17.12.14

Una nueva traducción de las Geórgicas


Para celebrar que acaba de salir una nueva traducción del poema de Virgilio, a cargo de Francisco Socas, en La Piedra Lunar, voy a poner en la delantera del escaparate la traducción que yo mismo terminé hace unos meses.

8.12.14

La época del esperpento


En cada nueva entrega de la serie Baroja va cambiando el modo de trenzar los datos históricos con la ficción. En las dos anteriores, el procedimiento consistía en intercalarlos, pero aquí, desde el momento en que Aviraneta (y con él la Historia) pasa a primer plano, la ficción se dispersa entre la propia intentona de la Isabelina, que ya de por sí parece un sainete, y en algunos personajes secundarios, en especial Tilly y Celia, quizá los únicos no fantoches de toda la novela. Es decir, lo histórico, lo verdadero, está contado con trazos de expresionismo deformante, y lo ficticio, lo romántico y ornamental se somete a un realismo admirativo. En medio de todos, Aviraneta reaparece y reafirma su condición de héroe cenizo.
            Bien es verdad que la historia que tenía que contar aquí Baroja era altamente novelesca. En 1830 se comenzaron los trabajos para constituir una sociedad secreta, La Isabelina, llena de liberales que preferían la regencia de la reina niña a los manejos de la reina María Cristina y de su amante Muñoz, en unos tiempos en los que el pretendiente Carlos empezaba ya a vociferar. Aparecen por la novela, discutiendo en librerías de viejo y tabernas y salones, el bibliófilo Bartolomé Gallardo, Romero Alpuente (“un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de cadáver y con los ojos vidriosos”), Flórez Estrada, Olavarría, el conde de Toreno, Palafox (“un imbécil”), incluso Larra, Espronceda o Patricio de la Escosura, “gente que tiene un hermoso epitafio nada más”, isabelinos que colaboran por debajo de los cristinos, hasta el bandolero Luis Candelas y los infantes Luisa Carlota y Francisco de Paula, empeñados, a su vez, en una triple regencia junto a su madre. Quizá donde más cargue las tintas Baroja (y le debió de gustar, porque son palabras que repetirá Fermín Acha, creo que en Crónica escandalosa, pero esta vez a propósito de Isabel II) sea en el descarnado chafardeo sobre la reina María Cristina que, para más inri, Baroja pone en boca del clérigo Mansilla.
            Todo fue un desastre. Palabrerío de salón o de taberna, da igual, que estalla en la matanza de frailes del 34, en mitad de una epidemia de cólera, y llegará a ocupar entera El sabor de la venganza, la siguiente novela. Baroja no concede en La Isabelina mucho espacio a esa orgía de sangre, quizá por sobradamente conocida, pero tampoco hace que la novela pase entera por el cólera, algo que solo afecta a unas líneas llenas de cifras. El tema no era el cólera del 34 sino parte del epílogo expresionista. No nos cabe en la cabeza, ni a Baroja tampoco, que Aviraneta se pueda contagiar.
            Aviraneta juega con ventaja. Siempre previene lo que va a ocurrir, incluso que el pueblo vaya a cometer una barbaridad; nunca se compromete con aquello que piensa que no va a salir bien, que es todo, él que no se cansa de afirmar que todo sale mal porque falta gente decidida. Los demás siempre son una tropa de camastrones declamantes con los que no se puede ir a ninguna parte. A Aviraneta le hubiera gustado secuestrar a Cea Bermúdez junto a la plaza Mayor de Madrid, en una escena de carruajes de caballos que cabalgan en la oscuridad por los adoquines un poco improvisada, la verdad. Él está allí para actuar y poco le importa la posteridad, “una aspiración mezquina”: “ahora mismo mi preocupación es lo que tengo que hacer al salir de aquí, lo que haré esta noche, mañana, pasado. El año que viene ya tiene perspectivas muy lejanas, casi no existe para mí”, le dice a Tilly. Su plan es el “cambio de gobierno inmediato y dictadura liberal”, a lo Robespierre, según dice en un discurso que huele a documento histórico. Como conspirador, no admite reglas, porque la conspiración es un arte, y el arte no tiene reglas. Acabará preso, como siempre, después de un viaje absurdo a Barcelona en el que no pasa de Guadalajara, y con la sorpresa folletinesca, en la última línea de la novela, de que le han robado unos papeles comprometedores.
            Todas estas intrigas nos han resultado menos atractivas cuando se aferraban a la documentación histórica, pero aquí están desperdigadas por Madrid, un Madrid pintado con espátula que en más de una ocasión nos ha recordado el desgarro de Luces de Bohemia, que Valle-Inclán escribiría un año después, o los cartones de Solana. Baroja repasa las plazoletas “de aldea manchega”, la nómina completa de cafés con tertulia conspirativa, ciertamente abrumadora, las casas de huéspedes del Callejón del Gato, ese magnífico borracho de la calle del Bastero, o la misma taberna de Bibiana, en un capítulo que Valle-Inclán habría podido trasponer a su teatro sin cambiar demasiadas comas, pero que incluso nos parece más propio de La taberna fantástica.  Toda la escena de la tía Sinfo y Gasparito (que me suena mucho a Galdós, vía Cervantes) está repintada de un lenguaje jugoso y nauseabundo, como si Baroja ya solo sacara aquel viejo registro naturalista cuando quiere subir el tono de la narración:

Cruzaron el jesuita y el ex claustrado la Puerta del Sol, y de aquí, por la calle Mayor y la de Toledo, fueron a los Barrios Bajos. El padre Jacinto quería ir a la calle del Carnero; pero no recordaba bien el camino. Entraron en la de la Ruda, materialmente llena le una multitud andrajosa
que se detenía en los puestos de verdura y de pescado. De aquí pasaron a la calle de las Velas y sedetuvieron en una tienda donde vendían galápagos. Preguntó el jesuita por la calle del Carnero, y le indicaron que bajara por otra estrecha, llamada de la Chopa. Se metieron en ésta y se encontraron con unas viejas prostitutas, gordas y con los pellejos colgando, pintadas, y con la colilla en la boca, que salieron de los portales y les quisieron arrastrar a sus madrigueras. Una de las viejas tenía una pierna de palo y fumaba un puro. El jesuita y don Venancio se desasieron de tan horribles furias, y salieron a la calle del Carnero. Todo aquel barrio era infame, miserable; tenía un aire de aduar africano, sucio, quemado por el sol. El empedrado, de pedruscos de punta, estaba lleno de agujeros y de baches, y éstos, llenos de basura. Deambulaban por allí mendigos, lisiados, chiquillos héticos y lacrosos y mujeres harapientas con los ojos inflamados. Había en la calle dos o tres casas de dormir, y en un balcón de un piso bajo, una cabeza de mujer, de cartón, con los ojos brillantes y los pelos alborotados, que era la muestra de una peinadora.

            No sé si se han mirado con lupa estas escenas de los bajos fondos madrileños en 1834 a la luz del expresionismo esperpéntico de Valle, supongo que sí. Estaría en el ambiente. Para Baroja, ya digo, no es un fin en sí mismo sino una gama de colores fuertes que él emplea cuando le conviene. En Baroja la narración, el ritmo narrativo es lo primero, y a ese tren pueden subirse ejercicios estéticos de corto e intenso recorrido. En alguno casi se pasa. Hay un personaje, un tal Bordoncillo, en el que Baroja juega un poco a El Buscón, una de las novelas, por cierto, que lee el padre Chamizo. Y pasa lo mismo que pasa en El Buscón, que es un chiste largo, un fantoche tomado de la época de Paradox, que solo está tres páginas pero que se hace cargante desde las primeras líneas.
            Es el único caso, un capricho dickensiano, quizá (el otro es el caimán colgado del techo, el tercero que encuentro en la obra de Baroja). El resto de personajes están bien en su condición de figurantes, de secundarios o de protagonistas, y hay tres que merecen mención aparte: el padre Chamizo, el joven Tilly y la bella Celia.
            El primero es Venancio Chamizo, el seudonarrador de la novela, es decir, el que en 1834 le pasó sus papeles a Leguía porque él, nada más empezar a leerlos, se dormía. Chamizo es ex claustrado, volteriano, comilón y lector de clásicos grecolatinos. Se entera de poco o de nada (una vez se lanza a investigar por su cuenta, y va a parar a los bajos fondos, que describió para Leguía de maravilla), es medroso y no está presente en la mitad de las historias que se cuentan, lo que significa que Leguía/Baroja tuvo que añadir de su coleto. Tanto es así que Baroja, irónicamente, arma un jaleo de hipotextos para contar la entrevista que tuvo Aviraneta con la infanta Luisa Carlota y con Francisco de Paula, que cuenta un tal García Alonso, amigo de Narciso Ruiz de Herrera, cuando va a casa de Celia y está allí el padre Chamizo, quien recoge los datos para que Leguía los ordene.
            Un tipo simpático, el cura Chamizo. Como simpático resulta Tilly, que en La veleta de Gastizar era un dandi provocativo y aquí hereda el papel del difunto Lacy, quien tanto nos gustara en la anterior entrega. Tilly, enfermo (es un romántico) se instala en la Casa del Jardín, en Madrid, junto a la Cuesta de San Vicente, un caserón abandonado del que le prestan unas salas para que Tilly se lama las heridas estéticas. Esa casa es el mundo aparte en el que Baroja da asilo a sus personajes románticos. Su descripción nos vuelve a recordar, como tantas veces últimamente, el mundo que recrearía cuatro años después Baroja en El laberinto de las sirenas: las vistas de Nápoles, la villa de Amalfi “tomada desde el fondo de una gruta”; las ruinas de Capri, con el palacio de Tiberio (¿leyó Baroja a Suetonio?), los marineros napolitanos, “sentimentalismos y pinturas” por los que se deja llevar Tilly. Pronto es el brazo derecho de Aviraneta, y aunque, a veces, las cambiantes circunstancias los pongan en bandos contrarios, nunca dejan de ser amigos. Su muerte por cólera es el detalle maestro que Baroja sabe colocar al final de la novela.
            Y el otro personaje, más de este mundo, más del mundo de la fantasía (sin embargo, como decía, más viva y más real) es Celia, la mujer de Narciso, una dama romántica en la que uno siente que hay alguien detrás. Muy poco después escribiría Baroja La sensualidad pervertida, donde disfrazó sin tapujos sus amores de verdad. Esta Celia es demasiado interesante para ser inventada. Lo malo es que vive en un breve relato romántico y se lía con Gamboa, un joven don Juan, sobrino de don Narciso (¡y de la propia Celia!) que Baroja ha contratado para escribir el episodio romántico. Gamboa flirtea con Celia pero acaba casándose con Pilar, la mujer racial, y muriendo en alguna guerra. Celia, ese personaje que merecía una novela entera, acaba refugiándose en la iglesia. No pasa nada. Reaparecerá, con otro nombre, en El amor, el dandismo y la intriga. Aquí parece una invitada al relato de celos y delaciones, un poco en el aire de La Canóniga, pero esta mujer es mucha mujer, y a Baroja le gusta.
            Salgo satisfecho de La Isabelina. Se nota que Baroja deja todo preparado para una nueva novela en dos volúmenes, pero esta está más terminada que La veleta de Gastizar, no necesita continuación. Su disposición intuitiva de historias reales y ficticias, salvo en el caso raro de Bordoncillo, corre como la seda. Baroja viaja en el método que quería, en lo mejor de sus Memorias de un hombre de acción.

6.12.14

Regreso a la novela larga, y 2


La Veleta de Gastizar se nos había hecho muy amena, que es lo importante, siempre lo más importante. Alternaba los preparativos bélicos con las acuarelas de balneario vascofrancés. En su continuación, Los caudillos de 1830, Baroja continúa la alternancia de la arcadia y la batalla. Primero aborda el desbarajuste del levantamiento de Espoz y Mina, con un Aviraneta especialmente activo en la concepción del plan de ataque, del que nadie hace caso. Luego regresa a Ustaritz, a Gastizar y la Casa de las Hiedras, y una colección de ninfas vascas. A continuación Baroja deja que sea Lacy quien narre en su diario el levantamiento de Mina y aproveche para dejarnos unas cuantas hermosas estampas de la campiña vasca. Finalmente, la novela se remata con el regreso de Lacy a Gastizar, el incendio de la casa, la muerte de Juan el guardabosques y la prisión final de la Simona y Marcos el Gascón, acusados de estar detrás del rapto de Miguelito, el hijo de Dolores, y de prenderle fuego a la casona de Gastizar.
Este final sombreado de muertes y separaciones vincula todavía más estas dos novelas a una especie de Guerra y paz barojiana, con un Lacy/Andrei, un Malpica/Bolkonski (padre), incluso una Dolores/María, la hija del viejo general, un León/Hipolite, y algunas otras parejas de baile más. Pero Tolstoi alterna una paz palaciega en San Petersburgo y una guerra monumental en Moscú, y Baroja, en sus proporciones, una arcadia vascofrancesa y una escaramuza en el Bidasoa. La escaramuza está concentrada en un hipotexto, que se dice ahora, el diario de Lacy, pero la Arcadia ya es, en efecto, la que pasará por Jaun de Alzate para llegar al Laberinto de las Sirenas.
Por el lado de la guerra, el protagonista en la sombra es Mina, que se confiesa ante Aviraneta y desaparece de la primera línea narrativa: “Voy arrastrado a una expedición en la que no creo… que me parece imposible que pueda tener éxito”. Mina quería el mando único para un movimiento militar, no para una revolución (como le sucedería un siglo después a más de un comandante republicano), y en el desconcierto de generales Baroja va metiendo causas del fracaso de todo pelaje. Por ejemplo, que Mina era vasco, “maquiavélico, de palabra confusa y enmarañada, pero por dentro claro, lúcido y calculador”, y sus enemigos son todo lo contrario, o sea castellanos, amigos del discurso rimbombante y enemigos de la acción.
Pero no eran solo vascos o castellanos: estaban “los ministas, los valdesistas, los gurreístas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los franceses, los italianos y los polacos”, que “no hacían más que intrigar y echarse en cara unos a otros la culpa de lo que ocurría”.
La única novedad argumental con respecto a La veleta de Gastizar es que aquí aparece Aviraneta, quien prepara un plan de ataque que finalmente no es aceptado y él se inhibe retirándose a Ustaritz, con lo que le sirve a Baroja de engrudo para casar los dos ambientes de la novela. Así, cuando deja a Mina encuentra a Tilly, un tipo atrabiliario al que Baroja le escribe un destino que en La Isabelina, la siguiente novela, hará florecer como un personaje la mar de interesante. Aquí es “un muchacho que va alimentando la parte mala de su alma con la sustancia de la buena; cada vez más cínico y más atrevido, va asesinando al buen muchacho que había en él y que va a terminar siendo un canalla”.
El caso es que Aviraneta se retira del proyecto cuando fracasan sus ideas, y las razones que da para no sumarse al movimiento son las que tendría cualquier lector de La cartuja de Parma:

De verdad. Conozco la guerra. Es la cosa más estúpida, más desordenada y sin objeto que pueda hacerse. Todo lo que no se realice en política por la inteligencia y por el cálculo, es perfectamente inútil. ¡La guerra! Unos hombres que van, otros que vienen, la mayoría sin saber por qué; aquí que se corre, allí que se persigue, en este otro lado que se fusila… plan, ninguno…; la casualidad…; no, no; me parece demasiado imbécil.

A fin de cuentas, los hechos de esta novela suceden cuando Stendhal escribió su novela. Por cierto, que en un libro utilísimo por muchos conceptos, Baroja y Francia, José Corrales Egea da cuenta de la admiración que Baroja profesaba por Stendhal, y no le habría venido mal este fragmento último para corroborarlo. En el inventario de libros franceses de la biblioteca de Itzea, Corrales examinó hasta veinte títulos distintos de Stendhal, algunos en primera edición, como es el caso de La Cartuja de Parma. Lo que no acabo de ver yo del todo claro es eso que dice Corrales de que “entre las diferencias” entre uno y otro escritor, “podríamos citar la forma opuesta de elaboración entre ambos autores. En el caso de Stendhal se trata de una composición lenta y laboriosa, lo que da una obra reducida y cerrada, curvilínea en su acabamiento, en su perfecto trazado”. Con eso de “una composición lenta y laboriosa” no creo que se refiera precisamente a La Cartuja, escrita en mes y medio. Precisamente lo que más vincula a Baroja con Stendhal creo que es ese permanente huir hacia delante en la narración, que la novela corra, si no desbocada, por lo menos sí a su aire, y el escritor se limite a sujetar las bridas. 
Pero a lo que íbamos. Mientras Lacy se va a luchar junto a Mina y los demás liberales se suben a los caballos y los realistas los aguardan “dispuestos a matar con una fe digna de buenos cristianos”, Aviraneta se mete a leer a Jomini, a Mignet, a Thiers. Allí se hace mala sangre, siempre convencido de que los demás fracasan por no hacerle caso, de ser un desperdicio para la historia de España.
Pero a los lectores nos parece estupendo que lo releguen porque la escena se puebla con personajes de novela que reaparecen después de sus breves intervenciones en La veleta de Gastizar: regresa León, el marido tarambana de Dolores, cargado de deudas; intriga Choribide, aliado ahora con las damas del Chalet de las Hiedras, recoge información para Calomarde y acerca a sus sobrino tonto, Rontignon, a madama Luxe, a la que de paso enemista con su amiga Aristy. Tilly frecuenta el Bazar de París y allí Delfina vive enredada con Marcos el gascón, que había aparecido fugazmente al principio del libro anterior pero ahora se presenta con una descripción naturalista de los tiempos de La busca:

Marcos era un hombre de una osamenta fuerte, corpulento, la cara ancha, los pómulos salientes, la mandíbula acusada y los ojos claros. Tenía la frente pequeña y arrugada, el pelo rubio, crespo y duro que le entraba como un pico en el entrecejo, las manos velludas y los brazos largos. Era mozo petulante, vestía grandes y anchos pantalones, faja encarnada y boina azul.

Este rudo sujeto vuelve con todo el aire dostoievskiano que le habíamos visto en la presentación. Es la pólvora que dinamita la novela en un final de tragedias que por otra parte tan solo hacen tambalearse la arcadia de Ustaritz, pero no terminan con ella. El secuestro de Miguelito lo resuelve Sherlock Aviraneta en cuatro páginas, y el incendio del almiar no arrasa la casona. El odio de las espías y los enjuagues de Choribide no aniquilan el encanto de las ninfas vascas que se empiezan a pasear por la novela: Grashi Erna, a la que “a veces se la veía en medio del bosque o a la orilla de un arroyo con una guirnalda de yedras o de muérdago en la cabeza, cantando una canción triste”, y Fanchón, “una mujer con un aire selvático; la sangre normanda de su padre mezclada con la vasca de su madre había dado un hermoso producto. Era rubia, blanca, con los ojos azules”. Grashi Erna se parece un poco, otra vez, a la Pamposha de Jaun de Alzate, y Fanchón a la ninfa nórdica de El laberinto de las Sirenas.
Ambas forman parte, también, de una galería de vascos auténticos entre los que destaca el otro héroe, aparte de Aviraneta, que tienen estas novelas, Fermín Leguía. Baroja usa esta galería para enhebrar los días de Ustaritz con el diario de campaña de Lacy, pero dentro del mismo diario pone en boca de Leguía la tremenda historia del vasco Antula. Baroja no solo ha concentrado la materia histórica, bélica, en un diario que parece escrito por Thompson, el que escribió La aventura de Mossolongui, el del soldado culto, valiente como Andrei Bolkonski, melancólico como Fabrizzio del Dongo, pero sobre todo muy inglés, al amparo de la sombra de El Inglesito, un soldado del que no se sabe nunca el nombre pero que siempre destaca por su nobleza, su valor y su inteligencia sin aparato, sagaz. Y así, con toda naturalidad, del fracaso en el campo de batalla un Lacy herido descansa en Vera de Bidasoa, y Baroja termina la pura acción con las mejores descripciones pastorales de toda la novela. El diario de Lacy es intenso, verosímil, y con él Baroja comprime la información que le habría deshecho la novela si se hubiera empeñado en desparramarla toda con el mismo tempo que el resto de la materia.
El tono elegíaco abundará también en el regreso al humo dormido de Gastizar, cuando arrancan la veleta, en una hermosa descripción, con su punto expresionista, que es como la música de los adioses. Quitan la veleta para que no vengan los vientos cortantes, pero con ella desaparecen las brisas de la vida, las antiguas, porque Margarita, la hermana de Tilly, casa con Sampau, el buen amigo que cerró los ojos a Lacy, y la anciana Tilly, buen personaje, con esa coquetería levemente libertina.
Dejo para la antología una descripción del país vasco francés, cuando la veleta ya está a punto de parar. Quizás es ese contraste entre el sosiego de la campiña gala y la escabrosidad umbrosa de la vertiente hispánica lo que en el fondo Baroja quiso pintar.

El otoño es, sin duda, la estación más agradable en el país vasco. El campo, que en verano tiene un manto verde, uniforme, adquiere en otoño una variedad extraordinaria de colores; la hierba, los heléchos rojizos, los arboles con hojas amarillas, todo toma unos tonos fogosos, ardientes. Hay además en el país vasco francés una serenidad, un reposo, que no hay en el español; el paisaje es más abierto, más tranquilo, más soleado, las gentes son más dulces, las campanas que tocan la5 oraciones desde lo alto de las torres son más melancólicas y menos imperiosas, más sentimentales y menos dogmáticas.
Lacy disfrutaba de esta calma, de esta serenidad. Por la mañana al levantarse veía desde la ventana la niebla inmóvil que llenaba el valle de Ustariz, las casas musgosas que echaban humo por las chimeneas y escuchaba las campanas que retumbaban sonoras y acompasadas en el aire silencioso. Luego, a medida que se levantaba el sol, la bruma se deshacía en jirones y se desvanecía dejando el cielo azul. Por la tarde el calor apretaba y al anochecer comenzaba el frió y venían las nieblas erv pelotones blancos rasando el suelo y la superficie de los arroyos a apoderarse de los bosques y de los barrancos.


4.12.14

Regreso a la novela larga



         La veleta de Gastizar y Los caudillos de 1830 son dos partes de la misma novela. Las dos aparecieron en 1918, y juntas tienen solo veintitantas páginas más que Con la pluma y con el sable. Las estrategias editoriales aquí juegan una mala pasada a la literatura. Los dos libros, tras el frondoso ramillete de novelas cortas que había publicado después de Con la pluma y con el sable, son un regreso al largo aliento, que en Baroja se nota porque en ellas la narración es como una fruta que va tomando el sol y el aire hasta que madura y se desata la historia principal. Estos largos prólogos pueden ser una descripción de la vida en Aranda de Duero, una larga panorámica napolitana (como será en El laberinto de las sirenas) o, aquí, un retrato, idílico, congelado en las formas corteses y discretamente libertinas del siglo XVIII, un fresco de los habitantes de Ustaritz, pueblo vascofrancés, labortano, cerca de Bayona, a orillas del Nive, como un Bath de andar por el caserío.
            En medio de ese estupendo retrato se van esparciendo las briznas de la historia. La veleta, ese dragón herrumbroso, no se menea cuando la historia se detiene y continúan las tertulias de veteranos revolucionarios y damas austenianas, pero si ruge y chirría y se levantan las tempestades es porque el viento de la historia los vuelve a azotar. Ese viento de la historia es la intentona del general Mina, una acción que se desatará en la segunda parte, en el segundo libro, pero que aquí no pasa de la presentación de algunos personajes y del desconcierto de los preparativos.
            Es, en el fondo, el mito del preparativo. Baroja deja que navegue la novela; la impulsa la certeza de que es el inicio de algo, como se nos pespuntea con las apariciones del general Lacy, uno de los tres jinetes que llega a la casona de Gastizar, buscando aliados para un levantamiento a las órdenes de Mina; pero la novela es una mañana soleada llena de tipos interesantes, y cuando digo interesantes es porque no son solo siluetas: tienen encarnadura dramática, y si Baroja no los hace héroes es porque le sobra material.
            Está la familia Aristy, con su dama digna y elegante y sus dos hijos varones, uno consciente y responsable, Miguel, y el otro artista de la pista, León. Ambos, en sus presencias y en sus ausencias, crecerán durante la novela, el uno en el difícil papel de individuo sensato, el otro en el trágico de artista y donjuán fracasado. Miguel Aristy es como el lugarteniente de Baroja, su punto de vista muchas veces, incluso el narrador de la historia del coronel Malpica, el viejo militar retirado, que aún se atusa sus grandes bigotes blancos pensando en próximas batallas. Es buena su historia, un resumen de novela con una escena final marca de la casa, espléndida de acción y de ironía, la del desafío entre Malpica y su amigo Lanuza, una especie de Otelo vasconavarro que guarda la fuerza –y el sarcasmo- de aquel otro duelo protagonizado por un soldado creo que holandés, en una de las novelas cortas que precedieron a esta. Y eso que ya desde Laferia de los discretos viene habiendo duelos, si no antes.
            Y hay, iluminando el cuadro con sus faldas blancas, multitud de mujeres: aparte de madama Aristy y madama Luxe, que son las reinas (y que discuten, muy a lo Saint-Simon, por el malmeter de terceros), están las chicas finas de la pieza: Dolores, la mujer del artista vividor, o la prima Alicia; pero también están las menos finas, la Martina y la Delfina, que regentan El Bazar de París, un local de mala reputación. La Delfina, por cierto, está liada con Marcos el gascón, un personaje que Baroja deja apostado en esta parte de la novela para cobrar su protagonismo en la parte final de la novela, es decir, de la siguiente novela. Un tipo este Marcos muy atrabiliario y bruto, como aquel antagonista de Zalacaín, con su drama dentro.
            Y están, en una mesa del rincón, los supervivientes de la Revolución, Garat, Choribide y Cucú el rojo, además del tío Juan, otro de los personajes que Baroja deja haciendo guardia hasta que les toque salir. De momento los presenta, a Garat como personaje histórico (el que avisó a Luis XIV de que le iban a cortar el cuello, y buscó refugio en el bosque para el tío Juan); a Choribide como un viejo cínico pintado por Julio Caro, ambos, también, a la espera de que les toque turno. Choribide participará en el cierre de La veleta de Gastizar, y el tío Juan en el de Los caudillos de 1830.
El sistema es cervantino. Dejar personajes vivos por el camino, gente a quien usar en los giros de la acción, con ese suplemento de agrado que da volver a saber de un personaje interesante que desapareció demasiado pronto. Pero se puede hacer bien, dejando a los personajes como disponibles, para usarlos o no, según lo que ocurra, o se puede hacer mal, para que al final parezca que el autor lo tenía todo preparado, cosa que detesto y que ni Cervantes ni Baroja, afortunadamente, se permiten hacer.
Y está, en fin, completando este gran cuadro tardodieciochesco, la galería de tipos vascos, en este caso vascofranceses, pero vascos en cualquier caso, de los que no datan, “los vascos no datamos”, como dice Miguel Aristy en algún momento. Los hay cínicos y resabiados (pero no malas personas) como Choribide, y están los locos y los excéntricos, “que abundaban allí como en todos los pueblos vascos”. Entre ellos me ha llamado la atención Grashi Erna, la ninfa enloquecida, que no habría pintado mal, cuatro años después, en La leyenda de Jaun de Alzate, junto a la Pamposha y alguna otra bacante vasca.
Solo en el libro segundo (página 91, de 156 que tiene), empieza la descripción propia de la acción, porque hasta ahora había sido del marco, de la acción secundaria ficticia que arropa la acción principal histórica. Pero aquí Baroja borda algo que en Con la pluma y con el sable creo que no le salió bien: la proporción entre novela e historia. Creo que es Eusebio Lacy el que, después de aguantar a un ardalión, se queja de que le habían dado “dos horas de política aburridísima”. Eso es lo que ya no hace Baroja. La ficción no solo envuelve sino que determina. Esta es la novela de los Aristy, no del general Mina. Es la novela de la veleta inmóvil, no de los torbellinos. Y sin embargo el ritmo y la disposición narrativa se van acercando a la acción histórica como si fuera la verdadera trama. Así, en el libro segundo, y sin abandonar los tipos de ficción (en especial Tilly, “un tipo de príncipe degenerado de la Casa de Austria”, que luego tendrá un papel relevante en La Isabelina, “un tipo cínico y atrevido, cansado de todo y con un gran desprecio por los hombres”), Baroja traza el retrato de Mina y de las facciones a la gresca de ministas y antiministas.
En medio de este follón de recelos y controversias, Mina es un personaje trágico, lo que le da a Baroja para una declaración de principios dramáticos:

El hombre de acción es el que cree que obra casi exclusivamente por sus propias inspiraciones, el que afirma más su albedrío, el que escoge lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está más sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la fuerza de los acontecimientos.

Mina, sobre todo en la siguiente novela, será el héroe consciente de su fracaso desde antes de empezar. No había manera de ponerse de acuerdo. “De ahí que la Revolución española tuviera tan poco seso. Era una Revolución de Don Juanes y Don Juanes sin éxito”.

El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una cólera desesperada y furiosa.

Creo que es en Los caudillos de 1830 en donde aparece Aviraneta leyendo a Salustio. No me extraña. Mina está tratado con ese sentido trágico del personaje histórico que animó a Salustio y a Tácito, y eso que a Baroja, decía, no le gustaba. Son personajes enfrentados a un imposible exterior y a otro imposible interior. Parte de sí mismos lucharía contra la irracionalidad de los demás, pero también contra la de sí mismo. También muy a la manera clásica, Baroja presenta a Mina en paralelo con Valdés, como hiciera con Riego y Aviraneta en Con la pluma…, el conflicto permanente entre el militar y el guerrillero, que ya desarrolló a su sabor Baroja a propósito de El Empecinado.
Cuando todo está preparado para que empiece la acción, la veleta vuelve a detenerse. Baroja sigue forrando la historia de ficción, pero ahora el forro es mucho más que el cuaderno de los datos. Baroja pinta con acuarelas desvaídas una bucólica tan clásica que lleva hasta bibliografía, Teócrito, Virgilio, Longo, De Racan, un cuadro en tonos pastel de damas y currutacos, que pasan el día en el campo y siguen jugando a la gallina ciega. Es curioso que en 1918 también publicara Las horas solitarias e Idilios y fantasías. Estaba bucólico don Pío. 
Ahora el retrato de Mina debe permanecer colgado en la pared mientras volvemos a Gastizar, a la Casa de las Hiedras, un pabellón de la casona donde viven los Aristy donde se han trasladado a vivir dos damas circunspectas, la Condesa de Vejer y su sobrina, que a su vez reactivan la trama con un cuento de espías y un inopinado detective: Choribide. Las damas resultan ser la Carolina y La Simona, espías realistas, entre otras varias labores.
Ahí deja Baroja el relato, con las espadas en alto, sin más explicación, pero con la agradable sensación de que su imaginación ya solo usa la historia, no la sigue ni la encuaderna, y de que camina hacia un mundo de personajes en su arcadia y de paisajes simbólicos que crean el idioma del relato antes de nos narre sus acciones. Vamos hacia Jaun de Alzate, pero sobre todo hacia El laberinto de las Sirenas.

3.12.14

La marca de l'alma


Hem estramasiau al tòrt y al dret, hem mirau punto per agulla els llibres y les cases, hem demanau a la chen y als llugars, hasta mos han arribau a dir que això yere cherar llum per les armaris… Pero tapòc hem sabeu trobar un siñal mès fòrt de les nuestres venes, de la nuestra identidat y de la nuestra manèra de compenre el mon que el patués.
Som del pareixer que malmeter-lo y esbalsar tot astò que guarde, estrafollar-hue, serie ixopllidar el sentir dels pairs, dixar calmonir el pensar dels llollos d’antes, serie perder l’esme, borrar la memòria, allerar el rastro per la nèu que ajunte ahiere y hué y que ya mès que mai se va delint…
Y ye ara quan me vienen al pensament –coma el que s’hi torne a escunsar urta per urta– les paraules del pobre siño José Visién de Grist uno d’aquells díes que puyabe tal cabo del llugar y que per caso va trobar la marca de la casa, fèbe tèmps trafegada.
–Asò ye la marca de la casa, asò no se puede perder, –me va fèr.
Així tabé el patués, coma la marca de la casa, la marca als dits, la marca de l’alma.

(Este es uno de los poemas que recita su autor en La marca de l'alma, un documental producido por el Ayuntamiento de Benasque. Procede de su libro Neoterica, premio Arnal Cavero 2001.)

19.11.14

Limpieza de corrales


 
       Además de El capitán Malasombra, de 1917, otras tres novelas cortas (más una coda narrativa) componen Los contrastes de la vida, publicada en 1920.

El niño de Baza

            No todas tienen, desde luego, el interés narrativo de El capitán Malasombra, entre otras razones porque Baroja cuenta tres veces la misma historia en el mismo libro. En aquella primera parte, un italiano desaprensivo, Pancalieri, llegaba con sus dotes descaradas de donjuán a remover el gallinero, “un gavilán entre palomas”, como dirá de este otro Niño de Baza. Aquí es este zángano el que, después de una chulería de niño bonito al principio (Aviraneta, que es quien cuenta la historia, le dice que no estorbe en el barco que los lleva a Tánger), una vez desembarcados, cuando su padre se vuelve a España y el niño pasa hambre, agacha las orejas y pide sumiso el auxilio de don Eugenio. Este lo lleva a su casa de huéspedes, regentada por una viuda judía y sus cuatro hijas y sus dos criadas.
            Pero la historia, lo que Aviraneta cuenta a Leguía después de encenderse un puro, no era la del pisaverde de Baza, sino la de Borja Tarrius, otra muestra de las veleidades de la fortuna: “Jamás hubiera pensado, por ejemplo, que mi amigo don Bernardo Borja Tarrius fuera hombre que pasara por la vida sin dejar el menor rastro, ni el más pequeño recuerdo”, dice Aviraneta, nada más empezar. Tarrius cualidades tenía, desde luego, de hombre célebre y de buen personaje, pero Baroja lo abandona pronto.
            Uno tiende a pensar que para este viaje no se necesitaban alforjas. Cuando todos están metidos en la casa, Aviraneta, Tarrius, el diputado por Córdoba Moreno Guerra (más moro que los moros a los que desprecia) y el pájaro de Baza, con las siete mujeres judías, Baroja cierra la puerta y se deja acciones. Tarrius demuestra a la señora Toledano, la dueña de la casa, cómo puede ganar el doble trabajando lo mismo en su taller de sedas y brocados. Es el momento en que Tarrius, hombre de acción, capaz de hacer rentable a una familia judía de la noche a la mañana, que no es poco, desaparece de la escena y entra el Shylock de la obra, Samuel Lione, tratante de esclavos, y la más tópica caricatura de un judío que podían encontrar quienes pergeñaron aquel triste libro, Comunistas, judíos y demás ralea, apañado a partir de unos cuantos recortes de artículos y otros tantos fragmentos de tres novelas: Aurora roja, Los visionarios y Rapsodia. Con respecto a la primera, es una pequeña canallada que entre unos y otros le hicieron al gran Manuel y a su hermano Juan. Las otras dos no son novelas, más bien dos muestras de la época en la que Baroja había ya perdido el interés por novelar y se dedicaba al despotrique.
            Digo que si hubiesen leído esta novelilla habrían sacado material por lo menos más divertido, por ejemplo esta descripción de la casa del judío:

La casa era de aspecto más humilde que la de Mesoda. Nos recibió el señor Samuel en un despacho muy mísero de la planta baja, con grandes saludos y zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una manera balbuceante y lacrimosa. Nuestra santa nación, nuestra tribu, el patriarca Abraham estaban a cada momento en su boca. Durante su charla se interrumpía para dar una indicación a dos escribientes que tenía, los dos, sin duda, judíos, de cara atormentada y labios gruesos.
Le avisaron para almorzar, y yo me levanté con intención de marcharme; pero Samuel me agarró de la mano.
—No, no; venid —me dijo— ; que venga con vos este joven cristiano; comeréis conmigo, la miseria que uno tiene.
Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeño que daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban en el
comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos cincuenta años, un hijo y una porción de nietos, entre los cuales había una muchachita de unos diez y siete o diez y ocho años, muy bonita.
Entre todas estas caras judaicas había el tipo correcto y muy perfilado y el tipo un poco repulsivo del judío narigudo, con los labios gruesos y abultados y los ojos pequeños.
Había en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque, o alguna otra cosa aromática, que no me hizo ninguna gracia.

            Cuando Baroja termina la caricatura, se quita la novela de encima: el Niño de Baza se casa con la nieta del negrero y le deja un hijo a la criada de la judía, Tarrius se queda a educar hijos de cónsules, Moreno Guerra muere “misteriosamente”, y Aviraneta coge un barco rumbo a Gibraltar. Todo eso en cinco líneas.
            La impresión es que Baroja ha intentado envolver con materiales reciclados la historia de dos malas personas: el judío traficante de esclavos y el pícaro español, buscador de fortunas, de chicas guapas y, a ser posible, de ambas cosas a la vez. El sarcasmo viene de creer que un vasco puede explicar a un judío cómo se hacen los negocios o que un judío entregaría así como así su hija y su negocio negrero a un tirillas como el Niño de Baza.
            Yo tengo para mí que ese Borja Tarrius estaba llamado, además de a modernizar la empresa artesanal de la viuda, a hacer estragos entre las mujeres, y que en vez de Tarrius se llamaba, en un principio, Eguaguirre, y Eguaguirre también se llamaba Basterreca, alias Mandi, el protagonista de Rosa de Alejandría, la siguiente novelilla. Me parece verosímil que Baroja trocease una novela dedicada al donjuán vasco cuyo primer y mejor capítulo era El convento de Monsant, pero que, visto el resultado de El niño de Baza y Rosa de Alejandría, decidió dejarla en aquel primer y feliz episodio.

Rosa de Alejandría

            Si así fuera, desde luego que hizo bien, porque la siguiente historia tampoco remonta el vuelo. Al contrario, podríamos incluirla en el género de las novelas sacadas de la manga. Aviraneta decide ir a Alejandría desde Gibraltar con cierta ligereza:

“Yo había pensado ir a Grecia y hacer campaña contra los turcos; pero como todo el mundo me habla aquí mal de los griegos, he decidido ir a Egipto y ofrecerme al gobierno del virrey como oficial”

            Así que lo visten de guardia marina inglés y lo suben a un bergantín nuevo. Otra vez una mujer con dos hijas en una casa de huéspedes, con un marido, el griego Chiaramonte, que se merecía más que el triste destino que le depara la novela. Y allí aparece Mendi, el vasco, y se lía con la señora de Chiaramonte, aunque pretende a una de sus hijas. Quizá sea más cínico que Eguaguirre (poco más), pero ese ritornello dickensiano del “¡no hay elementos!” que lleva siempre en la boca le habría pegado igual de bien a Tarrius en el anterior relato.
            De la casa queda un personaje, Rosa, en la que casi puede entreverse la futura Nelly de El gran torbellino del mundo, y que sueña con la isla de Gozzo, una arcadia feliz donde “todos eran pescadores, y los chicos se divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para cazar palomas”. De algún modo esa isla de Gozzo emergería en El laberinto de las sirenas, pero de momento se queda en un personaje mudo al que Baroja no pone demasiado interés.
            Como remate, el autor abandona la trama y pone a Aviraneta en mitad de una acción, un altercado con soldados árabes en el que le cae un escupitajo y algunos latigazos, que Aviraneta devuelve uno por uno al cabo Yusuf cuando las autoridades lo socorren, y deja caer una de esas sentencias de quien allá donde va come lo que se estila, por áspero que le sepa.
            Queda un par de descripciones, pocas y breves, la de las callejas de Alejandría y los árabes “flacos, morenos, como si fueran de barro cocido”, o la todavía más breve del pachá, uno de esos casos en los que Baroja prefiere tirar de repertorio antes que penar con la ambientación:

Al día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a visitar al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres, llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.
Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.  

            Y eso es todo, ya no hay nada más que decir del Pachá. En este libro se empieza a ver algo que luego se extenderá, en los años treinta, por el resto de su obra: este arte de enhebrar historias y personajes pintorescos y fugaces que hasta ahora ha sido su modo de ambientar pero que llegará a ser un fin en sí mismo, una suerte dominada, un método para escribir cuando no hay mucho de lo que escribir, algo de lo que nos da Baroja una muestra bien elocuente al final de este libro, en el relato de la muerte del Empecinado.

La aventura de Missolonghi

            Pero antes Baroja incluye otra novela corta, esta vez narrada por Thompson, quien prometió escribirla al final de El viaje sin objeto. La aventura de Missolonghi pertenecería más bien, por tanto, a La ruta del aventurero. Pero es inútil recomponer la baraja de todas estas narraciones que suceden entre 1820 y 1923 según el orden del avío editorial, más que del argumental. Las tres primeras, incluida El capitán Malasombra, son historias que cuenta Aviraneta, y eso las une, pero en esta Aviraneta vuelve a ser esa figura un poco cómica del personaje extemporáneo que se sienta a la mesa de los reyes para trazarnos una semblanza y que tanto ha dado de sí.
            En este caso el rey es Lord Byron. Thompson, inglés, culto y romántico, no puede acercarse a él (como Fabrizzio del Dongo con Napoleón), pero Aviraneta come a su mesa y no lo nombra su secretario de milagro. Y así el retrato del poeta está envuelto por algunas reflexiones metafóricas sobre el Mediterráneo comparado con el Atlántico y algunas hermosas descripciones, la marina nocturna o el pueblecito de Argostoli, además, claro, de Missolongui, para el que Baroja usa una batería de datos geográficos con que defender la plaza.
            Baroja se ocupa de las marinas pero también de tratar aquella aventura mítica como si fuera otro desastre del 98:

La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia ni de su historia.
Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y absolutamente nada de la historia griega moderna. unos se habían enganchado por miseria y por desesperación; otros, por espíritu de aventura.

            En esas circunstancias, Thompson presenta a Byron como un mito que Aviraneta desmitificará después. Thompson, al que le pasó como a Fabrizio del Dongo, para el que no hubo manera de conocer de cerca a Napoleón, tampoco pudo acercarse al célebre poeta, y sí darse cuenta de que aquella expedición fue “una de las más célebres del siglo XIX, principalmente por la intención, porque por lodemás apenas hicimos nada”. Byron estaba hecho con el barro del rumor:

Para muchos era un misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo desesperado, altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba matar al que le disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y bebía el vino en una calavera; para los más cultos era principalmente un revolucionario. La verdad es que no sabíamos lo que nos esperaba. No conocíamos ni Grecia, ni el jefe que nos iba a mandar.

            Pero sí sabe Thompson que aquella aventura no podía salir adelante mientras el coronel  Stanhope y lord Byron no estuviesen de acuerdo en nada, sobre todo porque el militar no comprendía la “guerra literaria” del poeta ni tampoco que si aquella batalla era tan famosa se debía a Byron, no a él.
            Thompson tiene, en fin, el punto de vista de un romántico que se ha encontrado con el realismo cuando lo que él va buscando es la modernidad, y quizá por eso introduce un fragmento en su cuaderno que parece que se le haya caído a Baroja de su diario íntimo:

He pasado los días mirando el Mediterráneo, intentando ver si se me ocurre algo nuevo en la contemplación de un mar tan bello. Sólo cuando se van articulando los lugares comunes en la cabeza es cuando se empieza a discurrir, vulgarmente, cierto, pero únicamente entonces.
Antes de esa articulación de lugares comunes por el solo ímpetu del espíritu no hay ideas. ¡Es lástima! He escrito unas cuantas frases en mi cuaderno, pero no tienen ninguna originalidad.

            Y eso en una historia que deja espacio a la descripción (a veces cartográfica) y a la interpretación del paisaje. ¿Pero qué es eso de la articulación de los lugares comunes? Thompson no cree en “el solo ímpetu del espíritu”. Cree en las ideas, un poco en contradicción con esa imagen del hombre de acción que no tiene ideas sino impulsos, o que deja quietas las ideas para que no refrenen las acciones.
            Es posible que Thompson no se pudiese acercar a Byron por exceso de ideas, de escrúpulos. Con cuidar a su compañero Mac Clair ya tiene bastante, y el mismo Nápoles que le brindará tres años después las memorables páginas de El laberinto de las sirenas no es ahora un sitio que le inspire nada. Ni a él ni a Mac Clair, porque “para comprender los pueblos hay que ser occidental unas veces, y oriental otras, y tener el alma con muelles como los coches de doble suspensión”.  Tres años después ya no dirá eso.
            El que no tiene esas dudas stendhalianas es Aviraneta, que nada más llegar ya está sentado a la mesa de Lord Byron, recomendado por el cónsul de Alejandría y sin bajarse siquiera de la goleta Chipriota, al mando del capitán
Spiro Sarompas. Su descripción no está hecha de bisutería mítica:

Lord Byron me recibió y me dio la mano. Me chocó la impresión de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la cabeza, pero no tenía aire de serenidad ni de fuerza; parecía una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello, que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.

            Y el caso es que el retrato de Aviraneta, de tan desprejuiciado, tan desmitificado, es más sugestivo que el de Thompson. Comparece aquí un Byron verosímil, “un hombre raro, medio afeminado, pero no débil, ni mucho menos”, que se levanta a las cinco de la mañana para leer y escribir, que hace todos los días lo mismo y a la misma hora, hasta beber vino, que no se pasa el tiempo mirándose las lágrimas en el espejo y que, cuando habla con “el único español que ha acudido a secundar mi empresa”, Aviraneta, no duda en simpatizar con él y en llamarlo “nieto del Cid”.
            Luego, cuando Aviraneta cuenta a Thompson sus impresiones, dice algo que me imagino que los estudiosos del pensamiento de Pío Baroja ya habrán colocado en su lugar correspondiente: “Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que Grecia se reconstituyera”. Aunque reconoce que Byron no había ido allí a que le pintasen un retrato, Aviraneta no siente “esa religiosidad y esa pasión” por Grecia, y no le replicaba nada: “Yo no soy poeta. Yo me callaba”.
            El episodio tiene el interés de ese retrato doble, de una desmitificación que corre a cargo del personaje ficticio en una situación inverosímil, más allá de los tópicos que el primer y perspicaz narrador ha logrado reunir. Baroja equilibra la irrealidad de Aviraneta con la realidad de Byron, y el realismo de Thompson con la vaga mitología del poeta.

El final del empecinado

            Las últimas diez páginas del libro están dedicadas a narrar en pocas líneas el encierro de don Juan Martín, contado por Bienvengas en diálogo con Aviraneta, que retoma el papel de narrador: cómo lo exhibían en una jaula para que la gente le escupiese, su madre llorase arrodillada y su mujer se pasease por delante con un joven realista. Aviraneta pasa revista a los antiguos compañeros del Empecinado, dolidos por su situación, pero incapaces de hacer nada para liberarlo. Aviraneta, como buen hombre de acción que lo quiere seguir siendo, se lava las manos:

Lo comprendí yo también así, y tuve que olvidar la suerte lamentable de mi general y mi amigo.
Desterrando el recuerdo de lo pasado, me dediqué a pensar en el porvenir.

            En el último párrafo, que cierra el relato y el libro entero, se nos cuenta también el final del Empecinado:

El guerrillero, al. ser conducido de la prisión de Roa al cadalso, había roto las cuerdas que le ataban, y, arrancando la espada de las manos del jefe de la escolta, había intentado abrirse paso entre los esbirros. Los voluntarios realistas se habían echado sobre él y le habían cosido a bayonetazos. El corregidor, don Domingo Fuentenebro, mandó subir el cadáver al tablado y ordenó colgarlo por el cuello.

            Ese párrafo justifica el relato entero, pero hay otro detalle interesante. Aparte del relato del final del Empecinado, casi todo está envuelto en nombres y recuerdos de nombres, como un inventario del material sobrante que es una forma semoviente de narrar. Esa hilatura de apellidos y de biografías mínimas, de personajes recordados y parientes característicos, es un tapiz que envuelve la sustancia del relato. Hay una ambientación barojiana que cada vez más se desprende de su condición narrativa para limitarse a labores descriptivas. Proporcionalmente, el recurso es tan abundante –y tan eficaz- en este relato como en los dos libros siguientes de la serie, La veleta de Gastizar y Los caudillos de 1830, que juntos componen una sola novela.

16.11.14

Una faena redonda


           Los contrastes de la vida se publicó en 1920, después de La veleta de Gastizar y Los caudillos de 1830, que forman una sola novela, y también de La Isabelina, pero Baroja la puso antes en las Memorias de un hombre de acción, en el tomo VII.
            Ese año de 1920 fue especialmente productivo para Baroja. Publicó también La sensualidad pervertida, otra de sus novelas cumbre, y sus Divagaciones sobre la cultura, en la estela de los libros autobiográficos que venía publicando desde el éxito, en 1917, de Juventud, egolatría. Pero es curioso que desde 1914, año de publicación de Los caminos del mundo, y hasta 1918, cuando publica otra estupenda novela, La veleta de Gastizar, Baroja se dedique solo al ensayo autobiográfico y a las novelas cortas y a las breves. Además de La ruta del aventurero y Los recursos de la astucia, había publicado otro importante relato, La dama de Urtubi, y aun antes de Los contrastes de la vida publicaría otra novela corta, El cura Santa Cruz y su partida. La publicación en 1915 de la novela larga Con el sable y con la espada casi es una excepción.
Ya comentaremos cómo esa proliferación de novelas cortas influyó mucho en la distancia que recorrió Baroja desde 1915. En esas diez novelas cortas, la mayoría muy buenas, hay una condensación del arte de novelar pero también un tránsito hacia su deliberada disgregación. Colocarlas casi todas (dos quedaron fuera) en las memorias de Aviraneta casi exigía juntarlas en tomos sucesivos.
Comento esto porque con cambiarla de sitio en la estantería no bastaba. Este es uno de los casos en que el empeño de las Memorias de un hombre de acción ensombrece algunas obras que las hicieron así de grandes. Cuando hablamos de Tolstoi o del Dostoievski, tan barojiano, empezamos por dividir su obra en novelas, novelas cortas, cuentos y ensayos. Esa distinción, tan necesaria para que breves piezas maestras brillen como los grandes mamotretos, Baroja la resolvió metiendo en un cajón la mayoría, el cajón de Aviraneta, donde la mayoría están por la época o por alguna línea entremetida, no porque tengan que ver con su aventura. ¿Qué habría pasado con estas novelas si en lugar de estar metidas en uno de los veintidós tomos hubieran formado a su vez trilogías de novelas cortas, tan independientes como sus grandes novelas no aviranetianas?
Es una pregunta que me tiene sin dormir, y en el insomnio aprovecho para seguir leyendo.
El capitán mala sombra es el primero de los cuatro relatos de que consta Los contrastes de la vida. En realidad son dos: la primera mitad es el relato de la maniobra envolvente que diseñaron los liberales en Alba de Tormes, con un Empecinado apopléjico al que tienen que llevar en parihuelas. Como relato bélico hay que colocarlo junto a los buenos de El escuadrón del Brigante o el bueno de Con la pluma y con el sable. Lo que no es acción es estrategia, la prosa vuela minuciosa en proporciones épicas perfectas.
Entre los muchos personajes que aparecen en esa primera parte está Juan de Dios, el capitán Malasombra, un buen soldado que le escribe versos a su amada. Él protagoniza el desenlace, en un duelo taurino de aire lopesco en el que acaba pescando un italiano que pasaba por allí.
Baroja no hace más sangre que la de citar a Jovellanos a propósito de las corridas de toros y narrar la cornada fatal con la fuerza con que narraba en los tiempos de La Busca, esa novela que tantas veces se nos apareció en La ruta del aventurero. No sé si Baroja, aparte de aquella de La Busca (“¡mira, mira, el mondongo!”) escribió alguna otra crónica taurina en su vida, pero esta, desde luego, es de antología, y bastante rara, porque trata la suerte de la mancuerna. El propio Baroja explica en qué consiste:

-El mancornar –me contestó el espada- es una suerte de vaqueros. Un hombre puede coger (así decía él) un novillo de tres años; pero a un toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le debe primero capear, haciéndole sufrir todo el destronque posible, y cuando se nota que ya está sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que mancornea, al pasar el toro junto a él le coge el pitón derecho con la mano derecha y, con la izquierda, el pitón del otro lado. Entonces, a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en tierra.

Más adelante, la crónica dice así:

El último toro era grande, negro, con una cornamenta larga y afilada. Perseguía furioso a quien se ponía frente a él. El público vociferaba entusiasmado; los toreros apenas se atrevían a acercarse al animal. Únicamente el Ochavito y el Buñolero se plantaban delante y le daban recortes con la capa. A fuerza de estos lances el animal pareció cansarse, y en un momento que se paró el Buñolero le agarró de la cola.
Entonces se vio a Mala Sombra que avanzaba con el Ochavito, acercándose al toro. En un momento se agarró con presteza a las astas, cuadrándose de pechos ante la fiera. El hombre y el toro quedaron inmóviles; el hombre empujó la cabeza del animal por las puntas, la bestia alzó el hocico, y entonces el hombre metió el hombro por debajo de la barba del animal, y de un empujón lo tumbó al suelo, le puso el pie en el hocico y lo sujetó así.
Hubo una tempestad de aplausos. El capitán Mala Sombra miró entonces al sitio donde estaba su amada. ¿Que vio? No sé. Quizá comprendió rápidamente lo que pasaba entre Conchita y Pancalieri; el caso fue que el capitán soltó el pie, el toro se levantó de improviso, dio un topetazo con el cuerno en mitad del pecho al capitán y pasó por encima de él.
Después se vio al capitán erguirse un momento echando sangre a borbotones por la boca, y luego caer desplomado.
Hubo un momento de pánico entre los toreros.
El público aullaba como una mujer loca, y salía de él un largo y enorme alarido. Algunos querían escapar, pero la mayoría estaba anhelante de angustia, de curiosidad y de pasión.
—¡Calma! , calma! —dijo el Ochavito.
—Esperaos, que ahora viene lo bueno —gritó el Buñolero, como si el espectáculo de la muerte no le afectase lo más mínimo.
El Ochavito y el Buñolero metieron sus capotes y jugaron con el toro, mientras dos alguaciles recogían el muerto.
Algunos pidieron a gritos a la presidencia que terminara la corrida y retiraran al toro, pero esto no era fácil, ni mucho menos.
—Dejadlo —dijo el Ochavito—, yo lo mataré.
El Ochavito y el Buñolero fueron llevando al toro hasta un ángulo de la plaza. El Ochavito dio unos pases de muleta mientras el Buñolero le ayudaba con el capote.
—Échale un poco más allá —decía el Ochavito—. Bueno, bueno; ya está.
Después de algunos vanos intentos, cuando le tuvo a su gusto el Ochavito, se cuadró, y de una estocada como un rayo dejó al toro muerto.
El Buñolero se acercó con una bayoneta en la mano y le dio la puntilla.
La gente, olvidada ya del capitán, comenzó a aplaudir y a gritar. El público fue despejando la plaza; marchaban las mujeres llevando lágrimas en los ojos.

La novela retrocede a los tiempos en que Diamante estaba vivo (murió en Sevilla, por no quererse disfrazar como Aviraneta para emprender la huida), cuando El Empecinado se encontró en Valladolid con el conde de Cartagena, general en jefe del ejército de Galicia. El remate de la entrevista es admirable:

Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego, que me hacía pensar en el alcalde de Zalamez, y, sin saludar a Morillo, salimos los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante de galones, como un ídolo de oro.

            La novela se adorna con buenos personajes como el Chiquet, quien “como buen catalán, era muy torero” y de algún, breve, alegato antitaurino:

Era don Juan Martín enemigo acérrimo de los toros; creía que ete espectáculo no solo no fomentaba el valor, sino que acrecentaba la indiferencia por los dolores ajenos y l cobardía. Entre los liberales las ideas de don Gaspar Melchor de Jovellanos sobre las corridas estaban entonces muy en auge.

            Y, en tratándose de una novela taurina, Baroja la termina con un remate airoso, el desplante del italiano, un donjuán que tiene otro punto de vista sobre la amada del coronel Malasombra. La novela entera es una buena pieza taurina: Baroja deja que se dosfogue la narración en el episodio bélico, luego pone banderillas de celos al capitán Malasombra, que no hacen sino aumentar su acometividad, hasta el punto de crecerse en el castigo como un castellano del XVII y cometer el error del sentimiento. El toro lo estoquea y cuando ya está en el suelo el italiano lo apuntilla.
            Una faena redonda.

14.11.14

La novela deshuesada

            

La primera parte de este libro, El convento de Monsant, ya la hemos comentado aprovechando que se acaba de editar en volumen aparte. La segunda, El viaje sin objeto, creo que también se ha publicado como pieza suelta, pero no sé si en esa edición se ha incluido el final, La aventura de Missolongui, que Baroja publicó cuatro años después, en 1920, en Los contrastes de la vida, tomo VII de las Memorias de un hombre de acción, a pesar de que cronológicamente debiera ser el tomo X.
            En todo caso, La ruta del aventurero es uno de los libros donde menos aparece Aviraneta, sendos cameos fugaces, más fugaz aún el de El viaje sin objeto, y al mismo tiempo uno de los más gozosamente barojianos. Con La aventura de Missolongui o sin ella, ya he colocado este tomo en la vitrina de los grandes libros de Baroja.
            La ruta del aventurero es un libro antológico en un doble sentido: el de ser uno de los libros más característicos de su autor y el de contener retazos de sus obras anteriores. En él hay paisajes calcinados que nos recuerdan a las visiones febriles de Fernando Ossorio, y un tipo de guasa que nos remite a los tiempos de Silvestre Paradox, a sus aficiones dickensianas y a ese personaje, pintor aventurero, caminante de chaqueta al hombro que ahora se llama Thompson y que en otras novelas se llama de otro modo pero es el mismo tipo. Es como si, diez años después, Baroja hubiera revisado la trilogía La vida fantástica, más bien la hubiera adaptado a un estilo más sobrio y punzante, más maduro y socarrón, con frecuencia igual de hermoso. En varias páginas he anotado incluso las iniciales CJC, porque su lectura me ha convencido de que el Viaje a la Alcarria procede más incluso de aquí que de esa otra España negra que pintó y describió Solana.
El libro, en fin, es un ejemplo lozano de cómo no es una estructura dramática lo único que puede armar una novela que es una mezcla de cuaderno de viajes, memorias inventadas e historias de dulce sabor popular. Con los excesos de erudición histórica echábamos de menos la narración, el puro acto de contar, te voy a contar, tengo una historia que contarte, que es en lo que consiste al fin y al cabo una novela. En estos dos últimos tomos Baroja decidió publicar las novelas cortas o relatos cortos que en principio no daban para apañar una novela, por mucho que El viaje sin objeto sea más largo que otras novelas de un solo tomo. El hecho de meterlos en la serie de Aviraneta solo se justifica porque los hechos acaecieron en el primer tercio del siglo XIX, pero uno podría prescindir del decorado histórico y con los mismos mimbres escribir un libro de viajes y meditaciones de ambiente contemporáneo. Es más, El viaje sin objeto ya no sucede en el XIX ni en el XX sino en esa edad barojiana que comprendemos mejor con los dibujos festivos de Julio Caro que con los periódicos de cualquier época. Faltan pocos años, cinco, para que Baroja se instale definitivamente en un mundo de fantasías barojianas en las que él es otro personaje más. Estas novelas cortas ya van ahuecando los cojines.
            El lector barojiano se entretiene a veces con la reordenación de la obra de Baroja. El viaje sin objeto pertenece a la trilogía La vida fantástica igual que El convento de Monsant pertenecía a la tetralogía El mar. Ambos están remetidos en estas Memorias, apenas perfumados por unos datos históricos tan magros que Baroja podría haber metido sin problemas en cualquiera otra de sus novelas. La poca acción histórica, la prisión y la fuga con la que termina el libro ya las ha utilizado en otras novelas de la serie, pero el resto, lo no aviranetiano, es sin embargo altamente barojiano, fresco, terso, luminoso. El problema de Baroja no es que escribiese demasiadas novelas sino que escribió demasiadas novelas buenas, las de la vitrina principal, y algunas como esta, que debería ser un clásico absoluto, permanecen ocultas para la mayoría de los lectores, incluidos algunos estudiosos de su obra.
            Las primeras líneas llaman la atención como si fueran un eslabón perdido:

            Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente como un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.

            No es que suene a Cela; es que Cela suena a 98. Sus querencias bestiales le arrimaban a Solana, pero esta prosa tan limpia… Cela aprendió que si quería domar su prosa tenía que poner la coma después de guerra. Luego se la quitó, esa y todas, pero para entonces ya había escrito el Viaje a la Alcarria, que es lo que importa. Ese proceso de desmitificación y emoción, de ternura y realismo crudo que los del 98, sobre todo Baroja y Machado, aplicaron al paisaje (Unamuno es más campanudo, Azorín más fino), es sobre el que luego construiría Cela su prosa, insensible a la emoción machadiana por efecto de la retranca barojiana, sus breves carcajadas sin abrir la boca.
            Porque en La ruta del aventurero, además, hay mucho humor. Toda la primera parte es un ejercicio de dickensianismo, o incluso, además, muy inglés: “Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina como un estado natural de mi casa”, dice Thompson, que se pasea por Lincolns Inn, como en Bleak House, o recrea un ambiente circense que nos recuerda a Hard times, monta una sociedad no muy limpia con Will Tick, el Houthorn (¿se llamaba así?) de David Copperfield. Thompson elabora gráficos robinsonianos para estructurar y mensurar sus condiciones como persona, o ensaya un lirismo muy británico, con su punto ácido, en el epitafio a su amigo Burton.
            Su punto de vista es el de un inglés que pensase lo mismo que Blanco White, al que cita, así como en Los contrastes de la vida, y a propósito de los toros, citará al antitaurino Jovellanos). La ilustración española coincidió con la borrachera romántica europea: es perfectamente compatible seguir viendo las cosas como Montesquieu y pintar pañuelos de pirata.
            Este tono dickensiano coincide con la estancia en Londres de Thompson. En la manera de componer barojiana hay algo que me gusta mucho. La historia y los caracteres se subordinan a uno de los detalles. Compositivamente, el héroe no está en Londres porque es inglés, sino que es inglés, y dickensiano, porque está en Londres. Es evidente, y así lo deja entrever, que Thompson pensaba en gente como Blanco, porque las siguientes partes parecerán escritas por el más pesimista de los ilustrados o por el más sarcástico de los románticos.
            Esta novela se publicó en 1916, doce años después del año 98, 1902. Pero el que habla sin piedad del país es el mismo cáustico jovenzano: “Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa”. Todo el capítulo ‘Revelación de la España clásica’ es una página importante para la gran antología de la España negra: “Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la catedral me dio la revelación de la España clásica, emborrachada con su sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia”.
            No falta la crítica del covachuelismo galdosiano (origen Larra), con ese trabajo inútil que consigue un taxidermista inglés como Thompson en el museo de Historia natural, y el habitual ramalazo anticlerical: “la política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero, eso sí, la harán con reservas mentales; luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra canallada”.
            Pero estas opiniones, que en este libro están bien proporcionadas, en los años treinta concluirán por devorar la trama entera. Tengo Los visionarios como el primer libro que leí de Baroja que me parecía ya casi sin interés, y Los visionarios está habitado por gente que da opiniones absolutas, crudas y bien dichas, con su punto de escandalosas, o de cascarrabias. Pero nada más.
            Pero el noventayochismo de este libro no se articula solo en frases contundentes sobre los males del país, cosa que Valle-Inclán seguiría haciendo (en cierto modo, comenzaría a hacer) cuatro años después, cuando Baroja parece alejarse un poco de ese tipo de compromiso narrativo y, después de La sensualidad pervertida, sus novelas se alejan del presente combativo yo diría que definitivamente. Podemos pensar que Baroja pone a hervir materiales que aflorarán en la cabeza de Luis Murguía, pero también que Baroja empieza a revisarse, a usar sus propias obras como materia narrativa.
Al margen del dickensiano Silvestre Paradox, en este libro hay huellas claras de La busca y de Camino de perfección. Es difícil no acordarse de don Alonso con la divertida historia del domador de panteras, o de Roberto Hastings cuando Thompson se inventa una fortuna del ascendido comandante Cox, o del Valencia con la pelea del matón de la cárcel de Sanlúcar, o de la pensión de doña Casiana en todo el capítulo ‘La casa de huéspedes’; o, en fin, del propio Manuel cuando encuentra cobijo en casa del señor Custodio: “Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré ser una persona honrada”.
            Y es imposible no acordarse de Camino de perfección cuando uno lee estas líneas:
El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre ; los montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.
Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.

            Quizá el epítome de todos esos homenajes a sí mismo sea el capítulo ‘Las moscas’, con –extraña- ecuación incorporada.
            Pronto los capítulos empiezan a variar de tono y de forma, poemas en prosa que deja caer por el camino, como el discurso al amigo muerto, o algo después la canción a Mary la de Biriatu, creo que un claro antecedente de la Pamposha, la ninfa de La leyenda de Jaun de Alzate, y también del tono poético que emplearía en esa pieza; o la elegía ‘Mare serenitatis’, en un procedimiento que llevaría a su expresión más acabada, quizá, en El gran torbellino del mundo.
            Thompson es un viajero que cuando cruza los Pirineos practica la antropología general: los vascos son celosos y exagerados ( no obstante, vuelve a pasearse por las páginas el teniente Leguía, ministro de Zalacaín), los aristócratas son feos y degenerados,  “en toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre”, y en ese plan, sobre todo cuando le toca el turno a Pamplona, “un pueblo intoxicado por la clericalina”.
El análisis social de la sociedad pamplonesa tiene ese tono ilustrado (a lo Borrow), de inglés pragmático que desprecia ciertas inútiles convenciones o las trata como enfermedades endémicas. Muy cínicamente, en el buen sentido, se hace un buen amigo, Philonous, un perro, que lo acompaña casi toda la novela, hasta que Thompson se tiene que meter en una cárcel (pero qué cárcel, en un cuarto ventilado, con vistas sevillanas y una fugitiva, Tránsito, que le limpia y lo ama) para terminar la novela, como de costumbre últimamente, con una evasión llena de cordeles y ventanucos.
Pero lo histórico específico, la ambientación del 1823, se queda en un desprecio compartido a los realistas franceses y españoles y a unas noticias históricas que están remetidas en tres páginas escasas. Mejor. Baroja lleva varios tomos sin cometer los excesos de Con la pluma y conel sable. Cada vez hay más imaginación y menos historia comprobable, síntoma de salud novelesca, de fortaleza narrativa. La novela termina con algún apunte de romanticismo pintoresco: la seducción de la sobrina de la señora Landon, las armas para Grecia, locos, bandidos, hazañas piscatorias y de un donjuanismo moderadamente maldito. Al final aparece el cabo de unión con el principio de El convento de Monsant, el coronel Mac Clair, que morirá al principio de este libro, lo que quiere decir que todo él empieza en un naufragio y termina poco antes de ese mismo naufragio (falta la aventura en Grecia), como en la primera parte de la Odisea. Y todo ello en unas cuartillas que leyó Thompson a Kitty, la mujer del pobre coronel Hervés.
Este es el plan que seguirá después de las Memorias: unas veces estará más fresco y ocurrente; otras, más espeso. Baroja opta por deshuesar la novela, en suculentos relatos como El convento de Monsant y en fibrosas magras como en El viaje sin objeto. En la primera uno disfruta de la pieza bien hecha; en la segunda, de un método, el de agregar breves fragmentos, pecios de colores, que no necesita de fin. 
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