11.5.13

Extramuros, 1



Geórgicas, IV, 51-66

Por lo demás, en cuanto hunde el sol dorado
bajo tierra el invierno y aclara los cielos
con la luz del verano, recorren las abejas
los bosques y los sotos sin descanso, cosechan
la púrpura flor, beben ligeras sobre el río.
Entonces, y contentas de no sé qué dulzura,
atienden a las crías y a los nidos; después,
las más recientes ceras labran como artistas
y amasan la espesa miel. Y a partir de ahí,
si ves que el enjambre lanzado de las celdas
surca el aire claro del verano y remonta
rumbo a las estrellas del cielo, y te admiras
de la oscura nube, que la lleva el viento,
párate a contemplarlas, pues siempre van buscando
aguas dulces, cobijos frondosos. Tú esparce
por aquí los sabores como está mandado,
melisa machacada y humildes borrajas,
y dale al cascabel y todo alrededor
el címbalo has de andar tañendo cibelino.
Ellas solas irán a posarse a los sitios
que hayas perfumado, y según su costumbre
se esconderán solas muy dentro de los nidos.

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