23.9.16

Con las ganas


Además de ser una de sus novelas más largas, Laura o la soledad sin remedio es, de toda la producción última de Baroja, quizá la más celebrada, pero, me temo, no la mejor. Susana, la protagonista de su anterior novela, era más fresca, más resuelta, pero Laura tiene que cargar con todo el pesimismo barojiano para ser lo que ya desde el arranque se nos vaticina: una heredera de la Electra de Galdós, otra más de las hijas de Electra cuya hermana mayor es aquel gran personaje, María Aracil, del que Laura no es más que un reflejo en la distancia, una María, digamos, envejecida, desilusionada no por las lecturas filosóficas sino por la propia vida.
En efecto hay que ir a La ciudad de la niebla para encontrar el modelo femenino de Laura, más que en La dama errante, la otra novela de La raza que protagonizaba María. En aquella novela, la relación de María con Natalia es muy similar a la que aquí mantienen Laura y Mercedes, un sigiloso, delicado, pudibundo incluso acercamiento al lesbianismo por parte de Baroja. También entonces Natalia era más decidida, más abierta y consecuente con sus sentimientos que María. Aquí, Mercedes es un extraordinario personaje que se nutre de pasiones claras, cercanas, a fin de cuentas comprensibles. El contraste entre Laura y Mercedes es el de la mujer culta, independiente y melancólica frente a la moza fresca, decidida, incapaz de ocultarse a sí misma los sentimientos. Puesto que ya teníamos a María Aracil en el corazón, uno hubiera querido que Mercedes tuviera su propia novela, pero Mercedes es la heroína, y Laura, además de Laura, es Baroja, el que mira, el que juzga y decide. En Susana, ese papel lo tenía Miguel, y merecería la pena separar aquellas novelas de Baroja en que los héroes están contaminados de Baroja de aquellas otras en que los héroes son vistos por un personaje contaminado. 
El caso es que Mercedes junta lo que Baroja censuraba con aquello que le atraía. Novia del hermano de Laura, Luis Monroy, un pobre hombre que rueda como una bola de billar intentando huir de la guerra civil, es violada por un miliciano anarquista, y es en este punto donde Baroja se la juega, primero porque las noticias de barbaridades en la guerra civil del 36 solo apuntan a los milicianos (algo comprensible si tenemos en cuenta lo que Baroja pensaba de la masa enfebrecida), y segundo porque trata, en serio, un tema vidrioso: Mercedes sintió más pasión por ese miliciano que por su propio marido. Lo curioso del asunto es que el personaje es tan bueno, está tan vivo, que tuerce el brazo del autor para no ser un ejemplo de mujer viciosa sino de mujer de acción. Ella es el mundo nuevo, pero no aprendido en los salones, como Silvia o Irene (hay muchas mujeres en esta novela, como en El amor, el dandismo y la intriga), sino intuido, sentido con el instinto, y por eso es lógico que acabe casándose con un médico y largándose a vivir a los Estados Unidos, en donde aprende inglés en cuatro días, más llevada por su capacidad de adaptación al medio que por sus ambiciones intelectuales.
Esta Mercedes sin remilgos, esta Zalacaína, es la que pone a Laura en una situación que asusta al propio Baroja, y se nota, la situación de vivir las dos mujeres en pareja. A Mercedes no le importaría, pero Laura/Baroja no lo quiere ni pensar, por más que luego perciba el atractivo de Halma. Todo esto está contado en pocas y nerviosas líneas, porque es un tema que no acaba de definirse entre la severa moral barojiana y su desconfianza en el matrimonio convencional. Mercedes se va a América y quita a Baroja un peso de encima, porque todo lo que hace esa mujer tiene sentido, y pronto, en un lento, a veces, entramado de chismografía de ocasión, turismo europeo y noticias de la guerra, es sustituida como antagonista por el ruso Golowin, cuya situación personal, separado y con una hija pequeña (de nombre Natalia), nos acerca mucho a Larrañaga y Nelly, en aquella gran trilogía que fue Agonías de nuestro tiempo. Golowin es sensible como Larrañaga pero más mundano, más confiado, menos mustio. Pero lo que Laura siente por él es parecido a lo que María Aracil hubiera sentido, de juntarlos, con el propio Larrañaga. 
Y así Laura y Golowin emprenden una relación racional, sin gracia, de padre solo con niña para la que contrata una institutriz y, más que enamorarse de ella, la elige como esposa perfecta: culta, sensata, sobria; triste pero segura. Baroja embadurna este matrimonio a distancia con tertulias de política y antropología que a Laura (y al lector) le parecen extravagantes, corrompidas de esnobismo en un mundo que humea, y que no dejan crecer ninguna de las dos secuencias dramáticas: la de Mercedes y la de Golowin. 
Pero es que a Baroja no le gusta “el ibsenismo y el wagnerianismo casero”, así que saca la vieja paleta de personajes que flotan en un limbo de entresiglos y va llevando a rastras la novela, sin que Laura termine de interesarse por nada. Algunos son muy exagerados: la hitleriana Irene, que termina como el rosario de la aurora, o la cínica Silvia, que en otro tiempo (Camino de perfección, 1902) se llamaba Laura y estaba más loca.
Si alguien quiere vincular este libro a las novelas de Baroja sobre la guerra, bien puede irse a otro lugar. Lo más biográfico de este libro, aparte de los viajes (el amigo Schultz saluda de vez en cuando, y nos enseña Lucerna y Basilea), es la necesidad de no salir de su mundo, de las novelas que disfrutó escribiendo, de los personajes que se llevaría a la tumba. Baroja eligió a María Aracil y a Larrañaga, desde luego dos de los mejores, e intentó que Laura no llevara boina y zapatillas. Lo consigue, sí, pero al precio de tenerla muchas veces callada mientras los demás cuentan anécdotas de almanaque. Dan ganas muchas veces de que abandone la tertulia naftalinosa y se vaya con Mercedes. Yo creo que Baroja se las aguantaba.

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