21.12.06

Barojianismo

Diario de Teruel, 21/12/2006

Se habla mucho últimamente de Navarra. O, para mejor decir, se habla de que se habla de Navarra. De vez en cuando, por esa querencia al verde que tenemos los de secano, voy a la parte de la que se supone que se habla, los valles del Bidasoa, la arkadia euskalduna, los vascos feroces. Uno se retiraría como Sánchez–Ostiz a los prados de Irurita, a disfrutar de ese organismo vivo que se llama caserío; da la impresión de que Sánchez–Ostiz, aparte de ser navarro, haya encontrado en el Baztán un balneario para su barojianismo militante y su amor a los paisajes encapotados. El mío es más un caso de carobarojianismo, porque siempre me llevo a esa parte de Navarra un tomo de sus Estudios Vascos, y recojo en su mirada de antropólogo todo lo que se junta por aquellos impresionantes andurriales: el mito geórgico, las ovejas latxas, los menhires horizontales de las jambas de las bajeras, las aguas desatadas en cualquier inmundo riachuelo, los robles espigados para las vigas, las apacibles vacas o las brumas azuladas. Disfruto la plasticidad exuberante del paisaje, y también una especie de lírica de los aperos, de contemplar las faenas del campo y a las gallinicas que pasean por el prado.
Todo eso es ficción barojiana, por supuesto. Uno viaja por paisajes memorables y escenarios en los que se imagina cosas, y echa unos troncos al fuego y al crepitar de las llamas se suman las esquilas de las ovejas que pastan al lado de la casa. Son ovejas de finas patas negras y largas melenas blancas. Pastan bajo la lluvia como si nada, y las vedijas se les quedan aún más largas y onduladas. Estas ovejas latxas viven en su alimento, no tienen que sufrir tediosas caminatas apelotonadas para buscar algún pasto reseco; ellas pasan tranquilamente el día bajo la lluvia y miran al viajero con un gesto un tanto altivo, como si fuesen ovejas más intelectuales, con más opulencia moral.
Pero lo más barojiano quizá sea cuando asistes, en un pueblo que no pasará de los quinientos habitantes, a una misa estrictamente bilingüe y abarrotada por vecinos de cuatro generaciones distintas. Escuchas rezar a los abuelos euskaldunes y a los jóvenes de aro en la oreja. Escuchas esa joya rara, ese tesoro infrecuente. Su sonido es como las piedras de las jambas de los caseríos. En tiempos de los Baroja esta Arkadia de baserritarras merecía su atención en la medida en que sufría el desprecio y la incomprensión de los demás. Ahora, convertida en altivo parque temático de sí misma, se dedica a una especie de esgrima de salón entre los conservadores de dólmenes y el Opus Dei.

19.12.06

Geórgicas 7


7. La trilla. La selección del grano.

Reglas muchas puedo referir de los antiguos
si es que no desmayas ni te cansa conocer
pormenores del trabajo. La era lo primero:
tienes que igualarla con el rulo poderoso
y cavarla a mano y con la pegajosa greda
endurecer el suelo, que no medren las hierbas
ni se resquebraje avasallada por el polvo ,
que entonces plagas varias la echan a perder:
puso a menudo su casa el ratón diminuto
e hizo granero por debajo de la tierra,
o los topos cegatos, privados de los ojos,
cavaron sus madrigueras, y fue hallado en las huras
un sapo, y la de bichos que lleva la tierra,
y el gorgojo que arruina los vastos muelos de trigo
y la hormiga que teme la mísera vejez.
Observa el almendro, si se cuaja de flores
y comba en el bosque sus ramas olorosas;
si los brotes prosperan, ricos serán los trigos
cuando en la fuerza del calor venga la trilla;
mas si adensa el follaje la sombra exuberante
pajas gordas trillará la era, nunca espigas.

Yo he visto a muchos que al sembrar tratan la semilla
y a lo primero la rocían con salitre
y con amurca negra, para que así el grano
crezca gordo dentro de las vainas engañosas
y se ablande rápido aun con poco fuego.
Yo he visto semillas escogidas muy despacio
y contempladas con dedicación y esmero
degenerar si el hombre cada año las más grandes
no escogía con la mano: así es el destino
que todo lo empeora, y cuando ya lo ha hundido
lo hace ir para atrás, nada distinto de aquél
que a fuerza de remos remonta una barca
río arriba y si ocurre que afloja los brazos,

el río lo atrapa y lo arroja al abismo.


Virgilio, Geórgicas, I, vv. 176–203.

17.12.06

Geórgicas 6


Nombremos las armas de los recios labradores
porque sin ellas las mieses ni pueden sembrarse
ni tampoco crecer. La reja, en primer lugar,
y del corvo arado el roble ponderoso,
y los carros de la eleusina, nuestra madre,
que ruedan despacio, y los trillos y las gradas
y los azadones de tamaños diferentes;
luego los bastos aperos de mimbre celeo
y angarillas hechas con las ramas de un madroño
y el harnero ritüal de los misterios iacos;
dispondrás todo lo que desde tiempo antes
hayas recordado aparejar, si es que mereces
la gloria de unas tierras dignas de los dioses.
Antes con antes se doma con fuerza una rama
de olmo en el bosque para cama del aladro.
Un timón de hasta ocho pies desde el arranque,
dos orejeras y el dental de espaldar doble
se ajustan al camal. Antes se cortan también
para el yugo una rama delgada de tilo
y una de alta haya que sirva para la esteva,
que gobierne la base del tiro desde atrás;
de estas maderas la dureza la examina
el humo si las cuelgas encima del hogar.

Virgilio, Geórgicas, I, vv. 160-175

13.12.06

Tumba

Diario de Teruel, 14/12/2006

El punto de partida del PSOE en el debate de la Ley de Memoria Histórica, que inicia hoy sus deliberaciones en el Parlamento, parece bastante razonable en casi todos los aspectos menos en uno: la tibieza con que afronta la localización de personas ejecutadas. Las indemnizaciones económicas son cosa de ponerle precio a un símbolo, y al final, seguro, ajustarán una pedrea compensatoria sin que la mayoría ponga demasiados peros. En cuanto a los símbolos, sin embargo, yo sería partidario de que los dejasen al arbitrio de las corporaciones locales, por la sencilla razón de que así sabríamos a qué atenernos: quiénes tienen el mal gusto artístico, histórico y moral de mantener los aguiluchos, algunos de bronce antropomorfo; quiénes prefieren reforestar aquella época de la simbología, guardar sus ejemplares más potables en los museos y el resto tirarlos o subastarlos con fines benéficos a condición de que los compradores se los queden en su casa; y quiénes, en todo caso, acuden al argumento inane de que todo es historia, que suele ser argumento de gente obsesionada con pasar a la historia y con manipular la historia de los demás. Con respecto al Valle de los Caídos, no me explico cómo la iglesia católica sigue bendiciendo aquella cantera de esclavos; aunque tampoco me explico por qué agasaja el cadáver de Pinochet con tanta pompa y circunstancia, pero en fin.
Lo que se va a vender como más importante, la revisión de los juicios franquistas, parece un asunto más propio de tertulia de juristas que de restablecimiento de la memoria. La memoria son las cosas, y los símbolos también. No tendrá mayor validez que el autobombo y el apaño una ley que no determine, y no sólo facilite, la identificación científica de las víctimas, muchas de ellas sin ni siquiera juicio, sin derecho ni a un papel. Estamos rescatando a destajo, y felizmente para todos, seres de hace millones de años, así que no creo que sea tan difícil enterrar decentemente restos que aún podrían estar vivos. Los símbolos también son las cosas. Los símbolos no son sólo una palabra o un certificado, ni siquiera una indemnización. Los símbolos son un lugar, una reliquia, una evidencia. Enterrar a los muertos, según mis noticias, sigue siendo una costumbre universal. “Nuestra memoria será tu paraíso”, leí una vez, en una tumba pequeña, tan digna como el Valle de los Caídos, y tan histórica. Los 1005 muertos de Caudé, y tantos otros que no es difícil localizar, exhumar e identificar, se merecían algo más que un monumento que los tape a todos juntos para siempre.

10.12.06

Geórgicas 5


5. Peligros y dificultades de la agricultura

Y, sin embargo, aun a pesar de las labores
de los hombres y los bueyes, que saben muy bien
cómo roturar la tierra, no dan poco mal
los gansos voraces o las grullas estrimonias
o la achicoria de amarga raíz o la sombra,
que no poco perjudica. Júpiter no quiso
que el camino de un cultivo fuese fácil
y el primero fue en mover las tierras con astucia,
en meter cuidado en las conciencias de los hombres
y no consintió que, presos de grave desidia,
sus reinos se abandonasen. Antes que Júpiter
ningún labrador trabajó la tierra. Ni era
de ley marcar o partir el campo con linderos;
buscaban sólo el procomún, y la propia tierra
sin nadie pedirlo liberal todo lo daba.
Fue él quien puso el veneno en las serpientes negras
y ordenó a los lobos provocar estragos;
fue el que removió los mares, el que represó
el vino que a raudales corría por doquier,
escurrió la miel entre las hojas, y el fuego
nos arrebató; que así, a fuerza de ejercicio,
artes varias el hombre forjara, y buscase
brotes de trigo entre los surcos, y arrancase
el fuego escondido entre las venas de la piedra.
Entonces fue cuando por primera vez los ríos
sintieron los troncos de alisos vaciados
y a las estrellas el marino puso número
y nombre a las Pléyades, a las Híadas
y a la hija de Licaón, la fúlgida Osa.
Cazar fieras a lazo y pájaros con liga
y acechar con perros los boscajes muy tupidos
fue entonces inventado; ya uno el ancho río
bate con la honda y busca en lo profundo,
y mojadas mallas arrastra el otro por el mar.
A continuación llegó la rigidez del hierro
y también las estridentes hojas de la sierra
(pues con cuñas partían los hombres primitivos
la leña fácil de hendir), y los varios oficios.
Todo lo venció el trabajo agotador
y las carencias que apuran en tiempos difíciles.
Fue Ceres la primera que enseñó a los hombres
a labrar la tierra con el hierro, cuando ya
las bellotas y madroños del bosque sagrado
escaseaban, y Dodona negó su alimento.
También al trigo se aplicó el trabajo luego,
porque el añublo hacía daño en las espigas
y el inútil cardo se erizaba entre las mieses.
Se pierden las cosechas, el bosque se enmaraña
de abrojos y lampazos, campan por los cultivos
la estéril cizaña y las avenas locas.
Conque si no te aplicas a menudo con rastrillos
a la hierba y asustas a los pájaros con ruido
y la impenetrable sombra del campo umbroso
no despejas con la podadera ni elevas
preces por la lluvia, esperarás en vano, ay,
esos enormes muelos de trigo, y en el bosque
aliviarás el hambre vareando encinas.

Virgilio, Geórgicas, I, vv. 117–159.

Geórgicas 4


4. Cuidado de los campos. El riego necesario.

Elevad vuestras invocaciones, labradores,
por húmedos veranos e inviernos serenos:
farros son hermosos con inviernos polvorosos;
se jacta la Mesia de tanto fruto sin cultivo
y de las cosechas hasta el Gárgara se asombra:
el campo es fecundo. ¿Y qué diré de aquél
que después de haber echado ya la sementera
repasa el terreno y desmenuza los grumos
del nada fértil secano, y luego encamina
las aguas del río en sucesivas canaleras,
y cuando el campo agotado se requema
entre los mustios herbazales, hete aquí
que desde el borde inclinado del canal
hace que salten las aguas? Un ronco rumor
surge al discurrir entre las piedras esmeradas
y refrescan a chorros los áridos bancales.
¿Y qué diré de quien, para evitar que la caña
se acueste bajo el peso de la espiga
mete al ganado a pacer la mies asilvestrada
entre las tiernas yerbecicas cuando asoma
el sembrado por el lomo de los caballones?,
¿y de aquel que seca con arena bebedora
agua de los charcos que se queda retenida?
Sobre todo si, allá por los meses inciertos,
el río va crecido y todo lo inunda
a rastras con el barro, y así se van formando
hondas lagunas que sudan tibia humedad.

Virgilio, Geórgicas, I, vv. 100-117

4.12.06

Geórgicas 3


3. Conviene usar cultivos alternos y quemar rastrojos.

También dejarás, un año sí y otro no,
los campos ya segados descansar, que el barbecho
se haga duro con la nula actividad.
Cuando cambie el tiempo plantarás el rubio trigo
allí donde antes pusiste legumbres lozanas,
de vaina tremolosa, o delicados brotes
de veza y las quebradizas cañas y el follaje
de los amargos altramuces. Queman la tierra
las hazas de lino y la queman las de avena
y queman la tierra los campos de amapolas
todas empapadas con el sueño de Leteo.
Con los años alternos, en cambio, la labor
se hace más llevadera, si no te apura
cubrir los suelos áridos de untoso fiemo
o esparcir ceniza inmunda por la tierra.
Así también, llevando cultivos alternos,
descansan los bancales y no se queda en nada,
mientras tanto, el fruto de la tierra sin arar.
A menudo viene bien incluso pegar fuego
a los campos agotados y las rastrojeras
quemarlas livianas entre llamas crepitantes,
pues tanto da si con esta costumbre las tierras
toman fuerzas ocultas y pingüe alimento
o si el fuego funde la maleza entera
y elimina la humedad innecesaria,
como si el calor le abre los poros a la tierra
y los respiraderos ciegos, que es allí
donde la savia alcanza hasta las hierbas nuevas,
o si la endurece más y las venas abiertas
contrae por que las finas lluvias no la quemen
o la potencia más dura del sol fulminante
o bien el frío del Bóreas penetrativo.
Igualmente ayuda mucho al labrantío
quien rompe los secos terrones con la legona
y les pasa el rastrillo de mimbres, pues no en vano
la rubia Ceres lo contempla en el Olimpo;
y quien, cuando ya está labrado el bancal,
lo que levanta en recto de nuevo lo rotura
con la reja de través, y remueve la tierra
sin desmayo, y firme gobierna en sus cosechas.


Virgilio, Geórgicas, I, vv. 71-99

3.12.06

Geórgicas 2


2. Preparación del terreno. Los diferentes cultivos dependen del lugar.

Por primavera, cuando en las montañas blancas
el hielo se derrite y la gleba reseca
se deshace con el viento, entonces empiece
el toro a gemir con el aladro bien hundido
y en el surco a brillar la desgastada reja.
Cumplirá los votos del labriego codicioso
solamente aquella mies que haya sentido
por dos veces el sol, por dos veces el frío.
Antes de romper terreno ignoto con el hierro
hay que conseguir información sobre los vientos,
de cómo son las variables costumbres del cielo,
los cultivos de siempre, los hábitos del sitio,
qué se da bien en la zona, y qué no se da.
Aquí se cría hermoso el cereal, allí
mejor la uva y más allá plantones de arbolillo
y semillas que verdean sin ningún cultivo.
¿No ves el Tmolo los aromas de azafrán
y la India el marfil que envía y los flojos sabeos
su incienso; y los Cálibes desnudos, sin embargo,
sacan hierro y el Ponto fétido castóreo
y el Epiro triunfos de las yeguas elideas?
Siempre impuso estas leyes la naturaleza,
normas eternas para sitios determinados,
desde aquella época en que Deucalión
arrojaba las piedras a un mundo vacío
de las que nació la dura raza de los hombres.
Vamos, entonces, que labren los bueyes forzudos
la gruesa tierra ya desde los meses primeros
y cueza el estío los terrones polvorientos
con el esplendor del sol. Si es infecunda la tierra
basta levantar un surco leve bajo Arturo,
que allí los frutos no se arguellen con las hierbas
y aquí a los yermos no les falte el agua escasa.

Virgilio, Geórgicas, I, vv. 43-70

2.12.06

Geórgicas 1


1. Proemio. Invocación a los dioses guardianes de la agricultura y la ganadería

Cómo se consigue hacer fecundas las cosechas,
en qué estación hay que pasar la vertedera
por la tierra y a los olmos enredar las parras,
qué cuidado con los bueyes, qué dedicación
reclaman, Mecenas, también las reses menudas,
cuánta experiencia las abejas económicas.
Esto es lo que ahora comienzo a cantar.
Vosotras, oh lumbreras del mundo las más claras,
que al año guiáis, cuando se desliza por el cielo,
Líber y Ceres nutricia, si por gracia vuestra
en espiga gruesa la bellota de Caonia
transformó la tierra, y las aguas aqueloas
mezcló con la flamante uva; y vosotros, Faunos,
divinidades que amparáis a los labriegos
(moved el pie a compás, los Faunos y las Dríades,
pues canto para vosotros); y tú, oh Neptuno,
por quien la tierra echó al caballo relinchante
al ser de gran tridente por primera vez herida;
y tú, Aristeo, el amigo de los bosques,
que allá en las dehesas feraces de Cea
te pacen trescientos novillos como la nieve;
y tú también, Pan, tú que custodias las ovejas,
deja el bosque patrio y la espesura del Liceo
si es que los campos ménalos te preocupan,
ven y asísteme, Tegeo, seme venturoso;
y tú, Minerva, la inventora de la oliva,
y tu hijo, divulgador del corvo arado,
y tú, Silvano, que en tierno ciprés descuajado
te apoyas al andar: dioses todos y diosas
que al cargo estáis del ministerio de los campos
que alimentáis los no sembrados frutos nuevos
que abastecéis con largas lluvias desde el cielo.
Y tú también, César, aunque no esté decidido
qué asamblea de los dioses te dará cobijo,
ya desees visitar ciudades y del campo
ser amparo, y el orbe entero te considere
dueño de los frutos y señor de las tormentas,
las sienes ceñidas con el mirto de la madre;
o acaso vengas hecho el dios del mar infinito
y sólo adoren a tus númenes tus marineros
y Tule remota te sirva y Tetis te compre
y te escoja como yerno entre las olas;
o bien, en esa porción de cielo que se abre
entre el Erígone y las Quelas colindantes
te añadas a los lentos meses como estrella nueva
(que ya estrecha sus pinzas el Escorpión fogoso
y espacio te aparta de sobras en las alturas).
Seas lo que fueres, dame fácil travesía,
pues ni el Tártaro te espera como rey
ni funesto deseo de reinar te invada,
aun si a Grecia le asombran los Campos Elíseos
y Proserpina no piensa en seguir a su madre
cuando ella la reclama). Apiádate conmigo
de los labradores que no saben el camino,
emprende esta ruta, y desde este momento
acostúmbrate a ser implorado por sus votos.


Virgilio, Geórgicas, I, vv. 1-42

27.11.06

Cartuja 2


Nadie habla (claro) ni sugiere ni da a entender ni manifiesta que sea un sacrificio estar en la cartuja, pero tampoco que sea una forma privilegiada de vivir. Esa idea de “estar de espaldas al mundo”, que todos, en mayor o menor medida, hemos albergado alguna vez, como si los monjes representasen una comedia de falsos martirios, desaparece como por ensalmo, nunca mejor dicho, cuando ves El gran silencio.
Es una opción, desde luego, y sus virtudes (no creo que sea exacto llamarlo ventajas) son perfectamente aplicables a cualquiera de nosotros. Excepto aquellas personas cuyas cargas sociales y familiares les impiden concebir más aventuras que, si acaso, quedarse de rodríguez durante el verano, el resto podría, sin salir de casa, abrazar la vida cartujana.
Para percibir el tiempo hay que prescindir del horario, y en la película las indicaciones temporales son irrelevantes. No se nos da ninguna explicación, y me parece muy bien. Todo es un continuum en el que sólo cambian las estaciones, si bien es verdad que la vida cartujana se basa en un
horario muy particular. Se levantan a las once y media de la noche y se ponen a rezar a oscuras hasta las tres de la mañana; después se vuelven a acostar en un jergón de paja dura y allí reposan su cuerpo hasta las siete de la mañana; no desayunan, y desde esa hora se dedican a rezar y a estudiar hasta que deciden alimentarse o vuelven a la iglesia para seguir rezando.
Esto lo podríamos llevar cualquiera, e incluso en condiciones más extremas que las de los cartujos, pues en este mundo nuestro se concibe el silencio como hermano de la soledad, y esta como ausencia traumática de los otros. No es así, no debe ser así. Pocas parejas de novios dan más sensación de amor que las que pasan el tiempo sin decirse nada, leyendo sendos libros, mirando un paisaje lineal o disfrutando de las llamas de la estufa. El habla debería limitarse a las cuestiones de intendencia, o bien a los diálogos activos, esos en los que uno habla por corresponder, pero en los que proporciona siempre más placer estar callado y escuchar al otro. El habla es, sin embargo, una de las pocas actituces morales que nos quedan, como si callar diese mal fario. Recuerdo, de niño, el drama por el que tuvo que pasar un familiar lejano mío, por la sencilla razón de que su hijo, un chico joven pero, en todo caso, mayor de edad, había dejado de hablar. No hubiese sido tan preocupante que dijera tonterías o que fuese lo que se dice un bocas, aun en el caso de que su incontinencia verbal le hubiese puesto en algún embarazoso disparadero.
Pues bien, no sólo no pasa nada por estar callado sino que el silencio invita al dominio de los ruidos. Cuando uno camina por el monte, sobre todo si no tiene costumbre, lo único que escucha es a sí mismo, su jadeo perruno, su desbocado corazón, el frufrú de la siempre excesiva ropa, el monótono sonar entre las piedras de los pesados botos de goretex, amén de un acaloro general que baja el volumen de los sonidos de la naturaleza más allá de lo audible. El silencio sirve no sólo para que no hablemos, sino para acallar nuestro cuerpo. Estar en silencio no es lo mismo que estar callado. El silencio exige una cierta conciencia de silencio: no respirar ruidosamente, no hacer sonar apenas las pisadas; vivir, en fin, en un estado prelevitativo, como esas personas delgadas que caminan elevando mucho los talones.
O sea: vivir con cuidado. Hay una escena en la película muy ilustrativa para este particular. Un monje toma notas (en español) de algún libro sagrado. A pesar de que no son más que las notas de un estudiante, están escritas en papel pautado, la caligrafía es amorosa y cada rabo de cada letra sale con una curvatura cuya estética se adapta muy bien a esa vieja aspiración de Tàpies, el trazo suficiente, la pincelada única capaz ella sola de describir el mundo, al menos, en este caso, el mundo pequeño e infinito, el mundo infinitesimal de los cartujos.



26.11.06

Cartuja 1


Cuando el visitante del museo científico accede a la cámara de silencio, primero siente una presión en los oídos que en realidad es el eco de los ruidos que ha dejado al entrar. Pronto, cuando el equilibrio se acostumbra, se da cuenta con una mezcla de sobrecogimiento y estupefacción de que el silencio absoluto no existe porque siguen sonando los latidos de su propio corazón, tan perceptibles como si estuviera escuchándolos con el fonendoscopio.
El silencio verdadero es eso, la soledad junto a tu corazón, y la forma más civilizada de acceder al silencio sin perder ni la compañía de los otros ni la propia soledad es la vida en un monasterio de cartujos. Tenía unas ganas tremendas de ver El gran silencio, la película sobre la vida en la cartuja. La Scala Paradisi de fray Guigo es uno de mis textos de cabecera en materia espiritual. He aprendido de ellos que la palabra dicha no tiene valor cuando no es más que ruido, y que el silencio fermenta las voces, ahoga los exabruptos, matiza las apreciaciones y elimina lo superfluo y lo engañoso.
En el rato en que, una vez a la semana, los cartujos salen a dar un paseo y les es permitido decir unas palabras, esas palabras, por lógica, deben ser pura esencia espiritual. En la película, sin embargo, en los dos esparcimientos que aparecen no encontramos discusiones profundas sino bromas de monje, que siempre son más afiladas de lo que uno esperaría. En una, hablando sobre la necesidad o no de lavarse las manos antes de entrar los domingos al refectorio, a la única comida en común, un monje comenta que en otras cartujas no lo hacen, y otro le contesta:
–Yo creo que es muy útil. Lo malo es que siempre se me olvida manchármelas.
La otra escena de recreación tiene lugar en un nevero. Los novicios se deslizan por la nieve, practican el snow–board con sandalias. Los monjes viejos los animan y se ríen con las caídas y jalean a los que mantuvieron el equilibrio hasta el final. Después se vuelven al convento.
Del mismo modo que es necesario mirar largas horas un árbol para entender el misterio de las hojas, percibir su existencia y sentirse parte de ellas, acompañado por ellas, así también es necesario callar y repetir los movimientos para desatascar un poco los sentidos, para licuar ese tapón de cera de abeja venenosa que llevamos tan metido y escuchar el corazón de la cartuja, que es de madera. Eso la película lo saca muy bien. En medio del silencio nevado los monjes viven en compañía de sus crujidos. Cruje el suelo de tablas bajo las pisadas. Cruje el jergón del catre cuando se tumban. Cruje la rústica silla cuando se sientan a leer severos tratados de teología. Crujen los leños y crepitan en la estufa de hierro. Crujen los bancos del coro, y los reclinatorios y los atriles donde posan los grandes volúmenes de canto. Crujen las vigas bajo el peso de la nieve y la mesa de estudio bajo el peso de los codos. La madera nos dice que todo es gravedad. Los monjes se comunican por sus huellas, por el ritmo de sus pasos. Deslizan sus inquietudes cuando cambian de postura, su cansancio cuando hacen sonar el reclinatorio a un ritmo distinto, igual que un corazón se acelera en secreto cuando recordamos un episodio de azoramiento, o nos vuelve a visitar una pasión.
En cierto sentido, el ruido que preparan los despenseros con los carros cuando van repartiendo el avituallamiento por las celdas, o el ruido (típicamente cristiano, no sé por qué) que parte el silencio absoluto con expectoraciones quejumbrosas, ese poco cuidado hacia los ruidos del cuerpo que despliegan quienes sienten absoluta familiaridad cuando se navegan por un templo; todos esos ruidos evitables, en fin, que no proceden del peso sino de los movimientos de los hombres, resultan incluso molestos, disipadores, y eso por no hablar del escándalo que organiza un lego para llamar a los gatos, un follón de susurros y bisbiseos que en el cine donde yo estaba viendo la película despertó a media sala.


20.11.06

Probatura


He empezado, un poco a la buena de Dios, a escribir el argumento del próximo folletín de verano, que, de momento, se llama Una flor de hierro. Cuelgo aquí la primera pellada de barro informe que me ha salido.


1. La casa de cristal

El marquesito se llamaba Leopoldo, don Leopoldo de Posos, el marqués de Posos, el marquesito. Acababa de cumplir los treinta y ya nadie le apeaba el don, y lo de marquesito no era porque fuese joven sino porque era el hijo de la marquesa, y además soltero, es decir, en situación de prolongar la infancia y fundirla en una ociosa imagen de rentista, de niño perdis con espolones. La gente siempre se había deshecho en lenguas con el marquesito, pero también cundía en torno a él una cierta simpatía servicial, una especie de agradecimiento patrio por el hecho de que el marquesito jamás, salvo cuando se fue a estudiar, se hubiera marchado de la provincia. No era lo normal. Los jóvenes modernistas como él eran aves de pluma voladora. Todo les venía pequeño y se instalaban en algún palacete de Valencia, o de Barcelona, y muy de vez en cuando, poco menos que para recoger los diezmos, nada más, volvían a la ciudad y pasaban unos días muy aparatosos, llenos de reverencias y actos públicos, para volverse a marchar con los primeros fríos y dejar la casa como un mausoleo abandonado. En el mismo Teruel había varias casas así, terratenientes que no se dignaban siquiera compartir el aire del que vivían. Esto la gente lo llevaba mal. De fuera vendrán..., comentaban a la mínima.
Así que el caso de los marqueses de Posos, de la marquesa sobre todo, que necesitaba para ella sola y para su servidumbre casi todo el palacio de la calle de San Miguel, era muy apreciado entre la ciudadanía. La marquesa no era ruin, sorprendentemente, pero aunque lo hubiera sido siempre habría estado a su favor el hecho de vivir en la ciudad. Siempre la habrían perdonado por ser como de casa, tan campechana ella paseando por la carretera de Cuenca con sus criadas. Y algo parecido sucedía con el cabraloca del marquesito.
La marquesa, doña Dolores, se lo dejó bastante claro cuando Leopoldo terminó sus estudios de abogado. “Muy bien”, le dijo, “ya te han regalado el título y, como no creo que lleves intención de trabajar jamás –y menos mal, por otra parte–, lo único que te pido, hijo mío, es que vivas con discreción”. El marquesito dijo que sí. “Sí, mamá, no te preocupes por eso; tú a mí hazme el favor de no preocuparte por mí, y yo no te daré ningún escándalo, te lo prometo”.
El marquesito casi cumple su promesa. El marquesito era un hombre de palabra, pero la vida se interpone. Como él mismo solía repetir en momentos de especial decadentismo, la vida es una breve primavera. Debió añadir, al decirlo, que nunca sabes cuándo estallarán los truenos, cuando vendrá la tormenta; cuando, sin esperarlo, sin darnos tiempo a cobijarnos, nos anegará la lluvia.
Pero en aquel momento, en 1906, nadie lo habría dicho. Como esos mozos juerguistas que de la noche a la mañana se recogen y sientan la cabeza, y en pocas semanas su imagen, sus movimientos incluso, ya no son los de un gaire bebedor sino los de un padre de familia, así el marquesito, en cuestión de días, adoptó el aire grave de un señor: se encargaba trajes negros, usaba bastón, capa española y bombín de paño, y cualquiera hubiese dicho que era esa la imagen que cultivaría durante los siguientes cuarenta años, hasta que fuera rematadamente viejo.
En la cabeza del marquesito estaba el alternar la imagen que deseaba su madre con algunas escapadas en las que hartarse de vino y rosas. Y así lo hizo, los primeros años. El señor severo que daba prestigio en los entierros se convertía en un pimpollo con las puntas del bigote retorcido que se pintaba los ojos y se perdía en francachelas de poetas. Su imagen pálida, su semblante adusto, esa forma digna de ir al lado de su madre, sujetándola del bracete, esa manera tan seria de intervenir en las conversaciones, todos esos achaques de solterón eran perfectos para las reuniones vespertinas de la marquesa y para el complejo entramado de actos piadosos con que la señora rellenaba su vejez. La marquesa era madrina de casi todas las cofradías de Semana Santa, ella en persona se encargaba de diseñar los mantos de flores de la Virgen. Bueno, ella no. El que lo hacía era el marquesito, pero su faceta de florista era una de las que su madre le había pedido que no sacase a pasear. A cambio, una vez al año, el marquesito podía asomarse al balcón de los Ferranes, solícitos amigos suyos, y ver una procesión de Viernes Santo que en realidad era un desfile con sus diseños florales, como aquel que asiste a una pasarela de moda de esas que un par de veces al año el marquesito veía en París.
Lo de las flores era un secreto. A tres o cuatro leguas de la capital, según se remonta el Guadalaviar, en una de aquellas vegas que bajan del páramo hasta el río, Leopoldo cuidaba sus flores en una masía fluvial que él había convertido en invernadero. En los últimos tiempos, entre que su madre andaba un poco renqueante y que su pasión botánica lo absorbía, Leopoldo apenas iba perezosamente a Zaragoza, pero las grandes juergas valencianas iban distanciándose en el tiempo. Ahora ya se estaban pasando los fríos y en el invernadero había que trabajar a destajo. El marquesito empleaba a estudiantes pobres de los Hermanos de la Salle, venidos de los pueblos, a los que durante casi todo el invierno metía en la biblioteca para que estudiasen junto a la estufa.
Todos lo llamaron siempre el invernadero, empezando por la marquesa, a la que le horrorizaba una casa que en verano pudiera estar infestada de mosquitos y que en invierno sólo fuese frecuentada por labradores. Era una de esas casas con forma de gallina clueca que pueblan las masadas de los pueblos, pero estaba cubierta de octubre a mayo por una cristalera que daba la vuelta a las cuatro fachadas. Durante los meses de invierno sólo se veía desde el camino que bordea el río una cristalera de reflejos plateados entre la maraña de las ramas de los sauces, que cuando echaban hoja la emboscaban y ya no se veía nada.
Al principio Leopoldo sólo iba para recoger las flores. En la parte más baja de la finca, al nivel del río, había sustituido las antiguas plantaciones de pipirigallo por hileras de dalias y de crisantemos, y los huertos que bañan en terrazas las acequias se poblaron de clavelinas. Hubo una época en Teruel, a principios del siglo XX, en que a todos los muertos se les echaba en la fosa un ramo de flores de Leopoldo, cuya oscura silueta figuró en la cabecera de la mayoría de los entierros.
La jardinería no era solo un pasatiempo. Poco a poco, casi sin darse cuenta, un libro ahora, unas zapatillas de paño después, Leopoldo fue trasladando al invernadero las habitaciones que ocupaba en el palacio. Una tarde, como tenía por costumbre, mientras tomaban el té desde los balconcitos que daban a la plaza de la Bombardera, Leopoldo anunció a su madre que se iba de viaje. La madre nunca ponía el menor inconveniente. “Sí, hijo, sí”, le decía, “sal y desfógate un poco, y no te olvides de traerme unas botellas de agua de Vichy”. Esa vez, sin embargo, en vez de alojarse en el pisito del paseo de Colón, o en su apartamento del Park Güell, Leopoldo se marchó al invernadero y allí pasó, protegido por la enorme cristalera que brillaba entre las ramas de los sauces, un par de semanas en las que gozó de la felicidad morbosa del silencio y del cuidado constante de las flores. Ayudaba a sus ayudantes en sus deberes, un chico de Alfambra, Luisín, y otro de Fuentescalientes, Isidoro, pasaba revista minuciosa de las flores o se sentaba en el sillón de orejas frente al fuego bajo, a leer un tratado de Celestino Mutis.
Y pensaba. La situación le hacía gracia. “Parezco un Tiberio”, bromeaba junto a un rododendro, pero lo más gracioso era que aquellos dos muchachos, a su edad y con sus circunstancias, habrían estado al servicio de cualquier otra familia pudiente, y desde luego no los habrían empleado en ponerlos a estudiar. Y sin embargo, como tantas otras cosas, había que ayudarlos en secreto. ¡Un solterón con dos muchachos, y allí en el huerto! El escándalo que se imaginaba le hacía reír de emoción a Leopoldo, pero la promesa de no afligir a su madre y un cierto olfato para la prudencia que había heredado de su padre lo convencieron de llevar siempre consigo a un criado de la casa, alguien de la absoluta confianza de su señora madre, el más viejo y leal de los criados, Fermín, un anciano fibroso que escardaba los gladiolos con la mano.
Estas medidas de protección ante el escándalo sólo lo abandonaban en la más absoluta soledad, lo que sintió aquella tarde que los muchachos ya se habían ido a sus pueblos y Fermín estaba en un entierro humilde, representando a la familia, y él se marchó al invernadero y las horas iban más despacio y más deprisa, lo primero porque pudo disfrutar todo el tiempo de sí mismo y su silencio y lo segundo porque al terminar aquellas dos semanas se sintió mucho más joven, menos cínico, con más ganas de vivir.
Nada más volver a casa, como si viniera del extranjero, entró frotándose las manos al gabinete de su madre, dispuesto a contarle bellas mentiras y a proponerle proyectos interesantes.
–Se me ha ocurrido que no estamos dejando en la ciudad, aparte de este palacio, ninguna huella arquitectónica, mamá.
–¿Ah, sí? Pero querido, ¿y quién te piensas que pagó el panteón?
–No seas tan estricta, mamá. Yo pensaba en algo un poco más visible.
–Una estatua de tu padre, ni lo sueñes.
–¿No? ¿Y por qué no? Una estatua tipo Castelar. O bien tipo Flaubert. ¿No te parecería mejor así? Papá fue un prohombre de la ciudad. A los prohombres se les hacen estatuas de bronce con barriga y bigotes largos. Papá gastaba bigotes de moco, mamá.
La madre fingía enfados de madre, y el hijo se sentaba en el brazo de su sillón, mientras probaba las tortas finas.
–No te rías de tu padre. ¿De dónde has sacado esas tonterías?
–No te enfades, mamá. Yo estaba pensando en algo mejor. ¿Qué te parece un asilo para ancianitos desamparados?
–Carísimo.
–¿Y no te haría ilusión, mamá?
–Llama a Josefina y dile que me caliente la tetera, que está helada. No sé yo dónde querrás ir a parar, hijo mío.
Leopoldo tiró de la campanilla.
–¿Y una iglesia?
–¿Otra?
–Mamá, si te refieres al mausoleo, nadie se va a acordar jamás del dinero que pusiste.
–¿Y se puede saber por qué una iglesia? ¿No te parecen pocas, que nos pasamos la vida en ellas?
–Esto va a ser la fe, mamá. Esto va a ser que me he caído del caballo.
–Yo no sé si tú te habrás caído del caballo, Leopoldo, pero yo, del guindo, hace mucho ya que me he caído. Así que tú verás lo que haces, pero las facturas las voy a seguir firmando yo.
–¡En qué concepto me tiene, señora marquesa!
–No me vengas con pamplinas. Si no sujeto a tu padre, nos deja en la puta calle. Así que como para ponerle estatuas.
Leopoldo dio por cumplimentado el protocolo y se puso manos a la obra. Hacía tiempo que pensaba en un arquitecto catalán que vivió durante algunos años en Teruel pero tuvo que volverse a Cataluña y ahora trabajaba, según sus últimas noticias, para el ayuntamiento de Tortosa. Este arquitecto, Pau Monguió, había traído un aire nuevo a la ciudad. Sólo había estado tres años en Teruel, entre 1899 y 1902, pero en ese tiempo participó en la reconstrucción del convento de los Franciscanos y construyó el panteón del Capítulo Eclesiástico, aparte del nuevo Depósito de Cadáveres, todo ello en un estilo muy moderno.
Leopoldo lo conoció en la Sociedad Económica Turolense de Amigos del País, donde pronto Monguió había sido nombrado presidente de la Sección de Instrucción y Bellas Artes. Leopoldo pensaba en él como el artista al que se podía dejar suelto para que desarrollase lo que no había tenido la oportunidad de crear en un mundo tan saturado de genios como el de Barcelona. Pensaba en él para el invernadero, para levantar una hermosa villa floral, una villa como la de Adriano, mejor que Tiberio. La llamaría, eso lo supo desde el principio, La Villa de Pomona.
Pero Leopoldo era todavía un estudiante que escribía versos en los libros de derecho mercantil. Entonces era sólo una ilusión modernista, y su padre, que aún vivía, nunca quiso saber nada de arte. Pero ahora era él. Y él quería decorar el invernadero. Había que averiguar qué había sido de Monguió, que salió a escape de la ciudad, víctima de un turbio asunto que Leopoldo no vivió y que ahora no le importaba en absoluto. Puesto que no había sido posible una revolución moral, por lo menos iba a darse el gusto de una revolución estética, aunque tuviera que vestirse de negro para siempre.

19.11.06

Partenón


¿Debería el British Museum restituir a Grecia las esculturas del Partenón que el embajador lord Elgin se llevó a Inglaterra a principios del siglo XIX? Naturalmente que no, y el día que lo haga me parecerá un signo de decadencia irreversible, un expolio que nuestra propia cultura perpetrará contra sí misma.
Si la cultura europea, la que nació en la antigua Grecia, ha sobrevivido no es gracias a los griegos, y cuando digo los griegos me refiero a la gente que ha vivido en esa tierra tan convulsa, frontera caliente durante siglos entre lo que ahora consideramos Europa y el imperio Otomano. Si uno mira la lista de revoluciones, guerras civiles, pronunciamientos y algaradas que tuvieron lugar en Grecia después de que lord Elgin se llevara las esculturas, a uno le alivia que se las llevase, sin necesidad de recordar que la democracia fue restituida en Grecia gracias a los ingleses, no a los antiguos griegos.
“Pero es que ahora Grecia ya es un país democrático y tal y cual”. Muy bien, ¿y qué? Yo no leo a los antiguos griegos gracias a los modernos griegos sino a los anglosajones, a su maravillosa Bibliotheca Loeb, a las inmejorables ediciones de Oxford, al grandioso diccionario de Liddell y Scott, a los eruditos comentarios de Walbank. Grecia tiene, desde siempre (desde entonces también, que tampoco era una malva) la mala suerte de estar en unas coordenadas geográficas inquietantes. Lo mismo le sucede a España. Somos países de sutura, culturas acaloradas. Y eso, tarde o temprano, se acaba filtrando. Los ingleses ven cómo el alcalde de Segovia autoriza tapar el Acueducto con una mole de cemento, o el de Toledo cómo firma una urbanización de acosados para tapar las vistas del Greco, y piensan que, si tuviesen un partenón español, tampoco lo devolverían. Empiezas votando a un alcalde sin escrúpulos y acabas como los budas de Bamiyán.
En la historia moderna de Europa hay tres países que se han ocupado como es debido de mantener el legado griego: son Inglaterra, Alemania y Francia, o, dicho en metonimia, Oxford, Teubner y Budé. Para mí Grecia no es lo que hay en Grecia, sino lo que leo en los libros ingleses y veo en los museos de Inglaterra. Grecia no tiene por qué estar en un país que ya tiene bastante con conservar lo que no se perdió del todo. Grecia está en un busto de escayola que tengo en mi estudio. Un busto inglés, por supuesto.

P.S.: Una información completa y algo más seria de la discusión la encontrarás en
esta página de la BBC.

18.11.06

Iluminación


No recuerdo bien ahora si fue Turgueniev de quien Flaubert dijo que no le gustaba porque “se repite y filosofa”. Eso fue antes de que la novela terminara por absorber a los otros géneros igual que ahora una multinacional absorbe pequeñas empresas en quiebra. Flaubert ya no conoció el prestigio de la novela/poema, la novela/teatro, la novela/ensayo, la novela/cuento estirado, y mucho menos ese género de la novela/memoria que tanta basura inorgánica genera en España.
Ni repetirse ni filosofar es malo, pero entiendo a Flaubert. Estos días estoy leyendo La fortuna de Matilda Turpin, el Planeta de Pombo, que es exactamente eso, un libro de cuatrocientas páginas lleno de repeticiones y filosofías. Pombo se está unamunizando. Lleva dos o tres novelas en las que ya no le interesan los objetos, nombrar las cosas, describir las escenas, narrar los acontecimienos. Los acontecimientos ya son sólo un salón ibseniano poblado por fantasmas de otras novelas y un narrador al que se le nota cómo ha ido escribiendo la novela, qué día ha escrito qué párrafo, qué estaba leyendo entonces, qué tiempo hacía, que comió para almorzar.
Todo esto, en principio, no importa porque uno es fan de Pombo y porque también puede mirarse de otro modo: muy potente debe ser un estilo para que no necesite nada más, que es, por otra parte, lo que siempre deseó Flaubert, que fuera el estilo el que llevara en andas la novela, que la narración fuera un ente semoviente, vivo por sí mismo, sin necesidad de trucos narrativos, absolutamente libre.
Pero esto, el estilo, es algo que Pombo consiguió hace muchos años. De la casi inverosímil potencia narrativa de El metro de platino iridiado a esta novela de ahora han pasado más de quince años. Leo aquella novela, la abro por cualquier página, y no es sólo el estilo, es el reconocible mundo el que me anega, como si hubiese accedido de nuevo a visitar a unas personas con las que conviví algún tiempo y a las que visito de vez en cuando. El paseo de Rosales sólo cobra encarnadura real en mi memoria cuando veo pasear por él a María, la heroína de El metro. Y cuando paseo por el paseo casi siento la melancolía de quien pisa barrios donde ya son otros los que los disfrutan.
Pero en esta novela no hay calles, no hay muebles más que meramente nombrados, no hay gestos ni olores, no hay largas escenas llenas de detalles que enhebrados en su impresionante prosa creaban el mundo, lo hacían vivir. Ahora hay, sobre todo, íes. Es increíble la cantidad de íes que utiliza Pombo. Es imposible que ningún otro escritor haya utilizado tantas en el mismo número de páginas. Íes y aes, pero sobre todo íes. Las imágenes rilkeanas exaltadas, las del Protocolo para la rehabilitación del firmamento, que se desplegaba deslumbrante porque los versos no cabían en el libro, de tan exaltativos. Esto da un color amarillo claro, un amarillo sol con fogonazos de luz pura, una cortina de rayos marianos detrás de la que pululan máscaras de personajes ya conocidos. Uno ya los saluda con afecto. ¡Hombre, Gonzalito!, dice cuando aparece Fernandín, aunque también pudiera decir ¡hombre, Quirós!, u ¡hombre, Esteban!, o algún otro. Y lo mismo pasa con las heroínas. María despedazada deja sus mitades esparcidas entre varias mujeres. Las dos protagonistas de esta novela son ella desguazada. Se ha muerto (pero está muy presente) la parte heroica, Matilda, pero todavía vive su bondad sencilla, Emilia. Es como si hubiera vuelto a barajar a sus personajes de siempre para ir jugando solitarios por las mañanas. Cada solitario, un capítulo, a ver qué dicen estos, a ver qué piensan estos, en una melopea interpretativa que deja en manos del azar la brillantez narrativa, porque la otra, la estilística, a pesar de una lamentable corrección de pruebas, sigue tan esplendorosa y firme como siempre. Pombo ha escrito lo que le ha salido. Se ha repetido, ha filosofado, y ha ganado un pastón. El libro lo acabaré porque ya no es nada frecuente leer un libro nuevo entero tan bien escrito, y porque sigo siendo fan, pero me gustaba más el Pombo austeniano, el Pombo de mesa camilla. La velocidad iluminada de su prosa lo ha contagiado de unamunismo, los personajes empiezan a sufrir una taxidermia filosófica que les saca el alma pero les deja la figura como deshinchada, como sin vida.

16.11.06

Invierno


Este año el invierno ha llegado al mismo tiempo que la navidad, a mediados de noviembre. Juan Carlos Navarro tiró esta foto la semana pasada en una umbría que hay al lado de su casa. Fue la primera rosada en condiciones, el primer día de hielo. Me gusta el color hidrógeno de las hojas arrugadas y esos cilios como esporas. Las hojas de esta dulcámara son de por sí arrugadas: al lado de la baya sin escarcha se ve bien el haz verde higuera de una hoja todavía viva; el resto, sin embargo, ha entrado en ausencia fósil de color. Si no fuese por las bayas, diría que es una de esas fotos de colores matados que tanto me gustan.
Sería demasiado fácil cantar a la vida colorada de las bayas. Pero no, a mí lo que me gusta son las hojas acartonadas, esos tallos como patas de saltamontes puestas a desinfectar. Me gusta lo que hay de muerte en el invierno, de congelación del tiempo. En esta ciudad el invierno es muy largo y eso siempre me ha dado cierta sensación de tranquilidad. Es la única época del año en la que la belleza no depende de algo que se termina y te obliga a esas contemplaciones del crepúsculo tan estresantes, breves para lo que quisieras disfrutarlas y largas para lo que estás dispuesto a soportar. En primavera no doy abasto con los brotes, con las hojas tiernas y peludas que me obligan a admirarlas y me hacen desear que los árboles estén cuajados, el regreso de la sombra. El verano es pesado, veloz y maloliente. Todo se agosta en seguida y la gente no deja de hacer tonterías porque sufre la obligación moral de gozar, de ir a muchos sitios y de sudar mucho. Pero nadie nunca es tan feliz como el verano le sugiere. Y el otoño, en fin, es el colmo de la velocidad. Nada está igual que el día anterior, así que todo hay que mirarlo por última vez, con esa buena voluntad impuesta de quien abandona los objetos de la infancia, o los lugares a los que no piensa volver. De no ser por los crisantemos, que se pasan el buen tiempo con hojas invernales y sus flores duran unos cuantos días de silencio, salir al jardín sería insoportable.
Pero en invierno todas estas memeces poéticas no tienen mayor sentido. La gente y las moscas desaparecen, en los caminos hay menos pisadas. La inmovilidad del frío es propicia para los trabajos lentos, para las investigaciones inútiles, y uno respira porque durante una época muy dilatada nadie te pedirá ser tan lozano como las bayas, y nadie se asombrará porque se te haya helado la sonrisa. En invierno, antiguamente, no se hacía la guerra.

14.11.06

Historia


Diario de Teruel, 16/11/2006

Todavía en tiempos de la reina Leonor, el país se convirtió en una red de leyes bizantinas de las que sólo se podía salir estando quieto y callado. Fue un proceso que había arrancado en décadas anteriores, cuando se instaló en los sucesivos gobiernos y en la ciudadanía en general el axioma de que está permitido todo lo que no está prohibido. La gente había perdido la capacidad de abstracción y no entendía vaguedades difusas como daño ambiental o violencia física, y era necesario especificar los delitos con una concisión tan extrema que hubo que poner en manos de los ordenadores la fabricación de leyes que atajasen los miles de delitos, hasta entonces sólo conductas inmorales, que afloraban debajo de cualquier ladrillo.
El Código Civil llegó a ser un valiosísimo manual de antropología, pues a las leyes sobre lo que no debe hacerse se sumaron las que estipulaban lo que había que hacer. Así, los repertorios legislativos empezaron a registrar artículos que imponían a los padres la obligación de dar a sus hijos de desayunar, y estos debían llevar a clase un manual en el que se enumeraban y describían todos los comportamientos punibles. El ordenador debía crear leyes que distinguiesen con claridad el delito de tirarle un teléfono a la cabeza al profesor del delito de partir a una niña la pierna por tres sitios, porque los padres pagaban por ley abogados expertos en lexicografía que buscaban las cosquillas a las acusaciones, recurrían las decisiones y las dejaban pudrirse cuando, años después, llegaba una sentencia firme tan devaluada que ya no servía más que de tarjeta postal.
Hubo que prohibir a los obreros que saliesen en procesión para defender los chanchullos de sus patronos, y que obligar a los cardenales a que no encubriesen pederastas. Tuvieron que regular las licencias para jugar al golf e imponer severos impuestos sobre cada brizna de césped, pero la metástasis era tal que pronto salieron miles de especies de césped no regulado, miles de objetos no identificados con los que agredir, miles de maneras de encubrir las perversiones o de destrozar el patrimonio natural. La ley, empero, estaba luchando sin saberlo contra sí misma. Su incapacidad absoluta para resumir y, por lo tanto, para cualquier forma de moral, de ley no escrita, generaba una regulación tan desproporcionada que terminó por protegerse casi de cualquier movimiento de sus legislados. Como a Funes el Memorioso, la pérdida de la abstracción le llevó al silencio, al hundimiento y, en este caso, a la dinastía de los Poceros.

5.11.06

Cabecero


Diario de Teruel, 9/11/2006

No hay muchos árboles que sean más hermosos desnudos que con hojas. Las hayas, por ejemplo, ocupan en nuestro imaginario el sitio de las ramas dactilares, de los bosques con ojos. La selva de Irati es tan espectacular cuando las hojas cambian de color como cuando ya están todas en el suelo. A las hayas tentaculares de los cuentos siguen castaños desdibujados en una niebla de ramones grises, con esa rugosidad blanquecina de las cortezas que les aporta un aire casi místico de fragilidad.
También estarían entre los más hermosos los álamos desnudos, sus flamas frías, sus porte gótico esquemático, de no haber sido por el prestigio machadiano de los álamos dorados. Sin embargo, la familia de los chopos, desnuda, es mucho más impresionante si se trata de árboles trasmochos, de chopos cabeceros, como muy oportunamente nos recuerda Chabier de Jaime Lorén, una autoridad en la materia.
En otras zonas más conscientes de sus encantos, el árbol trasmocho es una institución de la naturaleza civilizada, y no me refiero a los mondadores de plátanos, tan castellanos, sino a los trasmochos del País Vasco y de Navarra, protegidos como un dolmen que estuviera vivo. Lorén no desaprovecha las oportunidades de recordarnos que en Teruel viven importantes bosques de cabeceros que se están abandonando por la falta de uso y por la ignorancia correspondiente. Es decir, lo que un padre cuida porque le interesa (madera para las vigas y para las judías, para los cestos y para carbón), el hijo lo abandona porque no lo necesita, salvo que su recuerdo empiece a serle rentable, claro.
El cabecero es, además, un símbolo muy rico. Es brutalmente podado pero vive más que los que no se podan. No crece mucho pero genera troncos mucho más robustos. No está pensado para el disfrute (los hombres lo escamondan y las cabras lo ramonean) pero esos viejos muñones erizados de ramas tiernas consiguen un dramatismo como de labradores viejos, cargados de hombros, las falanges nudosas, la tez labrada, el pelo tieso. En cualquier caso, nos impresiona como versión pequeña de un árbol gigantesco, o como versión gigante de un arbusto pequeño. Su tamaño está humanizado, pero al mismo tiempo choca con las proporciones que acostumbramos a ver. En ese desajuste creo yo que se ve su aspecto de culto basto y pagano, su imponente condición estética.


1.11.06

Scoop


Me hacen gracia los comentarios refunfuñones de los críticos cuando todos los años por estas fechas juzgan la nueva película de Woody Allen. Todos dicen abiertamente o sugieren ladinamente, según lo sinceros o lo zorros que sean, que Allen se copia a sí mismo y que la película no es tan buena como otra del año 74, del 87 o del 92, igual que un catador de vinos tragaría sonriendo para adentro, con la relajante suficiencia del a mí no me la pegas. Si supiesen entender su propia actitud de críticos enólogos no serían tan perdonavidas.
Anoche, mientras empezaba la película, eché un vistazo a la filmografía que venía detallada en el prospecto. Desde 1966 hasta 2006, es decir, en cuarenta años, ha escrito, dirigido y muchas veces interpretado treinta y siete películas. Eso quiere decir, sobre todo, que ha sabido zafarse de las grandes y dilatadas producciones, no sólo de la industria comestible sino de las epopeyas de verdad. Su carrera es más a lo largo que a lo ancho, y aun así abundan las obras maestras. Estos críticos borrachos de grandeza pasan por alto la increíble labor de estilización que cada año atornilla todavía más la transparencia de sus películas. Cada vez están más despojadas, igual que el mago que Woody Allen interpreta en la película manosea trucos viejos y el público ríe con su condición de previsibles, pero siempre termina su actuación con un número inexplicable, igual de sencillo que los demás, igual de perfectamente ejecutado, pero nuevo, limpio, recién nacido.
Los años en que las películas no son tan maravillosas, a uno le queda la limpieza de la narración, la sabia disposición de los elementos, la gracia fresca de los chistes viejos, o la desternillante de los nuevos; eso que, en resumen, podríamos llamar destreza. A mucho cine contemporáneo (y a casi todo el español) le sobran kilos de ambición y de ortodoxia cinéfila. Uno tiene la sensación de que las películas, más que filmadas, están manipuladas, y que siempre hay varias personas calculando los detalles, vigilando para que no se escape el conocimiento ni se cuele la inspiración. A Woody Allen, sin embargo, me lo imagino trazando cuatro rayas, zas zas, dejando que sea su experiencia y su talento los que las vayan dirigiendo, es decir, sin intervenir demasiado en lo que naturalmente su genio produce. En ese sentido, estoy seguro de que Allen ve sus películas en una posición parecida a la del espectador: a ver qué ha salido este año. Lejos de entender esto, los críticos beodos de enciclopedismo le acusan de trabajar poco las películas, cuando es esa su mayor virtud, porque hay algo en el arte que excede al control del artista, algo sublime que, si sale, sólo puede salir así, rápidamente, casi sin enterarse. Si no hay sublimidad, queda la maestría, que siempre añadirá detalles antológicos a su larga obra.
De Scoop me quedo con esa creciente sensación de teatralidad que llevo viviendo estos últimos años con sus películas. A pesar de que todo el mundo habla por los codos, sus palabras están al servicio del momento en el que son pronunciadas. Me ponen del hígado los guionistas fabricantes de diálogos que sólo sirven para cuadrar la escena. Eso que nos creemos que es la mímesis, el hecho de que lo importante, para serlo, debe estar arropado por lo secundario, Woody Allen lo interpreta a su manera, pero en su libertad recupera un clasicismo cristalino. Todo es igual de importante e igual de secundario, todo se basta por sí mismo y todo funciona para el todo. Un ligue con todos sus pasos de baile nupcial le cuesta contarlo un minuto, la escena se nos dice con gracia y no hay ni asomo de precipitación, la velocidad es perfecta, nunca echamos nada de menos, el ritmo lo compone una sucesión de agradables sorpresas. Las situaciones previsibles hacen que gocemos más de ellas, nos encanta que vuelvan a aparecer los personajes, esperamos a ver cómo resuelve el final que deliberadamente ya nos ha contado, igual que los verdaderos cuentistas cuentan primero lo que van a contar, pero siempre emboban cuando vuelven a contarlo y siempre, siempre hay algo muy hermoso que se guardaban para el final.
Nos imaginamos que el periodista muerto aparecerá donde aparece, pero ninguno nos pensábamos que seguiría muerto, que es, por otra parte, lo más lógico. Esa sorpresa, ese llevarnos a prever lo irreal pero encantarnos todavía más con lo real, también sucede con la película entera. Dejo a quien lea esto que vea cómo.

Iranzo


Diario de Teruel, 2/11/2006
José Miguel Iranzo acaba de firmar un magnífico documental sobre su tocayo, José Iranzo, el Pastor de Andorra, que a los noventa años ha grabado un disco al cuidado de Joaquín Carbonell y mantiene la misma portentosa voz para cantar las jotas que para contar su vida. A los que no escuchamos jotas todos los días, la figura del pastor Iranzo nos suena, además de a la Palomica, al cantador asilvestrado al que se enseña por el mundo como si su voz fuera una rareza etnográfica, con la misma sospechosa condescendencia con que al mismísimo Camarón lo llamaban salvaje. Cuando los progres de entonces (Labordeta uno de ellos) lo escuchaban cantar, se creían exploradores de vanguardias escondidas en la tierra de labor, y les hacía gracia que el pastor les explicara que es así como cantan los pastores cuando están en una cueva y juegan con las reverberaciones; pero yo creo que no lo terminaban de entender.
Todo esto sería poco si el otro Iranzo, el de la cámara, sólo nos hubiera enseñado al jotero que dejaba la masada para irse de gira por Europa y rechazaba contratos en Cuba porque le estaban pariendo las ovejas. Iranzo nos enseña mucho más; literalmente, nos lo muestra, con la misma transparencia de los ojos del Pastor cuando comenta las ventajas de viajar o nos dice que el origen de la mala salud son los disgustos, y que él nunca ha pleiteado con nadie, y menos con su mujer, su querida Pascuala, a quien dedica una estremecedora, bellísima declaración de amor. No cometeré la torpeza de transcribirla de memoria, pero se me ha quedado grabada como me impresionan las personas que son serenos testigos de sus sentimientos, los contemplan, los escuchan y los siguen, pero no se los inventan ni los usan nunca para torturarse ellos ni para torturar a los demás.
Sería una verdadera lástima que sólo los joteros acudiesen a esta estupenda obra de arte de los dos iranzos. El pastor Iranzo no sólo tenía voz para cantar, sino sobre todo para hablar. Su perfección narrativa es a la literatura oral lo que sus jotas a la música popular, porque no sólo es una forma entretenidísima de contar las cosas sino también una forma natural de verlas, de gozar del entusiasmo de estar vivo y ser inmune a los manejos políticos y a las sofisticaciones culturalistas. El pastor cuida el ganado sobre el fondo de las chimeneas de la térmica de Andorra, y canta la palomica. El otro Iranzo, el de la cámara, lo sabe mirar.

28.10.06

Casting


El próximo día 6 estrenan en España Todos los hombres del rey, segunda versión cinematográfica de la novela con la que Robert Penn Warren ganó el Pulitzer en 1947 (en ese año, en España, el Premio Nacional de Literatura fue para Vicente Escrivá...). La novela es espléndida. Anagrama la ha reeditado por la llegada de la película y con el subterfugio de que es una edición restaurada. Da igual. La novela sigue siendo espléndida y es algo así como el paradigma de cierto tipo de clásicos norteamericanos del siglo XX, construidas con férreas estructuras cinematográficas y recubiertas de un impetuoso lirismo épico que sólo se detiene ante la posibilidad de aburrir.
Datos aparte, que no tengo sitio, la estoy leyendo estos días y espero el estreno con un cierto escepticismo, y todo por culpa o gracias a mi falta de información. Vi la novela reeditada y empecé a leerla, pero a mitad de lectura un amigo me comentó que iban a estrenar una película protagonizada por Sean Penn. Seguí con la lectura pensando que Sean Penn era el narrador, Jack Burden, un periodista sureño de buena familia que trabaja al servicio del gobernador Willie Talos.
De todos modos, la conciencia de quién va a protagonizar una película mientras te estás leyendo la novela en la que está basada entró en colisión con el tipo de personajes que yo me había imaginado desde el principio, y que tienen que ver con el mundo de Edward Hopper o con los pintiparados actores de Robert Rossen, sobre todo Broderick Crawford, pero no, ciertamente, con Sean Penn y sus formas afiladas.
La sorpresa creció cuando me entero de que Penn va a ser Willie, el palurdo que aprende retórica a palos y se convierte en un benefactor chapucero, practica un paternalismo mafioso y siempre da la sensación de que está a punto de estallar “con su cara un tanto bovina y sus ojos saltones”, escribe Warren, con sus trajes sudados y esa forma de subirse los pantalones que tienen los que ya han echado barriga. Por momentos lo veía como John Goodman, o por lo menos como Rusell Crowe.
Veremos qué pasa. Estoy deseando comprobar cómo han metido el monólogo de Willie con su teoría de que el buen gobernante debe ir por delante de la ley, y que a unos votantes satisfechos no les puede molestar demasiado que su candidato sea un matón.


25.10.06

Gota 3


En el tejado de la buhardilla que hay encima de mi dormitorio salió una gotera que es como un metrónomo. Las gotas caen con eco en la loza del orinal que puse hace muchos años; cuando llueve mucho lo suplemento con un palangana. Una vez me decidí a restañar la gotera pero después de los primeros tocamientos me dio la sensación de que era una gotera única, y que la techumbre sólo estaba dañada en un milímetro cuadrado, así que la dejé estar.
Pasaron los años, sólo permaneció el goteo en las noches de lluvia sobre un orinal con herrumbres concéntricas. Mi dormitorio ha estado siempre, desde antes de la gotera, debajo del orinal. A veces, en noches de luna llena, las lágrimas de la lámpara parecen menear sus brillos cuando en el piso de arriba una gota golpea la loza. Otras veces la lluvia está sincronizada con el reloj, y las gotas suenan con la cadencia exacta de la saeta. Ver desde mi lecho la sombra del carillón y escuchar la gota por segundo que sigue rellenando el orinal sobre mi frente, en estas noches de otoño destemplado, antes de que pongan la calefacción central, es una sensación temporal estereofónica que no podrían mejorar el silencio ni el repiqueteo de la lluvia en los cristales. Cuando llueve mucho y tengo que poner la palangana, o incluso una bañera vieja que encontré en la basura, el tiempo me anega, y cuando está dejando de llover, cuando antes de cada gota ya parece que se hayan terminado todas, siento que me muero.
Lo peor, sin embargo, ha ocurrido estos días. Lleva quince días seguidos lloviendo y yo ya me había acostumbrado al silencio. Es una lluvia extraordinariamente regular, el orinal parece un rolex. Por las tardes me acompaña mientras leo en el sillón de orejas y por las noches me sustituye con filosofía pagana el cuento de las ovejitas. No soy consciente de ella, pero si deja de llover y se alargan los segundos, vuelvo a escucharla de inmediato, y nunca deja de abandonarme entonces un cierto amago de sobresalto.
Esta mañana he coincidido en el ascensor con el vecino. No me había dado cuenta de que me ha salido un eczema en el entrecejo. El vecino, que siempre mira donde no debe, me lo ha hecho notar. Me hizo gracia la coincidencia, pero cuando iba a contarle el chiste fácil de la gotera, el vecino me ha interrumpido.
–Oye, por cierto, en el dormitorio tengo una gotera. Sólo es una, y ya casi me voy acostumbrando, pero, en fin, a lo mejor habría que hacer algo, porque baja directa de tu trastero.
El ascensor nos ha dejado abajo, yo estaba ya pensando en el eczema y no he sabido contestar:
–Sí –le digo–, ahora mismo iba a la farmacia.


Otras gotas: Gota, Gota 2

23.10.06

Salterio


Diario de Teruel, 25/10/2006

Cada vez que surge algún caso (iba a llamarlo escándalo, pero ya ni eso) en el que un alcalde trincón ha vendido a sus vecinos, o les ha endilgado una urbanización en la ermita, o les ha dado la espalda para obedecer a su señor, o simplemente ha tomado decisiones que sólo le competía ejecutar, como son todas aquellas que se relacionan con el arte y con el urbanismo, noto que estos alcaldes corrompidos sacan más pecho y desprecian a sus acusadores como si sólo se tratase de una maniobra política del enemigo. Como mucho, cuando los pillan, los echan del partido, pero nadie los cubre de brea y de plumas, nadie los destierra ni siquiera los señala por la calle con el dedo. Hemos asistido a casos en que alcaldes criminales regresaron como héroes al ayuntamiento, porque a sus votantes les importaba menos la decencia o la ley que las pingües recalificaciones que se avecinaban. En cierta ocasión, el alcalde de un pueblo donde viví algún tiempo me ofreció un remolque de leña si votaba su candidatura. Lo hizo sin el más mínimo rubor, sin ahuecar la voz con la mano ni subirse las solapas de la gabardina ni mirar a los lados por si hubiera testigos de nuestros manejos. La leña, por supuesto, no era suya.
La política municipal es la única que nos distingue como ciudadanos y no sólo como habitantes. Nos pensábamos que cuando se fuesen los corregidores de Franco vendrían los vecinos a sustituirlos, individuos con arranque que sacrificarían unos años de su vida para luchar por la felicidad y el buen gobierno de su pueblo. El alcalde más votado de España, el de Parla, recibe todos los días a los vecinos, pero la gente no lo vota por este gesto populista sino porque ha cumplido todas sus promesas, ha mejorado la vida en el pueblo y a nadie se le pasa por la cabeza que sea capaz de robar. Es de los pocos alcaldes que no son sólo comisarios políticos sobrevenidos; les mueve la misma vergüenza que los demás han perdido cuando se contonean por su predio y se comportan como si, en vez de ser votados, hubieran sacado unas oposiciones a cacique.
La culpa, como sucede con los arrapiezos maleducados, suele ser de quienes se lo consienten. Un alcalde es la más alta institución moral de un pueblo, más incluso que el cura. Salvo por lo que respecta a la lujuria, que no es asunto público en sí misma, debe demostrar todos los días que no peca, ni siquiera de gula, ni siquiera de soberbia.

Vega


Diario de Teruel, 19/10/2006
Se conoce que van a emprender ya las obras del río, parece ser que ya están todos los papeles y enseguida entrarán las máquinas. Un paseo fluvial, dicen que va a ser, y ya era hora, eso por descontado. Lo que pasa es que uno mira las obras que aprueba el ayuntamiento y le empiezan a temblar las piernas. Mira si no lo que hicieron en El Campillo, con la charca aquella que hay al lado de la iglesia, que estaba la mar de maja rodeada de arbolicos. Pues se metió el ayuntamiento y lo primero que hizo fue talar los árboles, y luego cascó unas escolleras que ni en el Puerto de Sagunto. Así que te asomas ahora (enfrente dan un morro al ajillo de categoría) y ves una cosa pelada como la de las urbanizaciones nuevas, esas blancas que brillan tanto, y dices bueno, y aquí las olas dónde están, vamos a ver. Las olas y los árboles, que yo no sé qué tendrán contra los árboles, pero aquí se los cargan en cuanto te descuidas. Y en El Campillo porque debió de acabárseles el presupuesto, que si no ya te digo yo que van y nos calzan un aparcamiento subterráneo debajo del agua, son capaces.
Así que miro la vega y me la imagino llena de escolleras y de algún que otro árbol enfermo en una maceta. Esa vega ha padecido mucho. Ya empezaron partiéndola por la mitad con la variante, que siempre ha sido peligrosísima, y en vez de caminos y acequias y huertos, como había más coches que tomates, proliferaron los talleres y los concesionarios. La gente huye del río, y del ruido y del peligro, de todo a la vez huye.
Con que nos escoscasen un poco las orillas, que están llenas de mierda, yo creo que nos apañábamos. A ver si montan un pifostio de losas grises como en la Glorieta y nos quedamos sin huerto y sin río. Ya una vez abrieron una poza y le pusieron Club Náutico, que pasabas por allí y daba la sensación de que tenían los yates amarrados en la piscina. Así que, como les vuelva a dar por los delirios de grandeza, estos nos embaldosan la vega. Y la vega, oiga, no será un monumento mudéjar pero es la vega, y una ciudad rodeada de verde da más gozo que rodeada de cemento. Yo creo que ya tendríamos bastante con unos farolicos que parezca que han estado siempre y con bancos de azulejos desportillados, con veredas entre los chopos y algún puente pequeño, como si siempre hubiésemos sabido disfrutar del río.

20.10.06

Sinceridad


La curiosidad es a veces un poco masoquista. Anoche me pasé por la página del Weekly Standard, la biblia del neoconservadurismo norteamericano, y leí con atención de forense un artículo en el que un tal William Kristol clama por que no se haga más caso a la ONU ni a la blanda China, por que se incrementen las tropas en el extranjero, por una alianza con Japón de espaldas a China en el asunto de Corea del Norte, por sitiar ese país con un régimen de excepción, amén de bombardear Sudán e intervenir en Rusia “para ayudar los demócratas”, y, en fin, por que se incrementen las sanciones contra Irán y se lo amenace de invasión. El artículo termina con un llamamiento sobrecogedor: “Se está haciendo tarde”.
En ese mismo semanario escribe la rutilante abogada que encandila a sus fans diciéndoles que el petróleo era una buena razón para invadir Irak “porque todos usamos coche”, o que las víctimas del 11–S no son quiénes para criticar a Bush “porque el dolor no las ha hecho expertas en política internacional”. En el estilo incendiario, de insurrección permanente que utilizan los neoconservadores, esta mujer aplica una receta muy antigua, la de llevar la verdad hasta sus consecuencias más demoledoras, entendida la verdad como lo que uno piensa en el momento en el que le preguntan. Es el principio del cinismo, una forma erística que suele desarmar al enemigo y que tradicionalmente se ha combatido con el tabú de la decencia. Eso no lo puedes decir aunque lo pienses, nos dice una voz que no viene de la religión sino de la sensatez, un descubrimiento como el de que un matrimonio no funciona gracias a la sinceridad sino a la buena educación. Saltarse ese trámite, esa censura previa, es lo que más excita, según la filosofía neoconservadora, a las masas ignorantes. Y no es un recurso exclusivo de la derecha: ayer, en un canal progresista, se anunciaba una serie televisiva como honestamente brutal, como si los héroes fuesen aquellos capaces de decir las burradas que nosotros reprimimos por un elemental sentido de la decencia.
En España la derecha neoconservadora, por estridente que resulte, taún no ha salido de la fase previa, la de mentir como bellacos. Pero lo peor está por venir, cuando se líen la manta a la cabeza y empiecen a pregonar eso que todos piensan y nadie se atreve a decir, por duro, inmoral, hiriente o peligroso que pueda resultar.

16.10.06

Apuesta


Cuando me enteré de que habían contratado a Pombo para el premio Planeta me llevé una alegría, primero porque soy un fan, y luego porque me intriga saber cómo caerá un peso pesado como Pombo en las frágiles estanterías de los clientes de Planeta. He leído en el periódico de la mañana que la apuesta de la editorial es considerable porque cada vez que contratan a un escritor bueno no amortizan la inversión. Y Pombo es muy bueno.
Pero es tan bueno que seguro que se lo ha tomado como lo que es y ha pensado, porque sabe hacerlo, en el público lector. Conjeturemos un poco con los datos.
El título es La fortuna de Mathilda Turpin. A Pombo le gustan los nombres significativos. ¡Ojalá sea un recuerdo a Mathilde de La Mole, a quien aún le debo una bernardina! Pero Turpin, nombre de bandolero inglés, es una clave que nos acerca más al Pombo que se fotografiaba con la bandera pirata, el de Aparición del eterno femenino, una joya que todavía me deslumbra. O con la destarifada protagonista de Una ventana al norte. O con la madre de Quirós en Los delitos insignificantes. El hecho de que la acción suceda en Santander, no obstante, apunta más a la Violeta de Donde las mujeres, una Violeta casada, envejecida.
Pero se ha sabido que Mathilda es un ama de casa que vive con un catedrático de filosofía y se dedica a los negocios. Estos dos personajes ya salieron en El metro, cómo no, y sobre todo en la novela por la que yo apuesto como modelo de la que ganó el Planeta, la Telepena de Celia Cecilia Villalobos, una señora oral, demasiado oral, que le dio para uno de esos juegos literarios que alterna entre plato y plato. El último plato ha sido Contranatura, potente y de lenta digestión, así que ahora le toca una perla de pocas páginas, llena de mujeres un poco locatis y de hombres que se atormentan tratando de llamar a las cosas por su nombre.El dato que peor llevo es que la protagonista se muere de cáncer, porque implica que no está narrada en primera persona. Eso le da cierta ventaja al lirismo filosófico frente a la charreta de mesa camilla, que yo creo que es lo que vendría bien al Planeta para sanearlo un poco y pescar lectores de ocasión. Pombo dijo que no sabía si hacía bien diciendo que la protagonista muere. Me pregunto qué habrá pensado el editor, porque el premio Planeta es un regalo que también se hace a los enfermos, el sector clínico es importantísimo para rentabilizar la inversión. Pero también es verdad que la enfermedad y la muerte suelen ser, entre la gente que no lee a menudo, una garantía de éxito. Veremos.

15.10.06

Alain-Fournier 2


Como lector, los finales de las novelas no me importan gran cosa. Mejor dicho, me importa que no sean gran cosa. Detesto el rataplán continuado de los finales operísticos, casi tanto como esos mecanismos de relojería que parecen escritos del revés, más pendientes del destino que del itinerario. Creo que lo que solemos considerar un final redondo es algo importado del teatro, porque la novela siempre fue un artefacto semoviente que se terminaba cuando había llegado a un determinado número de páginas o al autor le fastidiaba continuar. Una cosa es apañar dulces finales sin estridencias, o cortar por lo sano, o abandonar la historia como si arrojases el tintero a los personajes, y otra muy distinta empeñar en ese final todo el recuerdo que pueda quedar de la novela.
Digo esto porque El gran Maulnes, del que tan bien hablé en la bernardina anterior, acopia de manera tan extensa todo lo que no me gusta de un final, que, si no fuera porque su autor murió tan joven y da no sé qué criticarlo, tendría que hacer verdaderos esfuerzos para no decir que le sobra toda la tercera parte y el final de la segunda. Todo es pleonástico y se nota demasiado que el autor se ha metido en la narración con ganas de emocionar a cualquier precio, aunque sea el precio de la fantasmagoría. Al mismo tiempo, se le ve angustiado, con ganas de terminar pero sin saber muy bien cómo y, lo que es peor, desconfiando de haber llegado a una página en la que ya esté todo dicho y ya se pueda terminar. En la edición que yo he leído la novela tiene 342 páginas, y hay un fragmento en la 227 que yo daría por bueno para terminar, como mucho al final del capítulo correspondiente, porque a partir de ahí todo es lírico meloso y los detalles desaparecen. La ausencia de lo que me deslumbró al principio, esa manera de ver los paisajes y los objetos, los gestos y los movimientos, me ha llegado a cargar como me carga esa gente que canta muy bien una copla y, como todo el mundo aplaude, luego no hay manera de callarlo, pero ya no es capaz de producir el encanto del principio.
Vaya en descargo de mi atrevimiento el fragmento en cuestión, que copio como pena por hablar tan a la ligera de un clásico tan joven. Es de lo que más me gusta de la novela: durante algunas páginas, Alain–Fournier nos cuenta delicadas anécdotas y da explicaciones precisas de lugares imaginarios. Todo se hace muy llevadero hasta que de pronto la prosa estalla de lirismo. El fragmento sólo se disfruta, como las arias de las óperas, si va precedida de otros tonos menos extremos. Ése ha sido, dicho sea de paso, el fallo de mucha prosa lírica española, que nacía obligada a ser sublime sin interrupción y enseguida degenera en pestiño. Pero bueno, el fragmento dice así:

Por primera vez, heme aquí, también yo, por el camino de la aventura. Pero esta vez no son conchas abandonadas por las aguas lo que busco bajo la dirección del señor Seurel, ni orquídeas desconocidas para el maestro de escuela, ni siquiera, como nos ocurría a menudo en el campo del tío Martín, aquella fuente honda y seca, cubierta por una reja, sepultada bajo tanta maleza que cada vez se necesitaba más tiempo para encontrarla... Lo que busco ahora es algo más misterioso aún. Es aquel pasaje del que hablan los libros, el antiguo camino obstruido, aquél con cuya entrada no pudo dar el príncipe rendido de fatiga. Es un camino que se descubre a la hora más incierta de la mañana, cuando hace ya mucho que se te ha olvidado que van a ser las once, las doce... Y de repente, al apartar las ramas en medio de la fronda espesa, con ese gesto vacilante de las manos, a la altura del rostro, desigualmente separadas, se te aparece una larga avenida sombría que acaba en un minúsculo círculo de luz.
Pero mientras espero y me embriago de ese modo, bruscamente desemboco en una especie de claro que resulta ser sencillamente un prado. He llegado, sin apenas darme cuenta, al extremo del bosque comunal, que siempre había imaginado infinitamente lejos. Y ahí está, a mi derecha, entre unas pilas de troncos, vibrante en la sombra, la casa del guarda. Dos pares de medias se secan en ese momento en el antepecho de la ventana. Años atrás, cuando llegábamos a la entrada del bosque, siempre decíamos señalando un punto de luz al final de la inmensa alameda oscura: “Allá lejos está la casa del guarda; la casa de Baladier.” Pero nunca nos habíamos atrevido a llegar hasta allí. A veces oíamos decir, como si se tratase de una expedición extraordinaria: “¡Ha llegado hasta la casa del guarda!” Esta vez yo he llegado hasta la casa de Baladier, pero no he encontrado nada
.

Síntoma


Los clientes asiduos de Iberlibro (nunca han funcionado mejor las librerías de viejo) echamos de menos que las librerías pequeñas mantengan títulos viejos o ediciones útiles y raras. Dicen que no tienen espacio. Una buena piedra de toque consiste en mirar cómo van de griegos y romanos. Salvo por la colección Gredos, que ya veremos cómo funciona con RBA, las librerías madrileñas están muy mal dotadas. Miessner siempre guardó casi completa la Bibliotheca Loeb, pero ahora es muy difícil encontrar algún rincón bien surtido de textos clásicos de la editorial Bosh, por no hablar de las colecciones del CSIC o incluso de las ediciones escolares de Gredos. Ahora se reeditan los clásicos del Intituto de Estudios Políticos, en edición dura, carísima y tampoco demasiado bella; pero incluso estos es difícil encontrarlos.
No ocurre lo mismo en algunas librerías de provincias. Otros viajeros miden la simpatía de los camareros o el firme de las carreteras, y yo busco en la sección grecolatina de las librerías generales. Para empezar, dice mucho de una librería la delicadeza de sacar fondos antiguos de una disciplina que se cultiva como una flor exótica. Y dice mucho de una ciudad de provincias que se mantenga suficiente público como para que los clásicos conserven un par de metros de estantería. Suele ocurrir en ciudades pequeñas con facultades universitarias. La librería Cervantes de Salamanca sigue siendo una delicia, aunque no está tan bien surtida como hace algunos años. La librería Ojanguren de Oviedo guarda suministro para una hora larga de curiosidad. Y aún hay otras que por lo menos mantienen los libros obligatorios de la facultad, como la Casa del Libro de Valencia, que, sin embargo, últimamente reorganizó el sótano y desparecieron muchos textos anotados, y ya no puedes encontrar la espléndida Primera antología griega de Adrados y Fernández Galiano.
Pero, al margen de eso, siempre me sorprende la constancia con que aparecen los clásicos en librerías como la Paradiso de Gijón o la también Cervantes de Oviedo, donde acabo de comprar una Antología Griega del Bachiller del año 1960, publicado entonces por la Bibliotheca Comillensis en la editorial Sal Terrae de Santander. Es una delicia melancólica de impresión, con una tipografía griega como la que utiliza Einaudi en Italia o las Editiones Helveticae, mucho más hermosa, a mi modo de ver, que las cursivas de Oxford, Teubner o Loeb, y ese sabor a hule y a goma de borrar de los textos escolares antiguos. Las ilustraciones están grabadas en tintas de colores desleídos, y entre sus muchas virtudes está la de incluir una nutrida representación del Diálogo de los muertos de Luciano. El método, la antología y las anotaciones están muy bien pensadas, y algunas dicen más de lo que parecen decir. Por lo demás, algunos ejercicios suenan como los poemas de Ramond Queneau, y en las fábulas y las anécdotas históricas siempre se siente la mano que mece la linotipia.
Si tuviese que cambiar de ciudad, uno de los criterios sería sin duda la posibilidad de encontrar libros como este sin recurrir a internet. Por alguna razón que en su día explicará la teoría del caos, las ciudades donde sí pueden encontrarse son más paseables que las otras. Será por eso por lo que me cuesta tanto encontrarlos en Madrid.

11.10.06

Verdad


Diario de Teruel, 12 de octubre de 2006

Casi recuerdo mejor las ferias de otoño que las de San Isidro. En otoño fue aquel toro de Martínez Benavides, el que subió a Paula a los cielos, y también los naturales de Esplá al toro de Adolfo Martín que había mandado al Califa a la enfermería. Será que recuerdo mejor sin sol, que todo me parece más hondo y más cercano, y por eso estas tardes azules de octubre, limpias, encapotadas, con una leve media luna de sol en los altos del 6, tibio sol naranja de atardecer, me resultan más íntimas que aquellas tardes de moscas, claveles, abanicos y un estomagante exceso de fulgor.
De esta última feria me llevaré el recuerdo de cómo vi a un muchacho aprender algo. Miguel Ángel Perera, el más nuevo de la terna, había irritado al personal con el toreo despegado y sin sustancia que se practica ahora. Como es un buen mozo, estiraba el brazo y más que torear parecía que estuviese pescando. Le pitaban los que estaban seguros de que podía dar más de sí, porque la mayoría, cuando ve que un torero se alivia tanto ya tan joven, lo da por perdido y se calla. “¡Esa pieeerna!”, gritó un aficionado contumaz. A mi lado había un muchacho aún más joven que Perera. Era su primer día en Las Ventas y yo le traducía las amonestaciones que venían del 7. “Se refiere”, le dije, “a que la pierna contraria, la que carga la suerte, es la que rompe la trayectoria natural del toro”. El muchacho espectador afinó la vista y desde entonces vi dibujadas en sus ojos las líneas maestras del toreo, ese momento sagrado en que notas que alguien aprende a mirar.
Miguel Ángel Perera recibió al sexto y dejó perfectamente claro que había oído al de la pierna. La faena le salió intensa y atropellada, arrojada y confusa, pero Perera no quitó la pierna, y su sencilla firmeza delante de un toraco peligroso cundió como una llama en los tendidos, que de inmediato se pusieron de parte del matador. Mi compañero de tendido y yo aplaudíamos convencidos, y también el de la pierna, cómo no. Entonces, mientras el público respetuoso esperaba la salida de los matadores, traté de explicarle a mi joven compañero de tendido lo que, en términos taurinos, significa la palabra verdad.

5.10.06

Alain-Fournier


Me veo obligado a posponer un poco más unas palabras sobre la gran Mathilde de La Mole porque nada más terminar la lectura de Rojo y negro, mientras me disponía a no sacar el ritmo de Stendhal de mi cerebro leyendo sus Crónicas italianas, se cruzó un desconocido, Alain–Fournier, que no es del XIX pero casi. En muy poco tiempo han salido tres ediciones distintas de El gran Maulnes, una novelita que llevo mediada y que me está encantando. Así que, antes de regresar a la biblioteca del marqués de La Mole, donde Mathilde pasa el tiempo desesperándose con el borrico de Julien (y leyendo a Voltaire) me quedo unos minutos con Alain–Fournier.
Sólo lo conocía de verlo en las estanterías móviles de la Casa del Libro, pero nunca lo cataba porque el apellido me sonaba a rollazo proselitista, a naipes y a gangrena. Y he de reconocer que sólo ha sido al comprar Las ilusiones perdidas de Balzac, en esas ediciones en tela que está sacando Mondadori, cuando me he interesado al verlo junto a títulos tan fundamentales. Al husmear un poco y leer que era una novela de adolescencia, una vez muerto y bien muerto el incorregible Sorel, y puesto que voy buscando voces adolescentes para mis probaturas folletinescas, decidí empezar con ella.
Alain–Fournier murió en la guerra del 14, fusilado, a los 28 años. Un poco antes había escrito esta novela. Es la historia de un muchacho de quince años, hijo de un maestro de pueblo a cuya escuela llega un chico nuevo, Augustin Maulnes, una especie de Huckleberry Finn a la francesa, es decir, sin que la acción se lo coma todo, y la propia acción como una colección de estampas congeladas, de momentos a partir de los cuales se comprende el sentimiento con que está contada la historia. He aquí, por ejemplo, un genuino microrrelato. A los amantes de Auster les tiene que gustar.

Examinó atentamente la pata del animal y no descubrió en ella rastro alguno de herida. La yegua, medrosa, la levantaba en cuanto Meaulnes pretendía tocársela y escarbaba el suelo con su casco pesado y torpe. Al fin comprendió que lo que tenía el animal era simplemente una piedra incrustada en la pezuña. Como muchacho experto en el manejo del ganado, se puso en cuclillas, intentó asirle la pata derecha con su mano izquierda y ponérsela entre las rodillas, pero el coche le estorbaba. Por dos veces la yegua se le escabulló, avanzando unos metros. El estribo le golpeó en la cabeza y la rueda le lastimó la rodilla. Tenaz, acabó por vencer la resistencia del asustadizo animal, pero el guijarro estaba tan hundido que Meaulnes tuvo que echar mano de su navaja de campesino para podérselo sacar.
Terminada la tarea y cuando al fin pudo levantar la cabeza, medio aturdido y con los ojos turbios, notó con estupor que estaba anocheciendo...
Cualquier otro que no hubiera sido Meaulnes hubiera vuelto sobre sus pasos de inmediato. Era el único modo de no extraviarse aún más. Pero pensó que debía de hallarse en aquel momento muy lejos de La Motte. Además, la yegua podía haber tomado por un atajo mientras él dormía. Y, a fin de cuentas, aquel camino debía de llevar antes o después a algún pueblo... Añadamos a todas estas razones el hecho de que el muchacho, al poner de nuevo pie en el estribo, mientras el animal tiraba impaciente de las riendas, sentía crecer en su interior el deseo exasperado de conseguir algo, de llegar a algún sitio, a pesar de todos los obstáculos.
Fustigó a la yegua, que se espantó un poco y volvió al trote. La oscuridad aumentaba. En el sendero, convertido en un barrancal, apenas si quedaba paso para el coche. A veces, una rama seca del seto se enganchaba en la rueda y se rompía con un ruido seco... Cuando cerró la noche, Meaulnes pensó de pronto, con un estremecimiento en el corazón, en el comedor de Sainte–Agathe, donde, en aquellos momentos, estaríamos todos reunidos. Sintió entonces un acceso de cólera, mitigado después por el orgullo y la profunda alegría de haberse fugado de aquel modo, sin querer...
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