8.6.13

Peligros varios


Geórgicas, IV, 228-250

Si su augusta sede a destaparla fueres
y a sacar la miel que guarda en su tesoro,
refréscate la cara con un poco de agua
y restriégate, y echa persistente humo.
Dos veces acumulan los frutos abundosos,
dos son las temporadas de castrar, si Taigete
la Pléyade a la tierra mostró su hermosa faz,
y apartó con el pie las aguas despreciadas
del Océano, o cuando esta misma estrella,
escapando del Piscis lluvioso con tristeza,
a las ondas de invierno desciende de los cielos.
Su ira es sin medida, inoculan el veneno
a mordiscos, pegadas a las venas, y dejan
el aguijón metido, y mueren en la herida.
Si en cambio el crudo invierno te preocupa
y miras al mañana y lamentas que tengan
los ánimos caídos, la hacienda quebrantada,
¿quién duda sahumarlas con tomillo y cortar
las ceras inservibles? Pues a veces un geco
comió de los panales escondido, y las celdas
enjambráronse de bichos que escapan de la luz
y el zángano que al pienso ajeno se apalanca,
o bien se introdujo, con armas desiguales,
el áspero avispón, o tiñas de mala raza,
o las mismas arañas, odiadas por Minerva,
suspenden en la puertas sus hilos extendidos.
Cuanto más esquilmadas, con tanto más empeño
se afanan todas ellas en levantar la ruina
de una estirpe caída, y reharán las celdas
y otra vez labrarán con flores los panales.

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