18.1.10

Ausencia de piedad

Es difícil que una película de tesis se salga de la tesis para ser una película, es decir, que no sea resumible, que no se quede en una idea, que emocione y desasosiegue y el recuerdo de la experiencia estética trascienda la mera idea. Porque en arte todas las ideas son meras ideas.

A pesar de que Michael Haneke ha divulgado que él no rueda películas de tesis, La cinta blanca lo es, y además es una excelente película, una de esas obras rotundas que van dignificando –acaso enmascarando– el cine contemporáneo. La tesis, también divulgada por Haneke, un poco a pesar suyo, es que los orígenes del nazismo hay que buscarlos en la educación que recibieron los nazis. Cuando esta obviedad cobra cuerpo y celuloide, su amplitud a todos los ámbitos sociales provoca escalofríos. La película está ambientada en los meses previos a la Primera Guerra Mundial, en un pueblo alemán en el que se reproducen todas las castas sociales cuya combinación produjo la deflagración moral del nazismo: los aristócratas de siempre, todavía caciques; los miserables a expensas del cacique, jornaleros y criados; y también lo que pudiéramos llamar la clase media ilustrada, el pastor calvinista de morro prieto, el médico rural, el maestro de escuela. Salvo este último (qué tendrán los maestros que siempre hacen el papel de personas razonables), a casi todos los demás les falta el alma. Son personajes perfectamente compuestos, y forma parte de sus muy matizadas características la de no tener alma: no la tienen los padres que practican el sadomasoquismo como principio educativo, ni tampoco el médico que da más importancia a sus propias secreciones humorales que a la dignidad de las personas, ni el barón que todavía vive en un feudalismo paternalista (con el paternalismo despiadado de los padres sadomasoquistas, claro).

Digo alma por decir algo, pero lo que de veras les falta es piedad. En toda la película sólo hay piedad en un niño que caza un pajarito y no lo quiere matar. A todos los demás da la sensación de que les han extirpado una glándula, tienen todos un aire de personas muertas, salvo quizás aquellos pocos (aparte del maestro, su joven prometida) que se limitan a ser personas normales. Severamente alemanas, pero normales.

Fue esa clase media, en efecto, la que lanzó un doble ataque a la nobleza y a los desposeídos: a los unos se propuso sustituirlos en el más amplio sentido del término, porque la sangre noble ya era otra, y a los otros, a los pobres, no llegó a considerarlos nunca como personas. Había una nueva pureza representada tétricamente en la cinta que da título a la película, un modo de ver el mundo en el que los niños desarrollaban naturalmente lo que sus padres sólo pensaban. Hace poco, a propósito de una entrada en el blog de Mabalot, me preguntaba en qué década del siglo XX se había generalizado el concepto de dignidad de la persona. No en esta Alemania de antes de principios de siglo, desde luego, no en una observancia calvinista delirante que confunde tersura con presión interna: así, luego, más que triunfar, estallaron.

Es verdad que la disciplina inflexible desarrolla en sus víctimas ausencia de piedad. Normalmente, en nuestra jerarquía perruna, sólo se ve la piedad por encima de uno, casi nunca por debajo, o sólo para lavar un poco la conciencia. En el caso del nazismo lo relevante fue que una clase emergente decidiera que sólo sus componentes eran personas, y despreciaran por igual los privilegios heredados que las miserias también hereditarias. Su herencia era otra.

El complicado personaje del médico sería un ejemplo perfecto. En él se abre una sima interpretativa que engrandece la película cada vez que se la recuerda. Es estricto cumplidor de sus obligaciones. Salva vidas que luego desprecia. Practica la ciencia veterinaria sobre los seres humanos. Su egoísmo no tiene límites y en él ya ha desaparecido cualquier sombra de lo pudiera llamarse moral. Por eso es tan importante la primera escena de la película. En esta historia las víctimas son, como decimos, nobles o desposeídos, pero también lo es este médico, el más nazi de los nazis, más incluso que el cura severísimo protestante, no mucho más salvaje que otros curas severísimos católicos que todos hemos conocido, dicho sea de paso.

En esa primera escena, alguien ata un cable a dos árboles para que cuando el médico vuelva galopando a su casa se tropiece y se caiga. El resultado es que le parten las patas al caballo, al que hay que sacrificar, y el médico casi se parte la crisma. Casi. Entiendo las otras víctimas como ilustración de la tesis, de la idea: el hecho de maltratar a un querubín aristócrata o a un pobre retrasado son dos casos de violencia simétrica, típicamente fascista. Pero el hecho de atentar contra el médico, uno de los más evidentes modelos de conducta prenazi, va más allá de la mera descripción política. Y ahí está la cinta blanca.

Esos niños fríos de la película (fríos por fuera, volcánicos por dentro) han sido educados en la pureza. El padre fanático los marca cuando faltan al sagrado ideal de perfección como después los mismos nazis marcarían a las otras razas para ellos prescindibles. De modo que los hijos juegan a constituirse en tribunal de la pureza y atentan contra toda clase de impureza, ya sea la biológica del niño retrasado, la de la madre pobre, la del vástago de la nobleza, o bien la impureza moral que es fácil asignar cuando lo que se necesitan son excusas: es impura la madre soltera y el padre corrupto, es impura la pobre criada y es impuro el cabrón del médico.

Es como un escorpión que termina por atacarse a sí mismo: puestos a implantar la pureza a toda costa y con métodos salvajes, los niños atacan incluso a los responsables de que ellos hayan crecido sin piedad. Son como los niños del Brasil, mecanos que ya no distinguen las personas ni siquiera entre ellos, porque todo se somete a un concepto delirante, mezcla de resentimiento y literalidad, del sagrado ideal de pureza. En su Inquisición infantil merece castigo severo hasta el severo pastor protestante, el que más ha contribuido con su retorcida ortodoxia disciplinaria a volver locos a sus hijos y convertirlos en cruzados de la cinta blanca.

Tiene algo esta película de El señor de las moscas, esa literalidad de las consignas, no matizada por las otras muchas cosas que nos hacen convivir. Los niños aquí no son malos por naturaleza sino pervertidos por el pie de la letra y el ojo por ojo. Ellos ejecutan como un juego de niños los delirios nocturnos de sus mayores, y eso ya no cabe sólo en la época y en la cultura. Esa cuestión es universal, de siempre y para todo el mundo. Los límites de la religión están en la dignidad para con uno mismo y la piedad para con los demás. Eso es lo que estos niños llevaban borrado de su alma, y el espectral, bellísimo blanco y negro de La cinta blanca me resulta otro símbolo de lo mismo. La película no tiene color porque los personajes, el mundo en el que viven, tampoco lo tienen. Sus mentes no dan lugar a dos ideas opuestas pero compatibles. No hay una sola molécula de ironía en sus cerebros inficionados de perfeccionismo. Son brutos en el sentido radical de la palabra. Gente plana, obsesionada. Poner color a sus miradas habría sido como ponerles sentimientos.

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