5.9.10

El fantasma de John Keats

Cada vez que voy a ver un brit, una película inglesa que sucede en el siglo XIX, preferiblemente, o como mucho a principios del XX, antes de ir al cine ya he amortizado media entrada. Disfruto de los jardines y de los muebles, de los suelos de madera y de la indumentaria victoriana, de esa calidad de paño inglés que tienen estas películas. Bright star se anunciaba como un brit tipo Austen, aunque solo fuera por las coincidencias en el tiempo. Y ello garantiza emotivos paisajes nublados y unas cocinas maravillosas, pero también hermosos diálogos de exquisita educación, con todos los rodeos que necesita la ironía y la firme voluntad de que cualquier momento y cualquier conversación deben guardar las formas, esto es, ser hermosas.

Jane Campion no quería esto, a pesar de que haya prescindido casi por completo de indagar en las entrañas de Keats y haya optado por la parte más austeniana de su vida, el amor imposible que profesó por la joven Fanny. Esta es la historia de Fanny, de una chica que se enamora de un poeta pobre, que no puede casarse con él ni asistirlo en sus últimos días de Roma, donde Keats murió a los 25 años. Uno pronto se acostumbra, no obstante, a que el Keats que iba buscando no haya tenido demasiado interés para la directora. Aquel sublimador de paisajes, buscador del éxtasis y de la voz suprema, corroboró con su vida el condimento trágico de su objetivo. Porque uno de los rasgos de esa excelsitud, de esa elevación al rango de lo que la propia naturaleza pudiera decir, es su levedad, su fugacidad. Éxtasis fueron también sus odas, el momento de componerlas, los dos meses aquellos de locura poética que terminaron con su vida, que vista en conjunto parece una pasión del poeta inmolado en aras de la literatura. El romanticismo de su vida consiste en creer que esa consunción era necesaria, que semejante reventón de poesía como son las Odas no puede dejar tan fresco a quien media entre la naturaleza y las palabras.

De todo esto, en la película, aparte de unos cuantos célebres poemas (la Oda a un ruiseñor cierra la película recitada sobre los títulos de crédito, como una garantía de que los espectadores van a salir del cine conmovidos), solo vemos a un poeta que parece un poco atontado, como más allá que acá, naúfrago de tormentas interiores para las que de poco sirve una historia de amor, que no hace más que empeorar las cosas; y junto a él a su amigo y hospedero Charles Brown, de un sorprendente parecido con Eric Cantona, empeñado en mantenerlo lejos de todo aquello que no sea escribir. Todo este personaje, zumbón, celoso del genio productivo y maleducado con las damas, parece sacado de las propias palabras de Brown, el real, cuando comentaba la composición de la Oda a un ruiseñor. Esas palabras son célebres porque nadie se las cree. Según Brown, a Keats le producía un placer continuo y sosegado escuchar a un ruiseñor que había puesto el nido en un árbol cercano. Una mañana sacó al jardín la silla de la cocina y se puso a escucharlo durante tres horas. Brown, que en la película siempre lleva el mismo pantalón a cuadros, dice que Keats vino, como transido, con unas pocas cuartillas que fue metiendo bajo la cubierta de algunos libros. Brown, cómo no, se arroga el haber buscado esas cuartillas y recompuesto las estrofas de aquella maravillosa oda.

Lo que dijo Brown es lo suficiente para caer antipático a la posteridad, que es lo que su personaje consigue desde la primera escena. Hay incluso un baño de barniz salieri en su trato con el gran poeta. Se podría decir que la película es ese proceso de composición, ese vía crucis para llegar hasta el ruiseñor y la esencia de su canto desde la naturaleza más tangible. Por algo Keats era desdeñado por algunos de sus contemporáneos porque lo veían demasiado realista.

No sé si era esta la intención de Jane Campion porque yo solo he visto un enamoramiento tan fulminante como paulatino desde los ojos de una muchacha cuya compostura me recordaba a la de El festín de Babette más que a las clásicas heroínas Austen. Keats está allí como de paso. Su pasión y muerte son otras, no comprendidas por la muchacha, que por eso le pide que le enseñe poesía. Esa escena se corta bruscamente y es lo que habíamos ido a ver, a Keats enseñando poesía. El drama recatado de la muchacha está bien, dice mucho del silencio obligatorio, del amor secreto, pero ese tema ya nos lo sabemos. Lo que muchos espectadores no saben es que el poeta es el intérprete de la naturaleza con la esencia de quien la contempla.

Pero, pese a la extrema lentitud del sentimiento femenino, lo que a la película le corresponde de brit está más que aprobado. Sin lujos pero con hermosas cocinas. Sin esos fluidos diálogos intrascendentes pero con un vestuario muy cuidado. Sin grandes carrozas, pero con bruma conseguida.


1 comentario:

  1. Anónimo2:26 p. m.

    Bienvenido, Antonio. Los que hemos pinchado tu blog durante el verano y nos hemos encontrado invariablemente con un futbolista en un ay nos alegramos de volver a leerte. Y nada menos que 10 entradas en 6 días.
    MJ

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