullicio, comida, comentarios en voz baja y brindis en voz alta, miradas, sonrisas y semblantes, hasta que el discurso de Gabriel, muy hermoso, muy atildado, sube el tono y Joyce, que hasta entonces había hecho lo que luego se llamaría objetivismo, no contar nada que no pudieran escuchar o percibir con algún otro sentido los personajes, se mete en la mente del protagonista, en esa poquedad un tanto vergonzosa de quien desea a una mujer que está con la mente en otra parte, en otro tiempo, en otro amor, y ese remate de la nieve detrás de los cristales que ya es página imprescindible de la historia de la literatura universal. 

Han coincidido en el tiempo esta nueva edición y el hecho de que Pedro Almodóvar volviese a sacar de las estanterías este gran relato para citarlo en su película La habitación de al lado, supongo que pensando más en la obra maestra de Houston que en la obra maestra de Joyce. Ahí queda, en todo caso, fresca y viva y estimulante como cuando por fin se la quisieron publicar y tantos y tantos narradores la tomaron como ejemplo, y la siguen tomando. Habría que leer ahora Winnesbourgh, Ohio para calibrar algo más afinadamente los parecidos, las posibles influencias. Joyce y Anderson se parecen en su idea del realismo y en algún otro detalle más. Los dos, por ejemplo, murieron de peritonitis y antes de hora, Joyce a los 58 y Anderson a los 65. Pero ya hacía muchos años que sus piezas clásicas circulaban por el mundo. Y siguen circulando.


James Joyce, Dublineses, trad. de Susana Carral, ilustraciones de Javier García Iglesias, Reino de Cordelia, 2025, 302 p.



2.2.25

Los poemas del buceador


Acababa de leer los Cuadernos de África, que me habían encantado, cuando, por una rara casualidad, tuve ocasión de charlar con uno de esos escritores profesionales cuyas ansias de gloria les amargan el carácter. Estábamos hablando de pintores que escriben, y yo dije que Barceló me parecía un buen poeta. «¿Barceló?», dijo, como si le hubiera insultado, algo que, retrospectivamente, y teniendo en cuenta cómo es el pájaro, me da un cierto malévolo placer. 

Pero sí, Barceló es un buen poeta, y este nuevo De la vida mía es un magnífico ejemplo. Ya el título es de Góngora, «Hermoso dueño de la vida mía», según cita completo, porque, si hay que tomar prestado, que sea del más grande. El libro, escrito en francés ("lo que escribo en catalán o en castellano me parece una mierda", le he leído en algún sitio) y profusa y gozosamente ilustrado, está compuesto por tres tipos de textos: escritos a propósito, largos de una página, no más, con un tema concreto, la infancia, los talleres, bucear. Luego están las transcripciones de los cuadernos, junto a dibujos y apuntes que podrían ser ya piezas acabadas y páginas escritas en letrajas grandes con textura de poema, igual que, en tercer lugar, los pies de foto. Se diferencian por la tipografía: regular en los textos más largos, y de dos cursivas diferentes en los otros, algunos de ellos inventarios de lugares, de autores, de peces. Cuenta Barceló que Patty Smith recitó en Nueva York fragmentos de sus Cuadernos de África, y se sorprende porque no eran más que «listas de cosas». Smith sabía que para esa lírica de inventario se necesita ser un buen poeta, y Barceló, que lo es, también nombra a Defoe entre sus lecturas. Pero no solo eso. Cuando hablo de poema me refiero, por ejemplo, a esto:


Había empezado una escultura de yeso de dos o tres metros que representaba una cerilla a medio quemar. Una mitad bien tiesa y derecha, la otra torcida. Mi hijo Joaquim me ayudaba. El yeso es agradable, se calienta y se seca muy rápido. En cierto momento me preguntó por qué modelábamos una cerilla. Le dije: mira, la parte quemada es el tiempo vivido, la parte intacta es el tiempo que queda por vivir. Tengo cuarenta y cinco años. Eso es. Segundos después vi que derramaba una lágrima.


Todo está escrito así, con esa naturalidad un poco desarticulada, de mezclas aparentes que disocian las frases hasta convertirlas en verso, imagino que como sucede con su pintura. Es prosa depurada, sin énfasis, sin ínfulas. Barceló ha depurado la prosa como, según veo en la exposición de la galería de Elvira González, ha depurado también su pintura, para que los nexos no interrumpan la secuencia de los objetos, con una claridad más tranquila, con una nitidez que se ha ido reposando en sus años de cultura dogón en Mali, en sus maravillosas acuarelas de Gao, tan simples, tan expresivas, o en sus investigaciones en la cueva de Chauvet. «Más que pintar lo que veo, veo lo que pinto», dice. O lo que una vez pintó, él o alguien que, como él, viajaba, miraba, buceaba.

Barceló se hizo famoso muy temprano. Recuerdo una foto suya, de la época de la Movida, con un desgaire petulante, muy glam, de chico moderno, rico y famoso. Pero eso se pasó pronto: cuando empezó la «danza de los marchantes» se largó del infecto mundo de la fama. Con Javier Mariscal se fue a tierras portuguesas, primero, y luego al Sáhara, donde descubrió, como Paul Bowles, el inagotable atractivo de la nada, y cambió los cócteles brillantes por una cabaña en Mali llena de termitas y de telarañas, y un tipo de vida en el que cualquier día un escorpión podía sacarle un ojo. A punto estuvo. 

Pero tampoco se detiene mucho en esos años. Le interesa más la infancia, de la que habla con entusiasmo, y con adoración en lo que se refiere a su madre, pintora también, de la que acaso heredara la necesidad del arte, una decisión irrevocable que tomó a la edad de los descubrimientos. «En realidad», dice, «no cambiamos, somos siempre los mismos», y sin embargo traza esquemas coloreados de su trayectoria vital. Va y vuelve a la infancia igual que regresa a las cuevas, incluso las construye, como horno, como estudio, como imagen. En las cuevas el artista se aísla y se refugia. La cueva es el lugar en el que se acurruca, donde sueña en posición fetal.

Su madre ha bordado muchas pinturas suyas, y Barceló habla con una mezcla de orgullo y placer de esa relación que todavía mantiene con ella, casi centenaria ya. No fue lo mismo con el padre, con quien, salvo a última hora, no se llevó bien. En algún lugar del libro dice que hay que escribir sobre los padres. Puede ser liberador, o placentero, o un tormento, pero aquí a Barceló no se le ve con ganas de sufrimientos innecesarios. Y es gratificante que sea su madre (y alguna mención esporádica a gente como el ciclista Timoner o artistas como Curro Romero o Camarón, de quienes cuenta sendas anécdotas preciosas) uno de los pocos personajes que aparecen en el libro. Alguien como Barceló podía practicar el odioso name dropping que alicata de celebridades las memorias de los personajes célebres. Aquí no. Aquí el importante es su «hermano mayor» en Mali, gente común e importante, artistas sin gloria, cuaranderos de la tribu: personajes que bullían en su pintura como los peces o los calamares, mientras buceaba en ella. Y, sobre todo, sus perros, porque ellos son los que marcan las etapas de una vida. Los nombra en torno a la pintura de uno de ellos, nadando, visto desde dentro del mar, con ese elegante avanzar sobre la nada. La letra de Barceló, al glosarlo, es como su pintura, como los trazos de sus acuarelas, irregurlar, trémula, un tanto infantil, la letra de quien anota lo que ve, no la de quien escribe lo que piensa. O quien apunta lo que ve su pensamiento, antes de que se apague su fulgor.

Al margen de esos pocos personajes, el libro habla de pintura y de su relación con la pintura. Varias veces explica por qué pinta desde dentro, con el lienzo en el suelo, paseando por él, dejando, como Pollock, que vayan cayendo cosas, porque Barceló cree en la condición orgánica de la pintura, en su ir haciéndose. Así el pintor bucea en la pintura, la llena de elementos cambiantes, putrescibles. Repite un par de veces que Keats tenía un cajón lleno de manzanas podridas que olía de vez en cuando, y Barceló hacía lo mismo con una mezcla de calamares descompuestos, petróleo y no sé qué más. Para llegar a esos olores, para llegar a sí mismo, Barceló tuvo que exiliarse en el país de la pintura. Cuenta con alegría cómo suele zambullirse en el mar cuando aún va lleno de pintura (de haberse zambullido en un cuadro) y ve los pegotes disolverse o flotar entre bancos de peces. «El cuadro en el suelo es como un fondo marino, entro y salgo». 

Como pintor, se deja llevar: «Pinto con rapidez, en el tiempo que media entre un golpe y el dolor que produce». Es decir, no premedita. Mira, vive, respira, actúa. No deja que sea su pensamiento el que tiranice a su sensibilidad. Por eso se fue a vivir al mar, al desierto, a la pintura. En vez de pensar, pinta. En vez de meditar, bucea. Su fetichismo con los talleres de sus pintores preferidos (Picasso, Pollock…) tiene que ver con ese sentido de la pintura como inmersión en un mundo aparte.  Necesita una iglesia entera abandonada, y embardurnar las luminarias con arcilla, y dibujar encima con esgrafiado, que la luz sea también la luz de la pintura, del mismo modo que bajo el agua la luz con que se ven los peces es la luz del agua.

A veces, con el frío, con el calor, la arcilla se cuartea o se hace más flexible. Las circunstancias (la época, el lugar) intervienen en la obra mientras está siendo creada, y se supone que también después, cuando pase el tiempo y su proceso de composición/descomposición siga su curso. «La pintura es siempre una cuestión de transumptio», una metamorfosis de pintura en carne, de imagen en luz, o en aura, como cuando pinta con lejía. Para Barceló evolucionar es recurrir a nuevas tácticas, ancestrales o inventadas, artilugios para conseguir el efecto imaginado, como cuando trabajaba en la capilla de Palma viendo el resultado a través de una pantalla, o montó el cirio que montó en Ginebra con un cañón de pintura, como si estuviera construyendo un techo de coral, metido en su escafandra. «Quizá todos mis cuadros sean sopas. Arros brut (arroz sucio), con un poco de todo. Un mundo comestible». Será por eso que le gusta tanto el pintor de bodegones Luis Egidio Meléndez, «el Messi de la pintura», un virtuoso lleno de granadas reventonas y ojos de besugo.

Una de esas sopas, quizá la que más orgulloso le hace sentirse, es la capilla de la catedral de Palma, a la que dedicó un precioso libro, La catedral bajo el mar. Supongo que es la pieza en la que, finalmente, pintura, escultura y cerámica llegaron a ser la misma cosa, el mismo arte, un todo indistinto. Tiene gracia que fuera el obispo, Teodor Úbeda —quien puso la paciencia y el ánimo suficientes e incluso pidió ser enterrado en ella— el que le propuso el tema, la multiplicación de los panes y los peces, que a Barceló le venía como anillo al dedo. Su pintura es, en cierto modo, ese milagro.


Miquel Barceló, De la vida mía, trad. Nicole d'Amonville Alegría, Galaxia Gutenberg, 2024, 263 p.


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