20.1.16

Pinturas de John Banville


A veces los temas se alinean como los planetas. En las últimas novelas recién publicadas que he leído siempre sale el tema del marido aventurero que vuelve al hogar con las orejas gachas. En Franzen era un carrusel de encuentros y desencuentros y casualidades naïf; en McEwan, el punto de vista de la mujer engañada, y ahora, en Banville, el del adúltero adulterado. Sus respectivos autores están en la edad. Banville tiene ya setenta, McEwan anda cerca, y Franzen está en esa adolescencia cincuentona desesperada que tanta vergüenza ajena suele provocar. Se diría que los dos británicos ya están en esa segunda emoción, la del recuerdo de la mediana edad, de cuando ellos mismos estaban en situación de hacer las últimas locuras, por más que se trata de un tipo de desesperación que, por lo que veo por ahí, dura varias décadas, casi hasta que las fuerzas abandonan a uno y, más que asumir la vejez, se la traga toda junta. 
               En todo caso, se puede hacer mejor o peor. La novela de Franzen ya la tiré a la papelera, pero las otras dos son de categoría. La ley del menor, como siempre en McEwan, había trabajado mucho el argumento, lo había podado de cualquier subtrama superflua, y había diseñado con escuadra y cartabón el melodioso movimiento de la trama. Asumía las normas de siempre de un relato, las proporciones adecuadas, y ponía la prosa, clara y pertinente, nunca digresiva, al servicio del argumento. Banville, en La guitarra azul, procede desde el otro extremo, un argumento a grandes rasgos, con los hechos enunciados como meros peldaños de una preciosa escalera modernista cuyo barandal de madera de cedro ha sido torneado a mano por pacientes carpinteros japoneses, especialistas en pétalos. Lo que ocurre ya ha ocurrido, es el resumen de lo que sucedió. Las escenas no se centran en los hechos sino en las consecuencias de los hechos, en el estado de ánimo que dejan los hechos. El estar pasando es lo de menos en cuanto a las acciones, pero no en cuanto a los detalles.
El narrador es un pintor (un pintor en horas bajas, ciertamente), de modo que Banville, en vez de escribir la novela, la ha pintado. Las escenas son cuadros escritos con una capacidad de observación poco frecuente, en todo caso pictórica, porque solo se fija en los detalles, muchos aparentemente irrelevantes, que requerirían una pincelada: el pliegue de los pantalones de un anciano por encima de las rodillas cuando se sienta en el sillón, la mano de un cristo de plástico que cuelga de un hilo antes de que lo ensamblen en la cruz de madera, el rayo que refleja en un pomo de una puerta y empaña la escena de una veladura de color melocotón. Esos detalles que le bastan a un pintor para caracterizar un personaje o una estancia y que nunca tienen que ver con la acción del cuadro. Los diálogos suelen quedar, más que interrumpidos, suspendidos en la descripción del ambiente en el que se desarrollan, porque también el protagonista trata de bregar con las vulgaridades de la vida real y su única patria son esos detalles en los que perder la mirada cuando todo lo demás lo está señalando a él severamente con el dedo. Las descripciones son pertinentes porque son espléndidas y porque nunca resultan decorativas. Son el modo estético en el que piensa el personaje, siempre a la caza de le mot juste, sin por ello desinflar el brío de la narración ni empastar una superficie irisada que corre como la seda. La cita de Flaubert, y en cursiva, es de Banville.
Todo es pintura: el modo de composición, el punto de vista, los trazos de los personajes, las escenas de sofá. Es fácil, aunque no se identifiquen las muchas alusiones que hay en la novela, darse cuenta de que las escenas están imaginadas como si fuesen óleos y descritas como si el autor los estuviera mirando en ese momento, a veces con una lupa. Era una de las técnicas favoritas del modernismo de principios del XX, subordinarlo todo a un referente que en condiciones normales sería un detalle de ambientación, conseguir la distancia justa, ni tan corta para que las emociones sean explícitas ni tan larga para que resulten despegadas.  El protagonista y narrador padece un derrumbamiento contemplado con toda la dignidad de un sibarita. Su humor es el del condenado a muerte que protesta por la combinación de colores con que han pintado las paredes de su celda.
El artista ve de lejos pero también de cerca. Es una condena eso de no poder pasar de largo los detalles patéticos que inundan la existencia y que solo gracias a que no los percibimos podemos plantearnos siquiera la posibilidad de ser felices. El fatalismo es hiperestésico, pero el resultado, al menos en este libro, muy sugerente. Todo está teñido de sombras ácidas, pero también se percibe la tensión del aire cuando hiela. No es ausencia de emoción sino tristeza contenida, por mucho sarcasmo que utilice, y un catastrofismo que es como el maquillaje de las heridas: más que disimularlas, las dignifica, y en esa dignidad dolida, en ese elegante dejarse caer al abismo y asumir la derrota final queda en la retina el elegante vuelo de un ave marina que cruza por delante de la ventana justo cuando nos daba la impresión de que el mundo había terminado.
¿Personajes? Ah, bueno, sí… Un marido agraviado y agraviador, simétrico del protagonista, pobre hombre. Dos mujeres (mucho más jóvenes) enfrascadas también en sus urgencias, sea atender a unos padres ancianos hiperrealistas, sea tener un hijo folletinesco, que invariablemente aman con desprecio, es decir, con propósitos redentores y facilidad para perder la ilusión, más algún característico tipo los que saca Marías, gente inverosímil que se ha salido de alguna sátira clásica para hacer un cameo.
Hablando de Marías, leí una entrevista con Banville en la que le preguntaban por qué tenía tanto éxito en España. Irlandeses y españoles tenemos muchas cosas en común, empezando por esa facilidad para sobreponer la estética a la ética, para enjugazarnos con el medio de expresión y descuidar el contenido, o al menos intentarlo y mientras tanto guardar la compostura. McEwan es inglés, práctico, sin confianza en lo superfluo, preciso, medido. Banville es de un país católico y, como decía en la entrevista, en el fondo no escribe en su lengua materna. Es lo que le pasaba a Joyce, no podía dejar de acariciar el lenguaje en vez de limitarse a emplearlo. Siempre fue una lengua distanciada, como para pintar con ella. Nos suena muy familiar este regodeo brillante, de prosa miniada, trabajada con limpieza y precisión, en detrimento de una trama que tampoco parece importar demasiado a quien la cuenta, en la medida en la que es su propia vida la que siente ajena.

John Banville, La guitarra azul, trad. de Nuria Barrios, Alfaguara, 2015, 287 pp.

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