7.4.20

La contagión, 23


A medida que las cosas siguen su curso desesperante, nos vamos enterando de detalles que son como vueltas de tuerca. Una cosa es el miedo a contagiarse y otra el miedo a estar ya contagiado. Lo último que he oído, ojalá sea un bulo, es que el virus es miasmático, que vive flotando en el aire por lo menos cuatro horas. Hasta ahora se limitaba al contacto. Tenías que tocarlo, te tenía que dar. La distancia era solo con los otros, pero también cabe la posibilidad de que sea con el lugar que han ocupado los otros. Uno solo está inmune si pasa por sitios por los que hace cuatro horas no ha pasado nadie. Eso supone que mientras haces cola distanciada en la carnicería te tienes que forrar para que el virus pinche en hueso, rezar para no estar respirando los efectos de una tos.
Vivimos en una casa tomada. Una sombra invisible se desliza por las corrientes de aire. Una ventana abierta hace tres horas puede resultar fatal. Cada día, para dar ánimos al personal y desquiciar a los vecinos de abajo, las familias salen al balcón y cantan canciones solidarias, y una lluvia de gérmenes va cayendo como un confeti mortífero sobre las ventanas abiertas del vecindario. Pero es inhumano prohibir que el presidiario saque la mano por la reja, o cante una soleá. Casi tan inhumano como soportarlo. 
Así las cosas empezamos a confundir el no salir de casa con no salir del dormitorio y guardar turnos, las familias numerosas, para no estar nadie en el mismo sitio hasta varias horas después de que haya estado algún otro habitante de la casa, y haya abierto la ventana. Lejos de haber derrotado al virus, lo mejor que puede pasarnos es que seamos un poco paranoicos, no cometer ningún «pestífero error», como decía Juan de Mena, que nos obligue a salir de la cama más que para los servicios esenciales.
Despedirse de alguien diciendo hasta mañana es, en estos días aciagos, un exceso de optimismo. Podemos protegernos del contagio pero nada es previsible. Cada mínima acción, de pronto, se convierte en un riesgo evidente que nos puede llevar al hospital. Bajar una escalera, pelar una manzana, asomarse al balcón, abrir una lata de escabeche, encender el gas… La vida está llena de momentos que pueden estallar. Y ya no hablemos de coger un coche. Nos hemos vuelto aprensivos. El virus nos ha hecho de vidrio. Cuidado.

6.4.20

La contagión, 22


Para celebrar el Domingo de Ramos, me puse a ver El gran silencio, que es mi Ben Hur particular. Al contrario de lo que dicen los fanáticos que lloran cuando llueve, esta Semana Santa puede ser la más auténtica de nuestras vidas, llena de recogimiento. Al catolicismo verbenero y al turismo los ha hecho polvo, pero a la religión la ha despojado de sus cirios y sus trompetas y la ha dejado en lo que es, silencio y soledad. Las iglesias católicas llevan mucho tiempo tragando con la desacralización del rito. Entre los severos pasos zamoranos y la ruta del tambor hay mucha fiesta y poca fe, tanto que da la impresión de que sin catarsis popular se corre el riesgo de que no quede nada. En Sevilla han puesto cámaras fijas en la imagen de una Virgen, para que la gente ore, pero el resto de cadenas repetirá las procesiones del año pasado. Las audiencias darán una idea más exacta de la situación del catolicismo en España que los certificados de bautismo.
Y eso no tendría por qué ser así. Es tiempo de mística, de castigar el cuerpo hasta que le entre el síndrome de Estocolmo y ya no quiera abandonar su celda. Si algo se aprende en esta película de tres horas y media en la que no ocurre nada es que el aburrimiento es una debilidad, no una condena. Los monjes siempre están haciendo algo, aunque sea meditar, y nunca pasan muchas horas sin cambiar de faena. Se les pasa el tiempo hasta que el tiempo es una unidad superior en la que uno flota sin memoria de los días. Salvo para quienes están sufriendo de verdad, esta sería una buena ocasión para que la iglesia se aplicase en propagar las virtudes de no salir de casa, de las que ella siempre ha obtenido pingües beneficios espirituales.
Esta año vamos a ser todos un poco protestantes, más rígidos y austeros, más obedientes y resignados. Además, conforme pasan los días, necesitamos ser buenos, no aburrirnos y ser buenos, tener la celda limpia, el hábito planchado, las manos esmeradas de tanto lavarnos con jabón Lagarto. Es el gran momento de que la Iglesia llame a su seno a los aburridos, y los conforte con misterios profundos y éxtasis caseros. Y nada de procesiones repetidas: el San Juan de Saura entre semana, y los domingos por la tarde, la Santa Teresa de Concha Velasco.

5.4.20

La contagión, 21


Las tres semanas de teletrabajo me dejaron con necesidad de tomar algún que otro depurativo. Por ejemplo, escribir a lápiz. Cuando huyes de las pantallas te encuentras con todo lo que fue quedando en el camino. Y es distinto. El lápiz, como decía Ramón, escribe sombras de palabras. Es imposible alcanzar esa velocidad convulsa del ordenador. En la historia de la literatura nunca se mencionan los métodos de escritura. Es imposible que Kafka escribiera a máquina, y es imposible que Faukner escribiese a mano. Ganó, durante todo el siglo XX, Faulkner, porque inoculó en los escritores la costumbre de tomar nota de todo lo que pasaba por su mente, en vez de ir dibujando las palabras y tener que recordar a cada paso por dónde había empezado la frase. Hay, digamos, una literatura analógica y una literatura digital. Azorín con una máquina de escribir es como si yo me pongo a buscar setas. Vázquez Montalbán solo utilizaría el lapicero para darle vueltas al café.
Pero bueno, el caso es que de vez en cuando siento esa necesidad. Empuño el incomparable Palomino Blackwing y me dejo llevar por el sonido del roce del grafito sobre el papel ya viejo de un cuaderno marca Ancla. Todo se remansa, todo vuelve a su condición de acto, no de medio. En mi desintoxicación digital descubro que hablo de cosas completamente distintas, menos vistosas, como si hubiera cambiado el violín por el violón. Como si hubiera bajado la voz. Termina una larga pieza de Thelonius Monk y un locutor sin histerismos, serio, neutro, transparente, informa de que ya llevamos once mil setecientos cuarenta y cuatro muertos. Nada más. El programa de jazz de Radio Clásica pone ahora una pieza de Eric Clapton y Wynton Marsalis, magnífica. Uno se sobrecoge y guarda la compostura como cuando antes, en los tiempos del lápiz, un féretro pasaba por delante. La gente dejaba de hablar y componía un gesto de respeto. Incluso me sobrevuela la idea de que sea una actitud un poco frívola, como si estar permanentemente informado y escuchar o leer lo que se dice sobre la epidemia fuese una deuda moral para con los fallecidos.
El lápiz me dibuja en otros tiempos, quizás aquellos a los que ahora me gustaría huir. Por puro hartazgo necesitamos encontrar agarraderos nuevos. Afuera todo es catódico y tristísimo. Adentro huele otra vez la madera de cedro, que es la que emplean para los ataúdes, pero también para los lapiceros.

4.4.20

La contagión, 20


Me ha venido a la memoria estos días un personaje de la infancia, amigo de mis padres, un hombre afable, simpático y dicharachero, siempre con algún chiste nuevo que contar, el más entusiasta cuando se trataba de organizar una excursión o una comida vecinal, cuando había comidas vecinales. A mí me gustaba verlo sonreír, era la alegría personificada. Solía fijarme en un diente de oro que llevaba, tan habituales entonces, que daban un aire de cierto prestigio vital, como si no fueran producto de la piorrea sino de algún lance secreto. 
Siempre lo había visto con gente, iluminándola con su buen humor. Un día lo vi solo, en un banco del recién construido parque Los Fueros, la primera vez que lo hicieron, porque al poco de inaugurarlo empezó a hundirse. Estaba construido sobre los escombros de la guerra y no tenía consistencia. En todo caso aún no era costumbre pasear por él, y mucho menos sentarse. Pero allí estaba él, solo, serio, con la mirada perdida, dejando que un cigarro se le consumiera entre los dedos. No tenía cara de tranquila satisfacción ni tampoco de cansancio, estaba como desconectado, como descansando de sonreír, y sobre todo, o esa impresión tuve yo entonces, parecía muy triste.
Ahora pienso que aquel vecino era un espléndido actor. Cuando estaba con otros llenaba el tiempo y el espacio con sus carcajadas, nunca pesadas ni protagonistas, porque su principal habilidad era que quien estaba con él se sintiera más importante que de costumbre. Pero entonces, en el parque, solo, era la viva imagen del hastío y también de la resignación, que viene a ser un tedio sin angustia. Los actores profesionales están ahora parados, y los demás, todos, también. No es necesario actuar. El público, cuando se tiene, es de la máxima confianza. En el trabajo no hay que ponerse la nariz de payaso, ni ser lo que quieres que los otros piensen que eres. El papel de aquel vecino era estar contento. Cuando no había público quizá se viniese abajo. Vivía solo, su madre había fallecido antes de que yo naciera. Él también murió hace tiempo, y no tengo nada claro qué habría sentido en una situación como esta, cuál de los dos habría sido en su confinamiento, si el hombre que no para de alegrar a los demás por teléfono, o el que se hunde sobre su propio pasado.

3.4.20

La contagión, 19


La transición a un mundo enteramente virtual está siendo más rápida de lo que imaginábamos. Si la ciudadanía sigue llevando su confinamiento con sosiego y entereza es porque ya no hay ni un solo momento del día en el que no pueda si quiere estar conectada a internet o viendo el mundo a través de una pantalla. El decorado permanente, ya sabido, no exige atención. La vida ahora es una especie de domingo frío. Esta tarde de viernes hay buenos motivos para descansar, para apagar el móvil, el ordenador, la tablet y la televisión. Pero qué iba entonces a quedar de nosotros. Pienso estos días en cómo pudo ser una epidemia de estas características cuando solo había radio. Es el único electrodoméstico comunicativo que pienso mantener este fin de semana encendido, en Radio Clásica a piñón fijo, salvo los ratos que escuche a Manolo Fernández o a José Miguel López en Radio 3. Ellos me dan acceso a otro tipo de virtualidad para la que ahora también tenemos las circunstancias adecuadas. Puedo escucharlos como los escucharía hace veinte años, o más, los suficientes para que no hubiéramos aún salido del teléfono de baquelita. O eso, o un libro, o nada. Y gracias. Puedo trasladarme en el tiempo y vivir lo mismo que habría vivido antes de la invasión en la que colaboro.
Durante la semana uno se pasa toda la mañana dale que te pego con el ordenador, y cuando por fin lo deja tiene que contenerse si no quiere volver al barro. El descanso consiste en lo mismo que el trabajo: ver imágenes bidimensionales, leer mensajes breves. Digamos que lo que cansa y desespera es dejar de hacerlo. Cuando salgamos de aquí habremos invertido los términos, como estudiantes que no van a clase y cambian el horario, de modo que los ratos de ausencia de pantalla, que ahora, un poco tópicamente, tanto ansiamos, ocuparán el tiempo del fatigoso trabajo. Descansar de la incongruente vida real será otra vez volver a conectarnos. Sobrellevarla quizá implique adoptar las costumbres de las generaciones posteriores, que han sabido sacarle el mejor partido a la tecnología y, aunque estén juntos, hablan por escrito. «Hablar es siempre un poco un deslizarse», dice Álvaro Pombo en su Vida de San Francisco de Asís, que me está encantando, y con los mensajes escritos uno como que se sujeta más. Éramos consumidores habituales del mundo virtual que han sido condenados a vivir en él. No sé cómo vamos a salir de esta.

2.4.20

La contagión, 18


Ahora que todo el mundo se retransmite desde casa, me ha dado por fijarme en la tramoya del selfi, la pared del fondo, el lugar en el que se sientan los animadores para hablarle al teléfono. La cosa va por edades. Los adultos ponen libros por detrás, a veces unos pocos, heterogéneos, mezclados con discos y muñecos. Es el decorado más clásico: la cara seria y serena, los libros como un inventario de lo que se lleva dentro del cerebro, aunque sea la enciclopedia de la caja de ahorros. Otros buscan un rincón debajo de los cuadros caros, firmas originales, regalos de amigos de una vida fascinante, motivos japoneses que llaman a la calma. Los jóvenes se reparten entre la estética de tenderete y la pared vacía, entre el horror vacui y la distancia profiláctica. El que vive en el ático de sus sueños procura que se vea alguna viga inclinada. El que pudo alquilarse un piso en el casco histórico se sale al balcón. En la esquina de uno se veía un piano que brillaba como el charol.
Los viejos, pobres, se sientan en la mesa del comedor. Detrás se ven los muebles de la boda, las fotos de los nietos. Hablan como cuando cogíamos los primeros teléfonos, que gritábamos porque estaban lejos. Tantos años de imparable progreso y vuelven a gritarle a un aparato, cómo estáis, ¿estáis bien?, por aquí vamos aguantando, dicen, con la sonrisa un poco descompuesta. El nieto al que no se atreven a decirle adiós les manda besos y emoticonos, su fondo es un surtido de stencils de Banksy, carteles oscuros, de gente que mira con mala leche. En otro canal, la religiosa deja ver el crucifijo, la pared blanca inmaculada, habla desde el convento y desea paz y amor, y le contesta una hermana desde un asilo donde nadie viene a recoger a los muertos. El político presume del sillón de ejecutivo bauhaus en el que no se sienta nunca, o enseña el artesonado de su mansión con un astuto contrapicado y viste chaqueta y corbata para no salir de casa, como si llevara la responsabilidad metida en el traje. Otros nos enseñan sus jerséis de lana, su vida de algodón orgánico. Mi favorito hasta el momento es el de una política que se sienta, en vez de delante de los libros, detrás. En la estantería no se ven los lomos sino el filo de las páginas cerradas. Queda bien.

1.4.20

La contagión, 17


Hay dobles vidas necesarias que ahora se han unificado. Leo que en las cárceles, por ejemplo, el consumo de droga (una ilegalidad que todos los gobiernos consienten, supongo que para evitar males mayores) se ha puesto por las nubes y las enfermerías amenazan con colapsarse, pero no de contagiados sino de abstinentes. Afuera, en la vida libre, imagino a esos individuos que para garantizar la paz y la armonía del hogar se cuelan al cabo del día varias veces en un bar para meterse un lingotazo con el que seguir adelante. Seguramente su regreso forzoso a las buenas costumbres acabará minando el modelo de vida ideal que con algunos retoques discretos habían conseguido. Cuántos habrán tenido que poner las cartas encima de la mesa, o tienen una botella escondida en el armario del lavabo, o han dejado de encontrarse con la persona que les hacía la existencia llevadera. La intimidad será para ellos más necesaria que nunca, aunque solo sea para ocultar esos momentos de zozobra, de angustia o de desánimo que suelen pillarlos por la calle o en un rincón de la oficina. El hogar es un sagrario del que solemos dejar fuera los agentes tóxicos que nos amargan la vida. En muchos casos se han quedado donde estaban, y quizá sea una buena oportunidad para acostumbrarse a prescindir de ellos, pero en muchos otros se habrán metido dentro y estarán envenenando las paredes. Seguro que hay padres muy dicharacheros cuya familia acaba de descubrir que son tipos taciturnos la mayor parte del tiempo, o al revés, gente por lo general callada que ahora no para de cascar. Hijos que de pronto han encontrado en su casa la felicidad de un aislamiento que hasta ahora tenían que fingir con amigos sobrevenidos y poco interesantes, o que se han liberado del engorroso papel que les tocaba representar en su pandilla y la nueva situación está que ni pintada para cambiar de grupo. Psicólogos perspicaces aconsejaban, para lidiar con el aislamiento, reparar esas pequeñas cosas que no hemos tenido tiempo de hacer, como si este trauma se curara con bricolage. Quizás hablaban del bricolage interior, de los ajustes de nuestra existencia, sacarnos los clavos, lavar la ropa vieja, tomar aliento para no volver a repetir las mismas tonterías. Otros no tendrán nada que arreglar porque los han condenado a su paraíso privado. Esos, cuando vuelva el mundo, lo van a pasar fatal.

31.3.20

La contagión, 16


¿Cómo contarán los novelistas esta historia? Para empezar, ¿cuentan los novelistas lo que sucede? Pocos, ciertamente. Es más fácil usar una plantilla o fusilar la wikipedia, imaginar villanos de tebeo, parafrasear historias antiguas o contar su vida. Pero, aun a resguardo, aun en un escalón inferior, aquellos que cuentan el mundo en el que viven y no copian nada siguen siendo los cronistas de los que después habrá que echar mano. Oí decir a Muñoz Molina el otro día que la labor del escritor era recopilar ahora cuantos más detalles cotidianos mejor, para que después se pueda, más que saber, hacerse cargo de lo que ocurrió. Para saber lo que pasó en la Gloriosa leo a Fernández Almagro; para sentirlo, a Galdós, y para soñarlo, a Baroja.
Me imagino a productores de series trabajando en las pobres ideas de siempre: o bien una vacuna que salva a la humanidad después de una persecución y varios polvos, o bien un regodeo morboso en las entrañas del mal. La realidad es que las vacunas llegarán tarde y que, afortunadamente, no podemos presenciar con palomitas el sufrimiento de nadie. Tan solo tenemos que sentirlo, que hacernos cargo. La realidad es invisible y mayoritaria. Aquellos que se atrevan, ¿trazarán un arco interclasista con algún médico, por ejemplo, o se dedicarán al collage de historias mínimas? ¿Se podría escribir una visión panorámica de todo lo sucesivo a través de una sola pequeña historia?
Estamos en época de mensajes gratuitos. Prevalecerá el valor del ser humano y tal y cual, pero no el valor de lo que cuesta sino de lo que es capaz. Será difícil meter en un libro este peculiar encuentro con uno mismo. Lo más realista sería que unos se han dado cuenta de que llevan años viviendo en estado de excepción y otros han tenido que cortar en seco sus pequeños vicios. Los que viven de flor en flor están hartos de ver el estampado de las cortinas, los que llevan una vida normal tampoco han notado mucho el cambio. Nada excepcional más allá del hecho de pensar en ello. Nada, hoy en día, novelesco. Lo real de esta epidemia no es una descripción expresionista de sus estragos (un género ilustre, por otra parte), sino más bien la imagen de un mundo en el que cada cual se aferra como puede a lo que sigue considerando bueno no solo para sí mismo.

30.3.20

La contagión, 15


Los primeros cálculos de Boris Johnson, un horizonte optimista de 20.000 muertos en Gran Bretaña, escondían un criterio que ha debido dejarlo ya sin uñas, al paso que van. 20.000 es el resultado de que muriera el 0,05% del 60% de la población, que es el porcentaje —mínimo— que se ofreció al hablar de un contagio general. Esos cálculos, por lo que leo, son aceptables en el caso de la gripe común, que tiene, en efecto, una mortalidad del 0,05. Sin embargo, la mortalidad del bicho que nos ataca puede llegar al 3,4%, es decir, 68 veces más, o sea, y solo en Inglaterra, 136.000 muertos. Las restricciones, la geografía, el sentido común, las incidencias desiguales, las costumbres, el azar, los servicios médicos y el verano reducirán esa cifra a otra igual de montruosa pero mucho menor, e incluso podrá, en términos casi abstractos por imprecisos, contabilizarse el número de vidas salvadas
Los números marean. Si eso fuese así, el número de posibles fallecimientos si no se hiciese nada sería de seis millones y pico de norteamericanos, y en España pasaríamos de ochenta mil. Es decir, todo lo que no fuese llegar a esa cifra serían vidas arrebatadas al virus por una causa o por otra. Lo pensé por un momento pero llegué a la conclusión de que esos célebres 20.000 muertos deberían proceder de otra regla de tres. Y sin embargo, días después, leo a Trump decir que si solo mueren 100.000 ciudadanos puede considerarse «un buen trabajo», que es, exactamente, el mismo cálculo que yo pensaba que hizo Johnson, el 0,05% del 60% de la población.
Tampoco se puede esperar de ellos que hagan un cálculo al 3,4% porque sería devastador, y seguramente también equivocado, pero tampoco que templen gaitas con cálculos tan ilusorios. Más valdría no haber dicho nada, y dejarlo para cuando, ya otra vez sanos y festivos, nos hagamos cargo de lo que supone una epidemia como esta en aquellos países donde la defensa social y sanitaria es nula, y resolvamos a nuestro favor la duda que secretamente nos corroe, que los suecos no vayan de farol, o que se abracen a sus costumbres poco contaminantes y consigan librarse del virus sorteándolo, no combatiéndolo. ¿Todavía dicen que ya no hay olimpiadas? Estas son las olimpiadas, a ver qué país ha cuidado mejor de sus ciudadanos, a ver quién se aleja más de las más lúgubres premoniciones.

29.3.20

La contagión, 14


El tiempo que tuvo que estar aislado y en reposo por tuberculosis, Camilo José Cela se leyó la Biblioteca Ribadeneyra. El otro día, Marcelino Cortés nos recordaba cómo Josep Pla cuenta su confinamiento en Palafrugel, en 1918, como unos días de sosiego inolvidable. Uno se sienta cada mañana al ordenador con la misión imposible de reproducir una clase en un documento, e intenta seguir con lo previsto a la distancia, y que los alumnos tomen sus clases como si no sucediera nada que lo impidiese. Los alumnos (me niego a decir el alumnado, lo siento) responden como si fuera verdad lo que estamos intentando, máxime cuando ya suenan campanas de que este va a ser un curso perdido. ¿Perdido? Seguramente lo será si nos empeñamos en continuar negando la excepción. Esta reclusión forzosa debería haberles servido para entrar en contacto, dentro de su casa, con el mundo real. Era un buen momento para descongestionar de tanto cable sus cerebros, de coger un libro y leerlo, de escuchar tranquilamente las variaciones Goldberg tumbados en la cama (en Teruel hay un porcentaje muy gratificante de alumnos que estudian en el conservatorio: es nuestro gen valenciano), incluso de pasear a través del pantallón de su dormitorio por las galerías del museo D’Orsay. Era momento de empezar un diario y escribirlo a mano, con buena caligrafía, para leerla cuando sean viejos, o de hacer cosas tan raras como escribir una carta, aunque fuera por ordenador, pero más extensa que los tiránicos ciento y poco caracteres con los que están reduciendo nuestra mente a un picoteo de frases sin fundamento. Eran, también, y seguramente lo estarán siendo, momentos de pensar y de charlar. Todos los que se quejan un poco por costumbre de que la vida te pone difícil charlar con tus seres queridos ya no tienen ninguna excusa. En vez de una clase de matemáticas, una conversación con tu padre; en vez de una clase de ciencias, una sonata de Mozart mientras lees las aventuras de Darwin a bordo del Beagle e intentas contarte a ti mismo la extraña situación por la que estás pasando. Las autoridades nos animan a que utilicemos la videoconferencia. Si por primera vez tienen que organizarse a su manera, no voy a ser yo el que los vigile. Si lo hiciera, sería solo para comprobar que durante las horas de mis clases todos están tumbados en un sofá, leyendo.

28.3.20

La contagión, 13


Nos habíamos acostumbrado a vivir sin miedo a las enfermedades. Ten cuidado, nos decía nuestra madre, no te tengamos que llevar a la residencia. Podías caerte, atracarte de pasteles, coger el sarampión. El límite era tener que ingresarte porque se te hubiera clavado un cristal en la rodilla, o que no hubiera forma de bajarte la fiebre. Entrabas en pasillos blancos que olían a colodión, muerto de miedo, y los padres te cogían de la mano. Sonreían para quitarte el terror con el que ahora entran ellos en los hospitales, y esperan en un pasillo, y no ven a nadie. No te preocupes, no será nada, si quieres te traigo las zapatillas, fue lo último que escucharon. Hasta mañana, les dijeron. Pudo ser solo un corte en la rodilla, un empacho, una imprudencia, pero ellos estaban allí, no te preocupes, decían, si tienes que hacer noche me quedaré contigo. Y se iban a comer con el encargo de traerte unos tebeos, ¿qué más te traigo, hijo mío? La vida era que volviesen. Ha pasado el tiempo y ellos están en los mismos pasillos blancos, la puerta está cerrada y detrás solo se ve personal sanitario que se protege como puede y detrás de los cristales hace signos de esperanza. Uno se queda con las zapatillas en la mano como si se hubiera quedado con una conversación interrumpida. Había llegado el momento natural de ser nosotros quienes les cogiésemos la mano, no te preocupes, ahora viene el médico. Y sin embargo estamos fuera, todos, menos los que se juegan la vida, estamos fuera. Suena el teléfono y se acerca la epidemia, un buen amigo no ha podido despedirse de su tío, entró como entra de vez en cuando, a que me pusiesen medias suelas, suele bromear con los amigos cuando vuelve al hogar del jubilado. Quizá solo fue un leve accidente, una ligera recaída, quizá tan solo fue por precaución. Quedan las horas crueles de no cogerles la mano, de no acercarles un vaso de agua. Quién te iba a decir a ti que el túnel blanco era el pasillo del hospital y que no sería rápido ni glorioso. Cortas una rodaja de lo que sea para comer un poco, hay que comer un poco, no puedes caer enfermo, cuidado con el cuchillo, no puedes exponerte a que te tengan que ingresar. La vida y la muerte pelean en el mismo sitio, detrás de los cristales, prohibido el paso.

27.3.20

La contagión, 12

  
Cuando Juan Carlos Navarro y yo nos estábamos documentando para el folletín La enfermedad sospechosa, nos apareció un personaje singular, Aurelio Benito, un médico cirujano. Mientras las familias bien se iban a sus masías de recreo, los enfermos de cólera eran encerrados en lazaretos y las familias pobres anunciaban que la peste había llegado a sus casas poniendo una silla en la puerta, don Aurelio se dedicó a luchar a brazo partido contra el morbo asiático, con los remedios, algunos tremendos, que se tenían entonces. En medio del desconcierto, cuando todos (incluido Ramón y Cajal) se oponían a las vacunas homeopáticas del doctor Ferrán, Aurelio Benito iba de un lado a otro atendiendo a gente de toda condición y luchando contra extrañas creencias que hacían que la epidemia fuera todavía más virulenta. Los médicos a salvo pontificaban sobre la condición miasmática del virus, y los vecinos, ignorantes de que se transmitía por contacto a través de la suciedad y los detritus, arrimaban montones de estiércol a las puertas de sus casas, en la creencia de que eso los libraría. Benito se dejó de conjeturas y atendió a quien pudo y como pudo. Se libró entonces de morir, no como el botánico Loscos, que trabajó a destajo desde su farmacia de Castelserás hasta que se lo tragó la contagión, como se decía entonces. Benito murió algunos años después, y esta mañana Juan Carlos, buceador de hemerotecas, me ha pasado su esquela.
Aurelio Benito fue el único nombre real que utilicé para los protagonistas de aquella novela. Y traté de retratarlo como un tipo valiente y sensato, consciente de su obligación, lo suficiente para ser incapaz de alardear de ello, y que pudo, como tantos otros, largarse a sitios mejor ventilados y dejar que la epidemia hiciera su labor. Con las condiciones sanitarias de 1885, la actitud de Aurelio Benito fue heroica, no más que las de quienes hoy se juegan el pellejo porque sienten que es su obligación, o más bien porque ni siquiera son capaces de pensar en no hacerlo.
Cuando escribí aquel folletín pensé que no podía haber lugar más triste que el lazareto de la Jaquesa, en el camino a Valencia, o de Capuchinos, en el de Zaragoza. Todos allí dentro estaban infectados. Pienso ahora qué será más horroroso, aquellos lazaretos o estos geriátricos en los que los sanos conviven con los infectados y los vivos con los muertos.

26.3.20

La contagión, 11


Han pasado días suficientes para que todo se haya disuelto en la costumbre y el silencio vuelva a reinar en nuestras vidas, mientras afuera siguen muriendo a mansalva. La angustia de no salir de casa (una cosa rara que, según los psicólogos, sufre casi todo el mundo) dura lo que un catarro. A estas alturas el marco de la ventana ya no es símbolo de nada y hemos dejado de mirar durante horas la grieta del techo. Ya no somos capaces de vernos desde fuera, en nuestra circunstancia dramática, en medio de una peste medieval, y los días se van fundiendo en manchas como el paisaje visto desde la cola de un tren imparable. Llevamos diez días pero podríamos llevar un mes, o un año. Ha pasado el tiempo de las obligaciones morales, escuchar la radio, saberse el número de víctimas, estar atento a los pequeños detalles de la catástrofe, tareas que también hemos encajado en el horario y a las ocho de la tarde salimos al balcón a cumplir con ellas, y después volvemos a nuestra rutina.
Siempre he dicho que el presunto sacrificio de los monjes de clausura estaba muy sobrevalorado. Vivir pensando en un mundo que no ves requiere un cierto esfuerzo, sobre todo si sabes que lo único que tienes que hacer ya lo estás haciendo, no salir de casa, refugiarte en tu ermita de Santa María Novella. Los jóvenes florentinos sustituían esa realidad amarga e invisible de los ancianos por fantasías picantes. Ahora, muchos la sustituyen por una realidad más inmediata, estable, silenciosa, de muebles baratos y prendas colgadas de una percha, y al mismo tiempo que racionamos ya un poco la información nos dejamos llevar por nuestros nuevos horarios hasta que parezcan los de siempre, y en la comodidad reconquistada no se eche de menos esa otra ficción marciana que vemos cuando salimos de casa. Los monjes ya no se acuerdan de cuándo no eran capaces de quitarse de la cabeza el mundo que habían abandonado y que sigue latiendo lejos de ellos. Solo de pensar en el bombardeo de situaciones mínimas comprometedoras en que solía consistir un día cualquiera, deben de tener tan pocas ganas que hasta se sienten culpables de estar a salvo y se ponen a rezar. Pienso en los ciudadanos que viven solos y sin perro. Es posible que incluso se exijan recordar que la situación es tremenda, no vayan a acostumbrarse demasiado.

25.3.20

La contagión, 10


Este virus es, sobre todo, una cuestión moral. Boris Johnson ha echado marcha atrás pero desde su punto de vista ha actuado como un genuino tory, es decir, por detrás del pueblo soberano. Cuando Johnson vio que la gente iba tomando por su cuenta las medidas que él no aplicaba, se decidió a dar la razón a la gente, de lo que sin duda no tardará en presumir, si es que después del sofocón su cinismo queda intacto.
Esto solo demuestra que en los liberales europeos todavía queda, ojalá, un rescoldo de moral más allá del provecho. En Estados Unidos no han perdido del todo la ingenuidad… ni el cinismo. Trump dijo ayer algo que los profesores de ética se habrán anotado en sus apuntes. Según él, no merece la pena parar la economía. “Vamos a salvar a los trabajadores”, dice, pero no del virus sino del suicidio. 
Detrás de un político barbarizado siempre hay un pueblo que lo vota. Lo importante no es Trump sino el hecho de que semejante mensaje pueda convencer a millones de personas. Solo hay dos alternativas: o son tontos (lo que queda descartado) o están jugando a fingir que siguen siendo buenos a pesar de que hayan decidido mandar al cuerno a sus enfermos. Y es lo que no entiendo. El presbiteriano de pro no consiente que el Estado quite a unos para darlo a otros. Para ellos eso de la justicia social es un simple robo. ¿Por qué no lo declaran como tal? ¿Por qué no, simplemente, dicen lo mismo que dijo Johnson hace unos días, que las cifras de víctimas serían poco menos que asumibles? 
Debe de ser muy incómodo justificar como si fuese bueno aquello que sabes que es malo. Todos sabemos que los Estados han decidido elegir entre la salud y la economía. Creo que Europa, a pesar de Johnson, ha elegido la salud, por más que ahora muchos políticos oportunistas acopien munición pidiendo más aislamiento para tapar sus propias vergüenzas, y muchos científicos se empeñen en seguir comparando esta catástrofe con la mortalidad anual por otras infecciones. Trump la compara con los accidentes de tráfico.
Imagino que en Inglaterra los brexiters estarán contrariados por el hecho de que el virus no es escrupulosamente darwiniano y hasta el príncipe de Gales puede caer. El hecho es que, otra vez, la gente ha empezado a arremangarse sin pensar en si son jóvenes o viejos. Es como si no se hubieran ido del todo.

24.3.20

La contagión, 9


Esta mañana, después de nueve días de reclusión mayor, he ido a por víveres. El súper más cercano está en un polígono industrial donde solo suena el viento. Al entrar en el parquin, otro individuo, armado, como yo, de máscara y guantes de plástico azul, me cedió el paso a diez metros de distancia. Dentro, las cajeras atienden tras una mampara de metacrilato transparente de fabricación casera. Cuando me veía en la necesidad de preguntar algo a un empleado, lo hacía a distancia, con el grito sordo que sale de la mascarilla. Si, al entrar en un pasillo, encontraba otro cliente, con disimulo retrocedía y me metía por otro pasillo. Es una sensación rara por mutua: yo me aparto de él en la medida en que él se aparta de mí. A una conocida la saludé como en un sueño, desde lejos, agitando la mano lentamente. En el puesto de verdura los calabacines tenían un brillo de tubo fluorescente. He coincidido con otro cliente en el rodillo de las bolsas y junto a un cartel que decía GUANTES OBLIGATORIOS, de modo que, con esa precaución inútil que uno tiene cuando no entiende nada, me he puesto un guante de plástico transparente por encima de los guantes de plástico azul que me había puesto nada más salir del coche blanco. El otro se ha alejado un poco y me ha parecido ver que se sonreía, pero luego, después de echar en el carro de aluminio sucio unas patatas algo blandurrias, he visto que el individuo también se ponía doble guante y luego lo tiraba en la papelera junto al mío. Había, en todo el supermercado, ocho o diez clientes, casi todo hombres. Por un momento he pensado que no les tocaba el turno, como a mí, sino que sus familias los habían enviado a la guerra a por tomates. La cola de pagar era una dispersión de figuras, parecíamos la portada de un disco de Kraftwerk, todos con máscaras de la última vez que barnizamos un mueble, algunos con suntuosos guantes de profesional, de colores oscuros, otros con los guantazos de coger la fruta. Uno llevaba unos guantes de fregar, no quiero ni saber la discusión que tuvo antes de salir de casa, y se los escondía como si le dieran vergüenza. Si esto dura más, Chanel sacará una línea de guantes para coger del estante las latas de caviar. Y Primark otra para los pimientos pochos.

23.3.20

La contagión, 8


Mientras entretenemos la espera con acusaciones sobre lo que se debería haber hecho, me quedo con el misterio de por qué el virus no es tan agresivo en Alemania. Quizá sea cierto que su sistema sanitario está más preparado para las infecciones, pero en los testimonios de españoles allí residentes se notaba cierta estupefacción por la tranquilidad con que se lo están tomando. Yo tengo otra teoría irrelevante.
Parece ser que el virus afecta al sentido del olfato, pero no es al único. El sentido del tacto va a sentirse también alterado. La ventaja de los alemanes es, sencillamente, que se tocan menos. La asepsia en ellos no es solo sanitaria. Y mientras en Alemania se ha desarrollado un tipo de convivencia, digamos, no intrusiva, en España, y me imagino que en Italia también, se ha instalado en los últimos años, sobre todo en las generaciones jóvenes, una afición al contacto protocolario que al margen de sus consecuencias sanitarias siempre me ha parecido, sobre todo, hipócrita. Los amigos que se encuentran se dan besos y abrazos con palmada. Te presentan a alguien y lo primero que hace es juntar su cuello con el tuyo. En los pasillos del instituto, algunos alumnos se despiden con besos cuando toca el timbre de entrar en clase, y cuando salen vuelven a saludarse con toda clase de arrumacos. E igual que por cualquier nonada la gente ya está dando las muchísimas gracias (qué harán cuando les salven la vida), también por el mero hecho de haberse visto antes, o ni siquiera eso, se lanza a un toqueteo falso que por regla general no significa más que la adscripción a un grupo ideológico. No me imagino a los alemanes, cada vez que están de acuerdo en algo, cada vez que les presentan a alguien de su cuerda, lanzándose a un aparatoso besuqueo que más parece el reencuentro de dos hermanos largamente distanciados que el de dos individuos que se acaban de conocer.
Es cierto, y no sé por qué, que las culturas de climatología más benigna tienden también al tacto como demostración de afecto indiscriminado. Los que se contagiaron en aquellas dos inconscientes congregaciones de Madrid, la de Vox y la del Día de la Mujer, por no hablar del fútbol, se pasaron el rato dando abrazos políticos, ideológicos, sonriendo al afín, dándole la mano, tocándole el cuello, tosiéndole en la cara. Si algo bueno, poco, quedará de esta peste es que los abrazos y los besos quizá se reserven para cuando significan algo personal, no político.

22.3.20

La contagión, 7


En la semana de pasión (y muerte) que se avecina no creo que a la gente le queden ganas de dedicarse al folclorismo de balcón, teniendo en cuenta que a unos metros, en un hospital pero también en un hangar sin paredes, el horror desautoriza la sonrisa. Estos días atrás ya me irritaba ese balconeo cantarín en la medida en que reflejaba una inconsciencia latente, la misma que les haría saltarse el confinamiento cuando quisieran encontrarse con su amor furtivo. Pero uno empieza siempre siendo comprensivo, e incluso me creía que hacer el ganso en la ventana era una forma de solidaridad, no sé si contra el virus o contra el aburrimiento.
Pero hubo un vídeo, a mitad de semana, que me pareció ya intolerable: un deportista de élite tumbadazo en un sillón que daba consejos a sus fans para que no se aburrieran en casa. Lo había puesto en las redes pero los medios lo incluían en el lote solidario. Y el mensaje venía a decir algo así: «No os preocupéis, muchachos, ya sé que trabajáis todos los días y no sabríais qué hacer con vuestra vida. Pero yo paso la mayor parte del tiempo divirtiéndome y tocándome los huevos, así que os acompañaré a diario para que veáis cómo se hace». Como pasa con los mensajes cínicos dichos con ingenuidad, es preferible pensar que quien los emite, sencillamente, no se entera de nada. Pero cómo podían retransmitir los periódicos una imagen tan obscena, en un país —en una cultura— que nunca creyó del todo en aquello de my house is my castle. La cosa no ha hecho más que crecer, y ahora me repele ver en una pantalla pabellones para heridos de guerra y en la siguiente un imbécil fumándose un puro en el jacuzzi, presumiendo de gimnasio, o de copas solidarias con sus amigotes.
Me gusta constatar más que juzgar, y me sorprendo hablando con criterios de moral, de guardar las formas. Quizás es la moral de guerra, cuando cualquier frivolidad estaba muy mal vista por respeto a los que sufren. También en tiempos de antivirus me estomaga el exhibicionismo vulgar, aunque entonces lo tomo como constatación de cómo la gente se rige por modelos que no forman parte de la vida real. Ahora me indigna. La guerra, como dijo Píndaro, es dulce para quienes no la han probado, sobre todo si se sienten seguros de que no la probarán.

21.3.20

La contagión, 6




En los 70 se puso de moda un libro que se titulaba Cuando China despierte, el mundo temblará. Lo escribió un periodista francés, Alain Peyrefitte, usando una frase que se atribuye, como de costumbre, a Napoleón. Eran tiempos de inquietud. Mao se acababa de pulir a su opositor, que, no es broma, se llamaba Lin Piao, un comunista ortodoxo que desapareció cuando huía hacia la URSS. Eran los tiempos de la reeducación, cuando el Estado enviaba una temporada a trabajos forzados a cualquiera que pensase por sí mismo. Se pensaba, entonces, que los chinos eran algo así como máquinas programables que un buen día montarían una que ríete tú de la revolución de los Calmucos. Pasó el tiempo, China despertó e hizo algo parecido a lo que pasó en Rusia: después de los fuegos de artificio democráticos, siguieron el sistema del partido único, se convirtieron en la economía más poderosa del mundo y se terminaron de repartir por todo el planeta.
Hace un par de semanas, un alumno me enseñó la foto que había hecho en el chino que hay debajo de su casa. La cajera había instalado delante del mostrador una cortina de plástico duro a la que había recortado un agujerito para devolver el cambio con sus manos enguantadas. El muchacho se reía, estos chinos… Estos chinos llevan décadas muy despiertos, y lo que podría haber sido una catástrofe apocalíptica fue reconducido hasta que, ayer mismo, acabaron con los contagios de coronavirus, después de dos meses con unas condiciones de vida que sigo sin estar seguro de que aquí seamos capaces de soportar. Así como Corea tiró de dinero e inteligencia, en China decretaron medidas muy rigurosas que se cumplieron a rajatabla. Aquella china que puso en la tienda la cortina vivió la crisis desde su casa, como si viviera en Pekín, que es lo que, ahora nos damos cuenta, deberíamos haber hecho todos. Y mientras Trump secreteaba para quedarse con patentes exclusivas en vez de organizar un poco aquello, los chinos construían hospitales colosales y les quedaba tiempo para regalar al mundo millones de mascarillas. En Estados Unidos, el alcalde de Baltimore ha pedido a sus vecinos que hagan el favor de no matarse mucho estos días, que no tienen camas en los hospitales, y en Valencia se ha montado una operación salida de varios kilómetros como si fueran vacaciones de verano. 
Sí, ellos sí que han despertado. Los que estamos un poco torrijas somos nosotros.

Clásicos en el supermercado


Dice el editor de Pàmies que en materia de novela histórica los romanos se llevan la palma y solo hacen sitio, poco sitio, a los guerreros medievales. Pàmies vende en aeropuertos, y solo de ver sus portadas uno se hace cargo de que sus lectores babean con Sparrow, que tiene fama de ser el más sangriento de los pulp-historical-fiction, y de que una novela como El hijo de César (en el original, Augustus) aburrirá un poco a los consumidores de batallas. Pero es de agradecer que una editorial popular se haya adelantado a los sellos vip publicando a Williams, y eso que han tenido tiempo: Stoner fue un bombazo, y Butcher’s Crossing, una sorpresa que para sí hubieran querido los editores de Valdemar en su serie Frontera. Y la que faltaba, Augustus, no la ha publicado Alfaguara, que en su día publicó Memorias de Adriano, ni Alianza, que sacó Los idus de marzo, y eso que el original de Williams es de 1974. Tiempo, desde luego, han tenido.
¿Qué pasa con Williams? Es un clásico de la literatura norteamericana, a la altura de Doctorow (para mi gusto, mejor). Su lenguaje poético es menos retórico y más intenso que el de Yourcenar. En su país fue reconocido con las más altas distinciones literarias, y sin embargo en España sus obras, una obra maestra tras otra, se han refugiado en editoriales, digamos, minoritarias, o como mínimo ninguna de las que presumen de dictar el canon. ¿Cómo es posible que Edhasa, que publicó también a Yourcenar y el Tiberio de Allan Massie, no le echara el ojo a esta novela? Bien por Pàmies, por más que la traducción del título me parezca un intento de atraerla a un terreno más popular. Y mal, fatal, las editoriales serias, que ni en los setenta supieron ver a Williams ni ahora saben ver, sin ir más lejos, a Wendell Berry, escritores que persiguen esa transparencia poética de sus mejores clásicos, que jamás incurren en el tópico ni en la sobreactuación, y que escriben lentamente para lectores que no devoran los platos que se comen sino que los paladean con exigencia y placer.
Quienes hayan frecuentado La revolución romana, de Ronald Syme, un clásico de la historiografía del XX, seguro que alguna vez se han preguntado cómo se podría meter todo eso en una novela. Estoy por pensar que John Williams se hizo la misma pregunta, y que con esta novela lo hizo. Y lo hizo con criterios poéticos como los de su admirado Virgilio, seleccionando. Igual que Virgilio alteraba las proporciones de sus pocos elementos para que el conjunto fuese armónico, Williams destaca figuras como la de Julia, digna de Dido y de Safó, o perfuma el libro con un largo y hermoso parlamento de Horacio, o narra una conjura con precisión salustiana.
Y ello lo hace con un método que también es muy romano, la miscelánea, cartas, memorias, edictos, recuerdos, como hiciera Thornton Wilder con el género epistolar para narrar la Roma que asesinó a Julio César. Lo que cuenta Williams viene después, abarca, con desproporciones virgilianas, la vida de Octavio Augusto, se adelanta para recordar y se retrasa para relatar, según vaya demandando el hilo cronológico, que a veces demanda saltárselo. El que menos habla, salvo al final, es el propio Octavio Augusto, porque el personaje se aviene a una visión caleidoscópica. Tenemos la perspectiva de sus amigos, el popular Agripa y el patricio Mecenas, en sendos recuerdos y epistolarios, estos dirigidos a Tito Livio mientras escribía lo que los demás hemos perdido de su extensa obra. Tenemos, cómo no, la perspectiva de sus enemigos, empezando por un Cicerón que, a pesar de que al final Augusto lo considere digno y valiente, Williams lo trata con indisimulada antipatía, casi en la región del personaje bufo. Marco Antonio es un poseído (por la ambición, por Cleopatra), y los enemigos miran siempre a Augusto desde una esquina, amusgando los ojos, tratando de prever sus movimientos, sin entenderlo jamás. Y tenemos, claro, el trágico punto de vista de Julia, su hija, enredada en la traición por el amor, abducida por los ritos del placer, un reflejo también, pienso yo, de los nuevos patrones narrativos femeninos de principios de los setenta. Es una mujer culta y sensible, audaz y testaruda, dócil y levantisca, criada entre sus obligaciones dinásticas reproductivas y una libertad sin miramientos. Uno tiende a ver, sí, un reflejo del mundo Hair en un majestuoso personaje histórico, pero sobre todo disfruta de la complicidad del autor con ella: la entiende y nos la hace entender, sus humillaciones obligatorias, sobre todo el casarse con un pájaro como Tiberio, un sujeto siniestro (versión Tácito y Suetonio) al que Augusto y Williams detestan por igual. Pero limpio de moral todo es más claro, y el personaje más intenso y profundo.
Y nos queda, al cabo, una imagen de héroe clásico, el Héctor de Homero, el Eneas de Virgilio, héroes por accidente, hombres que hubieran dedicado su vida a leer a sus amigos poetas, o a pasear por el campo, pero a quienes la historia encomendó una misión que ellos cargaron sobre sus hombros sin entusiasmo pero con un innegociable sentido de la obligación. Pocas veces uno ve al mismo tiempo al hombre que comprende y al héroe que actúa. Esa era la gran tarea de John Williams, y la cumplió con creces, supongo que con más entusiasmo que su héroe, a tenor de la tersa, poética, trabajada prosa de Williams, tan agradable de leer como difícil de componer. 
La editorial Pàmies contrató, además, una buena traducción de Christine Monteleone, atenta a la cadencia exquisita de la prosa. Lástima que la editorial se ahorrase una página y no incluyera un árbol genealógico para quienes no acostumbren a esos bailes de nombres y de parentescos. En cualquier caso disfrutarán de esa respetuosa mirada al pasado, sobre todo porque utiliza sus mismas armas, y mira con sus mismos ojos.

John Williams, El hijo de César, trad. Christine Monteleone, Pàmies, 2016(=2008), 318 p.

20.3.20

La contagión, 5


Hay algún otro virus colateral que todavía no ha estallado, al menos eso creemos, eso imaginamos, porque la imagen del mundo ya es por completo virtual, la realidad ya no se compensa con lo que vemos al bajar a la calle, porque en la calle no hay nada. Durante una semana la gente se ha tomado la cosa con cierto aire festivo y solidario, ingenuo y entusiasta. Pero esto es solo el principio, y al mismo tiempo que la curva de contagios crecerá el hastío. Ser quien creemos que somos durante una semana es un esfuerzo relativamente corto. Las bacterias se crían al calor de la convivencia inusualmente prolongada. Igual que cuando el fumador que dejó el tabaco reincide y se fuma sus primeros pitillos con esa seriedad febril de quien es consciente de que ha vuelto a caer pero le da lo mismo, así también nos iremos poco a poco cansando y el olvido empezará a propagarse. El día que dijeron que había tres o cuatro víctimas mortales, todo el mundo se asustó, bastante más que al escuchar que la cifra pronto alcanzará el millar. Por eso la OMS hace muy bien en recordar, y más insistente y expresiva debería ser, que con ser joven y estar sano uno no se libra de la muerte. Parece ser que hasta un cincuenta por ciento de la población es inmune, pero esa inmunidad responde a causas desconocidas, y con la capacidad mutante del virus tampoco viene a decir nada. 
   Siempre se ha contado que en la guerra se organizaban bailes en las treguas. Aquí no se puede. El enemigo está fuera, matando gente, y dentro, cansándola, invitándola a dejar de mirarse a sí misma, a abrir la puerta y salir a la calle a fumar. Hoy llega la primavera, y el enemigo mutará en revueltas hormonales y astenias insoportables, cansancio nervioso y reacciones intempestivas. Somos fumadores compulsivos a los que se nos pide no abrir el paquete que tenemos en la mesa. Al principio sabremos por qué lo hacemos, pero si ceja el bombardeo de consciencia volveremos a ser lo que somos, gente que no suele aguantar con las dietas, que se apunta a cursos en septiembre, que en enero abre un libro. Yo me he puesto en la pantalla unos versos de Tirteo, el poeta espartano que arengaba a las tropas: «triste es que muera un anciano / en el campo de batalla». Para que no se me olvide.

19.3.20

La contagión, 4



Leo que hemos entrado de golpe en el futuro. Es verdad. Igual que un día, a las doce de la noche, cambiaron el sistema monetario internacional como quien cambia la hora de un reloj antiguo, ahora también hemos sufrido una inmersión en el aislamiento telemático con el que llevamos años flirteando. Estábamos todos como esperando el estallido de una bomba que tarda demasiado en explotar y que al final no explota, y nos acercamos cautelosamente a nuestra nueva condición y nos damos cuenta de que no ha pasado nada pero ha cambiado todo. Me pregunto, mientras trabajo por las mañanas frente a la pantalla, cuánto le queda a la presencia física de ser necesaria y deseable. Quizá descubramos que después de todo aprovechamos mejor el tiempo, o rendimos más, si nos quedamos trabajando en casa que si desgastamos el planeta con nuestras idas y venidas o lo ponemos en peligro con nuestros estornudos. En Japón, que siempre es el futuro, un futuro como preexistente, el aislamiento de sus ciudadanos es una inclinación bastante común. Se conoce que la sociabilidad es siempre un acto de voluntad, no una necesidad o una costumbre. Tiempo atrás se puso de moda entre sus adolescentes no salir nunca de su cuarto, encerrarse en una burbuja de papel pintado. 
No nos bastaba con saber que el teletrabajo es más rentable, algo que todavía remueve nuestra dignidad laboral. Ahora resulta, también, más seguro. Y más cómodo, y probablemente más útil. Me inquieta no hacerlo bien en mi alternativa como teleprofesor, sobre todo porque sé que más pronto que tarde van a proliferar los teleinstitutos. Ya sé, ya sé. Nada sustituirá nunca la presencia física (que se lo pregunten a la Callas), ni la necesaria sociabilidad de los alumnos. La posibilidad que ahora se nos plantea es que tenga que ser sustituida por razones de seguridad, de simple supervivencia. La higiene separó en pisos a la tribu; la fibra óptica, en una sola tribu con más contacto virtual que físico, y las enfermedades amenazan con rematar la faena y distribuirnos en celdas estancas, condenarnos a vivir protegidos del prójimo. En Estados Unidos, en no sé qué estado del lejano Oeste, se ha vuelto a disparar la venta de armas, no para matar virus a cañonazos sino para reforzar la empalizada que separa al individuo del resto del mundo, con el que estaba más conectado que nunca. El siguiente futuro, y ya se avisa, es el colapso digital.

18.3.20

La contagión, 3


Nuestra generación no ha vivido ninguna guerra, y en esta nos sentimos más inquietos que aterrorizados. No se oyen los estallidos de las bombas ni hay sangre por las calles. Al mismo tiempo, quienes más riesgo tienen son aquellos que sí vivieron una guerra, cuando eran niños, y vieron zapatos vacíos y lo primero que aprendieron en la vida fue el miedo a morir. En la música del azar hay rimas especialmente crueles.
Veo un vídeo de Bill Gates de hace cinco años diciendo que la próxima guerra no sería un conflicto nuclear sino una gran epidemia. Estamos, pues, en esa guerra. Seguimos infravalorándola. No somos capaces de pensar que se trate del mismo fenómeno que narran Tucídides, Lucrecio, Virgilio o Lucano, pestes mortíferas que arrasaron las ciudades, que se cebaban con los débiles y los ancianos y después con quienes los cuidaban y más tarde con los amigos de sus cuidadores, de modo que la solidaridad era el caldo de cultivo, y el amor una pena de muerte. Ahora, quién lo diría, la solidaridad es no vernos, no tocarnos. No hay imágenes de fallecidos ni casi de enfermos. Todo son letras y ausencias, imágenes vacías. No hay ruinas, no hay gemidos. Hay datos y caras serias, números inquietantes en el recuento de víctimas y en las cuentas bancarias, como si el virus se tirase también al dinero. De hecho, la magnitud de la tragedia somos capaces de medirla en cientos de millones de euros, pero no en decenas o miles de infectados. En la aldea global solo hay pantallas, y las únicas imágenes son las de quienes tampoco han visto nada.
Lo único que desde el principio parece una guerra es que reproducimos las muestras de adhesión a nuestros héroes, que la gente se asoma al balcón y canta a los soldados que van a un frente desconocido, y que llenamos la despensa de papel higiénico. ¿Por qué necesitamos esas muestras enlatadas de ternura? Además, tampoco son demasiado fiables: hoy solo es el tercer día y el cansancio es amigo del escepticismo. El afecto, como cuenta Kafka, acaba sucumbiendo al egoísmo. Imaginemos tres años, mil días de penuria y aislamiento, sin pantallas, sin consejos, con hambre, sangre y ruina. Me pregunto qué pensarán aquellos que vieron pasar la muerte cuando niños y ahora, en el cuarto desangelado de la residencia, les dicen que la Parca les acecha, pero no la ven.

17.3.20

La contagión, 2


Los países responden a sus tópicos. Hace años, cuando la crisis de las vacas locas, en Londres un amigo me invitó a cenar. Había comprado unos lustrosos chuletones. Cuando me vio la cara de circunstancias, me explicó: era entonces cuando más seguro resultaba comer carne de vacuno, y, por supuesto, más barato. Mi amigo era votante laborista, pero le podía esa falta de escrúpulos del racionalismo. Johnson es el liberalismo llevado al extremo ideológico: en términos darwinianos, hay que confiar en la fortaleza de la especie. Claro que la struggle for life no es la misma para un trabajador retirado de Newcastle que para el hijo de aristócratas educado en Eton. Leo por ahí que si algo, poco, le ha parado en su estrategia desalmada es el hecho de que muchos de sus votantes son grupo de riesgo, los mismos que, envueltos en un nacionalismo de tenderete, hacían campaña por el Brexit.
El liberalismo es así. Si hay que desdecirse de Darwin (ayer dieron unas tímidas recomendaciones) queda el factor de la conveniencia. Si falla la estrategia, queda el ollazo. Robinson sobrevive porque es un privilegiado y un tramposo, con el barco encallado y repleto de alimentos no perecederos, granos de diferentes clases y pólvora seca. Así cualquiera. Y, sin embargo, le creyeron. El modelo real, el marinero Selkrik, pasó cuatro años aislado y se volvió loco. Robinson estuvo veintiocho y como si nada. 
De la misma manera hay quien cree en Johnson, o más bien cree ser igual de privilegiado que Johnson, y por lo tanto inmune. Hay que agradecer, sin embargo, que hayan planteado la cuestión en toda su crudeza: ¿qué es mejor, no lesionar la economía o perder a un puñado de ancianos que ya son un lastre para el sistema? A los países del sur esto nos parece una salvajada. Para los dissenters no es más que un punto de vista, tan natural como su oposición a la Ley de pobres que defendía Dickens en sus novelas.
Por aquella misma época de las vacas, un compañero se fue a trabajar a Seúl. Me contaba que un día, en clase, se acercó hasta su mesa un alumno y no paró de moverse mientras hablaba con él. Cada vez que mi compañero daba un paso o movía una mano, el chico lo esquivaba como si le hubiera lanzado un proyectil. Pronto descubrió la razón: en Corea, donde pronto derrotarán al virus, el alumno tiene prohibido pisar la sombra del profesor.

16.3.20

La contagión, 1



El día salió raro. Después de toda la noche lloviendo, a mediodía cayeron copos de nieve sobre las flores blancas de los cerezos. De que esta noche no hiele depende que en junio haya cerezas del terreno, más bien de que no hiele más hasta el verano, lo cual sugiere una curiosa coincidencia: también queremos que la contagión no azote más hasta el verano, cuando las cerezas y nosotros estaremos a salvo, al menos por esta temporada.
Me llama la atención, después del estruendoso inicio del silencio, que los medios traten a los ciudadanos como a enfermos, no por el contagio sino por tener que quedarse en su casa. He leído los consejos que daba un marino mercante, con más seguimiento y retuiteo que los del batallón de psicólogos que se han desplegado por todas las vías de fibra óptica. El marinero dice cosas normales y corrientes que son extraordinarias porque da la sensación de que sean útiles: que estés entretenido, que sigas una rutina y que hables con los familiares y amigos. No sé si se necesita un máster en conductismo o haber pescado en el mar del Norte para darse cuenta de semejante fenómeno natural. Y tampoco creo que todo el mundo esté desesperado por no salir de casa. Más bien es lo que se espera de la gente, que se suba por las paredes, gaste mal genio y pase las horas rumiando en la tele o en internet pienso de mala calidad. Aunque también da que pensar el hecho de que esta situación (no salir de casa en varios días) sea algo que muchos ciudadanos no solo no suelen experimentar sino que no lo han vivido nunca. Sonríe incrédulo el ejército de sedentarios silenciosos, gente que no necesita más que un libro, un disco o una bicicleta para pasar el tiempo. O ni siquiera eso. Entre las grandes virtudes que se contaban del gran héroe Miguel Induráin, me llamaba la atención que fuera capaz de estar tres horas seguidas mirando el mismo paisaje. Es decir, me sorprendía que eso fuera un gran logro, incluso para quienes pasan incluso más horas mirando una nube y tomando el sol.
Tenemos mala fama. Todo el mundo piensa que vamos a volvernos locos. Hay periodistas que ya ensayan las crónicas de lo que va a pasar. Yo soy moderadamente optimista. No pierdo la esperanza de que le vayamos cogiendo el gusto.

1.3.20

En la muerte del padre


Prescindamos de los nombres por el momento. 
Al mes de fallecer su padre, el vástago más joven de una famosa familia de artistas e intelectuales comienza un diario en el que volcar recuerdos y sensaciones. Se pasea por salas vacías, toca los objetos y escucha el mundo del que fueron testigos. Y atiende los asuntos de la familia, al tronco de cuyo árbol genealógico, la ciudad de Madrid, le han ido saliendo ramas exóticas y sinuosas: las brumas vascas, el sol de Málaga, los recuerdos italianos, la Pampa argentina y un Méjico de blanco y negro, escenario de una época que siempre permaneció en penumbra. El protagonista tiene, también, algo de inglés en su afición de rendir tributo a los lugares donde fue feliz describiéndolos con detalle, de mostrar el afecto que siente por ellos sin recurrir a odas pomposas ni alharacas metafóricas sino al inventario de todo aquello que conserva vida; y algo de napolitano en el humor airado, crudo y exquisito, brillante y directo. Cada lugar trae un recuerdo del padre, imágenes que el hijo describe con un dolor sin aspavientos, disuelto en los trabajos y los días, en el galpón de una hacienda indiana engrasando una máquina vieja, en la rosaleda poética del Mediterráneo, dando de comer a unas gallinas, en las salas de cristales de la capital, presentando el libro de un ilustre antepasado, o guardando turno en un ambulatorio con su madre, el tipo de personaje cuya reaparición siempre se agradece. O en un avión, una aeronave transoceánica o un taxi avioneto, el único lugar donde no se es de ningún sitio y tampoco se está tan mal.
El personaje vive y recuerda y el tono va variando del dolor implícito en las más hermosas descripciones, y hay unas cuantas, brillantes por precisas e ingeniosas, a esos intermedios de humor ácido como los que dedica a los curiosos impertinentes que acuden a visitar la casa de sus antepasados, o a los escritores que se pasaron de rosca en su afición por algún artista de la familia, de los que el protagonista se defiende con tanta gracia como mala uva. Solo esta capacidad poética, este hablar impetuoso y refinado, esta indignatio elegante, sería suficiente para disfrutar del libro. El ritmo que consigue con su escritura desatada, el cambio de escenarios, las piezas de orfebrería campestre, provinciana, urbana, siempre con el ojo atento a esos gestos que definen, y esa composición, digamos, a manchas de color, van uniéndose en el camino final, en los últimos acontecimientos, en el hijo a solas con el padre, sin flores ni reproches, con actos, con detalles, en un aterrizar del viaje alrededor de la familia entera, pero sustanciados en un cuerpo ya sin vida. El tiempo ha ido agregando fragmentos que son piezas de pequeñas y grandes historias, de anécdotas jugosas y experiencias desgarradoras, todo sin perder en ningún momento el ritmo de una prosa estupenda, la viveza ni el sentido del humor.
Traigamos, ahora, los nombres. 
El autor de este relato intenso y variado es Pío Caro-Baroja, hijo de Pío, sobrino de Julio, nieto de Carmen y sobrino nieto de Pío Baroja, y sus santos lugares, además del barrio de los Jerónimos de Madrid en el lado oeste del Retiro, «nuestro barrio de toda la vida», son la finca de Churriana que Julio Caro adquirió por consejo de Gerald Brenan y, principio y final de todos los viajes, Itzea, el ser vivo por el que se pregunta, «¿qué tal está Itzea?», como si fuese un familiar, la casa que en 1912 compró y arregló Pío Baroja en Vera de Bidasoa, y que asistió, entre la lluvia y el rumor del arroyo que lame sus cimientos, a un siglo de vida familiar y de historia intelectual de España. Ahora el autor la vive y la respira y se asusta «ante la idea de un futuro sin ilusiones, decayendo poco a poco y sobreviviendo con el único consuelo de refugiarme en Itzea, rodeado de retratos y de los restos materiales de vuestro paso por la tierra».
En la bibliografía barojiana hay algunos títulos muy especiales que funden la saga familiar, más o menos intensamente, con el centro de su mundo, Itzea. El primero es Las horas solitarias, ese modélico dietario que escribió Pío Baroja en Vera de Bidasoa y que oportunamente cita Pío Caro-Baroja. Le sigue el maravilloso Los Baroja, de Julio Caro Baroja, verdadero monumento a la escritura memorialista en castellano. En ambos libros Itzea era el centro, pero no el todo; el sitio que convoca las palabras, que reúne la historia y la familia, que se abre, sobre todo con Julio, a otros paisajes, al Mediterráneo, al Sáhara, sin perder nunca de vista ese centro grave que es Madrid. Antes fue escrito, pero leído mucho después, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98, de Carmen Baroja, en el que Itzea es, más que nunca, un refugio de tiempos convulsos, lleno de hermosos e ingratos recuerdos. Y el cuarto es el Itinerario sentimental (guía de Itzea), de Pío Caro-Baroja, por cuyas páginas he paseado hasta conocer cada rincón, la cera de cada mueble, el papel pintado de cada salita, los barcos que cuelgan de las vigas del desván o la ventana donde pintaba Julio Caro, el escritorio de don Pío junto a la ventana, los tomos verdes y rojos de la Loeb Classical Library en el gabinete de don Julio y la mesa venerable que armó el tío Ricardo para los encuentros familiares. La generosidad de los Baroja les ha jugado alguna mala pasada, «alguna vieja», como decía don Julio, que se les llevaba un libro en el refajo del chándal, incluso algún investigador que aprovechaba luego cualquier ocasión para traicionar la confianza con que lo habían agasajado. El Itinerario sentimental tenía esa emoción de las descripciones fieles, como un reunirlo todo y limpiarlo y colocarlo otra vez en su sitio. Los Baroja, todos, prefieren expresar sus sentimientos describiendo con pulcritud los objetos y las circunstancias que fueron sus testigos, no desmelenándose con elegías aparatosas ni especulando con lo inefable, y unos para fabular y otros para investigar o recordar han llevado esta técnica de la lírica de inventario, las alcándaras vacías del Cid o el humilde mobiliario de Robinson Crusoe, a una altura, para mí, proverbial. 
A esos libros itzeanos se sumó hace poco el ensayo de Carmen Caro Jaureguialzo El grito del capitán Chimista, en la benemérita colección Baroja & Yo, y ahora El cuaderno de la ausencia, de Pío Caro-Baroja, que acaba de salir. Sirva todo ello para hacerse cargo de la responsabilidad que implicaba este título. En la muerte del padre, el hijo, que saca adelante la editorial que fundó su abuelo, escribe una elegía y convoca los paisajes compartidos. Son emocionantes los fragmentos en los que recuerda cómo padre e hijo fueron niños en el mismo jardín de Itzea, o esas páginas en las que busca la presencia del que ya se ha ido a través de los olores del desván, y que dan la medida de la calidad de su escritura. Pero están también esos paseos hasta la cima del monte Larrún con un padre que fue «el producto más genuinamente barojiano, el más ácrata, el más rebelde, el aventurero», y están los viejos amigos de la casa, con ese toque a duendes tiernos y extravagantes con que los Baroja siempre los han pintado, o la inmersión en el paisaje y el vocabulario de la Pampa, allá donde lo único que tiene cerca es la imagen de su padre. Y está el gallardo defender la memoria común y el spleen («sensación de vivir descolocado») de un mundo mezquino y desleal del que se huye a impulsos de romanticismo. Incluso para el buscador de setas barojianas que no atiende a otra cosa que los datos nuevos, están, aparte de un memorable pasaje otoñal, las bien escogidas anécdotas con la familia, sobre todo con el tío Julio. 
Una de estas anécdotas, cómo el silencioso Julio Caro bramaba contra el narcisismo de Umbral, tiene algo que ver con el estilo de Pío Caro-Baroja, más expansivo, más amigo del sonido («este silencio descomunal de catedral desalojada»), más italiano, digamos. Son bastantes las páginas que el autor dedica a sus viajes a Italia, otra de las venas que corren por el árbol genealógico de los lugares. Pío Baroja escribió sobre un Nápoles vivido y soñado una de sus mejores novelas, y la favorita de su sobrino Pío y de su sobrina nieta Carmen. Cuando, algo tardíamente y después de saberlo todo sobre su cultura, Julio Caro viajó a Italia, se enamoró de aquella alegría un poco fantástica, como si en ella no cupiesen las miserias morales que en España eran el pan de cada día. Esta afición por lo italiano llegó a la siguiente generación. Carmen Caro ha estudiado las ubicaciones de la Roccannera y cuida una edición de Ciudades de Italia, y Pío Caro-Baroja tradujo y editó, en 2013, El oro de Nápoles, la novela que escribió Giuseppe Marotta en 1947, desconocida en España, y que sirvió para una más célebre película de Vittorio de Sica. 
En el Nota del Editor a esta traducción, Pío Caro-Baroja escribe algo que me sirve también para entender El cuaderno de la ausencia, al menos en su vertiente literaria. Para empezar, El oro de Nápoles es el primer título de una colección de Caro-Raggio «de nombre ciertamente barojiano, Vitrina pintoresca, con nuevas voces ajenas a la endogamia familiar pero cercanas en los afectos». Si uno lee, poco después, y por ejemplo, los pasajes dedicados al conde Próspero, de un dandismo delicioso, comprende a qué se refiere. El traductor vierte el italiano en un castellano entre Sagarra y Pombo, fresco, luminoso y divertido, y dice que aquel libro es «de enorme valía por varios motivos»:

por su intrínseco valor literario, ejemplo de una literatura que también se hacía en aquella época en Italia; por ser el extraordinario retrato sociológico de una ciudad singular como Nápoles en una época muy concreta, y por último, a mi juicio la virtud principal: la sinceridad con la que el propio Marotta contempla su alma desnuda en el espejo imaginario de su ciudad hasta llegar a confundirse con su propia esencia y destino.

Algo de todo esto hay en El cuaderno de la ausencia: su valor literario, al margen de tanta circunstancia barojiana; el retrato, más que de una ciudad, de un mundo que se acaba; y, sobre todo, la sinceridad para afrontar aquello que solo se puede callar, pero no disfrazar. El libro entero está dirigido al padre, en una segunda persona que aparece cuando debe y no incurre jamás en el machaque jeremioso de otros autores, y lo que se tiene que decir se dice claro. La sinceridad sabe resumir, es un estilo que admite ingenio pero no adornos banales. Y en el estilo de Caro-Baroja se disfruta esa versatilidad que hace de la prosa una partitura en la que suenan melodías diferentes, las adecuadas a cada momento, como en una ópera de canzonette.
Pero este rasgo de estilo, volviendo a las anécdotas de don Julio (y a esa huida de la endogamia), es propio de una tradición de gran prosa española que parte de Valle-Inclán y de los ensayos de Juan Ramón, la otra forma de escribir, que, andando el tiempo, pasó por el mejor Umbral. Ahora bien, ¿es esto, esta brillantez estilística, lo no barojiano? Volvamos a Las horas solitarias, y comprenderemos que no. No es Baroja o Valle-Inclán sino Baroja y Valle-Inclán. Las descripciones virgilianas, la «vida de los objetos», las caracterizaciones de los lugareños, el hastío por tanta «literatura del resentimiento». O, en todo caso, comparemos tres pasajes de tres libros distintos, los tres serios, sin alardes, estrictamente barojianos: cuando Julio Caro cuenta en Los Baroja la muerte de Pío Baroja; cuando Pío Caro cuenta en el Itinerario sentimental la muerte de Julio Caro, y el final de este libro, cuando Pío Caro-Baroja cuenta la muerte de su padre. No hay duda. Son todos excelentes escritores.

Pío Caro-Baroja, El cuaderno de la ausencia, Cátedra, 2020, 196 pp.

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