5.11.11

Voces del Mediterráneo


Entre pitos y flautas, llevo año y pico leyendo sobre la guerra y la posguerra mucho más de lo que me habría imaginado nunca, y eso que ya dejé el tema por imposible. De vez en cuando, sin embargo, vuelve a caer otra, y en este caso bien gorda, Las voces del Pamano, de Jaume Cabré, escrita en 2004 y transformada en miniserie televisiva en 2009, pero que a mí no me llegó por su difusión en español (la traducción es de 2007) sino por el método más antiguo de todos, el boca a boca entre lectores desprejuiciados.
               Las voces del Pamano es un modelo de novela popular moderna, y si no añado “de calidad” es porque no creo que la novela popular no suela o no pueda tenerla. Entre las wikinovelas históricas, peñazos de datos y de tópicos, y una buena novela popular media un amplio trecho que en español no ha dado mejores resultados por prejuicios de estilo. Los buenos narradores españoles necesitan ser originales sin interrupción, y como, por lo demás, en España no hay tradición lectora, la novela popular ha caído en manos de arriolas de la literatura que sacrifican la calidad a la falta de sustancia, a los relatos de sencilla digestión y nada más. Algo muy distinto sucede en Cataluña, y lo que, al parecer, está ocurriendo con Cabré, un descubrimiento que llega después que en Alemania u Holanda, me recuerda un poco a lo que sucedió en su día con Zafón, cuya apuesta de novela popular sonaba tan habitual en la literatura catalana como sorprendente en la española. Pero los que hemos leído con fruición los Carvalhos de Vázquez Montalbán, unas cuantas novelas de Marsé o casi todas de Mendoza, recordamos un tipo de novela fresca, divertida, sin adjetivos ornamentales ni corrientes de conciencia ni leches en vinagre, muy bien narrada y mejor escrita. Me venía una especie de brisa Mediterránea leyendo a Jaume Cabré, no ya tanto por los personajes o las circunstancias sino por esa forma desatada de narrar, llena de personajes cercanos, del súper de abajo, y otros rematadamente novelescos, como fallas grecolatinas. Son escritores que sabían a qué atenerse con sus lectores: gente que no quiere monsergas pero tampoco chorradas, lectores dispuestos a jugar al juego que proponga el narrador, siempre y cuando el narrador los lleve y los traiga y el viaje sea tan placentero como edificante. Cuando don Quijote pasó por las prensas catalanas debió de dejarse allí el espíritu, porque en el resto de España sigue mandando Quevedo.
               ¿Pero qué es una novela popular? Jaume Cabré ha trabajado en cine y televisión y se nota. La narración televisiva consiste en llevar breves escenas a un clímax argumental y de inmediato cambiar de personajes. Este trenzado de historias es bueno porque garantiza variedad e independiza los episodios pero también esconde muchas veces la debilidad de cada una de las historias por separado, aunque también, si se sabe prescindir de la linealidad, permite aquello que decía Allan Gurganus de narrar desde dentro, disponiendo los elementos como manchas de color necesarias para la armonía del conjunto. Cuando leo una novela contada en un ir y venir de tiempos y de personajes siempre me hago la misma pregunta: ¿la escribió en este orden el autor o primero la redactó por orden cronológico y después la desordenó? Habría que preguntárselo a él, pero yo creo que esta novela está escrita según sus propias necesidades, narrando el pasado con la misma falta de continuidad que tienen los recuerdos y que necesitan las novelas para atizar la curiosidad. No cuesta en absoluto ir del año 44 al 2002 pasando por los años 70, porque el buen narrador siempre deja un detalle que ahorra la nueva ambientación. Ni tampoco cuesta seguir cualquiera de los tres hilos, entre otras razones porque el narrador recapitula con frecuencia, a veces, para mi gusto, con excesiva frecuencia.
               Las tres historias que teje Cabré tampoco son, como suele, paralelas sino más bien concéntricas. Da la sensación, bastante obvia, por otra parte, de que haya partido de una sola novela, una historia de maquis, en plan Pa Negre y por ahí, rebozada luego con la mirada desde el presente, la clásica investigadora de los papeles del muerto, la encargada de rescatar la memoria que se enfrenta a sus propios designios y, plop, surge la nueva historia, en este caso paralela no con las demás sino con el personaje de Elisenda. En la historia original, la de 1944, un maestro llega a un pueblo de la sierra de Lérida con su mujer embarazada. Por una cobardía elemental que es el inverso de la ironía trágica, un poco como en Un enemigo del pueblo, el lector y el héroe saben lo que los demás ignoran, y su tragedia es que lo consideren un fascista repulsivo que delató a un niño de catorce años al que el jefe local del Movimiento, un verraco sanguinario, le descerrajó un tiro en un ojo. Su mujer lo abandona porque le da asco su actitud, pero él trata de corresponder con el niño muerto haciéndose confidente y enlace de los maquis.
               La historia madre, digámoslo así, recibe un chorro de coñac cuando aparece la rica del pueblo, Elisenda, la malisísima de la novela. Ángela Chanin, a su lado, una aficionada. Y Elisenda se enamora del maestro, de modo que, en medio del invierno crudo, en mitad de la insoportable posguerra, en un pueblo perdido del Noguera Pallaresa, una riquísima señora fascista no solo posa para el maestro, que resulta ser un gran pintor, sino que regocija a los lectores con escenas libidinosas. Esa novela previa terminaba trágicamente, o sea bien. El mismo despecho amoroso, la misma crueldad congénita de los ricos, es la que mata al protagonista y usurpa su memoria. No adelanto nada. Esto es algo que se sabe desde las primeras páginas. La novela presenta sus líneas generales y luego avanza en bucle, rehilada, de modo que lo que se resuelve no es tanto acontecimientos fundamentales del argumento cuanto sus detalles puramente novelescos: anagnórisis varias (alguna digna del mismo Lope), pistolas que surgen de las sombras, damas que dejan el bolso en el sillón y se desnudan, y en vez de cerrar la puerta, como hace la púdica novela castellana, enseguida se despatarran. Las escenas de carne están contadas como las contaría quien las sufre, quien es traicionado, y con un hilillo de moralina un poco paradójico, porque en esta novela solo follan los malvados. 
               Esta Elisenda es el colmo de la mujer fatal, del putón verbernero, y de todas las maldades de los fascistas reunidas en una sola familia repulsiva y un séquito de asesinos de Falange. Pero también de todas las argucias y crueldades del franquismo posterior y del capitalismo en general, y de los aristócratas que medraron a lomos del régimen, fornicando con el régimen, y curas que los ampararon con sus misas. No falta el cura íntegro, el que llama mala puta a quien le confía en sagrada confesión sus maldades, y trata de impedir que la rica despechada se apropie de la memoria de un mártir de los maquis y lo convierta en santo para redimir sus culpas.
               Pero todo ello, en un tercer círculo narrativo, es investigado por una maestra de pueblo que es el rigor de las desdichas. El hijo, después de educarlo en la libertad y la tolerancia, se le mete cura. El marido le sale un pichabrava mudo y ridículo como el Imanol Arias de La flor de mi secreto. Y, por si el lector no se hubiera congraciado lo suficiente con ella y su mensaje narrativo, le sale un cáncer. Es ella la que, cómo no, mientras estudiaba las raíces del pueblo donde vive, encontró unos cuadernos manuscritos que… Por cierto, el momento en que Marcel descubre quién fue su padre desaprovecha la inercia narrativa de ese manuscrito. Poco antes el narrador ha insistido en que en ese cuaderno había dibujado un retrato del padre, pero luego desaprovecha la ocasión de que el hijo se refleje en aquellos cuadernos perdidos.
               El caso es que la otra protagonista, la maestra, Tina, es el más cercano de todos, un poco el que nos guía emocional e ideológicamente. Hay que restituir la memoria histórica de los maquis catalanes muertos en su lucha por la libertad contra la España de Franco, cuando ya la guerra se había perdido pero entre las montañas cundía el odio y la desesperación. El jefe de Falange, Torga, el malo de la película, es un asesino y un gilipollas. Mientras mata gente por deporte es como el malo de las marionetas, que no se entera de la que le están armando. La escena, por ejemplo, del atentado fallido, muy importante porque justifica el desenlace, la llegada del destino, me resulta francamente inverosímil. Pero está bien contada y ese tipo de cosas, cuando te estás divirtiendo, no se tienen en cuenta. El maestro se va salvando de una muerte segura porque el malo es imbécil, lo cual también tiene una justificación argumental cuando necesita que lo ayuden a descubrir la verdad.
               Porque todos van buscando descubrir una verdad o impedir que se descubra. Tina quería desvelar en 2002 lo que Elisenda quiso ocultar en 1944. El maestro oculta en 1944 lo que entonces habría acelerado todavía más su muerte pero después no sirve para que sea revelado, porque el poder, al margen de las circunstancias, sigue estando en manos de los mismos. El poder los educa y los modela, los arraiga y los desarraiga, los encapricha y los hastía. Y los demás, a joderse con su Dos caballos, su hijo cura y su marido pichabrava. La memoria histórica es como una subasta de héroes. El picapedrero todavía no puede cincelar todos los epitafios posibles. Quien paga, manda.
               Tina y el maestro son dos excelentes personajes, pero los demás, incluida Elisenda, son tipos, prototipos. Todas las mujeres rojas son santas, pobres y valientes. Todas las mujeres fascistas son ricas, putas y desaprensivas. Algo que tiene gracia desde el momento en que las putas tienen audiencias papales y a las santas las abandonan y no las escuchan los curas, algunos hijos suyos, Dios mío. Sin embargo nos habríamos quedado más tiempo con el maestro, habríamos querido saber más de él si no hubiese sido, también, víctima de una estructura narrativa que es como un ágil montaje cinematográfico. Y lo mismo me pasa con Tina, a quien creo que el narrador no ha deparado un final como se merecía ella, no la historia. Ese pesimismo final es un poco postizo, creo yo, después del optimismo narrativo que nos hacía pasar de las camas a las trincheras con destreza de abubilla.
               Y no es solo con Tina. Hay un personaje meramente trazado al que he estado esperando toda la novela, Rosa, la mujer del maestro, cuyo papel tan secundario, tan insignificante, me ha decepcionado un poco. Con lo viva que estaba, con lo interesante que parecía. La escena de la placita de la Fuente es buena precisamente por eso. Todos teníamos ganas de ver a Rosa, de hablar con Rosa, pero hay ropa tendida y no conviene que los vean juntos. Si Cabré quería transmitir la decepción del maestro, desde luego que lo consigue, pero el lector no tiene la culpa de nada y una cosa es que el maestro no pueda verla y nosotros tengamos que pagar la misma pena.
               Y todo ello, los personajes vivos y profundos y los de cartón piedra, las escenas emotivas o fascinantes y los tópicos de serie negra, las dilaciones innecesarias y las revelaciones sorprendentes, es decir, todo el atalaje de lo que desde siempre se ha entendido por novela popular, está narrado con rapidez adictiva, con economía suficiente, desmembrado de modo que el lector se beba a sorbos el gran caldero de seiscientas páginas, y cada capitulillo lo deje con ganas de saber más pero le consuele volver a saber en la página siguiente de algo que hace algunos capítulos dejó de contársele y prometía mucho. Y está narrado con una prosa que lleva más lejos de lo acostumbrado las posibilidades de los estilos directo e indirecto, del pensamiento y la voz, de las personas que hablan y las que solo piensan, de los cambios de escenario y de imaginación o de época y de historia. Algo que, dicho así, parece un lío, es un sencillo juego que uno comparte sin la más mínima dificultad desde la primera página. Pocas veces ha visto un caso como este de recurso vanguardista al servicio de la narración tradicional. Y lo bien que funciona, oye. Una prueba más de que los hallazgos narrativos nunca sirven por sí mismos sino en tanto son capaces de complementar la narración de toda la vida.
               De momento, y sin solución de continuidad, voy a empezar con Yo confieso, el libro que, por lo que estoy oyendo últimamente por ahí, va a ser la sensación del año. A ver, a ver.

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