lunes, febrero 08, 2010

El canto de Polifemo

Teócrito, Idilios, XI


Ninguna medicina cura el mal de amores,

Nicias, ningún ungüento, creo yo, ningún emplasto;

Las Piérides tan solo: hay una dulce y suave

que a todos da remedio, no fácil de encontrar.

Yo sé que la conoces, tú que eres buen médico

amén de favorito entre las nueve Musas.

Así al menos halló alivio nuestro Cíclope,

el viejo Polifemo, cuando por las mejillas

y el mentón la barba apenas le apuntaba

y se enamoró de la bella Galatea.

Su amor no era cosa de manzanas ni de rosas

ni rizos del cabello, sino ataques de furia.

Nada le importaba. Muchas veces al redil

solas del verde prado volvieron sus ovejas.

Y él se consumía cantando a Galatea

desde el amanecer por la ribera algosa,

con la más cruel herida dentro de su corazón,

el dardo de Afrodita clavado en las entrañas.

Mas encontró el remedio, y en una alta piedra

mirando el mar sentado esta canción cantaba:

Oh blanca Galatea, ¿por qué rechazas mi amor,

tú que eres más blanca que la leche cuajada,

más tierna que un cordero, más fresca que un eral,

más lustrosa que las uvas antes de madurar?

Te presentas cuando el dulce sueño me toma,

te marchas cuando el dulce sueño me abandona,

huyes como la oveja que ha visto un lobo cano.

Me enamoré de ti, muchacha, el mismo día

que aquí con mi madre viniste a recoger

del monte unos jacintos, y yo fui vuestro guía.

Desde entonces no puedo dejar de contemplarte,

pero de nada sirve, oh Zeus, de nada sirve.

Yo sé, bella zagala, por qué huyes de mí;

la causa es esta ceja que me llena la frente,

larga y puntiaguda, de oreja a oreja,

y el ojo que hay debajo, y la chata nariz

encima de la boca. Pero siendo así

un millar de ovejas apaciento, y me bebo,

cuando las ordeño, la mejor leche que dan.

No me falta el queso en verano ni en otoño

ni en el crudo invierno: siempre los zarzos llenos.

Y toco la zampoña mejor que ningún Cíclope:

cuántas veces te canto en la noche oscura,

dulce manzana mía, y a mí mismo me canto.

Y once cervatillos con collar te estoy criando

y dos pares de oseznos. Ea, ven junto a mí,

no te haré ningún daño, deja que rompa el mar

verde en la playa; tú pasarás más a gusto

la noche en mi gruta, que hay allí laureles,

hay esbeltos cipreses, hay la yedra sombría

y frutos dulces da una parra, y agua fresca,

bebida de los dioses que a mí el Etna frondoso

me envía de su blanca nieve. ¿Quién querría

en vez de todo esto pedir las olas del mar?

Si acaso te parezco muy peludo, en cambio

de encina tengo leña y bajo las cenizas

inextinguible fuego: quemar me dejaría

el alma por tus manos y este solo ojo

que es lo que más quiero. ¿Por qué no con agallas

me parió, ay, mi madre, que hasta ti pudiera

llegar bajo las aguas y besarte la mano,

si no quieres los labios, llevarte lirios blancos

y tersas amapolas de encarnados pétalos?

Aprenderé a nadar, muchacha, ahora mismo;

si a bordo de un navío un extranjero arriba

sabré por qué al fondo del mar vivir prefieres.

Sal, Galatea, y olvídate cuando estés fuera,

como yo aquí sentado, de volver a tu casa.

¡Si quisieras conmigo venirte de pastora

y ordeñar la leche y el acerbo cuajo

repartirlo a modo y encellar el queso!

Mi madre es la única que me hace daño

nunca jamás te dijo algo amable de mí,

y eso que un día tras otro ve cómo adelgazo.

Le diré que va a estallarme la cabeza,

que siento en los pies punzadas. Que se aflija

como yo me aflijo. ¡Ay, Cíclope, Cíclope!,

¿por dónde tu cabeza vuela? Demostrarías

mucho conocimiento si a urdir cestos te fueses,

si ramón de olivo a las ovejas dieras.

Ordeña a la que tienes a tu lado; ¿por qué persigues

a la que intenta huir? Otra encontrarás

igual que Galatea y aun más guapa que ella.

Mozas muchas me invitan por las noches a jugar

y todas se sonríen cuando les hago caso.

En tierra está claro que aparento ser quien soy.

Guardaba Polifemo cantando así a su amada

y mejor que gastando el dinero lo pasaba.

sábado, febrero 06, 2010

Las lágrimas de Polifemo

Capítulo primero

Francisca se ha bajado a Teruel detrás de la ambulancia donde viaja malherido Rafael, el maletilla de quince o dieciséis años al que el toro Pocapena, de la ganadería de los herederos de don Eduardo Miura, pegó una cornada en el muslo de dos trayectorias, una ascendente de veintitrés centímetros que interesa la vena safena y desgarra el escroto, y otra de once centímetros que contusiona el húmero y provoca destrozos en el paquete bascular. El toro también le tiró un gañafón al vientre que le pasó rozando, le quedó una quemadura como un golpe de látigo que cruza de la ingle a la tetilla, si lo coge de lleno le saca las tripas. Todo eso Francisca no lo ha sabido hasta que no salió el médico del quirófano y preguntó quiénes eran los familiares del herido y cómo se llamaba y Francisca dijo que no era su madre, que era de la comisión de fiestas de La Iglesuela del Cid, pero que el chico no tenía a nadie y que se lo dijese todo a ella. Tampoco sabía su nombre. Rafael, sólo sabía que se llamaba Rafael.

De modo que Francisca telefoneó a Bernardo, que estaba hecho un manojo de nervios, y le dijo que no se preocupase, que el muchacho estaba bien, con dos trayectorias pero bien, y le dijo que le dijese a su hermano que se ocupara de abrir la carnicería porque ella iba a quedarse a pasar la noche hasta que el chico se despertara de la anestesia y dijera su nombre y entonces ya podrían avisar a sus padres, en cuanto viniesen ella volvería a La Iglesuela. También le pidió que puesto que ella no estaría para abrir la carnicería hiciera el favor de ayudar a su hermano a llevar unas vacas al matadero. Bernardo había dicho a todo que sí, estaba muy nervioso. Francisca intentó tranquilizarlo.

Ahora Francisca está sentada en un sillón de plástico marrón, en una habitación de la planta segunda del Hospital Obispo Polanco, en Teruel, a oscuras, leyendo con la luz que entra del pasillo. Ha hecho bien en quedarse porque el muchacho está inquieto y en el duermevela de la anestesia tira manotazos y trata de arrancarse los tubos del gotero que tiene clavados en las venas de la mano y el tubo de la sonda que drena la herida. Está pálido y envuelto en agua, se le ha quedado un rictus de dolor que a Francisca le suena más a desconsuelo. Cuando empieza a removerse Francisca le sujeta el brazo de los goteros y le sisea y con la otra mano le acaricia el cabello hacia detrás para que se sosiegue. Entonces llama al enfermero de guardia, un hombre corpulento y poliomielítico, para que le suministre más calmante si hace falta. Cuando el chico se tranquiliza y la anestesia lo vuelve a vencer Francisca escucha las toses de los enfermos que hacen eco en las paredes del pasillo, los ayes descompuestos de un anciano y la conversación amortiguada de dos vecinos acompañantes. Todavía son las dos de la mañana.

El cansancio ha dejado a Francisca sin sueño. Tiene sed, le apetece fumarse un cigarro. No quiere dejar solo a Rafaelillo, así que se acerca al mostrador del enfermero de guardia, que está consultando una página de internet, y con voz muy baja le dice que va a salir un momento a fumarse un cigarro, que si hará el favor de mirar que no se haya arrancado la sonda ni los goteros. El enfermero tiene más piel que cráneo, asiente como si arrugara el gesto.

Francisca desanda pasillos y escaleras y sale a la puerta de urgencias, donde algún que otro acompañante taciturno ha salido a lo mismo que ella. Es muy tarde y no hay nadie por la calle, pero Francisca se anima a dar una vuelta a la manzana, bordear el hospital por la valla de arizónicas y verjas pintadas de verde hasta la fachada principal. Hace mucho tiempo que no bajaba a Teruel. Las conexiones han mejorado mucho, los enfermos ya no van a Castellón. Hasta ahora, para Francisca, y no sólo por los enfermos, no sólo por su madre, que tenía que visitar al cardiólogo, sino por los materiales y los géneros de la carnicería, los apartamentos para el verano, las grandes superficies comerciales, los cines y los teatros, por todo eso Teruel no era más que un recuerdo vago, un fantasma inofensivo, y la ciudad real era Castellón. Quizá la última vez que bajó a Teruel fue un año que vino a las fiestas de la Vaquilla pero se cansó enseguida y dejó a su hermano con una mujer medio borracha en la peña Los Marinos y se volvió en el coche al pueblo.

Y las últimas veces también había sido así. Ya sólo recordaba un Teruel veraniego cubierto de mugre y anegado por la música estridente de las discomóviles, tenía que remontarse a los tiempos de estudiante, a cuando bajó a estudiar a Teruel el bachillerato, hace casi veinte años. Ella iba a clase al colegio La Salle pero dormía en la residencia de las Teresianas, que está enfrente del hospital. Son las dos de la mañana y la luz de las farolas se confunde con la niebla. Estamos a finales de marzo pero sobre las carrocerías de los coches brilla la humedad cristalizada. Francisca saca el tubo de vaselina y se repasa los labios.

En Castellón no se habría atrevido a dar un paseo por los alrededores del hospital a las dos de la mañana. En Teruel sí, aunque hiele, o quizá más porque hiela, quizá porque nada más pisar la calle su cuerpo ha adquirido los mismos hábitos que hace veinte años, y entre ellos va incluido no tener miedo, o bien porque da por hecho que Teruel no llega al rango de una urbe peligrosa. Saca del bolso un paquete de Ducados y se enciende uno. El cigarrillo, más gordo de lo habitual, le cuelga de los labios y tiene que apretarlos mucho para enderezarlo y que la llama no le queme las pestañas, al quitárselo para espirar el humo la vaselina caliente se pega un poco a los labios, el humo se desdibuja entre la niebla y el aliento. Francisca tuerce a la izquierda y ve al final de la calle la entrada del colegio de las Teresianas, que ahora es el hotel Isabel de Segura, y la tapia del colegio de primaria está pintada de amarillo. Entonces era blanca y caían los chorriones grises de la lluvia pero se parecía más a un colegio con las cristaleras de cuatro cuerpos y el pequeño jardín de tejos cortados a la altura de la valla donde más de una vez Francisca se escondió para fumarse un cigarrillo, ya entonces fumaba Ducados. Francisca cruza de acera y se acerca a las escaleras del hotel. Desde allí se ve una acera ancha y ondulada, como si se estuviera hundiendo desde hace siglos, la que da a los jardincillos y a la fuente de Torán. Siente Francisca el impulso de recorrer aquellos pasos nuevamente, los que le llevaban de las monjas al pecado, pero lleva frías las orejas y prefiere regresar.

Cuando sale del ascensor y tuerce por el pasillo izquierdo de la segunda planta ve luz muy cerca de donde tiene que estar el muchacho, una duda que a los pocos pasos es certeza. Al entrar ve la espalda del enfermero corpulento, al fondo ve dos enfermeros más junto a una cortina en mitad de la habitación. Francisca pregunta qué ha pasado en un tono no muy distinto al que empleó cuando descolgó el teléfono y era su hermano, que le avisaba de la cornada. Qué ha pasado, repite, y el enfermero se vuelve trabajosamente y con sus muchos músculos faciales le pide que se calme y que se calle. No ha pasado nada. Es que le han traído a un compañero. Rafael está tranquilo, sigue dormido, ni se ha enterado. Francisca escucha los últimos consejos del médico de guardia al acompañante del recién llegado.

–Ahora se le pasará. Hasta dentro de un par de horas por lo menos no necesitará otro. Entonces nos llamas, ¿de acuerdo?

Cuando sale la comitiva de médicos de guardia y enfermeros vestidos de verde Francisca entra en la penumbra de Rafael, al otro lado de la cortina en la que la sombra del acompañante le repite al enfermo que se le va a pasar enseguida. El enfermo no gime, ni se queja, ni habla siquiera. Francisca se acerca a Rafael y comprueba sus conexiones y le pone una mano en la frente para ver si tiene fiebre. El muchacho, sin abrir los ojos, se intenta humedecer los labios con la lengua y emite un hilillo de voz.

–¿Dónde estabas? –dice.

El muchacho tiene los ojos cerrados. Lo más seguro, piensa Francisca, es que gima en sueños y esté llamando a su madre. Cuando Francisca le sisea para que no haga esfuerzos al hablar (ha pensado un momento en contestar, iba a decir algo pero lo único que le salía era un siseo), Rafael abre la boca y descoyunta las quijadas porque se ha vuelto a dormir o sigue durmiendo. Detrás de la cortina una mujer repite de todas las formas posibles que el dolor se va a calmar, pero el paciente nuevo no dice nada. Los goteros están en su sitio, la bolsa de agua para el drenaje ha sido cambiada mientras Francisca estuvo fuera. Sólo cuando se levanta y camina hasta el otro lado de la cama para comprobarlo, sin querer arrastra un poco la cortina con el codo y ve la cara del enfermo, ve la pupila húmeda y amarillenta y el rictus de dolor, los rasgos consumidos y la nariz afilada y los dientes de quien está siendo torturado y en su cuerpo ya no quedan fuerzas para lamentarse. ¿Se te pasa?, ¿se te pasa un poco?, dice la mujer, que no se ha dado cuenta de que Francisca miraba de reojo al descorrerse un poco la cortina. El hombre, el enfermo, sí la ha visto.

–Dame agua –dice Rafael.

Francisca vuelve a su lado de la cama, donde está la botella de agua mineral y el vaso de Duralex y una pajita envuelta en un precinto de plástico fino.

–¿Quieres la paja? ¿Te quieres incorporar?

El muchacho hace el gesto fallido de incorporarse. Francisca le pasa un brazo por la espalda y cuando ha incorporado un poco al muchacho con la otra mano ahueca el almohadón y lo dobla en dos para que se apoye Rafael. Después llena el vaso y se lo acerca con una mano, mientras con la otra mano le sujeta la cabeza por la base del cráneo. El muchacho bebe sin abrir los ojos.

–¿Te duele? –susurra Francisca.

–No.

–Bebe un poco más despacio, no te vayas a atragantar.

–¿Má arrancao lo huevo?

–¿Qué?

Que si má arrancao lo huevo.

–¡Pero qué te va a arrancar! ¡Mira este, ahora, de lo que se preocupa!

Dime la verdá.

–Pues la verdá es que llevas una cornada en el muslo, así que quietecico sin moverte, no te vaya a saltar un punto. Y cállate que molestamos al señor… Venga, échate otra vez.

El muchacho arquea los labios como si en ese momento le hubiera tirado un punto de la herida. Francisca desdobla la almohada con una mano y con la otra lo sujeta por las espalda para que se vuelva a tumbar. Entonces oyen, jadeante, estragada, una voz al otro lado de la cortina.

–Mira, otro de Seviya.

La sombra del acompañante se levanta de la silla y se inclina un poco hacia el enfermo.

–¿Se te va pasando?

–Un poco.

–¿Te apago la luz?

–Bueno.

La mujer apaga el fluorescente del cabecero de la cama y la habitación vuelve a quedarse oscuras, iluminada solamente por el resplandor de las luces de emergencia del pasillo.

–Abre un poco la ventana –dice el enfermo.

–Sí, hombre, sólo faltaba eso –protesta la mujer–. Con el frío que hace.

–Huele a vaca.

–Tú sí que hueles a vaca. Anda, duérmete y déjate de vacas.

–Bueno.

Es posible que, como dice después la mujer, cuando el hombre se duerme y ella sale de la mampara y se presenta, la morfina le haya hecho delirar, y no sería desde luego la primera vez, pero Francisca ya no ha podido evitar olerse el jersey ni meterse al baño para echarse un poco de colonia por la ropa. Es ella la que huele a vaca. Los corpúsculos vacunos se le han metido esta mañana en el jersey cuando subían a la vaca para destazarla y luego en el matadero cuando la sacrificaron. Seguramente quedaron gotas de sangre y restos de sudor, o el mismo humo que desprende la carne recién matada cuando se la despelleja y ve la luz, o quizá fueron las vacas de Bernardo, cuando fue a buscarlo por la mañana. Quizá fueron las vacas lecheras europeas estabuladas que de solo entrar en el recinto ya te abofetean con el perfume acre de la paja empapada en urea. Quizá fue Bernardo. Bernardo sí que huele a vaca. Es normal y ella no lo nota porque está acostumbrada a pasearse entre los animales, y si un pastor se lava no le importa que huela un poco a oveja, ni tampoco que Bernardo, a poco que se esté quieto, despida olor a ganadero. Es un ganadero. El olor del ganado huele bien. Pero no es eso. A Francisca no le molestan los demás pero no soporta ser ella la que los moleste. Ella lava siempre la ropa con un detergente hidrolizante que saponifica los restos de olor a cuadra pero esa mañana todo fue tan deprisa que no se cambió de ropa y no lo notó, ni ella ni nadie, hasta que no se quedó quieta en un sitio de mucho calor. Hacía muchos años que no experimentaba la misma sensación. Y la otra vez también fue en Teruel, justo enfrente del hospital, cuando llegó a estudiar primero de BUP. “Huele a vaca”, dijo un alumno del Colegio La Salle en mitad de la clase de Ciencias Naturales con don Marcos Tejerina, y todo el mundo se volvió hacia ella. De esto hace lo menos veinte años. Qué vergüenza pasó. Cuando volvió a su habitación de las Teresianas se quitó la falda gris y la camisa azul clara y el jersey azul oscuro y los metió en el lavabo con medio bote de gel. Tuvo que ponérselo todo medio mojado para ir a cenar sin que las monjas se enterasen. Casi coge una pulmonía.

En aquellos primeros años 80 oler a vaca era un drama frecuente. Era el drama de las chicas jóvenes que venían huyendo del pueblo pero se lo traían pegado a la piel. Ahora las cosas han cambiado. En el siglo XXI oler a vaca ya no es un marchamo de atraso e incultura. Todo lo contrario. Incluso puede ser el signo de distinción de quien abandonó la miseria urbana y un piso pequeño de techos bajos en el barrio de Moratalaz por una casa de campo en la que se trabaja solo la mitad del año. El hombre de la cama de al lado tampoco lo dijo en tono quejoso. Si no se quejaba del dolor insoportable que le abrasa las entrañas, cómo va a quejarse del perfume de Francisca, y cómo va a pensar que el olor a campo es peor que la mezcla de sudor y colodión que se condensa en las habitaciones del hospital. El hombre, piensa Francisca, más bien lo ha dicho como si el placer de abandonar el dolor llevase aparejadas escenas infantiles, recuerdos de sosiego y esperanza en unos momentos tan difíciles.

No, Francisca ya no tiene edad de que la discriminen por vivir en un pueblo, pero el comentario le ha jodido. Muchos recuerdos de golpe. La súbita certeza de que las cosas en el fondo no cambian demasiado, esa extraña disposición de los recuerdos que parecen claves para interpretarlo todo. La mujer del enfermo sale de la cortina y se presenta. Se llama Clara. También es de pueblo. Son de La Hoz de la Vieja, cerca de Montalbán. Su marido es minero. Estaba jubilado, llevaba ya unos años jubilado, pero le han salido unos bultos en la espalda y ya no puede más con el dolor.

–Es que –dice la mujer, en torno a los cuarenta, rubia y serena– cuando le ponen la inyección dice estas cosas. Pero no te lo tomes a mal.

Francisca no se lo toma a mal. Pasa el resto de la noche cambiando las bolsas de drenaje y humedeciéndole los labios a Rafaelillo, vigilando que el muchacho no se inquiete y no se arranque los goteros. A eso de las seis de la mañana dio la sensación de que ya no podían más ni los enfermos con su dolor ni los acompañantes con su vigilia. Francisca se sentó en el sillón de plástico marrón con reposapiés abatible y se puso los auriculares del MP3. En la radio no había más que programas de fantasmas pero tiene grabados unos cuantos discos de Amaral. Francisca es fan de Amaral. Quizá es un poco mayor para ser fan, pero es de la misma edad que Amaral. La relaja y la conmueve, y esta noche le trae recuerdos de cuando Amaral ni siquiera cantaba todavía.

Es la mujer del minero la que toca en su hombro a las siete de la mañana para avisarle de que le está sonando el móvil. Francisca se quita los auriculares y el pasodoble Puerta grande suena como la diana de un cuartel a la primera luz de la mañana. Francisca corre al bolso a parar aquel estruendo. Es Bernardo.

–Dime… No, no, no estaba dormida, no te preocupes… Bien, bien… Bueno, lleva una cornada muy gorda, pero… No sé, muy gorda, ya te contaré cuando venga el médico… No, no, no te preocupes. Tú atiende a las vacas que yo esta tarde en cuanto lleguen sus padres me vuelvo al pueblo… ¿Ya habéis matado el toro?... ¿Y tu padre está bien?... Venga, no, no te preocupes, de verdad. Tú sigue tu marcha que yo nada más comer me vuelvo…

Francisca todavía dice un par de veces más a Bernardo que se quede a ordeñar las vacas y no venga a Teruel a recogerla. Rafael sigue dormido. La puerta grande no lo ha despertado de su sueño. Clara, la acompañante del minero, se ha metido a asearse en el lavabo de la habitación y sale dispuesta para empezar la mañana.

–Ve y haz lo que tengas que hacer –dice–, que yo no me voy a mover de aquí.

Francisca le da las gracias y le pregunta si quiere algo de fuera. El enfermero corpulento le informa de que vendrán a levantarle la cura pero el médico no pasará hasta las diez y media o las once. Francisca sale del hospital, bordea la valla, cruza la acera y sube las escaleras del hotel Isabel de Segura.

–¿Está libre la habitación que da a la cuarta ventana del tercer piso en la fachada de atrás?

El recepcionista la mira un segundo sin mirarla, mientras hace sus cálculos.

–Sí.

–¿Puedo ocuparla?

–Claro –dice, mientras se da la vuelta y coge del panel con celdillas la llave número 309–. ¿Va a quedarse muchos días?

–Aún no lo sé.

domingo, enero 24, 2010

Teócrito, El Cíclope

Hablando de Polifemo (un tema que no sólo me interesa porque Góngora escribiera un maravilloso poema, sino por el folletín del año que viene, si es que lo empiezo), esta tarde me ha apetecido leer el idilio XI de Teócrito, cuyos primeros veinte versos, más o menos, dicen así (igual me da por traducirlo entero, no sé):


1

Ninguna medicina cura el mal de amores,

Nicias, ningún ungüento, creo yo, ningún emplasto;

Las Piérides tan solo: hay una dulce y suave

que a todos da remedio, no fácil de encontrar.

5

Yo sé que la conoces, tú que eres buen médico

amén de favorito entre las nueve Musas.

Así al menos halló alivio nuestro Cíclope,

el viejo Polifemo, cuando por las mejillas

y el mentón la barba apenas le apuntaba

10

y se enamoró de la bella Galatea.

Su amor no era cosa de manzanas ni de rosas

ni rizos del cabello, sino ataques de furia.

Nada le importaba. Muchas veces al redil

solas del verde prado volvieron sus ovejas.

15

Y él se consumía cantando a Galatea

desde el amanecer por la ribera algosa,

con la más cruel herida dentro de su corazón,

el dardo de Afrodita clavado en las entrañas.

Mas encontró el remedio, y en una alta piedra

20

mirando el mar sentado esta canción cantaba:

martes, enero 19, 2010

¡Oh Mecenas!

De Fernando Savater podemos esperar libros buenos o malos, podemos estar o no de acuerdo con sus ideas, pero lo que de veras sorprende es que incurra en alguna clamorosa falta de sagacidad. Hoy me he desayunado leyendo en El País un artículo en el que avisa del retroceso cultural que se desencadenaría si, con el achaque de las descargas gratuitas, resucitara la figura del mecenas. Como Savater es siempre tan didáctico, ha explicado que mecenas es la antonomasia de Mecenas, el noble romano que andaba en el círculo de Augusto y que financiaba la obra de grandes artistas. Viene a decir que entonces, cuando un hombre rico financiaba las artes y las letras, el escultor o el pintor eran reos de sus caprichos, y que si se permitiera en internet el todo gratis volveríamos a la cavernosa situación del caciquismo estético. Incluso pone un ejemplo supremo que me ha llegado al alma: dice que fue Mecenas quien sugirió a Virgilio que escribiera las Geórgicas. ¡Pues alabado sea Mecenas, porque su capricho caciquil consistió en revolucionar la literatura desde su misma raíz y para siempre!

La verdad es que Mecenas se lo sugirió a instancias del mecenas mayor, el propio Augusto, que quería despertar en la clase culta romana el regreso a los abandonados campos. Y la verdad también, como dice Savater, es que Mecenas mantuvo a Virgilio los muy largos años que le costó escribir ese poema y, sobre todo, el siguiente, la Eneida. ¿Es eso para Savater una prueba de falta de libertad para el poeta o su teoría del mecenazgo sólo puede aplicarse ahora? ¿Desde cuándo el mecenazgo es malo, desde que Virgilio se retiraba a escribir a la Campania o desde que Savater siente peligrar sus derechos de autor?

Pero la falta de sagacidad no es esa. Parece mentira que un hombre con sentido global de la realidad (creo que eso es un filósofo) no se dé cuenta de que la figura del mecenas no sólo no ha desaparecido sino que se ha enquistado en las más caciquiles oligarquías artísticas sin la frescura y el capricho de los tiempos de Mecenas. Sí, él encargó a Virgilio un poema a cambio de que tuviese suficiente dinero para no pensar en otra cosa, que es, exactamente, lo que hizo Lara cuando le encargó a Savater que escribiera una novela a cambio de cincuenta kilos limpios. La diferencia es que las Geórgicas de Virgilio siguen siendo, como dijo Dryden, the best poem of the best poet, y la novela de Savater era una mierda.

Porque el mecenazgo virgiliano llegó hasta el siglo XIX, y entonces, más que ser sustituido graciosamente por la voluntad de los lectores, pasó a manos del mercado. Aun con todo, los profesionales como Galdós tuvieron que sudar tinta y escribir con ella, intentaron zafarse de los nuevos mecenas, los editores, que sólo se diferenciaban de los antiguos nobles en que veían la literatura como un negocio, y en el caso de Galdós hubo que bajar los brazos y firmar un contrato con otro mecenas. Antes que él, el patrón de la novela popular, Walter Scott, debió trabajar como un forzado aun en su lecho de muerte para pagar las deudas. Si Góngora pudo largarse de la pestífera corte y escribir a sus anchas el Polifemo no fue gracias a la popularidad de sus poemas (más de la que uno creería) sino a la munificencia del conde de Niebla. El bueno de Lope tenía que escribir comedias en horas veinticuatro porque no llegaba a fin de mes, ¡como para que ahora vengan los de la Sociedad de Autores a sisar dinero cuando unos lugareños representan Fuenteovejuna!

¿Cuándo dejó de haber mecenas, si hasta los toreros se apuntaron en el siglo XX a la costumbre? ¿Qué habría sido de tantos escritores sin el contacto, el amigo, el chanchullo, el confidente? ¿Qué habría sido de Umbral –o de Vicent– si Cela no llega a encargarle, nada más conocerlo, un par de libros? ¿Y de Muñoz Molina si un amigo no le hubiera presentado a Pere Gimferrer? Los mecenas del siglo XX no son bon vivants con puños de celuloide que regalaban su dinero a los ingenios, sino aquellos que te meten en el círculo exclusivo de los artistas oficiales, que ceban la caldera de las ventas y se especializan en comerciar con el gato y la liebre.

Y también parece mentira que Savater no se dé cuenta de que la red tiende a terminar más pronto o más tarde con ese modelo de oligarquía cultural, de artistas por recomendación. La sobreabundancia de personas que saben redactar ha degenerado, cómo no, en el arte como lujo, como actividad a la que sólo pueden dedicarse en exclusiva unos cuantos privilegiados, para siempre y hagan lo que hagan. Si algo demuestra la red es que, junto a escritorzuelos como el que firma este blog, abundan los escritores que no tienen nada que envidiar a la oficialidad editorial, y lo mismo podríamos decir de cineastas y de pintores. Claro que siempre se puede reclamar un mecenas oficial al estilo de Juan Goytisolo, cuando repite que está bien que haya best-sellers porque así los editores pueden invertir en gente tan exquisita como él.

No sé si volverán o no los mecenas, pero estoy seguro de que, si vuelven, la misma red será, más que el Gran Hermano, el Gran Mecenas. Las descargas, sí, sirven para seleccionar, para separar el grano de la paja, el producto de la obra. En la red no interesan los apellidos sino lo que hay escrito, filmado o pintado. Importa la obra singular más que la carrera artística. Y eso no sé si será bueno o malo, pero sí sé que es inevitable. ¿Cómo es que, de pronto, el artistazgo oficial ya no confía en la sabiduría del público? ¿Por qué piensa que el público tiene espíritu delincuente y no voracidad cultural, y, sobre todo, pocas ganas de que lo engañen?

Si la novela con la que ganó Savater el Planeta hubiera estado antes en la red, mucho me temo que ni Dios la habría comprado. Las Geórgicas está entera en internet, y no hay en España librería que de vez en cuando no siga vendiendo un ejemplar. Baroja o Galdós tienen toda su obra en la red, y sus libros se siguen vendiendo como churros. Esa es la diferencia.

lunes, enero 18, 2010

Ausencia de piedad

Es difícil que una película de tesis se salga de la tesis para ser una película, es decir, que no sea resumible, que no se quede en una idea, que emocione y desasosiegue y el recuerdo de la experiencia estética trascienda la mera idea. Porque en arte todas las ideas son meras ideas.

A pesar de que Michael Haneke ha divulgado que él no rueda películas de tesis, La cinta blanca lo es, y además es una excelente película, una de esas obras rotundas que van dignificando –acaso enmascarando– el cine contemporáneo. La tesis, también divulgada por Haneke, un poco a pesar suyo, es que los orígenes del nazismo hay que buscarlos en la educación que recibieron los nazis. Cuando esta obviedad cobra cuerpo y celuloide, su amplitud a todos los ámbitos sociales provoca escalofríos. La película está ambientada en los meses previos a la Primera Guerra Mundial, en un pueblo alemán en el que se reproducen todas las castas sociales cuya combinación produjo la deflagración moral del nazismo: los aristócratas de siempre, todavía caciques; los miserables a expensas del cacique, jornaleros y criados; y también lo que pudiéramos llamar la clase media ilustrada, el pastor calvinista de morro prieto, el médico rural, el maestro de escuela. Salvo este último (qué tendrán los maestros que siempre hacen el papel de personas razonables), a casi todos los demás les falta el alma. Son personajes perfectamente compuestos, y forma parte de sus muy matizadas características la de no tener alma: no la tienen los padres que practican el sadomasoquismo como principio educativo, ni tampoco el médico que da más importancia a sus propias secreciones humorales que a la dignidad de las personas, ni el barón que todavía vive en un feudalismo paternalista (con el paternalismo despiadado de los padres sadomasoquistas, claro).

Digo alma por decir algo, pero lo que de veras les falta es piedad. En toda la película sólo hay piedad en un niño que caza un pajarito y no lo quiere matar. A todos los demás da la sensación de que les han extirpado una glándula, tienen todos un aire de personas muertas, salvo quizás aquellos pocos (aparte del maestro, su joven prometida) que se limitan a ser personas normales. Severamente alemanas, pero normales.

Fue esa clase media, en efecto, la que lanzó un doble ataque a la nobleza y a los desposeídos: a los unos se propuso sustituirlos en el más amplio sentido del término, porque la sangre noble ya era otra, y a los otros, a los pobres, no llegó a considerarlos nunca como personas. Había una nueva pureza representada tétricamente en la cinta que da título a la película, un modo de ver el mundo en el que los niños desarrollaban naturalmente lo que sus padres sólo pensaban. Hace poco, a propósito de una entrada en el blog de Mabalot, me preguntaba en qué década del siglo XX se había generalizado el concepto de dignidad de la persona. No en esta Alemania de antes de principios de siglo, desde luego, no en una observancia calvinista delirante que confunde tersura con presión interna: así, luego, más que triunfar, estallaron.

Es verdad que la disciplina inflexible desarrolla en sus víctimas ausencia de piedad. Normalmente, en nuestra jerarquía perruna, sólo se ve la piedad por encima de uno, casi nunca por debajo, o sólo para lavar un poco la conciencia. En el caso del nazismo lo relevante fue que una clase emergente decidiera que sólo sus componentes eran personas, y despreciaran por igual los privilegios heredados que las miserias también hereditarias. Su herencia era otra.

El complicado personaje del médico sería un ejemplo perfecto. En él se abre una sima interpretativa que engrandece la película cada vez que se la recuerda. Es estricto cumplidor de sus obligaciones. Salva vidas que luego desprecia. Practica la ciencia veterinaria sobre los seres humanos. Su egoísmo no tiene límites y en él ya ha desaparecido cualquier sombra de lo pudiera llamarse moral. Por eso es tan importante la primera escena de la película. En esta historia las víctimas son, como decimos, nobles o desposeídos, pero también lo es este médico, el más nazi de los nazis, más incluso que el cura severísimo protestante, no mucho más salvaje que otros curas severísimos católicos que todos hemos conocido, dicho sea de paso.

En esa primera escena, alguien ata un cable a dos árboles para que cuando el médico vuelva galopando a su casa se tropiece y se caiga. El resultado es que le parten las patas al caballo, al que hay que sacrificar, y el médico casi se parte la crisma. Casi. Entiendo las otras víctimas como ilustración de la tesis, de la idea: el hecho de maltratar a un querubín aristócrata o a un pobre retrasado son dos casos de violencia simétrica, típicamente fascista. Pero el hecho de atentar contra el médico, uno de los más evidentes modelos de conducta prenazi, va más allá de la mera descripción política. Y ahí está la cinta blanca.

Esos niños fríos de la película (fríos por fuera, volcánicos por dentro) han sido educados en la pureza. El padre fanático los marca cuando faltan al sagrado ideal de perfección como después los mismos nazis marcarían a las otras razas para ellos prescindibles. De modo que los hijos juegan a constituirse en tribunal de la pureza y atentan contra toda clase de impureza, ya sea la biológica del niño retrasado, la de la madre pobre, la del vástago de la nobleza, o bien la impureza moral que es fácil asignar cuando lo que se necesitan son excusas: es impura la madre soltera y el padre corrupto, es impura la pobre criada y es impuro el cabrón del médico.

Es como un escorpión que termina por atacarse a sí mismo: puestos a implantar la pureza a toda costa y con métodos salvajes, los niños atacan incluso a los responsables de que ellos hayan crecido sin piedad. Son como los niños del Brasil, mecanos que ya no distinguen las personas ni siquiera entre ellos, porque todo se somete a un concepto delirante, mezcla de resentimiento y literalidad, del sagrado ideal de pureza. En su Inquisición infantil merece castigo severo hasta el severo pastor protestante, el que más ha contribuido con su retorcida ortodoxia disciplinaria a volver locos a sus hijos y convertirlos en cruzados de la cinta blanca.

Tiene algo esta película de El señor de las moscas, esa literalidad de las consignas, no matizada por las otras muchas cosas que nos hacen convivir. Los niños aquí no son malos por naturaleza sino pervertidos por el pie de la letra y el ojo por ojo. Ellos ejecutan como un juego de niños los delirios nocturnos de sus mayores, y eso ya no cabe sólo en la época y en la cultura. Esa cuestión es universal, de siempre y para todo el mundo. Los límites de la religión están en la dignidad para con uno mismo y la piedad para con los demás. Eso es lo que estos niños llevaban borrado de su alma, y el espectral, bellísimo blanco y negro de La cinta blanca me resulta otro símbolo de lo mismo. La película no tiene color porque los personajes, el mundo en el que viven, tampoco lo tienen. Sus mentes no dan lugar a dos ideas opuestas pero compatibles. No hay una sola molécula de ironía en sus cerebros inficionados de perfeccionismo. Son brutos en el sentido radical de la palabra. Gente plana, obsesionada. Poner color a sus miradas habría sido como ponerles sentimientos.

domingo, enero 17, 2010

Principio

La traducción como experiencia ascética exige buena parte de las virtudes teologales y de las que no son teologales, fundamentalmente la paciencia. El otro día me dio por revisar la versión, ya completa, de la Geórgica primera, y decidí rehacerla casi entera. Un poco por darle flexibilidad al resultado, había empezado no sólo traduciendo en alejandrinos, con acento en sexta, sino en cualquiera otra combinación de versos cuya suma fuera también catorce sílabas.

Esto, me doy ahora cuenta, no funciona. Y la razón la he sabido al convertir los versos todos en alejandrinos con acento en sexta, si bien no con cesura fija ni, claro, con rima, lo cual tengo comprobado que, si se quiere ser fiel al original –un original que tampoco tiene rima– y no caer en ripios ni en morcillos, resulta poco menos que imposible. Es curioso el efecto del acento sobre la ristra de versos, como si a todos les hubiesen ajustado la corbata. El acento obliga a los hipérbatos, y estos aíslan la palabra y le dan un tono más esculpido, a lo mejor un poco menos natural, pero creo que bastante más poético.

Nadie me dice que no vuelva a empezar, pero de momento es esto lo que sale. Cuelgo aquí los cien primeros versos de esta nueva y más ortodoxa versión.

Geórgica I

Cómo tener cosechas fecundas y abundosas,

la vertedera en qué constelación se arrastra

por la tierra y las parras se enredan a los olmos,

los bueyes qué cuidado, qué más dedicación

reclama, oh Mecenas, el ganado menor,

cuánto hay que saber de abejas hacendosas.

De todo esto ahora comienzo a cantar.

Vosotras, oh lumbreras del mundo las más claras,

bordón que sois del año cuando corre el cielo,

Líber, Ceres nutricia, si por mercedes vuestras

bellotas de Caonia la tierra transformara

en turgentes espigas, y con flamante uva

mezcló aguas aqueloas; y vosotros los Faunos,

deidades que amparáis a los labradores todos

(moved el pie a compás, los Faunos y las Dríades,

que a vosotros os canto); y tú, oh dios Neptuno,

por quien la tierra echó al caballo relinchante

al ser de gran tridente por primera vez herida;

y tú, sí, Aristeo, amigo de los bosques,

que allá en las dehesas feraces de la Cea

pacen como la nieve tres cientos de novillos,

y tú también, Pan, tú que custodias las ovejas,

deja el bosque patrio, la fronda del Liceo,

si es que los campos ménalos te preocupan,

ven y asísteme, Tegeo, seme venturoso;

y tú que descubriste las olivas, Minerva,

y tu hijo, que fama diese al corvo arado,

y tú, sacro Silvano, que en tierno ciprés

te apoyas al andar: oh dioses todos y diosas

que al cargo estáis del gobierno de los campos

que alimentáis los no sembrados frutos nuevos

que abastecéis con largas lluvias desde el cielo.

Y tú, César, también, aunque no esté decidida

la asamblea divina que te ha de dar cobijo

ya quieras visitar ciudades y en el campo

ser amparo, y el orbe entero te considere

señor de las tormentas y dueño de los frutos,

con el mirto materno las sienes bien ceñidas;

o acaso vengas hecho el dios del mar infinito

y a tus númenes pidan no más tus marineros

y remota te sirva Tule y Tetis te compre

y te escoja como yerno entre las olas;

o bien, en la porción de cielo que hay abierta

allá entre el Erígone y las vecinas Quelas

te añadas a los lentos meses como estrella nueva

(que ya estrecha sus pinzas el Escorpión fogoso

y de sobras te aparta espacio en las alturas).

Lo que hayas de ser, dame fácil travesía,

pues no como un rey el Tártaro te espera

ni funesto deseo de reinar te invada,

aun si a Grecia le asombran los Campos Elíseos

y en seguir a su madre no piensa Proserpina

cuando ella la reclama). Apiádate conmigo

de aquellos labradores que ignoran el camino,

emprende esta ruta, y desde este momento

acostúmbrate a ser implorado por sus votos.

*

Por primavera, cuando en las montañas blancas

el hielo se derrite y la gleba reseca

el viento la deshace, ya entonces empiece

el toro a gemir con el aladro hundido

y brille en el surco la reja desgastada.

Los votos cumplirá del codicioso labrador

solamente aquella mies que haya sentido

por dos veces el sol, por dos veces el frío.

Mas antes que la tierra virgen rompa el hierro

noticia de los vientos conviene conseguir,

de cómo el cielo va variando sus costumbres,

los cultivos de siempre, los hábitos del sitio,

qué se da bien en esa zona, qué no se da.

Aquí el cereal se cría hermoso, allí

mejor la uva y más allá plantones de arbolillo

y semillas que toman sin cultivarlas nadie .

¿No ves el azafrán que el Tmolo nos envía

y su incienso los flojos sabeos y la India

su marfil; y los Cálibes desnudos, sin embargo,

sacan hierro y el Ponto fétido castóreo

y triunfos el Epiro de yeguas elideas?

Siempre impuso estas leyes Naturaleza,

normas eternas dio a sitios determinados,

desde aquella época en que Deucalión

arrojaba las piedras a un mundo vacío

Y de ellas nació la dura raza humana.

Vamos, entonces, labren pues los bueyes forzudos

la gruesa tierra ya desde los primeros meses

y cueza el estío terrones polvorientos

con el fulgor del sol. Si la tierra es infecunda

basta cavar un surco leve bajo Arturo,

que allí los frutos no se arguellen con las hierbas

y no les falte aquí a los yermos agua escasa.

*

Un año sí y otro no, también dejarás

los campos ya segados descansar, que el barbecho

se vaya haciendo duro con la ausencia de labor.

Pondrás el rubio trigo cuando cambie el tiempo

allí donde legumbres pusiste antes lozanas,

de vaina tremolosa, o delicados brotes

de veza y las quebradizas cañas y el follaje

de amargos altramuces. Queman también la tierra

las hazas de avena y la queman las de lino

y asimismo la queman los campos de amapolas

todas empapadas con el sueño de Leteo.

Con los años alternos, en cambio, la labor

más llevadera llega a ser, si no te apura

cubrir los suelos áridos de untoso fiemo

o esparcir ceniza inmunda por la tierra.

Así también, llevando cultivos alternos,

descansan los bancales y se queda en nada

el fruto mientras tanto de tierra sin arar.

Viene bien a menudo incluso pegar fuego

a los campos agotados, y que ardan livianas

entre las crepitantes llamas las rastrojeras.

Igual da si las tierras, según esta costumbre,

toman fuerzas ocultas y pingüe alimento

o si el fuego funde la maleza entera

y la humedad no necesaria la elimina

como si el calor le abre los poros a la tierra

y los respiraderos ciegos, que es allí

donde la savia alcanza hasta las hierbas nuevas,

o la vuelve más dura y las venas abiertas

contrae por que no la quemen las finas lluvias

o la potencia más dura del sol fulminante

o el frío del Bóreas tan penetrativo.

Igualmente ayuda mucho al labrantío

romper con la legona los ya secos terrones

y pasarles de mimbres el rastrillo, no en vano

lo contempla la rubia Ceres en el Olimpo;

y el que, cuando ya está labrado el bancal,

lo que levanta en recto, con reja de través

de nuevo lo rotura, y remueve la tierra

sin desmayo, y firme manda en sus cosechas.


miércoles, enero 13, 2010

Se presenta en Madrid el libro de Angélica Morales al que ya dedicamos su correspondiente bernardina. Pulsa en la imagen si la quieres ampliar.








domingo, enero 10, 2010

Cromos judíos

La imagen que tenemos de los judíos es una mezcla de Shylock, Einstein, Ana Frank y, últimamente, Vasili Grossman; es decir, el tópico del avaro, del genio científico, de la víctima del Holocausto nazi y de la de otros holocaustos menos conocidos. Particularmente, debo añadir la figura de George Steiner, de cuyo extraordinario libro Presencias reales saqué muchas de las claves que vinculan el Talmud con la mentalidad especulativa, y no por lo que se refiere al dinero. Quizás habría que añadir al cuadro de estereotipos el retrato de Ariel Sharon, el genocida de Sabra y Chatila.

Pero ahora tengo que añadir uno más, el de la película de los hermanos Coen que se acaba de estrenar. Sabía de las manías religiosas de los judíos (los estropajos diferentes, la impureza femenina, etc.), pero no me imaginaba que llegasen a semejante grado de superstición, aunque sí a la extraña convivencia entre la modernidad y el rito, la cultura y el rezo, la exclusividad teológica y la aceptación de cuantos riesgos y placeres comporta la vida de hoy. En A serious man se mezcla el adolescente (actualísimo) que sólo quiere a su padre para que le arreglen la antena de la televisión, la jovencita que reniega de su nariz, el comprensivo abogado con minutas escalofriantes, la esposa que quiere ser honrada y tener un amante, el amante poseído de sí mismo y capaz de dar consejos a la gente como si fuera a venderles un seguro de vida (un personaje interpretado, por cierto, por un clon de Francis Ford Coppola), amén de una colección de sabios ancianos, barbudos y enigmáticos (alguno de ellos no se sabe si está vivo o muerto) y un personaje estupendo: el loco de las matemáticas, incapaz de manejarse por sí mismo, inepto en cuestiones sociales, que anota bellas formulaciones en un cuaderno que le sirven (¡alehop!) para forrarse en las casas de juego con el cálculo de probabilidades.

Y por encima de todos está el modelo encarnado por el protagonista: un hombre acosado por la conciencia, condenado a los buenos modales, que si encima no es del todo hipocondríaco es para que no parezca un trasunto de Woody Allen, otro que tal. Este personaje es como una síntesis de la obsesiva familia católica y la obsesiva familia protestante. De unos, los judíos de esta película tienen el sagrado mandamiento del ritual, la divinización de las relaciones familiares y un puñado de ritos pintorescos; de otros, la voluntad del individuo como único modo de progreso y del dinero como único medio, la necesidad de saltarse las normas para reafirmar esa individualidad y la capacidad para el sarcasmo.

Todo ello en una historia que se puede resumir en dos líneas, como las grandes historias de siempre: un tipo al que todo le va mal, un pobre hombre incapaz de rebelarse, sujeto al destino al que un compañero de facultad (qué gran actor, dicho sea de paso) le va anunciando desde el quicio de la puerta de su despacho, y a las estrategias de un estudiante coreano que con un leve movimiento de manos pone en cuestión la esencia del puritanismo americano. Si esto se decora con escenas imaginativas, planos bellísimos y una engañosa, apacible lentitud, el resultado es un collage de secuencias entre las que abundan las genialidades como en sus mejores películas: el mensaje escrito en los dientes, la vecina en bolas, el cuaderno del hermano (que se pasa la película drenándose el bulbo raquídeo), el vecino nazi con un alce –creo– en la baca del coche, y un etcétera que corre el riesgo de abarcar la película entera.

Son los Coen de siempre: hábiles urdidores de gags al servicio de una historia desatada. Ellos también, a su modo, podrían entrar en el hall of fame del patrón judío: cuando acaba la película, lo primero que admiras es la inteligencia de sus directores.

domingo, enero 03, 2010

Retorno a Brideshead revisited, y 3

Retomo estas notas después de unos días de reparadora desconexión en los que la novela se ha ido fijando en la memoria con los primeros filtros importantes. Lo que queda, como siempre, es la narración dramática, las situaciones, las escenas, y no tanto los sucesos contados a lo largo del tiempo. Me quedan la secuencia de Oxford, la del trasatlántico (el amor furtivo –bueno, tampoco tanto– entre Charles y Julia), y la del retorno a Brideshead de lord Marchmain, una vez que su catolicona mujer se ha muerto y él, junto a la espléndida Cara, abandona la vida un tanto lampedusa de Venecia para volver a sus reales. Son, las tres, secuencias que abarcan pocos días, pocas semanas. En el resto de la novela, las secuencias quedan reducidas a su inventario, y en algunos casos es una verdadera lástima (una objeción de las que halagan al autor, porque siempre significa que ha sabido a poco). Los protagonistas van cediendo su protagonismo, el protagonismo de sus escenas, y su peripecia queda reducida a una sucesión de acontecimientos. Es lo que ocurre, sobre todo, con Sebastian. Su periplo magrebí se queda en algunas escenas sueltas y el sumario relato de los acontecimientos (pasados y futuros) por parte de su hermana Cordelia, otro gran personaje del que quisiéramos saber más.

Pero el hecho de que la novela esté en muchas partes resumida es un problema del lector, porque la estructura general no se resiente y un mismo tratamiento dramático para cada personaje hubiera necesitado muchas más páginas. Esa primera parte, los tiempos de Oxford, la Arcadia, es un referente del que el resto de la novela se aleja a velocidad uniformemente acelerada, a la velocidad a la que la vida se aleja de la juventud. El paraíso fue un olvido del futuro, y no fue posible disfrutar casi nada de lo que vino después, salvo, claro, la otra gran escena, el otro gran movimiento, el del barco trasatlántico.

Coinciden pues las secuencias más extensas y dramáticas con los escasos momentos de dicha que recuerda el narrador. Pero así es la memoria, que alterna escenas y acontecimientos, situaciones y relatos. Las tres grandes escenas van arropadas de múltiples acontecimientos relatados sumariamente, porque son esos los dos niveles que una novela debe alternar. Después de la intensidad teatral de las escenas, la narración aporta un remanso, un relajado deambular antes de la siguiente escena. Por eso se dice que Waugh practica la novela clásica. En el siglo XIX se tendió a una novela de escenas, y en el XX a una novela de acontecimientos. La misma idea de que la vida es importante obligaba a resumirla. Pero la novela no es la vida, es una obra de arte que necesita tantos planos como un buen paisaje que aspire a la profundidad. Utilizar sólo escenas o sólo acontecimientos es como no haber salido de las dos dimensiones, como los iconos rusos. Tolstoi practica una proporción casi matemática entre la importancia de los personajes y la extensión y número de sus escenas. Todo está tan bien contado que de ningún personaje desearíamos saber más ni menos, pero a todos los vemos lo que hacen; todos, al menos, se merecen una escena.

Esa es la única pega que se le podría poner a Retorno a Brideshead (el hecho de que haya lamentado no saber más de algunos personajes, que la cámara no se fuera con ellos cuando abandonaban la habitación), de no ser porque ninguno de ellos es más importante que el sentido general de la novela, la extinción de un tipo de vida. Sólo Julia, lady Flyte, persevera en la mansión, pero ya no se ensimisma en ella, y cuando estalla la guerra, muy significativamente, se va con sus hermanos Brideshead y Cordelia a luchar con el ejército inglés ¡en Palestina!, no demasiado lejos, por cierto, de donde el otro hermano, Sebastian, pasa sus días metido en un convento como esos hermanos legos que barrían los zaguanes, y que eran, más que monjes vocacionales, almas necesitadas, beneditos. Tampoco demasiado lejos de donde Dante puso el infierno cristiano, ni tampoco lejos de donde, algunos siglos antes, otros cristianos se inmolaban y mataban sin conocimiento en nombre de la fe.

Ese es el sentido general de la novela, cómo se hunde la rancia mansión del catolicismo, cómo se anegan las cubiertas de aguas bendita, cómo soplan los aires de grandeza, cómo se quiebran las jarcias familiares. Julia está espléndida al final, y en cierto modo colabora en redimir a su hermano Brideshead del aura de imbécil que le ha acompañado hasta entonces. Es ella la que, cuando todo el mundo ha desistido de convencer a lord Marchmain de que se confiese antes de morir, toma la iniciativa y le lleva un cura. Hasta entonces Julia era el elemento imprevisible, la ninfa secuestrada por el lujo, caprichosa pero, en la madurez (en cierta madurez), aparentemente decidida a cumplir con la dignidad de la razón, a liberarse de ataduras y vivir lejos de malos rollos la vida que cualquier mujer moderna quisiera vivir. Y no. Y esa sorpresa del no es un clímax dramático extraordinario, un final sin pero posible, sorprendente y al mismo tiempo revelador, que es lo que tiene que ser un final.

Me gustaría extenderme con Mottram, un tipo que tenía todas las de hundirse en lo que representa cuando es su inteligencia la que lo saca a flote. Qué estupenda manera de aceptar que Julia no lo quiere, o bien que Julia no quiere la transacción económica y social que él representa. Qué sagaz ausencia de dolor. O bien con Brideshead, que tiene un aire al actual príncipe de Gales (yo los veía con la misma cara), que emparenta finalmente con una señora tipo Camila Parker–Bowles, y a quien sólo se le conoce una ocupación regular, aparte de protagonizar cuadros de caza: coleccionista de cerillas. Por eso lord Marchmain, cuando conoce a su mujer, le quita la herencia del castillo. Con esa mujer y semejante material en casa, la tradición familiar iba a arder como ardió el palacio de Windsor.

Me extendería en el propio Charles, un hombre cuya capacidad de resumir puede confundirse a veces con distancia, con cierta elegante frialdad, cuando no con ironía o con cinismo, veteadas de breves, casi secretos momentos de emoción, que siempre lo es discreta, y por discreta y resumida más eficaz y más sincera. O sea, el englishman de toda la vida, que es lo que en el fondo yo disfruto de esta novela. No el carácter británico de los personajes sino sobre todo el de la novela, su elegante arquitectura, eso que, mientras estás acabando la novela, parece desproporción y no es más que perspectiva.

jueves, diciembre 17, 2009

Retorno a Brideshead revisited, 2

Mediada la novela, dudo si es que la versión televisiva que vi hace veinte años me privó de su lado satírico, o bien es mi memoria la que se quedó con una insuficiente superficie argumental. El caso es que la tragedia de Sebastian, su alcoholismo galopante, es un asunto que no puede acaparar la historia porque acaba cansando a todo el mundo. Todo lo sucedido en Oxford es muy poca cosa, apenas unos meses de esplendor, algunos semestres lánguidos y un callejón sin salida. La Arcadia dura poco. Su duración en la novela es ciertamente desproporcionada con respecto a su duración en el tiempo.

Así que cuando ya nos hemos hartado de Sebastian y cada cual tira por su lado y, sobre todo, aparece Julia y el reloj empieza a correr más deprisa, la novela sale del catolicismo sofocante de Brideshead, abandona el invernadero y aumenta el interés de algunos personajes secundarios, espléndidamente dibujados, que en mi memoria quedaron como caricaturas poco relevantes, casi anecdóticas. Me refiero, entre otros, al padre de Charles y a Rex Mottram, el marido de Julia.

El primero, interpretado por sir John Gielgud, lo recuerdo como un anciano inglés maniático y distante, rodeado de sombras, vestido con etiquetas incómodas, estirado, despectivo; pero ahora en la novela lo he visto como un personaje delicioso, y hasta cierto punto es una lástima que no le dedique a él el narrador la misma atención que le dedica a la antipática de lady Marchmain, la madre de Sebastian y de Julia (y de Brideshead, otro tipo interesante). El padre de Charles en es realidad, y así lo explica el narrador, un hombre prematuramente viejo, aturdido por la muerte de su mujer, que se largó de voluntaria a la guerra de Yugoslavia para conducir una ambulancia y murió en acto de servicio, mientras él luchaba por un futuro académico de prestigio que cada vez le resultaba más lejano. Así que vive en su biblioteca, no sale a la calle, colecciona antigüedades, lee sin tregua y se viste de etiqueta para cenar a solas. Desde luego que quiere que su hijo se largue, pero ni está dispuesto a darle para ello más dinero ni a reprocharle que se haya gastado el que le dio. Sencillamente, llena la casa de gente insoportable. Lo saca a presión, como los dueños de inmuebles viejos sacan a los inquilinos de renta antigua, y para ello utiliza una coartada perfecta: intenta animar a su hijo, que no se aburra tanto en ese templo de silencio, pero no deja de preguntarle si es verdad que va a marcharse al extranjero.

Qué interesante, dicho sea de paso, el estudio de Waugh sobre la relación de los ingleses con su país. Marcharse no es irse de casa ni cambiarse de barrio ni siquiera de ciudad. Marcharse es irse de Inglaterra. El propio carácter inglés hace que muchos ingleses no soporten vivir en las islas. Pasan lejos de allí sus vidas y cada día son más ingleses, pero es inverosímil que alguien cante en Inglaterra canciones equivalentes a las de Juanito Valderrama sobre los emigrantes. Ahora, leyendo, entiendo al padre. Lo inscribo en esa tradición tan británica que no infecta la paternidad de supersticiones eternas ni ataduras obligatorias. El joven ya criado está en sus propios dominios, no necesita nidos ni subvenciones. Tiene que volar. O por lo menos así se desprende de la tradición protestante. El primer héroe británico de aventuras es Robinson Crusoe, lo que leen a los niños, por lo menos en 1925, año en que transcurre la novela. (Me viene ahora a la memoria Charles Lamb, el de verdad, el ensayista mandarín que redactó en la primera mitad del XIX una preciosa versión de la Odisea para uso escolar; con esas lecturas infantiles hay muchas cosas que quedan claras para siempre).

Y sin embargo este padre huraño reacciona justo al contrario de como habría reaccionado un padre católico protector. Cuando Charles le comunica su deseo de abandonar Oxford sin terminar sus estudios y dedicarse a la pintura, el padre no le da la charla; en todo caso, lo pide que haga el favor de buscar los mejores maestros y rodearse de las circunstancias más adecuadas. O sea, que se largue a París.

Es magnífico: el buen padre lo es precisamente por aquello que a ojos católicos es ser un mal padre. El buen padre católico se desharía en zalemas de bienvenida y se sentiría muy herido al conocer las intenciones de su hijo. El mal padre protestante le deja libertad y cumple los pactos con escrúpulo (le dio 600 libras de manutención, pero ni un penique más), y le apoya en sus decisiones e incluso le facilita que cumpla sus deseos artísticos. Un católico sólo pensaría que así se libra de él. Un protestante, que el padre es un enamorado del arte. El retrato que traza Waugh es deliberadamente ambiguo, y en ello reside la gracia del personaje. Su contraste con la actitud hipócrita de lady Marchmain dice más de la religión que media docena de sermones por cada bando.

El otro personaje secundario que recuerdo de manera muy distinta a como lo estoy leyendo ahora era Rex Mottram, pero ya me he alargado bastante con el padre de Charles. Es hora de retirarse a la biblioteca.
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