15.2.09

Peste de amor

La recreación teatral de la leyenda de los Amantes ha ido nutriéndose de las épocas y los estilos. Ha imaginado exotismos históricos para la ausencia de Diego y parlamentos clásicos para los momentos de más dramatismo. Hay, sin embargo, unos pocos detalles intocables, sobre todo uno, el hecho de que la muerte fuera causada por el sentimiento y por ninguna otra enfermedad o herida. La causa mortal de ambos es el disgusto, en el caso de él una desesperación que en ningún momento atiende a la rueda de la fortuna y al futuro que les queda, a confiar en su juventud y en el amor de Isabel, si es cierto que el amor lo vence todo.
La actitud dramática de Isabel es más fácil de justificar. No hay futuro en un cadáver. Eruditos de diversas épocas se han afanado en probar que morirse así es científicamente posible, pero no hacía falta que se hubiesen molestado. Es verosímil, y con eso basta. Isabel muere acosada por las Erinias vengadoras, que devoran el alma de los arrepentidos. Es la tradición, el respeto, su nulo derecho a decidir, la obligación de ser celosa en extremo con los plazos, la incapacidad romántica de escapar por la ventana, esa contención tan realista de la mujer que guarda un secreto como quien esconde una infección. La tragedia de Isabel la lleva a enceguecer, trastornarse y arrepentirse, que es lo que hacen todas las heroínas trágicas, en un plazo angustiosamente breve. Pero después de tanto reprimirse, todo sucede con cierta naturalidad, y su momento cumbre, su monólogo desgarrador debe ser siempre el de los momentos previos a presentarse en el velatorio vestida de negro.
El papel de Diego es más complejo. En él la muerte por amor no acaba de quedarme clara. Falla el poder evitarlo. Falla la posibilidad de sustraerse a la tragedia. Tal y como están las cosas, Diego no muere solo por amor sino por su carácter impaciente y asaz posesivo. Podría haber sido de otra manera (más cauto, más astuto, más sanguinario, más bondadoso y más cruel) y la tragedia no habría sido entonces tragedia. Se podía evitar, y las tragedias son tragedias porque no se pueden evitar. Para solucionarlo, Tomás Bretón hizo que Diego matara al marido de Isabel y después se suicidase, aunque lo más común, desde Juan Pérez de Montalbán hasta Hartzembush, dos siglos después, es que apareciese la otra (Elena, Zulima), según el modelo del Tristán e Isolda que sin embargo aquí no funciona tan bien, ni tampoco es posible.
Hace diez o quince años circuló por los ambientes teatrales de la ciudad una adaptación que se tomaba en serio este problema. Creo que es la única versión que he leído en la que la muerte de Diego también es inevitable. Y es curioso porque se consigue buscándole una causa real a esa muerte, y el efecto es que ya no importa que Diego sea más o menos astuto. No hay nada que hacer. Diego ha contraído la peste en sus años de viaje. Es un Ulises que llega tocado. O bien la contrae al llegar, no recuerdo bien. El caso es que, consciente o no, camina hacia la muerte que le espera.
La idea era demasiado audaz para las restricciones de la leyenda, pero creo que bastante útil y respetuosa con los cánones de la tragedia. Con apañar unos versos de Lucrecio habría bastado. El amor es la peste, Diego se contagia de amor, los miembros se le contraen y una sed infinita devora su alma, el mundo se derrumba en su cerebro y no quedan estímulos para que el corazón le funcione. Lo trágico es que sea el cuerpo, no el alma, el que reaccione así. Si hacemos a Diego consciente, le añadimos el drama de ser discutible.

4 comentarios:

  1. Anónimo11:48 p. m.

    Hombre... hoy no estoy de acuerdo.
    Me pongo en el papel de Diego: Me voy del pueblo a jugarme el pellejo, mato, peleo, viajo, pillo, me la juego día sí y día también y aguanto todo lo imaginable y mucho más solamente para cumplir la condición que me imponen para casarme con mi chica y cuando llego, años más tarde, me entero de que es imposible por que Isabel se acaba de casar. Me da un patatús y me muero. ¿Qué tiene de raro? No me hace falta una gripe o un cáncer de esófago para que me muera; solo con el soponcio me muero y me remuero. A Diego seguro que también le pasó lo mismo. Pobre.

    Todo lo anterior manteniendo suspendida la credulidad de si fué real o no y si las momias se corresponden con esa leyenda o no. Como leyenda no se pasa pero tiene fuerza y, de hecho, durante siglos a Teruel no se la conoce por nada más. Casi han hecho los Amantes, más por Teruel que Teruel Existe.

    Juan Carlos

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  2. Ya sabes mi afición al género de la peste. Tengo que colgar la de Lucrecio traducida por el abate Marchena, que a ti te gusta tanto.
    Sí, lo más seguro es que tengas razón. Sin embargo, ¿no habría preferido Edipo morirse de un soponcio y no sufrir las consecuencias?

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  4. Puestos a lucubrar, yo prefiro que ambos murieran de infarto de miocardio. Es una muerte romántica y da mucho más de sí que la peste...a la hora de alimentar la leyenda y la creación literaria

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