27.5.17

Réquiem por Ojanguren


Hace no demasiado tiempo, en Salamanca, fui a la librería Cervantes a buscar textos griegos y latinos, como hacía cuando estudiante, y di los mismos pasos que daba entonces: entré, saludé y bajé al sótano, donde siempre estaban, deliciosamente amontonadas, ediciones de Budé, de Teubner o de Oxford. Al bajar las escaleras me desconcertó un poco no ver a nadie y que los libros siguieran amontonados, pero ya no deliciosamente, hasta que una empleada de la librería me dio un pequeño susto por detrás. “Qué hace usted aquí”, me dijo, con cierto nivel de alarma. Yo fui a explicarle pero ella me cortó: “Esto es el almacén. Salga, por favor.” Pedí excusas (una librería es el sitio donde mejor se goza de la cortesía, aunque te estén echando) y subí al piso de arriba. La sección de clásicos se había reducido a una estantería pequeña, y de los títulos que yo compraba entonces ya solo quedaba uno, una edición bilingüe de Aristófanes, Las asambleístas, editada por Bosch. Salí de allí un poco mohíno, con la sensación de que la vida moderna también había enterrado una parte importante de mi juventud. Ahora, desde hace años, soy yo mismo quien no se menea del asiento para comprar un libro y prefiere teclear en la inabarcable Iberlibro, sobre todo los clásicos, que están a mejor precio y son ediciones antiguas, pero entonces sentí como si hubiesen desmantelado algún hermoso edificio en el que fui feliz: la biblioteca de San Esteban, la de Anaya o, por qué no, el bar Paniagua.
Entonces era muy joven y en las ciudades que visitaba iba directo a su mejor librería, no por más grande sino por más interesante. En Gijón, que visité bastante durante algunos años, iba directo a la librería Paraíso; en Granada, a la librería Praga; en Valencia, a la librería París, y en Madrid he ido cambiando de parroquia: la Antonio Machado mientras viví por Chueca, la Méndez al principio de vivir en las Vistillas; la Áurea, en Cuatro Caminos, cuando quería huir del presente…
Y las muchas veces que he ido a Oviedo, y que espero seguir yendo, solo me sentía ya plantado en la ciudad cuando entraba en la librería Ojanguren, que está dando sus últimas boqueadas. Pasaba una hora larga repasando sus secciones de literatura o de historia, y aprovechaba para, además de alguna que otra novedad, llevarme un tomo venerable, uno de esos títulos que son como sillares del edificio antiguo en el que nos hemos hecho ciudadanos. Allí compré, hace muchos años, La rama dorada
Con el óbito de Ojanguren no lamentamos tanto la pérdida de las librerías como de cierta clase de ellas, y no por culpa de la tecnología, porque estaba perfectamente integrada en las redes del mundo digital. Lo que reunía Ojanguren, física o virtualmente, ahora está desperdigado. Las novedades de ficción pueden estar en cualquier parte, pero los estudios descatalogados hace años que viven su segunda vida en internet. Los temas asturianos ya vienen envueltos en papel turístico, y lo que no es novedad desaparece. Ojanguren era una librería de humanidades, la clásica librería de ciudad pequeña con universidad, en el casco viejo, donde van los estudiantes con sus bufandas raídas a buscar los textos esenciales. Después de escuchar en las aulas a Emilio Alarcos o Gustavo Bueno, se metían en Ojanguren y veían un canon eterno de libros imprescindibles. 
Eso, el ser un tentáculo de la universidad metido en el casco antiguo, y el olor de los libros, es lo que se está perdiendo, porque las librerías que solo tienen novedades ya huelen a cloro, no tienen esa mezcla sutil de papeles con distinto grado de humedad y en distintos tonos de ocre, la librería como un bosque de árboles nuevos y viejos, el aroma de la madera recién cepillada o cubierta de barnices centenarios. El de Ojanguren era lo más parecido al aroma de las librerías inglesas e irlandesas, en las que el olor a húmedo era a los libros lo que el moho a los grandes quesos.
Supongo que estos días en la prensa local se ensayarán trenos al mundo que se acaba, al significado de la librería Ojanguren, su historia, su contribución al orgullo asturiano, etc. Lo que se acaba son las humanidades, la capacidad de reunir en una misma librería, física o virtual, lo que necesita un ciudadano culto. Lo que se acaba es que un muchacho ebrio de Nietzsche o de Dostoievski pueda ir a una librería y hartarse de libros que en su tiempo emocionaron a estudiantes como él. Nos da vergüenza el amarillo, todo lo que tiene más de un año ya es libro de lance, y también su contenido, el hecho de que al ir a comprar un regalo pases junto a Menéndez Pidal o T. S. Eliot, cuyo The waste land, traducida al asturiano por Alfonso Velázquez, La tierra ermo, compré precisamente allí.
La historia es ver cosas terminarse. Quedan buenas librerías en Oviedo, pero no ofrecen más de lo que ofrece la red. El plus era el sillar, el templo, el entusiasmo libresco que se respiraba, los libros de tu vida. Su condición eclesial, de libros y devotos, garantizaba un panteón de héroes de biblioteca, un aroma estable a pesar del tiempo, o gracias a él.
Es un poco ridículo quejarse sin más de que se acaban las librerías. Es como escribir el artículo de la castañera, que decía Umbral. Lo que se acaba es el valor de las humanidades y con él un tipo de establecimiento, una forma de ver la vida que ya no sustituimos por otra similar. Los clientes de Ojanguren ya solo encontrarán el tipo de libro que les gusta en la red, allí estarán las páginas, las palabras, pero no el olor ni el rato en la terraza de enfrente bajo un cielo encapotado. Se pierden nociones de placer, y lo peor de todo, de lo que sí me quejo, es que sus sustitutos no son mejores. Los estudiantes que ya no van a esas librerías tienen unos fallos de fundamento lamentables, lagunas que ya nunca se rellenan. Las librerías que he visto en los campus, sus sustitutos naturales, se diferencian poco de una copistería. Yo aprendí tanto en la facultad como en la biblioteca o en aquella librería Cervantes, olisqueando textos carísimos, sentado en un escalón hasta que apareciera un dependiente y, con bastante más cordialidad y educación que aquella última vez, me insinuara que ya valía de sobar los libros.

9.5.17

Slow South



El otro día pincharon en Radio 3 una pieza de slow core (también llamado sad core) que en un principio me había parecido el Ten cuidado con el hacha, Eugenio, uno de los temas de Pink Floyd que con más placer escuchaba yo en la adolescencia. No me quedé con el nombre de la banda, pero al llegar a casa y hurgar un poco enseguida me apareció un disco de Cat Power, You are free, y tuve la sensación de haber escogido la música perfecta para leer Reloj sin manecillas. Era esa misma desolación sin aspavientos, la misma ingenuidad malherida, frágil y oscura. Solo al terminar la novela me he enterado de que las dos, Cat Power y Carson McCullers, son del estado norteamericano de Georgia. 
Reloj sin manecillas es de 1961 y es su última novela. McCullers tenía 44 y le quedaban de vida poco más de cinco años. Habría que mirarlo, pero estremece pensar que escribiera, con esa, digamos, ternura desahuciada, un libro enteramente dedicado a la muerte, al acontecimiento de estar muriéndose. De hecho, uno de los aspectos más discutibles de la novela es el papel de Malone, la narración de su último año de vida, desde que le diagnostican leucemia (exceso de glóbulos blancos) hasta que muere atendido por su esposa. Recordaba un poco al Stoner de John Williams, con pecado incluido, pero el desvalimiento de este personaje es el del protagonista de El corazón es un cazador solitario, que ya vitoreamos aquí. En este caso es el drama de la cuenta atrás para quien es muy poca cosa, tan poca cosa que ni siquiera participa de los delirios sudistas que emponzoñan las otras vidas, las de los que no mueren, al menos de muerte natural. Por eso Malone circula un poco por fuera de la historia, como un añadido triste que toca la matraca. 
Más encarnadura de protagonista tienen el viejo juez Clane, muy Faulkner, que todavía sueña con que les devuelvan el dinero de la Guerra de Secesión ochenta y tantos años después, racista convencido y al cargo de un nieto por quien siente toda la pena que le provocó el suicidio de su propio hijo. O ese mismo nieto, Jasper, otra generación de blancos que ya no cree en la segregación racial, pero a quien los efectos de esa misma segregación impiden cruzar la barrera que le separa de su amigo negro. O incluso, sobre todo, Sherman, el Rasputín de la novela, algo así como un Smerdiakov, el epiléptico de Los hermanos Karamazov, en versión sureña. Los tres conviven entre güisquis y calores, ese aspecto aplastado de los personajes del Sur, siempre con el traje de lino arrugado y el sudor saliéndoseles por el cuello de la camisa. Los tres están tatuados por el conflicto racial, tan visceral y tan profundo que ni siquiera es permeable a la buena voluntad. Sherman está tan justificadamente resentido que no puede aceptar el afecto de Jasper. El viejo Clane consuma su vejez tan empotrado en un pasado idílico de campos blancos de algodón llenos de esclavos que no es capaz de reconocer su afecto un tanto irracional, teñido de viejas culpas, por el negro Sherman, que lo torea como le da la gana. Y Jasper no puede ni dejar de odiar a su abuelo ni dejar de amar a Sherman. Entre ellos, por fuera de sus dramas, paseando su desdicha por la acera, vemos, cada vez más flaco, al pobre Malone.
Son relaciones, como siempre en McCullers, un poco raras, pero eficaces para desnudar la raíz del odio. El juez se escandaliza imaginando una escuela con blancos y negros mezclados, añora los viejos tiempos del KKK y no le parece mal que “doce hombres justos” condenen a muerte de vez en cuando a algún negro inocente. Por eso es raro el sometimiento del juez a su criado Sherman, que por otra parte es un negro de vasta cultura. Pero también es rara la atracción que Jasper siente hacia Sherman, más bien su exagerada transigencia, despiadado con el abuelo, partidario del fin de la segregación, aviador como un personaje William Faulkner, desde donde ve el mundo más ordenado y entiende que la justicia está por encima de las buenas razones. Y raro es, en fin, Sherman, a veces un mentiroso de cuento, a veces un pobre cantamañanas, a veces un héroe atormentado. Es como el enano aquel de la Balada del café triste, una especie de gnomo desesperado.
Este mundo atractivo y extraño campea en la primera parte de la novela y recuerda el tono de El corazón…, pero pronto McCullers empieza a trazar las líneas de un final redondo, y había soltado tantos cabos no narrativos, tantos matices, tantos mundos íntimos en los que bucear, que el poderoso final nos parece más un ejemplo de destreza, pero las escenas llenas de miradas que nos interesaban tanto han dejado paso a la irrefrenable acción dramática. En esas últimas cien páginas están los veinte años que mediaron entre una y otra novela. En aquella latía detrás de los dramas cierta esperanza. En esta es posible que lo único no desolador sea el final del muchacho blanco, su persistencia en no arrastrar las heridas de los otros, y los últimos momentos de Malone, cuando, con esa naturalidad desangelada que McCullers siempre borda, da la impresión de que al final las piezas se ponen en su sitio y uno se va al otro barrio medio contento.
En todo caso, y aparte de una novela diestramente construida, lo que nos queda de McCullers es ese lamento cansado, el susurro de quien vaga solo en la canícula, harto de vísceras recalentadas, pero también desdeñoso con aquello que le duele. Los grandes escritores del sur nos miran con los ojos inyectados y la media sonrisa burlona de quien ya está acostumbrado a pasear por el infierno, que lo lleva dentro, en la sangre, en la historia y en el alcohol. Y los músicos, por lo visto, también.

Carson McCullers, Reloj sin manecillas, Alianza, 2017, 297 pp.

2.5.17

El guante de Mercuccio


Imitar no es lo mismo que emular. Si se hubiera tratado de imitar a Shakespeare, a McEwan le habría bastado con el esquemático argumento: una mujer embarazada se lía con su cuñado y ambos planean asesinar al marido (y hermano). Ahí se quedaría un simple homenaje, que es la coartada de los copiones, porque Hamlet quiere vengar la muerte de su padre fantasmal y todo eso. Veríamos las coincidencias (Gertrudis/Trudy; Claudio/Claude, etc.), alabaríamos los detalles que despistan convenientemente al lector para que el más lógico final parezca sorprendente y bien traído, o incluso ponderaríamos la elegancia de las pruebas definitivas (ese nido de arañas en el dedo de un guante). Claro que, si solo la juzgásemos como una novela de intriga, nos sobrarían los excursos del narrador, y echaríamos de menos que todo fuera chicha y cuerpo presente. La novela quedaría en una trama hábilmente urdida, algo enteca pero interesante. La pondríamos en la estantería de novelas de crímenes con mensaje, junto a los beneméritos carvalhos, o con humor negro. Los adúlteros de McEwan son una mujer un tanto chav y su cuñado imbécil, gente estragada por el alcohol, la avaricia y el sexo, y el muerto, el Rey, John Carincross (John Túmulo), un pobre poeta del que ya no se espera casi nada, tan solo que se muera y le deje una casa en ruinas, pero muy cara, a su desalmada esposa.
Hasta ahí la imitación. Pero la emulación es otra cosa. En la emulación las coincidencias no son más que un punto de partida. Luego viene el tratamiento. Virgilio emuló a Homero porque contó lo mismo que él pero llevó lo narrado hasta su misma altura poética, si no más lejos. Y ahí es donde McEwan escoge sus herramientas, toma sus decisiones y asume sus riesgos.
El primero es el punto de vista. Como “el realismo no es un factor restrictivo”, todo lo cuenta el feto, metido en su cáscara de nuez (la catedral gótica de un microorganismo, el mundo entero allí metido) a través de su madre, de lo que dice, de lo que siente, de lo que piensa, y sobre todo de lo mucho que bebe, en su estado. “Soy un órgano de su cuerpo no desconectado de sus pensamientos”. Una madre despreciable, con esa serenidad en la mirada de quien ya ha pasado todos los límites de lo inmoral y se encuentra cómodamente instalada en la decisión de matar al padre y de no preocuparse del hijo. El feto escucha los podcasts con que su madre ha sustituido a la lectura, imagina lo que tiene cerca, siente la sal de los arenques y el alcohol de la ginebra, escucha la visita de su futuro tío. Es un ser todavía ciego, pero no tanto como para no entender el mundo (“para distraerme envío mis pensamientos a espiarles”); porque, junto a la mala sangre etílica de su madre, al feto le llega, infundido por su padre, todo un tratado de escansión poética, y un modo de hablar que es para mí la gran herramienta de esta novela, la verdadera emulación del gigantesco Shakespeare: la voz del feto.
Shakespeare es, más que un poeta, un creador de poetas, como luego lo sería Keats. Más que al Hamlet voluntariamente atontado, concernido a desgana, este feto me recuerda al Mercuccio de Romeo y Julieta, esa explosión de poesía brillante y nebulosa de la reina Mab, una altura de vigor, imaginación y gracia, como son, en general, los solos de Shakespeare, pero bendecida por una inocencia primaria en el carácter musical de la poesía. Como Mercuccio, el padre del feto, John, es un poeta demasiado puro para los colmillos de este mundo, su verbo flota y asciende como una pompa de jabón irisada que al llegar más alto explota y se disuelve entre la brisa. Lo lleva con resignación, porque sabe, con Shakespeare, que la poesía “si no brota al instante es que no va a brotar”, porque “en la facilidad hay una gracia especial”. Salvo cuando, como toca, se le aparezca al feto el cadáver del poeta, el padre es una especie en extinción, un poeta cuya pompa ya ha ascendido demasiado, y quizá por eso, antes de pasar a mejor vida, saca sus más hermosas irisaciones, en fragmentos que de no ser tan brillantes, tan poéticos, nos parecerían prolijos, como prolija y estructuralmente poco pertinente es la canción de la reina Mab. Eso sí: a ver quién la quita, si es lo que al final más vamos a recordar.
De modo que el cacareado tour de force de las solapas no consiste en que el narrador sea el nonato, ni siquiera en limitarse al mundo de conjeturas rosa claro que se intuye desde dentro de la placenta, sino el hecho de recoger el guante de Shakespeare, no escudarse en la parodia ni en el humor para no exprimir la propia capacidad de imaginería verbal, espléndida con frecuencia, en los descansos de una historieta desconsoladora y divertida, lo primero porque los personajes son dos entes putrefactos nada insólitos, y lo segundo porque, marca de la casa, la prosa, aun tan barroca en ocasiones, aun tan poderosamente poética, o quizá por ello, corre como la seda. La emulación consistía en desafiar en duelo de espadas refulgentes a Mercuccio, y no hacer el ridículo. Lo demás es ingeniería, pero las metáforas proceden de un caldo amniótico del que somos solo en parte responsables. La crueldad desaprensiva de la madre y la delicadeza inane del padre se han concentrado en un feto al que no le hace falta pensar que es un feto para funcionar muy bien como narrador, que nada entre el sarcasmo y el fulgor, entre la curiosidad y el miedo, mecido por los lingotazos de su madre, acunado por el cadáver de su padre. Si había que emular a Shakespeare, el humor negro también debía ser de primera calidad, porque al final es el sitio donde quedarán las huellas.

Ian McEwan, Cáscara de nuez, Anagrama, 2017, 217 pp.

7.2.17

Solapas embusteras


Errata naturae es una editorial muy cuidada que tiene la mala costumbre de mentir en las solapas. Ya lo dijimos a propósito de Musketaquid, de Henry Thoreau, y ahora ha ido un poco más allá con el librillo de Franz Overbeck sobre Friedrich Nietzsche. Si uno lee el texto de contraportada, imaginará una obra llena de momentos cotidianos, detalles mínimos, anécdotas jugosas, más allá de la interpretación filosófica o de la pompa obituaria. De hecho, esa contraportada pone como ejemplo del contenido el momento en que Overbeck se lo encontró en Turín, “donde lo encontró agitando unos folios entre risas y bramidos salvajes, bailando y rodando por el suelo”. El fragmento (eliminado de la versión definitiva por el editor Bernoulli, igual que las invectivas contra la hermana de Nietzsche) dice que “en un cumulo de risas y bramidos salvajes, Nietzsche bailaba y rodaba por el suelo ejecutando una serie de actos cuya completa descripción prefería ahorrarle a Köselitz”… y a los lectores, porque la retórica pazguata de Overbeck no entra nunca en detalles, antes bien se va meciendo en un tono abstracto que podría servir de jaculatoria o de introducción a un libro más consistente, pero nada de lo que avisa la editorial. 
La solapa está cortapegada del prólogo, donde se nos informa de las debilidades editoriales de la obra. “El presente volumen nace de la selección y la traducción al castellano de una serie de fragmentos extraídos de los escritos póstumos de Franz Overbeck cuya temática exclusiva es la figura de Friedrich Nietzsche”, se puede leer en el prólogo, no en la solapa, que es donde debería estar, porque todavía resulta más raro en un alemán de educación británica el aspecto deslavazado del ensayo entero, su escasa fuerza, su prolijidad innecesaria, su estructura de membra disiecta, como de apuntes para escribir algo más contundente. Su correspondencia con Nietzsche y sus muchas anotaciones sobre él, que no están en castellano pero sí abundantemente utilizadas en la obra de Janz, son bastante más interesantes que esta obrita que no pasa de ser una muestra, quizás a pesar de su autor, de cómo en virtud de una creencia se puede arrogar uno la amistad de un gran hombre subrayando sus pecados.
“Su amistad ha sido demasiado importante para mí como para sentir el deseo de contaminarla con exaltaciones póstumas”, dice casi al final, y es un poco raro, porque el libro entero es una exaltación de la genialidad de Nietzsche donde solo se habla de sus errores. Repetitivo y untuoso, reconoce en Nietzsche el titánico dominio de sí mismo (al tiempo que insiste en que no tenía nada de polaco, sino que “no era otra cosa que un alemán”) pero en todo lo demás la verdad es que lo pone como un trapo: su “simulación del refinamiento”, en la que el gran amigo Overbeck no sabe ver más que afectación contradictoria, de un hombre que “nunca creyó en sí mismo” sino que tuvo el optimismo de los desesperados. Incluso da la sensación de estar un poco celoso y resentido con otros amigos que significaron más que él para Nietzsche pero pronto lo abandonaron, a pesar de haber mantenido después con alguno de ellos una larga amistad, como si Overbeck lo hubiera visto siquiera en los diez últimos años de su vida.
Por lo demás, el libro es una interpretación más bien superficial de su locura y de ciertos rasgos de su carácter. Overbeck piensa que Nietzsche se volvió loco a sí mismo, con desprecio del riesgo que corría, como cuando “evocaba con cierta frivolidad indolente la imagen emotiva de la locura de su padre”, y fecha el origen del trastorno final en su ruptura con Wagner, y la causa: sus diferentes criterios en torno a los judíos, algo que Overbeck tampoco deja claro porque, después de aportar datos sobre el desprecio que sentía Nietzsche hacia los antisemitas, sentencia que “la raíz de su anticristianismo es su antisemitismo”, quizá porque “repudió todo tipo de fanatismos”. 
Uno tiende a pensar que Overbeck no le perdona haberse vuelto loco, entre otras cosas porque de esa locura previsible procede “su mayor error conceptual”, el mito del eterno retorno, y su incapacidad para entender el cristianismo, que al final de la lectura es el poso que queda, el de un intelectual mojigato, profesor de teología, que siente demasiado pudor a llamar a las cosas por su nombre. Cuando lo hace, cuando se suelta el pelo llamando mujerzuela a la hermana de Nietzsche o aborda (tan de puntillas que levita) el tema de la homosexualidad de Nietzsche, el editor acaba expurgando esas menciones del texto principal. 
La solapa dice así:

Franz Overbeck fue el amigo más fiel y constante de Nietzsche. Quizá su único amigo [falso]. Desde los años centellenates de la juventud en que ambos compartieron casa e infinitas búsquedas [de lo que no se dice en el libro una palabra] hasta el momento en que, décadas después, el filósofo fue doblegado por la locura en las calles de Turín [mención implícita al episodio del caballo, del que aquí no se dice nada, tan solo que “en la calle trataba de golpear a los perros o a las personas que aparecían de repente”, que no es para en cámara]: allí fue a buscarlo Overbeck, a su vieja habitación de hotel, donde lo encontró agitando unos folios entre risas y bramidos salvajes, bailando y rodando por el suelo [todo lo cual es mencionado, que no relatado, en un par de páginas por Overbeck, y de las calles solo dice lo de los perros y que dio algún paseo con él].

En este libro, que relata algunos de los episodios más reveladores de la vida de Nietzshe [concretamente uno, el de su locura], Overbeck no pretende ofrecer un análisis filosófico de su obra [no intenta otra cosa, aunque no pase del juicio superficial], sino mostrar a Nietzsche en tanto que hombre: un hombre en minúscula, un pensador colosal de vida insignificante, capaz de alojar, como todos los hombres, miedos y gestos vanos, o ser caprichoso, o verse incapaz de sobrevvir a una velada en compañía de mujeres bellas o atrevidas o ambas cosas a la vez [de todo lo cual, en el libro, no se dice absolutamente nada, es decir, no se cuenta nada, no aparece lo que se invita a pensar que hay, y mucho menos de lo de las mujeres —sacado de Janz—, que ni siquiera se menciona; solo se habla de su hermana, muy mal, pero no de aquel célebre y sobrevalorado episodio de cuando era un jovenzano]. Así descubrimos que la soledad de Nietzsche es la de cualquier hombre; que su anhelo de grandeza el el de todo talento ególatra, torpe hasta la ternura en el manejo de uno mismo [ni un solo ejemplo de lo anterior]; y que su deseo de una vida auténticamente filosófica es una maquinaria que se atasca en las largas jornadas de este animal violento y maravilloso [jamás así calificado por Overbeck] ¿Pero quién podría adentrarse de verdad en los dominios del lobo y compartir su hambre, rebañar sus huesos, ignorar su furia? Overbeck lo hizo [supone el editor], y gracias a su testimonio, traducido ahora al castellano, también nosotros descubrimos al hombre que dijo ser dinamita pero que nunca dejó de ser un hombre [juicio tópico del que no se dice nada, además de una invitación a descubrir al hombre: sí, a Overbeck, a una pieza importantísima en la vida de Nietzsche, sobre todo porque se ocupó de salvaguardar sus manuscritos y de poner freno a los desmanes de su hermana; un amigo perrunamente fiel hasta el estallido de la locura, hasta que lo encontró hundido: “Tuve la impresión de estar ante un animal moribundo y noble que se refugia en un rincón a espera la muerte”. Es la mejor frase de todo el libro].

Franz Overbeck, La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche, Errata Naturae, 2016 (=1906), 125 páginas


28.1.17

La edad de no ser nadie


La lectura, hace relativamente poco tiempo, de Francamente, Frank, y una bloguería de Marcelo, aparte de un ambiente propicio para las novelas largas, me animaron a leer Acción de Gracias, la tercera de la tetralogía Bascome de Richard Ford. De El periodista deportivo tengo buen recuerdo porque hacía que la propia vida, contada en esos mismos términos, tuviera un relato interesante: un americano medio, desengañado, ácido y culto, capaz de encontrarles a las situaciones normales su lado más patético sin usar jamás la brocha gorda. Era, recuerdo, el escepticismo mostrado con sarcasmo inteligente y tibio, un modo de encarar el mundo alrededor, incluido el que podía vivir quien lo leyese. Sin embargo el recuerdo de El Día de la Independencia no es tan estimulante. Creo que me cansé de verlo vender casas, aunque merecería una segunda lectura porque ahora, como el propio Bascome, estoy interesado por cosas que antes me dejaban frío.
Pero la edad anima a buscarle algún sentido a todo esto. En Acción de Gracias Bascome ya tiene 55, está en lo que él llama el Período Permanente, cuando cualquier variación de lo definitivo ya tiende a empeorarlo. Los cincuenta son, al menos narrativamente, más interesantes que los cuarenta, cuando se supone que aún se puede perfeccionar, al menos en madurez, en dominio de uno mismo. A los cincuenta, cualquier excepción a ese dominio es una vergüenza o una enfermedad. 
            Bascome tiene cáncer de próstata, está muy bien tratado en la clínica Mayo. Su segunda mujer, Sally, se ha largado con su anterior marido, al que creía muerto. La última, Ann, intenta acercarse compasivamente a él pero retira la mano antes de tocar el fuego (la venganza de Ford en Francamente, Frank es magnífica). Su hija Clarissa acaba de dejar una relación homosexual y está liada con un verraco. Su hijo Paul es gilipollas, un casi treintañero de diez años incapaz de procesar la importancia de las cosas, histriónico y desesperante, sin un pase. Aunque quizá el que más aparezca, y con más afecto, sea el hijo de nueve años que murió en El periodista deportivo y desencadenó su divorcio de Ann. 
        Mucho más que a todos ellos ve a Mike, su socio  en el arte de vender casas por la costa de New Jersey, en barrios donde cualquiera que se pasea por allí ha tenido acceso a una hipoteca de un millón de dólares o trabaja para ellos, un asioamericano que aspira a quedarse con el negocio, practicar el budismo, ganar mucha pasta y tirarse a cuantas más mejor. O al viejo Wade (ya Marcelo nos recordaba su aparición en El periodista deportivo), con quien asiste a una demolición controlada en, quizá, el mejor pasaje de la novela. O a una camarera neurótica de un bar de lesbianas de polígono, en el pasaje algo forzado de la ventanilla del coche. Todos personajes episódicos, por más que sus familiares (o su socio) entren y salgan de la narración. Frank Bascome está esencialmente solo, y la enfermedad lo he enternecido lo suficiente como para organizar un Día de Acción de Gracias en el que todo el mundo tenga la obligación de ser afectuoso con él. 
Frank ve venir la muerte, la entiende, la hace verosímil, hay una clínica Mayo que se lo demuestra con todo lujo de atenciones, aunque puede venir de cualquier modo, con cualquier error. Puede venir, por ejemplo, del error de creer que aún hay algo que queda en pie, algo tan romántico y pasado de rosca como llamarle la atención a un gamberro quinceañero. Eso también es muy cincuenta, creer que tu autoridad moral puede suplir tus ya evidentes mermas físicas. Uno se convierte en un señor, un ciudadano cada vez más frágil pero vestido de señor. Puede acabar peleándose con un borracho en un tugurio (en un arranque que choca con la actitud siempre reflexiva, previsora —aunque se equivoque— de Frank Bascome), o pelado de frío dentro de un coche, pero camina por un territorio para el que ya no le quedan fuerzas. 
Al personaje le van sucediendo cosas, y esas cosas apenas determinan el desarrollo de las posteriores. Están pintadas con el mismo tono gris metálico, pero son partes, en general, autónomas. Están hiladas en torno a un tiempo limitado, siguen en presente el transcurso del día. “Los momentos decisivos de la vida vienen a nosotros de manera enteramente caprichosa”, y la sorpresa de lo que podría haber salido mejor (o todavía peor), pero nunca como uno quisiera, es la fuerza que mueve la corriente del relato.
Richar Ford lleva la etiqueta de realismo exhaustivo. Y tanto. El personaje baja de un coche, pone un pie en el asfalto y, antes de que ponga el otro, el narrador nos ofrece un minucioso inventario de los establecimientos que hay en esa parte de la calle. Es un decir. Con frecuencia es llamativo el perfume a exactitud, como si Ford estuviera siempre tomando notas en el lugar donde suceden los hechos, tomándose su tiempo para averiguar lo que un vendedor de casas sabría después de mucho tiempo trabajando en la misma zona. Y sí, suena a exhaustivo, pero es agradable porque mantiene el lado panorámico de la novela. La prosa suena a reescritura permanente, con datos de ambiente de todos los colores, de un realismo pericial, reticular.
El realismo, en cambio, está más presente en los temas que en los hechos, aunque, tratándose de Estados Unidos, la extravagancia de los hechos suele ser del más crudo realismo. Pero sí: la familia descompuesta, casi imposible de zurcir (ni aunque creas que te estás muriendo), llena de víctimas de sus propios sueños, cerebros estragados por la fantasía de sí mismos. A Frank, aunque ya está demasiado acostumbrado a la soledad, le gustaría darle a la noche del pavo un sentido de recomposición, de presentación de bienes duraderos, pero todo es escurridizo y las piezas no podrían encajar aunque quisiesen.
Así que uno viaja en el Suburban de Bascome (con la ventanilla rota) y va viendo ejemplos de descomposición social, de locura colectiva, de pérdida de más referencia que la de uno mismo y el brillo de sus zapatos. Hasta que, después de tanta gente más bien rara, pero verosímil, irrumpe lo excepcional, lamentablemente también verosímil. Uno no debería preocuparse tanto por la salud en un país en el que un mocoso puede ir asaltando casas con una metralleta. Caminan bajo los tiestos en medio del ventarrón. Ocurre, y es un tema real y preocupante, pero es excepcional, contingente, que decía Ferlosio, no panorámico.
¿Es eso un defecto? Nada más terminar pienso que habría sido mejor la novela sin un final dramático y redondeador, más coherente quizá sin que a última hora no hubiera venido ese rayo de sol con la reaparición de Sally. No sé si guarda esa reaparición las proporciones con la ingente cantidad de detalles que puebla la novela, un días después que pone demasiadas cosas en su sitio. Las cosas no estaban en su sitio. Las cosas no tenían sitio. Pero debe de ser también muy cincuenta buscarle un sentido a lo inamovible, cambiar de residencia y volver a empezar aunque sea poco tiempo. En algún lugar Bascome dice que toda la novela norteamericana se sustenta en el hecho de que un personaje se cansa de vivir en una ciudad y se marcha a otra. En ese, y en unos cuantos otros sentidos más, no sé si será una genuina gran novela americana, pero sí, desde luego, una novela dispuesta a agotar las posibilidades de interpretación de un sentimiento, de una forma muy concreta de estar dentro de la vida. 
Richard Ford, Acción de Gracias, Anagrama, 2008, 731 páginas.

9.1.17

Cuestiones ferlosianas


Dice el maestro: “todo es aburrimiento y vergüenza”, pero lo dice sin los habituales determinantes con que lo diríamos: todo es un aburrimiento y una vergüenza. Con sendos artículos indeterminados marcamos el punto de vista, porque la frase solo puede ser entonces un juicio del que la pronuncia dirigido al mundo en torno y ya no es necesario agregar un pleonástico para mí que queda más que sobreentendido. Pero si decimos todo es aburrimiento y vergüenza, sin la indeterminación valorativa del un/una, no está claro que no atribuyamos tan decepcionantes estados de ánimo a los demás y no a uno mismo. Si decimos todo es desolación incluimos a los otros como sujetos desolados, pero también a nosotros mismos, del mismo modo que aquí el sentido podría ser el de ‘todo el mundo se aburre y todo el mundo siente vergüenza, hasta yo’, y no solo ‘todo (lo que hace todo el mundo) me parece un aburrimiento y una vergüenza’. 
Así decimos que todo es vanidad pero no no que *todo es una vanidad, puesto que nos reconocemos incluidos en ella, pero nos parece más natural decir todo es una mierda en vez de *todo es mierda, justo por lo contrario. Es posible (de hecho no me extrañaría nada) que Ferlosio haya echado mano, al final de la entrevista, del matiz épico y solemne de ciertas elipsis de determinantes. Todo es confusión nos parece más elevado que todo es una confusión; todo es horror, más triste que todo es un horror, pero en ambos casos se sigue apreciando que sin el determinante hay como una más desolada implicación emocional del hablante. 
Porque, además, si Sánchez Ferlosio hubiera dicho que “todo es un aburrimiento y una vergüenza”, con voz de juez expeditivo, no habría introducido ninguna forma de desolación ni de fatalidad. La cosificación que, aun siendo indeterminados, aportan los determinantes hace que todo parezca tener solución y que cualquiera con los ojos bien abiertos pueda verla. Pero así, más en abstracto, al quitar los determinantes se ha extirpado la determinación del juicio. Ya no cabe decir: esto es un aburrimiento y por lo tanto habría que hacer algo, sino dar un leve suspiro y constatar que no tiene remedio. Al cosificar no nos hacemos responsables de la cosa. Pero todo es vergüenza no deja sujeto sin acusar.
Linda con la hipálage, puesto que nominaliza el adjetivo para sacarlo de la mera opinión, y en vez de recurrir al todo es aburrido y vergonzoso, deja la impresión de que los aburridos y los avergonzados no lo están de estarlo, por así decir, no se aburren del aburrimiento y no se avergüenzan de la vergüenza. Perder el tiempo no les parece intolerable, ni tampoco perder la dignidad o hacer el ridículo. La elipsis amplifica. Los pueblos se pervierten y se descomponen cuando necesitan leyes para todo, porque se desvinculan de aquello que no se puede regular. No hay ningún decreto que prohíba el aburrimiento, el adocenamiento, la inacción, la repetitiva vulgaridad, ni tampoco que exija decoro, una mínima cultura, un cierto sentido de las relaciones sociales, de la jerarquía de la realidad y la presencia de los otros. Ningún artículo estipula qué condena merece un sinvergüenza o un zángano.   
Por eso la elipsis debería ser de obligatoriedad, todo debería ser un aburrimiento intolerable y una vergüenza deshonrosa para todo el mundo, no solo para mí, pero más bien me quiere sonar a las palabras del anciano viajero que anduvo muchas leguas hasta llegar a la ciudad de sus antepasados, con intenciones de asentarse o como poco reanudar los vínculos con sus vecinos, y, visto que aquello era un desastre, que todo andaba manga por hombro y la gente había perdido el amor propio, volvió sobre sus pasos con la cabeza baja, y al llegar a las murallas, lleno de polvo del camino, a la pregunta del vigía que asomaba la cabeza por una de las aspilleras de la fortaleza, alzó las manos y se sostuvo con ellas la cabeza mientras la meneaba como queriendo decir que sus ojos habían contemplado algo tremendo, y miró al suelo y dijo: “Todo es aburrimiento y vergüenza. Abre, abre, que yo no quiero saber nada.”

1.1.17

Sileno sin pudor



Los carteles de la exposición Ribera Maestro del dibujo del Museo del Prado nos advierten de que en los siglos XVIII y XIX al Españoleto se le consideraba un pintor sádico. No me extraña. Sus muchos esbozos de martirios lo confirman. Se centró, sobre todo, en los de San Sebastián y San Bartolomé, y no porque los acribillasen a flechazos o les arrancasen la piel a tiras, respectivamente, sino porque estaban atados a un árbol, colgando de las manos, postura predilecta de Ribera porque marca los músculos delgados de los brazos y los huecos de los ijares, y porque, supongo, permite que se desentienda de los gestos y concentre todo el dramatismo en la rostro desencajado. 
No hay solo mártires, claro. Abundan los equilibristas, los reos de la Inquisición, todos colgados de las manos, aunque a veces las pruebas de que le interesaban más los brazos que los martirios son muy elocuentes. Hay un San Bartolomé que en principio podía no estar atado a ningún sitio, tan solo implorando al altísimo, y al que, una vez acabado el dibujo, le pintó un árbol detrás para llevar la escena a la hagiografía. En otro caso, unos individuos están descolgando a un ahorcado, subidos en las ramas, agachados o también colgados para facilitar la faena. Es esa cosa cruel del clasicismo que siempre me ha fascinado: no enseñamos un cadáver sino la belleza de sus músculos. El mero hecho de que Ribera eligiese aquellas torturas que exigían brazos en alto ya es significativo, aunque su firma está más bien en el inquisidor que contempla cómo un torturado se descompone vivo y lo anota como si estuviera viendo pasar cajones de merluzas recién pescadas.
Pero esta inclinación puede verse en otras partes del cuerpo. En un óleo sobre el martirio de San Bartolomé hay un diálogo muy armónico entre la bestialidad de la escena (de la elección del autor) y el sadismo de los torturadores, uno de los cuales lleva el cuchillo entre los dientes como los matarifes y, a pesar de que solo se le ve el perfil (abusa mucho Ribera de los perfiles, dicho sea de paso), muestra todo el vicio con que los psicópatas se entregan a sus rituales macabros. 


En otro cuadro, de ambiente mitológico, Apolo desuella a un sátiro cortando a la altura de los tobillos y arrancándole a estirones el pellejo, y la crueldad ahora está en la dentadura del sátiro, que gañe con su parte de animal en la matanza, y Ribera se regodea en una dentadura repulsiva, de una repulsión por encima de las modas de higiene bucal. En aquella época todo el mundo llevaba los dientes hechos un asco, pero este tono pardo verdoso de los dientes del sátiro es como un color hediondo similar al que utiliza para cubrir de piltrafas de carne podrida el esqueleto de un monstruo donde va (de perfil, siempre de perfil) la bruja Hécate, con un cargamento de niños narcotizados con cara de persona mayor que ella utilizará para sus ungüentos mágicos. 
Ribera, dicen los carteles, está entre el clasicismo y el naturalismo, aunque yo en ese cuadro de Hécate lo veo huido de Caravaggio por el camino enloquecido que lleva a Goya y a William Blake. De la mitología echa mano siempre de lo más sangriento. Tiene donde elegir, pero le inspiran especialmente el Laoconte de Roma, para sus escenas de brazos, algunas de sorprendente ritmo. En Sansón y Dalila, por ejemplo, una mezcla sanguina y lápiz negro, los brazos trazan un ballet de formas que recuerdan a Matisse. Pero su obra maestra en materia mitológica, al menos en esta exposición, es el Sileno borracho, pero no el que todo el mundo conoce, en el que la cabeza del viejo está a la derecha y los pies hinchados a la izquierda, sino al revés, en una escena menos envarada donde aparece un burro y unos niños también borrachos y en la que el gesto de Sileno es completamente diferente. En aquel era la caricatura del borracho sediento de vinazo. En esta es una cara mucho más profunda, la cara del borracho claudicante, del que siente todo el asco y el hastío de quienes lo contemplan pero ya no tiene ganas de disimular. La barriga se posa sobre el suelo como un balón de grasa, con una desnudez obscena, abandonada, la de quien ya ha perdido cualquier forma de pudor. En el cuadro más conocido, el simétrico a este, Sileno está en la euforia babosa de quienes piden seguir la juerga, pero aquí es un beodo consciente, como esas ocasiones, de camino a casa, en que una mente lúcida es transportada por un cuerpo borracho, y el gesto es más bien de resignación, de soportar el mundo como es y no tratar de decorarlo. Así es el fumador que reincide después de un ataque de tos, o el yonki que apenas puede sostener la jeringuilla, o el jugador ausente de quienes sienten pena de sus adicciones.

Porque, por lo demás, me temo que en Ribera demasiadas veces el dibujo se come al retratado. Sus estudios de ojos y de orejas, son, en general, demasiado explícitos y perfectos, de academia de dibujo. Los trazos suelen ser muy cortos, de ir colonizando el voluminoso blanco, y solo en algunos apuntes como los del dignatario turco los trazos rápidos dan más vida al personaje que el alarde de pulso de muchos otros perfiles. No sé si, para su época, era un gran dibujante: ya se sabe que la minuciosidad, en dibujo, es síntoma de limitación, y el horror vacui, el bosque donde se esconden los espíritus inseguros. Sus cabezas grotescas tienen algo de flamencas (labios gordos, bocas anchas, sinuosas), y en su búsqueda de la fealdad se entretiene en bocios y malformaciones, y lo mismo con las escenas de mendigos, gitanos y enterradores. Pero esa búsqueda de la fealdad no necesitaba de adiposidades: sus angelotes de la Inmaculada también parece que los estén torturando, o, como en el caso de Sileno, continúen una juerga inacabable.

28.12.16

Alcachofas contradictorias


En el abigarrado mundo de los pintores flamencos y holandeses que se dedicaron a las naturalezas muertas, Clara Peeters pasó a la historia por dos motivos: por ser una de las primeras mujeres dedicadas en el siglo XVII a la pintura (y la primera de quien se organiza una exposición en el Prado), y porque intrudujo el pescado como tema de bodegón. Su arte, su ars, que diría Rodolfo, no tiene tanto que ver con el más tenebrista de Mahu ni con los suntuosos pronks de, por ejemplo, Heem, que más parecen una despensa repleta de manjares a la que hubieran abierto la puerta para que todo se desparramase. Clara Peeters tiene más que ver con Osias Bert, el pintor de desayunos, más amigos de las composiciones equilibradas y los tonos ocre de las luces, de los detalles del pan y de las flores de colores. Leo que el detallismo de Osias Bert influyó en el bodegón español a través de Van der Hamen, mucho más amigo del claroscuro, en quien ya intuimos los inigualables bodegones de Sánchez Cotán. Clara Peeters no es amiga de que los fondos negros suman al objeto pintado en la penumbra, o lo hagan emerger de ella. Los quince cuadros que se exhiben en una sala del museo están sobradamente iluminados, con esa luz dorada, en tonos ocres y royos con que pintan los holandeses. La sobreiluminación aumenta el apetito, pero realza los objetos hasta sacarlos de sí mismos. A veces están excesivamente vivos, y los ojos de los besugos se parecen a los de los santos mártires, anegados de agua bendita, y los cangrejos ya cocidos, rojo pimentón, miran la escena como policías.
Es en todo caso la iluminación necesaria para que luzca el detallismo. En seguida miramos los cuadros como si estuviésemos en una exposición de orfebrería. Peeters usa esbeltos copones historiados, panes con retículas tupidas dibujadas con un cuchillo sobre la corteza, cristales labrados en cientos de facetas cada una de las cuales concentra destellos diversos y brillos de colores, y algunos el reflejo de la pintora mientras los está pintando. Hasta los más livianos objetos tienen su grabado, su color, su significado. La falta de profundidad no hace sino resaltar su condición simbólica, el realismo minucioso pruduce menos vida que misterio. Peeters se detiene primorosamente en los brillos sedosos del pescado y los juegos de reflejos sobre las pieles de las gambas, cuyos bigotes están delicadamente pintados con pinceles de un solo pelo. Brillan los metales de las jarras y los surcos que ha dejado el cuchillo en las lascas de mantequilla, y brillan las jugosas heridas del pan, cuya miga parece que aún siga fermentando. En cada esquina más tostada de la rosquilla se adivina un estudio previo riguroso de cómo se tuestan las esquinas de las rosquillas. Todo eso tiene misterio, tendemos a pensar que tiene que significar algo, porque de lo contrario no tenemos más remedio que alabar la pericia, la puntillosidad, y dejar a un lado las impresiones de conjunto. La carga simbólica supuesta lo acerca a la modernidad.
Es muy significativo, a este respecto, el caso de las alcachofas, que en aquella época, según reza el pie del cuadro, se tenían por afrodisíacas. Son unas alcachofas muy hechas, las hojas han empezado a abrirse y las puntas a repingar. Dentro, los cilios ya están grises y resecos. Sánchez Cotán habría escogido un verde a la medida del tiempo, un verde más pardo y apagado, avejentado, endurecido, pero Clara Peeters pinta las alcachofas con verdes frescos y jugosos, tersos y como recién brotados. Y lo mismo sucede con los pajaritos muertos que pueblan algunas piezas. Están tiesos, tumbados encima de la mesa, patas arriba, pero sus plumas tienen colores tan vivos, rojos tan intensos y amarillos tan cítricos que parecen recién disecados. En ellos, en todo caso, no ha entrado la muerte todavía, o lo ha hecho en su forma definitiva, sin pasar por ese vivero de sentimientos que es la lenta descomposición de los cuerpos. 
Todo está como devuelto a su suntuosidad de objeto, igual la cubertería de plata que la mosca gorda encima de la jarra. No hay más que comparar la mosca de Juan Fernández El Labrador que hay posada en un racimo de uvas maduras, una mosca humilde, enclenque y gris, con la de Clara Peeters, que parece de bronce, y está tan bien alimentada que recuerda un escarabajo de esos egipcios con significados de ultratumba. La diferencia entre las dos moscas es la que hay entre el realismo ascético y el hiperrealismo aparatoso.
Mención aparte merecen los pescados, la gran contribución de Clara Peeters. La pintura flamenca tiende a la exuberancia. Las ostras son carnosas, blandas y rosadas, con el nacarado del mar. Los peces, que miran al más allá, tienen esa piel amarronada y verdosa de las carpas, comedoras de barro, y los labios gruesos de los monigotes que pintaba Brueghel. Son, en general, peces recién pescados, que parece que aún boquean, pero hay un espléndido arenque escabechado de más profundidad espiritual que las lubinas de piscifactoría, enjuto, cubierto de los bronces del vinagre, y detenido en la expresión de angustia de antes de escabecharlo. 
Pero no es la tónica general. Clara Peeters prefiere alimentos de primera calidad, ajenos al tiempo y a la idea de muerte, listos para servir en las mesas de los señores, que siempre han preferido las flores de papel, los capullos llamativos que solo han de lucir un día en la solapa. Lo duradero, en sus cuadros, es el metal, no los frutos carnosos, que habría que cambiar en cada sesión. Clara Peeters trabaja sus colores lo que sea menester para no presentar en la mesa un pescado en malas condiciones. Es lo que tienen las sociedades opulentas, que nunca encuentran tiempo para ver la hermosura de las hortalizas pochas o los tordos mal matados. No hay sangre seca en los cuadros de Clara Peeters. En realidad no hay ningún tipo de sangre. Los manteles conservan los pliegues porque están recién planchados, y las aves de caza forman como colegiales con sus mejores galas. Hay bodegones para los martes de invierno y bodegones, como estos, para las fiestas de guardar.

El arte de Clara Peeters, Museo del Prado, del 25 de octubre de 2016 al 19 de febrero de 2017.

27.12.16

Los labios del maestro




El maestro está en su estudio, redactando un documento. Es un hombre relativamente joven. La imagen es de piedra pero sabemos que no peina canas y la barba recortada todavía tiene que tupirse con la edad. Nada que ver con las barbas mosaicas de los profetas, que con el efecto de la erosión parecen culebras trenzadas o rastas medievales. La calva es incipiente todavía, con unas señoras entradas, y en el centro le crecen unos mechones de pelo lacio, como peinado en un caracolillo hacia delante. Yo no le echo más de treinta y pocos años, la edad de Jesucristo, lo suficiente para haber conquistado el dominio de uno mismo sin menoscabo de la tersura de la piel.
Los ojos del maestro Mateo están entrecerrados, por una rendija inferior ven la línea que en ese momento escribe. Los párpados casi cerrados son más resistentes a la erosión (en las otras figuras la lluvia se ha comido las pupilas y los profetas parecen ciegos), conservan mejor la naturaleza del momento. Este gesto de los ojos, casi cerrados, concentrados en lo que se tiene entre las manos, tan habitual en nuestra época, no da sin embargo sensación de estar enjugazado con un crucigrama de los de entonces sino redactando un documento que requiere la misma atención y parecida minuciosidad que las bellísimas esculturas de piedra que lima cuando está metido en su taller.
El maestro está a lo suyo, y ello está perfectamente expresado en los labios de Mateo, que, para más inri, no son naturales. Son como una llave horizontal, esas llaves que cuando tomábamos apuntes en la escuela nos esforzábamos en dibujar de un solo trazo, sin titubeos, de modo que la parte de arriba fuera estrictamente simétrica a la de abajo. En aquel dibujo abstracto tan sencillo estaba también descrita la pulcritud, la voluntad de perfección, la naturalidad, la costumbre, el oficio, el entretenimiento, la tranquilidad y la fruición. Era como el trazo suficiente que aspiran a conseguir los monjes japoneses a lo largo de una vida ascetismo. Pero aquí, en esta escultura de piedra de finales del siglo XII sobre la que han caído ochocientos años con sus lluvias (en Santiago de Compostela) todo es intensamente real, el maestro está ahí sentado, laborando, y con él todos los maestros en mitad de la jornada, sin que nadie los mire ni los distraiga, con los labios levemente fruncidos, como silbando un hilillo de aire, demasiado fino como para que se pueda oír. 
El Romanticismo nos acostumbró a un tipo de artista que grita cuando pare, como las madres. En el siglo XX, que es un siglo muy romántico, el artista que no va despeinado y tiene rictus de angustia y mirada de loco no tiene demasiada fiabilidad. Es la creación como trance, como éxtasis iluminativo, algo que, para un maestro, solo es, en todo caso, la primera parte del proceso creativo, eso que algunos llaman inspiración. Pero luego hay que arremangarse y guardar la botella en el armario. Luego hay que trabajar. Uno no trabaja cayéndose permanentemente de un caballo, porque antes del primer día se habría quedado ciego. Trabajar una idea (una inspiración) es un acto consciente que se hace mejor sin vivir al límite, levantándose a la misma hora todas las mañanas, repujando la obra, librándose de cualquier prejuicio y de cualquier ilusión para juzgar sus méritos, detectar sus desperfectos y pulir los más mínimos detalles. El maestro Mateo está puliendo eternamente algún detalle, repasando una cuenta, calculando una estructura. Nada perturba su concentración ni su percepción. Ha sabido abstraerse de las circunstancias más allá de su banco de trabajo. Al menos mientras escribe, igual que cuando cincela, ni la alegría ni la tristeza vienen a perturbar su placer. Su calma es exigencia de su responsabilidad. Está tan entretenido porque se toma las cosas en serio.
El maestro Mateo sujeta el rollo de papel con los dedos de la mano izquierda, esa presión mínima pero suficiente que ejercemos con las yemas de los dedos sobre el papel sin que se arrugue ni le salgan bochas. El brazo derecho, el que escribe, está pegado al cuerpo, pero no por aprovechar la piedra ni guardar la rectitud de la pieza entera sino para sujetar mejor el pulso pegando el antebrazo a los ijares, lo que hacen para enhebrar una aguja los que tienen la vista cansada. El pulso en la piedra. Y la quietud, porque el maestro sujeta el recado de escribir sobre las piernas, ligeramente abiertas, pero firmes, como indica que tenga los pies juntos, calzados con unas babuchas de punta de andar por casa. La inspiración lleva zapatos de tacón, pero el trabajo zapatillas de felpa. Esos pies están, además, sujetando el faldón del sayo, de modo que sobre los muslos y en las rodillas no tenga dobleces que desequilibren el cajón de madera sobre el que escribe con caligrafía medieval y un cálamo mojado en tinta negra, seguramente una mezcla de clara de huevo y hollín. Las rodillas, al separarse, tiran del sayo. En la parte de arriba de la bata, el delantero izquierdo, el tejido saca las leves arrugas de su propia caída, pero en el delantero derecho, puesto que tiene el brazo pegado al cuerpo, las arrugas son más tensas y marcadas, sobre todo las de la manga, que le tenía que tirar un poco.
El maestro Mateo pudo muy bien ser, tan joven, el jefe de obras que remató la catedral de Santiago de Compostela, amén de miembro del equipo que esculpió las figuras del Pórtico de la Gloria, una de las cuales es este maravilloso retrato. Formaba parte de la puerta exterior del templo, que, según dicen los programas de mano, en 1520 el cabildo hizo cerrar, “para evitar los desórdenes que se producían en el interior del templo”, de modo que algunas esculturas de la fachada fueron retiradas y acabaron cerradas en un cuarto, decorando una capilla o como material de relleno para nuevas construcciones. Esculturas como la del maestro Mateo han yacido cubiertas de telarañas o de cascotes, han pasado de la intemperie a la oscuridad, de la humedad del viento fresco a la del aire viciado. Las piezas, después de la restauración, están como en carne viva, con diminutos cristales desperdigados que brillan como en un cielo de granito. Pese a todo, la perfección naturalista de la pieza es deslumbrante, o más bien de lo que, en el siglo XII, podríamos llamar sin pedantería naturalismo abstracto, es decir, el final de un largo camino para representar la esencia de la realidad.

Maestro Mateo en el Museo del Prado, del 29-11-2016 al 26-3-2017

19.12.16

El perro inflado


Igual que se hace a la entrada de los cines o de los teatros, los personajes de las novelas deberían desconectar sus teléfonos nada más empezar el libro. Y los autores, de paso, también. De lo contrario puede suceder que los héroes no salgan del tweeter o que los escritores copien a destajo simulacros de documentación que no son más que un refrito de resúmenes y cortapegas. Es lo que ha hecho que Valor, la novela de Clara Usón, me haya parecido más bien floja.
  Igual podría empezar diciendo que esta novela cuenta tres interesantes historias que se entrecruzan en el espacio y en el tiempo como ejemplo de un sentido del valor lamentablemente perdido, que es lo que dicen todas las agasajadoras críticas que he visto por ahí y que me movieron a comprar el libro. Pero yo soy muy quisquilloso con la invención. Con más o menos intensidad, con más o menos lirismo, creo que el novelista está moralmente obligado a inventárselo todo. Para dar lecciones de historia ya están los profesionales del ramo, y para denunciar hechos históricos poco conocidos, las revistas especializadas o los suplementos dominicales. Detesto la superchería de la documentación. Si hay tantos miles de novelistas actualmente es porque no se les exige tanto que tengan imaginación como que nos cuenten cosas. Y si son verdad, mucho mejor. Ese contrasentido hace que muchas veces me irrite leer novelas que han suplido la imaginación pura por los datos fehacientes y las estructuras originales.
Lo que hay en Valor de novela, de invención, es bien poco: una adolescente boba (como si eso fuera una identidad necesaria) quiere burlar a su madre, que la tiene castigada, y hacerse gogó. Como idea no es más que una idea, y allí se queda, sin desarrollar hasta las últimas ochenta páginas (y de paso cercenar su crecimiento), porque, en un alarde de modernidad, la autora reboza esa mínima historieta con centenares de páginas sobre el levantamiento de Galán y García Hernández, primero (con la coda del fusilamiento posterior de algún pariente) y con un resumen de la siniestra historia de Croacia rematado con una historia de amor más allá de la muerte y por ahí. Lo inventado, lo imaginado, lo no copiado no creo que llegue al treinta por ciento del libro entero, y tampoco es nada que se salga del estereotipo televisivo. A partir de ahí, es muy difícil que me guste una novela, la verdad.
Porque somos muy vigilantes con el plagio pero nada con la copia. La autora copia literalmente todo aquello que se toma la molestia de escribir en cursiva, pero casi literalmente, y en un estilo que no es el suyo, y que no parece siquiera que lo haya impostado, casi todo lo demás. Una novela histórica no consiste en resumir un libro de historia y ponerle diálogos en los que aparezca de vez en cuando, en medio de la hojarasca retórica heredada, algún vocablo coloquial, por mucho que se quieran estirar las causalidades narrativas. Documentar es ambientar, no meter un documento de matute. En ese fango fraudulento quedan ahogadas las posibilidades de los personajes, entre simples y planos, cuando no estúpidos, que no se desarrollan porque cada vez que la narración necesita un narrador la autora nos coloca un fajo de folios ajenos sobre algo que no tiene absolutamente nada que ver con la historia. Es como si empiezo un cuento diciendo “Érase una vez, en Cuenca”, y acto seguido copio cien folios sobre la historia de Cuenca, y luego lo remato con un relato breve, y a eso lo llamo novela.
Así que sospecho que este libro era un relato breve que la autora ha inflado metiendo todo lo que tenía encima de la mesa, viniera o no a cuento, y sin dejar el teléfono en paz. La estrategia es muy antigua. Decía el maestro Julio Caro, allá por los 80, que el periodismo de opinión de la época consistía demasiadas veces en elegir dos ideas que no tuvieran nada que ver y escribir hasta encontrarles un punto en común. Así, en esta novela, el único motor de atención e interés se reduce a qué demonios tendrá que ver la rebelión de García Hernández o las bestialidades de los católicos croatas en la Segunda Guerra con la adolescente ñoña, cuya presencia se intercala en la narración pseudohistórica sin solución de continuidad, y cuyo vínculo final es tan forzado que da un poco de risa. 
Si esto fuera una novela, tendríamos que valorar su ritmo, el dibujo y desarrollo de sus personajes, la consistencia de su argumento, el equilibrio de sus partes. Aquí no puede hablarse de nada de eso porque todo está tapado bajo un rimero de apuntes de historia. Doscientas páginas después de comenzada la lectura sabemos de los personajes de ficción poco más que sus nombres y su condición de típica madre separada, típica hija adolescente de madre separada, típico padre gordo y putero que viene a recoger a la niña. Y nada más. Bueno, también hay un franciscano gay (tratado sin demasiado tacto) y un pariente valeroso (tratado sin demasiada enjundia) para que las otras dos historias también parezcan literarias.
En realidad, tan solo en las últimas 80 páginas se puede hablar de narración, de novela (en un libro de trescientas y pico). Mati, cuarentona responsable de banca que ha estafado con las preferentes a todos sus allegados, contrata un muchacho libanés para fardar con él en un hotel de Benidorm y, se supone, tirárselo. Está desesperada por su hija con daño cerebral (la adolescente que quería ser gogó) y compone uno de esos personajes desagradables, muy Chirbes, a los que el narrador no da prácticamente ninguna posibilidad. Es, ese final, una novela corta narrada con cierto apresuramiento y la clásica zanahoria para un lector contemporáneo (follarán, no follarán), que a un lector no contemporáneo como yo le resulta gratuita, incluso un poco irrespetuosa, y no por motivos morales sino intelectuales. Como decía Saura de su maravillosa película La caza, primero hay que contar lo gordo y luego ya veremos.
O sea, que en esas 80 páginas finales, y en las 20 iniciales, había una novela que necesitaba desarrollo, personajes menos esquemáticos y con más vida. La historia merecía la pena, siempre y cuando se nos dejase de sermones y de un asco que la autora siente por sus personajes y que infecta la lectura; siempre y cuando se indagase en ellos, se les dejase hablar, se les dejara ser. ¿Y a qué viene entonces la larga y tediosa historia del rebelde Galán o la más larga e impertinente (y cruda y asquerosa, como toca) historia de Croacia? Ahí viene lo peor, lo que invalida la novela entera: resulta que la niña, que está en coma (la niña dejó de interesarle cuando tenía que actuar, que estar viva) sufre una regresión y sirve de médium a un cura croata que cuenta las barbaridades que hacían en un campo de concentración. Si quería escribir otras Tres vidas de santos, sospecho que los héroes habrían gozado de más dignidad sin esas coincidencias de taller literario.
Las tres historias, eso sí, hablan de valor: el valor de Galán, el valor final del franciscano croata y el valor del gigoló libanés de gran corazón. De acuerdo: tenía una historia, una novela y, en vez de desarrollarla, le emplumó otras dos que solo tuvo que, digamos, interpretar.
Que lo llamen como quieran: estoy harto de trucos, de empalmes, de resultas y de cortapegas. Si no soy objetivo con esta novela es porque una novela, por mucha vanguardia que se le meta, lo primero que tiene que ser es eso, una novela, un mundo de gente que vive unos días en tu imaginación, a quienes oyes y comprendes, con quien te ríes y lloras. No hace falta que atemos al lector de una correa, ni que juguemos con subtextos ni pamplinas, ni que apliquemos las normas televisivas (de vez en cuando me venía tamién el aroma televisivo de Jaume Cabré). Hace falta que nos pongamos detrás de los personajes, no delante, y que los veamos andar. Había un par de buenos personajes en esta novela, y un final que se veía venir porque la autora ya nos había puesto unas miguitas como pedruscos a lo largo del camino, y uno siente a veces que no se ha hecho justicia con ellos, que para tratarlo así no merece la pena echar un personaje al mundo. Qué se le va a hacer.

Clara Usón, Valor, Seix Barral, 2015, 319 p., 19€ 



     
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