19.1.21

Ascetismo

Cuaderno de invierno, 30



Leo La vida simple, el diario de Sylvain Tesson de cuando se fue a pasar seis meses a Siberia, en una cabaña junto al lago Baikal, no lejos de Irkustk, por cierto, la ciudad de donde salió el submarino que acabó en sarcófago y donde nacieron varios personajes de Otoño ruso. Me interesaba la relación entre frío y ascetismo, pero el libro, adornado, eso sí, con una porción de imágenes brillantes y francesas, da una idea trágica del frío (el hielo es un crujido permanente) pero cómica del ascetismo: hay pocas páginas en las que el protagonista no sea visitado por alguien o vaya él de visita. Si lo que quería es aislarse, no le hacía falta salir de su casa de París, pero aquí las horas de soledad, aun rebozadas de poesía y rayos blancos de sol que avanzan sobre el hule de la mesa, suenan más bien a insoportable aburrimiento, razón por la cual el protagonista se arrea una botella de vodka tras otra. El libro necesitaba que pasasen cosas, acontecimientos excepcionales, descubrimientos reveladores, experiencias inolvidables, en una cabaña de madera de tres por tres, en medio de la nieve y junto a un bosque de cedros centenarios. Tesson no se aparta nunca del espíritu juvenil robinsoniano, con el cuchillo grande de matar osos clavado en el cabecero de la cama, obligándose a pasar calamidades en viajes sin objeto a través de la ventisca, a treinta grados bajo cero, para encontrarse con guardabosques que no hablan y volverse otra vez por donde ha venido. Los episodios están narrados con espíritu de reportero audaz que visita los extremos pero finge callar lo más íntimo de cada encuentro, lo de siempre. 
Pero la novedad, el descubrimiento absoluto (el de quien vive, transitoriamente, como de vacaciones, en un sitio en el que ningún lector vivirá), son más bien contrarios al ascetismo, que siempre descubre lo que cualquiera puede ver. El asceta navega en la rutina, la mejor forma de no naufragar en las horas muertas, y esa rutina está distribuida para contemplar los distintos momentos del día, las diferentes formas de las lechugas, los cambios del tiempo. Al asceta le basta ver cómo se las ingenian las hormigas para entrar en el tarro de miel por más que le pongas una buena tapadera, como dice fray Luis de Granada en unas páginas maravillosas que en cuanto salga del hielo cinematográfico de Tesson volveré a leer con verdadera sed.
 

18.1.21

Nenia

Cuaderno de invierno, 29



Todos los muertos que he visto en mi vida tenían el aire frágil y digno de un pajarico. Hace unos meses encontramos un gorrión que no podía remontar el vuelo. Lo pusimos a cubierto en una caja de cartón, con agua, migas de pan y unos granos de alpiste, a ver si se recuperaba. El gorrión se acurrucó en un rincón y así estuvo hasta el día siguiente, mantudo, sin abrir los ojos ni probar el agua. Pensamos que ya había muerto, en la misma posición en la que estaba en el nido, engorando los huevos o dándoles calor a los polluelos. Ya no se movía ni tenía temblores ni se veía que respirase. Aun así lo dejamos, y horas después lo vimos caído de medio lado, el ala suelta, como si se hubiera echado a descansar. La muerte solo se le veía en los dedos algo dislocados y en los ojos, aún entreabiertos, con un último brillo desde el que vio el cielo imposible. Los animales se recogen en sí mismos cuando ya no les quedan fuerzas para nada, su resignada quietud es la única manera de aguantar. El pajarico estaba vivo pero no podía abrir los ojos. Solo los abrió, como el verderón sobre la nieve, para ver la muerte. 
O miselle passer! Unas veces son las armas humeantes de los cazadores, o los fuegos artificiales, que provocaron en Roma una lluvia de estorninos muertos, y otras veces es el hielo, el mundo frío y desaparecido, el nido insuficiente y los carnívoros desesperados. En qué otro animal adulto encontramos recogida toda la hermosura que nos hace vulnerables. Pero ni el verderón ni nosotros somos conscientes de nuestra fragilidad, aguantamos abrigados y hasta el último momento buscamos la mejor postura para seguir con vida. El pajarillo no muere de viejo, lo mata el invierno. 

Uno se para a mirar el cuerpecillo algo rechoncho, el pico corto y recio, de cantor potente, el verde lima que asoma entre las plumas pardas. En el mundo de los pájaros quizá sea un tipo corriente, un esforzado trabajador, como esas personas que siguen adelante sin cuestionarse nada ni quedarse en una rama para que las vean. No es un pájaro exótico. Es un pájaro como nosotros, por eso nos compadecemos, porque reconocemos en nosotros su delicadeza. Y así también nos quedaremos, de medio lado, con los ojos abiertos, cuando no podamos con el frío.

17.1.21

Temor

Cuaderno de invierno, 28



No quería subir a los cipreses de la acequia, ahora que la nieve se ha sunsido, porque temía encontrármelo sembrado de cadáveres de palomica. Llevo días sin ver ninguna. Algún gorrión hemos visto posarse en los taludes, donde la tierra se había descarnado, y por supuesto cuervos y picarazas, inmunes al hielo, pero las palomas, o emigraron (y es conocida su raigambre cuando crían) o se han congelado. 
Hace unos meses pasó por casa un cazador, y al comentarle yo de qué modo estaban proliferando las tórtolas turcas y cómo llenaban de palomino los barandales y se estampaban contra las ventanas, me dijo muy convencido que él en una mañana me restablecía el equilibrio ambiental con la escopeta, y que aún podríamos comernos un pichón para almorzar. Yo, espantado por semejante proposición y por seguirle la corriente, le dije que antes habría que haberlo colgado unos días del pescuezo porque si no estaría muy jasco. Me mortificaba promover una matanza de palomas, me sentía como el personaje de Las manos del pianista, la novela de Eugenio Fuentes, que se dedicaba profesionalmente a exterminarlas. De modo que lo dejamos correr, entre otras razones porque cazar tórtolas turcas está prohibido.

Sin embargo hace tiempo que no vemos una tórtola común, y la única competencia que les queda a estas otras es una pareja de torcaces, gordas como gallinas guineanas, que crían en los pinos. El arrullo permanente del otoño ha dado paso a un silencio sepulcral. Confiaba en que los gatos hubieran limpiado un poco el lugar del siniestro. Es posible, pensé, que para ellos el único alimento de estos días hayan sido unas pechugas congeladas. Quedarán las plumas en la nieve, coágulos de sangre como helados de fresa. 

Pero habrá tenido que ser la tormenta la que haya dado el puñetazo en la mesa. La naturaleza es un crimen atroz que goza de indulgencia plenaria. Al final me he hecho al ánimo y he subido, listo para ver un espectáculo macabro. Galán iba delante, abriendo camino, y se ha parado a olisquear un par de veces pero no ha escarbado. Colgando de una rama de avellano he visto una pluma, y unas huellas de gato. Al pisar el cuello nevado de la acequia, en ocasiones notaba un bulto blando, más duro que la nieve y menos que una rama o una piedra, pero quiero pensar que no eran ellas. Ya aparecerán.

16.1.21

Regalo

Cuaderno de invierno, 27




«Iam aetas mea contenta est suo frigore; vix media regelatur aestate», le dice Séneca a Lucilio, o sea, «mi edad ya tiene bastante con su propio frío; apenas se derrite en mitad del verano». De ese regelari, descongelarse, viene el regalarse de la nieve, como se dice por aquí, aunque en Soria reclaman la patente. Pero sí, la nieve se regala con el sol de la mañana. Lo que en la ciudad parece los escombros de una fiesta, un confeti helado, incómodo y sucio, aquí es un paulatino y armonioso desaparecer. Ya no está en las ramas de los árboles, y va retrocediendo de la acera como una marea lenta. Se hunde en la cuadrícula de las tejas, desaparece bajo las cañas de los maizales. En los bancales empieza a marcar las irregularidades del terreno, montículos que llevan dentro una mata de apio, hoyos de cuando arranqué las varas, incluso se nota una levísima línea azul que separa lo que ya tenía cavado y listo para plantar los ajos y lo que se había ido apelmazando. Los caballones del campo de calabazas de la granja parecen trazados en la misma nieve. Todo sigue siendo blanco y el manto inmaculado tiene idéntico grosor. En algunas piezas donde da más el sol empiezan a abrirse diminutos poros que se abren en círculos negros como quemaduras. Solo hay neveros donde pasan las personas, en los bordes del camino, en las tapias y en las alambradas, pero el resto es un irse yendo que no produce la impaciencia ni el resentimiento de la nieve que se queda por las calles.
Séneca lleva razón. Si vinculamos la primera estación del año solar con la última de la vida humana es precisamente por el frío, por la incapacidad de reponerse del frío, la progresiva lentitud con la que uno se regala. Las lluvias de otoño y primavera, por fuertes que sean, dejan rastro poco tiempo, pero la nieve persiste. Acostumbrados a olvidar los placeres nada más hacerles una foto, este de ver nevar se queda con nosotros unos días, es un intruso fascinante que vino a visitarnos y se apalancó. Quedan días de frío. La ladera que veo desde la ventana, al otro lado del río, es toda una umbría, y allí la nieve helada permanecerá compacta y sin roderas ni pisadas por lo menos hasta que, como dice el refrán, busque la sombra el perro.

15.1.21

Alcacia

Cuaderno de invierno, 26



No lo llamábamos patio interior porque eso sonaba demasiado fino. Eran las alcacias, siempre con ele, el solar entre los bloques de pisos, donde bajábamos los zagales a jugar a pitones y al escondite, donde se prendía la hoguera de San Antón y las vecinas tendían las sábanas de un alambre que se iba hundiendo en las ramas como una cicatriz. Las alcacias eran árbol de ciudad, cuneta de carretera, enjutas y resistentes. Quizá por eso se cargaron casi todas. Tenían fama de levantar las aceras y romper las tuberías, y fueron sustituidas por plataneros mancos, alheñas enclenques, mandarinos retotolludos y otras especies de adorno que no aguantan una buena nevada. Las alcacias podían con todo, había que arrancarlas de cuajo si no querías que volviesen a brotar. Pasaban el invierno como pintadas con tinta china, esquemáticas y humildes, y en verano eran una fiesta de flores comestibles.
Durante mucho tiempo las alcacias me parecieron un árbol de barrio obrero, y si me gustaban no era por su hojas sino por sus connotaciones. Uno se va despojando de la simbología y queda el árbol desnudo, lleno de armonía, verosímil. La ele le da sin querer un prestigio andalusí, y en realidad es una prótesis que naturalmente los hablantes incluían porque resultaba poco fluido y algo pedante decir acacia. El lenguaje popular se arabizaba para sonar cercano.

Digo esto porque el sol de estos últimos días ha bajado el suflé de la nieve y al lado de la celinda ha reaparecido una vara de alcacia muy fina —algo más de medio metro— que el año pasado ya lucía su ramo de hojas y sus espinas. Las ramas, finas como alambres, no eran lo bastante consistentes y cayeron, pero el tronco, no más grueso que un lapicero, sigue tieso y con buen color. Aguantará, sin duda. La cuidaremos con mimo hasta que empiecen a salirle las estrías. A su alrededor, a la debida distancia, no estaría mal plantar un arboreto de especies infantiles, las moreras de la piscina, los olmos de los caminos, las sargas del río, los cipreses del cementerio. Las nogueras y los cerezos fueron descubrimientos de adolescencia, y chopos y pinos eran lo que había cuando íbamos al campo a merendar. A ver si me da tiempo a verla tan crecida como aquellas. Si para entonces soy capaz de arrodillarme, limpiaré su alrededor y echaré una partida: chivas, pipalmos, tutes y gua.

14.1.21

Leña

Cuaderno de invierno, 25



Uno no está libre de que la ventisca derribe una torre de la luz, la corriente quede interrumpida, se apague la caldera y se muera de frío. Si revienta una cañería o se hielan los grifos, siempre puede beber nieve, pero si tiene que calentarse con abrigos una de estas noches, la cosa se pone más fea. Lo único que nunca falla ni se dispara ni se agota es la leña. En los crudos inviernos de la guerra, el pueblo de Madrid dejó el Retiro medio pelado. Un poco de calor llegó a ser para muchos el último hilo que les unía a la vida. Luego venían los muebles… La única herramienta indispensable era un hacha. Más que una pistola.
Lo pienso mientras paso la mañana dormitando junto a la chimenea. Cuando el termómetro se disparó y alcanzamos los 18º bajo cero, empezó a inquietarnos todo aquello que pudiera fallar, y llegamos a la conclusión de que lo único imprescindible era la leña y el laterío, los dos elementos más básicos, y los más antiguos, porque hay cedros centenarios y latas de fiambre de los tiempos de Perón. La tecnología puede dejarte tirado en cualquier momento, pero la leña siempre reconforta, su calor es más cercano y envolvente, más placentero porque te abriga la seguridad de que no ha de terminarse. Tronco tras tronco, el temporal podría durar hasta finales de invierno y no pasaríamos frío. Todo lo demás es contingente.

Quizá lo esencial sea también lo básico inagotable. Lars Mytting dedicó al asunto un libro entero, El libro de la madera (Alfaguara), que ardo en deseos de leer, aunque he visto por ahí que combate la idea de que quemar madera sea poco ecologista. Un árbol libera las mismas toxinas si se quema que si se pudre, y en todo caso prefiero continuar una práctica prehistórica que exponerme a un enfriamiento. La leña, además, está integrada en este ciclo ascético vegetativo. No solo los arces servirán el próximo otoño para encender la chimenea, sino que de la rama que tronchó la nieve en el pino grande saldrán unas tedas estupendas, y cuando se derrita el hielo empezará la poda. Y si, además, uno tiene una buena provisión de cirios, ya no hay que preocuparse por más que las grandes conquistas de la humanidad se puedan estropear. No es que uno se conforme con poco sino que detesta la inquietud.

13.1.21

Sonido

Cuaderno de invierno, 24



La paz es la ausencia de viento, y Teruel es la cuarta provincia menos ventosa de España. Lo leo en El triángulo de hielo, de Vicente Aupí, mi libro de cabecera para estas jornadas polares. Así que sin viento las mañanas de sol, aun con temperaturas bajo cero, suelen ser muy agradables. Descanso de picar hielo en el caminillo (una placa de cinco centímetros debajo de la nieve) y me voy un rato con los perros, que están contemplando el paisaje. Con ellos escucho la mañana. La nieve amortigua el sonido, absorbe los ecos cruzados. Aunque yo creo que, más que amortiguar, lo que hace es limpiarlo. Hay un fondo de copos de nieve que caen de los árboles y se estrellan contra el suelo, y en el trayecto producen un sonido metálico, como de campanillas de viento, al golpearse con las vainas secas del ciclamor. Dan esa sensación que al principio nos daban los discos compactos, de los que nos llamaba la atención su asepsia diamantina, el hecho de que no hubiera nada más que aquello que sonaba. Una banda de viento metal en un valle nevado tiene que ser toda una experiencia. Incluso el chillido de un grajo que aletea entre las ramas de los chopos es una octava más agudo, y esa nitidez es lo que hace comprenderlo mejor: es sin duda un grito de alarma, de frío, de no ver ningún gusano en semejante lápida sin inscripciones, o de haberse perdido. Los grajos ven más que nosotros, pero aquí no hay nada que ver. Esa luz blanca restallante tiene que ser más agresiva incluso para ellos, que se emboscan para huir de los deslumbramientos.

Entiendo su actitud porque los escucho mejor. La acústica es perfecta. Las voces no reverberan ni se desvanecen, son de límites tajantes, y ese timbre cristalino pronuncia universales del significado. Algo se ha movido entre los desmayos de la acequia y Galán prorrumpe en roncos ladridos, que no resuenan por el valle como de ordinario, no tan orfeónicos, pero sí más nítidos, más afilados, probablemente el sonido que escuchen los gatos, no el ladrido pánfilo que a veces oímos nosotros sino el bramido potente que avisa y amenaza. Yo mismo pego un grito que casi no me da tiempo a escuchar, y en todo caso lo oigo más por dentro que por fuera. No sé qué habrán pensado los mastines.

12.1.21

Hielo

Cuaderno de invierno, 23



Hemos amanecido con unos interesantes dieciocho grados bajo cero. Ya David Haskell hizo el experimento de salir de casa con esta temperatura y desnudarse, a ver qué se sentía. Doy por bueno lo que cuenta en En un metro de bosque, aunque el proceso de atrofia, descoordinación, somnolencia y alucinaciones que conduce a la risa sardónica ya lo había leído en la novela de Tolstoi de la que hablabábamos el otro día. Me limito a sacar a los mastines del invernadero, que han pasado la noche tan ricamente bajo un techo de nieve acristalada. El cubo de agua que les metí no se ha helado, pero el que les dejé afuera es un bloque de cristal. Nos damos los buenos días y cuando salen frescos y alegres Galán se pega un resbalón en la escalera que casi se rompe los colmillos. Y eso que ellos tienen más agarre. A los cinco minutos estaban en un cuadrado de sol que ilumina parte del caminillo. Se conoce que tienen reservas, porque los pájaros no se paran más que un momento en ningún sitio. Si no se calientan con los músculos voladores, como dice Haskell, las plumas no sirven de aislante para semejante frío. En los días de nieve que llevamos solo he visto una bandada de grajos merodeando por los maizales y un pájaro carpintero que volaba entre las ramas y de vez en cuando hurgaba en las grietas de las cortezas de los árboles, por si había algún insecto escondido, pero es verdad que estaba muy poco tiempo y volvía a salir a escape. En verano son difíciles de ver porque se confunden entre el follaje, pero ahora su verde brillante cruzaba por los grises azulados como un pájaro pintado en un fondo sin color.
Poco más he visto antes de meterme otra vez corriendo a casa. Los cipreses, tan resistentes, tan invernales, han virado a un blanco pícea mortuorio, las ramas sostienen cabizbajas bloques marmóreos de nieve. A los aligustres se les han quemado las hojas, ahora son de color morado casi negro, del color de los miembros congelados, y les cuelgan mocarros de hielo. Las varas de las yucas parecen espadas, y las del plumífero están negras, recubiertas de pelusa hexagonal. Las alambradas forman en sus rombos cortinillas blancas y las hierbas son alambres conservados en hidrógeno puro. Pero las cañerías han resistido y no nos hemos roto ningún hueso. Tampoco se puede pedir mucho más.

11.1.21

Camino

Cuaderno de invierno, 22



Ha bajado la niebla y el valle amanece con aire espectral. En los árboles más cercanos, porque los otros no se divisan, quedan copos disformes, como algodón de azúcar congelado. El parte dice que saldrá el sol pero estará helando todo el día. A media tarde llegaremos a los nueve bajo cero. Es un día estupendo para leer a los rusos, pero cuando salga el sol habrá que seguir haciendo camino. 
    Ayer abrí un sendero para no estar de un lado a otro como funambulistas del hielo. Me acordaba, al dar paladas, de Amarcord, el pasadizo entre la nieve. Aquí solo llegamos al medio metro pero la sensación es como si hubiera habido que cavar una trinchera. Pero cunde más de lo que había imaginado, y se luce, que son las dos ventajas que hacen un trabajo soportable. A falta de zapa de campaña, pesa más la pala que la nieve. Manejándola de frente se quitan los ampos gruesos, leves y compactos, que se pegan al metal de la pala y hay que sacudirla golpeándola contra el suelo. Pero luego hay que usar el canto para rascar las placas de hielo, que saltan como las losas. Esto es mejor hacerlo de derecha a izquierda, a ritmo de guadaña, como si estuviéramos segando pipirigallo, o como cuando recogemos el montón de arena que han deshecho los mastines. Finalmente conviene rascar el suelo con un cepillo de púas metálicas, la anchura de cuyo soporte marca y perfila los bordes del sendero, y arrastra grumos amarillos diminutos, los últimos restos del hielo, que son los que se cuelan por los poros y abren las grietas que cuartean las aceras. La nieve se ensucia enseguida.

El sendero culebrea cuesta arriba desde la puerta de casa hasta la verja de la entrada. El cemento mojado se ennegrece todavía más con la presencia de la nieve, sus paredes son como las de una cantera de mármol tallada con un pico. Cuando veo la escena de Amarcord solo pienso en el que, sin decorados de cartón, cavaría la zanja entre la nieve, pero no en el trabajo que le costó ni en las veces que tuvo que agachar el lomo y sacudir la pala, sino en la meticulosidad con que lo hizo, lo vertical de las paredes y lo blando de las curvas. No es muy útil porque no pienso ir a ninguna parte, pero el temporal hay que capearlo con elegancia.

10.1.21

Azul

Cuaderno de invierno, 21



Por fin asoma el azul del cielo, apenas una sombra sobre la línea que dibujan las muelas. Es un hermoso añil que no sé si será señal de que escampa, de que vienen lluvias o de que llegan días de hielo. Leyendo esta madrugada Una tormenta de nieve, la novela corta de Tolstói, además de relamerme con su estilo terso, preciso, transparente, cuidadoso y bien podado que hace avanzar por la lectura con el sosiego con que un témpano discurre por el río, me he fijado en que los personajes aguantan bien la nieve, aunque tengan que viajar por la estepa en mitad de una ventisca y la nieve borre las líneas del camino y oculte los postes de correos. Los caballos trotan sin dificultad y los pasajeros discuten sin angustia por dónde tienen que continuar. Lo que todos temen es el hielo. Van sin rumbo, no ven nada, pero saben que, si ataca el hielo, es entonces cuando están perdidos.
Ese tímido asomarse del azul ha sido solo, me temo, con la primera luz. La sábana blanca almidonada ya ha vuelto a tapar el cielo. Las fotografías de la batalla de Teruel se quedan cortas comparadas con lo que veo desde la ventana. De los arbustos apenas se distingue alguna rama, la nieve cubre casi entero el tronco de los cerezos. En los páramos de más arriba (lo más parecido a Novocherkask, a orillas del Mar Negro, que es donde sucede la novela), el cielo y la tierra son solo dos tonos de blanco, el blanco agrisado del cielo, de fondo plomizo, y el blanco más intenso de la tierra, como un litopón lavado con azulete. No hay más. La única perturbación es que la línea del horizonte no es recta del todo, pero los volúmenes han sido igualados por un inmenso edredón. Un poste de la luz, allá lejos, es lo único que relaciona la imagen con el mundo conocido.

El espectáculo inquieta y fascina. La naturaleza se ha dejado caer sobre sí misma con una autoridad apabullante. No se la puede combatir, en todo caso puede uno rendirse a su poder, adaptarse a ella. Un ligero vientecillo, por lo que veo, se ha sumado a la fiesta. Ha dejado de nevar. Ese viento está petrificando la nieve. Es urgente despejar con la pala el camino, rascar del suelo todo lo que pueda resbalar. El azul ha desaparecido por completo.

9.1.21

Tormenta

Cuaderno de invierno, 20



El único desperfecto por el momento es una rama del pino grande que ha cedido bajo el peso de la nieve. Ahora yace, con las acículas todavía frescas, sobre el suelo blanco restallante, apenas hollado por los caminillos que han abierto los mastines. Sospechamos que no será la última. Este pino es muy corpulento y creció un poco torcido, en lo alto de un talud. Las ramas que dan al sur le pesan más al tronco que las otras. Aunque también es posible que esta rama fuera desequilibrante, y que la nieve haya hecho un ejercicio de poda natural que mantenga al pino en su sitio hasta la siguiente tormenta épica. 
Pero ayer me entretenía con las líneas blancas sobre las ramas negras, y hoy vigilo cómo se comban las más viejas. La nieve puede acumularse un palmo largo incluso sobre un centímetro de manzano. Las ramas largas de los cerezos, que nunca se han podado, van adquiriendo un perfil de pagoda, abriéndose como las hayas. Tan sólo apuntan al cielo las más altas. Algunas de curvatura preocupante las he intentado varear un poco. En el silencio helado casi se confundían los desgarros de la rama con el crujir de la nieve. Al caer los grumos helados, la rama respingaba un palmo por lo menos. Pero no se podía estar. A pesar de ir bien pertrechado, con botas de montaña y polainas de hule, la nieve me llegaba hasta más arriba de la rodilla. 

Galán me abría paso y despejaba el sitio. Es curioso que cuando la nevada se ha puesto seria los mastines se han aplicado a su labor pastoral, y Galán va delante y Morena detrás, y mientras meneo el ramaje inútilmente, los dos merodean o se tumban a observarme. Entre semejante cantidad de nieve, les debemos de parecer ovejas asustadas. Eso sí, ayer ya no tuve con ellos más contemplaciones, me salió un ramalazo autoritario y los obligué a pasar la noche en el invernadero. Harto de que se burlasen de mí atornillándose en el suelo cada vez que los quiero meter, me llevé los comederos a una terraza donde ya no tenían escapatoria. Con el estómago lleno mostraron una actitud más dialogante y no hubo que empujarlos siquiera para que se metiesen a cubierto. Morena, cansada de vagabundear por rincones húmedos, ha dormido a pierna suelta. El otro, tumbado junto a los cristales, vigilaba la nieve.

8.1.21

Temporal

Cuaderno de invierno, 19



El hombre del campo no disfruta de la nieve. Se alegra pero desconfía, que no es un buen modo de gozar de nada. Se alegra porque una buena nevada de varios días llena los veneros y asegura el riego con más parsimonia que la lluvia fina. Pero no es lo mismo disfrutar del espectáculo a cubierto y en lo alto que estar dentro de la nieve. La belleza está manchada de amenaza: no es solo quedarse aislado (eso, a fin de cuentas, no deja de ser una bendición), sino que la nieve puede helar los pastizales, derrumbar techumbres, tronchar árboles o reventar canales, por no hablar de los rebaños que se quedan atrapados, « y allí se quedan yertos, / cubiertos por la nieve los corpulentos bueyes», dice Virgilio, y caballos que revientan del esfuerzo agotador, y lobos ancianos que no remontan los neveros y pierden a la manada. Aun sin salir de casa, ir a por leña es luchar encorvado contra la ventisca, pisar firme y no perder de vista los chupones de las canaleras, que si se rompen y te alcanzan te descabellan.

Es el primer inconveniente con que uno se encuentra al vivir en el campo, que la lluvia es hermosa pero provoca desbordamientos, que la nieve da paz pero pesa demasiado. Cinco kilómetros río arriba hay un pantano al máximo de su capacidad. Los hielos infiltrados en las grietas de la presa son puñales en el cuello de los campesinos. Solo con que se vieran obligados a desaguar, el río inundaría los bancales, y las acequias que lo acompañan desde las laderas se desbordarían sobre huertos y casas de labor. Imagino las noches de un masovero con nevadas como esta: vería helarse los ricios de los trigales, oiría balar de hambre a los corderos, y rezaría a un santo de palo por que nadie se pusiese malo ni los víveres escaseasen. Porque la nieve ayuda siempre a llegar tarde, a perderse en un lienzo borrado, o a morirse de frío.

Intentaré, yo que no tengo vacas, disfrutar de su hermosura, ver cómo el blanco azulado devora las sombras grises, y que los demonios de su mala fama no me perturben el sueño. Los mastines se han negado en redondo a ponerse a cubierto. Cuando tienen frío, corretean un buen rato y entran en calor. Quizá sean ellos los únicos que saben calibrar el verdadero alcance del temporal.

7.1.21

Arce

Cuaderno de invierno, 18



Mientras esperábamos la nieve, aprovechamos estos últimos días templados para desmochar los arces de la valla. La operación lleva su tiempo. Hay que cortar las varas (las finas con la tijera de podar, las gordas con la sierra) y después ir sacando palos de grosores diferentes y dejar los más rectos para rodrigar las frambuesas y los groselleros. Antes los empleábamos también para que trepasen las judías, y quedaban unos caballetes muy rústicos, como pintados por Egon Shiele, injertos de parra y esqueleto, llenos de articulaciones inflamadas.
Si te olvidas de ellos, los arces se hacen foscos y espigados. Si tan solo les dejas cuatro muñones, queda un árbol algo artificial, con su copa esférica de maqueta de urbanización. Nosotros respetamos unas cuantas varas de palmo en cada una de las cuatro ramas principales, para que salgan más vástagos, sean más frondosos y flexibles y no alcancen demasiada altura. Antes los dejábamos crecer a su sabor, pero les salían muchas ramas desmayadas que tapaban el sol a las cebollas, de manera que la necesidad hizo que me guardase mis opiniones sobre los árboles de merendero, esos plátanos con muñones globulosos, cicatrices tumefactas que dan sensación de abuso. El instinto nos dice que una planta tan bárbaramente cercenada tiene que vivir menos tiempo, pero así como los chopos cabeceros me resultan atractivos como un tótem milenario, los arces trasmochos parecen un engendro urbano. A mí siempre me llevan a Verrières, en El rojo y el negro, donde el alcalde presumía de árboles civilizados mientras Julien Sorel se entendía con su mujer. Son muy francesas estas domesticaciones despiadadas. 

Los arces vinieron para traernos sombra rápida. Uno siempre quiere rodearse de lo que parece haber estado siempre allí. Queríamos verlos llegar a la majestuosidad de los nogales o de los cerezos, aunque en el caso de los arces resulta mucho más interesante limitarse a observar cómo crecen, su color verde azulado, marrón violáceo por los brotes, casi berenjena, tonos muy ajenos a la gama de estas tierras. Después de unos años de desmelene, los hemos reducido a su estricta utilidad, y eso, como a los chopos cabeceros y al resto de arrogantes árboles frutales, les hace formar parte de los ciclos. No dan frutos pero los tutoran, ofrecen rica sombra para echar un trago y secarse el sudor de la frente, y su escamonda es casi un rito para convocar al fuego del futuro.

6.1.21

Anacoreta

Cuaderno de invierno, 17



«En invierno contemplo la nieve que se acumula como nuestras faltas y se derrite como una expiación», leo en Pensamientos desde mi cabaña, de Kamo No Chomei, poeta japonés del siglo XII, aunque fue a principios del XIII, al cumplir cincuenta años, cuando se lio la manta a la cabeza y se retiró a vivir al monte. Construyó una cabaña en la que solo cabía él, tumbado en un lecho de hojas o sentado en un taburete ante su mesa de trabajo, comiendo raíces del suelo y frutos que los árboles le regalaban, y fue cambiando de residencia: «A medida que, de año en año, mi vida declinaba, mis moradas se iban haciendo más pequeñas». Sus casas eran portátiles, como su propia vida.

Lo que el poeta nos invita a pensar es que también somos esclavos de las llaves que nos liberan. El apartamiento y la soledad son las circunstancias de la meditación, pero, en la medida en que son necesarias, se convierten en una cárcel. Este reduccionismo lo conocemos en Occidente por la tradición sofística y, sobre todo, cínica, aunque en los ensayos que acompañan al libro se empeñan en llamarlo pesimismo.

No estoy tan seguro. La plenitud del paisaje lo es cuando tampoco nos resulta imprescindible. El amor al terruño es otro lastre más, y el poeta lo tiene claro, solo busca «la tranquilidad y el placer que me ofrece la ausencia de toda angustia». Y si se retira al monte es porque «el anhelo de vivir se mantiene en mí ante la posibilidad de contemplar la belleza de un paisaje». De cualquier paisaje, cabría decir. Los monjes alaban la hermosura de lo inmediato porque ese es el paisaje que ha de darles ganas de continuar.

Estos Pensamientos son muy breves y vienen forrados de contextos e interpretaciones. Tienen la concisión de lo misterioso, el laconismo compacto que alimenta la especulación. Yo me imagino que la teoría mística sería el impulso para echarse al monte, pero que luego allí le pudo el descubrimiento de que, sencillamente, no le apetecía volver, y dejó pasar los días y cada tarde se sentaba a mirar por la ventana. Cuando nevase, como va a pasar hoy, le pasaría lo mismo que a Gabriel, el protagonista de The dead, cuya alma se desvanecía «al escuchar la nieve caer mansamente sobre el universo, y mansamente caer, como el descenso del último ocaso, sobre los vivos y los muertos».




5.1.21

Mermelada

Cuaderno de invierno, 16



Hace demasiado frío para empezar la poda, así que hemos abierto un bote de mermelada de albaricoque. La primavera pasada plantamos un arbolillo nuevo, pero el viejo albaricoquero, cuando casi lo creíamos moribundo, nos sorprendió cuajándose de frutos. Hubo que cubrirlo con una malla verde para que los pájaros no se ensañasen. Recogimos cestas de mimbre rebosantes de albaricoques. Subidos en escaleras y con sombreros de paja, pasábamos revista a cada rama para arrancarlos del árbol en el momento más adecuado. Pero eran tantos que para no atracarnos ni dejar que se pusieran feos llenamos unos cuantos tarros de mermelada y los metimos en el congelador.
Tres meses después, el sabor estalla con las acideces naturales y tiene el grado exacto de azúcar, almibarado sin llegar a empalagoso. Sabe a la carne del fruto. Es el albaricoque recién cogido, maduro, y con un sabor incluso más penetrante, acaso por efecto del almíbar. No es que hagamos mermelada sino que conservamos el fruto con azúcar, que nunca llega a ser la papilla de los frascos convencionales. Esta mermelada nuestra quedó atada y bien atada, no cometimos la torpeza de triturarla con la minipimer sino tan solo de cortarla en trozos muy pequeños, y así coges una cucharada y sale un cabello de ángel brillante y cuajado que conserva bocados de carne, cuyo sabor inunda la boca y se desparrama por la garganta y da no sé qué untarlo en una tostada y mezclarlo con la mantequilla. Cualquier añadido al sabor puro es un estorbo injustificable. 

Me gusta rastrear en los sabores el vínculo que une al fruto con la tierra, no con una máquina de acero inoxidable, algo que es más fácil con las hortalizas pero también, de otro modo, con los árboles frutales. En eso pensaba el dueño de una famosa fábrica de conservas, que sabía latín y le puso a sus mermeladas el nombre de Hero, la enamorada clásica, quien, viendo que su amado Leandro había perecido en la orilla después de cruzarse a nado el Helesponto (era invierno), se arrojó desde la torre donde cada noche le esperaba con una lámpara encendida, y se despachurró contra el suelo. Unos versos de Góngora, del romance Arrojóse el mancebito, dan idea de la textura de este tipo de mermeladas industriales, cuando Hero escribe su epitafio:


El amor, como dos huevos,

quebrantó nuestras saludes:

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

4.1.21

Catalpa

Cuaderno de invierno, 15


Ha vuelto a nevar. Esto parece Minessota. Sigue helando pero el tiempo es apacible, no se mueve una rama. La catalpa está la pobre congelada. Del este vienen lentas más nubes oscuras. No se ven pájaros pequeños, tan solo algún aguilucho cenizo planea por el valle, a ver si ya se han despertado los ratones, o si algún gorrioncillo se ha muerto de frío. El sol sigue escondido, pero entre las nubes asoma el azul purísima del cielo. 
Me llaman la atención las hojas, tres o cuatro, que siguen, secas, marrones y retorcidas, en la rama de la catalpa de la que salieron. En los álamos no queda ninguna, en ellos no resiste ni la nieve, las ramas crecen rampantes y tan solo hay algún copo atrapado en los entrenudos, pero en la catalpa, que es de formas más lánguidas, más sinuosas y horizontales, la nieve es sombra blanca sobre la madera negra, y le cuelga milagrosamente alguna hoja. Este árbol me pareció al principio una concesión a la jardinería convencional, aunque me consolaba la idea de que Faulkner vería una cuando se asomase por la ventana, más grande y frondosa quizá, pero sin ese delicado esquematismo que aquí se ha ido ganando el respeto entre las otras especies del jardín, acostumbradas durante generaciones a dar sensación de fortaleza. 

Sin embargo la catalpa es buen viajero: no coloniza ningún territorio pero termina adaptándose a casi todos. En invierno le cuelgan las vainas finas, con aspecto de judías alargadas, levemente curvas, como una pincelada vertical del alfabeto japonés. Lo que en los deltas del Mississippi son ramos de hojas grandes y descansadas, acostumbradas al calor, como si se abanicasen con desgana, en estas depresiones frías adquieren un tono más escueto y reflexivo. Y frágil: el verano pasado una de las ramas bajas, que ya tenía un grosor considerable, se desgajó y se secó. No la partió un rayo ni colgamos un columpio. Era el tronco, que no podía sostenerla. 

El resto de las ramas son más finas; algunas, las más bajas, están más fuertes y desarrolladas, en ellas la lozanía es inversamente proporcional a la esperanza de vida, parece que las más enclenques, aquellas que da la sensación de que se quedaron arguelladas, son las que se harán más viejas. Esperemos que la nieve no sea la gota que desequilibra, el gramo que derrumba. Lo sólido y lo frágil se intercambian los papeles. Por gélida que sea la mañana, siempre hay algún movimiento.

3.1.21

Ailanto

Cuaderno de invierno, 14

El fundamento de la limpieza es la meticulosidad. Con pasar un trapo no se consigue ningún beneficio espiritual. Hay que usar esa expresión que la gente dice frunciendo el ceño, a fondo, la limpieza a fondo, las conversaciones a fondo, las revisiones médicas a fondo. Hoy, por ejemplo, he ido a cortar las varas de ailanto, esos árboles del cielo que según decía Betty Smith crecen en patios y callejones en los que ninguna otra especie podría prosperar. Estos han crecido en un rodal muy cerca de la tapia, hijos todos de un malhadado ejemplar que talé y cuyo tocón abrasé con petróleo, pero que cada año da su bosquecillo de palos tiesos y desnudos. Esta vez me he decidido a hacerlo a fondo, es decir, no contentarme con cortar los vástagos por la base; me he entretenido en descubrir la raíz, aprovechando que el terreno era de desmonte y estaba húmedo y muy suelto. Y las raíces, que después de cavar un rato podía arrancar con facilidad, eran un engendro monstruoso, unas bulbosidades hipertrofiadas, llenas de tumores blancos, de las que salían retículas carnosas y brotes gordos como espárragos. Eran repulsivas. Y así como el otro día, arrancando las dos plantas de tabaco que uso para espantar los bichos (y que son mano de santo), la borla de raicillas, mientras sacudía la tierra, despedía un aroma fragante de tierra fértil y tabaco negro, estas raíces monstruosas de los ailantos echaban tufo a cochinilla, como los tallos y las hojas, pero además, en este caso, a cochinilla enferma, medicamentosa, una hedentina como sintética, como si fuera de un árbol que se les fue de las manos en un laboratorio clandestino de árboles de sombra.

La limpieza es lenta. Tardaré bastantes días en desarraigarlos, pero la tarea ha ingresado en el mecanismo de la obra en marcha, en el estarse haciendo, antes de que los tubérculos deformes lleguen a las inmediaciones de otros árboles de raíz clásica y les chupen los nutrientes o los estrangulen. Me siento como aquel que ha puesto la primera piedra para solucionar un antiguo y grave problema de infraestructura, el día que, después de años de no ser capaz de mirar los ailantos sin recordar la necesidad de exterminarlos, por fin ha empezado una operación a fondo. Los huecos enormes de aquellas raíces de árbol venenoso parecen ahora heridas que antes de suturar habría que desinfectar.

2.1.21

Trazo

Cuaderno de invierno, 13


Ha vuelto a nevar toda la noche. De pequeño me llamaba la atención aquello de las nieves perpetuas, los montes que siempre se pintaban con las crestas blancas, o esos pueblos en cuesta donde en noviembre cae una nevada que no se marcha hasta abril. La impresión primera pronto se convierte en incomodidad y tedio. Harían falta unos zuecos de madera para salir cada mañana a la puerta de casa, el melodioso crujir de los pasos pronto se convertiría en esfuerzo añadido, el trabajo sería cenagoso. Pero conozco a quien sí lo vive o lo ha vivido, y esa obligación pascaliana de quedarse en casa le ha granjeado pingües beneficios, casi siempre en forma de estudios o firmeza de carácter. 
    La nieve es inhóspita, un blancor intransitable, y quizá sea ese el primer rasgo de su hermosura. Las cosas emergen a la nieve, trasparecen. En el célebre Paisaje invernal de Sesshu Toyo, el pintor japonés del siglo XV, la nieve es el fondo del que, con más o menos intensidad, surgen los trazos suficientes, lo que asoma para que quien lo vea pueda imaginar su forma completa y detallada. Los quinientos años que hace que está pintado han convertido el fondo en un sepia un tanto pardo, nada que ver con el blanco nievil; lo que da la sensación de frío es, precisamente, la ausencia de las cosas, la emergencia de sus líneas esenciales. Es curioso que esa realidad aparecida, como si entornase la puerta para que entreviésemos lo verdadero, sirva como fundamento del realismo pero también de la pintura abstracta. En el momento en que las formas confusas del horizonte comienzan a cobrar sentido se produce también la sensación de recuerdo más intenso y duradero. Miro las ramas del cerezo, líneas negras muy quebradas, sugeridas por el dedo de nieve que las cubre y las funde con el suelo blanco. Bastarían esos trazos sobre un papel amarillento para que imaginásemos el frío. 
En Europa la nieve es, como decía, dramática o infantil, pero en Japón está más quieta, más pensada como sensación de plenitud, de contemplar las formas esenciales de la existencia. Hay un placentero desdramatizar y al mismo tiempo engrandecer las cosas. Además, como es el segundo día, no es obligatorio estar mirando a todas horas. Uno empieza a convivir con ello, como si lleváramos meses viendo las mismas imágenes. Además arrecia la nevada. Tenemos abstracciones para rato. 




1.1.21

Nieve

Cuaderno de invierno, 12


Amanece con nieve. No es un manto blanco que lo cubra todo. Tan solo permanece sobre los campos de labor, pero ya no hay en los árboles ni en los ribazos, ni tampoco en la cara de los surcos que estuvo al abrigo de la ventisca. No es la nieve profunda, «cuando arrastran los ríos los témpanos de hielo», como dice Virgilio, sino una placa cuajada (todavía hiela) que a medida que remonte el día irá llenando el valle de un barro negruzco, con apenas una línea blanca japonesa en las ramas más horizontales de los membrillos. Ahora mismo lo que cae no sé si es lluvia helada o nieve transparente, más bien un chirimiri cuyas gotas distingo cuando pasan delante de los troncos de los cerezos, y que no parece que vayan a cuajar.
Se quedará así el día, cubierto de nubes brunas, bastará ese viento que mece las ramas jóvenes de los manzanos para que no se pueda estar a la intemperie. Pero no apunta a nevada serena sino a día criminal. Por esta parte del país el cierzo helado es la seña del invierno, con nieve o sin nieve. El frío se soporta salvo que empiece a tirarnos cuchilladas. Bastarían unos rayos de sol para que el blanco violáceo que une el cielo y la tierra se volviese a separar en el gris azulado del cielo y la arcilla roja de los campos, y acabara de distinguirse la silueta de los pinos de la muela, ahora cubiertos por una veladura blanquecina. Pero el sol no acaba de perforar los nubarrones y la humedad es oscura. Todo sigue siendo distinguible con la luz clara del frío, pero las líneas son más negras. Los rastros de nieve las alejan, el entumecimiento del agua las difumina. En la catalpa, las ramas resaltan con el verde de los líquenes que las envuelve, pero la maraña de membrillos habría que pintarla con carbón. La nieve empaña unos matices y subraya otros: la sensación de frío en las ramillas de los álamos, que parece que no se cimbrean con violencia, invita al optimismo.

Parece, finalmente, que va a escampar. Por el oeste se abre el cielo, todo es más claro y los colores recuperan sus matices. Lo que antes era una sombra granate, ahora es una paleta entera de tonos tierra. Esta tarde ya solo habrá rastros de nieve por las umbrías.

31.12.20

Resistencia

Cuaderno de invierno, 11


Esto es lo que ha quedado de las tomateras, un montón de ramillas deshidratadas. No las aplasto antes de transportarlas porque me gusta ver cómo las fulmina el fuego. Al ser ya leñosas no pueden doblarse sin quebrarse, de modo que al amontonarlas dejan mucho espacio interior por el que el fuego asciende en una sola llamarada. Dentro algún tomate ha resistido a todo: ni lo vimos al recogerlos, cuando teníamos que sortear los rodrigones y atravesar de perfil la selva de ramas verdes, ni se cayó al podar los ramúnculos que crecen entre rama y tallo ni al cortar las ramas bajas y espolsarlas, ni se soltó cuando la planta se quedó sin savia ni tampoco ahora al arrancarlas de raíz y arrojarlas al montón de broza. Le han pasado por encima las heladas y los aguaceros, y un viento que a veces tumbaba las cañas de las judías, cuando el verde ya no era lo bastante vigoroso para sujetarlas. Antes de echar las plantas secas a la hoguera, habrá que recoger ese tomate verde, de un verde pálido, grisáceo, como de cobre corroído. Es posible que después de todas las penalidades le haya quedado dentro alguna semilla fértil. Mi primer criterio de selección genética no es conservar un tomate especialmente sabroso o carnoso, sino uno que puede que no llegue a madurar pero al menos no hay que agacharse nunca a recogerlo. 
En los caballones todavía quedan tiesas las varillas de hierro que con el óxido han dejado de brillar y pasan desapercibidas entre los otros tonos terrosos de alrededor, y que debí de clavar en el subsuelo porque no hay manera de sacarlas. Entre ellas, desperdigados por los surcos, los tomates que nunca recogimos, algunos despachurrados, y que revolveré con la tierra y el estiércol para que se pudran junto a las plantas nuevas. Ha sido buen año para los tomates, sin duda. Mientras estaban saliendo, los comíamos a cualquier hora, y entablábamos alegres discusiones sobre si el sabor del corazón de buey era más o menos intenso que el del tomate del terreno. Quedaron muchos kilos de tomate para conserva y al final, allá por octubre, estábamos tan ahítos que los últimos, esos que ahora motean el suelo de rojo y verde claro, los dejamos ya sin recoger. Ha quedado ese, agarrado a la rama, como una cría que no se suelta del cadáver de su madre.

30.12.20

Estiércol

Cuaderno de invierno, 10



Lo ideal es acercarse hasta la granja de un amigo, pasear con él por las distintas dependencias, llenar con la horquilla un remolque de estiércol deshecho y reposado, envuelto en pajuz, de los caballos de labor que calientan el establo con sus vahos. Lo más práctico, en cambio, es conducir hasta Celadas y comprar algunos sacos de compost ya tratado. Allí los viajes son completos porque después de cargar la furgoneta merece la pena pasarse por la quesería, vagar un poco por el pueblo y de regreso aparcar en la cuneta y contemplar el tren de niebla en el lecho del valle, los bancales sinuosos que ascienden a las lomas como curvas de nivel, los bosquecillos de carrascas, los montones de piedras calizas agujereadas que retiran los labradores, los campos recién labrados, sus colores tierra entre ribazos amarillos. Con un paisaje como este, sus ondulaciones de secano, empecé a reconciliarme con el entorno pardo y pedregoso que me rodea, a ver sus múltiples matices bajo el añil del cielo.

Otras veces, digo, he esparcido el estiércol para poco a poco ir enterrándolo al voltear la tierra, pero el olor, sin ser malo, afectaba al equilibrio de los otros aromas del jardín y en cuanto salía el sol aparecían las moscardas y había que mantenerlo lejos del hocico de los mastines, no fuera a saltarles una pulga. Si además lo dejaba varios días extendido y se giraba cierzo, se secaba mucho y los corpúsculos nutritivos salían por los aires.

De modo que ahora, una vez limpia la tierra de restos vegetales, lo que hago es esparcir tan solo un saco a lo largo de una franja uniforme y cavarla con el palanquín, de manera que el abono no esté al aire más tiempo del que cuesta enterrarlo y el olor dure tan solo lo que cuesta estar encima, cavando. El aroma sigue siendo penetrante, olor a ganado mayor, a la espuma de los caballos cuando tiran de la reja y al hipomanes excitante de las yeguas, con el que, según algunos santos envidiosos, el gran poeta Lucrecio terminó de volverse loco. 

El de la fábrica siempre me ofrece otros estiércoles más estudiados, de probada eficacia en las labores hortícolas, sobre todo uno que, me dice, lleva perlita, como si fueran pepitas de oro, cuando en realidad es un vidrio para mitigar el apelmazamiento de los terrones que aquí no nos hace ninguna falta. Será por piedras.

29.12.20

Huerto

Cuaderno de invierno, 9


Los monjes no se ocupan cada día de más extensión de tierra que la que ocupan ellos mismos con sus hábitos tumbados en el suelo. Yo hago un poco más, pero poco. Hoy tocaba entrar en el huerto. Los ocho días después de Reyes la luna estará en menguante y será el momento de plantar los ajos. No les dedico más que una cuarta parte del bancal, pero esa parte al menos tiene que estar lista en doce días, como el leño trashoguero. En todo caso, puesto que lo tengo dividido en dos, empezaré preparando también el terreno a los puerros y las cebollas. Para todo lo demás, la otra mitad además de otro bancal entero, tengo de tiempo hasta mayo.
La faena de hoy ha consistido en arrancar los tallos secos de las judías, pajizos y arguellados, más una planta de tabaco lánguida que se heló y perdió la turgencia pero conservó el color, y algunas ramillas muy finas de las guindillas que planté a los lados y los dos o tres pepinos que crecían a la sombra de las cañas. Con lo majas que estuvieron las judías, la maraña de verdor entre los rodrigones y las vainas tremolosas, y el aspecto sunsido y quebradizo que tenían esta mañana. No ha costado nada sacarlas con el almocafre (una azuela de media luna, fina y afilada) y amontonarlas en la carretilla. Cuando las eche al bidón de quemar durarán menos que el chisporroteo de las llamas al abrasarlas. Siempre me llama la atención la frágil feracidad de las verduras, lo pronto que se quedan en nada, pero solo en invierno pienso en ello. Al echarlas en el montón de los hierbajos abultaban mucho y no pesaban, yo mismo las iba quebrando al trasportarlas en brazados. Hace días que saqué las cañas, y ya entonces arrancarlas de las guías era como limpiar un perchero de telarañas. Se quedaron medio erguidas, sujetas por sus minúsculas leñosidades, como si antes de morir hubieran aprendido a sostenerse.

Esta mañana la labor exigía solo el uso de aperos cómodos de mango largo, con los que se puede trabajar sin necesidad de estar doblando todo el rato el espinazo. Aparte de la azuela escardadora, luego había que rastrillar la pieza, devolverle la llanura, antes de cavarla con un método que contaré mañana. Hoy me he limitado a eliminar todo color que no fuera el castaño oscuro de la tierra.

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