4.12.16

Eneas desesperado



Eneida, I, 92-101


Ya los miembros de Eneas el frío desmadeja,
gime y tendiendo ambas manos a las estrellas
a voces así clama: ‘¡Oh mil veces dichosos
aquellos que tuvieron la suerte de morir
delante de sus padres, al pie de las murallas
altísimas de Troya! ¡Oh hijo de Tideo,
el más fuerte de toda la estirpe de los Dánaos!
¿Por qué no sucumbí en los campos de Ilión
y mi alma entregué bajo tu diestra mano,
allí donde el feroz Héctor yace abatido
por la lanza de Aquiles, allí donde el coloso
Sarpedón, donde el Símois arrastra en su oleaje
tantos cascos y escudos y cuerpos de guerreros?' 

20.11.16

Cruzar el viaducto


Todos pasamos cada día por muchos sitios, pero hay muy pocos sitios por donde pasemos todos. Ángeles Pérez decidió detenerse en un sitio donde casi nunca se detiene nadie, sacar a la gente una foto en la circunstancia excepcional de estar parada. En un viaducto como el de Teruel solo se paran los forasteros. Los bancos de piedra que sostienen las farolas a lo largo de la valla solo han servido a los vecinos para atarse los zapatos. A fin de cuentas, estamos demasiado cerca del vacío.
Pero la gente, al ver a Ángeles, se detenía unos minutos. Casi todos sonríen a la cámara con la alegría de quien se ha encontrado con una buena idea de la que no les da reparo formar parte. ¿En qué consiste esa buena idea? Las sonrisas indican que les complace algo excepcional y cotidiano, extravagante y razonable. Muchos de ellos llevan pasando por ese puente a diario desde que nacieron. Rara vez uno lo cruza una sola vez al día, salvo que vaya a marcharse de la ciudad, o haya pasado la noche en la otra parte. Siendo niños ya lo atravesaban rozando con el dedo las barras de hierro del pretil. Era más peligrosa la acera muy estrecha, las ruedas de los coches que lamían el bordillo. Después se convirtió en un ancho paseo por el que apetece caminar más lentamente, incluso saludar a un conocido, un momento, girando el torso sin apenas detenerse. Todos lo tienen como un símbolo de la ciudad.
Para estas personas el puente divide las cosas de la vida. La realidad de uno y otro lado es en ellos parcial, el uno es el trabajo y el otro la vivienda, el uno es el ocio y el otro es el negocio, el uno son los padres y el otro son los hijos, o los amigos, o nadie. La gente que cruza el puente cada día se desnuda de unas circunstancias antes de vestirse con otras. En unas los veríamos escribiendo en un ordenador, asistiendo a un funeral, tomando copas, y en otras haciendo la compra, sacando al perro, tomando café. Las conclusiones que sacaríamos en uno y otro caso serían más o menos diferentes, pero nunca idénticas. En el puente la realidad es la del que va y viene por un territorio neutral. 
El ojo de un puente es una vida sin suelo. Cambia la fisonomía de lo que está lejos, pero el entorno, la sensación, es siempre la misma. Algunos vecinos prefirieron posar sentados, pero con ello duplicaban la excepcionalidad hasta neutralizarla, porque el viaducto es una realidad fugitiva. No se trata de congelar el movimiento sino de subirse a él mientras dure el acto de no detenerse, y menos si, como sucedió durante los cien días que Ángeles abordó a los transeúntes, hace un frío que pela. Con frío la realidad es aún más clara.
Ángeles preguntaba a los vecinos que atravesaban el Viaducto, entre otras cuestiones interesantes, reales, por qué lado solían pasar. Hay gente que lo pasa como cuando había tráfico. Ahora que todo es peatonal hay quien sigue observando una norma irrelevante, o que quiere seguir guardando durante toda su vida una costumbre infantil. Otros pasan por la rejilla del desagüe que marca una línea recta por mitad de la calzada, un camino equidistante del vacío.
Nuestra forma de pasar un puente dice mucho de nosotros. En medio de la nada los gestos son transparentes. Subidos a una construcción inverosímil no se suele fingir. La gente, en las fotos, sonríe o no sonríe, pero son ellos en una imagen que valdría para fijar una idea de su persona. Los edificios están lejos, detrás de lo que nos rodea, tapando su presente, como aplicándole una veladura intemporal. Mientras lo estamos atravesando, nuestra realidad somos nosotros, aislados, abstractos, desnudos de circunstancias, rodeados de aire.

Este texto aparece como prólogo del libro Cruzar el viaducto, de Ángeles Pérez

10.11.16

Modelos de pulcritud


La muy deficiente colección de relatos de Soledad Puértolas convivió unos días en mi escritorio, mal asunto, con Catedral, de Raymond Carver, un libro que leí entusiasmado hace un cuarto de siglo y que en cierto modo marcó mi idea de entonces sobre lo que era la literatura. El entusiasmo llegó hasta el cine, porque si hay una película de principios de los 90 que pueda yo nombrar como emblemática de aquella época, esa película es Short cuts, de Robert Altman, que después dio tanto de sí que casi se convirtió en un género.  
Las grandes obras se pulen con el tiempo, como si se secasen las capas de barniz, o la intemperie las disolviera y quedase el texto en carne viva, aere perennium, reducido a la esencia de aquello que lo hace intemporal. En este caso las capas de barniz las tenía yo en los ojos, porque el libro sigue siendo igual de bueno, pero entonces me atraía más ver la vida con los ojos inyectados de los personajes que disfrutar de la exquisita técnica de Carver. Ahora gozo como el melómano que después de escuchar la música de Mira quién baila se hubiera puesto en el tocadiscos una sonata para piano de Mozart interpretada por Maria Joao Pires, que es lo que voy a hacer en este mismo momento.


La técnica de Carver se podría reducir a muy pocos elementos: una historia corriente y dolorosa, un objeto inquietante y una buena ración de acciones cotidianas, incluidos esos diálogos del hola, qué tal que a la mayoría de los escritores les resultan vulgares y que Carver borda. 
La historia corriente y dolorosa suele ser de pocas líneas: un hombre se enrolla con la amiga de su mujer hasta que un soldado del Vietnam le arruina la noche, un padre separado se cruza Europa para ver a su hijo pero en el último momento se da la vuelta, una madre encarga un pastel para el cumpleaños de su hijo pero ese mismo día el niño sufre un accidente, una pareja va a visitar a otra que tiene un niño muy feo, un hombre tiene un tapón en el oído y pide a su exmujer que se lo quite. Cosas así. Es la América de los ciudadanos deprimidos, sin trabajo, con frecuencia sin casa, que intentan frenar de algún modo la caída, mantenerse en pie mientras se deslizan por el tobogán. 
En esa historia corriente, contada con toda clase de objetos de cocina, principalmente (la gente abre latas de cerveza, desatasca un fregadero, saca los alimentos del congelador cuando se estropea el frigorífico, etc.), tiene un objeto que la vigila. El padre cambia de idea con respecto a ver a su hijo porque le roban un reloj. La pareja del niño feo tiene un pavo real que entra y sale como Pedro por su casa, el soldado del Vietnam guarda la oreja seca de un enemigo, hay un bastoncillo higiénico en la repisa del lavabo, el pastel se pasa, etc.
Y nada más. No hay nada más que la suficiente ambientación como para uno pueda vivir en el cuento el tiempo que dura. Y la ambientación no son datos históricos sino coches que no arrancan, televisiones baratas, alcohol de poca calidad, saludos, preguntas, obsesiones sin suficiente trascendencia como para montar con ellas una tragedia, pero no un drama.
La actitud del pastelero me sigue emocionando como entonces. En ella vuela el derecho a ser cabrones que todos en algún momento tenemos y la flojera de ánimo que nos entra cuando la vida nos muestra su cara más cruda. Pero sobre todo Carver enseña que para mostrar algo hay que introducir en ello al lector, que se siente en el sillón barato donde un parado se sienta a beber cerveza y ver por la tele partidos de béisbol. Estamos con ellos. Los comprendemos. Comprendemos a Donna (la amiga de la mujer…) cuando dice que no le habrían venido mal esos dólares que le ofrecía el soldado Nelson, aunque signifiquen la más profunda humillación a la que pueda someterse. Comprendemos a los perdedores, no hay malos, pero tampoco demasiado buenos. No se trata de juzgarlos sino de encontrar a través de ellos aquella pregunta que nos incumbe, aquella situación traducible a tantas situaciones, la esencia del lenguaje mítico. 
Pero Catedral no es una colección de cuentos homogénea. Los últimos cuentos (Fiebre, La brida, o el mismo Catedral, que cierra el libro) no son tan escurridos como el resto. Carver tiende a contar más que a mostrar, a veces —el último cuento— con un toque Carson MacCullers que hace preguntarse por qué no sacó de ellos alguna novela. Incluso creo que la influencia (innegable y reconocida) de Carver sobre Ford se debe a esta otra manera de escribir, llena de personajes y saltos de tiempo, como un fresco lleno de anécdotas no tan significativas, no tan esenciales como en los mejores cuentos. Por ejemplo, en La brida el objeto-símbolo apenas aparece más que para dar cohesión al relato y, en todo caso, explicarlo. La brida es lo que le queda de un sueño contra el que se dio de bruces, pero todo ello está muy tratado, muy armado sobre puntos de vista externos, incluso tumultuoso. Nada es mejor ni peor, pero nos llega más el Carver transparente, el que deja preguntas como rastros de sangre que nadie se molestará en limpiar.
No sabría decir cuál de los dos no tan diferentes estilos me gusta más. En el Carver esencial, más poético, en el Carver en el que ya no sobra nada, admiro, sobre todo, al poeta. Uno de mis libros fetiche es Último sendero a la cascada, la colección de poemas que Carver compuso a partir de fragmentos de Chéjov. Pero en el Carver más discursivo, más fresco, admiro al narrador que contempla una realidad plagada de avisos que los personajes no son capaces de interpretar. Son cuentos magmáticos, seguramente igual de complicados de componer, pero con una posición del autor todavía menos intervencionista que en los otros cuentos, como si hubiera conseguido contar las cosas desde nuestra misma posición. Abundan en ellos los narradores-testigo, despegados y comprensivos a partes iguales, tan víctimas como los personajes que nos ayudan a comprender. Quizá el más deslumbrante de todos ellos sea Desde donde llamo, uno de los más hondos y hermosos cuentos que yo haya leído sobre el alcohol, tema frecuente en Carver, aparte de una lección de técnica y de dominio de las voces al alcance de muy pocos. Sucio, llamaban a este realismo. A este prodigio de limpieza. 

25.10.16

Mantas nórdicas


He leído, sin entusiasmo, Chicos y chicas, el libro de cuentos que acaba de sacar Soledad Puértolas, que es como una colección de argumentos para esas películas alemanas o suecas o ambas cosas que echan los domingos a la hora de la siesta. 
 Los protagonistas de esas películas son gente ya talluda, en sus 50 y 60, de anuncio de Corega, y siempre hay un hombre solo en una granja idílica, viudo con dos niños, y una Dido en traje chaqueta, una empresaria de éxito a la que primero roban el corazón los niños y luego su padre. Hay muchas variantes, pero el principio es ese. Al hombre lo han golpeado los mares de la vida, y la mujer no puede resistirse a redimirlo. Como son películas concebidas para que tranquilos ciudadanos del primer mundo hagan la digestión, nunca se cargan las tintas, y los episodios dolorosos se quedan en una frase de retórica inculpatoria. La acción se dice, no se hace, y la película es un decorado de la campiña sueca con planos cortos de maduros interesantes reprochándose cosas o diciéndose que se quieren. La austeridad emocional alemana garantiza, por lo menos, que nunca sean demasiado relamidos.
 La estética del norte de este tipo de cintas a granel nos suena a largo sábado de otoño, gente sin problemas económicos, caballeros de última generación, de conducta intachable y aspecto de practicar el yoga, y mujeres de un sexy refinado entre las que abundan las tallas grandes. Todo muy respetuoso con las más estrictas normas de higiene social. Quizá son agradables de ver por eso, porque las conversaciones se tienen en un jardín y no en un cementerio de coches abandonado. No se ve un arma por ninguna parte. Los personajes viven en islas afortunadas y se desplazan en barcos de vela. Los agricultores pasan subidos a un tractor diseñado por la NASA, vestidos con camisas de cuadros. Se vierte mucho café y nada de sangre, mucha leche y nada de alcohol. Es la Europa bien alimentada, que se entretiene con cómodas historias de amor. Lo importantes son los muebles, las casas, los barcos, los manteles. Son películas-manta, cuyo final no interesa tanto como para no quedarse roque, que es de lo que se trata. Se pueden ver con el volumen de la televisión a cero y te enteras igual. Los personajes hablan mucho (no suele haber acción), pero lo que dicen es perfectamente comprensible por sus gestos. Verlos hablar es disfrutar de ellos, porque suelen ser muy atractivos, belleza nórdica, e incluso cuando callan se sabe lo que están pensando. Son ideales para verlas en un salón de Ikea.
 Para conseguir este producto el argumento tiene que ser muy básico, es decir, tiene que coincidir con lo más elemental que desea el espectador, con su imaginación. El objeto último yo creo que es servir de material para un sueño erótico moderado, de modo que el argumento no puede dar mucho de sí. Si fuera todo argumento nos aburriría.
 Y esa es la razón por la que me aburren los cuentos de Soledad Puértolas, que solo son argumento. Cada uno de ellos serviría para una novela que en conjunto sería a la literatura lo que esas películas germánicas son al cine. Y no estaría mal, desde luego, porque la cimbra del argumento permitiría construir hermosas formaciones literarias. Personajes adultos en su mayoría, mujeres necesitadas de algo que las haga sentirse vivas, hombres disponibles, aventuras extramatrimoniales de una facilidad inverosímil, vidas resueltas, chalets apartados de la realidad, asistentas sudamericanas, tonos claros, edredones de plumas y varios perros que son como aquel perro blanco que sacó Pilar Miró en una película, con el que se iba a vivir al mar después de mandar al cuerno a José Sacristán, y que era el resumen de su concepto de pareja. 
 En los argumentos de Chicos y chicas apenas hay escenas. Se suelen resumir vidas enteras, casi todas de una mujer madura que se siente decepcionada por su amante o su marido. De hecho, en los cuentos en los que la acción transcurre en poco tiempo (el del viaje a Granada es tremendo), casi todo se reduce a una visita turística en la que no pasa nada, hasta que en la última página se aprieta el argumento, que tanto podría haber ocurrido en Granada como en el salón de casa. Este es un defecto bastante gordo, porque los cuentos salen desproporcionados, con mucho detalle al principio y muy sumarios al final, y con ese vicio de algunos cuentistas que consiste en huir hacia delante y luego repetir algo de lo que se dijo al principio para darle cohesión. Más de una vez he tenido la sensación de que la autora iba poniendo párrafos sin ocuparse mucho de los anteriores, como si se le hubiera olvidado lo que escribió hace tres días, acumulando épocas y fases, pocas veces acontecimientos, hasta que un final sin ton ni son (de aire chejoviano) da por concluida la narración. 
 Pero un cuento no es el resumen de un argumento, porque entonces suena a proyecto abandonado, a esa sensación cargante de lo que pudo haber sido y no fue. Estos argumentos intentan ser reales, con todo lo real que puede ser que un individuo que se llama Osvaldo se acerque a recoger los ovillos de lana que se le han caído a la protagonista y la mire como hacía tiempo que no la miraba un hombre. Es decir, huimos de lo excepcional pero nos refugiamos en el tópico, en el hombre libre y amante poderoso, en la mujer hastiada porque el marido es tonto, en promesas que no llegan a ninguna parte, en cosas así.
 Lo más interesante quizá sea la prosa, sobre todo al principio de los cuentos, hasta que la autora se cansa y deja pasar los años para telegrafiarnos lo que sucedió después. Es una prosa mínimal, de frases cortas, pero con otro defecto muy evidente: por mucho que utilices la parataxis, la frase corta, desnuda, debes dejarla respirar. De hecho, a mayor minimalismo más importancia cobra el detalle, de modo que si en esa misma frase corta embutes tres nombres propios, cuatro acontecimientos, tres épocas y varios pensamientos deprimentes, el resultado es que, más que perderte, te aburres. Si en un libro de cuentos uno tiene que poner mucho de su parte para prestar atención a lo que lee, no por complicado sino por irrelevante, la coartada chejoviana no sirve de nada. Y, en fin, un cuento con el propósito que se adivina en estos cuentos  tiene que estar escrito con ganas, porque en el fondo lo que uno percibe es una cierta torrija creativa, como si los domingos por la tarde, debajo de la manta, se pudiesen emplear no solo en sestear con una película-manta sino también en escribirla. 

9.10.16

Vida de Friedrich Nietzsche, 2


Pocos días antes de cumplir los veinte años, con su flamante título de bachiller conseguido en la dura y prestigiosa Pforta, Friedrich Nietzsche, obedeciendo los deseos de su piadosa madre, se matriculó en la facultad de teología de la Universidad de Bonn, y para celebrarlo cogió una buena borrachera con su amigo Deussen. Navegaron por el Rin hasta la casa de su amigo, en Oberdreis. En Königswinter se pusieron de vino hasta las cejas y se dieron a esas gamberradas típicas del estudiante que no suele beber. Nietzsche siempre separó a Dionysos del vino. Nietzsche no tenía espíritu bohemio, le parecía que los borrachos solo dicen tonterías, que son de una vulgaridad desesperante; no tenía ese impulso autodestructivo romántico de amarrarse a una copa de absenta y llorar algún verso entre vómitos de autocompasión. El artista romántico vive como si fuera un genio, como si no pudiera soportar su talento y tuviera que echarle alcohol para que se disolviera un poco y pudiera salirle por la boca. Nietzsche, cuando encontró lo que de veras le gustaba, se encerró en su estudio, y el vino lo dejó para alternar.
Pero esa borrachera es muy importante en más de un sentido. Iba con su querido amigo Deussen, que fue quien le convenció de que dejara la teología por la filología, y a quien, pocos años después, Nietzsche repudiaría con hiriente suficiencia. A pesar de su individualismo antigenético, de su lucha contra el fatum, la verdad es que todos los pasos importantes que dio Nietzsche en su juventud lo fueron de la mano de amigos desinteresados. No habría abandonado tan pronto la teología de no ser por Deussen, ni habría hecho de la filología su carrera si el profesor Ritschl no lo hubiera animado, ni habría podido dar clases, tan joven, en Basilea si su tía Rosalie no se hubiera muerto a tiempo de dejarle un buen dinero con el que evitar el más que probable destino de profesor de instituto. 
El propio Deussen cuenta que, mientras cabalgaban por el campo en aquella borrachera inaugural, Nietzsche no se preocupaba del dramatismo del paisaje sino de las orejas del caballo, que le parecían demasiado grandes. Hay estudiosos que vinculan esta anécdota con su miopía; otros, con su desprecio del romanticismo, y aún otros con su inagotable búsqueda de la verdad. En todo caso es el primer encuentro importante con un caballo, de los varios que tendría a lo largo de su vida.
En las Navidades de 1865 su huida de Bonn y su viraje a la filosofía ya estaban decididos: “Todo me llama a pensar solo en mí mismo”, escribe, mientras escucha el Manfred de Schumann. No era, desde luego, un ratón de biblioteca, y a pesar de que su relación con la bebida era la de quien no la termina de disfrutar, ni por supuesto la necesita, no dejó en Bonn cervecería por visitar ni placer artístico que regalarse, de modo que, cuando regresó por Pascua a casa, un poco gordo, tuvo un violento encontronazo con su madre cuando le comunicó sus magras ambiciones teológicas. La madre se puso hecha una fiera, y fue la tía Rosalie, que para Nietzsche ya era un hada madrina, la que logró calmarla y hacerla entrar en razón. La que no entró en razón fue la hermana de Friedrich, Elizabeth, que adoraba a su hermano hasta el delirio.
Y su hermano había comenzado su particular búsqueda de la verdad: “¿Buscamos con nuestra búsqueda paz, felicidad y sosiego? No. Solo la verdad, aunque pudiera ofrecérsenos al fin como terrible y repulsiva”, escribía Nietzsche, decidido a marcharse de Bonn, “a un lugar en el que no tuviera demasiados conocidos, porque de lo contrario acaba uno viéndose arrastrado siempre a unos círculos determinados”. No era un impulso anacoreta sino aristocrático. En la sociedad de estudiantes a la que pertenecía, Franconia (donde le llamaban Gluck), destacó por su aversión a las ideas democráticas que entonces germinaban en Europa, e incluso su fiel amigo Deussen acabó un poco harto de él, de “una inclinación a corregirme en todo, a ejercer de magisterio supremo sobre mí, y, en ocasiones, casi hasta atormentarme literalmente”.
En Leipzig, en cuya universidad entró gracias a otro amigo, Gersdorff, era lo que en círculos estudiantiles se llamaba un camello, alguien que no pertenecía a ninguna corporación. Él mismo reconoce haber sido muy maleducado en ocasión de ser invitado a un concierto, en el que no desplegó la boca, y tiene palabras de desprecio para aquellos que viven de las urgencias de siempre, “periodistas y gacetilleros, metamorfoseados por la desesperación”. A pesar de que intentaba llevar una vida social incluso por encima de sus posibilidades, le asqueaba “esa falta de entusiasmo, esa torpeza disfrazada de seriedad, esa vulgaridad, esa reducción del espíritu a lo cotidiano, que se revela del modo más desagradable en la embriaguez, ¡dioses, qué contento estoy de haberme librado de esa soledad chillona, de esa abundancia vacía, de esa juventud senil!” 
Él mismo no era un genio precoz y lo sabía, pero en Pforta lo habían adiestrado a no dejarse llevar por el hastío y a despreciar la bohemia. Sus intereses eran más elevados. Se matriculó en Leipzig exactamente cien años después de que lo hiciera Goethe, algo que celebró como es debido, y vio en la filología una oportunidad para desarrollar su vocación educadora, de pastor que guía, que de tan poco le había servido en Bonn.
Nada más llegar a Leipzig hizo dos amistades definitivas: la del profesor Ritschl, un ejemplo de magisterio encaminado no al acopio de conocimientos sino a la creatividad y el sentido crítico, que casi adoptaría a Nietzsche y que le consiguió una cátedra en Basilea sin necesidad de doctorarse, y, sobre todo, la de alguien que se encontró por la calle: “Encontré un día este libro en la librería de viejo del anciano Rohm. Ignorándolo todo sobre él, lo tomé en mis manos y me puse a hojearlo. No sé qué demonio me susurró: ¡Llévate este libro a casa!” El libro era El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer, el hombre que marcó para siempre el camino de Friedrich Nietzsche.
Schopenhauer lo hizo caerse de un caballo que era en realidad un burro. “Tenía ante mí un espejo en el que podía contemplar el mundo, la vida y mi propio ánimo con grandeza deprimente”, escribe. “Desde que Schopenhauer nos ha quitado la venda del optimismo de los ojos, las cosas se ven más agudamente. La vida es más interesante, aunque también más fea”. Y el mejor modo de vivirla era un ascetismo liberador que Nietzsche puso en práctica para fortalecer el espíritu. Por ejemplo, reducía a cuatro o cinco sus horas de sueño, una ilusión de incesante actividad propia de los años mozos. Lo malo era que sus experimentos con Schopenhauer se convertían en verbo sagrado en las cartas que enviaba a su hermana. Cuando acudió a visitar a su familia por Navidad en 1866, se la encontró convertida “en una caricatura de sus ideas”, nos dice Janz, con “la faz lobrega” de quien se ha metido en una secta donde triunfan los cilicios.
Ritschl, su “conciencia científica”, iba guiándolo en los fundamentos de la filología clásica, y le hacía esos favores imprescindibles que todo gran talento necesita. Nada más leer su trabajo sobre Teognis, Ritschl animó a Nietzsche a que lo convirtiera en un librito. La reacción fue inmeditata: “Mi confianza en mí mismo se elevó a la estratosfera”. Estudió con exhaustiva lentitud a Esquilo y a Diógenes, hizo sus primeros escarceos con la cuestión homérica y adoptó un lema de Píndaro: “llega a ser el que eres”. Su amigo Gersdorff, también ebrio de Schopenhauer, le sugirió que estudiase el pesimismo en la Antigüedad, que nadara por las aguas que comparten la filología y la filosofía, pero no dejándose llevar por la corriente sino con afán de cruzar a la otra orilla.  
Otro libro, la Historia del materialismo de Lange, provocó que en su mente encajasen dos piezas principales: el pesimismo como principio y el escepticismo como método. Nietzsche se desnudaba de prejuicios ingenuos antes de ponerse a pensar. Pero tampoco renunciaba a los placeres de la tierra. Madrugaba mucho, una costumbre que traía ya desde la adolescencia y que no abandonaría nunca. Dedicaba la mañana al estudio, pero a la hora de comer se reunía con sus amigos para comer y recalaba después en el Café Kintschy, donde estaba prohibido fumar, a leer periódicos y arreglar el mundo. Pasaba el resto de la tarde en la biblioteca, y por la noche solía ir al teatro, a un concierto, a seguir discutiendo con sus compañeros.
Claro que también contrajo allí su primera infección de sífilis, quizá el origen de su parálisis posterior, por mucho que en su primera visita a un prostíbulo saliese a escape en cuanto pudo. Y encontró, por fin, a un amigo con quien nunca se sintió superior, Edwin Rohde, y que le duró toda la vida. A pesar de que cortejó, al modo distante, a damas como Hedwig Raabe o Susanne Klemm, la amistad era, probablemente, lo único que Nietzsche buscaba. 
  Y la vida le seguía interesando más que el expediente académico. Quizá por eso, y casi citando al patriótico Tirteo, no le hizo ascos al servicio militar, y en octubre de 1867, en Naumburg, se alistó como segunda batería del Regimiento de Artillería número 4. Allí se le asignó un caballo, “el brioso y enérgico Balduino”, que también desempeñaría un papel definitivo. Cuando la vida militar le parecía insoportable, Balduino era un refugio: “A veces cuchicheo escondido bajo la barriga del caballo: ¡Schopenhauer, ayuda!”
Con su amigo Rohde había practicado la equitación, y parece ser que en esa disciplina también destacaba. Pero en uno de sus magníficos saltos se golpeó en el pecho con el borrén de la montura, herida que le dejó “extenuado como una mosca, estropeado como una vieja solterona, delgado como una cigüeña”. Pasó cinco largos meses de convalecencia, entre supuraciones espantosas porque en el golpe se le había astillado el esternón. Tomó, por vez primera, opio para el dolor, y reflexionó sobre el azar como destino, que era lo que en el fondo le había llevado hasta allí. Con su primer gran amigo, Deussen, había dudado siquiera de estar montando un caballo. Con el más reciente, Rohde, se sintió tan ágil que casi se muere. 
La cimentación de su carrera todavía necesitó el consejo de otro amigo, Windish, quien le hizo ver la conveniencia de convertirse en catedrático, pero sobre todo quien le presentó a Richard Wagner. A Ritschl lo había admirado sin reservas, pero con Wagner tuvo la conciencia nítida de estar frente a un genio: “Me gusta en Wagner lo que me gusta en Schopenhauer, el aire ético, el aroma fantástico, la cruz, la muerte y el túmulo”, y “la inagotable energía con la que mantuvieron firme la fe en sí mismos frente al vocerío de todo el mundo culto”. Al escuchar Los maestros cantores, Nietzsche casi se derrite: “Frente a esta música me resulta de todo punto imposible adoptar una posición distanciadamente crítica, toda fibra, todo nervio se estremece en mí y hace mucho tiempo que no tenía un sentimiento de éxtasis como el que se apoderó de mí al escuchar esta última obertura”. 
Esa admiración fue la causa de una de las escenas más ridículas en las que se vio involucrado Nietzsche, y que dice mucho de su sentido de la dignidad. Había encargado un traje nuevo para visitar a Wagner (y a su hermana), y cuando el mozo de la sastrería se lo llevó a casa, Nietzsche se peleó con él porque el mozo quería el dinero al contado, y a Nietzsche le parecía una insolencia que un vulgar empleado le exigiera nada. El empleado se marchó con el traje, y Nietzsche tuvo que ir al encuentro con Wagner con una chaqueta que, otra vez, había llegado a su cuerpo por azar.
El monstruo, sin embargo, acechaba. Su hermana Elizabeth intentó borrar todas las huellas (y añadir otras inverosímiles, como que Friedrich contrajera el cólera), pero se dejó una nota manuscrita de su hermano que nos llena de inquietud: “Lo que me llena de espanto no es la terrible figura que hay detrás de mi silla, sino su voz, y tampoco las palabras, sino el tono inhumano y terriblemente inarticulado de esa figura. Ay, si por lo menos hablara como hablan los humanos”. 
¿Fue ese su primer delirio? Es posible, pero a medida que uno lee su biografía sospecha si el azar en su vida está demasiado estratégicamente colocado, si sus amigos y sus enfermedades no tienen una disposición trágica excesiva. Nietzsche creía que el azar debía fructificar en el individuo, pero acaso no de una manera tan rígida, tan alemana.
Pero Nietzsche dejó pronto de tener patria. Al entrar como catedrático en Basilea perdió la nacionalidad prusiana. Su nueva condición de apátrida le resultó mucho más acorde con su espíritu, y ya nunca se desprendería de ella.


 


28.9.16

Vida de Friedrich Nietzsche, 1


Cuando era pequeño, Friedrich Nietzsche no hilaba con los otros niños de la escuela. Su padre, pastor protestante, no quería que fuese a un colegio exclusivo, lleno de hijos de pastores llamados a merodear toda su vida por salones importantes, sino que se rodease de rapaces de humilde condición para que después supiera entender la sociedad en la que vivía e integrarse mejor en ella. Pero los niños se reían de él. Rubio, de pelo lacio hasta los hombros, ojos oscuros y puntiagudos, modales exquisitos y una habilidad especial para dirigirse a los demás como si estuviera recitando, henchido de emoción, un pasaje de las Sagradas Escrituras, el pequeño Friedrich debía de ser un niño raro de mediados del siglo XIX. Y lo único raro era que no fuese a un colegio de raros. Su contemporáneo y futuro adversario Ullrich von Willamovitz Moellendorf sí iba a colegio de pastores y a los tres años ya leía a Sófocles en griego. 
Las almas de los pobres estaban entonces dirigidas por hombres de severa educación, de un comportamiento ceremonioso y solemne que a la luz del sol popular era ridículo, pero no en su sitio exacto. Cuando el niño rarito llegaba a pastor, esa misma gente le escuchaba como si fuera un santo. En el caso de Nietzsche, además, se da la circunstancia de que el hombre más descarnadamente humano de toda la filosofía de Occidente fue siempre un discapacitado social, y que el filósofo al que más se sigue leyendo con unción verdadera, es decir, buscando respuestas para la vida real, fue desde niño un patito feo, heredero de una familia de mala salud, con cierta propensión al reblandecimiento del cerebro. 
Muy pocos años después, Charles Darwin dejó caer una bomba sobre los cerebros de Europa, El origen de las especies, y Nietzsche pronto encontría explicaciones a su destino. Somos lo que hemos sido, y desde ahí partimos para ser lo que queremos ser. Él, concretamente, procedía de un linaje de pastores, pero también de carniceros, ya desde el siglo XVII, en una tupida retícula que, si se tira del hilo, lo emparentaría con el mismísimo Goethe. No obstante, él siempre sospechó que era de sangre polaca, por más que la severidad en la que se crió fuera tan alemana. 
Pero las leyes de la herencia no eran, según él, de padres a hijos sino de abuelos a nietos, por la sencilla razón de que los padres aún están haciéndose cuando tienen a los hijos, pero los abuelos ya están hechos cuando nacen los nietos. “Los gérmenes tipológicos de los abuelos maduran en nosotros”, escribió. Digamos que es una brillante intuición, porque lógica no tiene mucha. En el caso de Nietzshe, el abuelo era un intelectual de postín, autor de la célebre Gamaliel o la inextinguible duración del Cristianismo; para edificación y pacificación en el momento de inquietud que vive hoy el mundo teológico, escrita en 1796, donde se leen párrafos que ya suenan a su nieto.
En ese colegio popular la verdad es que Nietzsche no se esforzaba mucho por caer bien a los compañeros, a pesar de que más de uno, andando el tiempo, señalaría la modestia y la gratitud como sus dos principales virtudes. Una tarde, al salir de escuela, se desató una tromba de agua y los chiquillos de Naumburg corrieron a sus casas con las carteras encima de la cabeza. Nietzsche no aceleró el paso, y con toda parsimonia se puso hecho una sopa. Cuando su madre, alarmada, le preguntó por qué lo había hecho, el niño se justificó como pudo: “Pero mamá, en el reglamento de la escuela se dice que al dejarla los muchachos no deben salir corriendo ni ponerse a saltar, sino que tienen que volver calmados y despacio a sus casas”.
La anécdota se puede interpretar como se quiera. Los apologetas hablan de su temprana voluntad de hierro, y los no tan entusiastas recuerdan que ese mismo rigor con el deber hizo que fuera perdiendo a la mayoría de sus amigos. Eso sí, no había nada que no hiciese a conciencia. Con nueve años, en 1853, estalló la guerra de Crimea, y Nietzsche se dedicó a montar un nutrido ejército con sus soldados de plomo y a estudiar volúmenes de poliorcética, e incluso ideó un exhaustivo diccionario militar para uso personal. Antes de los catorce años ya hablaba de aquellos a los que no les gustaba la música como “gente sin alma”, y a la hora de escribir creía firmemente que podía perdonarse antes un descuido estilístico que una idea confusa.
Hizo amigos, claro, sobre todo sus queridos Pinder y Krug,  y al padre de este último se debe su temprana vocación musical, algo que tampoco encajaba mucho con su idea de la genética. Pero se sentía solo. Vivía rodeado de mujeres, en las faldas de una madre joven, viuda y severa, y se iba acostumbrando a unos dolores de cabeza que no lo abandonarían jamás.
Como el entorno popular de Naumburg no le sentaba del todo bien, a los catorce años lo enviaron a Pforta, una especie de templo de las humanidades, un mundo conventual donde Nietzsche encontraría el otro gran amor de su vida, la Antigüedad. “Cuando no tengo nada mejor que hacer”, escribe en 1859, “redacto en latín lo que en tal o cual momento he oído o leído, obligándome, paralelamente, a pensar en latín cuando lo hago”. Su autor favorito era Salustio, y no es de extrañar, porque el historiador romano sabía unir el rigor histórico y la composición artística. Yugurta es un estudio minucioso sobre el arribismo político, pero también una gran tragedia. 
Se ha especulado mucho, sin embargo, con que uno de sus primeros trabajos fue sobre el poeta griego Teognis, adalid del aristocratismo rancio, que es lo que el joven Nietzsche criticaba en ese mismo trabajo. Su distinción era otra. Iba por la calle con unas gafas azules para protegerse de la luz, y en una excursión al castillo de Shönburg con sus compañeros de élite, nada popular, él prefirió subirse solo a la torre mientras los otros jóvenes bebían vino en la bodega, y compuso unos versos premonitorios: 

Sin otra compañía que la mía,
que ellos se entreguen en los sótanos a sus libaciones 
hasta caer en el suelo.
Yo practico mi oficio de señor.

Y procuraba demostrarlo. En cierta ocasión, un compañero mostró su admiración por que Mucio Scévola fuera capaz de aguantar el fuego en la mano con estoicismo más bien bruto, y Nietzsche se apresuró a demostrarle que aquello no era nada, y sin parpadear (¿parpadeó alguna vez Nietzshe?) encendió unas cerillas y las dejó consumirse en la palma de la mano. Solo una vez sucumbió a las tentaciones de la pubertad y se agarró una media merluza con cuatro cervezas, pero en vez de aguantar la resaca escribió a su madre para contárselo y prometerle que no sucedería más.
Talento tenía, desde luego, y pocos estaban dispuestos a no reconocerlo. Un profesor de griego casi llega a las manos con otro de matemáticas porque este le había puesto un 4, y el de griego, indignado, le reprochó no haberse dado cuenta de que Nietzsche era el mejor alumno que habían tenido jamás en aquella especie de Eton alemán. Un compañero de aquellos años mozos, a la muerte del filósofo, ponderó su talento musical: “No creo que Beethoven fuera capaz de improvisar tan deslumbrantemente como Nietzsche, por ejemplo, cuando estallaba una tormenta en el cielo”. “Cuando no escucho música”, decía el joven Fritz, “todo se me aparece muerto”. Incluso sus primeros escarceos amatorios tuvieron la música como condimento imprescindible. Solo quería, a decir de Janz, “mujeres delicadas, dotadas musicalmente y exigentes con la caballerosidad”, acaso como la joven Ane Redtel, con quien tocaba algunas tardes a cuatro manos.
Y lo más sobresaliente de aquel talento es que ya desde el principio fue doble y contradictorio. Apolo y Dioniso, su imposible e indisoluble unidad, ya se le aparecieron bien temprano. En un ensayo de 1862, cuando tenía dieciocho años, ya expuso el contraste entre voluntad libre y fatum. En téminos exageradamente generales, la voluntad podía asimilarse a la posibilidad de actuar conscientemente, y el fatum a la de hacerlo llevado por la inconsciencia. Claro que entonces habría que haberle preguntado: si tu abuelo era un hombre voluntarioso, ¿no forma parte de su herencia ese mismo fatum ingobernable? 
Lejos de quedarse tranquilo con su hallazgo, se debatía entre ser dios o un vulgar autómata, y lamentaba la inclinación al barro que todos, incluso él, en algún momento hemos tenido: “¿Qué es lo que arrastra con tal fuerza el alma de tantas gentes hacia lo vulgar?”, se preguntaba. En ese primer ensayo ya está el germen de sus investigaciones sobre el origen de la tragedia, y en el fondo de su obra entera. Su doble talento, científico y artístico, diurno y nocturno, quizá fuera el causante de los dolores de cabeza que le amargaron la existencia. Un informe médico del Pforta nos orienta sobre las circunstancias en que concebía estas ideas: “Nietzsche fue enviado a casa para acabar de curarse. Es una persona sana, de complexión recia, con una mirada sorprendentemente fija, miope y frecuentemente aquejado de jaquecas pasajeras. Su padre murió joven de un reblandecimiento cerebral, y fue engendrado tardíamente; el hijo, en la época en que su padre estaba ya enfermo. Todavía no resultan perceptibles signos preocupantes, pero la referencia a los antecedentes parece necesaria.”
Pero él pronto aprendió a resignarse, a ponerse sus gafas azules, caminar a solas y soportar el dolor. 

23.9.16

Con las ganas


Además de ser una de sus novelas más largas, Laura o la soledad sin remedio es, de toda la producción última de Baroja, quizá la más celebrada, pero, me temo, no la mejor. Susana, la protagonista de su anterior novela, era más fresca, más resuelta, pero Laura tiene que cargar con todo el pesimismo barojiano para ser lo que ya desde el arranque se nos vaticina: una heredera de la Electra de Galdós, otra más de las hijas de Electra cuya hermana mayor es aquel gran personaje, María Aracil, del que Laura no es más que un reflejo en la distancia, una María, digamos, envejecida, desilusionada no por las lecturas filosóficas sino por la propia vida.
En efecto hay que ir a La ciudad de la niebla para encontrar el modelo femenino de Laura, más que en La dama errante, la otra novela de La raza que protagonizaba María. En aquella novela, la relación de María con Natalia es muy similar a la que aquí mantienen Laura y Mercedes, un sigiloso, delicado, pudibundo incluso acercamiento al lesbianismo por parte de Baroja. También entonces Natalia era más decidida, más abierta y consecuente con sus sentimientos que María. Aquí, Mercedes es un extraordinario personaje que se nutre de pasiones claras, cercanas, a fin de cuentas comprensibles. El contraste entre Laura y Mercedes es el de la mujer culta, independiente y melancólica frente a la moza fresca, decidida, incapaz de ocultarse a sí misma los sentimientos. Puesto que ya teníamos a María Aracil en el corazón, uno hubiera querido que Mercedes tuviera su propia novela, pero Mercedes es la heroína, y Laura, además de Laura, es Baroja, el que mira, el que juzga y decide. En Susana, ese papel lo tenía Miguel, y merecería la pena separar aquellas novelas de Baroja en que los héroes están contaminados de Baroja de aquellas otras en que los héroes son vistos por un personaje contaminado. 
El caso es que Mercedes junta lo que Baroja censuraba con aquello que le atraía. Novia del hermano de Laura, Luis Monroy, un pobre hombre que rueda como una bola de billar intentando huir de la guerra civil, es violada por un miliciano anarquista, y es en este punto donde Baroja se la juega, primero porque las noticias de barbaridades en la guerra civil del 36 solo apuntan a los milicianos (algo comprensible si tenemos en cuenta lo que Baroja pensaba de la masa enfebrecida), y segundo porque trata, en serio, un tema vidrioso: Mercedes sintió más pasión por ese miliciano que por su propio marido. Lo curioso del asunto es que el personaje es tan bueno, está tan vivo, que tuerce el brazo del autor para no ser un ejemplo de mujer viciosa sino de mujer de acción. Ella es el mundo nuevo, pero no aprendido en los salones, como Silvia o Irene (hay muchas mujeres en esta novela, como en El amor, el dandismo y la intriga), sino intuido, sentido con el instinto, y por eso es lógico que acabe casándose con un médico y largándose a vivir a los Estados Unidos, en donde aprende inglés en cuatro días, más llevada por su capacidad de adaptación al medio que por sus ambiciones intelectuales.
Esta Mercedes sin remilgos, esta Zalacaína, es la que pone a Laura en una situación que asusta al propio Baroja, y se nota, la situación de vivir las dos mujeres en pareja. A Mercedes no le importaría, pero Laura/Baroja no lo quiere ni pensar, por más que luego perciba el atractivo de Halma. Todo esto está contado en pocas y nerviosas líneas, porque es un tema que no acaba de definirse entre la severa moral barojiana y su desconfianza en el matrimonio convencional. Mercedes se va a América y quita a Baroja un peso de encima, porque todo lo que hace esa mujer tiene sentido, y pronto, en un lento, a veces, entramado de chismografía de ocasión, turismo europeo y noticias de la guerra, es sustituida como antagonista por el ruso Golowin, cuya situación personal, separado y con una hija pequeña (de nombre Natalia), nos acerca mucho a Larrañaga y Nelly, en aquella gran trilogía que fue Agonías de nuestro tiempo. Golowin es sensible como Larrañaga pero más mundano, más confiado, menos mustio. Pero lo que Laura siente por él es parecido a lo que María Aracil hubiera sentido, de juntarlos, con el propio Larrañaga. 
Y así Laura y Golowin emprenden una relación racional, sin gracia, de padre solo con niña para la que contrata una institutriz y, más que enamorarse de ella, la elige como esposa perfecta: culta, sensata, sobria; triste pero segura. Baroja embadurna este matrimonio a distancia con tertulias de política y antropología que a Laura (y al lector) le parecen extravagantes, corrompidas de esnobismo en un mundo que humea, y que no dejan crecer ninguna de las dos secuencias dramáticas: la de Mercedes y la de Golowin. 
Pero es que a Baroja no le gusta “el ibsenismo y el wagnerianismo casero”, así que saca la vieja paleta de personajes que flotan en un limbo de entresiglos y va llevando a rastras la novela, sin que Laura termine de interesarse por nada. Algunos son muy exagerados: la hitleriana Irene, que termina como el rosario de la aurora, o la cínica Silvia, que en otro tiempo (Camino de perfección, 1902) se llamaba Laura y estaba más loca.
Si alguien quiere vincular este libro a las novelas de Baroja sobre la guerra, bien puede irse a otro lugar. Lo más biográfico de este libro, aparte de los viajes (el amigo Schultz saluda de vez en cuando, y nos enseña Lucerna y Basilea), es la necesidad de no salir de su mundo, de las novelas que disfrutó escribiendo, de los personajes que se llevaría a la tumba. Baroja eligió a María Aracil y a Larrañaga, desde luego dos de los mejores, e intentó que Laura no llevara boina y zapatillas. Lo consigue, sí, pero al precio de tenerla muchas veces callada mientras los demás cuentan anécdotas de almanaque. Dan ganas muchas veces de que abandone la tertulia naftalinosa y se vaya con Mercedes. Yo creo que Baroja se las aguantaba.

16.8.16

Agotamiento


“Yo solo tengo amigos escritores”, decía Umbral, en una de sus umbraladas, siempre falsas y siempre verdaderas. Falsas porque el Umbral provocador, soberbio, bodeleriano, era, a pesar de todo, un tipo con oído para escuchar a los que no fuesen escritores, y verdaderas porque arrastró toda su vida un complejo de artista moderno que tenía que cultivar a base de frases hirientes.
A Umbral lo detestaba la modernidad de los 80/90, y no sé por qué, porque hacía lo mismo que ellos: vivir en un cogollito de intelectuales y artistas y nombrarlos por todas partes, como hace ese sujeto digno de estudio que es Luis Alegre y cuya vida entera consiste en decir que es amigo de famosos, un peloteo llevado a su máxima y más rentable expresión.  
Enrique Vila-Matas forma parte de la generación que, así, en general, despreciaba a Umbral, en parte por ser la prolongación del odiado Cela y en parte porque, ay, nunca llegó a figurar en esa gauche divine tan española, tan afrancesadamente española, quiero decir. Umbral despreciaba la imaginación y todo lo fiaba a su estupenda prosa, pirateaba todo lo que le pudiera funcionar, y demasiadas veces se imitaba a sí mismo. Acabo de leer Porque ella no lo pidió, novela recién salida de Vila-Matas, una olla podrida en la que cabe un reportaje por las Azores que ya le habíamos leído, o una historia sacada directamente, con nombres y apellidos, de las novelas de Auster, pero no tanto de la espléndida Leviatán, que es la que cita, como de la Trilogía de Nueva York, que no cita, o de los Viajes por el scriptorium, que cita a medias. De Leviatán habrá sacado algún nombre, porque la extraordinaria intensidad de esa novela y, sobre todo, su condición mítica, es decir, de creación de un personaje que sirve como de molde para explicar ciertas cuestiones importantes de la vida, en esta novela de Vila-Matas no se alcanza jamás. En el pisto cabe también el rollo parisino de Patrick Modiano, cuya novela En el café de la juventud perdida, que a mí me pareció impresentable, está detrás de buena parte de la historia y de su tufo a intelectualina. ¿Qué más se podía meter? Amigos, amigos escritores siempre que acompañan al narrador en su sufrida existencia de escritor viajero, ahora en la feria de Frankfurt, luego en Buenos Aires, más tarde en un congreso de Cartagena de Indias, amarrado siempre a llamadas telefónicas no contestadas y juegos con e-mails que en pocos años sonarán a fascinación de salvaje, porque sus amigos escritores suelen salir de viaje un par de semanas y localizarlos cuesta demasiadas páginas para un libro tan breve y con tanto relleno. Desde luego, no falta algún episodio biográfico algo patético, o la mujer mariana (de Javier Marías) que observa desde cierta distancia la empanada literaria del marido. Y, por encima de todo, la historia del escritor que escribe, frecuentada por Auster pero solo admisible si uno es tan bueno como Auster. 
El objetivo, dicho en la página 77, era el siguiente: “si el tema del Quijote es el del soñador que se atreve a convertirse en su sueño, mi historia será la del escritor que se atreve a vivir lo que ha escrito, en este caso lo que ha inventado acerca de sus relaciones con Sophie Calle, su ‘artista narrativa’ preferida”. Y eso es todo, suficiente para una novela corta, como esta, siempre y cuando los personajes tengan vida. Vila Matas apunta varias veces otro antecedente, el Satiricón de Petronio, siguiendo la especie de que, después de acabar su novela, el autor se dedicó a vivirla.
El asunto no es nuevo. Recuerdo que Vázquez-Montalbán, a la inevitable pregunta de periodista gandul de por qué escribía, contestó con la frase definitiva: escribo lo que me gustaría vivir. Y para cierto tipo de escritores es así, precisamente aquellos que se resisten a los personajes planos y a las exageraciones. En el caso de Vila-Matas, es posible que la impresión que quiera dar es la misma que lamentablemente da, el escritor que lee unas páginas y ensaya una variación sobre el tema que da muy poco de sí y por eso hay que añadir de todo y nombrar a los amigos y fabular con esa gratuidad que me hizo rechazar del todo a Millás después de aquel Tonto, muerto, bastardo e invisible. Vila-Matas no es tan brillante, al menos aquí.
Pero es que todo esto ya lo había hecho, y si en el futuro se recuerda que lo hacía será por El mal de Montano, donde también aparecen las Azores y la obsesión por vivir literariamente, no por esta novela que tampoco añade nada. Casi todos las copias pueden llamarse homenaje salvo si uno se copia a sí mismo, por más que en este caso la historia del escritor que escribe y le gusta la prosa desnuda y estupefacta del lector de Kafka sea el tema y el estilo de todo lo que yo he leído suyo. Eso es hacer de la necesidad virtud, desde luego.
Pero es verdad que Vila-Matas ha ido modelando un personaje, un tipo, el escritor que escribe y vive una vida literal, de metáforas tomadas al pie de la letra, de formulación de la realidad más cotidiana con las palabras que mejor puedan limpiarla de sentido, de modo que sus fans esperan sus novelas como la nueva entrega de Montano, un episodio más de quijotismo posmoderno y especulativo. El personaje es él, el que escribe, no el imaginado. Sus lectores no están interesados en sus ocurrencias sino en él. El gran reino de la metaficción cervantina puede tener modernamente el toque rarito de los Juegos de la edad tardía o el neokafkianismo parisino de este libro de Vila-Matas. Pero el filón no está agotado.
Cita, también, a Sebald, cuya Los anillos de Saturno tuvo mucha fama (y bastante prole) en la novela de los 90, cuando leíamos obsesivamente a Auster y empezaba a extenderse la plaga de la no ficción, de cuya atracción fatal también sabía Cervantes. En el fondo la novela de Vila Matas me ha sonado a eso, a noventismo de amigotes, a encargo editorial y excusa para un banquete de literatos con cara de busto. Pero el tiempo pasa y hay formas de tratar un tema inagotable que también se agotan. El personaje se pasa media novela con una sonda urinaria. El tema también la lleva.

23.7.16

Manos


         En la hondonada de los alfares, dos hombres iban colocando tejas de barro a secar al sol. Las disponían en filas muy rectas por toda la explanada. Era invierno, allá por la Purísima, pero al levantar el día el sol bañaba las lomas de arcilla, las laderas pedregosas del Cerro de Santa Bárbara y las casas bajas de las Ollerías del Calvario. A mediodía la tierra era de un rojo descolorido y polvoriento. Los dos hombres entraban y salían del obrador con pilas de tejas que les llegaban a la barbilla, caminaban con las piernas muy abiertas y al llegar a la era doblaban lentamente el espinazo para depositarlas en el suelo con cuidado. Llevaban pantalones de tela basta con remiendos y una chaqueta de lana. Uno de ellos, el más alto y huesudo, usaba boina, pequeña y echada hacia detrás. Después de dejar las pilas desdoblaban el cuerpo con las manos en la riñonada, y cuando recuperaron la postura uno de ellos se sacó un paquete de Celtas cortos del bolsillo de la camisa. No corría una mota de aire. Casi sobraba la chaqueta. 
Era sábado y los chiquillos del barrio, con pantalones cortos y verdugos de punto en la cabeza, corrían calle abajo y jugaban a perseguirse. Se metían detrás de los monotes, altas y estrechas figuras de arcilla, ogros bermejos, rebañados por la lluvia y por los picos y las palas de los alfareros. Otras veces cambiaban de juego y de sitio y se acercaban hasta las eras todos juntos, en un trotecillo alegre que no era andar ni era correr, o echaban carreras calle del Rosario abajo hasta tocar los muros de la iglesia de la Merced. Uno de ellos tenía una pelota y se pusieron a dar patadas al lado casi de los hornos del alfar. Las niñas estaban sentadas en el poyo de un portal. Una pelota rebotó en la cúpula horno, en una esquina de la era, y fue rodando hasta las hileras de tejas frescas. El hombre de la boina la devolvió con cierto estilo, golpeándola suavemente con el interior de la alpargata. 
—¡Andaros de aquí, muchichos, no vayáis a darles a las tejas! 
Los niños recogieron la pelota y echaron a correr.
—¡Qué no tenís escuela o qué! —gritó el otro.
—Nooo… —decía un muchachico, el más gordo de todos, que perneaba mucho y se quedaba retrasado—. ¡Que hoy es sábado! —decía.
El alto con boina se puso a toser de la risa y sostenía el cigarrillo con la brasa dentro del puño, como si lo protegiera del viento. 
—¡A ver si te enteras —le dijo a su compañero—, que en sábado solo trabajamos los tontos!
—Mañana que no tengamos que venir —asentía el otro.
El de la boina cruzó los brazos, adelantó un pie para estar más cómodo y des-pués de un breve silencio mirando al suelo se sorbió la nariz en gesto de resignación.
—¿Y el tuyo qué hace que no viene a echarte una mano? —dijo.
—Uy ese, échale un galgo a ese.
—Pues alguna vez te lo has traído, que ya va siendo mozo, ya.
—Calla, chico, calla, que estamos teniendo con él unos disgustos tremendos. Ahora me sale con que él aquí no viene, que se va allá arriba al Ensanche, a un taller de mecánica. 
—¡Pues se os ha jodido la tradición! —dijo el de la boina, con el gesto del experto que certifica un óbito.
—Si se entera mi pobrecico padre se vuelve a morir. Lo que gozó él aquí con los hornos. Este Tomasín mío era un renacuajo y me padre le cogía las manicas y decía este pardal tiene manos, decía, tiene manos…
—¡Pues como se le queden como a nosotros, ya va bien, ya! —bromeaba el de la boina, y se enseñaba el dorso de la mano como si fuera una pieza de cerámica, los dedos estragados por la artrosis, los callos de las falanges, las venas moradas, las manchas oscuras.
—Sí, anda, que te crees tú que los que se tumban debajo de los autos las tienen más majas, y encima con las uñas negras —porfiaba el otro, que cuando creía tener razón en algo lo decía arrugando la cara.
—Sí, eso también es verdad.
En la mañana inmóvil se escuchó un ruido de motor, agudo y estridente, que hendía el aire con una pedorrera sostenida.
—¿Lo ves? —dijo el más bajo, los ojos tristones, los labios requemados— .Ya están otra vez con los amotos. Hay que joderse.
Los niños se habían reunido todos en la acera y al oír la moto se levantaron como una bandada de estorninos al sonido de un disparo, y se iban corriendo hacia la era más alta por el camino alfombrado de cascotes, al otro lado de la cantera, a ver si se veía desde allí la moto subir y bajar los barrancos y dar saltos y derrapar. A escape cruzaron la explanada de detrás de los hornos, y ya subían unos por el caminacho hasta lo alto de la era y otros trepaban por las regatas que abren las aguas en la arcilla, agarrándose a las matas, porque la tierra cedía.
El hombre más bajo arqueó los labios y miró a lo lejos como miraría venir un avión de la guerra poco antes de identificarlo.
—Los amotos de los huevos —dijo, negando con la cabeza—. Este mío está ciego con ellos. Por eso quiere meterse a mecánico, por eso, para saltar como las cabras, que aún no sé yo si no se habrá subido a alguna, fíjate lo que te digo.
Los dos hombres tiraron al suelo la colilla y la aplastaron con la suela de cáñamo de la alpargata, y marchaban otra vez al obrador. Y así volvieron a entrar y salir varias veces, sacando pilas de tejas y brazados de birlos, mientras el sol subía a lo alto de un cielo sin nubes y a las tejas les iban saliendo corros de rosa pálido conforme iban absorbiendo la humedad. La ruidera de la moto subía o bajaba según se alejase o bajase o subiese las rampas de polvo rojizo hasta casi Santa Bárbara, por detrás de las canteras, entre los pinos recién plantados. 
—Estos sí que machacan bien la arcilla, mejor que los mulos con el rulo, ¿eh? —dijo el de la boina.
—Estos machacan la tierra, los pinos y la madre que los parió. Y no lo digas muy alto, no sea que nos manden a recogerlo con la pala.  
Rieron la gracia brevemente, y ya iban a entrar a por otro rimero de tejas cuando el petardeo de la moto calló en seco. Los ruidos de la calle volvieron a ocupar su espacio, el gallo perezoso y el tintineo de la paleta de un albañil, que silbaba una jota con parsimonia, los ecos de las vecinas, los cascos de un mulo, a ráfagas los niños, a lo lejos, entre débiles ladridos desganados de perrillos que iban sueltos por la calle, el piar escueto de un pardal y el trino desesperado de las cardelinas. 
—¡Y qué gusto que da cuando se callan! —dijo el de la boina.
Su compañero se quedó muy quieto, con la vista perdida por detrás de los monotes, como si quisiera estirar el campo de visión, tensando las mandíbulas.
—Ese se ha dao una hostia, te lo digo yo —dijo, y se ponía una mano de visera.
El de la boina se detuvo cuando ya estaba entrando al obrador y se dio la vuelta.
—¿Y eso tú por qué lo sabes?
—Los motores solo se paran de golpe cuando se rompen. Si solo se paran, pedorrean —dijo el otro, elevando un poco la voz. El de la boina volvió a acercarse mientras se subía los pantalones, lentamente. 
—Cuando éramos muchichos tú y yo no íbamos corriendo a verlas, ¿eh? ¿Te acuerdas las italianas aquellas negras? Aquello sí que eran amotos, y con sidecar y todo. Si los rojos llegan a tener esos amotos, ganan la guerra.
—¡Ssssh! —chistó el otro. Había visto a una muchacha bajar corriendo por las lomas que daban al circuito de motocrós, cerca ya de las canteras de cal, por detrás de unos alfares pequeños, la mayoría vacíos con su pequeña era en la puerta, cubierta de cascos de botijo y de hierbajos. La niña bajaba por el caminacho con los brazos en alto y frenándose apenas con los pies, y al llegar abajo echó a correr hacia los alfares. El hombre la vio salir y entrar en un reflejo del sol sobre las tejas húmedas. La niña llegó jadeante y colorada, llevaba un abrigo que le venía un poco raquítico y un gorro de lana blanca con una borla en la coronilla.
—¡Qué ha pasao! —dijo el hombre, muy tieso y muy serio, con la mirada firme de quien está preparado para lo que tenga que ser. 
La niña llegó a la explanada del alfar caminando algo encorvada, con una mano en el costado, como si tuviera flato. 
—¡Qué ha pasao! —repitió el de la boina, que ya se había puesto a la altura de su compañero y tenía los brazos caídos y las manos muy abiertas.
—¡Nada! —pudo al final decir la niña.
—¿Y el amoto?
La muchacha sonreía y se encogió de hombros.
—¡Qué me sé yo!
—¿Pero no estabas allí viéndolo?
—Sí…
—¿Y estaba mi Tomasín?
—No…
—¿Y por qué se ha parao la moto?
—Pues se habrá quedao sin gasolina…
—¿Y los muchichos? —dijo el de la boina.
—Están esbarizándose.
—¡Pues se van a poner buenos…! ¿Y tú no juegas, Azucena, hija mía?
La niña recuperaba el aliento, asintiendo a base de sonrisas y cabezazos, hasta que se lanzó a hablar.
—Que es que me ha dicho mi madre que le pregunte si mañana puede usté venir a casa a matarnos el cerdo y he venido no sea que me se olvide —dijo la niña, todo seguido, en la medida en que el resuello se lo permitía.
—¿Mañana? —contestó el hombre bajo, ya menos tenso, otra vez con esa sonrisa de falsa seriedad, enarcando mucho las cejas, como si fuera imposible.
La niña, ya recuperada, lo miraba sonriente. Tenía la boca grande y los dientes desordenados. Era pelirroja, lo que aquí se dice roya, con la piel muy blanca y los ojos muy claros y en los pómulos una sombra violácea de capilares rotos por el frío. Llevaba llenos de polvo los zapatos y los calcetines de ganchillo. 
—¿Lo ves? —le dijo el hombre bajo al de la boina—. Otro domingo que no voy a misa.
El compañero rió la gracia con la risa exagerada y lenta que acompaña ese tipo de bromas dichas para que no las entiendan los niños.
—Dile que sí, chatica, dile que sí. ¡Pero dile que a las ocho la mañana que tenga hirviendo el caldero! ¿Te acordarás?
—Sí.
—Hala pues.
Los hombres se volvieron a la faena pero la niña permanecía quieta, forzando la sonrisa, con los pies muy juntos y las manos a la altura del regazo, como si estuviera en misa. Los hombres no se dieron cuenta de que la muchacha no se había ido. Ya enfilaban la puerta del obrador cuando la oyeron a sus espaldas.
—¡Señor Felipe! —alzó la voz la niña, una voz menuda que al gritar se le quebraba.
Los dos hombres se volvieron.
—¿Qué pasa, hija mía?
La niña sonreía, con cara de buena.
—¿Es verdá que va a quitar de escuela a Tomasín?
El hombre se quedó un poco parado, con la boca entreabierta, como si hubiese ido a decir algo antes de que la niña terminara de hablar, pero ya no tuviese sentido; como si la hubiera escuchado con la boca puesta para reír, pero no fuese ninguna broma.
—Pues claro, chatica —dijo al fin—. ¡Hay que aprender un oficio!
La muchacha tampoco había dejado de sonreír. Era la sonrisa de quien quiere agradar, de quien tiene que decir algo y conseguir que quien lo oiga no tenga valor para enfadarse.
—¡Pero si es mu listo! 
—¡Uy!, ¡y yo también soy mu listo, tú que te crees! —dijo el hombre, sobreponiéndose, con una sonrisa que no le terminaba de salir.
—¡Y sabe dibujar el que mejor! ¡Los dibujos suyos los tenemos en las paredes y la señorita Loli dice que Tomasín tiene mano!
—¿Que tiene qué?
—Que tiene mano. Dice que tiene mano. 
—¿Ah, sí? —dijo el hombre, frunciendo los labios, como disgustado—. ¿Y qué más dibuja?
La niña empezó a nombrar dibujos y ponía la cara que puso la primera vez que los vio, y al nombrar las caricaturas la sonrisa era festiva, de ojos casi cerrados y un poco encogida de hombros, como compartiendo un secreto, y cuando nombró los paisajes abrió muchos los ojos e infló los carrillos y abría los brazos abarcando una cosa muy grande. 
—Nos pinta unos monigotes que son más graciosos…, esos son los que tenemos en la pared que la señorita Loli dijo que eran los mejores, y también puso uno así de grande que dibujó un día que fuimos al cerro todos con la señorita, ¡más bonito…! Ese lo dibujó con el carboncillo, y los otros con el lapicero —dijo, y se quedó mirando hacia arriba como se se le estuviera olvidando alguna cosa más.
El hombre la escuchaba hablar con la boca entreabierta, asintiendo conforme se hacía cargo de lo que iba diciendo la muchacha.
—Así que pinta mucho bien —dijo, y volvió a arrugar las facciones, con cara de disgusto. 
—¡Mucho…! —dijo la niña, y agitaba una mano como para dar idea.
El hombre se acercó unos pasos, hasta donde ya no tuviera que gritar, pero sí hablar claro.
—¿Y entonces por qué no quiere ser alfarero como su padre, lo sabes tú? ¿Tú sabes por qué quiere ser mecánico? ¿Te lo ha dicho a tú, eh? ¡Pues a mí ni esta boca es mía! ¡Venga, corre, pregúntale a ver qué te dice, a ver si a tú te dice más que a mí!
La muchacha escuchó con cara de susto las voces del señor Felipe. La sonrisa le temblaba, estaba casi a punto de llorar. El hombre había subido la voz sin querer, como si las verdades hubiera que decirlas bien altas. El otro intentó templar gaitas.
—Hala, venga, dile a tu madre que mañana iremos a matar el cerdo.
El hombre callaba, pero se quedó mirando a la niña con un gesto de desengaño. La chiquilla se dio la vuelta y se marchó con los brazos caídos y la cabeza baja. Los dos hombres la vieron alejarse por la calle del Rosario y meterse en un portal. 
El tubo de escape volvió a romper el silencio, más cerca todavía, justo detrás de la cantera, y por un momento, mientras descargaban en silencio el rimero de tejas, vieron pasar a lo lejos, entre dos mogotes de arcilla, una Montesa con ruedas de tacos. El piloto iba con casco y un mono de colores que parecía una armadura, con refuerzo en las rodillas, en los hombros y en los codos, y unas botas altas con hebillas. Dejaba tras sí una nube de polvo naranja que primero flotaba en el aire y luego iba disipándose mientras el sonido del motor se hacía más agudo al subir la rampa, y volvieron a ver arriba la moto salir volando de la cuesta y posarse otra vez más por detrás del montículo, fuera ya de sus miradas. El hombre bajo todavía se quedó mirando, con la boca igual de entreabierta y haciéndose visera con la mano. El de la boina le acercó el botijo de agua con cazalla, a ver si se animaba. El alfarero dio un trago, el sol del invierno brillaba en el chorrillo. Luego se secó los labios con el dorso de la mano y los dos hombres reanudaron su labor. El sol estaba en lo alto. La arcilla lo reflejaba en las dentelladas de las máquinas excavadoras, en las roderas y en los cantos de cascajo. Era como un mar vacío, al pie de las murallas, islotes rojos y caminos de polvo anaranjado, y algunos matojos pardos.


[A principios de año me pidieron un relato para un libro que supongo que estará a punto de publicarse o se habrá publicado ya sobre los antiguos alfares de Teruel, un paisaje arcilloso lunar de donde salían los ladrillos de las casas y las cerámicas de las cocinas, y que con la llegada del desarrollismo quedó abandonado. Esto es lo que envié hace un par de meses. La foto, que también aparecerá o habrá aparecido en el libro, es de Juan Carlos Navarro.]
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