6.6.13

Tito alivio


Llevo días sin traer aquí nada más que las traducciones que tenía ya embastadas. He escrito, bastante, sobre Güino, con esa sensación de urgencia y miedo a olvidar que se nos instala cada vez que perdemos un ser querido. Seguiré con ello, no a ver qué sale, no a ver si sale algo interesante, sino a ver si digiero su muerte. Son catorce años con todos sus momentos, porque llegó, muy pronto, el día en que no estaba del todo tranquilo si no lo sabía cerca de mí. Y luego está, claro, este puritanismo moral que tenemos los ateos: por eso no cuelgo aquí, de momento, nada de lo escrito, porque mi luto no es un lucimiento. El luto no se luce. El luto se guarda.
               Y mi alivio luto, cómo no, están siendo los antiguos: Tito Livio en las horas del tren y de la siesta, y Virgilio en el tiempo de escribir. El uno, como ya conté el día que empezaba, elimina los ruidos de la ciudad. Voy por el libro V (segundo volumen de Gredos, traducido por José Antonio Villar Vidal), y disfruto de sus discursos y sus descripciones bélicas lo suficiente como para que, más que apetecerme leerlo, no me apetezca dejar de leerlo. Los que solo leen novedades no saben lo que es la gran prosa en castellano hasta que no leen traducciones de clásicos. Recuerdo que cuando estaba estudiando a Tucídides había ocasiones en las que, más que mirar la traducción de Adrados (ahora reeditada) para resolver las dudas del texto griego, leíamos el texto griego para resolver las dudas de la traducción de Adrados, escrita en sintaxis literal, estropajosa y plúmbea, sin asomo de lustre. Los mismos fragmentos de Tucídides, en cambio, traducidos por José Alsina, eran una sinfonía de precioso castellano, grande, preciso, sinuoso. Esta traducción de Villar Vidal también está muy bien, por más que a veces sacrifique la música en aras de la exactitud gramatical. Es un excelente castellano que, cuando se junta con algún pasaje brillante, cuaja en literatura integral, arrebatadora, suficiente. A mí me arrebata del momento, que es lo que le pido, y no leo, como cuando era estudiante, pensando siempre en el haber leído, en que anidasen en mi cerebro datos y pasajes, sino despreocupado de lo que pueda quedarme en la memoria más allá de lo que ya sabía.
               Entonces, cuando estudiante, pensaba que Tito Livio era el historiador entretenido, y Cornelio Tácito el gran historiador. Del uno me apartaba su presunta charlatanería, el dar cobijo a episodios inverosímiles y abrillantar los verosímiles hasta lo mosqueante, y el hecho de que su sistema narrativo, año por año, podía resultar a veces un poco plasta, siempre que no hubiese ocurrido nada interesante durante aquel invierno. Del otro, de Tácito, me atraía casi todo, en especial ese aire afilado, inclemente, riguroso. Tácito es el hombre más serio del mundo, sus bromas están disimuladas en las penumbrosas entrañas de su sintaxis. Tácito no perdía el tiempo en niñerías.
               Ahora lo veo de otro modo. Tito Livio es el viejo republicano que desconfía del partidismo. A los patricios los pinta como interesados y desaprensivos, y a los plebeyos como demasiado expuestos a dejarse convencer por cualquiera. A los unos y a los otros los retrata igual de avariciosos. No así, empero, a los particulares de ambas castas. Siempre hay individuos que le dicen a la patria del mal que tiene que morir, pero las masas, los grupos, los clanes, las castas, en tanto que entidades colectivas, no le hacen al historiador ninguna gracia. Y, en medio de su prosa suntuosa, es a veces tan escéptico como pudiera serlo Tácito: “La naturaleza dispuso las cosas de forma que el que habla a la masa buscando su propio interés cae mejor que quien piensa únicamente en el interés público”. O bien, un poco antes, en medio de las luchas entre patricios y plebeyos por acaparar más cuota de poder: “Tan difícil resulta la moderación en la defensa de la libertad: mientras se simula pretender la igualdad, cada uno se encumbra a sí mismo a costa de rebajar al otro, y mientras se busca evitar el temor, uno se convierte a sí mismo en temible, y la injusticia que rechazamos de nosotros mismos se la infligimos a otros, como si no hubiera más alternativa que cometerla o padecerla”.
               Se podrían escribir muchas entradas del género la historia nos enseña con la zaragata secular entre tribunos de la plebe y senadores, o dulcificar la transigencia de Tito Livio con casi todo lo que suene a dictadura (estoy ahora con el libro casi entero que le dedica a Camilo), o hablar de la transparencia de Rajoy comparándola con la proposición Terentilia, etc., etc., pero mi instinto me lleva, cómo no, a la fantasía, a la historia de Coriolano, célebre por Shakespeare, o a la no tan célebre historia de Virginia, que a Lope de Vega, sin ir más lejos, le dio tema para, por lo menos, tres piezas mayores: Peribáñez y el comendador de Ocaña, Fuenteovejuna y El castigo sin venganza, ninguna de las tres, por cierto, con el terrible final de Virginia, asesinada por su padre para limpiar la deshonra que le infligiera Apio Claudio, uno de esos personajes malos que, andando el tiempo, serán el bastidor en el que Tácito borde, por ejemplo, la figura de Sejano. Pero Lope era más complaciente que Tito Livio: Casilda, Laurencia o Elvira, respectivamente, y sobre todo esta última, tienen mejor final que la pobre Virginia (III, 44-48).

               En fin, ahí estamos, hasta que se pasa la hora de dormir y volvemos a Virgilio.

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