11.5.20

El huerto sagrado


La literatura sobre jardines cuenta de unos años a esta parte con algunos volúmenes imprescindibles preparados por la editorial Elba, desde El jardín perdido de Jorn de Prècy a los Jardines de Umberto Pasti, o el  recientemente aparecido Los jardines de los monjes, de lectura me atrevería yo a decir que muy edificante para estos tiempos de zozobra. A propósito de un viaje al monasterio de Mariazell-Wurmsbach, en la orilla norte del lago Obersee, en los Alpes suizos, la autora (son dos los autores, pero da la sensación de que solo escriba ella) va recorriendo el jardín de las monjas en breves fragmentos, como medidos para un rato de meditación, en los que pasa revista a los usos y costumbres jardineros, las plantas medicinales, las autoridades eclesiásticas en materia de jardín, la disposición de las plantaciones, el calendario de cultivo, los métodos de almacenamiento, jalonado todo, como si de rosales que encontráramos en el sendero se tratase, de citas sagradas (San Francisco, Rilke) que nos hacen detenernos y perseverar en la contemplación.
Porque hay alguna que otra idea equivocada con respecto a este importante tema, por ejemplo que los jardines monacales deban contar con una disposición previa, mirarse en un plano sagrado como el de las catedrales góticas. Y no es así. Los jardines de Dios son huertos en apariencia descuidados, nada del rigor cartesiano en que los ha convertido la mentalidad turística. Es la tierra la que manda, no su transformación: aquí un macizo de aromáticas, allá unos manzanos de camuesa arrebolada, por ese caminillo unos arriates de caléndulas, por aquí asoma un pepino, al resguardo de selváticas judías, por allá se ha dejado crecer un corro de cola de caballo, que viene muy bien para proteger el huerto de los bichos. Es la tierra, su azar geológico, la que determina la estructura de las plantaciones, de las que comemos y de aquellas humildes herbezuelas que las defienden de las babosas insaciables. Nada de esas urbanizaciones de plantas y césped que a veces vemos al entrar en un claustro románico restaurado por los enemigos de la naturaleza y del amor a los frutos de la tierra. Nada, por Dios, de esos laberintos concebidos por mentes enfermas, amigas de la confusión y del secreto, sino humildes veredas sin más precepto que no encontrar su fin jamás. El monje pasea entre las hierbas, se sienta en una piedra y piensa en el más allá, se arrodilla y entrecava un bancal de guisantes como los que otro monje, George Mendel, observó con recogimiento hasta sacar las leyes fundamentales de la genética.
Los monasterios exigen autosuficiencia espiritual, de ahí que estén llenos de hierbas medicinales para cualquier circunstancia que pueda meternos prisa en el camino que nos lleva al cementerio, ahí al lado, donde se plantan los pimientos y las berenjenas, que crecen lustrosas con el último acto de generosidad de nuestra carne mortal. El monje no para de orar et de laborar, nunca nada mucho tiempo, porque eso de los trabajos agotadores no deja de ser una forma de exprimir el cuerpo con una violencia contraria a los designios de nuestro Señor. Ora rezan, ora cavan, ora pasean, o se sientan a descansar. El huerto exige cada día la faena de aquella extensión que ocupa un monje tumbado, bien poco si bien se mira, bastante si se tiene en cuenta que la sabiduría está en la minuciosidad y solo las almas perdidas trabajan a destajo, y mucho si pensamos en que no hay que dejar los cuidados del jardín ni un solo día. Como dice Séneca, que aquí también se cita, «todo lo que llega a ser verdaderamente grande suele crecer lentamente, de un modo casi imperceptible», y así es de sabios no cavar un bancal entero en una tarde, qué barbaridad, sino trazar un surco con las manos, poco a poco, extrayendo con cuidado los cardillos, recogiendo con amor las piedrecicas, acariciando el leve lomo de la tierra, hincando un dedo donde introducir el haba y cubrirla de tierra desmigada con las yemas, espolvoreándola como si ceniza fuera.
Hablando de ceniza, algunos consejos prácticos de los frailes puedo certificar que son más valiosos que cualquier engrudo fitosanitario de los que producen esas factorías apestosas. Los caracoles se detienen ante un rastro de ceniza y dejan en paz a las acelgas y las espinacas. Las larvas de crisopa y las colonias de mariquitas devoran el negro pulgón. Los cocimientos de ortigas, según una receta de la abadía benedictina de Fulda (Humofix, puede encontrarse en internet), aceleran la descomposición de los desechos vegetales y producen rico humus para combinar con el estiércol del paciente caballo que ayuda a roturar las zonas más yermas y resecas del jardín. Antes de que se pusieran de moda los cultivos ecológicos, los bancales profundos y el arte del reciclaje, los monjes ya lo sabían y en horas de contemplación habían descubierto cómo armonizar los vegetales para que se ayuden entre todos y entre todos nos den ricas cebollas, que, por cierto (y eso no lo sabía y me hace mucha falta) cocidas en leche son un buen remedio contra el insomnio del demonio.
El libro, además, abunda en tratados medievales sobre horticultura que paulatinamente irán nutriendo mi biblioteca de libros consagrados a la felicidad incomparable de plantar unas matas de tomate corazón de buey, regarlas con paciencia y verlas crecer mientras el mundo grita, se escupe y se infecta. Bienvenido sea este manual cuya lectura, a la sombra del peral, conforta y tranquiliza, mientras uno escucha los jilgueros que se posan en la rama o silba unos compases de canto gregoriano. Se equivocan los que piensan que hay que restaurar la economía industrial. Volvamos, hermanos, al hábito y la azada, a los emplastos de hierbas y a los frotamientos de aloe. Miremos el mundo en una flor de manzanilla, dejémonos llevar por el sendero que conduce, entre narcisos silvestres y hierbas olorosas, al rincón donde habita la divinidad y crecen las alcachofas.

Peter Seewald, Regula Freuler, Los jardines de los monjes, Elba, 2019, 160 p.

9.5.20

De lingua inclusiva


Los criterios de lenguaje inclusivo propuestos por el Gobierno de Aragón para su uso en las administraciones públicas y en las relaciones laborales son, en líneas generales, de tres clases: la selección léxica incluyente, la despersonalización del idioma según las normas de los lenguajes científico y administrativo y la duplicación de términos con ambos géneros para visibilizar el componente femenino. En este artículo se comentan algunos de sus ejemplos, de uso bastante asentado en el lenguaje técnico y laboral pero cuya integración en el habla puede resultar más problemática.

El Manual de lenguaje inclusivo con perspectiva de género de José Luis Aliaga, editado por el Gobierno de Aragón, proporciona un interesante cuadro de alternativas lingüísticas para esquivar aquellos usos que utilicen el masculino como término no marcado al referirse a una totalidad que incluya miembros de ambos sexos. De este modo, en vez de decir: los alumnos y los profesores están muy interesados, sería más conveniente decir: estudiantes y docentes tienen mucho interés. Y, en vez de bienvenidos, es preferible os damos la bienvenida. O, en lugar de los aragoneses, mejor el pueblo aragonés o, si el contexto es menos emotivo, la población aragonesa.
El Manual parte del fundamento de que es posible una intervención en el lenguaje:

«Cómo nos comunicamos interna y externamente, nuestra producción documental, la norma que elaboramos, cómo definimos nuestros puestos de trabajo, los procesos que regulamos, todo aquello que publicamos, no solo no están al margen de las construcciones de género, sino que las reproducen y sostienen. Y también tienen el poder de cambiarlas.»

Y se supone que no solo se pretende cambiar esas construcciones en el ámbito de la literatura jurídica y administrativa, que es al que va dirigido, sino en el de la periodística y la científica, y, por qué no, en el habla cotidiana, 

«porque una revisión de nuestras manifestaciones verbales es, en definitiva, una indagación en nuestra ideología y en nuestro modo de actuar».

Lo primero no solo es posible sino que ya está muy extendido, y el tiempo y el uso han hecho que incluso algunos desdoblamientos que al principio nos resultaban pleonásticos e ideologizados, ahora sean el modo más común de evitar ese masculino marcado en los textos legales y en las comunicaciones laborales. El lenguaje administrativo no podía sino asimilar con naturalidad sus propias reglas, porque casi todos los criterios que se proponen en el Manual son rasgos propios del lenguaje jurídico y del científico, que siempre se ven obligados a escoger la forma más impersonal de decir algo. La cuestión es si esos mismos criterios serían igual de bien asimilados en el lenguaje propio de «nuestro modo de actuar», es decir, en el lenguaje hablado, un lenguaje mucho más personal. El mundo es voluntad y representación, hablamos de él o de ella, personificamos hechos y objetos e ideas, representamos la realidad a través del lenguaje. Y en ese mundo vivo los recursos de despersonalización de las jergas técnicas agregan demasiada distancia, una asepsia excesiva para el trato humano.
El lenguaje administrativo, por ejemplo, tiene especial afición por las perífrasis y las proformas. En cuanto a las primeras, Aliaga propone locuciones como comunidad educativa, clase trabajadora, personal docente, la parte demandante… Esta última ya tiene solera jurídica, pero las otras tres exigen una limpieza previa de connotaciones que mancillen su neutralidad. En todas quedan restos ideológicos (comunidad, clase) o burocráticos (personal docente), los suficientes para que un sector más o menos amplio de la población los ignore con el fin de no dar pie a identificaciones equivocadas o de llevar con discreción las acertadas. Para evitar circunloquios y pleonasmos, echamos mano de la escuela, los trabajadores o los maestros, y nos encontramos con un dilema incómodo, pues para preservar la hermosura (la carga cultural y emocional) de esas palabras tenemos que duplicarlas. El uso esmera el significado y puede que pronto nadie vea en la clase trabajadora una taxonomía social a la que como individuo se tiene derecho a no pertenecer, pero lo que es seguro es que solo desnudas de connotación podrán sustituir eficazmente a los usos corrientes. Ingresarán, muchas, en el almacén de dichos de origen desconocido, que por otra parte suele ser su garantía de perdurabilidad.
En cuanto a las proformas, el procedimiento es el mismo, despojar a una palabra de sus connotaciones para fijarla como un comodín de significado general. Persona, ser humano, personaje, criatura, víctima, pareja, figura… En el caso de la palabra persona, ahora de uso tan común, no hace demasiado tiempo se usaba solo por lo que tenía de tecnicismo, las personas jurídicas, y en locuciones del tipo buena/mala persona y similares. Persona entonces era el ciudadano neutro, por eso casi nunca se usaba sin un calificativo, sin un relleno de significado, porque también era el ciudadano íntegro, como se deduce de expresiones como yo sin un café no soy persona. Su significado más concreto lo había ido perdiendo a lo largo de los siglos, desde que dejó de nombrar la máscara de un actor ateniense hasta que, extirpado del verbo personarse, que usaba un sentido más, digamos, existencial de la palabra, fue a parar a su leve condición de proforma. En ese antiguo sentido aún latente usamos la expresión mucho personal, más real que muchas personas. Persona pasó a ser solo la máscara, no su contenido. Era más neutra incluso que la palabra individuo, que siempre añadía un deje despectivo y suspicaz. Si persona se llenó de contenido sin necesidad de calificativos fue porque se apropió del buena, del tratamiento de respeto, de la dignidad del ser humano. Adquirió entonces persona la independencia léxica, cambiando, en cierto modo, la integridad física por la moral, y se estableció en el habla cotidiana. No hizo falta que nadie lo recomendase. Algunos, no obstante, la usaban pleonásticamente, por si acaso, y hablaban de personas humanas, curioso ejemplo de cómo ciertas palabras conservan durante un tiempo su nuevo significado como un cascarón que las protege antes de echar a volar.
Otros casos como víctima o pareja llevan décadas funcionando con normalidad, pero los hay que son una propuesta más novedosa, caso de criatura para referirse al niño. Da la sensación de que se haya buscado con criterios morfológicos una palabra que solo es de uso corriente con un alto grado de connotación y cuyo sonido la ha llevado a lo tierno y a lo monstruoso, incluso a lo irónico y a lo despectivo. Uno estaría encantado de que sustituyese al bebé, pero, desde que se van solas, las criaturas están demasiado cargadas de matices como para utilizarlas de proformas.
El Manual también abunda en alternativas científicas. El uso preferible de formas no personales, los insípidos infinitivos, los pomposos gerundios y los ripiosos participios, compone, junto con la omisión del sujeto, las estructuras de impersonalización o los sustantivos abstractos, la principal batería de medidas para la inclusión. No se trata tanto de incorporar nuevas expresiones surgidas de los burbujeantes idiolectos (los que prosperan en sociolectos) como de ocultar la diferencia, la recientemente despertada conciencia de esa diferencia. En vez de el aspirante firmará la solicitud, es más correcto es necesario firmar la solicitud o se debe firmar la solicitud o a firmar con letras mayúsculas. Alguien ha firmado algo…
Hay entre los ejemplos despersonalizadores del Manual un caso particularmente interesante: si abandona la sala, no podrá acceder de nuevo, donde se ha hecho desaparecer al espectador al tiempo que se dirigen a él en un tono acaso en exceso conminatorio. Quizá una forma menos intrusiva sería la impersonal: si se abandona la sala, no se podrá acceder de nuevo. En todo caso es una buena solución para eslóganes y avisos, mensajes fijos y distantes, demasiado altivos para en cámara, para la conversación cercana, que es donde se cuece la lengua. 
Y la profusión de sustantivos abstractos, en fin, remite a ese argot de covachuela en el que a las instituciones se les daba importancia quitándoles el artículo: ha dicho dirección, gerencia ha comunicado, secretaría certifica, con el que bromeaba Muñoz Molina, hace mucho tiempo, a propósito de un tal obispado en sus tiempos de funcionario administrativo. Estos abstractos hacen bien al individuo al que se refieren porque lo exoneran de responsabilidad personal. Nos hemos acostumbrado a ellos pero no dejan de dar una idea un tanto deshumanizada de la cosa pública. Lo importante es no nombrar, reducir drásticamente la floración deíctica del idioma, decolorarlo, algo que puede considerarse natural en el espíritu de objetividad imperturbable que debe animar al legislador, pero que no puede sembrarse así como así en la plaza pública.
Sin embargo, el principal problema al que se enfrenta el lenguaje inclusivo es de raíz morfológica y, digamos, antropológica. Como se sabe, una palabra utiliza sus morfemas de género marcado (la muchacha) y no marcado (la muchachada). Solemos usar el colectivo femenino (la familia, la prole, la chiquillería, la cuadrilla, la banda, la tropa, la iglesia, la florinata…) en un registro más cercano, coloquial incluso, por la misma razón por la que quienes viven del mar o junto al mar lo nombran en femenino y quienes lo visitan o lo estudian lo hacen en masculino. La motivación es también sexista, la manzana no deja de ser un fruto que deriva del manzano. Podemos nombrarlos en femenino, que es como se nombran en registro familiar, sobre todo por estos pagos: la manzanera, la olivera, la noguera, con un añadido de cercanía y popularidad; pero siempre con sentido de reproductividad. Las raíces de la motivación genérica en sustantivos no marcados tienen que ver, indirectamente, con la metáfora de los sexos y sus múltiples y cambiantes implicaciones. Pero cuando el género está, al mismo tiempo, marcado y no marcado (los alumnos) se ha visto una preponderancia cultural en el hecho de que el femenino solo pueda funcionar, referido a personas, como género marcado. 
El léxico es modificable, pero algunas estructuras sintácticas también pueden resentirse si se deja de utilizar el que y los que como género no marcado. Una solución es prescindir de las proposiciones sustantivadas (los que vengan) y sustituirlas por adjetivas con una proforma no sexista como antecedente (las personas que vengan). Pero la lengua necesita el engranaje de articulaciones transparentes, que no concentren el sentido sino que aseguren la fluidez. En este caso las propuestas dicen bastante del camino de despersonalización que se aconseja seguir. Como nexo relativo, bastaría con utilizar quien/quienes sin necesidad de antecedente, y los determinantes deberían ser reducidos a algunos indefinidos (cada/cualquiera) que eliminasen la marca de género y, de paso, la de persona, la de individuo. Pero quienes no es lo mismo que los que o los de (los que faltaban, los de siempre), por no mencionar la sustantivación generalizadora de adjetivos (los caídos, los descontentos, los participantes), un vivero de expresiones no siempre fáciles de modificar en el lenguaje hablado (quienes cayeron, quienes se sienten descontentos, quienes participan), y mucho más si se trata de conservar su contundencia y sonoridad, en ocasiones gnómica o antonomásica. Otra vez se suaviza la expresión sin visibilizar nada, más bien ocultando a los autores, sean hombres o mujeres, por no hablar de los problemas de ritmo que acarrea una palabra de sonoridad tan poco dúctil como quienes.
La solución más fácil y menos recomendable que proponen las instituciones es el desdoblamiento sistemático, porque unas veces incurre en enunciados aporéticos y otras coloniza el discurso con una presencia que, paradójicamente, acaba resultando protocolaria y pleonástica, y, sobre todo, antieconómica. Todos y todas, por ejemplo, es un reto lingüístico. Si la totalidad genérica queda reducida a la mitad del total, ¿qué palabra no sexuada usamos para nombrar esa misma totalidad?, ¿cómo decimos todo el mundo con menos palabras? No es conveniente decir todos, sin más, y la totalidad del alumnado, fuera de la redacción mecánica de los legajos, solo se puede decir una vez en el mismo discurso si no se quiere incurrir en pobreza léxica y reseco estilístico. 
La jerga legal o, desafortunadamente, la periodística no tienen empacho en multiplicar las expresiones perifrásticas, por redundantes que sean, hasta extremos un tanto desconcertantes como el ejemplo que el Manual propone para el uso de las aposiciones con efectos visibilizadores: Se contratará personal de limpieza, tanto mujeres como hombres, para el cuidado de los jardines. En este caso, aparte de que la irrelevancia casi desautoriza el empeño, sus posibles implicaciones son también algo perversas, por ejemplo la de que no es lo más normal que una cuadrilla esté formada por jardineros de ambos sexos y por eso haya que explicarlo en las bases de cualquier convocatoria. 
Desde el punto de vista del uso, es más verosímil que triunfe el femenino como género marcado y no marcado, tal y como ahora se usa el masculino y en su sustitución o alternancia, que no el repetir cansinamente a cada paso el doble género marcado. Es más natural, digamos, formar parte del Consejo de Ministras (o del Consejo Ministerial) que hacerlo del Consejo de Ministros y Ministras, y levantaría uno de los principales frenos del arraigo del lenguaje inclusivo en su uso cotidiano, las connotaciones ideológicas, que llegan, en el caso de los metagrafos (alumn@a, profesorxs), al exhibicionismo político. Todos sabemos distinguir cuándo se dice señoras y señores por una simple cuestión de urbanidad y cuándo se dice los padres y las madres de manera no estrictamente designativa sino con su moral a cuestas; lo cual, por supuesto, tampoco es criticable, pero no favorece un uso común, que es el único que admite incorporaciones estables. Lo demás corre el riesgo de quedar arrinconado en su condición de jerga.
Por rara que suene una palabra, el uso la pule hasta la transparencia. El proceso, si se desarrolla, será gradual y caprichoso y partirá del léxico, no de la morfología, y por supuesto no atentará contra la sagrada economía del lenguaje. Los dobletes, salvo que sean con intención, no tienen muchas posibilidades de prosperar. Y, si son con intención, no se pueden generalizar. El fraseo de pendolista y la despersonalización difícilmente cuajan en una lengua tan personalizada, menos si, como sería el caso, proceden al raro equilibrismo de una forma de hablar aséptica, abstracta y colectiva que, a su vez, es una marca ideológica. Aunque también es posible que con el tiempo desaparezca esa sensación de estar usando un sociolecto concreto cuando lo único que quieres es hablar. La más alta virtud de la lengua es la nitidez de su estructura. Si se elimina el determinante no marcado, hay que sustituirlo por otro, el que sea, pero la sustitución por eliminación o encubrimiento, en una lengua tan deslenguada como la nuestra, no está claro que pueda resultar muy productiva.
Uno tiende a confiar en el ritmo del habla. Demasiadas formas de hablar colonizaron la lengua y de la noche a la mañana no hemos vuelto a escucharlas. Pocas sobrevivieron, y las que lo hicieron no fue porque hubieran sido impuestas sino porque fueron aceptadas en el habla común, por sus reglas gramaticales y, lo que con frecuencia se obvia, por sus reglas prosódicas y musicales. Con la inclusión puede que suceda lo mismo. Si hemos interiorizado las formas de hablar obviamente discriminatorias o despectivas, la lengua nos dará palabras para esquivarlas: rem tene, verba sequentur. Es razonable pensar que con el tiempo nadie dirá la juez o la médico (de hecho, ya pocos dicen la jefe), pero esperar que reformemos una estructura morfosintáctica y embaldosemos nuestro discurso con perífrasis correctas o términos despersonalizados es tanto como creer que la lengua se puede modificar por orden ministerial, creencia que, en términos sociolingüísticos, solo puede ser ingenua o inquietante.







24.4.20

La contagión, 40


Hace días que dejamos de contar los muertos, se mezclaron los oficiales con los clandestinos, los que tenían certificado y los que no se sabe de qué se han muerto, incluso los que es posible que hayan muerto porque en el silencio de las calles nadie ha visto luz en sus ventanas. Entretenemos la vigilia como esos parientes que fuman en la acera de los tanatorios y hablan de cualquier cosa que no tenga que ver con la muerte. Los periódicos solo se ocupan de los cadáveres ilustres, y de aquellos que lograron alcanzar la orilla y aún respiran. Pero llega el día en que un amigo ha perdido a su madre. Es verdad, los ancianos no saben si les dan o no les dan la mano, ni siquiera ven al ser traído del futuro que los atiende al mismo tiempo que se protege de ellos. Lo sabemos los demás, y lo olvidamos porque estamos vivos. Pero a veces nos pasa una ráfaga de viento helado, una fotografía, el desconsuelo de alguien a quien hemos visto reír, y entonces nos damos cuenta de que solo aspiramos a morir cuando nos toque, cuando nos toque a cada uno, en esa individualidad que el virus diluye en cifras y estadísticas. Acompañamos a los moribundos porque no queremos que nos dejen solos cuando también nosotros, con nuestra vida a cuestas, lleguemos al final. Se me viene a la memoria el adjetivo innoble, el que cierra el libro Ardor guerrero, de Muñoz Molina, para mi gusto el mejor que ha escrito, cuando refiere la muerte por accidente de un amigo. Eso es lo malo, lo innoble de morir así, sin una enfermedad propia, sin un argumento personal, disuelto en números aproximados. Nos acostumbramos a lo inverosímil, pero de pronto esa sonrisa, esa persona que fue joven, ese ahogo, ese sueño de láudano entre paredes de plástico. De pronto un amigo nos anuncia que es verdad, que está cerca y es posible. Sabemos que tenemos que morir, pero no soportamos la idea de que sea una muerte casi anónima, el resultado de muchas debilidades colectivas, pero no de un viaje único, individual, el que fuimos construyendo a fuerza de amor propio y dignidad. En ese sueño mortífero, con un tubo metido en el cuerpo, quizá nuestro único consuelo sea que alguien llore por nosotros, y con sus lágrimas nos dé sentido, y sea su recuerdo la ilusión de un paraíso.  

23.4.20

La contagión, 39


Más de un amigo me ha preguntado cómo es posible, con las tragaderas lectoras que yo tengo, que no pueda soportar a Vargas Llosa. El otro día volví a intentarlo con un largo artículo sobre Galdós que publicó en El País en el que no decía más que lugares comunes y demostraba que no lo había leído, o que, de leerlo, no había entendido una palabra. Aparte de que para rellenar el texto hacía como los chicos con los trabajos escolares («nació en…»; por eso yo no los mando nunca), demostró no conocer ni por el forro las grandes obras maestras de don Benito, todavía un modelo de escritura.
Y, como el artículo se le hacía largo, aprovechó unos cuantos párrafos para decir que Proust tampoco le gusta porque tiene frases muy largas y habla de un mundo «pequeñito». Qué sabrá él, y eso que le han dado el premio Nobel. Me pilla, además, después de unos días en los que he vuelto a su lectura. Llevaba ocho años sin hacerlo, y al contrario que entonces, que volví a la traducción de Salinas porque la más reciente de Mauro Armiño me parecía menos poética, esta vez he sacado el mamotreto de Valdemar y tengo que desdecirme: la de Armiño me parece más oral, más fluida, menos cursi. Quizá no me devuelva el sentimiento de los tomos de Alianza, pero me produce un efecto amniótico (no hipnótico), un estar alejado del mundo, refugiado en un seno de hermosura, en un encierro como este en el que necesito rodearme de todo lo que alguna vez me ha hecho feliz. Hoy, Día del Libro, no tengo ganas de novedades, quizá porque intuyo que todo se está yendo al carajo y solo nos queda esa burbuja de tiempos mejores, no necesariamente antiguos, más bien, valga el retruécano, tiempos intemporales.
Así que he desempolvado el mueble de leer, que usé por última vez para disfrutar de Guerra y paz en la espléndida traducción de Lydia Kúper: la tabla que apoyaba mi madre en los brazos del sillón para sus labores de punto, cuando ya la pobre no podía ni moverse; el atril casi vertical en el que estuvo el diccionario de latín mientras yo iba traduciendo las Geórgicas, el cojín de flores que ponía ella en la mesita baja para descansar las piernas. Y así, hundido en mí mismo, paso las horas a la sombra de las muchachas en flor.

22.4.20

La contagión, 38


Decía esta mañana la BBC que al presidente chino, Xi Jin Ping, no se le vio el pelo por ninguna parte mientras los números de la epidemia crecían y los muertos se acumulaban en las morgues, pero que, cuando la contagión empezó a estar controlada, salió de su escondite para dar besos y abrazos virtuales a sus agradecidos compatriotas. Lo curioso es que lo diga la BBC, porque Boris Johnson está haciendo algo parecido. Por más que las imágenes presenten a un ciudadano estragado por la enfermedad, con las carnes fofas y los ojos de perro pachón, no deja de ser un poco raro eso de que haya estado al borde de la muerte pero no haya sido necesario intubarlo con respiración asistida. Aquí hemos sabido que pasó de ir a las cinco primeras reuniones del comité de emergencia, y que le importaba más emular a Churchill pasando en el campo los fines de semana en plena guerra que ponerse al mando de inmediato, aunque todavía tuviera la cara de ciruela pasa que se le ha quedado al bueno de Fernando Simón. E incluso ahora que Johnson se está recuperando en Chequers, la residencia campestre oficial, es llamativo que no diga ni pío, como si emular a Churchill implicase prescindir de los adelantos tecnológicos posteriores a su defunción. Mientras tanto, el secretario de estado Dominic Raab está comiéndose el marrón, y aun así The Guardian le afeaba el otro día que hubiera dejado al frente al ministro de Sanidad y no diera explicaciones a menudo.
Claro que, fieles al humor que no van a perder, los comentarios a la noticia se preguntaban qué es mejor, un primer ministro desaparecido como Johnson o un estomagantemente ubicuo Donald Trump, que de momento ya se ha pedido a sí mismo pasta pública para sus negocios privados mientras agita la bandera inmoral del It’s my choice, la pancarta más miserable que uno haya visto nunca. En todo caso, y como aquí todo se soluciona con dinero, el gobierno británico está regando de millones a los buscadores de vacunas mientras, eso sí, los sanitarios van a terminar yendo a trabajar con bolsas de basura. Más les valía investigar lo que han descubierto los franceses, que la nicotina podría proteger del Covid 19 del mismo modo que protege a los geranios del pulgón. Y eso que no se ponen a investigar la cerveza, que seguro que socarra los virus y lo que sea menester.

21.4.20

La contagión, 37


Es muy interesante la fijación que tienen las aves de corral con los vehículos abandonados. No hay mejor gallinero que un coche viejo, un almendrón, que dicen los cubanos. Ayer fui al cobertizo a echarles de comer a los mastines y me di cuenta de que en el manillar de una bicicleta colgada del techo una tórtola turca tenía hecho su nido, con esa perfección inimitable con que las tórtolas hacen los nidos. Ya estos días atrás, cuando entraba para cortar un hierro con el que fijar las tablas de la huerta, o para mezclar la almagra con que pinto las columnas del parral, me tenía que agachar porque salía una paloma de estampía. Tardé en darme cuenta de que estaba construyendo el nido en el recodo de la chimenea, encima del velocímetro de la bicicleta. Y lo mismo ha ocurrido en el farol de la puerta de entrada, debajo del tejadillo. Es primavera lluviosa, las palomas no ven trasiego de personas y campan a sus anchas por los jardincillos, se ponen tiesas de comer los brotes de las cerezas, se pasean por los surcos sin plantar, y salvo las que, como contaba el otro día, se estrellan contra los cristales, acaso por exceso de confianza, da la sensación de que han encontrado un lugar donde vivir sin sobresaltos.
Ayer entré al cobertizo tapándome los ojos con la bocamanga, no fuese a ser que me los sacase al intentar salir, y vi que se quedaba quieta, sin moverse del nido, erguida y vigilante, pero quieta. Entré con pies de plomo, pero Galán, que es menos cauteloso, armó un escándalo de broncos ladridos que rebotaban en el techo de uralita. La palomica se asustó y echó a volar, y yo aproveché para subirme a una escalera y ver los dos huevos que está empollando. Todo el rato que anduve llenando las tolvas de pienso, vaciando el balde en los alcorques de las glicinias y rellenándolo con agua limpia, la paloma iba y venía, posándose en los cables de la luz, en las ramas aún desnudas de la parra, y aleteaba inquieta, como para espantarnos a nosotros, pobrecilla. Así que, cuando por fin me fui de allí, no tardó un minuto en volver a su nido, y allí estará mientras afuera merodeen los mastines, por más que Galán le grite que ya pueden salir, que ya no hay peligro para las crías.

20.4.20

La contagión, 36


Al día siguiente de mi decimocuarto cumpleaños estaba francamente desolado. Llevaba toda la mañana en mi gabinete, mirando unas gouaches de la iglesia de Balbec, con el corazón tan decaído como las lilas que Françoise, para que me animase, había dejado en el chifonier al subir del jardín, y sobre cuyo aroma, de pronto, empecé a sentir la dulce fragancia de Quelques fleurs, el agua de colonia de mamá, y escuché su voz, que llenaba el vestíbulo como un collar de cascabeles. Volví a sentir una punzada en el corazón, o, mejor dicho, dos, la una por la alegría incontenible de volver a verla y la otra por la pena insufrible de que, después de darme un beso, se volvería a marchar. No había recuperado el aliento cuando entró mamá en el gabinete. «Oh, querido, traigo buenas noticias. El doctor Cottard me ha dicho que hoy solo ha habido cuatrocientos muertos por la contagión. Y eso no es lo mejor. Dice que a partir del domingo los niños podréis salir a dar un paseo por el bulevar. ¿No te parece maravilloso? Ya le he dicho a Françoise que te prepare un consomé y unos espárragos con mayonnaise». Me quedé sin habla. Mamá salió del gabinete sin darme un beso tan siquiera. Me sentía morir. Otra vez a hacer el tonto detrás del bosquecillo de laureles de los Champs Élysées y a jugar al escondite con la sosa de Gilberte. Solo de pensar que mamá consentiría que me expusiese a esos virus malignos, el desconsuelo se apoderó de mí. El odioso doctor Cottard me había obligado a estar a dieta de leche de cabra. Y no había hecho más que darle un mordisco al espárrago cuando la voz de mamá volvió a subir mis pulsaciones. De pronto la vi en el umbral del gabinete, con su vestido de moaré, y un semblante pálido, tristísimo. «Oh, querido, cuánto lo siento. Nunca me perdonaré haberte creado falsas expectativas. El doctor Cottard me ha dicho, me ha dicho… que solo saldrán los menores de catorce años». El corazón me rebotó dentro del pecho como una pelota de ping pong. No recuerdo haber estado nunca tan contento. «Sin embargo», dijo mamá, acercándose a mí, «hay un doctor catalán, un tal monsieur Mitjá, que dice que deberían salir todos los menores de dieciocho años». «Pero mámá, oh, mamá, ¿cómo vamos a hacerle caso a un catalán, si siempre están dando la lata con sus chovinismos demodés? Ay, mamá, creo que no me encuentro bien. Prefiero quedarme en casa. Dile a Françoise que me suba una taza de leche de cabra».

19.4.20

La contagión, 35


El otro día tuve que asistir a una videoconferencia vecinal y aquello era verdaderamente lamentable: todo el mundo en pijama, con las barbas desastradas, sin el mínimo maquillaje imprescindible. Entre el contrapicado de las cámaras, que nos hacen más feos, y el ribete del esquijama que asomaba por la pantalla, la sensación de abandono se apoderó de la reunión. Hace años oí decir a Almodóvar que jamás se pondría un chándal para estar en casa. Me llamó la atención porque yo tampoco. Ya es bastante desagradable ir al súper y ver a señores respetables con los pantalones flojos, de colores juveniles, alpargatas de hacer deporte y un forro polar con la sebera verdosa. Y así es: el mundo empieza más allá del dormitorio. Las únicas ocupaciones de las personas con cierto grado de refinamiento son no llevar la ropa inadecuada. Es comprensible que ahora que apenas salimos de casa no nos pongamos el terno de paseo, pero es intolerable que para sentarnos a leer utilicemos el mismo atuendo que para irnos a dormir. La comodidad es enemiga de la estética. Esos tejidos sintéticos malolientes que usa la gente para todo están acabando con nuestra sensibilidad. La ropa de los domingos no es para enseñarla sino para llevarla. Decía mi padre que sin corbata ni calcetines se sentía desnudo, y tuve que ver el otro día hombres despechorrados que meneaban el dedo gordo del pie ante la cámara mientras hablaban del presupuesto de la canalera. Mi padre no era un dandy, pero sabía la primera norma de los dandys, que lo único que deben llevar conjuntado es, precisamente, la corbata y los calcetines. Así que no me extraña que la gente se deprima en sus encierros, todo el día con esos apeos infectos, semanas enteras con el chándal del Real Madrid, que encima es el que más se ensucia. Cuando estés solo, decían los viejos, come como si estuvieras con el rey, para que, cuando estés con el rey, comas como si estuvieras solo. Al principio del confinamiento tenía en el tinte el chaleco adamascado, y a mí me da vergüenza tomar el té con la camisa al aire. Menos mal que Inma es comprensiva y, por ser las circunstancias que son, acepta que me ponga un jubón viejo. Eso sí, cuando desprecinten la tintorería me quedaré sin excusas. 
En fin, voy a vestirme para la cena, y luego veré un capítulo de Downton Abbey.

18.4.20

La contagión, 34



De muchacho, entre los atributos del artista estaba el dormir poco. No había entrevista en la que no se preguntase por las horas de sueño. «Ya dormiré cuando esté muerto», decía Fassbinder con los ojos inyectados. Pasa el tiempo y uno aprende que el sueño es una tregua, cuanto más larga mejor. Meterse en la cama es saber que nada malo ha de ocurrir hasta que vuelva a maltratarnos la conciencia de un mundo desquiciado. Eso, en las épocas sin sobresaltos. Pero luego viene el insomnio, la vigilia como condena, que ataca incluso cuando no hay motivos de preocupación. La cabeza entonces es un electrodoméstico que hace ruido por las noches, un pitido interior, de máquina forzada, una conciencia innecesaria en la que los objetos parecen estar más quietos que de costumbre, persistentes en su cruda indiferencia. Uno intenta retrasar lo más posible la convivencia con el orfidal porque tiene la sensación de que la vejez es un bote de pastillas junto al despertador, pero ni el ejercicio físico ni la valeriana ni una novela de Juan Benet hacen ya ningún efecto. Solo cabe esperar tranquilamente a que se pase. En estas circunstancias, además, hay noches en las que uno ni siquiera tiene demasiada prisa por dormir, porque sabe que en esos sueños fugaces de última hora se amontona la insidiosa realidad, el bombardeo que me traspasa el cráneo a pesar de mis propósitos. 
Ayer, a eso de las siete de la mañana, caí rendido y vino a verme un personaje que últimamente frecuenta mis semisueños, esa odiosa sensación hiperrealista de soñar que sigues despierto. Es un chino que conocí en Dublín, ya mayor, sordo de nacimiento, que iba de un lado para otro con bolsas de basura llenas de papeles. Se pasaba las horas en la biblioteca de Trinity, en torno a él flotaba un olor a humedad revenida y de vez en cuando emitía sonidos desarticulados. Escribía, siempre en inglés, con una letraja deforme con la que iba surcando el papel como con una gubia. Viene a verme ese tipo, entona sus gritos de sordo, casi puedo leer sus interminables inscripciones, pero rápidamente me asusta haberme convertido en él y me vuelvo a despertar. Si entonces cometo la torpeza de poner la radio, todavía me da más miedo. Aquel hombre es como un último superviviente que tratase de burlar al insomnio escribiendo su crónica del fin del mundo.

17.4.20

La contagión, 33


No todos somos igual de aprensivos. Entre el hipocondríaco enfermizo y el estómago de acero hay muy distintas sensibilidades. Cada vez que tengo que salir de casa soy consciente de que mi grado de aprensión es más alto de lo que pensaba. La radio dice que todo el mundo está en su casa, pero yo veo mucha gente por la calle. En la carretera sigo siempre la máxima de Paul Auster para todo conductor prudente: imagínate que los demás coches van conducidos por un loco o por un borracho. Así que antes de decidir si puedo correr o no riesgo me alejo por instinto de la sorprendentemente alta cantidad de gente que no se molesta en llevar una jodida mascarilla. Muchos han comenzado a vivir de incógnito, a llevar un papel en el bolsillo por si viene un guardia, a arrastrar una botella de butano por si lo pillan. Paras a echar gasoil y hay un tío con un palillo entre los dientes y los ojos entornados que no parece imaginar siquiera que la muerte puede estar anidándole en las uñas. Y es incómodo sentir lo que en condiciones normales sienten los enfermos de aprensión. Uno camina envuelto en escrúpulos. A nada se dispara la desconfianza.
Tiene guasa que cuando se decretó el estado de alarma yo tenía entradas para El enfermo imaginario, la tragedia de Argán, quien tenía sus motivos para ser hipocondríaco. El propio Molière murió cuando lo interpretaba, se lo comió su falta de aprensión cuando daba vida al más aprensivo posible. Así nosotros íbamos a reírnos con el viejo melindroso a una ciudad que de pronto se ha convertido, desde lejos, en una especie de Chernobyl. Cuando se reponga la obra, en las primeras funciones (Moliére solo duró cuatro o cinco) el público se sentirá más identificado que nunca con Argán, y le ocurrirá lo mismo que a muchos nos ocurre con El misántropo, que lo entendemos mejor que el propio comediógrafo: donde él ve una farsa, vemos los demás una tragedia, la tragedia de la lucidez.
Falta tiempo para que vuelvan los olores de la multitud, los estadios abarrotados, las manifestaciones multitudinarias, los conciertos asfixiantes, las fiestas donde no cabe un alfiler, pero sí un virus. Y no sé si a todos se nos pasará. Igual encontramos la excusa perfecta.

16.4.20

La contagión, 32


Stephen King publicó en 1978 The Stand, la historia de cómo un virus creado en un laboratorio se extiende y aniquila a casi toda la humanidad. Al año siguiente sacó The dead zone, en la que se preguntaba qué pasaría si alguien tuviera poderes para saber qué político acabaría apretando el célebre botón nuclear.
El primer presidente que alarmó al mundo entero con su facilidad para tomarse las cosas en broma fue Ronald Reagan, pionero del neoliberalismo salvaje y empeñado en jugar a la guerra de las galaxias. Todavía recuerdo cómo se oían pasar los aviones nodriza desde mi habitación del colegio Cerbuna, mientras en la radio se decía que España no iba a apoyar el bombardeo de Libia. Reagan fue el primer presidente peligroso de la era moderna. A su lado, las marrullerías de Richard Nixon parecían toreo de salón. Y es curioso que en 1983, cuando Reagan ya había enseñado al mundo su perfecta y afilada dentadura, David Cronenberg llevó al cine The dead zone, con Martin Sheen haciendo de político populista enloquecido y el gran Christopher Walken de un pobre maestro condenado a ver el futuro. Sheen encarnaba a un presidente explosivo, a quien solo puede detener Walken porque sabe, porque ve que está a punto de cargarse el planeta.
Los ochenta eran otra cosa. Una película como esa entretenía sin más molestia que la de plantearse hasta dónde iba a llegar el populismo republicano, y volvía a un dilema básico de la ciencia ficción: si uno sabe lo que va a ocurrir en el futuro, ¿sería concebible cambiar el destino? Y, al mismo tiempo, ¿sería ético no cambiarlo? Por aquel entonces no hacía falta tener mala sangre para pensar que The dead zone cuestionaba la tópica honradez de un presidente, y que con Reagan se deshizo hasta tener al mundo en vilo. Luego Reagan, como Tiberio, ha sido rehabilitado por la historia, y aquel miedo a que el mundo entero dependiera de los caprichos de un botarate pareció disolverse mientras las guerras rentables, sobre todo las de la familia Bush, se seguían sucediendo.
Me acuerdo de todo esto mientras escucho a Donald Trump decir que el virus lo ha creado China en un laboratorio clandestino... Imagino que lo que va buscando es avivar la economía a base de guerras exteriores, pero ni en las peores pesadillas de Stephen King (y ha debido de tener unas cuantas) sus macabras fantasías suenan tan verosímiles. 

15.4.20

La contagión, 31


El mismo día que se dio la noticia de que Francia había medicalizado los trenes de alta velocidad para trasladar a los pacientes a otros hospitales menos congestionados, aquí supimos que la Consejería de Salud de Cataluña recomendaba no ingresar a los mayores de 80 años infectados, para, entre otros motivos, no colapsar las UCIs. En lugar de tratarlos con respiradores, se recomendaba suministrarles morfina. Pero al mismo tiempo escuchábamos a otros portavoces autonómicos alardear de que en sus hospitales todavía quedaban camas libres, por lo que pudiera pasar. Del enemigo ni agua, salvo que sea la del Ebro, y antes muertos que solidarios.
Ayer se nos cayó el alma a los pies al enterarnos de que teníamos en España el índice más alto de mortalidad. Se supone que la primera causa es el desgobierno de los centros geriátricos, negocios privados que en algunos casos se aprovechan de que los viejos, como los animalicos, no siempre saben quejarse cuando alguien los maltrata. Sea por la razón que sea, nuestro sistema de taifas autonómicas, con las manos libres para hacer lo que les dé la gana y la boca grande para pedir dinero al Estado cuando algo falla, quizás haya encontrado en esta calamidad el mejor reflejo de lo que no es un país.
Cuando todo esto termine, no hace falta ser adivino para estar seguro de que ninguna autonomía tendrá culpa de nada y solo el Estado será responsable de unas muertes que, por otra parte, salvo a quienes tienen que lidiar con ellas no parece que hagan temblar las conciencias de nadie. Y en un futuro próximo la gente tendrá que ir redistribuyéndose (si les dejan) para optar a una comunidad en la que sentirse mejor atendidos. Es falso hablar de la educación en España como es absurdo hacerlo de la sanidad en España. Poco a poco hemos conseguido quebrar el país como un suelo sin agua, víctimas de nuestra fina piel, más atenta a no molestar los estúpidos sentimientos identitarios que a construir un país en el que todos sus ciudadanos puedan sentirse iguales. Cualquier queja del sistema es inmediatamente catalogada de retrógrada y las ideas parecen ser la propiedad particular e intransferible de quien las defiende. No creo que seamos capaces de otra cosa que blandir la lengua y poner la mano. Si encima somos viejos, antes de pedir ayuda nos darán morfina, para que dejemos de molestar.

14.4.20

La contagión, 30


Esta mañana me he comido un bocadillo de sepia. Desde que empezó el confinamiento, es la primera actividad exterior que hago. Buenos días, buenos días, un bocadillo de sepia, ¿con mayonesa o con ajo?, con ajo, por favor, ¿de beber?, un clarete con gaseosa, marchando, gracias. ¡Uno de sepiaaa! La barra metálica en el bar de trabajadores, que a las diez de la mañana tienen su momento de gloria, encorvados sobre media barra de pan de la que sobresalen los pimientos y las longanizas, el bullicio sordo de quienes comentan pormenores de la jornada con la boca llena, los golpes de la cazoleta de café sobre el cajón de los posos, el tintineo de las cucharillas, la botella de Terry. Tres o cuatro veces al año me dejo caer por uno de esos bares. Ojeo el periódico abollado, con manchurrones de aceite, noticias insulsas cotidianas que avanzan a ritmo de festividad: hoy es el Sermón de las Tortillas, algún articulista recuerda parajes clásicos de la celebración campestre, el Ayuntamiento publica un bando para que se tenga cuidado con las fogatas y después de la merienda junto al río se recojan los desperdicios. El bocadillo entra como un alimento de siglos, antiguos momentos de alegría y fiestas patronales. 
Esta vez me lo como solo, en la cocina, para ponerme en situación. Ayer muchos trabajadores empezaron su jornada llena de prohibiciones, nada de salir juntos a echar un cigarro, nada de acercarse a preguntar algo en voz baja, y por supuesto nada de amontonarse en el bar a la hora del almuerzo. Volverán los tristes bocadillos de pan reblandecido, las fábricas se llenarán de fiambreras, se instalará esa imagen europea del trabajador sentado en un banco, comiéndose un sandwich a solas. La vida son pequeños detalles que apuntalan grandes asuntos. La última vez que hubo albañiles en casa, me llamaba la atención el automatismo silencioso de las dos primeras horas, hasta que plegaban y se iban a almorzar. Luego volvían como más de acuerdo con el mundo, con la inercia de charlar, de reírse o cabrearse, de arreglar el país mientras echan el cemento. Y me gustaban esas conversaciones proverbiales cuando a eso de la una les sacaba una lata de cerveza. Ahora las latas solo se abren en casa, como en los cuentos de Raymond Carver. El bocadillo estaba bueno, pero le faltaba el regusto a fritanga, esa pizca insalubre que hace llevaderos los trabajos y los días.

13.4.20

La contagión, 29


Y a todo esto sigue lloviendo, en una de las más feraces primaveras que recuerdo. Insiste la lluvia fina y sobre el huerto nievan los pétalos de la sakura, la flor del cerezo que sucumbe al empuje de las primeras hojas y vuela entre ráfagas de viento, rociadas por la luz que se filtra entre las nubes. Los membrillos, al contrario que el año pasado, que sufrieron heladas tardías, rebosan de flores sonrosadas. Los almendros se cargan de frutos tiernos, protegidos por la pruina. Brotan del suelo las primeras hojas de los dondiegos, los álamos verdean en las copas, ya están vestidos los perales, les siguen los ciruelos de hojas más menudas y los manzanos han abierto en pétalos blancos sus botones de color de rosa. Las hierbas crecen desmadradas, los avellanos han tupido el cuello de la acequia, los tallos nuevos de los rosales, gruesos, tirantes, del color del vino, sobresalen entre las parras que empiezan a sacar sus diminutas hojas estrelladas, rugosas de los mismos nervios que las harán tan elegantes cuando sean grandes. Llueve y su lento caer sobre el tejado nos consuela y nos anima, como si la tierra hubiese aprovechado la desbandada para hacer limpieza general. A fin de cuentas, tan solo se detiene nuestra vida. Los únicos frutos bordes, las únicas flores congeladas son las que escucho en el parte diario de defunciones, junto al engrudo estéril de las voces. La primavera estalla sin darnos más motivo para la tristeza que no ser como ella, enérgica y valiente, renovada en su fe de que no habrá más plagas este año que le quiten el aliento y el color. Los huertos duermen, abandonados, a la espera de que pueda uno ir a por planteros, cuando el labrador repasa los terrenos, los grumos desmenuza, que dice Virgilio. En las quiebras de las peñas asoman las manzanillas. Para los árboles es esta una primavera tranquila y salvaje, húmeda y reconfortante. Quizás es lo único real que invita al optimismo, y nos hemos pasado el encierro negándolo, dándole la espalda, como si por no tocarlo tampoco lo quisiéramos mirar.
Llueve mansamente y sin parar, llueve como toda la vida, antes de que viniéramos a secarla con nuestras emanaciones. No sé si habrá tenido más verdad, más realidad en su casa quien estos días al menos haya podido regar un tiesto de azaleas, que están ya a pocos días de reventar. En mi escritorio he puesto las primeras lilas. 

12.4.20

La contagión, 28


Este estado de alarma está siendo como mandar callar a los chiquillos el día que les dan las vacaciones. Al principio, bajo la mirada seria del maestro, hay un silencio sepulcral. Los niños se yerguen en su asiento y ponen cara de buenos. Pronto por detrás hay un murmullo, y luego un siseo, y las voces emergen más claras y se amontonan y se prepara el mismo gallinero que al principio, con lanzamientos de tiza, gritos y carcajadas. Da igual que el maestro eleve la voz hasta los veinte mil muertos.
La OMS vuelve a avisar a los estados de que no se precipiten al relajar el confinamiento, que una segunda oleada puede ser la puntilla. La gente grita y sale a los balcones. Los políticos regresan a su miserable discurso habitual, algunos artistas miopes se ponen en huelga, la cara visible del mundo actúa como si lo importante ya no fuera lo que sucede, y como si los demás no viéramos que sus aspavientos son escenas del pasado que no volverán a funcionar. Encima de sus estúpidas trifulcas, una fosa común de tierra negra en Nueva York, un hangar de féretros en Madrid. Por debajo, el esfuerzo que entraña hacerse cargo de lo que sucede, la instintiva resignación que nos empuja a obviarlo. La contienda está entablada entre nuestro efímero vivir y el miedo a que sea todavía más efímero. Ese miedo languidece, al tiempo que medra el afán contentador de las autoridades. De no querer mirar las primeras cifras de víctimas hemos pasado a la curiosidad estadística, y el lugar que deja el miedo va ocupándolo el olvido, que está más cerca de lo que pensamos. 
Para nuestro ritmo histórico desenfrenado, esto ya pasa de castaño oscuro. Ha habido más epidemias de las que cualquiera pueda recordar y el hormiguero se recompone y sigue adelante sin mirar atrás. Recordamos las mortandades que nos infligimos a nosotros mismos. Las guerras duran cien años, pero las epidemias se esfuman, del aire y de la historia. Esta durará en la memoria lo que dure un espectáculo que nadie quiere recordar, lo que le cueste a un niño salir al patio por su cuenta y gritar a todos sus compañeros que ya no llueve, que salgan otra vez a jugar. A ver quién sigue entonces haciéndole caso al maestro y se queda tranquilo en su sitio.

11.4.20

La contagión, 27


Pero qué les pasa a los artistas. Y a qué artistas. El sector de la cultura que ayer convocó una huelga es, más bien, el mundo de las artes escénicas y de la música. No creo que a un pintor, a un escultor o a un compositor le afecte esta epidemia más que en su manera de ver el mundo, cada día más oscura. En todo caso estará sufriendo las mismas consecuencias que los vendedores ambulantes y los dueños de las tiendas, que no pueden vender sus mercancías y han dejado de tener ingresos. Los demás, en casa, hemos dejado de comprarles.
Pero hay una especificidad en el mundo de los músicos y los actores. Ellos son su propia mercancía, o lo que han hecho, o lo que han dicho. Su trabajo es discontinuo, sometido al azar. Los teatros deberían de considerarse bienes esenciales y el Estado pagarles todo el dinero que han dejado de cobrar con sus actuaciones. Pero me pregunto cuál es el motivo por el que no hay que hacer lo mismo con el resto de pymes o con los autónomos. Qué es lo que distingue a músicos y actores que necesite una atención especial. Llevamos 27 días de contagio. Allá por el séptimo día comentábamos esas ganas de cantar canciones y de ser solidarios que les había entrado a los intérpretes, que es la subsección del concepto de artista de la que estamos hablando, apartado bolos y series de televisión. Aquí no queda un gramo ya de ingenuidad y uno no sabía si aquello era solidaridad o promoción, ganas de dar ánimos o de no bajarse del candelero. Ahora, camino de los veinte mil muertos, los reyes de la discontinuidad no pueden pasarse un mes siquiera como lo están pasando el resto de autónomos, inquietos por cómo van a sacar adelante sus trabajos. 
He leído algo tan redondo y preocupante como que el 80% de los trabajadores de la cultura quedan al margen de cualquier subsidio. En ese 80% del subsector incluirán, supongo, a las decenas de subcontratas de producción de sus espectáculos visuales, que aun en tiempos de normalidad viven en precario. Pero incluso ese tema, que en ocasiones roza el esclavismo, resultaría impertinente plantearlo ahora. «Nosotros los estamos entreteniendo en sus casas y ellos deberían pagar por ello, o el Estado en su defecto», vienen a decir. Qué poco elegante, Echanove, qué poco elegante.

10.4.20

La contagión, 26


Por la cuenta que me trae, me sería más cómodo decir que debido al esfuerzo tremendo del confinamiento hay que dar por aprobado a todo el mundo. El caso viene que ni pintado para plantearse si merece o no la pena que haya exámenes, o, en un sentido general, la obligación de hacer algo. Lo descubrirán las madres que hayan visto en pocos días dos versiones de sus hijos: estar en casa y aprovechar el tiempo y estar en casa y no hacer nada. La discusión es si prefieren que sus hijos hagan algo o que permanezcan en un letargo de ocio y victimismo. 
Los exámenes, o lo que sea que sirva para evaluar, son la prueba de que la voluntad siempre necesita el estímulo del premio y la amenaza. En todo caso hay gente, bastante, que no la necesita, y ellos han encontrado en el encierro un tipo de normalidad a la que no es difícil adaptarse. En el instituto también están acostumbrados a tener que estar, y a sacar de lo inevitable el mejor partido posible. 
Ya sabemos todos los inconvenientes del encierro, pero nos negamos a reconocer algunas de sus ventajas. No creo que quienes hayan estudiado sus carreras universitarias en la UNED estén peor preparados que quienes recorrían los pasillos de la facultad. No entiendo esta imcompetencia básica que se asigna al hecho de no estar en clase. Estudiar un trimestre cada cual en su casa es una circunstancia tan inevitable como tener que ir al instituto cada mañana, y algo que en la vida real suele pasar. Últimamente, además, el instituto es el único período de su existencia que no está férreamente gobernado por el móvil. Quizás incluso sea un buen tratamiento de shock que algunos se empachen en su casa de teléfono y acaben aborreciéndolo.
Sin medalla no hay carrera, qué le vamos a hacer. En este caso, el único premio posible no es, ojalá, que todos hayan podido ampliar ordenadamente sus conocimientos y su capacidad de reflexión, algo que, más que un currículum escolar, es un modo de ser, sino el hecho de enfrentarse a los límites de su propia voluntad. Si siguen trabajando como hasta que empezaron las vacaciones, señal será de que han sabido construir una normalidad en la excepción. No está entre las competencias básicas pero es muy útil. 

9.4.20

La contagión, 25


Un amable lector me reconviene por llamar gusanos a las «elegantes procesionarias». De acuerdo, aunque no sé qué tienen de malo los gusanos, ni si llamándolas larvas de lepidópteros conseguiría que no descendieran por las cortezas de los pinos y pusieran con sus cilios en peligro la salud de mis mastines. Hasta ahora era mi única preocupación sanitaria más allá del género humano. Pero he leído que en un zoo del Bronx se ha contagiado una tigresa, y que los chinos han experimentado en unas cuantas especies, gatos, monos y ratas, y aunque los índices de contagio siguen siendo despreciables, también eran despreciables esos casos aislados que tuvimos en febrero.
Por eso vigilo a los perros, para protegerlos no del virus humano, porque no me los llevo al supermercado, sino de otras especies que pudieran traerles complicaciones. Los gatos que se asoman a la valla y penetran sigilosos por las noches han estado de bureo en los estercoleros de las granjas, y seguramente se han comido el mondongo de algún conejo que despellejaron el domingo. Están gordos y lustrosos, y alguna vez se las han tenido tiesas con Galán, que cada vez que aparece con el morro salpicado de sangre me toca buscar entre los matorrales y levantar el cadáver.
Lo que sí he notado, y me preocupa por la probada presciencia de los animales, es comportamientos un tanto erráticos. Hace un par de días una bandada de buitres merodeaba dando vueltas por encima de un contenedor de basura donde habían debido de arrojar algún cerdo putrefacto. Lo raro fue que nunca se llegaron a posar, como si unos a otros se hubiesen avisado de que la carroña era infecciosa. Pero más aún me preocupan las palomas, que llevan unos días estampándose contra los cristales de las ventanas. El otro día hubo que despegar una con una espátula. En las épocas en las que se desorientan hasta estrellarse contra su propia imagen, algunos campesinos colocan tiras de papel en los cristales. Igual hay que sentar en el alféizar un espantapájaros de palo. En todo caso, me pregunto, con lo hábiles que son para huir de la quema, qué les habrá pasado para que se decidan a entrar donde no puede ocurrirles nada bueno. Quizás en la copa del árbol han empezado a tener los primeros problemas respiratorios, y se lanzan contra las casas en un desesperado intento de pedir explicaciones, o auxilio.

8.4.20

La contagión, 24


Recojo el último pedido de librería que hice antes de que se declarase la epidemia. Después ya me he cortado, y aun así lo dejé reposar unos días en la estafeta de correos. Al abrir el paquete me doy cuenta de que es uno de los últimos gestos normales que tuve, cuando en la vida no había sobresaltos. Quizás ahora pediría otra cosa, no sé.
Había pedido un ejemplar de la Revista de Occidente del año 85 sobre estética y filosofía, con el ensayo de Irish Murdoch Retorno a lo sublime y a lo bello, que incluía una edición facsímil de los primeros poemas de Vicente Aleixandre. Había también en el paquete un libro recién salido, recomendación de mi amigo Enrique Romero, Cuando los inviernos eran inviernos, de Bernd Brunner, uno de esos estudios culturales, digamos, transversales que entretienen y arman de datos curiosos, de por ciertos que luego desenseban el discurso.
Y había también, picante de ácaros, olorosa de librería vieja, una primera edición de The beasts, birds and bees of Virgil, de Thomas Fletcher Royds, una primera edición de 1918, el año de la gripe. El contenido de ese libro fue luego trasvasado a estudios y comentarios sobre las Geórgicas que hace tiempo tengo controlados, pero esta hermosa edición de Blackwell tenía su sitio guardado en la sección virgiliana de mi biblioteca.
Salvo por el libro de Brunner, recién salido, el resto podría haber sido una compra de hace treinta años. Pienso en ello mientras escucho toda la mañana Radio-3 para enterarme del mundo en el que vivo, musicalmente hablando. Y todo lo que escucho, para mi sorpresa, es rock progresivo, en ocasiones recién grabado por músicos jóvenes y modernos, pero con ese mismo sonido de punteos blandos (pompous wanckers, los llamaba otro amigo) que podría confundirse sin problemas con un vinilo de hace medio siglo. 
Eso quiere decir que antes de la contagión ya vivíamos en otro siglo, aislados en un tiempo al que retrocede una y otra vez la música contemporánea, como gusanos de procesionaria que se hubieran topado con la goma pegajosa del siglo XXI. No hay nada nuevo en mi forma de huir del presente, o de vivir en un tiempo ajeno, moldeable. No solo lo hago yo, es mi siglo el que ha decidido ser todos los siglos, y convertir nuestra existencia en un constante revivir, quizá porque el presente ya solo nos lleva al invierno.
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