22.5.13

Preterición de los jardines


Geórgicas, IV, 116-148

Y si yo, en verdad, casi al fin de mi labor
no fuera ya plegando velas y a tierra la proa
corriese a enderezar, acaso cantaría
al arte del cultivo que cura y embellece
los frondosos huertos, los rosales de Pestum,
que tienen dos floradas, cómo la endivia goza
bebiendo en el arroyo y verdean de apio
las orillas y crece, torcida entre las hierbas,
la panza del cohombro; y no habría callado
al narciso tardío en echar la melena
o a la penca del cardo flexible y a las pálidas
yedras y a los mirtos, que aman la ribera.
Recuerdo haber visto, bajo los torreones
de la alta ciudad de Ébalo, allí donde
baña el negro Galeso los campos amarillos,
a un viejo coricio a quien pertenecían
unas pocas yugadas de tierra abandonada,
y la mies ni era fértil para darle a los bueyes
ni buena para el rebaño ni al gusto de Baco.
Él, sin embargo, ralas plantaba las verduras
entre los matorrales, rodeadas de lirios
blancos y de verbenas y de ricos ababoles,
e igualaba en orgullo el poder de los reyes
y al volver a casa, entrada ya la noche,
de balde en las mesas manjares descargaba.
El primero en coger rosas por primavera
y frutas en otoño, y si el lóbrego invierno
quebrara con el frío hasta la mismas peñas
y frenasen los hielos el curso de las aguas,
pelaba de un blando jacinto la melena
y del tardo verano y los céfiros remisos
iba despotricando. Conque era el primero
en tener abundancia de crías de abeja
y de enjambres repletos, e hiñendo los panales
en extraer de ellos la espumosa miel:
había puesto tilos y ubérrimos laureles,
y de cuantos frutos se hubieran vestido
con renovada flor los árboles fecundos,
otros tantos maduros cogía en otoño.
Los olmos ya crecidos trasplantó en hileras
y el recio peral y el espino con prunas
y el plátano que sombra ofrece a los que beben.
Pero, como me salgo de los estrictos límites,
voy a pasar por alto estas evocaciones
y dejarlas a otros que vengan tras de mí.

20.5.13

Ensayo de literatura campestre, 11



Estoy terminando el libro de Jason Webster La montaña sagrada, que me recomendó un amigo cuando vio la serie que había empezado. Las últimas tres o cuatro lecturas campestres han sido por recomendación de lectores del blog, que a su modo van trazando una línea distinta de la que yo en principio me había marcado. Mucho mejor así.
               Esta de Jason Webster me la recomendaron más por su amenidad que por su profundidad, y desde luego es amena, muy en la línea de Chris Stewart (el de Un loro en el limonero, no el de los otros dos), escrita en prosa tersa y ágil, prosa británica de libro de viajes y de curiosidades geográficas, aunque también, y ahí está lo malo, prosa de novela robinsoniana. Si hubiera que juzgarla por lo primero, sería un ejemplar ortodoxo del género: el viajero que sin remilgos ni prejuicios se va a vivir en carne propia lo más lejos posible de las piedras húmedas de Oxford. El viajero va recogiendo datos geológicos y leyendas populares, recetas de cocina y páginas de la historia del Maestrat de Castelló, a donde se ha ido con su novia, que se llama Salud y es valenciana, a un mas de las faldas de Penyagolosa, allí a vivir. Igual que Chris Stewart se fue a Las Alpujarras, Jason Webster se fue a Peyagolosa. Los dos se llevaron una mujer silenciosa y escéptica y los dos encontraron a un espécimen del terreno que les contó los secretos del agua. Jason Webster encontró además un contador de cuentos inverosímil, Faustino, que más que hablar lee la Wikipedia.
               Y ese es el problema. En Stewart había un impulso robinsoniano, pero en Webster está claro que por mucho que vea crecer las cebollas con el agua del fregadero en condiciones neolíticas no hay descanso, no hay contemplación. Por mucho que se nombre a la naturaleza no hay naturaleza. Webster la describe pero se le escapa, o más bien la cubre con la estameña del horror vacui. Su sano miedo a no hacerse pesado le lleva a no quedarse quieto, a cambiar de asiento cada pocas páginas, como si zapeara entre el canal historia, el canal geografía y el canal 9. Esta hiperactividad narrativa le lleva a explicarlo todo brevemente, la receta de los caracoles, las plantas de rocalla, el hambre del mulo, cómo funciona un alambique, la leyenda de la Virgen del Romero, el posjipismo sandalioso, los escondites de los maquis y demás apartados de la wikipedia del Maestrazgo castellonense, de modo que lo que habría podido ser un hermoso libro de viaje, o incluso de aventura, se queda en folleto turístico con pespuntes narrativos. Cada capítulo lleva una cenefa erudita de adorno, un fragmento del Libro de Agricultura de Awam, y una coda folklórica, una leyenda mítica de la zona, con ese aire de tontería que suelen tener las leyendas míticas de la zona, de cualquier zona. Resulta poco convincente, en ese sentido, que intente atar los cabos a cuarenta páginas del final entonando una oda no muy bien engastada sobre las leyendas que brotan de la tierra. Es el fragmento hondo, como antes era el fragmento histórico y antes el gastronómico.
La naturaleza tiene que ser sentida. Stewart la sentía, es decir, sabía mostrar que la sentía. Los episodios son más sosegados, parten de cualquier minucia cotidiana, no de ningún secreto de novela de aeropuerto, y se dejan llevar hasta que la narración escucha lo suficiente a la naturaleza para que sea la naturaleza la que explique lo que tiene que decir. Como libro turístico, el de Webster está muy bien, para leerlo en la casa rural del Maestrazgo un puente de la Constitución, que es un género pujante; pero como “un viaje hacia la autenticidad, la lentitud, el silencio y las leyendas de un paraíso perdido”, que es lo que dice la portada, debajo del título, me temo que no consigue lo que se propone. El error, a mi juicio, está en querer narrar lo que solo había que anotar, en acumular demasiadas historias y no quedarse en una sola que nos permita conocerlo todo un poco mejor. Y en usar, sin descanso, un tic que me pone malo, típico de los talleres de escritura, ese y de pronto una sombra en la cocina para presentar al gato. De pronto unos disparos más allá de los arbustos para decir que hay cazadores, de pronto unas huellas extrañas para decir que hay jabalíes, de pronto un envío misterioso para desempaquetar un alambique. Eso, en este libro, es constante, y seguramente es lo que hay que hacer cuando se escribe prosa de aeropuerto (no sé, no vuelo cuando leo), pero desde luego no es lo más indicado para hablar de la autenticidad, la lentitud o el silencio. Hay un tráfico narrativo que en vez de darnos la impresión de ser una casa perdida en el monte parece un zoco de turistas y algún que otro personaje de cuando se rodó El Cid en Peñíscola, que también se nombra en el fragmento de curiosidades. La única aventura posible en un mas del Maestrat es el silencio interminable, no este jaleo.
Lo voy a terminar porque es entretenido. Tan entretenido a veces como pasar un rato en la red. De pronto hay una situación, un contexto, un personaje, y a vuelta de página se aparece San Vicente Ferrer o el Papa Luna, y aún no sé si de aquí al final no saldrá la biografía de Rita Barberá. Viene bien para recordar la fecha del tratado de Avignon o qué significa la palabra morisco, pero mientras tanto no vemos crecer a los tomates, no sentimos correr el agua en el manantial, no sabemos qué hay dentro del silencio ni de la lentitud. Todo es bullicio de taller narrativo, de literatura editorial. Es una opción, porque Webster, en líneas generales, escribe bien, quiero decir que no le hubiese costado, en vez de rellenar casi cuatrocientas páginas de episodios turísticos, dejar el libro en la mitad, incluso menos, en la historia del hombre que se va con una mujer a un mas del Maestrat, a no ver a nadie y vivir al ritmo del las cebollas. Así, con este permanente añadido, los personajes son indiscernibles, nada más presentárnoslos se nos los llevan, que llega una postal de Inglaterra y Webster introduce una pequeña historia de cuando era niño. La sensación es que cabe todo. Se encuentra a un aldeano por el camino y cuando habla parece el profesor Pío Font Quer. Robinson no hace listas de ventajas y de desventajas de la soledad sino que pasa el tiempo enganchado a internet. 

19.5.13

Abejas despistadas



Geórgicas, IV, 103-115


Mas cuando los enjambres vuelan desconcertados
y juegan por el aire y descuidan los panales
y dejan las colmenas frías, no las dejes que entreguen
sus ánimos volubles a vanos pasatiempos.
Tampoco cuesta mucho el impedirlo: tú arráncales
las alas a los reyes; cuando ellos titubean
ninguna se echará a volar al alto cielo
y no levantarán del campo las banderas.
Los huertos perfumados las llamen con sus flores
de color de azafrán, y con falce de leña
la custodia de Príapo el Helespontíaco
proteja de las aves, guarde de los ladrones.
Aquel que se dedique a tales menesteres,
él mismo ha de plantar los laureles silvestres
y el tomillo que traiga de las altas montañas
todo alrededor de las colmenas; él mismo
con el duro trabajo se agrietará las manos,
él mismo ha de poner las plantas más feraces
en tierra y regarlas con la lluvia amiga.

18.5.13

Carácter argentino



Momentos antes de la prórroga, cuando los dos equipos habían armado sendas melés para dar las últimas instrucciones y gritar las últimas consignas, hubo una imagen estupenda de Germán Burgos, el Mono Burgos, de pie entre los dos corros, mirando con descaro la piña del Madrid. Al locutor de la televisión le hizo gracia y el comentarista del Real Madrid, Manolo Sanchís, se dejó caer con una frase sibilinamente ambigua: “Es un personaje”, dijo, y dicho por un madridista formal, que solo pasó de la Glorieta de Bilbao hacia el sur de Madrid para jugar en el Calderón, tiene un deje de censura. Ya sabemos que cuando un conservador dice de alguien que es un personaje suele descalificarlo por ordinario. El otro comentarista, el del Atlético, Paulo Futre, habló mucho pero solo se le entendieron los gritos que dio cuando Miranda marcó el segundo. Su portugués cerrado impide ver lo que quiera que esté diciendo. Sanchís era el joven culto y formal, gran central en su juventud y economista de profesión, al que, por ese sentido de la formalidad que Mourinho nunca entenderá, no se le escapó la oportunidad de decir que las entradas para la final eran “caras, demasiado caras”. La Quinta del Buitre era así. Había madripijos de toda la vida, Sanchís, Butragueño, Martín Vázquez, pero también estaba Míchel, que era de Villaverde, y todos compartían una formalidad más o menos discreta, un saber ponerse en la piel del público. De Paulo Frute, en cambio, lo que fuera que estuviese diciendo sonaba a parlamento de barra, la voz ginebruda, llena de sonrisas húmedas, de saliva pastosa. Me lo imaginaba con la corbata floja, un sello de oro y una copa en vaso largo. Futre fue el primer gran fichaje de Jesús Gil, el motivo por el que nunca he podido identificarme del todo con el Atlético de Madrid.
               Rodolfo López Isern, cuya crónica de la final estoy esperando con impaciencia, es de los que piensan que el Atlético está muy por encima del clan de los Gil. Un filósofo serio como él fue capaz de abstraerse del vendaval de estiércol que trajo ese hombre y ser fiel a sus colores de siempre. Yo no partía de un sentimiento tan arraigado. Mi infancia es un campo de barro en el que una vez Guitarte, delantero centro del Club Deportivo Teruel, se cansó de pelear por la pelota y ponerse de barro hasta los ojos y se fue harto a la banda, hasta que alguien le diera una patada al balón y lo desatascase.
               Sin embargo, el modelo de equipo, el paradigma Atlético, me resulta mucho más cercano que el del Madrid. La sombra detestable de Gil se ha iluminado con gente como el Mono Burgos, que podría ser, perfectamente, un cliente de El Botas, mi bar preferido de Lavapiés durante muchos años, lleno de melenudos cerveceros, gente abrupta y noble, cómica y dramática, canalla y leal. Como portero era el dueño del campo propio, a veces con el puño cerrado. Recuerdo los ocho partidos que le cayeron por el guantazo que le pegó a la salida de un córner a un jugador del Mallorca. Y era muy argentino, pero en un sentido de la argentinidad que solo he comprendido cuando he hecho amigos argentinos. El aplomo de pistolero en las salidas, la seriedad indesmayable, más allá de los pelos o la estrafalaria vestimenta. Eso, claro, lo tienen todos los buenos porteros argentinos. Lo tenía Fillol y el gran Navarro Montoya y D’Alessandro y Carnevali y Abondanzzieri y tantos otros más, gente con aire porteño, de callejuelas junto al muelle, de temple y arrestos. El portero es en esos equipos el jefe suplente, el no oficial, el que protege la portería y a los jugadores, el que despeja los problemas y sostiene al enemigo la mirada. Como jugador, el Mono hacía exactamente lo mismo que como entrenador, ser un consuelo moral. Simeone, otro gran argentino (“se lo dedico a la familia, que estará ayá lejos, en una habitasión, con las caras pintadas, viendo la tele”), es el entrenador, el que lleva el traje y la camisa negra, con cara de Tom Waits, pero cada vez que toma una decisión llama al Mono, que sale, gordo, del banquillo, y se pone a su lado con el rictus serio de quien pone serio a todo el que esté cerca, y escucha y asiente, o saca una consigna por un lado de la boca, obedece seriamente, e incluso, si hace falta, se dedica a meter goles desde el banquillo: “Yo no soy Tito, yo te arranco la cabeza”, le dijo a Mourinho, y tampoco hace falta haber tomado unos cuantos tercios de Mahou en El Botas para saber que aquello fue una meada de perro viejo, suficiente para quitarle a Mourinho el mando emocional de la contienda, que es lo que más le jode. Curiosamente, con lo tiquismiquis que se ponen siempre los periódicos con esas cosas, nadie lo señaló como un mal ejemplo. Más bien a todo el mundo le hizo gracia, porque todo el mundo lo entendió.
               Sí, me gusta ese otro estereotipo argentino, el que actúa, no el que se tumba en el diván, no tanto el constructor de frases (Bielsa, Valdano) como el callejero y lapidario, emotivo y seco, como una balada heavy-metal, o como un tango, ya puestos. Y, en todo caso, razones no me faltarían para justificar el placer que me produce que el equipo de Mourinho pierda hasta la copa del Rey, que es un trofeo para pobres. Anoche las artes nacidas de la fábrica y del muelle ganaron a esa burda tecnología del dinero que maneja el Madrid. El Madrid se ha llenado de chicos ostentosamente bien peinados. El Atlético, desde que llegó Simeone, tiene jugadores como él, o como era Vizcaíno, muchachos de Carabanchel, llenos de rabia y de orgullo, con cara de polígono, o jugadores como el Mono Burgos, bigardos como Arda Turán o Costa, que parecen recién venidos de la guerra de Bosnia. Tiene gracia que el más formalito de todos, Courtois, ocupe la misma demarcación que el Mono. Pero luego entrevistaron a Courtois y, en un castellano excelente, el joven arquero belga dijo con aplomo y contundencia todo lo que había que decir. El peinado no es el del Mono, desde luego, pero el desparpajo sí.
               El partido, por lo demás, fue muy entretenido. Sacamos a los tipos duros, marcamos el territorio, nos armamos de valor. Ellos pegaron tres palos porque van sobrados. Si supieran lo que es la crisis habrían ajustado mejor el disparo. La jugada de Falcao estará entre las diez mejores de cualquier liga en esta temporada. El cabezazo de Miranda pasará a la historia. Al final, cuando subieron todos a recoger los trofeos (menos los perdedores, Mourinho y C. Ronaldo), los jugadores se agruparon ante las autoridades y cuando llegó el Mono Burgos, que está hecho un tocino, se colocó justo delante de Su Majestad y la tapó completamente. Yo no creo que fuera mala intención o despiste del Mono. El Mono es un zorro. Yo creo que le hizo un favor.

13.5.13

Dos clases de abejas



Geórgicas, IV, 88-102

Pero cuando a los jefes de entrambos escuadrones
los hayas separado, al que veas peor,
a ese dale muerte para que no estorbe;
que reine el mejor en la corte vacante.
Uno tendrá encendida la color, recamado
con máculas de oro; pues son dos las especies:
el mejor, de aspecto distinguido y bello
con escamas brillantes, y el otro, desastroso,
que arrastra sin gloria el vientre amorcillado.
Al igual que son dos las caras de los reyes,
del mismo modo son los cuerpos de la plebe.
Porque unas son feas e hirsutas, como tierra
que escupe el viajero por la boca reseca
cuando sale de una espesa polvareda;
y otras son lustrosas y brillan con fulgor,
radiantes como el oro, los cuerpos salpicados
de gotas parecidas. Esta casta es mejor,
de aquí sacarás, a su debido tiempo,
la dulce miel, que no dulce ya sino fluida
            el áspero sabor rebajará del vino.

12.5.13

De la guerra (Extramuros, 2)



Geórgicas, IV, 67-87

Si, en cambio, saliesen a luchar, que a menudo
con gran tumulto entre dos reyes la discordia
prende y en seguida, desde la lejanía,
el ardor del enjambre se puede barruntar,
el tremor de la guerra entre los corazones;
y a las que se retrasan, el cántico marcial
de los broncos metales las increpa, y un ruido
recuerda en el sonar quebrado a las trompetas.
Entonces, trepidantes, se arraciman y brillan
las alas al batirlas, y afilan con la trompa
el aguijón y sueltan los brazos y se juntan
prietas alrededor del rey, junto a sus reales,
y con gran griterío llaman al enemigo.
Conque, cuando encuentran el campo despejado,
la primavera clara, irrumpen por la puerta,
se traba el combate, retumba el alto cielo,
revueltas se aglomeran en grande pelotón
y caen al vacío; no más denso en el cielo
arrecia el granizo ni al varear la encina
llueven tantas bellotas. Los reyes por sí mismos,
enseñando las alas por medio de las tropas,
es ingente el coraje que llevan revuelto
en tan angosto pecho, firmes en no ceder
hasta que fiero obligue a unos o a otros
en la fuga a dar la espalda el vencedor.
Esta agitación de los ánimos y estos
combates tan tremendos se aplacan y sosiegan  
con echar por el aire un puñado de tierra.

11.5.13

Extramuros, 1



Geórgicas, IV, 51-66

Por lo demás, en cuanto hunde el sol dorado
bajo tierra el invierno y aclara los cielos
con la luz del verano, recorren las abejas
los bosques y los sotos sin descanso, cosechan
la púrpura flor, beben ligeras sobre el río.
Entonces, y contentas de no sé qué dulzura,
atienden a las crías y a los nidos; después,
las más recientes ceras labran como artistas
y amasan la espesa miel. Y a partir de ahí,
si ves que el enjambre lanzado de las celdas
surca el aire claro del verano y remonta
rumbo a las estrellas del cielo, y te admiras
de la oscura nube, que la lleva el viento,
párate a contemplarlas, pues siempre van buscando
aguas dulces, cobijos frondosos. Tú esparce
por aquí los sabores como está mandado,
melisa machacada y humildes borrajas,
y dale al cascabel y todo alrededor
el címbalo has de andar tañendo cibelino.
Ellas solas irán a posarse a los sitios
que hayas perfumado, y según su costumbre
se esconderán solas muy dentro de los nidos.

7.5.13

Ensayo de literatura campestre, 10



Jane Austen es inagotable. Cuando terminemos con esta sinuosa serie campestre debería volverme a leer todas seguidas sus novelas. Entre otras muchas certezas que manan de su lectura, Austen sirve para entender a los ingleses, su sano desprecio por la superchería, su relativismo irónico, al tiempo que su capacidad para creerse su carácter y no poner a la existencia más dificultades de las que la existencia tiene de por sí.
La narradora de La hija de Robert Prost no deja de nombrarla, que quede claro de dónde parte. Austen no escondía nada en su prosa clara y Stella Gibbons tampoco. Flora Post, la hija de Robert Post, es una inglesa joven de los años veinte, empeñada, como Emma, en casar a la gente, pero no por el motivo turbio de las alcahuetas, sino para ofrecerles una vida mejor, y de paso entretenerse. Flora Post llega a una granja sórdida, llena de paletos atemorizados por una idea enferma de la famila y de la moral, y se propone redimirlos por puro pasatiempo, como las hadas buenas. No lo hace llevada por un trauma sin resolver ni por un secreto fatal, no movida por la soledad o la indigencia. Tampoco lo hace por amor a la vida rural ni como pago de nada. Lo hace por deporte, porque le apetece, porque le da la gana, y teje una red de sentimientos que nunca la atrapan a ella. Es una mujer joven y culta, de la Inglaterra de D.H. Lawrence o de los bohemios de Bloomsbury, hija del cine y del aeroplano. La novela, muy al final, nos lleva a pensar que lo ha hecho por un motivo igual de higiénico, saber si quiere o no casarse con Charles. Ha ido formando parejas y reanimando modorras, rescatando todo aquello que puede decorar la vida moderna: el joven enamorado del cine, como un Clark Gable de pueblo; la ninfa Elfine, con quien interpreta el papel de Pygmaliona; el bruto Urk, que acaba casado con la ninfa pobre de Thomas Hardy, que en esta novela es más alegre y follaora; el predicador Amos, que queda mucho mejor en las colonias, encima de una camioneta Ford, y allá lo empaqueta Flora; o, en fin, la vieja Ada Doom, veinte años encerrada en su cuarto, velando porque la granja no se descomponga, que todos se cuezan dentro en un caldo de supersticiones y miedos infundados. A todos los hace modernos, a todos los mete en un avión y los manda a vivir la vida lejos de la vaca y de los traumas familiares. La narradora, también Flora, pero otra Flora llamada Stella Gibbons, lo resume muy bien en la escena del sermón de Amos, un local lleno de sudor y humo, lleno de aldeanos que se divierten pasando miedo. En medio de semejante monumento al judeocristianismo, Flora encuentra un conocido, un hombre relativamente normal, y cuando lo saluda le dan ganas de decirle: “El doctor Livingstone, supongo”.
               En esta parte sarcástica de la novela (sarcasmo de Thomas Hardy) Gibbons se ensaña con esa religiosidad oscura que convierte a sus feligreses en víctimas gratuitas de sí mismos, los llena de culpas y de impulsos escondidos, de morales estúpidas y una fe primitiva en cualquier tontada sobrenatural. La vieja Ada Doom repite que cuando era una niña vio algo sucio en la leñera, no sé qué de una cabra, y Judith, otra redimida, acaba en un psicoanalista. Gibbons va barajando todos los emblemas de su época, para ella limpiar la granja es sacar al toro a que corra por el campo, abrir las ventanas y convencer a la vieja de que no piensa más que tonterías, que se vaya a vivir la vida y se olvide del puto campo. Hay que extirpar la religión (Amos), la superstición (Urk) y la costra de complejos y aturdimientos en que para Gibbons suele consistir ese judeocristianismo. Lo gracioso es que una muchacha bon-vivant sea la enviada para redimir a una familia reprimida por una idea falsa de la redención.
               ¿Y qué hay, en todo esto, de campestre? La granja en esta novela es una cárcel gratuita. El campo, unos cuantos fragmentos que, muy cervantinamente, la narradora señala con dos o tres asteriscos según sea su nivel estético. La Aurora de dedos de rosa es aquí uno de esos párrafos espléndidos, un poco hipertrofiados, que solo sirven para dejar claro que tampoco hay que tomárselo tan en serio como se lo tomaba Hardy, o incluso Lawrence, a quien, según dice el espléndido traductor (José C. Vales: gran trabajo), Gibbons caricaturiza en el personaje de Mybug, un sátiro exquisito, gordo y pesado; pero también deja claro que no es difícil escribir así pero la novela necesita otro tipo de lenguaje. Y en eso, en el lenguaje, la novela es espléndida. Puesto que los personajes son caricaturas más o menos planas (más que evolucionar, responden a la varita mágica), la protagonista se erige en una especie de Mary Poppins con la elegancia de Virginia Woolf pero sin sus tormentos nebulosos. Y la verdad es que, mientras la autora no procede a darle un sentido a todo, a cerrarlo, la novela es una verdadera delicia. Se me hace un poco más pesada en las escenas tumultuosas, el aquelarre general en el cuarto de la vieja, o la boda de Elfine, algo cansina (las bodas, o se ponen al principio, como Zola en La taberna, o en medio, como Cervantes, o se cuentan en una página: largas y al final siempre me resultan excesivas), y se me hace un poco menos creíble ese final no sarcástico, forzadamente sincero, ese tener las cosas demasiado claras después de todo. Pero reconozco que es un problema mío con los finales orquestales. Prefiero que las novelas finalicen por sí mismas, sin necesidad de rataplanes. Pero, ay, estamos en los albores del cine, y estos rataplanes iban a durar un siglo como poco, y siguen durando. Pocas comedias se escribirían después sin una boda excesiva, en una lenta deflación de la sonrisa. Todo lo demás, todo lo mucho previo al rataplán, aunque no sea muy campestre, es, desde luego, muy higiénico, muy natural.

27.4.13

Emak bakia



Déjame en paz, significa, en vasco, emak bakia, el nombre de la casa en la que Man Ray rodó la película del mismo título en 1926, y de la película en la que Óskar Alegría viaja tratando de localizarla. Ahora se proyecta en el Matadero, el Candem de Madrid. Todo muy cool.
              Emak Bakia, la de ahora, también es vanguardia, la vanguardia que reconocemos, el precioso grano entre tanta paja daliniana. Y no lo es por el hecho de que esté compuesta sobre el recuerdo y la idea de libertad de Man Ray, sino porque es cine de la era de internet. Y buen cine. Man Ray participó en la mitosis del dadaísmo y el surrealismo, su película sigue los dictados de la unión libre (algo que, tratándose de vanguardia, lamentablemente no es contradictorio) y de la epistemología del azar: los movimientos de cámara los hacía el viento, o la propia cámara rodando, o las sobreexposiciones. La vanguardia de Óscar Alegría, el director de esta nueva Emak bakia, traslada la unión libre no tanto a la composición de imágenes como al entramado argumental. Así, la película que empieza tratando sobre la casa en la que Man Ray rodó su película, se desvía enseguida, con el sinuoso y arabesco rastro de las liebres, hacia todo aquello que tiene suficiente valor poético como para dirigir el curso de la narración, algo como lo que escribió Nooteboom en su Desvío a Santiago, un libro también de viajes libres y azarosos.
                 La búsqueda de aquella casa incluye la historia de un payaso cuya foto encuentra el narrador en una tumba cuando iba buscando pistas, huellas del edificio, y la de una princesa rumana de noventa y tantos años que fue campeona de ping-pong, y la de los vecinos de una casa a la que llegó hace cien años una postal de ambiguo contenido. O sea, la narración avanza como avanzan las navegaciones cibernéticas, sin diseños previos, orgánica, caprichosamente, con el solo límite de la poesía, en movimiento no rectilíneo, no lógico ni alfabético, sino circular, libérrimo, impredecible, como se nos pasaban antes las tardes con la Enciclopedia Británica y ahora con Google. El instinto del narrador solo se ocupa de saber detectar las situaciones poéticas, la inercia que inspira buenas ideas, el contexto que las nutre. Así, por ejemplo, un tipo graba los sonidos que hacen los objetos y los materiales de la casa, las maderas y los platos y los suelos, los de ahora y los de antes, los de la actual residencia para empleados de una empresa y los de unos príncipes rumanos que la edificaron, los Wittgenstein, concretamente un vástago vago que por no soportar a la familia se calcó la casa en la costa de Biarritz y se fue a vivir allí. Y con esos sonidos compone la banda sonora de la película.
Una historia lleva a la otra, un nombre a otro, y todos los nombres van componiendo el hermoso poema que es la película y la hermosa secuencia del poema que componen los nombres de las casas. El plan queda a merced del pulso narrativo, no de los hechos narrados. La película no se cae porque resulta cómodo instalarse en ese viaje al pairo de la poesía. Lo dice el narrador en algún momento, lo importante es el viaje, como en Homero, y el viaje es azar, no exactamente casualidad ni coincidencia, que es propio de quien quiere casarlo todo, sino instinto de belleza, necesidad heroica. La cámara sigue la lógica real de los poemas, vamos con ella, y de paso nos ahorramos el esfuerzo distanciado de ir interpretándolo todo, que es lo que cansa un poco en el original. Óscar Alegría lo resuelve teniendo la película de Man Ray como referente. Ya no hace falta que nos preocupemos por el significado de las pestañas como mariposas de las bellas durmientes: nos conformamos con recrearlas, con volver a vivirlas. (Y con los cerdos, otra escena cumbre, pasa lo mismo). Pero una vez que nos hemos desembarazado de la onerosa obligación de interpretar podemos limitarnos al deslumbramiento nítido de las imágenes, a su evidente hondura, sin hermetismos de ninguna clase. Son reales porque son el marco de Man Ray, así que ya no deben preocuparse de la lógica y la previsión.
No está nada mal que el lenguaje narrativo de un documental se entregue en brazos de la poesía. Porque en el fondo es volver a Buñuel, sobre todo cuando dejaba el guión en manos de la película, pero con el instinto narrativo al que ahora nos tiene Auster acostumbrados. Por cierto: no estaría nada mal leer La noche del oráculo como complemento a Emak Bakia.
Más de alguno lo confundirá con un simple método que se basta a sí mismo (que es lo que tantas veces ha hecho la vanguardia), y ese tirar de un hilo y de cualquiera de sus flecos se tome como plantilla para contar cualquier cosa, como si el diseño justificara el contenido, que es lo que suele pasar. No es el caso. El azar solo marca la ruta, pero la variedad y la hondura de sus pequeños poemas visuales está muy por encima de la simple carpintería. La película hace así honor a su título. Emak bakia, déjame en paz, le dice Óskar Alegría a la tópica industrial del cine contemporáneo, entre otras cosas porque está rodada, oh siglo XXI, con una cámara de fotos y sin ninguna financiación.


23.4.13

La prosa empanada de Julio Llamazares



Leer otra novela de Julio Llamazares después de haber leído la penosa El cielo de Madrid es un caso clínico de reincidencia. El primer culpable es el lector. Uno debería saber cuándo un autor ya no tiene remedio. Y Llamazares, como novelista, ya no tiene remedio. Aunque también era injusto no traerlo a esta serie campestre, sobre todo si su nueva obra, Las lágrimas de San Lorenzo, se remite, como dice la solapa, en una de sus varias mentiras piadosas (de fe en el comercio), a la legendaria La lluvia amarilla, aunque visto lo visto casi preferiría que fuese una reseña de memoria, de cuando la leí hace veinticinco años.
               No es nada raro que un novelista tenga principios prometedores y luego se quede en nada. Lo que avalaba a Llamazares, antes de La lluvia amarilla, eran dos buenos libros de poemas, La lentitud de los bueyes y, sobre todo, Memoria de la nieve, y una novela que ahora huele a celuloide revenido pero que entonces sonaba muy fresca, Luna de lobos. En La lluvia amarilla estaba el poeta de Memoria de la nieve, que sigue como el primer día. Los hermosos versículos que nombraban cadenciosamente las palabras como si fueran frutos de la tierra se unieron en un poema en prosa con aquella historia del pueblo abandonado.
Pero a La lluvia amarilla, según la recuerdo ahora, le sobraba ñoñería, inflación musical. El siguiente libro, Escenas de cine mudo (del que Las lágrimas de San Lorenzo es mero reciclaje) era mucho menos ñoño, y también menos hispanoamericano (había mucho en La lluvia amarilla  de Rulfo y de García Márquez, aunque pasado por el saludable cierzo leonés), y, como prosa, mucho más armado para una novela. El libro estaba compuesto de estampas infantiles, un rimero de recuerdos recogidos del desván, lo típico. Pero estaba muy bien escrito, y así se podía escribir una estupenda novela. Llamazares la llamó novela porque entonces la falta de imaginación no era un problema (ahora tampoco), pero el caso es que nadie la tomó como tal, y también que entonces ya estaba escribiendo otra novela que iba a ser la pera y que se llamaría El cielo de Madrid. Entretanto, había escrito el último libro suyo que recuerdo haber leído con cierto placer, El río del olvido, un cuaderno de viaje que le enseñó cuál era su verdadero género, uno que requiriese saber describir (es decir, el dominio de los versos largos) pero no necesitase de imaginación. Es lo mismo que le pasó a Cela, y eso que Llamazares, por aquella época, publicó un célebre artículo, El arzobispo de Constantinopla, creo recordar que se llamaba, donde ponía a parir a don Camilo el del premio, aunque luego, en sus libros de viaje, Llamazares copiase su técnica, su punto de vista y casi su estilo sin el menor reparo.
Tras os montes y La rosa de piedra, otros dos libros de viaje, pasaron por buenos libros porque se limitaban a las virtudes del autor, ese andar como aturdido por el mundo, ese escribir que es todavía como ir escuchando el eco de los callejones. Pero los cuentos me aburrían, y cuando, por fin, salió la esperadísima El cielo de Madrid la decepción fue morrocotuda. No solo seguía sin pizca de imaginación, sino que daba la sensación de que se le había olvidado hasta escribir, hasta el punto de que ese genuino parto de los montes ha servido ahora como reclamo publicitario. La solapa de Las lágrimas de San Lorenzo tiene un aire a segunda oportunidad: ya sabemos, sugiere, que el libro anterior era un desastre, pero ahora ha escrito como en La lluvia amarilla, o sea, como cuando creíamos que era un novelista prometedor.  
Y el caso es que esa falta de imaginación, de potencia narrativa, es, paradójicamente, lo que le granjeó sus primeros éxitos. Llamazares era el tipo de joven progresista con cara de resfriado que se encorvaba mucho al hablar, cruzaba las piernas y con una mano sostenía un cenicero de cerámica popular y con la otra un ducados al que le daba hondas chupadas. Era el escritor aterido que viaja en un dos caballos por el monte con una chica de belleza verosímil, y así sus novelas tenían un solo protagonista, el escritor, el chico majo que escribe cuentos sobre el maestro don Joaquín y la infancia en el pueblo. Había cientos de miles. Yo creo que todos los estudiantes de letras de la década de los setenta escribieron un cuento sobre cuando su abuelo se echó al monte y lo bueno que estaba el pan que hacía su abuela. Era una forma de jipismo urbano, de andar con las manos en los bolsillos y el cuello de la chupa bien subido por aceras negras y fachadas de barrio antiguo, y los fines de semana cantarle a los zarzales. Llamazares escribía lo mismo que todos los que querían escribir aunque no tuviesen imaginación, pero lo hacía especialmente bien, parecía.
Pero él se empeña. Si se limitase a contar su vida, lo que le ha pasado esta mañana, lo tomaríamos como un libro de viajes interiores, y esperaríamos sin más la llegada de los párrafos hermosos. Pero él quiere inventar, quiere crear personajes, quiere urdir historias. Y no le sale. Las lágrimas de San Lorenzo es una baraja de cuentecillos tópicos con un elemento en común, el tempus fugit, vaya por Dios. Otra vez el abuelo, otra vez el Dos Caballos, otra vez las reflexiones de pata de banco: “Pero la vida no tiene vuelta. Como la juventud o el viento, la vida pasa y nunca retorna por más que nos neguemos a aceptarlo, como les sucede a muchos”; otra vez la sonoridad gratuita, el chiste involuntario: “…mi madre, que se quedaba a dormir con él por las noches, y a mi tía, que lo hacía por el día”. Y otra vez el mal disimulado autobiografismo resuelto en tópicos, en este caso el de un padre viejuno que contempla con su hijo las estrellas, ay, o el de unas vacaciones en la Provenza con una ninfa fumadora. Y otra vez, ¡y otra vez!, el tema del escritor que escribe una novela. Todo es soportable menos la mala prosa, y lo que podría parecer esfuerzo de nitidez se queda en oración simple. Llegar a la esencia estética del ser humano no implica escribir redacciones escolares sobre las vacaciones, y así, como si practicara ejercicios de gramática un verano por la mañana, hay frases directamente ridículas: “Es como en medio del mar, donde solo existe éste”. Todo está, por cierto, lleno de pronombres demostrativos. Es como si se le hubiese caído una caja de pronombres demostrativos encima del álbum de fotos que nos está contando. El estilo está como empanado. El rostro amodorrado de Llamazares se traslada un poco a la sintaxis. No hay nada que pueda compararse con un verso de Memoria de la nieve, y lo que le sale no es una novela sino un ramillete de prosas bonitas (siempre y cuando no se haga un lío con los pronombres demostrativos), es decir que, puesto que no es novela porque no hay narración, tendremos que leerlo como un poema en prosa. Y tampoco.
La novela es breve y se hace larga porque, como no hay historia, como solo hay ciudades europeas de las que solo se dan las señas y mujeres guapas de las que solo se dan los nombres de pila, como solo hay hechos consumados, no acontecimientos (la madre con Alzheimer, el padre y el hermano muertos, las separaciones traumáticas), el resultado es que no se mueve, que es una negra y vulgar noche por la que van pasando estrellas idénticamente mortecinas, e incluso se hace pesada por el viejo truco de acumular lo dicho en cada capítulo, como en la canción de los elefantes, y mezclarlo todo para que parezca más intenso. Pero es que lo dicho en cada capítulo solo es eso, lo dicho, lo acontecido y muerto, la situación final de la memoria para un tipo con la crisis de los cincuenta, razón por la que nos repite cincuenta veces, de diversos modos, el profundo pensamiento de que la vida se pasa enseguida.
Quizá solo haya una virtud que le da cierta coherencia a la novela. Quizá la vida sea igual de deslavazada, quizá los recuerdos sean así de simples, quizá esta forma de rellenar las páginas de un libro sea la que dé una imagen más intensa de la fenomenal torrija que lleva el autor.
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