14.11.19

Túnel


Tenía que pasar una manguera por el túnel del tajadero, una pendiente de unos ocho metros de caída, y aunque cabe la posibilidad de cegarlo y llevar el agua con una tubería, lo cierto es que esa construcción tan primitiva lleva aquí, por las catas que hemos hecho cada vez que se descascarilla, lo menos ochenta años, motivo suficiente para conservarlo, y a eso me he dedicado un buen rato, a meter una sirga atada a la boca de la manguera por la entrada del túnel, e ir avanzando muy poco a poco (tumbado, con el brazo entero metido en un sitio húmedo y oscuro, a expensas de que una rata se merendase mis huellas dactilares) hasta que ha sido inevitable reconocer que en algún punto del túnel había habido un desprendimiento y estaba embozado. Su construcción consistió en abrir una zanja escalonada, forrarla de obra y cubrirla con un palmo de tierra donde el humus de millones de hojas secas creció y abasteció a la maleza durande décadas. Las paredes llevan ladrillos macizos antiguos, cocidos como mínimo en los años 50, verdes de muchos mohos, pero el techo, por lo que se vislumbra en las dos salidas que tiene antes de llegar abajo, son planchas de cemento con poco cemento y mucha gravilla de río que se deshacen al menor roce. Alguien que pasase por encima emitiría suficientes vibraciones para hundirlas. Hasta hace un par de años todavía levantaba la plancha de hierro del tajadero y bajaba el agua sin problemas hasta las lechugas, pero el agua no es una sirga atada a una manguera, el agua se lleva por delante los escombros y genera nuevos desprendimientos. Si se pudiese atar la sirga al agua…
Así que nada: como sucede cada vez que encuentran un paño de muralla árabe en el entorno de una iglesia, la mejor manera de conservarlo es taparlo, negarlo, dejarlo, en todo caso, para guarida de roedores. Queda una última posibilidad, digamos, intervencionista. Se trataría de reabrir la zanja (que pasa por debajo del taller y de sus cimientos) y volverla a tapar después con bardos de barro cocido y un cemento más resistente, y cubrirla de tierra y dejar que caigan las hojas por encima. De todas formas, me conformaría con instalar una cámara en la sirga para ver cómo ha sido ese lugar todo este tiempo. Ver lo que nadie ha visto.

13.11.19

Parra, 4


Sangran las parras. Son las últimas horas de estar las hojas sujetas al sarmiento, antes de que mañana, dicen, venga un temporal de viento y nieve, y aun así alguna resistirá unos días más. Pero las hojas rojas de las parras (me refiero a las de uva, porque la parra virgen que sube por la fachada sigue con su verde amarronado sin que los cambios bruscos precipiten la aparición del rojo ni mucho menos la deshojen) son de aquellas que o bien plantamos no hace muchos años o bien nacieron desmedradas, y a pesar de que sus sarmientos nunca se desarrollan, siguen estando vivas, echan hojas algo más pequeñas y de un verde más claro, y en vez de tomarse con manchas de bronce y acartonarse en un ocre oscuro que va aclarándose hasta que se cae, pasan al rojo igual que las quinquefolias que fueron las primeras en desnudarse. 
Ese rojo dramático es la variedad más descarnada de los tonos tierra, sin nada de azul, que ha perdido el verde por completo y desde el principio, y así evoluciona al color burdeos (color sangre cuajada) sin pasar por el ocre, que siempre necesita un resto de verdor. Será por la fragilidad de las hojas, esa misma anemia que hace que los sarmientos parezcan patas de saltamontes. 
Intuyo que la fascinación del azul hace que los colores sean más lujosos. A medida que le añado azul al rojo cadmio, entro en el color violáceo de las venas y el tono es más purpúreo, solemne y misterioso, pero no más profundo. En el jardín hay pocos azules, apenas algunas cortezas, las varas cianóticas de los arces, los reflejos de violeta en los cerezos, el gris de las cortezas de los chopos viejos. Aparte de eso, se concentra en las flores, en las rosas, en las glicinias, en los crisantemos, flores de sangre azul y esencia decorativa, pero también en los cardos y las lavandas. Y en muchos otros sitios, en todos ellos para teñir las flores. En invierno regresa el azul con el hielo y las ramas desnudas, pero hasta entonces qué hermosos son estos últimos rojos ensangrentados, antes de que el vino fermente y le salgan los taninos azulencos.
Suntuosidad y vigor, prestigio y sazón son adjetivos que se oponen como el cielo y la tierra. El trabajo es rojo y productivo, el poder es soberbio y azul.

12.11.19

Hinojo


Aparte de media docena de coles, que no sé qué tal les irá, tan solo hemos dejado en el huerto unas pocas matas de hinojo que trasplantaremos cuando traigan la tierra nueva. La helada leve de estos días atrás acabó de fundir las cuatro matas de pimientos y guindillas que quedaban, rojos, verdes y amarillos, que por algo pimiento viene de pigmentum. Arrancamos los cadáveres de tomatera, una mata de calabacín que aún tenía alguna flor tardía, algún puerro granado todavía tieso y, en fin, todo lo que se fue enredado con las varas. Pero el hinojo está estupendo y aguantará hasta el último suspiro antes del transplante o de ser cortado en juliana para un asado de lubina con rodajas de limón, casi lo único, por cierto, que recuerdo de Un caballero en Moscú, aparte de aquel método revolucionario de quitar las etiquetas a todas las botellas de una bodega selecta para que quien bebiera un Petrus se sientiera como si bebiese un Don Mendo. Pero no al revés.
Cuando llegamos aquí, el jardín era una pieza de 60 x 20, antigua tabla de cultivo, plagada de hinojo silvestre. No es lo mismo. El silvestre es un tallo descolorido que huele a anís barato, pero este otro hinojo culinario, aparte de que da un sabor muy fresco a las lentejas, es un tubérculo que parece un nudo de atar andamios, cuyo tallo, similar al del apio, se ramifica en una pelambre fina como la de las esparragueras e imposible de enfocar entera con la mirada, de modo que parece una retícula difuminada, una transparencia verdosa. Aquel otro hinojo que nos mareaba con su perfume mientras lo arrancábamos para cultivar patatas era más pálido y más espigado, y acababa en unas flores que son como sombrillas diminutas de color verdiamarillo agrupadas en otra sombrilla mayor. 
Es posible que un antiguo propietario cultivara el hinojo silvestre para comercializarlo en despensas y boticas, o que los utilizasen para dar de comer a las bestias, o para sazonar platos sofisticados. O que las hinojosas fueran aquí muy abundantes (es apellido relativamente frecuente), o incluso que hubiera vaqueras como las de Hinojosa del Duque, que aquí serían de Jarque. Quizá el hinojo se dé bien aquí desde que mi antepasado mudéjar dejaba que los barbechos se llenaran para destilar un protoanís medieval que, tal y como están las cosas, colaría como si fuese una tradición de toda la vida.

11.11.19

Rodrigón


Las varas de arce que empleamos para rodrigar las judías y los tomates ya están amontonadas para ser pasto de las llamas, unas en el bidón donde esta semana empezaré a quemar la broza y otras en la chimenea, como avivadores de la primeras llamas frágiles de los sarmientos, de los que también hemos llenado una espuerta en la leñera. Iba tirando al suelo los tutores y hacían un ruido hueco y agudo, como si por dentro ya estuvieran secos. Les quitaba la maraña de tallos filamentosos y algún grumo de tierra pegado a la base para contemplar el ocre que ha sustituido al gris verdoso de cuando los cortamos. No los guardamos de un año para otro. Aparte de que se partirían con la primera tormenta o a medida que se hiciesen gordos los tomates, forman parte del carácter transitorio de la huerta, hasta el punto de que bastaría con estar pendiente del color y la textura de su corteza, algo más arrugada, como si por dentro la madera se hubiera sunsido, para saber el grado de madurez de los frutos que sostiene.
En el caso de las judías estas varas son más lógicas, a fin de cuentas son enredaderas, aunque nosotros usamos pocas, las suficientes para mantener otra vara horizontal a un metro setenta de altura, aproximadamente. En vez de acribillar el suelo con las cañas, preferimos colgar hilos blancos de cocina de la vara transversal, para que las judías tiernas se enrosquen en ellos. Una vez que han alcanzado las barras horizontales, cortamos el hilo, y la sensación es que han ido creciendo por sí mismas y arriba forman una gruesa viga vegetal, de la que penden, soleadas, las vainas de las judías.
Los tomates son más raros, plantas incapaces de mantenerse erguidas cuando se llenan de fruto, a las que hay que armar un exoesqueleto a base de palos que asoman casi un metro, tiesos como velas, a los que vamos atando partes del tallo y de las ramas más desarrolladas. Asimismo atamos los tutores entre ellos con una beta de esparto para que las ramas se apoyen como apoya uno los brazos en el borde de la bañera.
Hoy, con la tijera, cortaré las varas en fragmentos de poco más de un palmo, los que acumulo en forma de tipi en torno al montoncito de sarmientos, antes de colocar los primeros palos de carrasca.

10.11.19

Ferralla


Hierros, tubos, chapas, latas, mallas, piezas, todo desparramado al pie de un muro, como si esos aproximadamente veinte metros de muro encarado al sol hubieran sido el sector metálico de un vertedero. De cada obra que se hacía sobraba un hierro, que luego se empleaba para otra obra, o quedaba siempre así, como una puerta metálica en muy buenas condiciones que perteneció a un corral en tiempos y ahora ya no hay ningún marco donde quepa. Hay que guardarla, igual que los pilotes de metal galvanizado de las señales de tráfico y los tubos largos oxidados que podrían valer para refuerzo de la pérgola del cenador… Hay que ordenarlo y, sobre todo, esconderlo, ponerlo en lugar poco visible, contra las vallas ya oxidadas de la linde sur, junto a la acequia del Cubo, en cuyos cuellos llenos de hierbas los gatos preparan sus camas y desde el otro lado de la acequia mis mastines les ladran como descosidos.
El sector metálico campestre es muy importante. El otro día, mientras segaba la hierba, fui a mover el bidón de lata en el que suelo quemar las hojas muertas y me quedé con un cilindro oxidado y una base pegada al suelo. El fuego había lamido tanto las junturas que ya estaban tan solo sobrepuestas. Lo llevé a un lado del muro, donde podría quedarse perfectamente otros veinte años según la inercia de la economía laboral. Haremos un esfuerzo para llevarlo a la escombrera.
De hierro son las verjas y las vallas, los pilotes de los emparrados y las varillas con las que sujeto en el huerto las tablas de los bancales. Las terrazas y las escaleras son una mezcla del negro ferruginoso de los barandados y el rosa tierra de las losas de piedra rodena. Cada día chirría la bisagra de metal de la tolva donde comen pienso los mastines, y trabajo en un tablero de madera con clavos, sierras, martillos y destornilladores. Estamos rodeados de dureza. Sin embargo el hierro, al contrario que el plástico, tiene una naturalidad más perceptible. El óxido de la puerta de metal que conduce a la acequia con las primeras lluvias, el culo del bidón, más fino que el papel de fumar, los mismos clavos que le echamos una vez a las hortensias para que fueran lamiendo el hierro. La cadenas de los mastines también son de hierro. Ahí yacen, como armaduras de serpiente abandonadas. Nunca las uso.

9.11.19

Huerto


Esta mañana he visto la primera rosada sobre los campos de calabaza. Los mastines, que son un termómetro fiable, han pasado la noche a resguardo, más por el súbito descenso de temperaturas que porque realmente tuviesen frío. Tenía que desmantelar unos cajones de cultivo porque el lunes me traen una carga de tierra fértil para el huerto. No es que este terreno sea improductivo, al contrario, pero drena en exceso, y sus componentes calcáreo y arcilloso enseguida lo apelmazan. Aparte de una franja que siempre se cultivó y cuya tierra, expurgada de piedras, tiene un color más orgánico y oscuro, en el resto, allá donde caves te sale la misma zahorra pedregosa. Antiguamente todo esto era un barranco interrumpido por bancales más bien estrechos, y ampliar las terrazas tuvo como contrapartida que las nuevas tablas surgiesen de un subsuelo árido. Las distintas obras iban exterminando el verde y apisonando el suelo, y después de aquellos traumas triunfaron los hierbajos más duros.
 Año tras año voy reconquistando espacio, como un colono de su propio jardín. La parcela que quiero limpiar antes del lunes ya ha dado varias cosechas aceptables, pero le quedan años de abono antes de alcanzar el grado de feracidad que uno quisiera ver desde la ventana. Es un trabajo de desmantelamiento de algo que costó bastante esfuerzo, porque los dos bancales de 10 x 1,5 metros fueron cavados por mi mano, sesenta centímetros de fosa para que la tierra se esponjara y creciera unos 20 centímetros por encima de su nivel anterior. Cada año la he cavado con un palanquín después de echarle buen recado de abono para que recuperara su altura. 
 Trabajar en el campo implica grandes esfuerzos para construir lo que dentro de poco tiempo será destruido. Incluso los muros que creíamos eternos se corroen y pandean y tarde o temprano hay que sustituirlos por cemento armado, cuya destrucción ya no es tan probable que contemplemos. Eché unas cuantas horas de pico y pala, como el sepulturero de un héroe troyano, y me las arreglé para traer los tablones de pino gallego y las varillas de hierro con que sujetarlos, el primer año parecía una plantación profesional, todo reluciente y bien nivelado, la tierra negra de abono y sin piedras, que aún yacen amontonadas cerca del manzano, bajo un lecho de madreselva que hoy también habrá que desbrozar.

8.11.19

Cerezo


Si hubiera que asignar un árbol al jardín, por ser el más abundante o el que germina y se cría con más facilidad, sin duda sería el cerezo. Hay tres bastante antiguos, medio siglo ya que los plantaron, que superan los diez metros de altura. El tronco es bajo porque en su momento les dejaron tres ramas para alcanzar a las cerezas, pero corría el dicho de que los cerezos no se podan, y los tres, más un cuarto que se secó hace tres o cuatro años, se hicieron grandes y copudos. Cuando en junio salen las cerezas, armados con escaleras no llegamos ni a la tercera parte de las ramas. Lo demás es pasto de los pájaros.
No todos los años, claro, porque no es excepcional que hiele a principios de mayo, cuando están reventando las flores, y les pase lo mismo que este año a los membrillos, que no den fruto. En todo caso son los reyes del jardín. Plantados en el medio forman una primera y densa cortina de hojas que fue continua mientras duró el cuarto cerezo. Recuerdo ver cómo languidecía, cómo aún salían, en alguna rama dispersa, hojas más que suficientes para creerlo con vida. Un año no dio ninguna, y el color de la corteza fue apagándose hasta un pardo ceniciento que contrastaba incluso en invierno con el ocre rosáceo de sus compañeros. Hubo que talarlo. De las tres ramas grandes todavía hubo madera para llevarla al tornero, a que sacara unas patas y un bastón, y del tronco salieron tres tablas cortas que guardo para el tablero de una mesa. Tendrían que morirse los otros tres cerezos para que saliera una farmhouse table en condiciones. Nunca nos sentamos en la madera de un solo árbol.
Abajo, orilla del río, entre choperas militares y maizales desvaídos, crece una pequeña plantación de cerezos, no más de una hectárea, rectos como cadetes, y de troncos más altos que los cerezos de recolección, lo que quiere decir que seguramente sea una especie borde que crece para ser mueble, porque tampoco son guindos. Una de esas especies gallegas que tienen pelusa en vez de flor y se podan para que nunca se bifurque y crezca más alto que los álamos.
Estos nuestros son frutales dejados crecer, y así seguirá siendo incluso con el cerezo que salió muy cerca de donde había muerto el otro y que ya se ha bifurcado por sí solo.

7.11.19

Parra, 3


De los dos tipos de parra virgen que crecen en el jardín, la quinquefolia ya perdió sus hojas a principios de octubre, pero la tricuspidata está preciosa. El resol de la tarde funde los colores de las hojas con el de los ladrillos de la fachada, un ocre anaranjado, casi rojizo, encendido, que tiñe las todavía muchas hojas verdes que le quedan a la parra. Hay, pues, un otoño de los días y otro, reversible, de las horas, y el verde de por la mañana es ocre por la tarde, y al día siguiente amanece un poco menos verde y atardece un poco más terroso.
Esta nuestra es salmantina, de una casa de labranza envuelta en parras y cubierta de glicinias. Su dueño me cortó unos codos de parra pero me advirtió contra la glicinia: así como la vieja parra nunca había dado otra cosa que fresco y alegría, la raíz de la glicinia salió por uno de los dormitorios, debajo de la cama, y cuando quitaron las losas descubrieron unas raíces gordas como anacondas que no habían levantado en vilo la casa entera porque no habían querido. Hubo que talarla, y eso que ella sola cubría la pérgola del patio, e inyectarle después unos venenos. Cuando se pudran las raíces, la casa se hundirá en la tierra.
De modo que pusimos las glicinias apartadas de los muros, pero la parra virgen sigue su conquista de las fachadas. Como no la reconducimos, ni falta que hace, las ramas siempre tienden a subir, llegan al tejado antes que al siguiente ventanal, y cuando han cubierto el alero, en vez de levantar las tejas, las puntas se descuelgan y al perder contacto con la pared detienen su crecimiento. Paralelamente, las ramas nuevas que le salen al tronco van buscando altura con un ángulo algo más cerrado respecto al suelo, algunas casi horizontales, que cuando encuentran espacio por arriba tuercen sus tallos y se enderezan como los brazos de un candelabro.
Salamanca es tierra de secano más allá de la vega del Tormes, y esta parra tampoco necesita riegos muy frecuentes. En el norte crece a sus anchas la yedra, amiga de la sombra, pero en las zonas más enjutas y soleadas se reseca enseguida. La parra virgen, en cambio, se orienta hacia el sur, y si alguna vez los bordes de las hojas se requeman es obra del viento, no del sol.

6.11.19

Albaricoquero


Al viejo albaricoque de la entrada le ha salido también una hermosa vertiente japonesa. Resulta que, hace muchos años, dejamos crecer un chupón de álamo blanco a muy pocos metros de él. Conforme crecía el chopo, yo iba enroscándole las ramas, que crecen casi paralelas al tronco, de modo que en pocos años era un tallo de cinco metros de altura con trenzas invertidas. La curiosa conformación de su ramaje le salvó la vida.
    Pero los chopos son malos vecinos, y al albaricoquero, que antes lucía una copa ancha y tendida, se le secó la parte que daba al chopo, como si cada raíz se ocupara de una rama distinta. Lo más probable es que el chopo lo esté secando entero y que la muerte, cualquiera sabe por qué, haya empezado por ahí. El caso es que esa mitad de copa sigue viva, y en vez de parecer lo que es, un árbol mutilado, en todo caso un santón con el brazo seco, ha adquirido un movimiento muy melodioso, sobre todo ahora que las hojas tienen ese amarillo tan fresco.
    En realidad es la última rama grande que le queda, que pasa sus últimos días con languidez y resignación. La vida de este albaricoque no ha sido fácil. Una vez, cuando estaba joven y lustroso, vino una excavadora a abrir la zanja para unos cimientos y en uno de los giros se llevó una rama por delante, la arrancó del tronco, la corteza se rasgó y dejó al aire una herida profunda.
    No solo sobrevivió el árbol sino que al año siguiente se llenó de unos albaricoques muy dulces. Sin embargo, como si hubiera sido una reacción desesperada, ya no volvió a dar grandes cosechas. Es como los otros árboles decanos, un anciano que cada primavera nos sorprende con que siga vivo, y que nos está regalando unas imágenes más despojadas que nunca, en cierto modo más esenciales.
    Cuando, un año de estos, se seque del todo, el álamo rampante de al lado, que ya tiene el tronco ancho como un tambor, pasará a mejor vida, es decir, a ser un árbol trasmocho. Hasta ahora puede que perjudicase al albaricoque pero al menos no le quitaba el sol. A partir de ahora las ramas jóvenes crecerán más extendidas, y aún queda tiempo para que formen vigas con las reparar el techo del cobertizo. Siempre hay un cobertizo que se hunde.

5.11.19

Castaño, 2


Todo ha cambiado en dos días. Hasta ayer podía ser consciente de la evolución, las novedades se sucedían según la naturaleza de las especies: las que aguantan la clorofila más o menos tiempo, las que se deshojan por viejas o por jóvenes, las que resisten mejor o peor las primeras bajadas de temperatura. Ahora el parte de guerra duraría más que la situación. El otoño ha entrado en fase coral irreversible. En términos teatrales, ha empezado la apoteosis, o al menos el viento la ha adelantado, entera o una parte de ella, veremos.
De pronto me doy cuenta de que el odioso ailanto ha perdido el verde sin pasar por el amarillo, o que asoma el complicado ocre de los membrillos, al que este año tengo que estar muy atento porque busco color para una pared, o que en el muro que forman los árboles más grandes, el cerezo, el nogal, el castaño y, detrás, el chopo centenario, con la catalpa por delante, en cada árbol han empezado a secarse las hojas a su manera, cuando en verano apenas se pueden distinguir leves matices de verde bañados en luz.
Los días tienen también ese efecto de avenida, de arramblar con los detalles, arrastrarlos a todos juntos de manera que no podamos detenernos en ninguno. El verde es aún mayoritario, bastante uniforme. Los manzanos y buena parte de los cerezos conservan el tono más oscuro, estos ya moteados de ocre. Los álamos temblones ya están todos amarillos, pero los chopos blancos mantienen su color, y a pesar de su altura el viento no ha hecho en ellos ningún estrago. Pero los castaños han entrado en ese marrón enrojecido, como si estuvieran ardiendo sin fuego. Hay uno que solo puedo ver en esta época del año. Lo planté demasiado cerca del nogal y se lo ha comido, crece por dentro de las otras ramas, es necesario acercarse mucho para ver por dónde asciende su fino esqueleto, mucho más arriba que el castaño de al lado, aquel que se quemó, y que ahora, lleno de hojas requemadas, parece una cerilla gigantesca. Esta mañana había unas manchas cobrizas entre el verde amarillento de los frondosos árboles que lo acompañan, unas ramas negras con el reflejo de los primeros rayos. Dentro de unos días, cuando todos hayan perdido todas las hojas, el castaño volverá a ser invisible dentro de una maraña de ramas grises.

4.11.19

Viento, 2


Sigue el viento en la enramada, el cielo está despejado. El día nace incómodo, raboso, pero se puede soportar. No llega al concepto de criminal, hace un día criminal, ni por el frío, que no pasa de fresco y eso que todavía es muy temprano, ni por el viento, que gira sin ton ni son. A este tipo de días mi madre los llamaba antipáticos, hace un día muy antipático. Fiel a su extraordinario sentido del lenguaje, siempre era muy, nunca solo antipático, y no era una cuestión de grado sino de eufonía y cromatismo. El viento estorba como un batallón de limpieza en un salón de baile. Y eso que aquí estamos a resguardo del viento del norte, el cierzo terrorífico, y solo nos llegan los céfiros de poniente que se concentran y soplan aguas abajo. Al sur tenemos la muela que nos protege de los ábregos, y hacia levante, bien que más lejos, la sierra de Gúdar amansa los euros. 
Arriba, en las llanuras de secano, el bóreas se ensaña con las capitanas, esos hierbajos de tallo duro, que secos parecen de madera, muy ramificados, que se sueltan de la tierra con el vendaval y el viento las hace rodar por los barbechos y las convierte en balones leñosos que rebotan contra las piedras y saltan las vallas de los huertos. Es el principal peligro del otoño. Esos mancaperros, zombis vegetales, ruedan hasta quedarse atascados en la acequia, y con tres o cuatro que amontone la corriente ya es suficiente para armar una presa infranqueable. El agua entonces rebosa y anega los huertos y las construcciones, y si concentra su presión en alguna pared demasiado vieja, o en un cuello demasiado estrecho, puede reventar un talud y desparramarse furiosa hasta la acequia de abajo, que es más ancha y se la tragaría, o seguir por el campo de calabazas, inundar el camino y morir en el río. Y del río ya sabemos a dónde se va.  
Por eso estos céfiros pesados pero no peligrosos nos molestan con el barrunto de que muy cerca los austros amenazan. Nos pasa lo mismo con las tormentas. Con lo agradable que resulta escucharlas caer sobre las losas del patio y las hojas de los árboles, el temor de que puedan descontrolar las aguas hace del placer una sospecha, como si cada vez que leemos tuviéramos miedo a quedarnos ciegos.

3.11.19

Viento


Nada sucede poco a poco. Siempre hay un violento desencadenarse de los hechos. Iba yo anotando la evolución tranquila del otoño en las manchas de ocre que le salían a los chopos cuando un ventarrón lo ha puesto todo patas arriba. Los arces se han quedado en su esqueleto, los álamos del río están ya medio desnudos. Han aguantado las hojas todavía verdes de los árboles más grandes y de aquellos más medianos que crecen en algún reser. Pero una sacudida de viento ha borrado el orden pictórico de las cosas. Nadie pinta un cuadro del que solo se han caído las hojas de una rama y que tiene el aspecto de algunos mamímeros con el pelo del invierno a medio caer, calvos a rodales, con la pelambrera despeluchada, sin vida. Todo lo que se acerca a su final adquiere una velocidad extraña, las noches de insomnio o de vela son más breves en sus últimos momentos, y no porque veamos el final sino porque ya no podemos asimilar tantas señales de que ya no hay vuelta atrás. El tiempo se nos escapa de las manos, una ráfaga de cierzo las desnuda.
«Eres más pesado que un día de aire», se dice por aquí, y esa pesadez consiste en su absoluta discontinuidad. La ventolera y el remusgo se suceden sin orden ni concierto. Es, como dice Virgilio, el penetrabile frigus de los vientos del norte, que silban o aúllan, que parecen rondar a lo lejos o se estampan de pronto contra los cristales. No hay melodía en el viento. Una sola ráfaga puede hinchar las velas, nunca uniformemente tersas, más bien al capricho de las bocanadas de viento contra el inquieto lino. El viento nos desarma cualquier previsión musical, y eso es lo que lo hace pesado. Durante años viví en un ático que estaba orientado a la sierra. Como las ventanas eran de hierro viejo, las cambiaron por otras modernas de aluminio y el resultado fue que cada vez que rugía el aquilón se metía por algún nuevo intersticio y ululaba. Nunca encontré un compás de viento repetido.
Cae la noche. Como sucede con la lluvia recia, emergen los sonidos del campo que sí tienen cadencia, o una previsible irregularidad. No protagonizan el pensamiento pero lo acompañan, y se quedaría más desorientado si reinara el silencio absoluto. Ladran los perros, crepitan los leños, chilla un pájaro tardío, suena el motor del frigorífico, las páginas de un periódico. Todavía no es el final.

2.11.19

Fuego


Esta tarde, después de la siesta, me he sentado a leer un rato y he notado un poco de frío. El tiempo es discontinuo pero todo ocurre de repente, un sábado a eso de las cinco de la tarde, después de varios días de equivocarme por exceso con la ropa. Para que ocurra, para que el otoño se instale en mí definitivamente, más que sentir frío (en ese aspecto soy bastante resistente), lo que sentí fue ganas de encender la chimenea. Los lógicos dirán que qué más da. Pero no, no da lo mismo. El frío, muy leve, era un elemento más de la decoración, insuficiente de por sí. Ha podido más el hecho de sentarme a leer en vez de atender una de las múltiples tareas que tengo pendientes en el huerto y en el jardín. No habría llegado si hoy me hubiera sentido más activo, lo que quiere decir que ha sido una cierta melancolía la mensajera de la idea, no el frío. El frío ha hecho crecer la voluntad de decorarla.
De modo que he seguido el protocolo: unos pocos sarmientos del año pasado, ya inflamables; palitos de ramas muertas, taladas y amontonadas en el centro del jardín; unas piñas viejas que salieron en una bolsa al correr los bultos de la bodega; palos medianos que crujen a la primera y se astillan al partirlos: un buen montoncillo previo a los primeros tarugos finos de carrasca. El azar ha querido regalarme un inconveniente, pues no había pastillas de parafina con las que encender, y ha tenido que ser con una cerilla y una piña reseca, y las hilachas de corteza de sarmiento, y las astillas finas del ciruelo que cortamos, un brotar del fuego que ha sido también el alivio de encontrar una situación necesaria, al menos la más apropiada. 
Mirar el fuego me tranquiliza porque justifica la inacción, el complejo movimiento de la nada, el surgir de pequeñas lenguas cuando ya todo parecía consumido, el retorcerse de los palillos y el iluminarse el cuarto a la caída de la tarde con el tono anaranjado de un refugio, el prender del tronco en llamas finas que pacientemente lamen los costados, hasta que abren una herida candente y yo salgo a por más leña. Hoy me siento un poco menos sociable, pero también más parecido a mí mismo.

1.11.19

Niebla


Han llegado las primeras nieblas. Esta mañana flotaba una densa bruma por encima de la vega. Durante un par de horas el aire era húmedo y gris azulado, corrían los mastines hacia la verja de entrada por el rumor de un paseante por el camino de arriba y los veía perderse en el manto blanquecino y localizarlos después por las bocanadas de más densa niebla que exhalaban.
Luego, poco a poco, la niebla se ha ido disipando. Mañanicas de niebla, tardes de paseo. A las once ya lucía un sol más bajo, menos agresivo, que a estas horas ilumina las obras completas de Tito Livio en la pared del fondo de mi estudio. Durante todo el verano se han mantenido en una prudente sombra, protegidas del ardor del sol por el alero. Ahora el sol empieza a entrar, y con él el otoño. Las hojas de la yedra del Japón que trepa por la fachada solo amarillean por los bordes, y el verde de la hoja es el más oscuro, recio, como acartonado. Hará unos cinco años que la planté y ya ha anegado aproximadamente un tercio de la fachada sur y la mitad de la fachada oeste. En veinte años, si no se seca antes, es previsible que cubra la casa entera. Con esta luz menos agresiva empiezo a distinguir mejor sus nervaduras y el lento cambiar del verde al ocre y del ocre al rojo, antes de que caigan tintadas en color vino, que no ha hecho más que empezar. Las parras vírgenes, que llevan ya plantadas medio siglo, hace tiempo que se deshojaron, casi el mismo día que llegó el otoño. Es posible que el día que se pongan rojas sin acabar el verano sea su último año de vida. 
Las nieblas me llevan lejos. Me veía por la mañana, hace por lo menos cuarenta y cinco años, caminando en pantalón corto hacia la escuela, igual que voy ahora como profesor maduro, pronto ya, ojalá, con su chaquetón Barbour, su gorra Stetson y su pantalón de pana, entonces y ahora surcando la niebla como si la realidad pudiera darme una sorpresa. Esas nieblas sí eran infantiles, pero esta luz es siempre nueva. La luz hurtada a los alumnos en la escuela. ¡Mirar la luz! La luz de las mañanas de la infancia es siempre el sol primero del verano, la promesa de la aventura. Del otoño, lamentablemente, solo recordamos el atardecer.

31.10.19

Noguera, 2


Así como los chopos del río amarillean antes cuando son más viejos, en las nogueras sucede lo contrario. Se deshojó por completo la más joven, y a la siguiente en edad no le quedan más que unos leves reflejos verdosos para seguir el mismo camino. La grande, en cambio, persiste con su hojas de color verde vagón, como si estuviéramos a finales de septiembre.
Esta mediana todavía tiene el tronco abarcable con los dedos pulgar y corazón de ambas manos, pero costó bastante traerla a pliego. Nació junto a una columnilla del cenador, de una nuez que se emboscó entre los rosales. Pero le cupo la suerte de que allí mismo está uno de los cubos donde beben los mastines, que cada tarde vacío en el alcorque para rellenarlos de agua limpia. Cuando se espigó y pudo sacar la cabeza por encima de la maraña de las parras y las bignonias que cubren el cenador, durante varios años tuvo hojas muy pequeñas. Las ramas eran demasiado enclenques, como espectrales, más pequeñas incluso que las de la noguera menor, que tuvo sol desde el principio y hojas de buen tamaño, y el tronco se mantenía recto porque lo sujetaban los travesaños de la pérgola. Cuando soplaba el cierzo no se rompía contra el tubo de hierro porque las ramillas estaban demasiado separadas, y aun así le salieron cicatrices en la corteza. Curiosamente, la de abajo, la grande, que bebe en la acequia, no creció tumbada porque se fue apoyando contra los alambres de la valla, que sin embargo, cuando se hizo robusta, le iban causando una herida proporcional al crecimiento de cada año, en su tamaño y en su distancia con las anteriores, cada vez más separadas y más profundas.
A esta otra, que se la llevaba el aire, le até un trapo a la altura de los tubos para amortiguar los golpes, hasta que engordó un poco y la distancia con el hierro era más para apoyarse que para sufrir. Cada año el tronco gris claro se zarandea menos cuando sopla el viento, y las hojas aguantan en la rama unos días más. En esas tardes brillan con su amarillo líquido, todavía en la frontera entre el verde y el ocre, entre el color refrescante y el aterido, entre el día y la noche.

30.10.19

Crisantemo


Crisantemo es palabra culta y levantada. Aquí la gente las llamaba flores de Todos los Santos, por la misma razón por que a la euforbia la llaman flor de Pascua. Pero esos crisantemos blancos eran grandes como dalias y estos nuestros no más que los tajetes. Deberíamos plantar todo un macizo, dentro de la línea japonesa que tienen algunas especies del jardín. En este caso, germano-nipona, porque las hojas del tallo del crisantemo recuerdan a las condecoraciones militares tanto o más que las genuinas hojas de roble. Pero en el crisantemo esas hojas son más claras, más vulnerables, aunque igual de austeras cuando, el resto del año, mantienen un discreto desaliño, siempre con alguna hoja lacia, siempre con algún tallo enredado, como de mata silvestre, pero serias e inmutables hasta que hace una semana le aparecieron los primeros puntos morados.
Miro el tiesto a diario y da la sensación de que, al tiempo que más frágil que las margaritas, que revientan como gaseosas, y son, todo hay que decirlo, demasiado simpáticas, el crisantemo crece más seguro y recogido, como preparado para pasar frío, y su aglomeración de hojas nunca parece excesiva ni desmelenada. Cuando éramos pequeños las flores que dibujábamos eran siempre margaritas o camomilas, según el sentido de las proporciones, y si a uno le había despertado ya el horror al vacío, agregábamos más pétalos entre los pétalos hasta formar una dalia flamígera. A los crisantemos llegábamos con las reglas de dibujar mandalas, y ahí se descubría la exquisitez geométrica de aquellos pétalos tan juntos, pequeños y abarquillados, de diferentes dimensiones según el plano que ocupaban. Al desgalichamiento anodino de los tallos le seguía una flor vectorial, con una perfección que animaba a pensar en que debía encerrar algún misterio. No sé por qué los japoneses aman los crisantemos y tampoco me voy a levantar a mirarlo, pero lo que yo encuentro es esa perfección de lo mínimo, la geometría sutil de las flores sobrias y resistentes. A mí me salían más manzanillas que margaritas.
Por muchos cambios de tiempo y de hora que suframos, los crisantemos siempre están a punto el día que tienen que estar, en este caso un tiesto de flores moradas que lleva dadas unas cuantas vueltas antes de venir aquí. Junto a él, y como anticipo, se han abierto las margaritas. En menos que canta un gallo ya estarán para llevarlas al cementerio.

29.10.19

Calabaza


Desde la azotea sigo muy atento el proceso de autosuficiencia del granjero de más abajo. Frente a los corrales, más allá del estercolero, hay una fanega de cultivo dividida en dos franjas longitudinales. En la de la izquierda cultiva pipirigallo, y en la de la derecha calabazas. La alfalfa va cortándola y dejándola secar antes de dársela a las cabras y a media docena de ovejas, de manera que siempre hay al menos tres verdes diferentes: el claro y turgente de los nuevos brotes, el cenizoso de los ya cortados y el más oscuro de la siguiente siega. En la otra franja, en primavera reparte el estiércol con una excavadora, todo se anega de floripondios y hojas como platos, hasta que se van secando y emergen las calabazas forrajeras, blancas y como jaspeadas de azul, las más amarillas y las naranjas. 
La producción va íntegra a los cerdos y las gallinas, a un burro que rebuzna por las noches y unos pavos blancos que caminan sueltos como sandalios entre los rastrojos. Engordan por momentos, pero aún les quedan dos meses de vida. Los cerdos se alimentan con las calabazas y las calabazas se alimentan con los cerdos, y este círculo tan sencillo que nos enseñaban con diagramas en la escuela es un espectáculo de autoabastecimiento cuando lo miro desde arriba, lejos de la peste que despide el muladar.
Ahora el diagrama escolar tiene más que ver con cómo confeccionar una calabaza de película para hacer el tonto el día de Ánimas. Se diría que la pobre calabaza ha subido de rango: ya no es símbolo de decepción, de poca cosa, de suspenso, de fracaso, sino que ha sobrevivido por su aspecto, y eso que su sabor, asada, es insuperable. Como con todo, basamos el reencuentro en la sofisticación. La calabaza ya no es el trozo de carne anaranjada que mi madre ponía encima de la caldera, como los boniatos, a que se fuese asando, sino un plato vintage que nos hace parecer expertos sin prejuicios en los placeres de la vida natural. La estética lo salva todo. Aún deben de andar por ahí un puñado semillas de distintas calabazas, de peregrino, de cacahuete, unas con lágrimas de cirio, o con aire de amuleto, qué se yo. El dueño de la finca, por si acaso, ya las ha recogido todas, no sea que entre estetas y veganos se quede sin comer el burro.

28.10.19

Pájaro


Suena la urraca en el amanecer templado, como una gaviota de interior, como un albatros de secano. Luego se le une el contrapunto de los gallos dispersos por el valle, y el piar de los jilgueros, con su careta encarnada y las alas negras y amarillas, antes de que calienten la garganta y entonen sus canciones. En la catalpa que hay justo frente al ventanal de la cocina tienen su sala de estar dos tórtolas que llevan aquí amarinadas al menos un par de años. Las dos se posan en la rama y miran el espectáculo de la vega, una de ellas reposa la cabeza en el alón de la otra, que de cuando en cuando se gira y la desparasita. No sé cuál es la tórtola y cuál el tórtolo. 
Y no es la única pareja. En las copas de los cipreses viven al menos dos parejas más que a veces sorprendo bebiendo del cubo de los perros, y ellas vuelan con sordo aleteo y se vuelven a emboscar. Incluso ha habido óbitos. Un día vi a una tórtola que no volaba. Estaba quieta y mantuda debajo de un lilo. Intenté espantarla para que saliera del alcance de los mastines, pero apenas se movía, de modo que la puse a resguardo detrás de las cancelas que conducen a la acequia. Poco más se puede hacer. Sería vieja, habría picoteado del veneno de las ratas, se habría estampado en pleno vuelo contra una rama del cerezo, aunque no creo. El caso es que decidí observarla e incluso le arrimé una escudilla de alpiste para que picotease. 
A la tercera vez que subí a ver cómo se encontraba ya solo quedaban algunas plumas. Los mastines llevan a raya a los gatos, pero los gatos son como los apaches: tú no los ves a ellos, pero ellos siempre te ven a ti, y tienen esa facultad incomparable de saber exactamente a qué distancia y en qué circunstancias empiezan a correr peligro; hasta entonces miran con atención y desprecio. No dejaron ni el alpiste.
Estas son las aves habituales. A veces vienen cuervos negros como el charol, que se posan en el barandal de la azotea y desde allí nos miran  como estudiando el momento de atacarnos. Otras veces vemos águilas volar en círculo sobre los chopos, sobre todo si en la granja del vecino matan un cabrito y arrojan el mondongo al estercolero.

27.10.19

Pera



¡Con cuánto gozo cojo la alta pera conferencia! Son dos perales ya muy viejos que estorbaban para ampliar una pérgola, de modo que la hicimos más estrecha. Yo los podo con prudencia y, a tenor de la cosecha de este año, aún tienen que darnos frutos unos cuantos años más. Bien es cierto que la pera es jasca, seca, granulosa, perfecta para compota, a no ser que la metamos entre rubia paja, a que madure a oscuras. Para comerlas a mordiscos me gusta más la limonera, que aguanta bien los fríos pero deja de dar fruto cuando pasa la canícula.
Volviendo a fray Luis, cada vez que leo su versión del Beatus ille me paro en esa «alta pera». Por hipálage, la pera, y no la rama de la que cuelga, es la alta, más alta todavía con el adjetivo antepuesto, que subraya de algún modo su forma estilizada, el cuello recto y espigado, como de búcaro para una flor, y recoge, de paso, el otro significado de 'alta': honorable, prestigiosa, reverenda. La alta dama, la alta alcurnia, la alta gama. Y, sencilla y orgullosa, la alta pera.
Por eso no solo no talamos los perales sino que ya el año pasado plantamos alguno más. La pera es totémica; junto con algunas especies de calabaza, es la que más se parece a las esculturas prehistóricas. El arte llegó antes a la estilización que a la esfericidad, al gesto que a la perfección, a la sugerencia que a la idea. Si del resto de las frutas encuentro la realidad en sus imperfecciones, y en ellas su belleza, en la pera también veo un símbolo de naturaleza esbelta y al mismo tiempo intensamente terrenal. Su gravedad es fecunda, sostenida por un cuello delicado, como si de la Venus de Willendorf emergiera la de Milo.
Dentro de las de su especie (las camuesas, los nísperos o los membrillos) es la que más ha cundido en el acervo popular. La pera en dulce y en tabaque, el año de la pera, porque me sale de la pera, el niño pera, poner las peras a cuarto, o pedírselas al olmo, o partirlas, por no hablar de usos más descarnadamente sexuales, o, en fin, ser la pera o la repera, son expresiones que dan idea de la productividad del fruto en materia de sugerencia, en símbolo reconocible, mientras sus hojas se retuercen y encallecen en las alturas.

26.10.19

Jabalí


Anoche los perros armaron una escandalera muy poco habitual. Ladraban como descosidos, gañían incluso entre ladrido y ladrido, como lamentando que no pudieran saltar la valla. Después de llover es frecuente que aparezcan lámparas por los ribazos, de gente que sale a buscar caracoles, y los mastines no dejan de ladrar hasta que se apagan las luces y se largan sus generadores. 
Pero no eran caracoles. Esta mañana he esperado a que amaneciera para acercarme a la parte de la valla donde se desgañitaban. En la terraza de abajo, cruzando la acequia, había un corro de unos diez metros de diámetro de maíces aplastados. Lo más probable es que una cerda viniera con sus rayones y, como suelen, se revolcara por las cañas hasta que tronchó unas cuantas y las crías pudieron comerse las mazorcas en el suelo. 
Es un método inteligente de darle de comer a la familia, y lo malo no es que vuelvan esta noche y las siguientes, porque los perros, al ver que no salen del maizal, acabarían mirándolos callados, sino que pronto escuchemos disparos en mitad de la noche y un perdigón (o una bala) acabe enfriándose en la sangre que no debe. «Yo, cuando voy a las esperas, solo apunto a la cabeza», comentaba el otro día un albañil que estaba repellando las paredes del azud. Luego contó lo de los rayones, lo sabia que es la naturaleza y todo eso, y cuando acabó se hizo un silencio en el que cabían las palabras que no dijo sobre las crías, a las que supongo que sería más difícil acertar en la sien.
Al primer disparo que se escuche meteré a los mastines en el taller, a que duerman encima del serrín en tanto se consuma la matanza. Estoy convencido de que si en mitad de la refriega les abriera la verja, en vez de ir directos a por los rayones se tirarían como lobos al furtivo. Los mastines defienden, no atacan. El albañil del azud decía que hay «una plaga» de jabalíes que destrozan las cosechas, por más que el maíz sea un pariente del yermo, que sus dueños se ocupen de él de ciento a viento, casi siempre para regar a manta, si es que riegan, y que entre unos y otros hayan extinguido los huertos de buena parte de la vega. Por qué será que los cazadores siempre necesitan alguna excusa.

25.10.19

Membrillo


Por el camino del río quedaban algunos membrillos cuyas flores se libraron de las heladas de la primavera, seguramente porque eran más viejos o más tardíos y aún estaban por salir. Pero en casa, así como el año pasado llenábamos cestos a diario, este año no hay ninguno. Entonces hubo para dar y tomar y con una maca que tuvieran ya los dejábamos en los alcorques, y los extendimos en el lagar y el aroma perfumó la casa entera. Vimos uno el otro día, escondido entre la hojarasca, verde como una lima, duro y pequeño, que con las lluvias se ha escondido todavía más. 
Aún cogimos unos cuantos la otra tarde del camino, para ponerlos en las habitaciones y en las baldas de la biblioteca. Pero no es esa invasión de olor fresco y profundo, nada floral, nada pretencioso, que otros años nos permite aspirar a todas horas el otoño. El membrillo huele a casa limpia y habitada. No es un olor impuesto con ambientador sino el olor del lugar, el que van añadiendo las cosas y las personas, una mezcla de suave ácido y de tierra húmeda, un olor casi animal, sin notas acres ni dulzonas que repelan o empalaguen. Al contrario, persistimos en aspirar su olor porque sabemos que nunca va a saciarnos porque nunca es excesivo.
Cuando Zurbarán pinta su plato de membrillos, la fruta dura y carnosa, el cítrico recatado, el limón de pueblo, ha entrado en el mundo de los aromas exquisitos y reales: duros, fragantes y reales. El membrillo no tiene la frivolidad mediterránea de las naranjas o de los pomelos, en él no hay nada sofisticado ni fantasioso. La pruina no le deja brillar. Es tan real que a su dulce se le llama carne de membrilloFrente a la manzana pierde en sabor (duro, ácido, desagradable) pero guarda el secreto del aroma perfecto. Esto es lo que han visto cientos de bodegonistas después de Cotán y Zurbarán, que el membrillo es la belleza cotidiana, la sufrida e imperfecta belleza cotidiana. Huye de la esfericidad bruñida de lo sugerente porque atrae desde la sombra de las manos delicadas. Crudo no se puede comer, pero debidamente cocinado, con la paciencia dulce de los días nublados, es un manjar insuperable. Crudo es demasiado crudo, pero encierra la sencillez y la delicadeza de quienes han hecho ambrosía de los frutos ásperos; de quienes, después de olerlos, han sabido mirarlos.

24.10.19

Guindilla


La cocina se va llenando de color. Suele haber un bodegón de frutas y ahora hemos añadido una sarta de pebreras, verdes y rojas, colgando del tirador de la alacena. El verde es fresco y el rojo vivo, tanto que los vivos, los adornos de los bordes y de las costuras en los uniformes, suelen ser, por antonomasia, rojos, y el rojo, a su vez, color guindilla. Claro que la alegría va cambiando de tono y uno acaba dando la razón al gran Anastasio Pantaleón de la Ribera: «bermeja como un tomate / carmesí como un pimiento».
Con las verdes, en adobo, preparamos gildas o las usamos de acompañamiento de las fabas, y las rojas las dejamos que se sequen, y cuando la piel se quiebra con el tacto las desmenuzamos para echarles pizcas a los estofados. Pero antes de comérnoslas también han sido útiles. Plantamos un par de ellas en cada bancal del huerto y nos libran de mosquitos, algo parecido al efecto de la planta de tabaco, de hermosa flor. Es curioso que cada año, para hacerme con unos cuantos plantones de tabaco, tenga que burlar el estricto racionamiento del cultivo, pero la guindilla, que sirve para lo mismo (antes para ahuyentar bichos, después para alegrar un poco la existencia), se vende a granel en cualquier mercadillo y nadie pone ninguna pega.
La guindilla es la alegría de los pobres. No tiene remilgos de cultivo, produce en grandes cantidades y alegra la cocina. Si hay que hacer caso a Quevedo, lo que tampoco es del todo recomendable, el pimiento se instaló muy pronto en las tabernas, compañero comestible del tintorro, y pasó sin problemas al lenguaje escatológico antes que al poético elevado. No me extrañaría nada que lo de meter una guindilla por el culo fuera cosa suya. Y es una verdadera lástima no ver su forma delicada cuando cuelga de la sarta, ese mismo rojo efímero intensísimo, rozagante y libidinoso, como es el verde esmeralda del pimiento, con su punto también apasionado, y si no que se lo pregunten al «caballero de la verde espada» del que nos habla don Luis. Todas juntas, rojas y verdes, tienen un componente sexuado mucho más intenso que si fueran rosas y azules, los abalorios componen figuras excitantes, nunca se ponen lacias, lo más que les puede pasar es que se sequen sin perder la postura rampante, las ganas de vivir.

23.10.19

Lluvia, 2


«Llueve mansamente y sin parar», etc. Estaban los mastines tumbados debajo del cerezo y he bajado a preguntarles si querían ponerse a resguardo en el porche, porque, pese a ser la lluvia fina, lleva cayendo tiempo suficiente para que las hojas no dejen de gotear y empezaban a estar chopados; pero ellos me han mirado como si hubiera ido a estropearles una diversión, a aguarles la fiesta, de modo que los he dejado estar y me he vuelto a mi celda, a mirar cómo la lluvia ha detenido el viento y las hojas aceptan el agua con la inmovilidad de los perros cuando les acaricio detrás de las orejas. Al rumor múltiple de la lluvia —un sonar constante y apagado que salpican gotas más cercanas y agudas mientras otras más frecuentes caen de lleno en la hoja o golpean el suelo con persistenca de bordón, las guttas in saxa de que nos habla Lucrecio— se une el eco húmedo de los ladridos.
«Llueve sin ganas pero con una infinita paciencia», etc. Esta misma música escuchaba mi antepasado medieval, los molosos y lebreles de aquel entonces, que se callan cuando arrecia y de cuando en cuando una manta de agua cubre la mañana. La lluvia es eterna porque ahoga los sonidos del momento. Nadie pasa por el camino, ningún motor de explosión se apodera del piar de un jilguero que no ha debido de encontrar una rama que no gotee. Galán, de vez en cuando, saluda con su ronco ladrido a los otros perros que ladran por oleadas. Morena le acompaña con un ladrar más corto y agudo, de la cachorra que todavía es.
Llueve «como toda la vida», etc. La lluvia es infancia, la tragedia divertida de cruzar una calle. Incluso en la ciudad hay una hipnosis de la lluvia que detiene el momento y lo iguala con otros. Claro que aquí es excepcional, y esa sensación resultaría distinta con lo cotidiano. Por eso buscamos hábitos regulares, para que presente y pasado sean el mismo constante fluir, y estemos de pronto donde estuvimos siempre, pero necesitamos que en esos hábitos haya algo siempre de reencuentro. Aquí la lluvia es una costumbre despaciada, como sucede con los amigos de siempre. Nunca hay tiempo para cansarse de ellos y siempre es agradable volver a verlos. Son las buenas costumbres. Las malas, en este caso, serían que nunca dejase de llover.

22.10.19

Maíz


Hoy hemos hecho una miaja de fiesta y nos hemos ido a pasear por el río. Las primeras lluvias han sembrado los bancales de hojas amarillas, pocas, las más débiles, desperdigadas. Quedan días para que el camino sea una marabunta de hojarasca. Aún estamos, casi un mes después, en el primer otoño. Las sargas y los saúcos conservan el verde polvoriento del verano. A su lado, en el camino, los maizales no siguen un patrón parecido: o no fueron plantados a la vez, o no gozaron de los mismos riegos. Los hay ya trigueños, pajizos, hebras sueltas de hoja requemada, y los hay todavía verdes, algunos con corros de tallos encamados que parecen huellas de una nave extraterrestre pero que han sido el cuarto de juegos de los jabalíes. Y los hay que han comenzado a virar del verde al gris azulado, que es el momento en que me gustaría pintarlos, a la caída de la tarde, cuando todo es sombra en el camino.
Para proteger —dicen— los maizales de los jabalíes, los cazadores (como si los cazadores fueran los dueños del maíz) se apostan en lo alto de escaleras o se suben a los árboles para matar alguno y asustar a los demás. Lo de subirse a las escaleras lo dicen mucho porque llevan a gala disparar siempre hacia abajo, sin peligro —dicen— para vecinos ni paseantes. Pero de noche, sobre todo ahora que están granadas las mazorcas, se oyen disparos en el valle y los mastines ladran siempre en dirección a los maizales, no creo que por detectar la presencia de los jabalíes sino de sus cazadores.
No me gusta tanto maíz. Una vez plantó un mediero el huerto de panizo y mi padre tuvo que arrancar luego una por una las matas porque no dejaban de avasallar la tierra. La vega se ha llenado de bancales de maíz y de choperas marcialmente alineadas. Unos y otros exprimen la tierra, la colonizan. El panizo es más cómodo y barato, y en quince años no hay que preocuparse de los chopos más que para regarlos. También hay plantaciones de cerezos, de nogales y de manzanos escondidas entre los álamos catedralicios, algún campo de calabazas y huertos de jubilado. De regreso recogemos nueces del camino y de la acequia sin agua. Dan ganas de arramblar también con una panocha, pero nos abstenemos, no haya jabalíes en lo alto de una escalera.

21.10.19

Chopo


En la vega, orilla del río, se mezclan los chopos blancos con los álamos temblones. Aquí nadie los llama álamos. Todos son chopos, sobre todo si están en la ribera, porque, como dice Covarrubias, siempre tan sugerente, «las rayzes chupan la humedad del agua», lo que explicaría que por estas tierras no se diga tanto empaparse como choparse, a pesar de que ambas tengan el mismo antepasado. En italiano es pioppo y también procede de populus (femenino, nada que ver con pueblo), y ambos de la raíz *pap-/*pamp-, que significa 'hinchar' y ha dado términos como pápula, papilla o pámpano. 
Álamo es palabra nórdica, gótica, que aquí no se sobrepuso al latín. Por aquí no hay alamedas sino choperas, y no invitan a pensar en paseos melancólicos y ajardinados sino en corros de árboles cuando la vega se ensancha, y «monótonas hileras / de chopos invernales», como es, dice Machado, el «verso dulce y grave» de Gonzalo de Berceo. Son esos mismos álamos dorados que Machado, en el mismo poema, llama «chopos de río», porque sabe que los chopos se hacen álamos por la gracia poética. Machado mira los chopos a ras de río, y con sus versos los eleva hasta la luz del álamo. Los álamos temblones brillan con el sol, los chopos son la sombra del agua. En ellos «nada brilla», pero todo se refleja. 
Y a nadie se le ocurre llamar álamos a los chopos cabeceros, esos menhires de madera de cuyos anchos troncos bajos crecen vigas y varas tiernas. Sonaría cursi. Sus muñones y sus cicatrices, su aspecto de labrador cargado, de trabajador del campo, no admiten esdrújulos musicales sino el vocablo cortante, contundente y cercano. A los vascos les gustó por eso la palabra, que ya veo admitida en diccionarios oficiales y que entró en Bilbao de la mano del Chopo Iríbar y con el tiempo se escribió Txopo, cuando en vasco un chopo es un makal, y, si es un álamo temblón, un burzuntz.
Así son, pues, los álamos del río. Desde casa los distingo por edades: los más viejos y frondosos han empezado a cambiar de color, los más jóvenes son altas velas que se menean con la cadencia con que los costaleros bailan a sus imágenes. Son chupones del árbol viejo, tienen el tronco delgado y las hojas cabrillean, arriba, los haces verdes, los enveses blancos.

20.10.19

Entretiempo


El fresco bendito se ha instalado entre nosotros. Las mañanas no pasan de dos o tres grados y en la fuerza del calor hoy no llegaremos a los quince. Cerramos las ventanas por la noche, nos cubrimos con una manta fina cuando nos sentamos a leer y una chaqueta de punto cuando salimos al jardín. Los perros están encantados, como si hubieran perdido peso. Por las mañanas, después de la guardia nocturna, amanecen tumbadazos debajo del cerezo, se les ha ido la torrija anticiclónica, juegan entre ellos para desperezarse y no tienen ese andar cansino y cabizbajo con el que iban visitando sombras, a ver cuál era menos ardiente.
Tal es así que, como estamos en preludio de temporal (en el pueblo dicen que es una mentira para que siembren los labradores), no ha de pasar de hoy que encendamos la chimenea, y con la hipnosis del fuego vendrá la entrada en el frío. Casi estamos deseando que la casa se destemple para regresar al mundo del sosiego. El calor tiende a la excepcionalidad, por el mucho trajín o la insólita pereza, pero el frío vuelve a poner los muebles en su sitio. Por mucho que viento las menee, la intensidad del sol sobre las hojas es de una limpieza impoluta, ahora que acaba de asomar, sin las manchas de brillo que le saldrán cuando suba, si es que el cielo se despeja, porque los nubarrones avanzan como tomados de hollín, pero el sol no ha subido aún lo suficiente y dora las copas de los álamos y tiñe de rosa la panza de las nubes con rayos horizontales y tenues. Tiene que ser este el rosicler del conde de Niebla, «rosas la alba y rosicler el día», es decir el rosa pálido después de amanecer, a punto de sembrar el campo de espejuelos, o de desvanecerse en el oscuro humo de las nubes.
El viento dobla las ramas altas, hay un rumor de fronda que sube y baja según la intensidad de la ráfaga, pero todavía están las hojas fuertes para resistir el vendaval, que tampoco es muy recio. Es un grado más del simple hacer corriente, no lo suficiente para desnudar los árboles pero sí para que tengamos cerradas las ventanas, no tanto para sujetarse el sombrero al caminar entre los manzanos como para llevar las manos en los bolsillos. Un viento, digamos, reflexivo, con el que se puede convivir.
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