12.10.11

El oficio y el ingenio


Después de Las partículas elementales no había vuelto a leer a Hoeullebecq, y tampoco sabría muy bien decir por qué, quizá un poco contagiado por el media ambiente, que tanto le debe a sus pomposos turiferarios como a sus ingenuos detractores, porque la novela me interesó. Esta última, El mapa y el territorio, me ha divertido, que es lo mejor que puedo decir de una novela, y no porque sea humorística, que lo es, de un humor corrosivo y negro, sino porque la novela prende, crece, cambia y fluye, y consigue algo realmente difícil: que el ritmo, la potencia narrativa sea pronto una velocidad de crucero que admite cualquier tipo de contenido.
               A mí me ha parecido una inteligente parodia de el arte y la literatura contemporáneos, y sobre todo de cómo se ha introducido internet en nuestra cultura. Al final de la novela, en la tabula gratulatoria, Hoeullebecq agradece a Wikipedia que le haya permitido utilizar sus artículos sobre las moscas domésticas o sobre el pueblo de Bauvais. Los utiliza, en efecto, descaradamente, tan descaradamente que sólo un celoso cenutrio no se daría cuenta de que está parodiando esta forma de neologografía (perdón) que se ha instalado en nuestra literatura. Internet y la literatura norteamericana han hecho que cuando un autor dice que un cadáver lleva varios días en descomposición, no suene raro que nos largue un breve discurso científico sobre las costumbres de las moscas. Los escritores viajan por la red a lugares extraños y describen las fotografías como si hubiesen estado allí, documentándose, cuando lo único que han hecho, lo único sincero que podrían hacer, es leerse la correspondiente entrada de la Wikipedia. Lo dice el autor en esta última página tan significativa: “No suelo deber gratitud a nadie porque me documento bastante poco, muy poco incluso comparado con un autor norteamericano”. Por eso resulta gracioso que tome la documentación como lo que en nuestra cultura es, un corta y pega de papel pintado en las paredes de la narración.
               Los de Wikipedia, por su parte, supieron devolverle el guante. Hoeulebecq tomó datos de la Wiki porque los contenidos de la Wiki son libres, así que, como su novela contiene datos de la Wiki, la Wiki colgó su novela recién editada. No sé cómo andarán ahora las cosas, pero el asunto me parece en sí mismo una interesante metáfora de lo que en realidad sucede. En otro lugar de la novela Hoeulebecq resume en una frase todo el problema del arte contemporáneo: cualquier cosa es un tema. Un radiador, una mosca, un mapa, lo que sea. Pero son temas en sí mismos, no por lo que signifiquen. La Wikipedia está igualando los conocimientos a un mismo nivel, un poco como hacían los primitivos enciclopedistas, que eran simples coleccionistas de curiosidades. El conocimiento, esa estructura jerárquica del saber, está siendo sustituido por los conocimientos, por los saberes concretos, y la indagación abstracta por la acumulación concreta. El mundo está plagado de eruditos en las más diversas y heterogéneas ramas. Cualquiera puede presumir de sabiduría porque, por así decirlo, es la propia red la que se sabe mucho. En esas circunstancias, el hecho de que un novelista no se documente es casi una canción de amor a la literatura.
               Ayer el amigo Rodolfo López Isern me mandaba estas palabras de Platón. Estaba leyendo en la Biblioteca Nacional y copió la cita para enviármela (qué curioso: lee a Platón de la forma más predigital posible, anota sus palabras la con tinta deleble de un boli bic y las divulga con una Canon Eos 501, un iMac último modelo y el servicio de la Telefónica). La cita viene a querer decir: “el que sin la locura de las musas llegue a las puertas de la poesía persuadido de que con oficio habrá de ser un poeta eminente, será un poeta inacabado, y su poesía de cuerdo será eclipsada por la poesía de los locos”.  Digamos que la locura es la inspiración, es decir, la creación no premeditada, no consciente. Internet invita mucho a la τέχνη, al oficio, a poner el contenido de la literatura en manos de los escritores que deberían limitarse a redactar tratados o, más bien, libros de curiosidades. Houellebecq se ríe de eso y defiende la μανία, la locura, la inspiración, como el auténtico motor del arte. En la novela, el personaje Houellebecq dice “al rememorar su carrera narrativa, que siempre se puede tomar notas, tratar de llenar renglones de frases, pero para emprender la escritura de una novela hay que esperar a que todo se vuelva compacto, irrefutable, hay que esperar a que aparezca un auténtico núcleo de necesidad”. Ese se vuelva, ese aparezca y esa necesidad no tienen nada que ver con el oficio, que en el fondo está al alcance de todos porque es algo que se aprende conscientemente, o incluso algo que se incorpora al hábito, al inconsciente, pero no una fuerza creativa que tiene que madurar y manifestarse por sí misma, con el autor casi como mero médium.   
               El protagonista de El mapa y el territorio va pasando por diversas etapas en su desganada indagación estética. Primero saca fotos de objetos industriales, pero lo que en un artista (en Carmen Escriche, sin ir más lejos) sirve para estudiar sus formas e interpretar sus códigos estéticos, en Jed Martin, el protagonista, es un fin en sí mismo. El Photoshop ha colaborado muy decisivamente en que cualquier cosa sea tema que se dramatiza con trucos digitales. Por eso es tan importante lo que decía la fotógrafa Mª Ángeles Pérez Hernández: “Quiero que la foto sea exactamente lo que yo veo cuando miro por el visor de la cámara, antes de disparar”.  Al mismo tiempo hay toda una corriente artística transversal, hace ya demasiados años, que se nutre de la descontextualización de cualquier fragmento de la realidad y de su perspectiva desproporcionada. Las cosas son o no bellas con la medida que les corresponde y el mundo en que se crían. Todo lo demás tiene su punto de impostura. 
               Jed Martin se dedica luego a fotografiar mapas, a sacar trozos de una codificación convencional de la realidad y, aislados, descontextualizados, componer hermosas fotos que gustan tanto a Michelín que le regalan a la tía buena de la novela. Es decir, la expresión virtual de lo real se convierte en referente real de la obra artística. Houellebecq se ríe de muchas cosas en esta novela pero esto más bien lo constata. En efecto, es una buena metáfora del arte actual, del mundo actual, más bien, y precisamente por eso resultaría un poco ingenuo criticarlo. Es mucho más interesante describirlo tal y como es. Aquel cuento de Borges, el de los cartógrafos que por exceso de celo llegaban de nuevo a las medidas de la realidad, era demasiado optimista; es la realidad la que se ha terminando ajustando a las medidas que le imponen los cartógrafos… para tener más cuota de mercado.
               Pero luego, forrado ya de mapas, al artista le da por volver a los pinceles, al método primero, sin Photoshop, y a pintar retratos de triunfadores que se venden como churros. En algún sitio se dice, creo que referido a Steve Jobs (tendría que mirarlo, en cualquier caso es una de las ilustres personalidades que retrata) que después de que desapareciese hasta el más mínimo vestigio de su paso por este mundo, siempre quedaría ese retrato, y cuando ese retrato desapareciese, sería porque había desaparecido el mundo. No cito, exagero. En todo caso, ese arte sin silicio que es el óleo mantiene su prestigio como forma elemental del arte que se puede comprar pero no usurpar, y no creo que haya un solo millonario en el mundo que no tenga colgado en su casa un retrato al óleo. El objeto de ese arte es su cotización bursátil y toda la inconmensurable vanidad que lo acompaña. No deja de ser ingenioso que el cuadro más famoso y cotizado de Jed Martin sea la Conversación entre Bill Gates y Steve Jobs en Palo Alto.
               Pero esa etapa se termina cuando pinta, sin éxito, Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte, porque entonces, pienso yo, el método y el fin se dan de bruces, y lo mismo que denuncia el cuadro es por lo que el cuadro podría ser denunciado. A fin de cuentas hablar mal de Damien Hirst es ya un lugar común. Casi como hablar mal de Hoeullebecq, el protagonista absoluto de la novela.
               Porque otro de los vicios literarios contemporáneos que parodia con tanta gracia aquí Houellebecq es el de la dichosa autoficción. “¿Queréis un ejemplo de autoficción, pardillos?”, parece haber pensado, “¡pues tomad, tomad!” Además es una estupenda idea. El Houellebecq que sale en la novela es una caricatura hecha con los trozos de odio que le llegan por todas partes, el peor Houellebecq posible, y al mismo tiempo, y en virtud de la ironía, oh literatura, un personaje muy divertido, el más divertido sin duda. Qué ganas dan de comentar esa fabulosa tercera parte, pero merece la pena encontrarse con ella.
               Tan sólo diré que las primeras páginas hacen sospechar que Houellebecq se ha entregado al vicio onomástico exhaustivo de los americanos y nos vamos a tragar toda clase de nombres de aparatos high-tech, hasta que, muy pocas páginas después, nos damos cuenta de que tan solo se trata del primer género que parodia. La novela, aun dentro de esa prosa limpia y un poco gaire, va cambiando, recreándose, haciéndose sobre la base de distintos géneros que al mismo tiempo que parodia utiliza: ese género wiki-neologográfico (perdón otra vez) que genera millones de metros cúbicos de novela histórica, las impresiones hipotéticas con respecto a la figura del padre, que en España supongo que a muchos les recordarán a Marías (solo que Marías no es capaz de ponerle a un padre semejante prótesis), incluso la novela pretenciosa y plasta, con personajes que de pronto empalman una entrada filosófica, o incluso una novela pulp, magnífica, la que cierra el libro. Ese saber usar aquello de lo que te ríes para que tu propia narración tenga sentido me temo que no es cosa de la τέχνη. Más bien de un maniático como Houellebecq.
     

3 comentarios:

  1. Me pasaré por la novela, aunque con las prevenciones que me inspira la siempre hinchada novela contemporánea francesa. Recuerdo cómo comentaste también en la entrada que le dedicaste al "Sunset Park" la plaga de las congeries que empieza a pesar mucho en las novelas. Al menos si se parodian, tienen indulgencia.

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  2. "Ese género wiki-neologográfico [...]que genera millones de metros cúbicos de novela histórica". Esas son muchas de las novelas históricas "bien documentadas" de hoy. Y a eso, hay que añadir, que la novela es, ante todo, novela, no tratados (ni científicos, ni históricos ni de otra índole). Respecto a la novela que usted reseña, coincido con M. Cortés (a ver si algún día le puedo tutear utilizando su nombre de pila oculto tras la "M"): la parodia muchas veces redime. Parodia inteligente, se entiende.

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  3. Leí con agrado Las partículas elementales pero recientemente abandoné Plataforma. El mundo de Houelllbecq me resulta reiterativo en su distorsión exagerada. Lo poco gusta, lo mucho cansa. Cuando alguien se dedica sistemáticamente a intensificar sus recursos sin una filosofía potente como motor, puede producirse un desajuste entre lo que propone y lo que contiene en realidad. Me gusta Bukowski, logró atraparme en tres o cuatro lbros de relatos, pero llegó a cansarme. Con Houellbecq me ha pasado con un solo libro. Su desmesura me agota, necesito alguien que me contenga, para desmesura la mía. No obstante tengo la intención de comprar para mi iPad El mapa y el territorio si logro terminar el tocho en que estoy metido.

    Espero que en el escritor francés haya algo más que burbujas sin un fondo sólido.

    Para espantapájaros ya me sirvo yo mismo.

    Un cordial saludo.

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