21.1.20

Neptuno pone orden


Eneida, I, 131-156

   Al Euro y al Zéfiro convoca, y les dice:
«¿Tanta es la confianza que inspira vuestra estirpe?
¿Ya os atrevéis, vientos, sin mi consentimiento,
a mezclar cielo y tierra y alzar tamañas moles?
¡Os voy a…! Pero más vale calmar la marejada.
Después me pagaréis con castigo ejemplar.
Huid sin más demora, y a vuestro rey decidle
que no le cayó en suerte a él sino a mí
el imperio del mar y el furioso tridente.
Son suyos los enormes riscos: tu casa, Euro.
Que ostente el mando Eolo en aquellos palacios, 
que reine en la cárcel cerrada de los vientos.»
   Así habla, y más rápido aún que sus palabras
aguas hinchadas aplaca, nubes amontonadas
ahuyenta, y de nuevo deja salir al sol.
A un tiempo Cinotoe y Tritón desencallan
las naves, de afilados escollos las arrancan;
él mismo alza el tridente, y deja al descubierto
los extensos bajíos, y sosiega las aguas,
y con ruedas livianas recorre deslizándose
las crestas de las olas. E igual que muchas veces
sucede en un gran pueblo que estalla una algarada
y se encienden los ánimos del vulgo despreciable,
vuelan teas y piedras, armas pone la furia;
si acaso entonces ven a un hombre de respeto 
por mérito y virtud, callan y se detienen 
atentos a escucharle, y él, con sus palabras,
acaudilla los ánimos, calma los corazones:
así se apagó todo el fragor de las aguas
enseguida que el padre, tendiendo la mirada
por encima del mar bajo el cielo sereno, 
arrea los corceles y con ellos se lanza
y a rienda suelta vuela en su carro veloz.

19.1.20

Europa, Europa


En invierno, balonmano. Repaso antiguas bernardinas y no sé por qué perdí la costumbre de glosar el mundial o el europeo, cuando nunca he dejado de verlos. Así como agradezco al fútbol que se haya retirado a los canales de pago y sea ya solo, muy de vez en cuando, un lejano rumor de radio, procuro sin embargo no perderme los partidos de balonmano que echan en Teledeporte, magníficamente narrados, y desde luego reservo primera fila de sofá cuando llegan las competiciones internacionales, mundial, europeo y olimpiadas, sobre todo el europeo, donde comparece una idea de Europa que me reconcilia con el deporte de la infancia, ese que se ha perdido en los colegios. De muchacho jugaba de pívot, se conoce que el entrenador vio en mí un tarugo resistente, alguna vez junto al gran Pastor, algo mayor que yo y el mejor jugador que ha dado la provincia. Su bíceps era un martillo: no es que no diera tiempo a los porteros a parar sus tiros, sino que el instinto de protección se adelantaba a los reflejos.
Pero también aquellos eran tiempos de luchas sin cuartel entre vikingos y soviéticos, suecos apolíneos contra búlgaros ceñudos, sufridos operarios de la DDR contra pechotablas jactanciosos de la RFA, los fascinantes húngaros, de belleza entrecruzada y nómada, contra grandes daneses, esbeltos y sin caries. En el resto de los deportes de equipo, no estoy al tanto pero me suena que todo es cosa de grandes potencias. Pero en balonmano no tiene sentido un Italia-Inglaterra, por ejemplo. Aquí aparece Islandia, que, como país ultracivilizado, solo tiene nombre en balonmano y ajedrez, y del sur de Europa se mantienen España, más vieja Europa que nunca, y también Portugal, que está causando sensación.
Este Europeo, celebrado, además, en lugares tan próximos como Malmoe o Viena, está siendo asaz interesante, y no solo porque España esté haciéndolo tan bien: ya está en semifinales, a falta de batir a Bielorrusia, lanzadores de martillo que se enredarán en la cadena cuando Raúl Entrerríos saque su catálogo de fintas y Álex Dushevaiev desenfunde el Kalashnikov que se trajo su padre escondido en la maleta, y Julen Aginagalde se revuelva como una culebra de hierro entre los bigardos exsoviéticos y Adrián Houdini Figueras se les cuele por detrás, y el ingeniero Ángel Fernández exhiba sus conocimientos de balística y los dos centrales, Viram y Gedeón, levanten empalizadas de piedra, y Aleix Gómez se escurra como las ardillas y Jorge Maqueda irrumpa entre brazos de cemento armado y en medio del empuje ciego encuentre una ranura por donde armar el disparo, y, en fin, los dos porteros, Rodrigo y Gonzalo, cualquiera de ellos, vuelvan a ser elegidos los mejores del partido.
No solo por eso está siendo tan atractivo. Vi demasiadas veces en los últimos campeonatos la actitud poco edificante que tuvo Dinamarca en aquella final contra España que perdió en los primeros cinco minutos y luego, cuando creyó que sería muy difícil remontar, se dejó ir todo el partido. Aquello estuvo muy feo, y desde entonces ya no voy con ellos, por más que haya disfrutado con Landin, el portero zen, o con el posthomínido Mikkel Hansen. Así que este año, que ni siquiera se han metido en la main round, eliminados, además, por Hungría e Islandia —dos de los países del mundo que más ganas tengo de visitar—, casi que me he alegrado y todo, no tanto como con el hundimiento de La France, con un Karabatic que ya lleva la lanza apoyada en el hombro y un Sorahindo que ha dejado de ser dominante. Y unos porteros bastante regulares.
A Alemania le pesa, en mi ánimo, el aspecto del portero Andy Wolff y el del pivote Wienzec. Wolff parece un Kiefer Sutherland con los ojos inyectados, un sádico de labios húmedos, y el gordo Wienzec, que seguramente es un buen chico, parece un capitán de la Luftwaffe, de pelo rubio lacio bien peinado y la cara de niño en un cuerpo de barril. De todas formas, ayer tiraron de tradición panzer para aplastar a Croacia y el resultado fue uno de los mejores triunfos croatas que se recuerdan, sobre todo porque (ah, la trágica genialidad de los Balcanes) su portero los dejó vendidos en una pésima actuación, pero fue él, en el último segundo, el que les dio la victoria.
Así las cosas, España (regular, constante, intensa, decidida) no tiene más que derrotar a Bielorrusia el lunes para luchar por las medallas. Aun si perdiese le quedaría una bala contra Croacia. Luego vendrá la batalla final. Por la otra ala viene arrasando Noruega, con Eslovenia a la zaga, a la que aún confío en que pueda batir Hungría. Cualquiera de los cuatro son rivales de cuidado. Espera una semana de fuerza, astucia y velocidad. En el último partido de esta fase, el Croacia-España, si no se lo toman a la ligera, se verá si Noruega tiene o no de qué preocuparse. Hasta ahora los dos se han paseado en sus velas latinas, pero en lontananza esperan los bajeles vikingos, sus rudos marineros, hechos al frío polar y a las bebidas ardientes, a bregar sin tregua y a romper el hielo.
Esto es Europa, deportes que ennoblecen el carácter, tradiciones que conservan la huella de los mitos medievales. El baloncesto es un deporte de fenómenos. El fútbol, de malos estudiantes. Pero el balonmano es la belleza de la fuerza verosímil, el fenotipo de mozarrón de siempre, por más que ahora se estilen gigantes como Kristopans, que sin embargo recuerda más al Goliath del Capitán Trueno que a un pívot de baloncesto. Pero ahí está Gonzalo Pérez de Vargas, de aspecto normal, más bien frágil, escuchimizado incluso, y el mejor de los porteros, o ese playmaker chiquitín que tienen, creo, los checos. Salvo el gigante letón, ningún MVP ha sido uno de esos cachalotes que exhiben los escandinavos. Por más que lo hipertrofien, el balonmano, como Europa, sigue agarrado a la mitología variopinta y desigual. Se echa de menos a griegos y romanos. No tanto a los ingleses.

2.1.20

Redención


Había muchos motivos para publicarlo en castellano, casi noventa años después de su aparición en Inglaterra, pero me pregunto cuál de ellos terminó de empujar a los editores a preparar un grueso volumen tan bien editado y agradable de leer. Pudiera ser —manda el mercado— que la versión cinematográfica de James Kent, que recibió buenas pero tibias críticas en tanto que cine brit, les hubiera granjeado un número de lectores impacientes por seguir viendo la película; o que son estos los momentos más oportunos para publicar un clásico del feminismo o del pacifismo; o que puede leerse como un drama bélico, como un novelón de hamaca. Hay dos razones, sin embargo, que por sí solas quizá no garantizasen su venta pero sí su permanencia. 
Testamento de juventud se publicó en 1933 y, según reza la solapa, «fue un éxito instantáneo». Eran las memorias de una enfermera voluntaria durante y después de la Primera Guerra Mundial. En esa misma época, en España escribían periodismo vivido mujeres tan interesantes como Magda Donato; pero si hemos tardado setenta años en descubrir a un coetáneo como Chaves Nogales y muy tímidamente damos a conocer la obra de Donato, casi es comprensible que una memorialista inglesa de los años 30 nos pasase del todo desapercibida. No es un caso de olvido injusto sino de simple desconocimiento.
De modo que una buena razón sería reconstruir para el lector español la generación posterior a Virginia Woolf o Katherine Mansfield: las entonces principiantes Jean Rhys o Stella Gibbons, por nombrar las que han trascendido hasta nosotros. Divierte pensar que se publicara el mismo año que la Autobiografía de Alice B. Toklas, cómo es posible que coincidan en el tiempo planetas tan diferentes, siendo como son dos libros importantes en la historia del feminismo europeo.
Aunque la mejor y la más duradera razón para publicarlo sería lo bien escrito que está. Vera Brittain narra una pasión, muerte y resurrección, la de una generación que se vio engullida por una guerra monstruosa que no solo fue la más mortífera y destructiva que hasta entonces se había vivido sino que sentó las bases de otra guerra todavía más cruel. Justo cuando se le están abriendo las puertas de la prohibitiva Oxford, su prometido, su hermano y sus amigos más queridos marchan a la guerra con una ingenuidad propia de otros tiempos. Vera, en la cada vez menos cómoda retaguardia, siente deseos de hacer algo, y se enrola en el ejército como enfermera voluntaria. La minuciosa reconstrucción, a través, sobre todo, de cartas, de esas cartas maravillosas que antes se escribían casi a diario, del horror de los hospitales, a donde van a parar escombros de la guerra sin ánimo para inflamarse con arengas patrióticas, y que abarca los dos primeros tercios del libro, es, sigue siendo, un admirable relato por su sentido de la disposición, por el equilibrio de los hechos y sus circunstancias, por la carga poética de lo narrado, por la delicadeza y el esfuerzo de comprensión en un mundo enfermo de delirio, por el detalle y la elegancia de sus descripciones y por la valentía de sus reflexiones. No solo se nos cuenta cómo la guerra destrozó tantas vidas, sino cómo, en medio del fango y los cadáveres, se va desarrollando la conciencia pacifista y el sentido de la dignidad de la mujer como elementos de transformación del mundo
Digamos que esa parte intensa y emotiva nos lleva en andas hasta la visita que Vera Brittain rinde al cementerio de Granezza, en Italia, después de que todos los desastres se hayan consumado, y donde, si el libro solo hubiese sido una novela, quizá debiera haber terminado. Porque la tercera parte, la resurrección, sus crónicas de los primeros torpes intentos de la Sociedad de Naciones por asegurar una paz imposible y sus intentos por salir adelante en el mundo literario, sus viajes por la Europa resentida y su vida como mujer independiente, resultan, quizá por comparación con el dramatismo realista de lo anterior, más propios de quien inventaría sus logros y recapitula con demasiada frecuencia que de la mujer que hurga en su amor y en su dolor para reconstruir aquellas vidas que se fueron.
Esa tercera parte, sin duda, tiene incluso más interés para quien va buscando testimonios históricos del naufragio de Europa y los revulsivos sociales que unas veces la desarrollaron y otras la aniquilaron, que las atrocidades de las dos primeras partes del libro, y no porque Brittain se cebe con el horror sino porque, sin llegar jamás a ser morbosa, sabe describir el ambiente que se crea dentro y fuera del campo de batalla.
Pero hay una virtud que lo une todo, que sobrevuela el libro entero y que instala al lector en un cómodo vagón de primera clase, y es ese aire culto y sensible que perfuma cada página. Uno siente cierta envidia melancólica por ese tipo de relaciones personales tan respetuosas como profundas, por esos sentimientos tan elevados como sencillos, y por una escritora que no busca justificarse ni engrandecerse sino devolver a la vida con su tarea narrativa todo lo que la vida le arrebató.
En más de una ocasión me he acordado leyendo este libro de la novela Expiación, de Ian McEwan, y no solo por ese propósito de redimir la vida que otros no pudieron disfrutar a través de su testimonio. McEwan introducía la culpa como motor. Para Vera Brittain es una cuestión de, digamos, amor perdurable. Pero no me extrañaría nada que McEwan la hubiera tenido presente. De momento, el otro día me preguntaron qué tal estaba y a mí se me ocurrió preguntar a su vez si habían leído Expiación. «Pues si esa novela te gustó», dije, «estas memorias te van a encantar».

Vera Brittain, Testamento de juventud, Periférica & Errata naturae, 2019, 847 pp.

21.12.19

Cuaderno de otoño


Hoy escribo la última página de este cuaderno. El pasado 19 de septiembre puse el pie a una foto de Inma de las hojas de una parra. Después de ese, uno cada día, vinieron otros noventa y un textos para otras tantas fotos. A veces era la imagen la que daba pie al contenido del fragmento, y a veces ilustraba un texto previo. Siempre había foto, siempre había texto. 
El propósito era describir el paso del otoño por nuestro jardín. Solo eso. Deberíamos haberlo titulado Jardín cerrado, como el libro de Emilio Prados. A esa limitación, es decir, a renunciar a cualquier otro tema, siquiera de pasada, se unían, por mi parte, la de una extensión fija y la obligación de que fuese diaria.
El resultado creo que es eso que antes se llamaba un libro de prosas, a veces, qué le vamos a hacer, más cerca del Miranda Podadera que del padre Virgilio, con quien he pasado muchas horas desde hace muchos años. Con él, antes que con Juan Ramón, aprendí que la emoción, si la hay, nace del nombrar, de la exactitud bien escogida. Rara vez brilla la belleza en los jaspes con que se suelen adornar las descripciones, sino en los detalles que las definen. 
Quizás es eso lo único que perseguíamos, una colección de acuarelas realistas, un calendario de pared con letras en vez de números. Empezó como ejercicio matutino para otro proyecto de más fundamento, pero con el paso de los días se fue convirtiendo en prioritario: lo otro podía dejarlo aparcado siempre que no hubiera una entrega de este cuaderno que me pareciera por lo menos presentable.
No sé si es así como he visto el otoño o si es así como el otoño ha pasado por mí. Lo que sí es cierto es que me he sentido más cerca del entorno real en el que vivo, e infinitamente lejos de la realidad impuesta y virtual. Como terapia para no ensordecer con los clarines del apocalipsis cotidiano, ha merecido la pena.
Esta vez ha sido Inma la que me pasó la foto del almendro viejo, el primer árbol que mis padres plantaron en el jardín, hace, exactamente, cuarenta y tres años. Ya le dedicamos una entrada cuando aún se distinguían las ramas muertas y las vivas. Ahora, con el resol de la mañana, se funden en un único, elegante, cadencioso árbol desnudo. 

20.12.19

Invierno


Los ábregos serán templados pero anoche prepararon una tormenta de las de antes. Las rachas de viento escupían la lluvia en las ventanas, se metían por los canalones, que ululaban como tubos de un órgano ronco, arrastraban las sillas del jardín, algunas volaban y al caer nos daba la sensación de que un ciprés se hubiera descuajado y se precipitara con todo su estruendo sobre las tejas, y poco antes de media noche se nos fue la luz. Entre velas escuchábamos el temporal, y aún salí con una linterna para ver la magnitud de los daños. Las gotas caían como agujas en el haz de luz, ni verticales ni paralelas, el viento las mantenía en vilo dando vueltas como insectos asustados. Llamaba a los perros, pero mi voz no iba mucho más allá de mí, el viento la cortaba, hasta que en uno de los movimientos vi reflejarse los ojos de Galán, que estaba en uno de los pocos sitios que no azotaba la ventisca, resguardado en un talud al pie de los cipreses y parapetado por un seto de aligustres. En el escondrijo de la valla donde suele retirarse, Morena escuchaba con resignación los alaridos del vendaval. Muy mojado pero más tranquilo me volví a meter en casa. El servicio de averías, tras la insistencia de rigor, nos avisó de que el ventarrón había derribado una torreta y los fusibles, como esta misma mañana me confirmaba un amigo bien informado en materia de tormentas, habían estallado contra el suelo. 
Eso hizo que pasáramos la noche en la doble oscuridad del sueño y del diferencial de la luz. A eso de las tres de la mañana la tempestad se había recrudecido, me levanté a comprobar que no hubiera habido más derrumbamientos (lleva días lloviendo y los álamos que crecen en las laderas descarnadas, con las raíces a flor de suelo, son, además de los más grandes, los más viejos y endebles), me abrigué con la primera manta que encontré palpando en una silla, encendí un candil de latón que teníamos de adorno y caminé entre sombras llameantes hasta la puerta del jardín. En esas circunstancias, con aquellos pasos, a la luz insuficiente de un pabilo, como si estuviera deambulando por el desván de Cumbres Borrascosas, tuve la certeza de que, por mucho que lo llevara días mencionando, solo en ese momento había llegado el invierno.

19.12.19

Viento, 2


Hace un día de los que aquí llaman rabosos. No llega a criminal, cuando es imposible estar siquiera en el jardín. Hoy soplan los austros, vientos del sur, más fríos que los ábregos del suroeste que trajeron la lluvia estos días atrás. No soplan con violencia, no son esos cierzos descomunales, de los que aquí, por otra parte, estamos muy bien protegidos. Son, más bien, una brisa helada que sopla por el día cara las montañas, vientos catabáticos que se desparraman por el valle, y al entrar en los cortados del río se amontonan como en un embudo y aumentan su fuerza y su velocidad. Mañana vuelven los ábregos, más templados, y traerán más lluvia. Hoy es solo un primer aviso, pero el domingo nos visita el viento del invierno.
El otoño se despide con sus vientos típicos, húmedos, frescos sin llegar a fríos, y llena de líquenes verdes los troncos de los cerezos. Las ramas más altas se menean sin llegar a cimbrearse, pero las gotas de rosada no terminan de caer, y más abajo todo es quietud. Mientras cavo el huerto tengo que girar a veces la cara porque me sopla de frente, pero son restos de viento, el que sube por las laderas del valle, casi sin fuerza, como salpicado del chorro que vuela río abajo, por los bancales de maíz que abren la vega.
Aquí, no obstante, los vientos del sur llegan un poco resecos. Han tenido que ascender por la meseta, que no es ni mucho menos plana, y si continúan viaje se mezclan con los vientos de las sierras e inundan la costa del temido poniente. Si me asomo al páramo que tengo encima, el viento es más crudo y violento; si bajo a la orilla del río, todavía se puede cerrar los ojos y sentirlo en la cara. Incluso cuando en el jardín no se menean ni las últimas hojas negras que quedaron, quién sabe por qué, colgando de la catalpa, afuera la gente se sujeta el sombrero. 
No me puedo quejar del viento. De los notos más duros me protege una muela que tengo al sur; del cierzo, un desnivel considerable con respecto a la llanura donde sopla con toda su alma, y de los vientos que bajan por el valle, por ancho que sea, me llegan hilachas filtradas por las ramas de los árboles. Con la cabeza baja, cavando, leyendo, casi ni los percibo.

18.12.19

Niebla, 2


La lluvia ha vuelto a detener la faena. Aunque pare a ratos, la tierra está muy pesada, no se desharían los terrones al cavarla, se quedarían pegados a la hoja de la pala. Dentro de algo menos de un mes, el 16 de enero, habrá luna menguante con la que plantar los ajos. Hasta entonces queda mucho por hacer, pero todo es aplazable. 
Es lo bueno del invierno. Y tampoco es que en este otoño haya hecho mucho, limpiar y recoger, tirar y colocar. La renovación tuvo que venir entonces, las prisas de los obreros antes de que los hielos se les echasen encima. Ahora, sobre todo con la lluvia, pendent opera interrupta. En vez de extender la tierra y trazar los primeros caballones, leo el libro cuarto de la Eneida, cómo las obras se detienen en Cartago cuando la reina Dido se vuelve loca de amor. Me acompaña el día húmedo y brumoso, las ramas brillantes, el gris del cielo, la vieja edición de Oxford, el aroma de un lápiz de cedro.
Nos despedimos del otoño practicando ritos invernales, protocolos de seguridad para pasar la tarde. El invierno es la espera paciente. A la abstracción del ramaje se une un muro de niebla, la pared del cuadro, su aislamiento. Dentro, la representación del triunfo elemental de no pasar frío. Pondremos leña en el altar de los dioses familiares y echaremos un sobre de polvos para el hollín, como si fuera un conjuro, y nos sentaremos a leer un libro acorde con el espíritu que representamos. 
Uno se pone invernal, y aspira a que los adminículos penetren el ánimo, porque siempre ha creído que el hábito sí hace al monje. En estos últimos amenes del otoño abandono la postura escrutadora y dejo que me invada el paisaje. Hasta ahora era sedentarismo curioso, pero empieza la pasividad vulnerable. La fila de chopos junto al río me lleva a un tiempo borroso, muy al principio, cuando la monotonía de la lluvia tras los cristales era un sentimiento placentero, la ilusión del estudiante bajo los porches, camino de la biblioteca. Cuántas páginas habré leído con esta misma lluvia, o con el sentimiento de sosiego y de fragilidad que me produce. Largo trecho anduvimos, el tiempo es llegado, dice Virgilio. Una vieja gramática de latín, la ilusión de lo antiguo, un mundo perdido que ya solo puedo recordar en días tan nublados como este.

17.12.19

Rama


Estos días se prestan a la descontextualización de los detalles, que es, junto con la desproporción, la clave del arte contemporáneo. Cuando miro la enramada no tengo más que ir moviendo un marco para que el laberinto cobre un cierto sentido. Las imágenes más honestas serían aquellas en las que aparecen todos los objetos que rodean y definen al modelo y nos aclaran su escala real, lo que equivaldría a decir que el mejor retrato sería el de un individuo entre muchos, o alguien de cuerpo entero junto a un animal, como se fotografían los vencedores de las ferias de ganado. Me detengo en el ramaje intrincado del chopo viejo, que se mezcla con el del nogal y el del cerezo, y para orientar mi vista, para enfocarlo, tengo que abstraerlo, buscar sus puntos esenciales, sacarlo de donde está. Al mismo tiempo, lo que he elegido ver, al margen del resto, inspira un entorno que no tiene por qué ser el mismo. Ni siquiera tiene por qué ser. 
Sin hipertrofias ni incongruencias no hay sorpresa, impacto, todo eso juvenil que valora el arte nuestro, cuando no deja de tratarse, en sentido literal, de sacar las cosas de quicio. Esta sensación no la he tenido estos días atrás, atento como estaba al movimiento del conjunto, al cambio del contexto. Pero una de las señas del invierno es que no hay procesos generales. En un encuadre de otoño la abstracción es del color, no del árbol que lo sostiene. En invierno la abstracción es el encuadre. Es tan nítida la sensación de que nada alrededor sucede, de que hemos arrancado un jirón de silencio, que el pensamiento no vuelve a huir de la imagen en busca de aquello que le da sentido; al contrario, busca en ella. La explosión de tonalidades provocaba el desasosiego de quien quisiera acapararlo todo, verlo y sentirlo y disfrutarlo todo. Ahora la sensación es más bien de conformarse con lo inmediato. Cuando la naturaleza descansa uno tiene más tiempo de pensar en sí mismo. Somos esas estructuras caprichosas que se sostienen de milagro, lo que vemos podría ser vertical u horizontal, frontal o cenital, estéticamente ingrávido. En el invierno de la cartuja separan el huerto individual con altas tapias y se concentran en que no suceda nada. Damos vueltas en torno a objetos huérfanos, como buscando el hueco en el que recogernos hasta que pasen los fríos.

16.12.19

Palanquín


Hoy tocaba regresar al huerto: extender los montones de fiemo y voltear la tierra nueva con el palanquín, que es como mi suegro, agricultor de La Moraña, llamaba a la pala cuadrada, con una lógica que no tienen sus otras acepciones. En efecto, uno deja caer el filo de la pala perpendicular al suelo y luego sube un pie encima para, sujetándose en el mango, elevar el cuerpo entero hasta que la pala queda enterrada. Entonces se hace palanca y sale el terrón, igual de grueso como mínimo que larga es la hoja de la pala, y otra vez con el filo, elevando el palanquín y dejándolo caer, se va desmenuzando hasta que la tierra quede fosca y extendida. 
No es un trabajo duro, siempre y cuando sea tierra ya cultivada, porque en los yermos no hay palanquín que valga: saliva en las palmas y a darle al zapapico, o como mucho al azadón, ni siquiera la legoneta. Qué agradable es el reencuentro con el léxico de la herramienta, después de unos días agotado de buscar palabras que describan los colores.
Estos años atrás usé bancales profundos sin caballones, delimitados y sujetos —pues la tierra, al cavar tan hondo y esponjarse tanto, se elevaba un par de palmos del nivel del suelo— con tablones de pino gallego. Este año retiré la mayor parte de las tablas para esparcir la tierra nueva y el estiércol de caballo, y las volveré a colocar en un solo cuadrado que ocupe el huerto entero, con un cardo y un decumano entre dos caballones más grandes. Los bancales los hice porque había leído un libro de John Seymour, y no van mal, pero en esta tierra, dado que se trata de cascajo y ya de por sí drena excesivamente, por más que se nivelen es la propia tierra la que va formando regueros y hondones, de modo que el riego a manta no resulta en absoluto equilibrado y siempre voy poniendo la manguera según esas caídas naturales, que por mucho que las entrecave se siguen formando, al tiempo que la tierra se apelmaza. 
Habría que llamar a un personaje de Ferlosio para que lo nivelase. Este año vuelvo a las costumbres del lugar, los caballones, que no sé si trazar en un solo sentido o en combinaciones de rectas y diagonales. Cuando termine de cavarlo habré tomado una decisión.

15.12.19

Entretiempo


Hemos entrado en el minimalismo del invierno. El cielo limpio, sin una sola nube. Los árboles desnudos, sin una sola hoja. Todo está quieto y aterido, imperturbable y helado. Ya no hay decadencia sino posterioridad, cierre y abandono. Uno se acostumbra pronto: en menos de un mes veremos los primeros movimientos, las primeras perturbaciones, pero de momento el campo está dormido. Ayer pasé por la ciudad y los plátanos de las calles aún tenían hojas, y no todas amarillas. El otoño se abriga entre las casas y da la sensación de que dura más tiempo, pero en la vega casi parece más corto, o con un final más apagado. En Guerra y paz las últimas cien páginas están llenas de muertes, de acabamientos. La sensación de final no es algo abrupto e ingenuo sino que se va sintiendo antes de ser vivido. Esta claridad metálica es el crepúsculo del otoño. Llegan anticiclones blancos, la luz fría de media mañana. Empieza a subir el sol pero no se encienden los colores.
Es la primera impresión, claro, infectada de melancolía, el primer sol que nos deslumbra al salir de la madriguera, y que nos hace sentirnos culpables de lo que otros han podido ver. Luego, cuando se asienta la mirada, de nuevo emergen los detalles con nitidez cotidiana. Sí, estos días son un despertar al frío. Para pintarlo se imagina uno fondos sucios, despintados, con una brocha seca que se arrastre por el lienzo. El invierno es ausencia, abstracción desenfocada. Quizá por eso, al caer la tarde, cuando vuelven las nubes y el sol no hiere, el color dominante no es ningún azul profundo sino un gris payne curtido por el viento, desnudo de brillos, esencial. Las sombras son rastros de carbón, pinceladas grumosas, descompuestas. Hemos entrado, quizá, en la noche de Blake, pero antes de que se enciendan los ojos de los búhos queda un sitio a resguardo, un abrigo de ropas usadas donde se refugia lo más nómada de nuestro espíritu. Antes de que el azul lo enfríe todo, quedan estos tonos raídos, como cansados del largo camino. Son los tonos del entretiempo, que llegan a su formulación más pura cuando ya no son ellos, o son solo un recuerdo a punto de desaparecer. Cualquier preciosismo es falso, la hondura es ese fondo grisáceo que queda en la paleta cuando se abandona el cuadro.

14.12.19

Trufa


Nos metimos en un Land-Rover, anduvimos por caminos ondulantes entre carrascas y cascajares, hasta que, llegados a un bancal que aprovechaba la falda de un altozano, nos apeamos y nuestro amigo Enrique le abrió la puerta a una preciosa pachona navarra, blanca y canela, con la nariz rosada y partida y los ojos de miel. La perrilla se puso a olfatear entre los círculos de tierra quemada de las carrascas, hozó un momento en una y con las finas patas delanteras, como si un arqueólogo estuviera desenterrando un monumento con un cepillo de dientes, abrió el hueco suficiente para que su dueño, con un solo vale, ni siquiera fuerte ni autoritario, la hiciera detenerse un centímetro antes de llegar a la trufa que el hombre arrancó con los dedos.
Se puso el hongo negro del tamaño de una albóndiga en la palma de la mano y me la dio a oler. El aroma, fuerte y atractivo, me transportó de golpe a un olor que olí por última vez hace por lo menos treinta años, la última vez que accedí a los toriles de la plaza de Teruel cuando estaban enchiquerando a los toros de la madrugada. El toro llenaba el antro con sus vahos, se revolvía inquieto y bufaba y despedía un olor muy parecido al de la trufa recién cogida. Leí por aquella época en Una historia natural de los sentidos, un libro de Diane Ackerman que sigo recomendando, que las trufas se buscaban siempre con perras o con cerdas por la androsterona que despide el hongo, por el olor a macho, que no sé si será sudor o el equivalente del hipomanes de las yeguas, el humor viscoso que, nos dice Virgilio, destilan por la ingle y vuelve locos a los caballos. Si aislamos el aroma de todo lo repulsivo que acompaña a la palabra macho, si aislamos al toro del lugar inmundo en el que espera la muerte, el olor tiene algo parecido, y es adictivo sin ser dulce, fuerte sin llegar a insoportable, quizá ese grado de intensidad que podemos soportar y que nos mueve a averiguar hasta qué límite. En todo caso es un aroma que atrae por su crudeza, su olor a profundidades de la tierra, a cueva húmeda, a lugar oscuro, lagar de cueros, azufres y olivas negras, a granero de almendras y heno, a corral de toros inquietos, a miedo y a deseo.

13.12.19

Morena


Ha cumplido ya dos años, pero sigue sorprendiéndome su resistencia al frío. No soporta estar bajo techo. Si acaso, cuando llueve mucho y no queda un sitio seco donde tumbarse, se aviene a meterse en el porche. Le hemos preparado todo tipo de refugios según los consejos de los criadores y tal y cual, pero ella se mantiene siempre a la intemperie, fuego apartado soy y mastina puesta lejos, con su mirar atento y precavido. Estas noches de hielo se mete en la revuelta que da el seto de aligustres. Los hemos dejado crecer y se han ido juntando las ramas hasta formar una especie de palloza rala. Dentro la tierra está seca de muchas noches, y nosotros echamos abundantes hojas para que se encuentre más cómoda. El otro, Galán, duerme en el taller, encima de un colchón de espuma, como un rajá.
Durante algún tiempo nos planteamos si esta situación no sería un caso de machismo canino. Mustafá Galán tirado entre sábanas de Holanda y la otra pobrecica buscándose rincones en el frío. El año pasado la metimos varias noches en la cocina, cuando el termómetro nos culpabilizaba, pero este año, al anochecer, se pone bien lejos para que no le echemos el guante. Y si se lo echamos da lo mismo, porque se atornilla al suelo con las ancas y no hay quien la levante.
Galán durmió desde cachorro en el taller; es lógico, sobre todo en esta época de raigambres prolongadas, que no quiera abandonar su habitación. Pero a la otra se le ha puesto un colchón en la leñera, que está abierta y es más abriga que el taller, en el porche, en la galería… Nada. Ella tiene tres o cuatro cubiles emboscados y no quiere saber nada de Ikea. Y por las mañanas, cuando salgo a saludarlos, aparece con el pelo frío, pero le acaricio el vientre y la cara y se me calientan las manos. Entonces le cojo los pliegues de la piel para convencerme de que un mastín leonés no pasa frío por más que hiele, por el grosor y el aislamiento de la piel y porque tampoco son tontos y saben buscarse la vida.
Sin embargo, eso de que la más débil sea la menos friolera nos aflige con el contrasentido de quien, como decía Savater, piensa que los animales son personas disfrazadas de animales. A Morena poco le falta.

12.12.19

Humo


La mañana estaba calma y nubosa, y como hace varios días que no llueve y las hojas están ya un poco secas, he decidido poner el bidón de quemar. Es lo primero que se hace cuando ya no hay otoño. Empieza la temporada de quemas, que en la vega tardarán lo que tarden las máquinas en entrar en los maizales. Todos los años es un riesgo y una preocupación. Hay un especialista en esta parte del río que calcula las rachas de viento y va encendiendo focos asimétricos por el rastrojo. La primera vez que lo vi me pareció un pirómano insensato, hasta que un par de horas después, y sin que lo viera echar agua por ninguna parte, el bancal estaba negro y apagado. Pero hay otro que solía subir al carretillo una botella de butano con un soplete y le apuntaba a todo lo que se movía. Como es temerario pero no testarudo, el día que vio que se le iba de las manos dejó de hacerlo.
Yo uso un bidón de poliuretano que se dejaron los albañiles después de proyectar espuma sobre el techo del taller, que tenía goteras. Es pronto, solo para eso es pronto, y aunque las hojas tiesas del platanero se terminan quemando, están aún muy húmedas, tardan en quemarse y despiden una zorrera considerable. Pero a mí lo que me gusta es el humo que asoma en hilachas lentas y curiosas, como si inspeccionasen el terreno, y va adensándose hasta formar una sola potente bocanada. El color del humo, que hasta entonces era blanco inmaculado, empieza a amarillear hasta que se toma de un ocre parecido al de las hojas en los instantes previos a que rompan a arder. Las llamas entonces aclaran el humo, por detrás del bidón los árboles se irisan y culebrean.  Pero es fuego de rastrojera, aparatoso y flojo, dice Virgilio, cuando ilustra los alardes de virilidad del caballo viejo, que le entra el furor pero todo es inútil. A la primera brisa que sople se levanta el humo a todo meter, como si saliese de la chimenea de un barco, y al volverse el viento lo disipa y lo vuelve a llenar todo de niebla. Hay que tener cerca la manguera y en el bolsillo del mono el permiso de quemas en regla, más por lo que aparente que por lo que es, humo de pajas.

11.12.19

Postrimería


Se podría dar el invierno por inaugurado. Siguen cayendo, cada día unas pocas, hojas oscuras del ciclamor en la terraza que se asoma al huerto. Los aligustres más expuestos al sol ahora es cuando amarillean; los de umbría se han quedado en un tierra muy oscuro. El sauce, que yo creía semiperenne, está pelado. Más allá de los cipreses y las yedras solo siguen verdes las gramas del suelo. Quedan los campos amarillos de maíz entre bosques de palos junto al río. Y a pesar de que hace buen día, lo que pudiéramos decir una agradable mañana de finales de otoño, la derrota final de las hojas ha cambiado también la sensación. No siempre todo termina cuando debe terminar. Me atraen esos momentos en los que está todo el pescado vendido pero aún queda tiempo, cuando ya no se puede preparar algo y uno se cruza de brazos esperando que las verdades encajen y pase el día del examen. El invierno, quién lo diría, trae esa velocidad de lo irreversible. Vamos sin freno hacia la lentitud extrema.
En este cuaderno también lo he notado. El otoño es contemplativo; el invierno, laborativo. De pronto tienen más interés las faenas del jardín que el color de las hojas. Reaparecen los gatos que se emboscan en los membrilleros ya desnudos, pero también ellos parecen inmóviles, insultántemente tranquilos escuchan los roncos ladridos de Galán sin inmutarse. El cielo está despejado, eso es todo. 
Es tiempo de levantarse de la silla y seguir laborando. En la tercera semana de diciembre, cuarto menguante, ya se puede plantar un caballón de ajos. Cuando termine de recoger las hojas lo más acuciante será profundizar en la limpieza, trabajar para que todo esté a punto, los caminos limpios, las cercas repintadas, mientras la naturaleza duerme. No, no es en primavera cuando llega el impulso. Entonces llega, si acaso, el entusiasmo, la excitación, pero no el impulso, que llega ahora, igual que un día me afano en recoger los libros del estudio y alinear los lápices y lo papeles porque necesito esa limpieza interior de quien debe reanudar el camino.
Limpiar es olvidar. En pocos días tendré que mirar una foto para recordar el verde de la vega. Con el mundo en gama de grises uno se concentra mejor en las obligaciones inmediatas, y vive bajando la cabeza, como protegiéndose de la ventisca, clavados los pies en el suelo.

10.12.19

Lumbago



Forma parte de la vida campestre que un buen día te levantes con lumbago. Es algo así como un primer aviso, porque al alivio de constatar que solo es un lumbago y no el anuncio de algo peor, le sigue la certeza de que se trata de un huésped latoso que ha venido a quedarse. Se pasará, siempre se acaba pasando, pero al marcharse deja un rastro de analgésicos y paños calientes, y hay un cajón de la alacena que empieza a llenarse de medicamentos y que mientras sigamos vivos es difícil que algún día vuelva a estar vacío. 
Pero, como en ese aspecto soy un poco primitivo, prefiero obviarlo en la medida de lo posible y, en vez de quejarme, cambiar de postura o atarme a la cintura una almohada de terciopelo rellena de semillas que se calienta en el microondas y es una maravilla. Qué gracia me hacían de joven los viejos entusiasmados con los remedios caseros: en vez de pensar en el mal que anunciaba su otoño, se regocijaban con la idea de burlarlo. Y así es la vejez, una inconsciencia resignada. Cuando los mastines están malos se tumban en un rincón y se quedan quietos hasta que se les pase. Si supieran que su mal puede tener consecuencias graves, es decir, si tuvieran sentido prospectivo más allá de los barruntos del instinto, se desesperarían pensando en cómo se escapa la vida. Los humanos sobrevivimos gracias a esa misma ceguera voluntaria, que algunos cambian por un entusiasmo ficticio, como reafirmándose en la fe de que la vida nunca se termina, y otros se limitan a esperar a que escampe y no volver a pensar en ello. Yo creo que soy de estos últimos, sin duda más básicos y perrunos, pero no más infelices que los que se obsesionan con sus males. Los perros no cambian de hábitos porque les duela algo. Si se les va pasando y no es incompatible con moverse, se limitan a llevar la vida de siempre, en la medida de sus fuerzas, sin preocuparse por hacer algún esfuerzo descomedido ni tampoco por no hacerlo y quedarse tumbados en el suelo. 
Así estamos. Los médicos, para este tipo de lumbalgias, recomiendan dormir en posición fetal. Tiene gracia que el único remedio a nuestro alcance sea volver a nuestra natural indefensión, a la primaria necesidad de abrigo. Eso también lo saben los perros.

9.12.19

Pintura


Una intervención quirúrgica a corazón abierto tiene que tener su dificultad, pero pintar el cuarto de la caldera no es moco de pavo. Los albañiles, como era el espacio más humilde de la casa, el que solo servía para echar el gasoil y guardar cuatro artefactos roñosos, no se esmeraron en el acabado. Solo dos paredes están lucidas con cemento basto, y las otras dos son de cemento sin lucir, llenas de bochas, que es como llaman aquí a los pequeños cráteres que salen en la superficie del muro cuando se quita el encofrado. Los tubos estaban metidos en la pared de cualquier manera, por todas partes hay rebabas, esquinas sin rematar, pelladas de cemento para tapar un hueco. Uno se pone a pintar tan alegre la pared y en el primer brochazo resulta que la pared es tan irregular que no ha pintado nada. Los rodillos no ruedan, las brochas se despellejan. Y las gotas caen al suelo.
Pero hasta en esos trabajos tan desagradecidos (seguramente la hicieron así para que nadie la adecentase nunca) hay una necesidad del espíritu que es el orden y el aseo. Una pared blanqueada es una pared limpia de pecado por mucho que digan en el Evangelio a propósito de los sepulcros. Acabada la pintura puse unas estanterías grandes, de almacén de ferretería, donde ir almacenando todo aquello que sé que no volveré a utilizar.
Cuando viajo a Madrid, a la altura de Anquela del Ducado, en mitad del páramo frío de la provincia de Guadalajara, hay una casa grande, habitada, con sábanas tendidas y una parra que sube hasta las ventanas. Y sin pintar. Lleva así por lo menos veinte años, con el color de tierra gris del cemento, y el aspecto desastrado de un almacén de maquinaria. Qué importante es pintar. Para un homo inhabilis como yo, el cuarto de la calefacción asciende un grado en la memoria futura una vez que le he pegado cuatro brochazos: ya es un cuarto que alguien pintó, y quiso tener ordenado, recogido, aunque no lo viera nadie, y precisamente por eso, porque solo la conciencia de haberlo pintado pertenece y pertenecerá a quien perdió el tiempo pintándolo con paciencia y primor. Al repartidor del gasoil, que es el único aparte de nosotros que lo visita, le da igual que lo pinte o que lo deje sin pintar.

8.12.19

Rosada


Hoy ha tardado menos la niebla en levantar, pero ha dejado un manto de escarcha sobre las hojas muertas. A su inmovilidad acartonada y marrón se le sumaba la rigidez del hielo, como soldados caídos en la trinchera, antes de que la noche los cubriera con un sudario de cristal. Algunas parecen tiznadas, negras por congelación, en un tono al que el marrón no llega nunca
Sin embargo los oxalis, esos tréboles gigantes que invaden la grama, se retuercen con las mismas curvas que si les hubiesen prendido fuego, pero un par de horas más tarde ya están otra vez verdes, frescos y desplegados. Los crisantemos todavía conservan las flores tersas, pero las hojas también han cogido el pardo negruzco y sin vida de los hielos irreversibles; es posible que se hayan muerto, pero queda la flor, en lo alto de un tallo sin vida. Aunque quién sabe: las hortensias aparecieron como candelabros derretidos pero luego, al ir a resguardarlas todavía más en la leñera para la helada que vendrá esta noche, hemos visto que incluso les habían salido brotes nuevos, ingenuos verdes, sonrientes, que habrá que proteger como a bebés prematuros. En los restos orgánicos se han ido acumulando diminutas formaciones geométricas, cristales tan solo más brillantes que el moho, pero con el mismo aspecto ciliar de las bacterias putrescentes. 
Ha sido como un ataque del invierno, una de las acometidas que en las dos últimas semanas estremecen el jardín para al día siguiente abrigarlo con la luz. Aún no se habían derretido las escamas que dejó la niebla y el sol ya destellaba en las hojas de las zarzamoras. En cuestión de minutos, la costra blanca se ha ido reduciendo en minúsculos grumos como de sal humedecida. Los montones de estiercol han sorbido la escarcha y pronto el vapor ascendía entre las ramas erizadas de los arces y volvía a confundirse con las últimas hilachas la niebla.
Luego el día ha salido espléndido, lo poco que ha durado. Barriendo las hojas secas daban ganas de quedarse en mangas de camisa. Las hojas han perdido la rigidez de la rosada, pero al quedar tan húmedas también han perdido el almidón del ocre. Ahora unas se pegan con las otras como pasta de papel, igual que se sumergen los periódicos en una tina y las palabras quedan reducidas a un engrudo gris verdoso. Y les queda el invierno.

7.12.19

Niebla, 2


Rompen rayos sin orden entre espesas nieblas, dice Virgilio, que en otro pasaje las llama inania, vacías, lo mismo que Horacio, nubes et inania captet. Espesas y vacías podrá parecer una contradicción, pero en el sentido práctico del latín tiene su lógica. Nosotros tendemos a pensar en lo que suponemos de lo que no se ve. La niebla es cuanto hay dentro de ella, en una disposición que ignoramos y reconstruimos con imaginación y miedo. Las urracas parlotean entre la enramada y cuando emprenden vuelo hacia la vega desaparecen en la manta blanca que la tapa. En efecto, desaparecen, entran en la nada. Por eso las nieblas de la laguna Estigia no son paisajes tenebrosos porque cualquier extraño monstruo se nos pueda aparecer, o la rama de una sabina muerta se nos pueda clavar en la frente, sino en el de que son la puerta de la nada, sombras blancas y vacías como la de Eurídice, figuras que se deshacen. No existe lo que no se ve (por eso no existen las ideas), el no estar no se compensa con el suponer que se está, y más en un día como este en que las nieblas no se deciden a levantar. Tan solo, detrás de la empalizada de chopos y de ailantos, una franja se oscurece un poco, los álamos del río, sombra de humo en la mañana blanquecina. 
Son nieblas de otoño, buenas para los pastos, que la noche ha cuajado sin llegar a helarlas, pero no las vimos en octubre ni en noviembre. Entonces era un espectáculo casi demasiado rápido ver cómo el sol las levantaba. Ahora seguir la claridad del día es como mirar un reloj sin segundero, y saber que faltan todavía varias horas. Es la pereza del invierno, el ritmo de la hibernación, la ausencia de matices, de colores que derramen endorfinas y lugares donde sucedieron cosas. Todo está como cubierto de cal viva, la luz no cambia con el paso de las horas. Los únicos colores no blancos y sucios que veo son el rojo herrumbroso de las hojas de la enamorada del muro, que como están resguardadas por la jamba de la ventana todavía se conservan, y el oro viejo de los membrillos y de los manzanos, como resignados a convertirse en la nada que también a ellos los envuelve. Somos, envueltos en tinieblas, la nada que nos mira.

6.12.19

Cerezo, 2


En el cerezo más pequeño y raquítico han quedado algunas hojas detenidas en un rojo muy fresco y muy vivo. Los árboles añosos, los robustos, los de hoja dura, o grande, todos han perdido ya las hojas (los frutales de pepita conservan briznas de cartón entre sus ramas), pero este cerezo parece que ha hibernado sin perder el color. Estas contradicciones de jardín son más frecuentes de lo que parece y se prestan al apólogo y la moraleja. Es un hijo póstumo de otro cerezo grande que se secó hace algún tiempo. En la temporada siguiente salió media docena de vástagos que corté por la cepa, salvo el que había crecido más vertical. Lo dejé estar y un par de años después, para que el tronco no se hiciese demasiado alto, lo podé a la altura de dos ramas más o menos simétricas. Una de ellas se secó, así que el árbol ha crecido como el sauce, intentando mantener el equilibrio, con una copa desmedrada y como tullida, y cuando se haga grande lo más probable es que haya que injertarlo si queremos que nos dé algún fruto. 
Este pobre desgraciado es la única caducifolia que conserva pinceladas de color en un entorno metálico y nuboso. Como sucedió con el manzano de la esquina, que durante años creímos medio muerto y este octubre pasado dio treinta y tantas pomas arreboladas, el cerezo irá ganando cuerpo, encontrará su sitio entre raíces muertas y la próxima generación es posible que lo vea tan imponente como los otros dos que lo flanquean, ya desnudos por completo. Las pocas hojas que le han quedado son al árbol lo mismo que el árbol a la tierra, seres que resisten en su fragilidad, que se hacen fuertes a puro de agarrarse a clavos del mismo rojo encendido. 
En días grises como hoy las hojas parecen algo más oscuras. El blanco de titanio que asoma entre las nubes y la misma humedad de la noche apagan unos tonos de otro tiempo, un recuerdo momificado, pero también una muestra de salud. Este verano el pulgón se cebó con él. Las hojas estaban todas arrugadas, negras de bichos. Pero, al contrario que otros años, no lo sulfaté. Y los bichos se fueron muriendo y las hojas recuperaron su tersura. Aún ahora que todo está vacío y el cielo se nos cae encima, quedan unas cuantas en la rama.

5.12.19

Mastín


La Morena y el Galán son hermanos, aunque de distinta camada. Galán, un año mayor (en junio cumplió tres) es un perrazo con la capa leonada, de color arena y reflejos anaranjados. Ha salido a su padre, un hijo del célebre Pando de Galisancho, el mastín salmantino que repobló buena parte de la comarca y llego hasta La Moraña, en Ávila, donde nacieron los míos. La Morena, lobata, de cara negra con pintas amarillas y pelo entre pardo claro y pardo oscuro, ha salido a la madre. En términos taurinos se diría que es agalgada, larga, alta de grupa, con la cara fina, de un tipo más basto, y quizá más genuino, que el impresionante porte de Galán, que a lo lejos, cuando levanta la cabeza y mira, parece un pablorromero
 Hay por ahí una asociación de fanáticos que ha entregado su vida a luchar contra lo que ellos llaman el mastín de adorno, a su juicio resultado de un cruce de mastines del terreno con sanbernardos, lo que hizo que les colgara la badana, que se hicieran más corpulentos y también menos ágiles. Son, según ellos, más bonitos, pero, ay, no son auténticos. Morena es de la clase de perro que haría las delicias de estos fanáticos, una perra de pueblo, que de solo mirarla ya echas en falta las ovejas alrededor. Claro que, una vez vistos los dos, tendrían que ver a Galán en plena actividad, en sus guardias nocturnas, corriendo como una bala, subiendo y bajando cuestas, acudiendo a una esquina en carreras de cien metros, y detrás Morena, que ya es tan alta como él, ladrando a su resguardo. Con nosotros son la cosa más dulce que jamás hubiera imaginado, yo que he tenido perro y lo he querido mucho, el gran Güino, el podenco ibicenco que nos alegró la vida durante casi quince años… Estos son nobles pastores. Con Güino, que tenía otra clase de nobleza, la del que está siempre dispuesto a trabajar para el amo, no podía abrir la verja porque se escapaba a cazar conejos. Con estos, la abro de par en par y son como esos vecinos comedidos que se ponen a un lado durante la maniobra del vehículo, que no dan indicaciones a nadie pero vigilan que todo salga bien. Mientras las cosas salgan, no hay problema. Cuando las cosas entran ya es otro cantar.

4.12.19

Tórtola


Con mucha seguridad hablaba yo de las dos o tres parejas de tórtolas turcas que viven en el jardín. Una vez que las lluvias han terminado de limpiar de hojas el chopo viejo, el que aguantó el incendio y ahora medio tronco es madera blanca sin corteza, descubro que se cuentan por docenas las tórtolas que se apostan al ponerse el sol. Muchas están en la misma rama, y aunque engaña la silueta negra recortada sobre el gris plomo del atardecer, parecen mirar todas a la vega, quizá el primer día en que no pueden ocultarse. Incluso comban el extremo con su peso, como si ese sitio fuera el que han usado desde la pasada primavera, y ahora está vacío. ¿Cómo percibe una paloma que ya no hay cobijo? ¿Por qué están todas ahí si ya nada las protege? Digo yo que cuando la noche se cierre volverán a emboscarse en los cipreses, cuya techumbre no desaparece de un día para otro. Muchas noches salgo a ver por qué ladran los perros y al pasar por los cipreses mi sombra o mis pasos las espantan, y se forma un estrépito de zumbidos, ese tupido aleteo de que habla Safó, aunque la mayoría no hacen más que cambiar de rama y seguir con su descanso.
Al parecer llegaron a la península hace escasamente medio siglo, son gregarias y viven donde hay de comer, en este caso la granja de más abajo. Se suelen posar en el alféizar de mi estudio y pasean curioseando de perfil, hasta que un leve movimiento de mano es suficiente para que emprendan otra vez el vuelo rumbo a las ramas altas del cerezo. Cae la tarde y la fila de tórtolas mantudas se cimbrea. Hace frío, meten la cabeza entre las alas, pero no les importa que el viento las zarandee. Seguramente una de ellas se ha quedado a contemplar el panorama y las demás esperan, o bien ya saben que esta es la hora de echarles grano a las gallinas. Antes de que ellas llegasen a estas tierras es posible que hubiera tórtolas comunes, con las que leo que se las tienen tiesas. Lo más probable es que, a partir de los años 70, desalojaran alguna especie autóctona. El chopo grande ya estaba y en sus ramas cantarían especies hoy desaparecidas. Las tórtolas no forman parte del pasado, lo mismo que yo.

3.12.19

Pino, 2


Cada estación del año tiene, a su vez, cuatro estaciones dentro de sí. Hay una primavera del otoño, un festival de frutos, un canto a la sazón. Es la gloria de Baco y de Pomona, el baile de los Faunos y las Dríades, el alivio hacendoso de las fábulas. Después llega el verano amarillo, regocijante y cantarín, turístico y superficial, impresionista, luminoso, de una belleza estática, admirativa, no contemplativa. Los bosques de colores solo producen el placer de verlos, la superficie del ocio. Dondequiera que enfoques la cámara hay una sinfonía de tonalidades. Más tarde vino la hermosa lucha de los árboles contra los elementos, sus batallas contra el viento, la defoliación más o menos paulatina, los grandes colores, el otoño más sentimental y melancólico, y el más dramático, porque son días de vertiginosa decadencia. La velocidad de la ruina nos hace pensar. Ya no hay tiempo para enjugazarse con estampas otoñales. Sin embargo, si de contemplación se trata, este tercer cuarto de la estación es más atractivo que el anterior. El veranillo es belleza estática y amodorrada; el otoño avanzado, un violento dejarse caer por los cambios de tiempo y la furia de los elementos, como los héroes de Shakespeare, a los abismos del frío. 
Pero ahora hemos entrado en las postrimerías. Las hojas de los manzanos y los membrillos han llegado a un marrón más o menos claro, pero parecen más pequeñas, están todas exhaustas, como encogidas, las ramas empiezan a transparentarse, negras de sombra y espesura. Es un grado de decrepitud que ya nos hace desear que pronto estén las ramas tan limpias como las de los chopos, que solo mantienen las pocas hojas que en su caída se encajaron en el nacimiento de alguna rama, más alguna, dos o tres por árbol, diminuta, en lo más alto de la copa, la última hoja de la rama más tierna, quién lo iba a decir.
Así que apartamos la mirada de los árboles caducos y, casi como consuelo, vemos que los pinos siguen lustrosos. Lo primero que hacemos cuando asoma sus orejas el invierno es volver a lo permanente, a las arizónicas de la valla, las yedras del muro, los acebos puntiagudos, la hierba dura que resiste las heladas. Cuando levantemos otra vez la vista, el invierno lo habrá cubierto todo de un velo azul. Admiraremos entonces lo que hasta ahora no ha sido más que muda compañía.
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