18.6.17

En la muerte de un torero


Hace poco menos que un año escribí una bernardina sobre la muerte del torero Víctor Barrio. Ayer me acosté con la noticia de que un toro de Baltasar Ibán había matado en una plaza del sur de Francia al torero vasco Iván Fandiño. No voy a escribir un obituario. Todos los periódicos han recordado las gestas históricas de Fandiño, su encierro con seis ganaderías duras en Las Ventas, o el hecho, también histórico, de ser un torero vasco. En ambos casos fue un detalle imprevisto, a Barrio lo descubrió una volada de aire, y a Fandiño un tropezón, y a Fandiño, como dije entonces a propósito de Barrio, no lo ha matado un toro cualquiera.
Esta vez los cronistas han hecho justicia con el torero, y el público y la profesión lo despedirán, es de suponer, con el respeto que se ganó en la plaza. Y esta vez, cómo no, los gusanos de internet se han vuelto a cebar con el cadáver. Aquí he escrito bastante sobre tauromaquia, pero siempre he evitado lidiar con los prohibicionistas. De unos años a esta parte resultó evidente que los toros estaban en su último tercio: la gente les da la espalda en aras de una humanidad que luego se manifiesta con todo su horror en esos comentarios biliosos de las redes. Hemos aprendido a mirar a los ojos a los animales, y muchos han abrazado una especie de jansenismo hipócrita que si fuera consecuente les llevaría a ser como ese personaje de Phillip Roth, creo recordar que de Pastoral americana, que vivía con una mascarilla para no matar a los microbios. Qué tiene una mosca que no tenga un elefante, a ver.
Pero esta vez sí me apetece entrar al trapo. Por si alguien lo dudaba, la raza humana es una especie carnívora y depredadora. Comprendo que los veganos sientan repugnancia por la sangre, pero es ridículo que los otros sean tan poco consecuentes, y que hablen de la horrorosa muerte de un toro de cinco años mientras le hincan el diente a una chuleta de ternera que no llegó a cumplir los doce meses. Lo que, desde siempre, molestó a los antitaurinos es que esa muerte sea un espectáculo, que no se haga en un matadero con una pistola eléctrica, en el mejor de los casos, sin que lo vea nadie más que un operario con un mono blanco manchado de sangre y gafas de buceo por si le salpica. Ninguno de los pollos a la plancha que se comen en las dietas saludables ha tenido la menor oportunidad de matar a su pollero, ni siquiera de dar un paseo en su efímera existencia, ni de tumbarse al sol. Somos humanos y comemos carne picada, y lo demás es una mera cuestión estética.
Tiene razón Savater cuando dice que la gente se piensa que los animales son personas disfrazadas de animales, lo que no entiendo es que les parezca más digno morir en la fila del matadero que en una pelea en la que, si anda fino, se puede cargar a su matarife. El toro bravo es una creación del ser humano, como las hamburguesas, y no está probado que la feria de San Isidro genere más violencia que las chuletadas. Lo que molesta, lo que hiere es que alguien pague por verlo. No solo no lo quieren ver, sino sobre todo que nadie lo vea. Pueden estar comiéndose un solomillo delante de la crónica de sucesos, pero quien va a los toros es un salvaje.
Durante años fui abonado de Las Ventas, bueno, realquilado, porque iba con el abono de un amigo a la andanada del 8. Luego me aparté, no tanto porque empezase a estar mal visto sino porque la fiesta era cada día más injusta, y toreros como Iván Fandiño podían lidiar la corrida más dura de la historia pero luego no los contrataban en carteles de triunfo previo. La fauna que rodea la tauromaquia, los taurinos, son gente de la peor especie, y yo uno de esos aficionados que aprendió de toros yendo a la plaza y leyendo después la crónica del maestro Joaquín Vidal. A Vidal lo odiaban los taurinos, era un gran escritor y quizás el principal responsable de que la tauromaquia resucitara también para la izquierda después de los años negros. En los 80 y 90 éramos muchos los aficionados transversales, individuos que jamás habían visto incompatibilidad entre la estética y la ideología, que admiraban a toreros como Barrio o Fandiño, como Luis de Pauloba, como Esplá, pero también se nos caía la baba con “Romero y Paula”, que cantó Enrique Morente. Leíamos a don Antonio Machado y a su hermano Manuel, y no nos parecía raro. Disfrutábamos de las columnas de Vicent y nos bebíamos las de Vidal. Y no éramos más sanguinarios, y acariciábamos al perro al volver a casa, y vivimos tardes de emoción. Ese tipo de aficionado cristalizó en el más grande torero de nuestra época, José Tomás, detrás de quien, como sucedió en Barcelona, se van cerrando ya las puertas de las plazas.
El único efecto que me hacen los anónimos necrófagos es que me dan más ganas de volver a los toros. A ver si este año traen a Teruel una corrida dura, hombre, y si no siempre quedará Las Ventas, o Francia, en cuyas plazas no se admiten corridas adulteradas, ni el mangoneo de los taurinos, ni el pavoneo de los que siempre van a mesa puesta por la vida, y donde no proliferan los gusanos. Allí a la gente le da un poco lo mismo el oropel, ellos quieren toros bravos, de Ibán, de Miura, de Victorino, de Adolfo, de Escolar, y a los toreros grandes como Iván Fandiño. Brindo por ellos con un vaso de vino y una tapa de jamón, de un cerdo que también anduvo a sus anchas por la dehesa pero que luego no se pudo defender. Eso sí, nadie lo vio cuando lo estaban matando.
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