16.8.16

Agotamiento


“Yo solo tengo amigos escritores”, decía Umbral, en una de sus umbraladas, siempre falsas y siempre verdaderas. Falsas porque el Umbral provocador, soberbio, bodeleriano, era, a pesar de todo, un tipo con oído para escuchar a los que no fuesen escritores, y verdaderas porque arrastró toda su vida un complejo de artista moderno que tenía que cultivar a base de frases hirientes.
A Umbral lo detestaba la modernidad de los 80/90, y no sé por qué, porque hacía lo mismo que ellos: vivir en un cogollito de intelectuales y artistas y nombrarlos por todas partes, como hace ese sujeto digno de estudio que es Luis Alegre y cuya vida entera consiste en decir que es amigo de famosos, un peloteo llevado a su máxima y más rentable expresión.  
Enrique Vila-Matas forma parte de la generación que, así, en general, despreciaba a Umbral, en parte por ser la prolongación del odiado Cela y en parte porque, ay, nunca llegó a figurar en esa gauche divine tan española, tan afrancesadamente española, quiero decir. Umbral despreciaba la imaginación y todo lo fiaba a su estupenda prosa, pirateaba todo lo que le pudiera funcionar, y demasiadas veces se imitaba a sí mismo. Acabo de leer Porque ella no lo pidió, novela recién salida de Vila-Matas, una olla podrida en la que cabe un reportaje por las Azores que ya le habíamos leído, o una historia sacada directamente, con nombres y apellidos, de las novelas de Auster, pero no tanto de la espléndida Leviatán, que es la que cita, como de la Trilogía de Nueva York, que no cita, o de los Viajes por el scriptorium, que cita a medias. De Leviatán habrá sacado algún nombre, porque la extraordinaria intensidad de esa novela y, sobre todo, su condición mítica, es decir, de creación de un personaje que sirve como de molde para explicar ciertas cuestiones importantes de la vida, en esta novela de Vila-Matas no se alcanza jamás. En el pisto cabe también el rollo parisino de Patrick Modiano, cuya novela En el café de la juventud perdida, que a mí me pareció impresentable, está detrás de buena parte de la historia y de su tufo a intelectualina. ¿Qué más se podía meter? Amigos, amigos escritores siempre que acompañan al narrador en su sufrida existencia de escritor viajero, ahora en la feria de Frankfurt, luego en Buenos Aires, más tarde en un congreso de Cartagena de Indias, amarrado siempre a llamadas telefónicas no contestadas y juegos con e-mails que en pocos años sonarán a fascinación de salvaje, porque sus amigos escritores suelen salir de viaje un par de semanas y localizarlos cuesta demasiadas páginas para un libro tan breve y con tanto relleno. Desde luego, no falta algún episodio biográfico algo patético, o la mujer mariana (de Javier Marías) que observa desde cierta distancia la empanada literaria del marido. Y, por encima de todo, la historia del escritor que escribe, frecuentada por Auster pero solo admisible si uno es tan bueno como Auster. 
El objetivo, dicho en la página 77, era el siguiente: “si el tema del Quijote es el del soñador que se atreve a convertirse en su sueño, mi historia será la del escritor que se atreve a vivir lo que ha escrito, en este caso lo que ha inventado acerca de sus relaciones con Sophie Calle, su ‘artista narrativa’ preferida”. Y eso es todo, suficiente para una novela corta, como esta, siempre y cuando los personajes tengan vida. Vila Matas apunta varias veces otro antecedente, el Satiricón de Petronio, siguiendo la especie de que, después de acabar su novela, el autor se dedicó a vivirla.
El asunto no es nuevo. Recuerdo que Vázquez-Montalbán, a la inevitable pregunta de periodista gandul de por qué escribía, contestó con la frase definitiva: escribo lo que me gustaría vivir. Y para cierto tipo de escritores es así, precisamente aquellos que se resisten a los personajes planos y a las exageraciones. En el caso de Vila-Matas, es posible que la impresión que quiera dar es la misma que lamentablemente da, el escritor que lee unas páginas y ensaya una variación sobre el tema que da muy poco de sí y por eso hay que añadir de todo y nombrar a los amigos y fabular con esa gratuidad que me hizo rechazar del todo a Millás después de aquel Tonto, muerto, bastardo e invisible. Vila-Matas no es tan brillante, al menos aquí.
Pero es que todo esto ya lo había hecho, y si en el futuro se recuerda que lo hacía será por El mal de Montano, donde también aparecen las Azores y la obsesión por vivir literariamente, no por esta novela que tampoco añade nada. Casi todos las copias pueden llamarse homenaje salvo si uno se copia a sí mismo, por más que en este caso la historia del escritor que escribe y le gusta la prosa desnuda y estupefacta del lector de Kafka sea el tema y el estilo de todo lo que yo he leído suyo. Eso es hacer de la necesidad virtud, desde luego.
Pero es verdad que Vila-Matas ha ido modelando un personaje, un tipo, el escritor que escribe y vive una vida literal, de metáforas tomadas al pie de la letra, de formulación de la realidad más cotidiana con las palabras que mejor puedan limpiarla de sentido, de modo que sus fans esperan sus novelas como la nueva entrega de Montano, un episodio más de quijotismo posmoderno y especulativo. El personaje es él, el que escribe, no el imaginado. Sus lectores no están interesados en sus ocurrencias sino en él. El gran reino de la metaficción cervantina puede tener modernamente el toque rarito de los Juegos de la edad tardía o el neokafkianismo parisino de este libro de Vila-Matas. Pero el filón no está agotado.
Cita, también, a Sebald, cuya Los anillos de Saturno tuvo mucha fama (y bastante prole) en la novela de los 90, cuando leíamos obsesivamente a Auster y empezaba a extenderse la plaga de la no ficción, de cuya atracción fatal también sabía Cervantes. En el fondo la novela de Vila Matas me ha sonado a eso, a noventismo de amigotes, a encargo editorial y excusa para un banquete de literatos con cara de busto. Pero el tiempo pasa y hay formas de tratar un tema inagotable que también se agotan. El personaje se pasa media novela con una sonda urinaria. El tema también la lleva.

23.7.16

Manos


         En la hondonada de los alfares, dos hombres iban colocando tejas de barro a secar al sol. Las disponían en filas muy rectas por toda la explanada. Era invierno, allá por la Purísima, pero al levantar el día el sol bañaba las lomas de arcilla, las laderas pedregosas del Cerro de Santa Bárbara y las casas bajas de las Ollerías del Calvario. A mediodía la tierra era de un rojo descolorido y polvoriento. Los dos hombres entraban y salían del obrador con pilas de tejas que les llegaban a la barbilla, caminaban con las piernas muy abiertas y al llegar a la era doblaban lentamente el espinazo para depositarlas en el suelo con cuidado. Llevaban pantalones de tela basta con remiendos y una chaqueta de lana. Uno de ellos, el más alto y huesudo, usaba boina, pequeña y echada hacia detrás. Después de dejar las pilas desdoblaban el cuerpo con las manos en la riñonada, y cuando recuperaron la postura uno de ellos se sacó un paquete de Celtas cortos del bolsillo de la camisa. No corría una mota de aire. Casi sobraba la chaqueta. 
Era sábado y los chiquillos del barrio, con pantalones cortos y verdugos de punto en la cabeza, corrían calle abajo y jugaban a perseguirse. Se metían detrás de los monotes, altas y estrechas figuras de arcilla, ogros bermejos, rebañados por la lluvia y por los picos y las palas de los alfareros. Otras veces cambiaban de juego y de sitio y se acercaban hasta las eras todos juntos, en un trotecillo alegre que no era andar ni era correr, o echaban carreras calle del Rosario abajo hasta tocar los muros de la iglesia de la Merced. Uno de ellos tenía una pelota y se pusieron a dar patadas al lado casi de los hornos del alfar. Las niñas estaban sentadas en el poyo de un portal. Una pelota rebotó en la cúpula horno, en una esquina de la era, y fue rodando hasta las hileras de tejas frescas. El hombre de la boina la devolvió con cierto estilo, golpeándola suavemente con el interior de la alpargata. 
—¡Andaros de aquí, muchichos, no vayáis a darles a las tejas! 
Los niños recogieron la pelota y echaron a correr.
—¡Qué no tenís escuela o qué! —gritó el otro.
—Nooo… —decía un muchachico, el más gordo de todos, que perneaba mucho y se quedaba retrasado—. ¡Que hoy es sábado! —decía.
El alto con boina se puso a toser de la risa y sostenía el cigarrillo con la brasa dentro del puño, como si lo protegiera del viento. 
—¡A ver si te enteras —le dijo a su compañero—, que en sábado solo trabajamos los tontos!
—Mañana que no tengamos que venir —asentía el otro.
El de la boina cruzó los brazos, adelantó un pie para estar más cómodo y des-pués de un breve silencio mirando al suelo se sorbió la nariz en gesto de resignación.
—¿Y el tuyo qué hace que no viene a echarte una mano? —dijo.
—Uy ese, échale un galgo a ese.
—Pues alguna vez te lo has traído, que ya va siendo mozo, ya.
—Calla, chico, calla, que estamos teniendo con él unos disgustos tremendos. Ahora me sale con que él aquí no viene, que se va allá arriba al Ensanche, a un taller de mecánica. 
—¡Pues se os ha jodido la tradición! —dijo el de la boina, con el gesto del experto que certifica un óbito.
—Si se entera mi pobrecico padre se vuelve a morir. Lo que gozó él aquí con los hornos. Este Tomasín mío era un renacuajo y me padre le cogía las manicas y decía este pardal tiene manos, decía, tiene manos…
—¡Pues como se le queden como a nosotros, ya va bien, ya! —bromeaba el de la boina, y se enseñaba el dorso de la mano como si fuera una pieza de cerámica, los dedos estragados por la artrosis, los callos de las falanges, las venas moradas, las manchas oscuras.
—Sí, anda, que te crees tú que los que se tumban debajo de los autos las tienen más majas, y encima con las uñas negras —porfiaba el otro, que cuando creía tener razón en algo lo decía arrugando la cara.
—Sí, eso también es verdad.
En la mañana inmóvil se escuchó un ruido de motor, agudo y estridente, que hendía el aire con una pedorrera sostenida.
—¿Lo ves? —dijo el más bajo, los ojos tristones, los labios requemados— .Ya están otra vez con los amotos. Hay que joderse.
Los niños se habían reunido todos en la acera y al oír la moto se levantaron como una bandada de estorninos al sonido de un disparo, y se iban corriendo hacia la era más alta por el camino alfombrado de cascotes, al otro lado de la cantera, a ver si se veía desde allí la moto subir y bajar los barrancos y dar saltos y derrapar. A escape cruzaron la explanada de detrás de los hornos, y ya subían unos por el caminacho hasta lo alto de la era y otros trepaban por las regatas que abren las aguas en la arcilla, agarrándose a las matas, porque la tierra cedía.
El hombre más bajo arqueó los labios y miró a lo lejos como miraría venir un avión de la guerra poco antes de identificarlo.
—Los amotos de los huevos —dijo, negando con la cabeza—. Este mío está ciego con ellos. Por eso quiere meterse a mecánico, por eso, para saltar como las cabras, que aún no sé yo si no se habrá subido a alguna, fíjate lo que te digo.
Los dos hombres tiraron al suelo la colilla y la aplastaron con la suela de cáñamo de la alpargata, y marchaban otra vez al obrador. Y así volvieron a entrar y salir varias veces, sacando pilas de tejas y brazados de birlos, mientras el sol subía a lo alto de un cielo sin nubes y a las tejas les iban saliendo corros de rosa pálido conforme iban absorbiendo la humedad. La ruidera de la moto subía o bajaba según se alejase o bajase o subiese las rampas de polvo rojizo hasta casi Santa Bárbara, por detrás de las canteras, entre los pinos recién plantados. 
—Estos sí que machacan bien la arcilla, mejor que los mulos con el rulo, ¿eh? —dijo el de la boina.
—Estos machacan la tierra, los pinos y la madre que los parió. Y no lo digas muy alto, no sea que nos manden a recogerlo con la pala.  
Rieron la gracia brevemente, y ya iban a entrar a por otro rimero de tejas cuando el petardeo de la moto calló en seco. Los ruidos de la calle volvieron a ocupar su espacio, el gallo perezoso y el tintineo de la paleta de un albañil, que silbaba una jota con parsimonia, los ecos de las vecinas, los cascos de un mulo, a ráfagas los niños, a lo lejos, entre débiles ladridos desganados de perrillos que iban sueltos por la calle, el piar escueto de un pardal y el trino desesperado de las cardelinas. 
—¡Y qué gusto que da cuando se callan! —dijo el de la boina.
Su compañero se quedó muy quieto, con la vista perdida por detrás de los monotes, como si quisiera estirar el campo de visión, tensando las mandíbulas.
—Ese se ha dao una hostia, te lo digo yo —dijo, y se ponía una mano de visera.
El de la boina se detuvo cuando ya estaba entrando al obrador y se dio la vuelta.
—¿Y eso tú por qué lo sabes?
—Los motores solo se paran de golpe cuando se rompen. Si solo se paran, pedorrean —dijo el otro, elevando un poco la voz. El de la boina volvió a acercarse mientras se subía los pantalones, lentamente. 
—Cuando éramos muchichos tú y yo no íbamos corriendo a verlas, ¿eh? ¿Te acuerdas las italianas aquellas negras? Aquello sí que eran amotos, y con sidecar y todo. Si los rojos llegan a tener esos amotos, ganan la guerra.
—¡Ssssh! —chistó el otro. Había visto a una muchacha bajar corriendo por las lomas que daban al circuito de motocrós, cerca ya de las canteras de cal, por detrás de unos alfares pequeños, la mayoría vacíos con su pequeña era en la puerta, cubierta de cascos de botijo y de hierbajos. La niña bajaba por el caminacho con los brazos en alto y frenándose apenas con los pies, y al llegar abajo echó a correr hacia los alfares. El hombre la vio salir y entrar en un reflejo del sol sobre las tejas húmedas. La niña llegó jadeante y colorada, llevaba un abrigo que le venía un poco raquítico y un gorro de lana blanca con una borla en la coronilla.
—¡Qué ha pasao! —dijo el hombre, muy tieso y muy serio, con la mirada firme de quien está preparado para lo que tenga que ser. 
La niña llegó a la explanada del alfar caminando algo encorvada, con una mano en el costado, como si tuviera flato. 
—¡Qué ha pasao! —repitió el de la boina, que ya se había puesto a la altura de su compañero y tenía los brazos caídos y las manos muy abiertas.
—¡Nada! —pudo al final decir la niña.
—¿Y el amoto?
La muchacha sonreía y se encogió de hombros.
—¡Qué me sé yo!
—¿Pero no estabas allí viéndolo?
—Sí…
—¿Y estaba mi Tomasín?
—No…
—¿Y por qué se ha parao la moto?
—Pues se habrá quedao sin gasolina…
—¿Y los muchichos? —dijo el de la boina.
—Están esbarizándose.
—¡Pues se van a poner buenos…! ¿Y tú no juegas, Azucena, hija mía?
La niña recuperaba el aliento, asintiendo a base de sonrisas y cabezazos, hasta que se lanzó a hablar.
—Que es que me ha dicho mi madre que le pregunte si mañana puede usté venir a casa a matarnos el cerdo y he venido no sea que me se olvide —dijo la niña, todo seguido, en la medida en que el resuello se lo permitía.
—¿Mañana? —contestó el hombre bajo, ya menos tenso, otra vez con esa sonrisa de falsa seriedad, enarcando mucho las cejas, como si fuera imposible.
La niña, ya recuperada, lo miraba sonriente. Tenía la boca grande y los dientes desordenados. Era pelirroja, lo que aquí se dice roya, con la piel muy blanca y los ojos muy claros y en los pómulos una sombra violácea de capilares rotos por el frío. Llevaba llenos de polvo los zapatos y los calcetines de ganchillo. 
—¿Lo ves? —le dijo el hombre bajo al de la boina—. Otro domingo que no voy a misa.
El compañero rió la gracia con la risa exagerada y lenta que acompaña ese tipo de bromas dichas para que no las entiendan los niños.
—Dile que sí, chatica, dile que sí. ¡Pero dile que a las ocho la mañana que tenga hirviendo el caldero! ¿Te acordarás?
—Sí.
—Hala pues.
Los hombres se volvieron a la faena pero la niña permanecía quieta, forzando la sonrisa, con los pies muy juntos y las manos a la altura del regazo, como si estuviera en misa. Los hombres no se dieron cuenta de que la muchacha no se había ido. Ya enfilaban la puerta del obrador cuando la oyeron a sus espaldas.
—¡Señor Felipe! —alzó la voz la niña, una voz menuda que al gritar se le quebraba.
Los dos hombres se volvieron.
—¿Qué pasa, hija mía?
La niña sonreía, con cara de buena.
—¿Es verdá que va a quitar de escuela a Tomasín?
El hombre se quedó un poco parado, con la boca entreabierta, como si hubiese ido a decir algo antes de que la niña terminara de hablar, pero ya no tuviese sentido; como si la hubiera escuchado con la boca puesta para reír, pero no fuese ninguna broma.
—Pues claro, chatica —dijo al fin—. ¡Hay que aprender un oficio!
La muchacha tampoco había dejado de sonreír. Era la sonrisa de quien quiere agradar, de quien tiene que decir algo y conseguir que quien lo oiga no tenga valor para enfadarse.
—¡Pero si es mu listo! 
—¡Uy!, ¡y yo también soy mu listo, tú que te crees! —dijo el hombre, sobreponiéndose, con una sonrisa que no le terminaba de salir.
—¡Y sabe dibujar el que mejor! ¡Los dibujos suyos los tenemos en las paredes y la señorita Loli dice que Tomasín tiene mano!
—¿Que tiene qué?
—Que tiene mano. Dice que tiene mano. 
—¿Ah, sí? —dijo el hombre, frunciendo los labios, como disgustado—. ¿Y qué más dibuja?
La niña empezó a nombrar dibujos y ponía la cara que puso la primera vez que los vio, y al nombrar las caricaturas la sonrisa era festiva, de ojos casi cerrados y un poco encogida de hombros, como compartiendo un secreto, y cuando nombró los paisajes abrió muchos los ojos e infló los carrillos y abría los brazos abarcando una cosa muy grande. 
—Nos pinta unos monigotes que son más graciosos…, esos son los que tenemos en la pared que la señorita Loli dijo que eran los mejores, y también puso uno así de grande que dibujó un día que fuimos al cerro todos con la señorita, ¡más bonito…! Ese lo dibujó con el carboncillo, y los otros con el lapicero —dijo, y se quedó mirando hacia arriba como se se le estuviera olvidando alguna cosa más.
El hombre la escuchaba hablar con la boca entreabierta, asintiendo conforme se hacía cargo de lo que iba diciendo la muchacha.
—Así que pinta mucho bien —dijo, y volvió a arrugar las facciones, con cara de disgusto. 
—¡Mucho…! —dijo la niña, y agitaba una mano como para dar idea.
El hombre se acercó unos pasos, hasta donde ya no tuviera que gritar, pero sí hablar claro.
—¿Y entonces por qué no quiere ser alfarero como su padre, lo sabes tú? ¿Tú sabes por qué quiere ser mecánico? ¿Te lo ha dicho a tú, eh? ¡Pues a mí ni esta boca es mía! ¡Venga, corre, pregúntale a ver qué te dice, a ver si a tú te dice más que a mí!
La muchacha escuchó con cara de susto las voces del señor Felipe. La sonrisa le temblaba, estaba casi a punto de llorar. El hombre había subido la voz sin querer, como si las verdades hubiera que decirlas bien altas. El otro intentó templar gaitas.
—Hala, venga, dile a tu madre que mañana iremos a matar el cerdo.
El hombre callaba, pero se quedó mirando a la niña con un gesto de desengaño. La chiquilla se dio la vuelta y se marchó con los brazos caídos y la cabeza baja. Los dos hombres la vieron alejarse por la calle del Rosario y meterse en un portal. 
El tubo de escape volvió a romper el silencio, más cerca todavía, justo detrás de la cantera, y por un momento, mientras descargaban en silencio el rimero de tejas, vieron pasar a lo lejos, entre dos mogotes de arcilla, una Montesa con ruedas de tacos. El piloto iba con casco y un mono de colores que parecía una armadura, con refuerzo en las rodillas, en los hombros y en los codos, y unas botas altas con hebillas. Dejaba tras sí una nube de polvo naranja que primero flotaba en el aire y luego iba disipándose mientras el sonido del motor se hacía más agudo al subir la rampa, y volvieron a ver arriba la moto salir volando de la cuesta y posarse otra vez más por detrás del montículo, fuera ya de sus miradas. El hombre bajo todavía se quedó mirando, con la boca igual de entreabierta y haciéndose visera con la mano. El de la boina le acercó el botijo de agua con cazalla, a ver si se animaba. El alfarero dio un trago, el sol del invierno brillaba en el chorrillo. Luego se secó los labios con el dorso de la mano y los dos hombres reanudaron su labor. El sol estaba en lo alto. La arcilla lo reflejaba en las dentelladas de las máquinas excavadoras, en las roderas y en los cantos de cascajo. Era como un mar vacío, al pie de las murallas, islotes rojos y caminos de polvo anaranjado, y algunos matojos pardos.


[A principios de año me pidieron un relato para un libro que supongo que estará a punto de publicarse o se habrá publicado ya sobre los antiguos alfares de Teruel, un paisaje arcilloso lunar de donde salían los ladrillos de las casas y las cerámicas de las cocinas, y que con la llegada del desarrollismo quedó abandonado. Esto es lo que envié hace un par de meses. La foto, que también aparecerá o habrá aparecido en el libro, es de Juan Carlos Navarro.]

10.7.16

Como nunca


El toro como nunca lo has visto en Teruel, se leía en el cartel de toros de las Fiestas del Ángel, al pie de un ejemplar santacolomeño, cárdeno claro, sobre un fondo azul cielo, uno parecido al que mató ayer a Víctor Barrio. 
     Todos hemos leído su trayectoria. Empezó con 20 años. Triunfó de novillero en San Isidro y ganó un buen puñado de esos premios que conceden los jurados ortodoxos, buscadores de la esencia de la fiesta, no de las palmadas en la espalda. Este año Víctor Barrio volvió a San Isidro, con toros de Baltasar Ibán, ganadería dura, y obtuvo silencio en su lote. Sin embargo, todo parecía indicar que se trataba de un torero del gusto de Madrid, es decir, que se le esperaría, pero también que a partir de entonces, si no ya antes, tendría que formar parte de ese grupo de grandes matadores que han tenido que construir su carrera lidiando corridas duras. Luis de Pauloba, Manili, Domingo Valderrama, o ahora el murciano Rafelillo, la verdadera élite de la tauromaquia, porque siempre se enfrentan con toros que no los dejarán lucirse y que los pueden matar. El gran José Tomás tuvo un gesto en Madrid lidiando una corrida del Conde de la Corte, y ya no lo volvió a repetir, aunque, eso sí, y de ahí su prestigio, nunca fingió torear. Y así, o con alguna pose de más, lo han hecho muchos otros que sin llegar a las alturas de Tomás han sido ricos y famosos, y algunos lo siguen siendo.
Por eso lo primero que hay que decir en la muerte de Víctor Barrio es que lo mató un santacoloma, fuera de Los Maños-Buendía o de Ana Romero, que completaba la corrida; un toro difícil, encastado, un toro de verdad, y que no lo mató por error o impericia sino porque una ráfaga de viento lo dejó al descubierto. Era el toro como nunca lo has visto en Teruel, acostumbrado, como tantas plazas, algunas de primera, a los olés de largas oes, al populismo pinturero y los brindis al sol, salvo aquellos años en los que Adolfo Martín hizo que los aficionados estuvieran orgullosos de su plaza. Los toros peligrosos, los toros de verdad, los Cuadri, los Miura, los Saltillo, los otrora Pablorromero, que también estuvieron en Teruel, solo admiten olés muy secos, embebidos de la complejidad de la faena, del riesgo patente, de la emoción del hombre ante la bestia.
Hace muchos años algún que otro aficionado planteó que la mejor manera de llenar de nuevo la plaza de Teruel y dotarla de interés era programar ferias a la francesa, más pendientes de la autenticidad de los toros que del oropel de los toreros. Con las corridas duras (encastadas, no de marrajos imposibles) la lidia no tiene desperdicio, y uno aprende de forma natural cuándo es necesario doblarse con el toro, cuándo desparrama la vista, o se duerme en la suerte, o tira gañafones, o decenas de matices más que con el toro aguado se resumen en una sola estampa continuada, en un recuerdo pobre.
Los Santacoloma tienen cuernos como cuchillos, más cortos y afilados, tirando a veletos, que esas grandes y poco manejables cornamentas que sin embargo tendemos a considerar más peligrosas. La cornada del toro de Los Maños no fue un topetazo casual, primero lo volteó y en el suelo se ensañó con él. No, Lorenzo no era un toro de revista rosa, y por eso hoy resultará irritante leer a quienes acuden al tópico de que en cualquier plaza, con cualquier toro, la tragedia puede suceder. Ayer la de Teruel no era una plaza cualquiera, una corrida de toros baldados o borrachos o casi amaestrados, ni Víctor Barrio un matador de tantos. Uno y otro, toro y torero, formaban parte de lo más grande de la tauromaquia, de aquella que brilla más en un domingo plomizo del ferragosto madrileño que en el día de las damas de honor. Los toros son una metáfora cruel de nuestro mundo. Los grandes hombres solo salen en los papeles cuando triunfan con una fiera del Averno, o caen heridos o los matan. Los triunfadores ensayan posturas frente a enemigos falsos mientras los héroes mal pagados se juegan la vida.
Sobran, pues, los que quieran apropiarse ahora de un mérito (un riesgo) que no tienen, y también los que empleen la tragedia para dar la matraca de siempre. Víctor Barrio quiso ser torero sin hacerle ascos a las corridas duras. Los toros se van a terminar porque si la fiesta es falsa y corrupta solo mueren los pobres animales, pero si la fiesta es verdadera aún resulta peor, porque también mueren los hombres. Los tiempos han cambiado y discutirlo es tontería, pero uno que ha sido aficionado muchos años sabe que el mejor tributo que se le puede hacer a Víctor es reconocer que ha muerto en el campo de batalla, no en la sala de armas ni en el salón de baile; allí donde, además de valor, hay que llevar el oficio muy adentro, y la afición y la entrega y las ganas de triunfo. La muerte de Víctor Barrio no tuvo ni la mancha de un descuido. Fue el viento, lo único que el maestro no podía dominar. 

13.6.16

La arcadia ilustrada


La lectura de los recuerdos de Carmen Baroja y la proximidad de la canícula me han hecho acordarme, cómo no, de Itzea. Salvo la mía, no creo que haya otra casa en la que haya pensado tanto como en esta. Y la mejor descripción, la más minuciosa, de sus cuartos y escaleras, sus desvanes y bibliotecas, sus cuadras y zaguanes es la de Pío Caro Baroja, que además se toma la libertad familiar de citar generosamente a Julio Caro y unas cuantas páginas de ese libro para mí fundacional que es Las horas solitarias. El propósito es recorrer la casa, sus libros, sus vigas, sus maderas, la historia que ya hace más de cien años empezó en una ruina (“buena para fábrica o convento”) y ha terminado siendo la vivienda particular más famosa de la literatura española. 
No sé si se ha escrito el libro de las casas literarias: la de los Panero en Astorga, la de Velintonia en Madrid, la de Tudanca en Cantabria, la de Pla en Palafrugell; dicho sea lo de casa en el sentido casi nobiliario, de sagas de artistas, sanguíneas o intelectuales, como pudo ser el caso de Aleixandre. Para mí ninguna como Itzea, en Vera de Bidasoa, Navarra, hogar de los hermano Pío, Ricardo y Carmen; de los sobrinos Julio y Pío, de la abuela Carmen y Julia Uzcudun, la moza que anduvo rodeada de gatos por la casa desde que tenía catorce años hasta poco antes de morir muy vieja, y se supone que hogar de los nietos de Carmen Baroja, a no ser que hagan como con El Carambuco, en Churriana, Malaga, la finca que compró Julio Caro por mediación de Gerald Brenan y que ahora se anuncia como salón de bodas y comuniones.
El significado de Itzea, para un barojiano de la meseta, es doble. Por un lado está lo que ya expliqué en esta columna del DDT, la arkadia de los valles estrechos, de pastos jugosos, vacas y chimeneas, el aire matriarcal que tiene el caserío vasco. Pero por otro está la soledad, la paz de estos desiertos (o de estos valles), los pocos libros juntos, que en el caso de los Baroja es una biblioteca impresionante, y eso, el mito de la biblioteca junto a un río sonoroso, redondea no solo el mundo de Pío Baroja sino el de cualquier enamorado del campo y de los libros. Virgilio en su alquería, Baroja en su casona. Dice Pío Caro que, a pesar de todo, fueron las largas temporadas de autoabastecimiento, desde el estallido de la guerra, lo que más protagonismo dio a la casa, convertida en granja de aldeanos, taller de artistas, refugio de escritores, y un permanente Ricardo Baroja que igual paseaba a la majestuosa cerda, Doña Estrella, y a sus lechones a comer bellotas por el campo, que pintaba cuadros a destajo (y con una vista cada vez más débil) o proyectaba velas de barco revolucionarias con las que dar un pelotazo y salir de la miseria.
Porque el libro está dedicado a Itzea, a los muros que vieron, a las puertas que ocultaron, a las parras que treparon por las piedras y los animales y los óleos y los libros que les dieron de comer, pero el protagonista es Ricardo Baroja, un Silvestre Paradox en carne y hueso que se lleva todo el cariño de su sobrino Pío. Y sí, lo hace en detrimento de Pío Baroja, cuya mención demorada sortea de diferentes formas, incluyendo un relato de la guerra o tomando unas cuantas páginas de Las horas solitarias. Siempre con respeto, pero en medio de la alegría que le produce hablar de Ricardo ese respeto esconde un discreto reproche. Se diría que todo aquel que reprobase de algún modo las actitudes de Ricardo, empezando por su mujer Carmen Monné (a quien tira, al final, una puya por rollos de herencias muy poco elegante), no es del gusto del autor, lo cual, en vez de afear la credibilidad de sus recuerdos, refuerza, por elipsis, el dramatismo que toda casa necesita para estar viva. Fue una familia como las demás la que vivió allí, y ya se sabe lo que dijo Tolstoi…
Ricardo es imaginativo, impaciente y caprichoso como un niño, “el pintor más culto de España”, un donjuán aventurero y bonachón que supo cuándo había llegado la hora de ser el personaje que tanto cundió a su hermano Pío, se fue a Itzea y ya no salió de allí. El que sí se alejó fue Pío, primero por la guerra y después, parece ser (Sánchez Ostiz), tras una discusión con su hermano de la que por este libro no se sabría más que un fragmento no escrito, elocuentemente silencioso. Esa discusión aquí se menciona en el contexto de dos puntos de vista, no de otro caso Machado ni mucho menos. Pero si uno acaba de leer las memorias de Carmen Baroja (publicadas, con el apoyo de Pío Caro, digo yo, tres años después que este libro, en 1998) se da cuenta de que hay varios fragmentos tomados de allí, a veces casi parafrásicos, como el trabajo de su madre y su tía en el hospital de campaña, nada más estallar la guerra. Se me escapa por qué Pío Caro no habló de un manuscrito que muy poco después consentiría en publicar, teniendo en cuenta que algunas otras citas son tan generosas como parcialmente peregrinas, como es el artículo aquel sobre la inauguración del busto de Fermín Leguía, material de nota breve que aquí se come varias páginas. Es raro porque las palabras dedicadas a su madre siempre están llenas de admiración (aunque siempre es la abuela la que seca las lágrimas del niño), tanta como espeso es el silencio que cubre la figura del padre, Rafael Caro, de quien solo se cuenta lo que ya había contado su madre, el doloroso encuentro en Irún después de tres años sin verse. En las memorias de su madre, es una escena llena de piedad de una mujer hacia un marido con el que nunca se ha llevado bien. En este libro, al hijo no le hace falta decir nada para saber qué piensa de su padre.
El otro gran protagonista, naturalmente, es Julio Caro. El libro está terminado en los días en que el gran antropólogo agonizaba. La prosa de Pío Caro es buena, no tan limpia como la de Julio, ni mucho menos como la de su tío, algo almibarada por esas codas algo blandengues que a veces estropean con pleonasmos la intensidad de lo que acaba de relatar. Pero es una delicia la minuciosidad y el afecto con que repasa cada sala, cada estantería, cada barco de vela, cada estampa, cada pintura, y la abnegación sin límites con que habla de su hermano, como si midiese cada palabra para no cometer la más mínima injusticia con todo lo que significó Julio Caro para esa casa y esa familia. 
Los Baroja escriben todos bien, y este libro brilla cuando narra lo que recuerda con felicidad, y a veces se pone un poco insistente con viejas traiciones de todos conocidas que hacen mejor papel en las mesas de los juzgados que en un libro que habla sobre cómo una familia de artistas se recluyó en una arcadia milenaria para dejarla como símbolo de un modo de entender el mundo. Habla de afectos, y a veces con pasión. El pasado está en la pluma, y uno intuye sentimientos recobrados y se siente testigo de cómo entrega su alma Pío Caro para que un libro de recuerdos pueda reposar con dignidad junto a las memorias de su hermano. Yo creo que lo consigue.

Pío Caro Baroja, Itinerario sentimental (Guía de Itzea), con textos de Pío Baroja y Julio Caro Baroja, Pamiela, 1995, 239 p.

5.6.16

Una noche del 77


El 16 de mayo de 1977, lunes, me levanté a las cinco de la mañana para ver en la televisión el combate entre Mohamed Alí y Alfredo Evangelista. Aguanté sin cerrar los ojos los quince asaltos de blanco y negro nebuloso, y cuando terminó aún pude acostarme un rato antes de ir al colegio. Supongo que ahora hay chicos de sexto de Primaria o de primero de la ESO que a las cinco de la mañana están viendo vídeos violentos. Pero me temo que no es lo mismo. 
En los años 70 el boxeo tenía en España más seguidores que cualquier otro deporte con la excepción del fútbol y el ciclismo. Raro era el niño al que no le regalaban para Reyes un par de guantes de boxeo. Pero en ningún caso era para pegarse. No tenía nada que ver. Llevaba su liturgia y los púgiles bailoteábamos y nos poníamos en los dientes una peladura de naranja. Pegarse era otra cosa. Pegarse era sin guantes; algo, por lo que yo veo, bastante más infrecuente que ahora. El AS color traía la biografía de Paulino Uzcudun y fotografías espectaculares de José Manuel Ibar, Urtain, pero también de José Durán, Pepe Legrá, Pedro Carrasco, Gómez Fouz, Perico Fernández. 
En España teníamos finos estilistas en los pesos ligeros, pero a medida que los boxeadores ganaban peso tendían a convertirse duros fajadores. Urtáin y, luego, Perico Fernández, fueron claros ejemplos de que aquel desprecio por la técnica tenía los días contados. Cooper, un boxeador que volvía ya a cocheras, le pegó a Urtáin un palizón de abrigo. Cuando el juez vio la cara que llevaba el morrosko, que ríete del ecce homo, dio el combate por concluido. A Fernandez le pasó algo parecido con el chino aquel, o tailandés o lo que fuese, Mansurín, que le dio un repaso formidable. He oído a aficionados ingleses decir que Urtáin tenía el cuerpo de Rocky Marciano, y que si hubiera tenido un buen entrenador habría sido un buen púgil. Pero aquella España lo basaba todo en la testoignorancia. Los entendidos decían boseo, sin equis, y llevaban patillas de hacha. Luego venía un cubano como Legrá y les enseñaba a boxear. 
O un uruguayo como Alfredo Evangelista, un chaval de veinte años que dejó a Urtain para el arrastre. En el quinto asalto ya tiraron la toalla. De pronto todo el mundo comprendía la razón. “Es que nunca ha sabido boxear”, decía el entendido de la tienda de ultramarinos. De pronto comprendíamos que la maña era más importante que la fuerza. A Urtain lo habían sacado directamente de la aldea, donde se entretenía levantando piedras, y periodistas sin escrúpulos lo habían convertido en el espectáculo de la fuerza bruta. El joven Alfredo Evangelista llevaba el pelo que le tapaba las orejas y había aprendido a boxear en gimnasios de verdad. Fue el año en que murió Franco. 
Y solo dos años después ya lo estaba retando El Más Grande, Cassius Clay, como aún se le llamaba entonces en España, cuando en su país ya se había cambiado el nombre y no hacía falta más que leer el espaldar del batín para darse cuenta. De pronto Alfredo Evangelista, uruguayo nacionalizado, trazaba un punto de contacto entre el deporte de pedregal que se practicaba en España y los grandes colosos internacionales. Cuando hablamos de lo que significó, años después, que Fernando Martín jugara en la NBA o que Pedro Delgado ganara un Tour, no podemos hacernos idea de la distancia sideral que había entre Urtain y Mohamed Alí, parecida a la que había entre la España tardofranquista y los países más avanzados. 
Esa brecha la suturó Alfredo Evangelista durante poco más de una hora. Tenía 21 años. Era grande, inexperto, pero sabía pelear. También es verdad que Alí estaba en la recta final. Al año siguiente, después de los dos combates con Leon Spinks, anunciaría su retirada. Había perdido reflejos, hablaba más lento. Los combates con Norton, Foreman y Frazier, quizá las páginas más memorables de la historia del boxeo, le habían hecho mella. Eligió a Evangelista porque era el último de la lista de posibles contrincantes, el décimo del mundo. Para los muchachos que nos levantábamos a las cinco de la mañana, Cassius Clay era Cassius Clay, como si se enfrentase a un monumento, y Evangelista peleó con extraordinaria dignidad, encajó los picotazos que le mandaba la abeja reina y en el asalto 12, según él mismo dice, pudo haberlo noqueado. Solo esa pelea le arregló la carrera, porque Evangelista ya no fue un juguete roto, por más que a los 21 años seas el centro del mundo una noche frente a una leyenda del siglo XX. En eso también empezábamos a cambiar.
Para nosotros, niños de provincias que sabíamos de esto porque los martes salía el AS color, y por el entendido de la tienda de ultramarinos, Mohamed Alí (sonaba un poco pedante llamarlo así) no era un ser de otro país sino de otro planeta. Los boxeadores eran tipos rudos con ojos tristes y nariz de Popeye. Eran personajes de puerto pesquero. No era raro ver a gente sin tabique nasal que probó suerte cuando era joven. Incluso Foreman o Frazier (por quien yo más simpatía tuve), tenían aspecto de individuos peligrosos, cómics de carne y hueso, si bien Ken Norton era un superatleta y tenía cara de cantante soul. Pero Alí no parecía un boxeador. No lo llevaba escrito en la cara, y esa creo que fue una condición esencial para que fuese un mito. Era un ser llegado al boxeo desde otro mundo que nada tiene que ver con el boxeo. Él solía decir que, además del mejor, era el más guapo, y después de leer el artículo de ayer de John Carlin estoy por pensar que también lo decía con segundas. Luego hemos sabido de su posición ante la guerra del Vietnam y todo lo demás, su significado en la historia de la segregación racial y en la cultura popular norteamericana, y ahora se nos recuerda la foto del KO fantasma contra Sonny Liston, y el presidente Obama glosando el valor de levantarse y pelear. 
Pero entonces era una estrella que había convertido el boxeo en un espectáculo de cine, y al paradigma del perdedor en una voz influyente. Entre los más altos, más guapos, más ricos y más valientes había un ciudadano negro, y aquí buscábamos exclusivas de aldea, monstruos de feria. Era la primera vez en la historia de España, y la última, en que todas las mujeres coincidían en que un boxeador era un hombre muy atractivo. Resulta que la fuerza, la inteligencia y la hermosura no estaban reñidas. La bella y la bestia eran la misma persona.

2.6.16

Un capítulo sin escribir


Otra Carmen, mi amiga Carmen Pacheco, me recomendó este libro nada más aparecer, dos años antes, por cierto, de que Sánchez Ostiz publicase su Derrotero de Pío Baroja, en el que lo cita generosamente. Pero Carmen, mi amiga, me insistió en lo bien escrito que estaba, más allá de cualquier consideración culturalista. Y es verdad. He tardado casi veinte años en leerlo, pero es verdad. El libro se sostiene con su prosa limpísima, más parecida a la de su hermano Pío que a la de su otro hermano Ricardo, llena de pequeños y grandes dramas sugeridos, implacable con la gente que no le caía bien, sobre quienes en algunos casos da en una diana infrecuente: que Ortega, pese a ser un gran pensador, solo transmitió a sus discípulos su inagotable cursilería, o que Solana, nuestro Solana, era un bestia, y no solo por haberle hecho una faena a su cándido hermano Ricardo.
Acabado el libro, uno tiende a formarse una opinión muy matizada sobre el tipo de mujer que es Carmen, mucho más que sobre aquello que cuenta de unos y otros, en ocasiones deliciosamente contradictorio. Leer este libro es como haber pasado una tarde con una mujer culta y agradable, clara y seria, que se encandila con los objetos (como su hermano Pío) y son esos objetos y su forma de tratarlos los que nos dicen más de ella que cualquier análisis introspectivo. De ella, en realidad, dice muy poco, que solo fue feliz de niña y de vieja, pero que la flor de la edad, la juventud y los primeros años de matrimonio, fueron para ella un martirio que solo se mitigó con algo aún más desagradable, la guerra civil. Pero cuesta no hablar de ella, de su personaje, y quedarse solo con la trama. En este caso la trama, interesantísima, no deja de ser la excusa para describir un personaje aún más interesante. El título, por ejemplo, es interesante porque es un mal título, pero quizá tenga segundas intenciones.
Sería muy largo de contar, pero da la impresión, muy resumidamente, de que Baroja solo reconoció la idea del 98 cuando, ya viejo, hubo quien achacó la guerra al calentón emocional que ellos llevaban años alimentando. “Qué mal hemos quedado los del 98”, dijo Baroja en su exilio de París, pero cuando era más joven se limitaba a negar que aquel marbete tuviera sentido. Lo que pasa es que Azorín, uno de los pocos amigos de su hermano a los que Carmen Baroja reverencia, a lo mejor el único, se había empeñado en embalarlos a todos con un papel pintado donde pusiera Generación del 98, y en tiempos de Baroja una discusión como esa podía durar toda la vida, fácilmente se podían perder las amistades. A lo mejor eso es todo. A lo mejor llevamos un siglo hablando del 98 y lo único que pasaba era que un escritor no quería desautorizar a su amigo para no molestar a una hermana enamoriscada. ¡De Azorín! Quién sabe. Entre el efecto mariposa y lo tontos que somos, cualquier causa es posible.
El caso es que Carmen Baroja, gracias a las circunstancias, que operan como norma estética, menciona —sin tapujos— su desgraciado matrimonio con Rafael Caro, pero no solo no se ceba en ello sino que renuncia a escribir el capítulo correspondiente. Tan solo habla del “genio endiablado” de su marido, y dice que no podía quedarse hasta el final en las reuniones del Liceo femenino porque si no su marido se enfadaba. Todo eso antes de la guerra, magníficamente narrada, mientras duró la cual Carmen, su madre, sus hermanos Pío y Ricardo, su cuñada Carmen Monné y sus sobrinos Julio y Pío practicaron el autoabastecimiento en Vera de Bidasoa, contada en otro magnífico pasaje. El reencuentro con su marido es una página tremenda, él viejo, raído, desdentado, con algún arranque, sin embargo, para salvar unos pocos muebles de los escombros de la calle Mendizábal, o para comprar, en medio de la hambruna, otros muy hermosos con los que reanudar la vida familiar. Julio Caro también es tan claro como escueto en sus memorias: marido y mujer no se entendían.
Salvo con él, con Julio, su querido Julito, la verdad es que Carmen no deja a nadie sin bautizar. Su hermano Pío es egoísta y solo estaba interesado en su escritura, pero fue quien la cuidó en su única enfermedad grave y con quien convivió hasta el fin de sus días. Su hermano Ricardo era tan buena gente como todos nos imaginamos, pero era un gandul, se levantaba a las tantas y, si no le daba la ventolera, no hacía nada, irse al café con los amigotes (claro que Carmen Monné rara vez comía en casa). “Le dio por hacer faroles”, dice una vez, como si al ir de ocurrencia en ocurrencia nunca hubiera hecho nada serio. Y a lo mejor es cierto. Hay creadores igual que hay personajes. Ricardo Baroja es un gran artista y un estupendo escritor, pero sobre todo es un personaje (un personaje de su hermano Pío), con vivir tiene bastante, y no es que sea vago sino que carece de ambiciones impuras. Sin embargo, si hubiera tenido un poco de disciplina…
A los dos hermanos, al margen de sus temperamentos, les reprocha con todas las letras que no la animasen a ser como ellos, artista como Ricardo, o escritora como Pío, y lejos de eso dieran por sentado que ella con tener la casa arreglada y cuidar de sus hijos ya tenía bastante. Y con su marido, claro. Son hermosas, y amargas, las páginas en las que se queja de haber tirado su vida en un aburrimiento impuesto que la desesperaba conforme iba viendo pasar los años y con ellos todo lo que ya no era posible. Para combatir el tedio se entregó a la lectura, de la que quizá provenga su espléndida prosa.
Sí, con esa prosa debería haber escrito una buena novela. Vivía en la misma casa que un editor, un novelista famoso y un artista de los mejores de su tiempo, y sintió (con esa prosa es imposible no sentirlo) que ella también tenía su talento, evaporado en libros menores y en labores de artesanía. No deja de ser irónico el título que eligió para sus memorias, porque quizás ella se sentía como la Electra galdosiana que su hermano, de muchacho, con tanto ímpetu defendía. Debería haber sido la Nora ibseniana que tanto alababan en el café sus hermanos (e incluso trataban de imitar a su autor, al menos Pío, en novelas como La casa de Aizgorri), una mujer que acaba dando un portazo a los desagradecidos que han usurpado su existencia. Igual que participaba en las representaciones de El mirlo blanco con un joven alto, feo y amable llamado Manuel Azaña, en la vida las tablas le estaban vedadas. Estaba allí, era, ella, la mujer del 98, pero los machos del 98 ni siquiera se dieron cuenta.

Carmen Baroja y Nessi, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98, Tusquets, 1998, 245 p.

1.6.16

Antes del barro


Al terminar Tiempos de tormenta, de 2007, tuve la sensación de que me fallaba la memoria porque yo había leído Derrotero de Pío Baroja y no se me había quedado esa impresión acre de resentimiento difuso que tuve en la, según decía el propio autor, última incursión suya en el mundo de Baroja.
Así que me la he vuelto a leer, y la memoria no me engaña. Es verdad que, sobre todo al principio y al final, también entonces (el libro es de 2000), Sánchez Ostiz la emprende con una letanía de quejas sobre el tema de que a quien se mueve en la foto, lo apagan, y a quien disiente lo eliminan. Habla en general pero en indisimulable tono de pataleta particular. Esto de las injusticias literarias hay que tomarlo con mucha resignación, centrarse en la propia obra y proteger el sistema nervioso de las provocaciones del mundo, que siempre, en todas las épocas, son las mismas: arribistas, meapilas, estirachaquetas y poetas sin obra, que al final son los que se lo comen todo. Sí, es posible, pero no es un asunto que tenga mucho que ver con Baroja. 
El resto del libro, lo que hay dentro del emparedado quejumbroso, es el tipo de libro que todo barojiano ha imaginado. Se trata de mariposear por su obra, sin sacar de las obras —no de todas— más que alguna cita, no siempre favorecedora, en todo caso con escasas distinciones por épocas, salvo por lo que respecta a una vejez laboriosa que Sánchez Ostiz también trata con el máximo respeto y lucidez. Por allí aparecen los años de la bohemia detestable (más de su hermano Ricardo que de Pío) y un cierto ambiente de notoriedades madrileñas (“Baroja siempre estuvo en el candelero”), pero sobre todo el Baroja de Itzea, el vasquista que no soporta a los nacionalistas, que quiere “irse de esa tribu” de nacionalistas ortodoxos.
Qué buen lugar habría sido ese para hacerse eco de lo que dice Julio Caro en sus inolvidables memorias, que Baroja tenía muy buen trato, por ejemplo, con Telesforo de Aranzadi y con Miguel de Barandiarán, a los que encomendó a su sobrino de dieciséis años para que los acompañase en una excavación arqueológica. Esa simple anécdota dice bastante del tipo de vasco que era Baroja, ese ciudadano que pone la ilustración por encima de cualquier prejuicio, incluidos los prejuicios ilustrados. Barandiarán no era, desde luego, uno de esos curas que, envueltos en moscas y protegidos por carabineros, habría desterrado de su país vasco ideal. 
En general, el libro de Sánchez Ostiz es el de los itzeanos, es decir, aquellos que a partir de Baroja imaginaron el mito del beatus ille adaptado a nuestros días. La frecuentación de Baroja casi siempre anima a imitarlo, a tener tu tertulia de Alarcón, tu refugio de Itzea, tu amor por los hoteles de la vieja Europa, por los trastos etnológicos, por las librerías de viejo, por las orillas del Sena, por las nieblas de Londres, por las damas rusas. Sánchez Ostiz se empeña en que Baroja construía personajes y decoraba con ellos sus futuras autobiografías. Sin embargo, insiste muy serio en que “es fantástico eso de desautorizar a una persona por lo que hizo en su vida privada, por sus gustos domésticos, hace setenta años”. Ya lo creo que es fantástico, lo que no entiendo es por qué en sus siguientes libros Sánchez Ostiz recurrió a ese tipo de fantasías. Aquí, todavía, sus impresiones del desastre de la guerra contienen pasajes “estremecedores”, y el episodio del mirador de Biriatu no es más que un ejemplo de cómo Baroja, hasta el último momento, quiso informarse de primera mano antes de escribir. En Tiempos de tormenta le dedicará un capítulo quisquilloso que es una muy poco clemente andanada contra el turista-escritor. 
¿Qué pasó entre 2000 y 2007 para que Sánchez Ostiz se enfurruñara de ese modo con Baroja? ¿Por qué aquí dice que es “una lástima” que Baroja no hablara “con mayor extensión” de algunos amigos suyos, simplemente, y en Tiempos de tormenta lo trata como a un escritor cuco y celoso que no regalaba posteridades ni a sus mejores amigos? ¿Por qué aquí habla de un Baroja “que no pretende engañar a nadie” y en sus posteriores libros lo pinta como un figurón?
Los bandazos desacreditan y la confianza da asco. Uno no puede reñir con un personaje al que admira, al menos en público. Es de mal gusto. Y eso que, cuando se deja del personaje y se centra en la obra, demuestra bastante buen gusto (El viaje sin objeto, Los caudillos de 1830, Laura), pero no trae decenas de novelas interesantísimas y poco conocidas que es donde late el gran escritor. Lo primero es dominar la obra, y así no se cometerían errores como decir que “Baroja manifestó siempre una radical aversión hacia el donjuán y el mujeriego”, lo cual quizá sea cierto en la vida real y en algunas novelas de tema contemporáneo pero desde luego no en las muchas y muy románticas historias que hay engastadas las Memorias de un hombre de acción, hasta el punto de que hay una línea donjuanesca que va del mismísimo Zalacaín al astuto Eguaguirre o todos los Quintines que desde La feria de los discretos menudean en sus novelas. Alguien que no se interesase por don Juan ni como tema literario no escribe La aventura de Missolonghi o El capitán Malasombra, ni siquiera la trilogía de Agonías de nuestro tiempo, que es un donjuanismo ocre, existencial antes de hora. 
Baroja escribió tanto que resulta poco recomendable lanzar órdagos críticos, sobre todo uno que repite en los dos libros que comento, que Baroja era refractario al modernismo. Sí, en la medida que los bohemios le atraían como podían atraerle a Dostoievski, como una prueba de la abyección del genero humano. Pero eso es solo una parte del modernismo, porque el Baroja de La casa de Aizgorri lo domina perfectamente, y el Baroja posterior lo destila, lo depura y lo usa cuando le conviene. ¡A ver si entre todos los modernistas de su época y los de la siguiente se encuentran muchas descripciones como la de Marsella en El laberinto de las sirenas! Escrita, por cierto, en 1923, cuando ya se había pasado el luto del modernismo.
Lo que hay que distinguir bien en Baroja es modernismo y modernidad, porque de modernista decadente no tenía nada, pero de moderno lo tenía todo, empezando por el traje, la escena, ese personaje que creó de tal manera que fue casi natural que se convirtiera en mito, y continuando por la idea pictórica de la narración, algo que en su época ya se lo reconocían pero que no es tema que interese a Sánchez Ostiz. Baroja captó el simbolismo con la misma hondura que Antonio Machado, y no hablo del Machado de las fuentes y de los ocasos sino del de los álamos y los caminos. En la entraña de la modernidad estaba ver con ojos de artista, con mirada de pintor, con una emoción sugerida por las pinceladas escritas. 
Baroja es esto, pero si sigo leyendo libros sobre su vida llegaré al mismo tipo de insatisfacción. Derrotero de Pío Baroja es el libro de un admirador que escribe muy bien, todavía no el de un pariente crítico que de pronto da la sensación de que tiene demasiadas cuentas que saldar y piensa que para desenmascarar a un mito basta con que enseñes las facturas. Antes hay que hurgar en su obra, en toda su obra, examinar los matices, las huellas de la maestría. Esos descubrimientos son a prueba de pleitos. 

Miguel Sánchez Ostiz, Derrotero de Pío Baroja, Alberdania, 2000, 210 p.

26.5.16

Ahora que ya no nos mataríamos


Leo que Ganemos Madrid, grupo afín a Ahora Madrid, que gobierna la capital, no está de acuerdo con la Comisión para la Memoria Histórica que ha formado Manuela Carmena, con gente, en principio, de todos los palos. La idea de Carmena es que la comisión deben formarla todos, y por eso la preside una abogada laboralista y la integran dos historiadores (de tendencias divergentes), una filósofa feminista, una arquitecta de lo sostenible, un cura de Lavapiés y un escritor vinculado a Ciudadanos.
Ganemos Madrid no entiende que se llame a un cura y a varios estudiosos de derechas a hablar de un tema del que solo deberían tratar los herederos ideológicos de los vencidos, no los de sus verdugos. Carmena, por su parte, piensa que esta es otra oportunidad histórica de ponernos en algo de acuerdo. Y para ello ha tirado, nunca mejor dicho, por la calle del medio, esa donde Andrés Trapiello, que también forma parte de la comisión, quiere poner el nombre de Manuel Chaves Nogales.
En realidad tiene varios sitios para ponérselo: no estaría nada mal, por supuesto, en los aledaños de la plaza de las Ventas, aunque solo sea por haber escrito Juan Belmonte, matador de toros, seguramente el más hermoso libro sobre tauromaquia (con el permiso del maestro Vidal) que se haya escrito nunca; pero tampoco desentonaría en la calle Ferraz, en memoria de aquel espléndido reportaje sobre la defensa de Madrid y la actitud del general Miaja; o incluso en los aledaños de Antón Martín, lleno de academias de baile flamenco, en honor a la muy divertida y mejor escrita El maestro Juan Martínez que estuvo allí. Eso sí: si hubiera que ponerle una calle en atención a su obra maestra, A sangre y fuego, tendría que ser una plaza, un lugar de reunión, donde quepan los unos y los otros, y, a ser posible, se lleven bien.
Llevo años recomendando a los alumnos la lectura de A sangre y fuego. Los cuentos alternan los desmanes fascistas con las tropelías revolucionarias, porque Chaves, demócrata, republicano, no se sentía representado en ninguno de los dos bandos. Sabía perfectamente cómo era la revolución soviética y había olido el perfume helado del fascismo en las plazas de Europa. Fue, además de un gran escritor, uno de los mejores periodistas de su época, pero no fue de los unos ni de los otros. Fue lo que ahora, se supone, somos los demócratas. Ahora que ya no nos mataríamos… 
Trapiello lleva mucho tiempo en la labor de rescatar a Chaves, de quien hace veinte años solo había, en Alianza, el libro sobre Belmonte. Pero luego a Espasa-Calpe se le ocurrió desenterrar A sangre y fuego, y su éxito no hace sino crecer porque, aparte de todo, es el mejor libro de ficción que se ha escrito sobre la guerra civil, sí, y eso que Sender me gusta mucho. Y uno de los primeros en ser escritos, por cierto, para que luego hablen de la distancia temporal tan necesaria. Antes de acabar la guerra Chaves ya había entendido, o no había dejado nunca de entender, que aquel era un fregado en el que la democracia parlamentaria pintaba poco.
Pero lo más importante es que sea necesario restituir, rehabilitar la memoria de los que, por una razón o por otra, fueron derrotados para la historia, condenados al olvido. La primera Comisión de la Memoria Histórica, la que sí gustaba a Ganemos Madrid, procedió a vengar los agravios elaborando una lista de nombres que había que quitar de las paredes porque habían demostrado alguna relación con el franquismo. Y por ahí salían Guillén y Mihura, Pla y Manuel Machado, Jardiel Poncela y el gran Cunqueiro. Por estar estaba hasta Manuel Rodríguez Manolete. Antes de proponer la exhumación de nombres olvidados, se dieron prisa en organizar simbólicos fusilamientos de los que aún no han caído en el infierno.
Eso significaba no haber entendido nada. Yo quiero que el nombre de mi abuelo, José Bravo Adiego, salga del pozo de Caudé en el que reposan sus restos, pero me parece un atraso tapar toda referencia, por peregrina que resulte, a cuarenta años de historia. Aquella primera comisión tan ridícula dio que hablar, y pronto se llegaba a la misma conclusión: si hay que eliminar del callejero a todos aquellos nombres que tuvieron alguna relación con un gobierno tiránico, habría que empezar tirando, por ejemplo, las estatuas de los Reyes Godos que adornan la plaza de Oriente. 
Las ciudades son entes orgánicos llenos de imperfecciones. Funcionan acumulativamente. El aire de la calle despoja de significado a la mayoría de los nombres. Yo vivo en la plaza de Gabriel Miró, uno de mis escritores de referencia, pero no hay taxista que sepa quién es ni donde está, entre otras razones porque le pusieron su nombre a una plaza que ya lo tenía, Las Vistillas, y era muy difícil de quitar. A la historia, además, se pasa de muchas maneras. Emilio Carrere, el escritor más vago y trapacero que se ha paseado por Madrid, que se vestía en las pompas fúnebres para oler a cadaverina y que los perros le aullasen al pasar, pasó a la historia por una novela que no escribió, La torre de los siete jorobados. La escribió un joven llamado Jesús de Aragón, y la hizo famosa, tiempo después, el cineasta Edgar Neville. Neville tiene una calle en Pozuelo de Alarcón y Carrere otra en el barrio de Princesa. Jesús de Aragón, ninguna. Tanto Carrere como Neville eran franquistas declarados, aunque ninguno de los dos figuraba, seguramente por ignorancia de los redactores, en aquella primera lista de placas fusilables. El que ni tiene una placa en ninguna parte ni nadie pide que sea rehabilitado es Jesús de Aragón, eso por supuesto.
En Villarquemado, provincia de Teruel, y también en Nueva York, resolvieron hace muchos años el asunto poniéndoles números a las calles. La memoria la guardan en los libros, en la escuela y en el corazón.  

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