31.3.26

Nostalgia del frío



Después de la princesa Gaetani tocaba la Niña Chole y sus caprichos de tierra caliente, pero nos hemos ido, quizá por nostalgia del frío (y porque en ese orden las publicó Valle-Inclán), a la Sonata de invierno, que no solo culmina la serie sino que adelanta la siguiente trilogía, la de La guerra carlista, y sobre todo en algunas escenas como la timba de los clérigos ya podemos leer el nuevo idioma del esperpento, antes incluso de que lo bautice. 
Es, pues, una novela de transición: el tocador aristocrático va dejando paso a las visiones de la guerra del mismo modo que la sorna rítmica evoluciona hacia un lenguaje más expresionista y retorcido. El marqués de Bradomín es el mismo «don Juan feo, católico y sentimental», pero el decorado es más oscuro, como si Valle-Inclán hubiera ya empezado con los ensayos escenográficos que culminarían en las Comedias bárbaras. Es aquí donde deja la sentencia lapidaria –o sea fúnebre– de su afición al carlismo: 

Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada en el trono, y fui defensor de la tradición por estética. El carlismo tiene para mí el encanto solemne de las grandes catedrales, y aun en los tiempos de la guerra, me hubiera contentado con que lo declarasen monumento nacional.

Y un poco más adelante, ya casi al final de la novela, añade un recordatorio de lo que ya era estética superada:

Yo no aspiro a enseñar, sino a divertir. Toda mi doctrina está en una sola frase: ¡Viva la bagatela! Para mí haber aprendido a sonreír es la mayor conquista de la Humanidad.

Y es verdad que en esta Sonata seguimos sonriendo, pero ya es sonrisa ladeada, casi mueca. El marqués se pone a las órdenes del rey, Carlos VII, siempre tratado con suntuosa reverencia, y por eso mismo con su punto de sarcasmo; y, después de pasearse por la corte, saludar ceremoniosamente a las damas de la reina y rondar a un viejo amor, María Antonieta –con quien había tenido tuvo una hija «feúcha» que para evitar escándalo metieron en un convento–, viaja comisionado para rescatar a dos rusos que un cura trabucaire ha hecho prisioneros. En el camino le pegan un tiro en el brazo, lo que da lugar, quizá, a la parte más brillante de la historia, la entereza del herido y el espanto de la herida. El caso es que se refugia en un convento y allí lo atiende una vieja conocida, sor Simona, mujer franca y dispuesta, «con aquella voz grave y entera que tenía una levadura de las rancias virtudes castellanas», y cumple por él la misión de arrancar del terco cura de Orio a los cautivos rusos. En el mismo convento, la novicia sor Maximina cura el ánimo del marqués con su dulce voz…, y el dandy viejo, ay, la enamora. Resulta un poco excesiva, por más que respete los cánones del decadentismo, esa falta de lealtad del marqués, él que hace de la dignidad un bien supremo. Sor Simona, que tan bien se ha portado con él, se escandaliza con su falta de escrúpulo («¡lo sabía!, ¡lo sabía!»), por más que el marqués no parezca haber ido más allá, pero él parece vengarse de su propio invierno con un último alarde de cinismo desagradecido:

Después de una noche en lucha con el pecado y el insomnio, nada purifica el alma como bañarse en la oración y oír una misa al rayar el día. La oración entonces es también un rocío matinal y la calentura del infierno se apaga con él. Yo, como he sido un gran pecador, aprendí esto en los albores de mi vida, y en aquella ocasión no podía olvidarlo.
 
Los dos planos se alternan pero no llegan a fundirse. Valle-Inclán ya está pensando en las posibilidades estéticas de la guerra, en el levantisco fray Ambrosio y su cráneo temblón, en el heroísmo gratuito, como si fuese a defender la ruina, también con un toque invernal de batallas que se afrontan cuando ya se saben perdidas. Pero también continúa, de fondo, la melodía galante, las mujeres apasionadas y pecaminosas, ese detallismo protocolario que Valle sigue convirtiendo en poesía. También las amantes han perdido la frescura, e incluso ese ramalazo final de burlador con sor Maximina resulta ya un poco forzado, del mismo modo que el final se hace un poco largo, como si el muerto no acabase de morir. Es el gorigori del decadentismo, que también entona Valle a propósito del crédulo fray Ambrosio:

Yo callé compadecido de aquel pobre fraile que prefería la historia a la leyenda, y se mostraba curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar y menos bello que mi invención.

El relato menos bello es la versión estética y desengañada de la guerra carlista, de la tercera y última, cuando Zumalacárregui ya era un mito antiguo y Cabrera se había retirado, y don Carlos andaba por los frentes aldeanos con sus hijos mellizos, todavía niños, la avispada infanta Margarita y el petulante Jaime, a quien ya se le ven trazas de inútil. Y la invención interesante es un capítulo más de sus memorias galantes, llenas de falsa pedrería, y eso que su condición de galán viejo les da un barniz melancolico que, por así decirlo, también es verdad.
Pero esta Sonata de invierno, más que el final de la serie, es una puerta que se abre. Su siguiente novela, Los cruzados de la Causa, empieza cuando el marqués vuelve a su palacio, dispuesto a venderlo para ganar la guerra, y ya le acaban de amputar un brazo. Pero entonces ha ganado el relato, la historia, y en vez de un dandy incorregible veremos al bronco y tremendo Juan Manuel Montenegro. La sonrisa modernista se apaga y empieza el grito legendario y la mueca expresionista.
Tan solo un detalle más. La Sonata de invierno es de 1905. En un momento de la lectura veo subrayada la expresión «sopa de convento», pero más adelante hay un párrafo entero sobre la llegada del marqués a Estella, donde ha de reunirse con el rey. Y allí las líneas de lápiz juvenil subrayan «el rumor de la lluvia en los cristales», «la tarde llena de tedio invernal», o «la plaza encharcada, desierta, sepulcral» en la que «se oía la canturía monótona de los niños de una escuela». Digo yo que alguien se habrá dado cuenta de que don Ramón y don Antonio supieron leerse desde bien temprano.

Ramón del Valle-Inclán, Sonata de otoño / Sonata de invierno, Espasa-Calpe, col. Austral, 1979 (8).

30.3.26

Celebración



Para celebrar la primavera, o para paliar más bien el trastorno del buen tiempo, el ajetreo de los cambios de la luz, me recojo junto al fuego (aún refresca por las noches) para leer la correspondiente Sonata de Valle-Inclán, la agonía, muerte, velatorio y funerales de monseñor Gaetani, mientras el marqués de Bradomín se dedica a perseguir por los lóbregos pasillos del palacio a la joven María Rosario, que está a punto de entrar en clausura. Hace tiempo que renuncié a elegir una de estas Sonatas como mi preferida: en todas el lenguaje funde música y pintura para sugerir la época en la que se inspira. No es que hable, que también, de cuadros, sino que pinta los hechos, ni que busque las palabras más sonoras, sino que maneja el ritmo del lenguaje con oído absoluto, como un virtuoso que pudiese tocar con su instrumento la pieza que le diese la gana sin mirar la partitura.
Esta prosa insuperable me hace reír de gozo, con ese amago de carcajada que se les escapa a los que están absortos en un vicio que les entusiasma, pero también me deja un poso de nostalgia, y no solo porque ya nadie escriba así de bien, sino porque nadie parece tener oído suficiente para disfrutarlo. Y eso que a la prosa de Valle-Inclán no le han atacado los ácaros. Unamuno se ha vuelto farragoso y polvoriento, Azorín ha pasado de la transparencia al aburrimiento. Baroja sí conserva la frescura, la nitidez tersa y presente de su prosa, y Valle-Inclán no da la impresión de algo añejo, por más que decore sus escenas con adjetivos antepuestos o pronombres enclíticos. Pero el ritmo y la sonoridad pueden con todo, hacen que la prosa brille como recién escrita, que las armas no se hayan tomado de orín. 
Este brillo no procede solo del fabuloso manejo del lenguaje que exhibe don Ramón, sino de un sentido de la distancia que forma parte de los usos modernistas de la época, sí, pero también va más allá: es un modo intemporal de hacer literatura, una fórmula magistral del arte de narrar por la que la exquisitez jamás es cursi ni la delicadeza relamida; al contrario, hay un humor cínico que lo traspasa todo y crea una forma de contar por encima de cualquier moda. Como mínimo, todo lo que luego él mismo desarrollaría como esperpento ya está en los rostros céreos y en las viejas enlutadas, en las mortajas franciscanas con crucifijos de plata y en las manos blancas que bordan los corporales. 
Y eso no todos lo han entendido, ni siquiera en su época. Más de una vez he contado que este blog se llama Bernardinas porque es así como llamaba despectivamente Ortega y Gasset a estas Sonatas. Copio la cita casi entera porque es un buen ejemplo de lo descaminado que andaba el filósofo cuando confundía el simple modernismo decorativo con esta fiesta de la literatura:

¡Pero cuánto me regocijaré el día que abra un libro nuevo del señor Valle-Inclán sin tropezar con «princesas rubias que hilan en ruecas de cristal», ni ladrones gloriosos, ni inútiles incestos! Cuando haya concluido la lectura de ese libro probable y dando placentero sobre él unas palmaditas, exclamaré: «He aquí que don Ramón del Valle-Inclán se deja de bernardinas y nos cuenta cosas humanas, harto humanas en su estilo noble de escritor bien nacido».

Es el final de su crítica de la Sonata de estío, de 1904, un largo e interesantísimo artículo en el que, más que marrar el tiro, lo que hace Ortega es negar la diana. Habla de Valle-Inclán como de un artista de otro tiempo, experto en orfebrerías exquisitas, en ambientes escenográficos, en personajes que solo habitan paisajes de leyenda. Lo que le critica es que, con ese don formidable que tiene para el lenguaje, no mire al tiempo en el que vive, pero no con la tristeza que llenó de harapos la literatura del XIX, sino con esa mirada limpia y elevada que tampoco acabó siendo ninguna panacea. Le reconoce tener legión de imitadores, pero ninguno pasa del pastiche y de la martingala porque, sencillamente, no tienen su arte. El mismo Ortega da la impresión de competir en preciosismo en este artículo, como si él mismo fuera la prueba de que con esa prosa se puede salir de las bibliotecas antiguas y pisar las aceras de la actualidad.
La equivocación de Ortega, a mi juicio, era cosa de distancias. En términos pedestres, el distanciamiento modernista consistía, como digo, en pintar las escenas, en describirlas no como presenciadas sino como contempladas. Desde luego que Valle-Inclán se nutrió del conflicto entre ética y estética que así se generaba. En el mundo decadente, las cosas son buenas si son hermosas, aunque sean escandalosas, o precisamente por serlo. El cadáver de Gaetani está descrito con hermosa precisión, la misma que retrata la mirada contrita y pudorosa de María Rosario, o la malévola y sagaz del mayordomo. Es hermoso ver algo triste, según aquella estética que no encuentro mejor modo de definir que como lo hacía Baudelaire al decir que, cuando sentía que le estaba cayendo una lágrima, corría a mirarse al espejo.
Para Ortega esto no era más que moda. El propio Valle, años después, llamaría a estas joyas de juventud «mala musiquilla de violín», con lo que, por otra parte, no hacía sino piropearlas, porque la prosa de las Sonatas es más que una sarta de aventuras pasadas de fecha: es una forma de ver el mundo, antes y ahora, presente y pasado. Bueno, ahora no tanto. Ahora se vuelve a confundir preciosidad con preciosismo, si es que se piensa en ello, y el sarcasmo luminoso se guarda en un trastero que en su tiempo fue buhardilla para francachelas de poeta.
Pero volvamos a la Sonata de primavera. El primer rasgo de modernidad de esta serie es que la historia no se decora con elementos de ambientación sino que son estos elementos los que generan la historia. Es primavera, de modo que tiene que haber pasión y muerte, sacrificio y renovación. Muere el viejo monseñor Gaetani, con una divertida escena de agonía en la que confiesa haber deseado que no muriera el Papa porque así se le allanaría a él el camino del pontificado. Dicho de otro modo, hasta las actitudes piadosas esconden el veneno del egoísmo. Y muere también la niña María de las Nieves, en una escena del todo teatral, muy representable, pero también con un punto de sarcasmo: ¿quién, en el fondo, dejó abierta la ventana por la que la niña se precipita sino el deseo de aspirar la brisa de la primavera?
Valle-Inclán explotó en esta novela, más que en ninguna otra, la sonoridad del lenguaje eclesiástico. Su prosa litúrgica va engarzando un mosaico de palabras bellas, y de paso un ideal descreído: todo lo que tiene que ver con la iglesia es una hermosa construcción verbal. Las heridas del alma se enjugan con pañuelos de seda, las cámaras huelen a cirio, las procesiones están llenas de birretas y sobrepellices, por todas partes brillan los anillos de amatista y los severos doctores visten hábito escarlata. La pasión es sufrimiento pero también arrobo, como un velatorio con perfume de rosas. 
Estos perfumes modernistas, ciertamente, tienden a empalagar. Valle-Inclán lo sabe, por eso son breves estas novelas, y breves las escenas que las componen. No hay en ellas esa transparencia que admiramos en los escritores realistas, que parecen no estar, pero también es inconfundible, abrumadora incluso, la presencia del Greco en sus obras y eso no las hace menos profundas. La horda modernista le daba al cascabel aliterativo y al doblete adjetival, pero no eran diestros en suertes en las que Valle-Inclán también es un maestro: la precisión al describir, la viveza del diálogo, o esa capacidad de transmitir sensaciones sin necesidad de explicarlas. Casi al azar me fijo en la escena en la que la princesa Gaetani abre la ventana fatal que servirá de desenlace. La princesa le está hablando al marqués de una santa incorrupta que se conserva en la capilla del palacio, y le anima a que baje a verla cualquier día.

Quedamos en silencio. La Princesa volvió a suspirar llevándose las manos a la frente; sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus negros vestidos de duelo. Empezaba a decaer la tarde, y la Princesa mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.
–¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!
Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador.

La escena la entendemos sin más explicaciones que el ritmo y la ironía, los juegos de color, el sonido y la iluminación. Casi escuchamos a las niñas, y desde luego vemos al astuto conquistador. Entendemos sin que nos lo expliquen, aspiramos el perfume sin necesidad de que el ambiente se cargue demasiado. Al final entenderemos que esa delicadeza sibarítica de la princesa, ese refinamiento extremo lleva escrito un destino trágico, igual que los bordados primorosos de las peanas adornan imágenes de moribundos, o que las flores están frescas o están mustias, son púberes o ancianas, sin término medio. También consiste en eso la crueldad del mes de abril.  

Ramón del Valle-Inclán, Sonata de primavera / Sonata de estío, Espasa-Calpe, col. Austral, 1979(9), pp. 9-82

27.3.26

Lo que queda por decir


Es imposible prescindir de las circunstancias en las que se vio envuelta Charlotte Brontë mientras persistía contra viento y marea en la redacción de esta novela. A su alrededor la enfermedad se cebaba con su familia. Sus hermanas Anne y Emily murieron en el intervalo de unos pocos meses. Ella misma conoció los síntomas que no muchos años después, antes de cumplir los cuarenta, terminarían con su vida. Pero después del éxito de Jane Eyre, y aun con un pseudónimo ambivalente, Currer Bell, que pudiera seguir los cánones de pertenecer a un varón o la sorpresa de que fuera una mujer, la escritora se enfrentaba a la complicada tarea de estar a la altura de sí misma. Su biógrafa, Elizabeth Gaskell, o figurones como Thackeray, que tan atento fue con ella, elogiaron Shirley o, más bien, no la criticaron ni se empeñaron en compararla con la anterior. Es posible que ellos también tuvieran en cuenta el esfuerzo que tuvo que suponer para la autora en mitad de semejante sufrimiento, porque lo cierto es que el relato tiene algo de insatisfactorio, pero al mismo tiempo muy ilustrativo de qué es lo que hace que una novela tan larga funcione como funciona Jane Eyre.
Y sin embargo hay algo interesante y novedoso por encima del peso que arrastra el relato. En tiempos de Shakespeare (y esta novela está escrita por alguien que lo ha leído y disfrutado mucho) los personajes femeninos eran interpretados por jóvenes actores, y podía darse la circunstancia de que un personaje femenino (la Porcia de El mercader de Venecia, por ejemplo) fuera disfrazado de hombre, es decir, que un actor representara a una mujer que fingiera ser varón. Es de suponer que esta ambigüedad representara un aliciente jocoso para el público, al tiempo que esa ironía cómica que provoca en el espectador ser cómplice de un lío que no entienden los personajes.
Algo de esto hay en el fundamento de Shirley, en lo que se dice a medias y en lo que acaba dejándose a criterio del lector. Habría que mirarlo, pero no me extrañaría que en los últimos tiempos esta novela haya gozado de una cierta rehabilitación feminista más allá de sus virtudes narrativas. Porque Shirley, la «leoparda», como la llama Louis, es, en efecto, esa fierecilla indomable que solo vemos verdaderamente afectuosa con su amiga Catherine. Hay escenas entre ellas en las que, si en vez de Shirley se llamase Stanley, estaríamos presenciando una clásica escena de amor heterosexual. ¿Significa esto que detrás de Shirley hay un amor homoerótico reprimido? No lo sé, pero me juego un café a que alguien ya lo ha propuesto en alguna tesis doctoral.
A mediados del XIX, cuando se publicó esta historia, el tiempo y la moral no daban para tanto (y quién sabe si tampoco la voluntad de la autora), de manera que la novela se articula sobre el conflicto entre dos amigas enamoradas de un mismo hombre, Robert Moore. En el arranque de la novela nos da la sensación de que vamos a asistir a un conflicto realista entre obreros luditas, los que en la segunda década del XIX se dedicaban a destruir la maquinaria de las industrias textiles, y un joven empresario que no puede dejarse llevar por la compasión si quiere sacar adelante sus telares. Pero el asunto, después de un retrato social en el que Brontë repasa los distintos estratos, sus privilegios y sus padecimientos, se diluye en una cuestión romántica tras la que solo de vez en cuando se escucha algún disparo que nos lo recuerda, sobre todo cuando tratan de asesinar a Robert. Y eso, como nos aclara la autora (p. 776), es una decisión consciente.

No dudo que un público amante de la justicia habrá advertido ya que hasta ahora he exhibido una negligencia criminal en perseguir, atrapar y conducir a su merecido castigo al aspirante a asesino del señor Robert Moore. Tenía ahí una buena excusa para llevar a mis bien dispuestos lectores al retortero de una forma digna y estimulante a la vez: pasando por la ley y el evangelio, la mazmorra, el puerto y los últimos «estertores de la muerte». Puede que a ti te hubiera gustado, lector, pero a mí no; y muy pronto mi sujeto se habría resistido y yo me habría derrumbado… 


En vez de eso, Brontë hurga en la personalidad frágil pero firme de Catherine, y en la firme pero frágil de Shirley. Como si de una comedia de enredo se tratara (o de una novella cervantina), las dos mujeres aman a Robert, pero Robert ama solo a una, a Shirley, y el hermano de Robert, Louis, también. Eso hace que la historia vaya navegando, muy paulatinamente, todo hay que decirlo, hacia un hermoso drama de doble sacrificio: el de Shirley por que su amadísima amiga Catherine se case con Robert y el de Robert por que su querido hermano Louis se case con Shirley, por no hablar del sacrificio más grande de todos, el de la propia Shirley por renunciar a sí misma. Y todo ello entre interludios algo manidos como el descubrimiento de la madre de Catherine en la persona de la señora Pryor, la oposición del tío y tutor de Shirley a su defensa de la independencia y de la libertad de elección, los algo tediosos papeles de Louis en los que se nos da una versión de los hechos que ya nos hemos podido imaginar, o el quizá excesivamente largo y no del todo gracioso excurso del adolescente Martin (entre Falstaff y Mercucio) burlando a la pobre Catherine cuando quiere preguntar por su amado Robert. 
La idea es buena, desde luego. Catherine, que es la bondad personificada, rehabilita al intransigente Robert, que acabará marchándose de Yorkshire igual que Brontë dejó la novela social para huir a la sentimental. Y Shirley, un alma libre, difícil de tratar porque no vive en un mundo que consienta su naturaleza, doblega sus inclinaciones, se entrega al matrimonio con un hombre de menor rango social pero muy buena persona, lo que en otras novelas habría sido un triunfo del amor pero en esta es una dulce claudicación. Sería su biógrafa Gaskell la que desarrollaría más el conflicto del empresario en Norte y sur y el de los dos hermanos con pretendientes equivocadas en Madres e hijas. Aquí sentimos que no es suficiente con que Robert se las arregle para, a través de Yorke, conseguir un empleo de jardinero a un trabajador que esta pasando hambre por culpa de su afán reindustrializador, porque lo cierto es que el conflicto se olvida antes que las batallas de Wellington, que en esos días, junio de 1812, está triunfando en Salamanca.
¿Qué es entonces lo que falla en la novela?, ¿en qué consiste la tensión indeclinable de Jane Eyre que aquí echamos de menos? Pienso que es una cuestión de proporciones. Entre los episodios intensos (el conflicto con los obreros, la relación entre las dos mujeres, la enfermedad de Catherine, el drama interior de Shirley) Brontë incluye otros, innecesariamente largos, que no aportan mucho al desarrollo general. Nada hay peor en una novela larga, y mira que me gustan, que la sensación de que algo se lo podían haber saltado. Con Eliot, con Gaskell, con Dickens incluso, con lo que le gusta dormirse en la suerte, es difícil tenerla, aunque en cierto modo aquí la suple la certeza permanente de que Brontë se encadena a una prosa espléndida (y traducida por Gema Moral con el ritmo poético que necesita) para que no se acabe de hundir el barco en el que estaba naufragando. Ella se agarra a los buenos sentimientos, y si hay alguno que sería demasiado escandaloso dejar más claro, al terminar el libro parece sugerírnoslo con su sonrisa triste, con esa moraleja que invita a que cada lector saque con su mejor voluntad.

Charlotte Brontë, Shirley, trad. Gema Moral, Alba, 2021, 790 p.

7.3.26

El talento y el prodigio


Uno puede criarse en un ambiente plácido y adinerado, pertenecer a una familia culta y ser educado en las más prestigiosas instituciones académicas, tener maestros, padrinos, amigos que facilitan el camino para que desarrolle sus ambiciones literarias, y aun así puede acabar siendo un escritorzuelo de tres al cuarto, un oportunista que en vez de inventar tramas utiliza las enciclopedias, cuando no un insomne letraherido que ahoga sus exquisiteces en alcohol de quemar. O puede ser una muchacha desnutrida, poco agraciada, aislada de más gente de su edad que sus hermanas, recluida en un páramo ventoso y en una casa fría y húmeda en la que penetran los miasmas putrefactos del cementerio que tienen al lado, y que cada año hacen que casi toda la familia caiga enferma. Pero esa chica puede tener fuerza de voluntad suficiente para sobreponerse a la inclemente severidad de un padre viudo, a la enfermedad y muerte de cuatro de sus hermanas, a un hermano inútil que no da más que problemas, al constante trabajo diario, en las labores domésticas y en el odioso papel de institutriz, y aun así arañar unos ahorros para procurarse una buena educación en el extranjero y, antes de morir muy joven, escribir algunas de las mejores novelas de la literatura inglesa.
La pregunta recorre toda esta extensa biografía que Gaskell escribió sobre su amiga Charlotte Brontë: ¿en qué consiste, entonces, el talento?, ¿cómo se cultiva? En esa familia había tres grandes escritoras, Charlotte, Emily y Anne, sin contar las dos hermanas mayores, muertas antes de que tuviesen la oportunidad de demostrar nada. Su padre, que en el libro sale bien parado pero en los apéndices, con documentos que Gaskell no incorporó (a fin de cuentas, era el anciano señor quien le encargó la biografía) se ve el tipo de individuo egoísta que era, no creía que sus hijas pudieran llegar muy lejos. Las envió a un internado criminal para hijas de clérigos pobres en el que dos de ellas murieron de tisis y las otras estuvieron a punto, aunque no resistieron mucho más. Eran ellas las que luego, en casa, por las noches, cuando el viejo dormía, se contaban sus historias, sus argumentos, sus ilusiones; ellas las que vaciaban sus fantasmas en cuadernos de caligrafía diminuta, cada una con su toque personal: la bondad frágil de Anne, el tormento testarudo de Emily, el inagotable sentido del deber y la responsabilidad de Charlotte. ¿Fueron grandes escritoras gracias a la indecente presión que tuvieron que soportar? ¿Era necesaria tanta sangre para que salieran letras tan impresionantes? O, al revés, ¿qué habría sido de esas hermanas con un padre que no fuera un clérigo fundamentalista, severo, tacaño e insensible para con sus hijas?, ¿qué habría pasado si se hubieran criado entre hopalandas? ¿Habría entonces Charlotte, por ejemplo, merecido la admiración incondicional de un gigante como Thackeray? ¿Nos habría regalado esas novelas si ya desde el principio se hubiera casado con el bueno de Scott, con quien por fin encontró una paz que no le duró más que nueve meses?
El caso del hermano, una verdadera alhaja, sirve para reavivar el fuego. Como único varón de seis hermanos, Branwell era el destinado a triunfar, el que pudo seguir estudios, el que quiso ser poeta y pintor, el que alternó con la sociedad elegante de Londres, de todo lo cual sacó lo peor que podía sacar. Como pintor era, más que malo, pobre, sin fundamentos, sin habilidad. Como poeta era un ripioso vulgar entre cuyos versos Gaskell tiene que hurgar mucho para que no den risa y solo produzcan pena. Encontró trabajo en el gran monstruo de la época, el tren, pero pronto lo perdió y se hizo amante de una dama rica, bastante mayor que él (a quien Gaskell atiza sin contemplaciones: que sea una gran escritora no quita para que tuviera estrictos criterios morales), que lo dejó tirado cuando el marido moribundo amenazó con desheredarla si no rompía esa relación. Eso provocó que Branwell se llenara de deudas, se diera al opio y al vidrio y fuera un tormento permanente para sus hermanas, sobre todo para Charlotte, que en su rigurosa bondad lo soportó –y lo mantuvo– hasta que el pobre hombre se acabó de consumir. Como personaje, desde luego, es inmejorable: un hombre que lo tiene todo para ser un gran artista, mientras sus hermanas se mueren de asco allá en el páramo. Él acaba siendo una piltrafa, y esas chicas que no pueden salir de casa se entretienen, el poco tiempo que les queda, en revolucionar la literatura universal. 
Gaskell expone los hechos como fueron, sin cargar las tintas más que en dos aspectos que luego le trajeron dolores de cabeza y la necesidad de publicar algunas correcciones (aunque no de desdecirse): el infame abandono en el que estaban las muchachas del colegio al que fueron enviadas las Brontë, un antro insalubre y despiadado, y la opinión que le merecía la amante de Branwell. En todo lo demás, la autora se ocupa, sobre todo, de ordenar la documentación que obraba en su poder: las cartas de Charlotte a sus amigas, a sus editores, a la misma Gaskell, una profusión de testimonios que por una parte quizá enlentezca un tanto el flujo narrativo, pero por otra salvaguarda un archivo documental imprescindible para entender a la fascinante familia Brontë.
Pero, aparte de cargar con esa, digamos, responsabilidad histórica, Gaskell es, por encima de todo, una excelente narradora. La evolución de Charlotte como personaje no descuida todos los recursos que pueden aumentar la emoción con que nos acercamos a ella. Su misma condición trágica, la de quien sabemos que lucha por una victoria tan grande y tan efímera, hace que, bien distribuida, la intensidad no decaiga por más que no se deje papel por transcribir. Mientras Charlotte tiene que luchar con la pobreza, la enfermedad y la muerte, vemos a una mujer digna, fuerte, decidida, pero cuando su Jane Eyre triunfa sin reparos, cuando su calidad literaria es tanta que ya no merece la pena que se escude en un seudónimo ambiguo, cuando Thackeray le dedica toda clase de agasajos y la alta sociedad literaria la admira incluso con envidia, entonces Charlotte es la mujer menuda, poco agraciada, tímida, como agobiada de tanta mirada puesta en ella; la chica que tuvo que sacar adelante una casa cuando le tocaba jugar a las muñecas que no tuvo, y que se siente más a gusto imaginando historias a la luz de una vela en su casa lóbrega que viajando en volandas de la admiración. Le duró poco, en todo caso. Pero lo suficiente para que Gaskell sepa contagiarnos todo el afecto y la admiración que sintió hacia ella. 
Una feliz casualidad hizo que empezase a leer a Elizabeth Gaskell con Norte y Sur. Después he leído todas sus novelas, largas y cortas, y un buen puñado de relatos. Termino ese viaje con esta biografía, que no fue lo último que escribió pero sí un buen resumen de todas sus virtudes: como gran narradora, como gran persona, como gran amiga.

Elizabeth Gaskell, Vida de Charlotte Brontë, trad. Ángela Pérez, Alba, 2016, 634 p.

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