25.11.10

José Gonzalvo

Al día siguiente de la muerte del escultor José Gonzalvo, leí en el estupendo blog Pequeña edad de hielo cómo la noticia apenas había tenido eco en la prensa aragonesa, y un poco más en la valenciana. Tengo la sensación de que esa es una buena clave para situar la obra de José Gonzalvo, él que siempre hizo del hecho de ser aragonés un principio estético: el concepto que en Valencia se tiene de la palabra artista no es tan cicatero como el que tenemos aquí. Basta leer las necrológicas que han aparecido estos días, o los comentarios a las necrológicas, para darse cuenta de la soledad en la que decidió desarrollar su obra y, en paralelo al volumen de sus encargos, el desdén generalizado que produjo.

Las razones de ese desdén son de variada índole. La estética de José Gonzalvo nos remite sin remedio a las parroquias de los nuevos barrios del desarrollismo, o al taurinismo monumental de Venancio Blanco, a una época de mañana seca y soleada y al fondo un terno gris. Los artistas del hierro que conozco lo empaquetan en esa época y en una proliferación de costumbrismo hierático, como una versión de andar por casa y por la iglesia de Pablo Gargallo, con esa imaginería de propaganda industrial de entreguerras que en la distancia se confunde demasiado con las circunstancias históricas en las que fue creada. Le achacan la tipología folklórica de sus figuras, la insistencia en el popularismo acrítico, por decirlo suavemente, y entre silencios como sombras lo dejan bajo el capote de los artistas taurinos, que siempre suenan a cosa provinciana y menor. Hasta en los premios que le concedieron a finales de los 80, después de los cuales llegó el olvido, se insistía en que lo de Gonzalvo, más que prestigio, era mérito. “Esto tiene mucho mérito”, decimos cuando consideramos algo inferior.

Desde luego es comprensible que si juzgamos a un artista del hierro por comparación con Pablo Serrano, la verdad es que tiene muy poco que hacer, por no hablar de aquellos otros que han seguido sendas comparativas más cercanas a Oteiza o Chillida. Gonzalvo está, en este sentido, en una posición incómoda. Tengo entendido que él mismo fomentó con su potente personalidad la engañosa prueba de ser comparado con los grandes. Siempre tuve la impresión de que el artista no acababa de entender ese desdén: había hecho del arte profesión de fe, nunca mejor dicho; había colonizado su tierra con sus esculturas; entendía la monumentalidad como algo inteligible para el ciudadano común, cercano a él, y por eso Gonzalvo, a su vez, desdeñaba las aventuras conceptuales. Quizá –ojalá– murió pensando que su honestidad figurativa, de “un expresionismo no deformante”, como dijo de él Camón Aznar, era víctima de una contemporaneidad demasiado indulgente con sus propias ocurrencias y demasiado exigente con las deformaciones. La realidad, me temo, es que no se le llegó a considerar artista, o por lo menos más artista que un autor local, con ese acomplejado, un poco sádico desprecio que tenemos a las cosas que nos parecen igual de pequeñas que nosotros.

Y la realidad es que no sólo lo fue sino que vivió artísticamente y cumplió como ninguno con lo que podríamos llamar la función real del arte. Las esculturas de Gonzalvo, sus carboncillos de hierro, sus colosos simples, podrán o no gustar, pero nadie les puede regatear que colonizaron un espacio humano con un sello muy marcado (los toros de fuego ya nos los imaginamos como sus dibujos o sus esculturas) y que consiguieron que la escultura pública protagonizase los entornos y jalonara la espectacular recuperación de un pueblo como Rubielos de Mora. Es decir, hizo arte en su pueblo para sus vecinos, al socaire de sus ideas, naturalmente, y de un concepto del protagonismo del arte en la vida de los ciudadanos que convendría reivindicar.

Yo no sé si en el periódico de su provincia aparecerá algún serio dictamen profesoral sobre la verdadera dimensión de su obra, que es el único homenaje que se le puede hacer a un artista, pero creo que es esta condición de artista en un espacio la que se debe juzgar. La que incluso debió juzgar él cuando, a tenor de las notas biográficas, se empeñó en reivindicarse no con su situación artística en el mundo sino con su currículo. Quizá si no hubiera pretendido ser tan importante se le habría concedido más importancia, pero lo de veras importante, lo que debería quedar, era su trabajo para el entorno y al margen de los gustos artísticos, mucho más centrado en su aparatosa y leve función ornamental.

Y esto resulta interesante cuando hablamos de una época en la que la recuperación arquitectónica de los pueblos es una obligación de las instituciones y, sobre todo, cuando los artistas ya no sienten ninguna necesidad de salir de su pueblo para desarrollarse con toda plenitud. Otra cuestión, que ya es materia de historiografía, es en qué medida Gonzalvo monopolizó cierto concepto de la ornamentación monumental. Trabajó a destajo, y a diestro y siniestro encontramos obra suya. El dictamen pericial dirá por qué, pero a mí me interesa de Gonzalvo otra cuestión que no tiene que ver con implicaciones históricas ni de gobiernos locales.

El arte no es solo el arte global. Los ancianos de una plaza no se merecen una obra creada para impresionar a otras personas que no sean ellos. Cuando vemos las esculturas de Gonzalvo entendemos el tejido social en el que habitan los ciudadanos a los que les gustan. Y eso creo que es esencial en el desarrollo de una ciudad, que toda clase de ciudadano tenga su representación estética. Necesitamos autoridades que encarguen monumentos, y a monumentalistas muy diversos que con su propia sensibilidad encajen en el paisaje por donde pasea la gente común. El artista que trabaja en un ámbito concreto, con un público definido, tiene un margen de maniobra muchas veces superior al que tan solo aspira a la gloria. El que decide su camino y construye a su alrededor un mundo propio, aunque los críticos le den la espalda, creo que puede sentirse satisfecho, sobre todo si nunca ha dejado de trabajar tan solo en aquello que más quería. En el caso de Gonzalvo, además, no me imagino un trabajo iconográfico serio sobre el Teruel de los años setenta sin alguna de sus obras. Supongo que a eso se le llama pasar a la historia.

8 comentarios:

  1. Anónimo12:01 a. m.

    Realmente impresionante. Consigues que el rebaño, a veces descontrolado, de la emoción acabe sabiamente guiado por esa perra vieja que es la razón. Tu si que te mereces un monumento. Magnífico. Gracias
    EUV

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  2. Magnífico artículo. La escultura que aparece en la fotografía ¿pertenece a algún pueblo de Teruel? Es que creo que durante mi estancia por allí, la llegué a ver. ¿Podrías recordarme el nombre del pueblo? ¿Rubielos tal vez?

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  3. Muchas gracias por tu artículo, Antonio. Yo también vi la noticia en la pequeña edad de hielo.

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  4. Como aragonés, me siento culpable de ignorar hasta hoy quién era José Gonzalvo. A ti te debo salir de las sombras...

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  5. Te oí decir en cierta ocasión, Ernesto, que lo peor del provincianismo es la obsesión por no ser provinciano. Bajo esa losa quedan, en la memoria, actitudes como la de Gonzalvo. Vi muchas veces, Píramo, el toro que preside la entrada de la plaza de toros de Salamanca, un toro bien ilustre, y tengo que decir que el de Rubielos me gusta más. Y me gusta más ahora, claro, Luis, porque no es raro que aun paisanos tan atentos como tú lo conociesen; se consideraba, más que una escultura, uno trozo del pueblo como otro cualquiera. Pero lo importante es que hay gente como el Sr. Ubé que sí tienen muy claro lo que en realidad significa ser artista. A todos muchas gracias.

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  6. MAGNIFICO EL ARTICULO DE BERNARDINAS...QUIEN ERES?
    LE HACE JUSTICIA A PEPE GONZALVO CON LAS PALABRAS QUE YA QUISIERA SABER UTILIZAR YO.PRECISAS, FIRMES Y SIN CONCESIONES.PERFECTA LA "BRONCA". TE LO AGRADEZCO EN EL ALMA.
    ¿CÓMO PUEDES ESCRIBIRASI DE BIEN?

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  7. MAGNIFICO EL ARTICULO DE BERNARDINAS...QUIEN ERES? ¿COMO PUEDES ESCRIBIR ASI DE BIEN?
    ES EL PRIMER ARTICULO QUE LE HA HECHO JUSTICIA A PEPE GONZALVO, CON ESA "BRONCA" PRECISA Y FIRME Y SIN CONCESIONES. TE LO AGRADEZCO EN EL ALMA.
    ESPERO QUE DESDE DONDE ESTÉ PUEDA LEERLO.

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  8. Anónimo9:45 a. m.

    El estudio y valoración lo acabas de hacer tú, Antonio.Hace un tiempo, cuando visitamos el parque escultórico de Hinojosa de Jarque, unos hombres del pueblo nos comentaron las obras de las que se han visto envueltos en su vida cotidiana. Por encima de todas ("esto sí es arte") apreciaban la llamada El abuelo de Juan Fontecha, la única claramente realista y teniendo como protagonista a uno como ellos. Esto se resume en tu frase: "Los ancianos de una plaza no se merecen una obra creada para impresionar a otras personas que no sean ellos".
    Gracias por ayudar a mirar.
    MJ

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