13.1.12

Un buen episodio



En el proceso de beatificación literaria de Manuel Chaves Nogales corremos el riesgo de no hablar de literatura. Chaves fue el demócrata republicano que abominó por igual de fascistas y de comunistas, el que dejó constancia de la saña con que Franco se aplicó al exterminio de inocentes y de la demencia con que los revolucionarios se hostigaban entre ellos o daban suelta, con jolgorios macabros, a la esclavitud que tantos siglos llevaban padeciendo. Su obra está dedicada a los españoles que dejaron su vida a manos de experimentos bélicos, bajo las balas de “aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie había dado vela en nuestro propio entierro”.
               La cita no es de Chaves Nogales sino de Camilo José Cela, cuyo punto de vista en San Camilo 36 resulta ahora bastante más certero de lo que durante décadas le pareció a su coro de odiadores. Cela no convenció a nadie, pero Chaves, de un tiempo a esta parte, setenta años después de su temprana muerte, es el testimonio que muchos necesitaban para no quedar mal al juzgar la salvajada del 36. La izquierda tardó muchos años en reconocer abiertamente que la República no luchó contra una revolución sino contra dos. La falacia intelectual de identificar república con ideales comunistas (o libertarios) ha privado a muchos de admitir lo sucedido.
La defensa de Madrid, el primero de los dos libros de Chaves Nogales sobre la guerra recién publicados, es una hagiografía popular del general Miaja, símbolo de la verdadera lealtad a la República, y no por ideología sino por pura moral castrense. El libro es un canto al héroe militar, que resiste por disciplina y no soporta la sedición, y que en su cometido de defender la legalidad y la vida de los madrileños tiene que luchar contra propios y extraños. Contra Largo Caballero, fugado en Valencia pero empeñado en arrogarse la defensa de Madrid; contra los pipiolos socialistas, comunistas y anarquistas de la Junta de Defensa (Carrillo entre ellos), la “guardería infantil”, a los que había que calmar cuando entraban en la reunión pistola en mano, sancionar cuando acaparaban provisiones mientras la población civil empezaba a pasar hambre, despreciar cuando asaltaban tiendas de ropa y se iban a exhibir sus conquistas lejos del frente, en palacios de aristócratas puestos en fuga, o reprimir sin contemplaciones cuando se entretenían en ir matando civiles por un quítame allá esas pajas. Contra todos ellos, e incluso contra una especie de resignación macabra de los propios madrileños, tuvo que luchar el general Miaja. Hay quien lo compara con el Pierre de Tolstoi, el héroe que deambula entre los escombros, alucinado por las llamaradas de los incendios y la necesidad irrevocable de luchar y morir si es preciso al lado del pueblo. Pero el general Miaja es aquí, sencillamente, un buen militar, y por eso, con la “candorosa ingenuidad” de “hombre bueno” machadiano que le aplica Chaves, pide a sus compañeros los generales fascistas que desmientan al psicópata de Queipo de Llano, que lo ha llamado cobarde por la radio. Los militares funcionan por obediencia, en el caso de Miaja a la ley y al gobierno democrático, y ya no se plantean más ideología que llevar esa obediencia a sus últimas consecuencias. Proteger a la población civil no es una cuestión de amor a los valores republicanos sino la primera orden que debe acatar un militar que no sea un cobarde o un sádico, que sea un buen soldado: “nada más distinto de un dictador este hombre sencillo, oscuro, sin ambición, sin ninguna prosopopeya, sin la más mínima vanidad personal. Su fuerza indiscutible que desde el primer momento subyuga a sus jóvenes y entusiastas colaboradores, su energía indomable y su rudo carácter de militar que sabe mandar, están devotamente al servicio de la democracia. Su único anhelo es cumplir la misión que se le ha encomendado: defender Madrid”, escribe Chaves. Si este libro se lee lejos de España, el lector no encontrará una tesis moderna y útil sobre la naturaleza del conflicto, sino la epopeya de un general. El libro explica lo que fue la guerra, desde luego, y con toda transparencia, pero literariamente, que es a lo que vamos, también es un magnífico ejemplo del género de las hazañas bélicas, es decir, la épica popular de toda la vida.
               En este punto es donde los ensayos hagiográficos empiezan a desentenderse. En el prólogo a La defensa de Madrid, Muñoz Molina nos recuerda los milagros del beato: su condición sencillamente democrática, alejada de fascismos y marxismos, cruda y sincera; pero al hablar del estilo lo despacha en media docena de líneas: “El ritmo épico y trágico de la narración no impide que salte aquí y allá un tono de guasa…”; “…la potencia narrativa que lo arrastra a uno de la primera a la última línea…”; “…el ritmo de la escritura se traslada físicamente al acto de leer. Los cambios de escenario del relato, en esas horas y días vertiginosos de la guerra, tienen la velocidad convulsa de un montaje cinematográfico. Las complejidades de la política y de la estrategia militar se superponen sin apariencia de esfuerzo a la precisión fotográfica de los retratos de personas y de lugares…”.
Eso dice el autor del prólogo, y no se puede discutir, pero en ningún momento se decide a nombrar el género al que pertenece. A juzgar por el contenido del prólogo, se diría que es un ensayo histórico (de historia casi presente) narrado con recursos de novela. Pero si La defensa de Madrid fuese solo un reportaje, habría que ponderarlo, literariamente, con respecto a libros como el Diario de la guerra de España, de Mijaíl Koltsov, reeditado en España en 2009, una obra maestra de la prosa bélica (e ideológica). Qué bien harían nuestros muchos novelistas de la guerra en leerse este largo libro de un tirón, a ver si se les pegaba el estilo lírico y metálico, frío y potente del gran Koltsov.
La prosa de Chavez está a la altura, ya lo creo. Su perfección es por momentos deslumbrante, pero no atosiga ni empalaga ni reitera, y lo distancia de la obra de Koltsov, ese gran reportaje, el hecho de que Chaves sí usa proporciones literarias. El libro de Koltsov dura lo que duró su aventura, pero el de Chaves respeta las proporciones y las necesidades argumentales y estilísticas de un género muy concreto: el episodio nacional. Ambos libros, uno en México y otro en Rusia, fueron publicados por entregas, en un periódico, para que lo leyera la gente mientras tomaba un café. Si solo hubiese querido informar, Chaves se habría contentado con la versión abridged de su obra que apareció en Inglaterra, y de la que tenemos en esta edición un capítulo, el décimo, buen ejemplo de la diferencia entre un buen reportaje y un buen relato si lo comparamos con el resto.
Soy, ocioso es decirlo, un apasionado de la escritura por entregas, de la literatura inmediata y sometida a un público no especialista pero igual de exigente. Y el máximo elogio que le puedo dedicar a Chaves es que La defensa de Madrid me parece, por encima de todo, un extraordinario folletín. Puesto que el héroe es un general, los capítulos se disponen según el viejo diseño cómico (viejo de hace 2.500 años) del problema que asalta a la comunidad y el héroe que se ve obligado a resolverlo. Cada capítulo funciona con este planteamiento. Unas veces son los fascistas que amenazan con entrar o con masacrar a los civiles desde el cielo; otras, un incidente entre comunistas y anarquistas que está a punto de desatar otra guerra civil más. Cada nuevo problema es un aspecto más del conflicto descrito en circunstancias muy concretas, en un presente modernísimo con el que creo que se debe escribir este tipo de historias, y todos colaboran en un clímax de impresionante altura, el espectacular, impresionante capítulo VIII, que luego el autor se esfuerza en mantener igual que se mantiene la batalla, pero que ya no supera. Y no lo digo como defecto: todas las montañas tienen una cima, porque una montaña en la que todo es cima no es una montaña sino una llanura elevada. Pero ese clímax, aquí, no llega cuando le corresponde a la novela sino, más bien, cuando le toca a la historia. Servidumbres de la verdad. Es el momento de la exaltación del héroe, capaz de abandonar el resguardo del Estado Mayor y acudir a pecho descubierto hasta el mismo frente y arengar a sus tropas como nos cuenta Tito Livio que arengaban los viejos generales romanos:
“Por los parapetos y las líneas de trincheras que estaban a punto de ser abandonados corre la noticia de que el general Miaja está allí, en la línea de fuego. Aquellas masas de hombres desmoralizados por la superioridad del enemigo sienten sobre ellas lo que hasta entonces no habían sentido, la sombra, a la vez amenazadora y tutelar, del Mando. El mito del general Miaja que está allí, pistola en mano, llevando a los hombres al combate y a la victoria actúa decisivamente sobre la moral de los milicianos como si fuese posible que detrás de cada uno de ellos estuviese el general en persona sosteniéndole en la trinchera, animándole y exigiéndole imperiosamente el cumplimiento de su deber”.
Pero este tono titoliviano es, en según qué momentos, el más adecuado al género que practica, igual que en otros sus descripciones del desastre tienen un aroma más lucreciano. Y esa es la otra, la grande, la principal virtud literaria de Chaves Nogales. Sabe, como en la tradición de Shakespeare o de Cervantes, disolverse en sus personajes. Por eso Chaves no ahorra entusiasmos al hablar de Miaja, porque se ha encarnado en él, ha cantado sus gestas, ha cantado a sus armas, pero también al hombre, el mismo que trata a los delegados sindicales como “un maestro de escuela bonachón de ordinario, pero al que es peligroso irritar”, el mismo que sufre arrebatos de ira o exhibe su paciencia insobornable, o que, en su rasgo más humano, en el fondo le debe su victoria al más puro azar, en este caso el papel con las órdenes de ataque del ejército fascista que se encontró en las ropas del cadáver de un soldado, sin las que Madrid habría caído a las primeras de cambio. (Por cierto, la editora, Isabel Cintas, no considera oportuno explicar en nota al pie quién era ese soldado, el capitán Vidal-Quadras, pero sí contarnos una historieta de manuscritos encontrados rigurosamente innecesaria.) De esta capacidad de transformación del narrador, imprescindible para narrar, Chaves ha dado muestras incontestables. En Belmonte es Belmonte; en El maestro Juan Martínez, el maestro Juan Martínez, y en A sangre y fuego, ese periodista discreto y tan ameno y transparente que no parece español. Aquí es el bardo, el cantor de las hazañas, un poco como esos plumillas de las películas de vaqueros que siguen a los grandes hombres para ir contando sus aventuras en los periódicos, y que siempre parecen estar detrás de una cortina. Aquí hay una inflamación épica que no había en A sangre y fuego, y si funciona como folletín, como pieza popular, es precisamente porque sabe centrar la historia en un personaje cercano y clásico, en un buen hombre contra los males de la humanidad.
Tengo curiosidad por saber si La defensa de Madrid es capaz de saltar de uno al otro público, del lector que se autoafirma en su butaca ideológica al que viaja en tren a trabajar y le gusta leer novelas. Ese sería el verdadero éxito y la más justa y provechosa rehabilitación, sin necesidad de pasarlo por los altares.

1 comentario:

  1. M. Cortés6:36 p. m.

    Muy buen análisis y muy bien traída la cita del "San Camilo 36", Antonio. Me acordé de ella al leer el último capítulo de este folletín en que el autor sí que se vuelve corpóreo para hacer el último balance del despropósito bélico. Hemos tardado muchos años en entender verdaderamente la Guerra Civil y en despojarla de la mitología que la adornó.
    Y tienes razón,"La defensa de Madrid" no es solo una novela, sino que fue concebida desde su origen como un folletín al uso. Por eso necesitaba de un personaje-protagonista como el general Miaja.

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