10.9.13

Campo eterno

Ensayo de literatura campestre, 12


Merece la pena copiar parte de la nota que el escritor incluye después del prólogo y antes del primero (y hermosísimo) de los relatos que conforman este libro:

Los cuentos que siguen (no así los poemas) han sido impresos en el orden en que fueron escritos durante los años 1974-1978. El modo de contar las historias cambia con el paso de los años. No quiero aplicar el término progreso a ese cambio, pues creo que las primeras tienen una nitidez en el enfoque de los primeros planos, un sentido del presente, que hoy no podría conseguir…

               Creo que cualquier juicio crítico debería empezar por ahí. En realidad se trata de dos libros: media docena de excelentes cuentos breves, sobre todo los dos primeros, el parto de la vaca y el apareamiento de la cabra, que se van hinchando de ideología (el secuestro de los inspectores de sidra ya es literatura panfletaria), y un segundo libro, una novela corta de las mismas dimensiones que todo lo anterior, unas cien páginas, en torno al personaje de la Cocadrille, dividido a su vez en tres secciones, tantas como diferentes vidas (en el pueblo, en el bosque o en el más allá) tiene la protagonista.
               Es gracioso porque, en el ensayo sobre la desaparición del campesinado en Occidente con que se cierra esta miscelánea, habla Berger de que la visión del campesino superviviente es simétrica de la del capitalista de ciudad. Mientras el labrador ve ancho el pasado y estrecho el futuro, el ciudadano moderno ve estrecho el pasado y ancho el futuro. Estos cuentos van de lo estrecho esencial literario a lo ancho ideológico y metaliterario. De nombrar las cosas, las cabras, las vacas, las manzanas, con la poesía precisa y sin más intervención que la de comprender a los personajes, Berger degenera en una parábola de muy evidentes resonancias literarias, que pierde de vista la anterior sustancia poética –o la utiliza como simple adorno- y se esfuerza por el lucimiento y la doctrina. Seríamos más justos con este libro si hablásemos de sus dos partes por separado, y una la celebrásemos y la otra la soslayásemos, pero la mezcla, y sobre todo el orden (el mismo en el que fueron escritos) hace que la impresión final, el recuerdo último no sea bueno.
               La culpa es de la Cocadrille, que tiene casi todo lo que me repele de la manía esa francesa de la sublimación. Berger es inglés, pero la novela es muy francesa, y no solo por sus personajes. La Cocadrille es una mujer diminuta y resistente, despreciada por su familia y visitada por los hombres, que vive entre arbustos y come las bayas del bosque, pero que, al menos eso dice ella, guarda mucho dinero, razón que justificará literariamente su muerte después de un cansino acto final en el que aparecen, casi con sus nombres y apellidos, Rulfo y García Márquez. Cuando el artificio literario se desborda, cuando estamos en el tercer acto espectral de la ópera, sufro un desajuste entre la velocidad de lectura, la previsibilidad del contenido y las ganas de que se termine. Con los primeros cuentos breves, en cambio, habría seguido varios cientos de páginas más. Cada vez que Berger se deja de ideas y literaturas y atrapa la sensación campestre, que es lo que vamos buscando, el libro se ilumina, pero vuelve a ensombrecerse cuando sucumbe a esa moda tan setenta de complicar las cosas sin necesidad. Aun así, con frecuencia da en el clavo:

En las montañas, el pasado nunca se queda atrás; siempre está al lado de uno. Bajas al anochecer desde el bosque, y un perro se pone a ladrar en un caserío. Hace un siglo, en el mismo lugar, a la misma hora, un perro se puso a ladrar al oír a un hombre que bajaba por el bosque, y el intervalo entre los dos momentos no es más que una pausa en los ladridos.

               Esta es, y no otra, la esencia del campo, la pura eternidad, lo que es como ha sido y será, pero no por conservadurismo sino por experiencia. La permanencia en movimiento que es el campo, ese volver todo al mismo sitio sin parar, ese vivir lo mismo de nuevo (y saber que las variaciones no suelen ser buenas) es lo que hace que el campesino pierda con frecuencia la noción del tiempo menudo, ese agobio de minutos en que vivimos los demás. El tiempo para él es una flor, un aire, un rumor. El tiempo es consecuencia de leer el campo. El campesino, y en eso Berger tiene razón, tiene dos características que lo definen: sus manos no saben estar sin hacer algo con ellas (y por eso con frecuencia se anquilosan en la postura que les ponían antes a las manos de plástico, postura de coger cosas), y no dejan pasar un detalle de la naturaleza, imperceptible para los demás pero esencial para entender el más inmediato futuro.
               Y estas dos características las tienen los primeros cuentos: son acciones descriptivas, esto es, hechos menudos, significativos, prácticos de algún modo, sin reflexiones que se salgan de los hechos, la vaca, el establo, la mirada del ternero; pero también son eternos, previsibles, siempre son de nuevo, pero cada vez hay detalles diferentes, muescas del tiempo en los huesos, mensajes silenciosos de la tierra. Lo otro, lo de la Cocadrille, me recuerda, aparte de a las fantasmagorías rulfianas, a ese aire un poco tétrico por blanquecino que uno tiene al leer El gran Maulnes, un libro que recuerdo como algo viscoso, morboso, pero también a ese artificio del enano sabio, el Owen Meany (que es del 89), el monstruo poético, esta vez una mujer tierna, cerril, misántropa y sin desarrollar.
               Lo que vamos buscando en las lecturas es lo otro, lo eterno sin ideas, sin Dios, sin autor, lo constantemente renovado, los detalles del tiempo en la mañana, el color de las nubes. Vamos buscando eso porque eso es suficiente poesía. No era necesario intercalar un poema entre cuento y cuento, porque además son bastante malos. Más que malos, prescindibles, que es peor.
               Por lo demás, Berger estaba convencido (en 1979) de que a finales de siglo se extinguirían los campesinos de Europa. Su razonamiento es previsor: los campesinos que queden no serán superviviente, gente que vive en la tierra y de la tierra, por y para sus bestias y sus hortalizas, sino trabajadores especializados con el mismo régimen de vida que el de una fábrica, pero con diferente olor.
               En ese mismo año 79, un tío mío, labrador de Alfambra, cerró su casa y se fue a trabajar por cuenta ajena a una granja en Barcelona. Cambió un sistema por otro, dejó de ser campesino para ser proletario del campo. El sueldo era fijo y nunca estaban al albur de las tormentas o de la sequía, pero mi tío cogió un mal rollo que casi se muere. A los pocos meses, hizo las maletas y se volvió a su pueblo, a cuidar ovejas y entrecavar tomates, a ordeñar vacas y sembrar pipirigallo. Casi un cuarto de siglo después, ya octogenario, tiene una salud de hierro y es feliz en ese tiempo eternamente renovado que es el que siempre conoció. Y por supuesto atiende las gallinas, los conejos y lo que haga falta.
               Quiero decir con esto que la tesis de Berger se salta un detalle implícito en su propia argumentación: el campo es un modo de vida, una necesidad. Los tiempos vomitan campesinos a la ciudad y los tiempos, como en el reflujo de la marea, los devuelven a la tierra. Las bestias fueron sustituidas por tractores, pero el campo sigue oliendo igual, sigue siendo igual de humano y necesario. “Aquí no hay agricultores, aquí hay jardineros”, suele decirme un amigo de Villarquemado. Bueno, pero son parte del paisaje. El hecho de que el hombre moderno suela volver al campo cuando se jubila no es más que por ansia de eternidad. Eso el progreso puede modificarlo, pero es difícil que lo aniquile.

John Berger, Puerca tierra, 1979 (Alfaguara, 2006), 255 p.

3 comentarios:

  1. Anónimo10:45 p. m.

    Yo diría " Aquí no hay agricultores, hay conductores tractoristas, medio funcionarios subvencionados por la PAC europea"

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  2. Me alegra leer tu crítica de la trilogia de John Berger. Siempre se aprede de tus críticas literarias.
    En favor de Berger, que sin duda, como dices escribe ideologia, habría que decir su trayectoria de hombre viejo que conoció el derrumbre de Europa, y la década en que escribe estos cuentos.

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  3. He leído la trilogía y creo que tienes bastante razón, por eso intento pasear por el campo con la mirada de la parte "buena".

    Un saludo

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