12.9.13

Maestros incompatibles


El otro día le preguntaban a Manuel Longares si se sentía un escritor galdosiano, y él, muy ufano, decía que sí, que ojalá, y se lamentaba de lo poco que se le tiene en cuenta. Desde luego que no es lo mismo poner nombres de calles que leer libros. En España enseguida damos premios y erigimos monumentos a los escritores, pero ni los leemos ni, lo que es peor, los imitamos. Esto último no lo dijo Longares, pero es posible que lo piense, todos los fans de Galdós lo hacemos.
               Sólo el hecho de declararse galdosiano ya me movió a leer Los ingenuos, a pesar de que cuando leí Romanticismo, mucho antes de abrir este blog, recuerdo que ya le puse los mismos peros que me temo le voy a poner ahora. Digamos que lo que Los ingenuos tiene de galdosiano está muy bien, pero que lo que tiene de no galdosiano, de longariano tan solo, no tiene ninguna gracia, y además amordaza a los personajes y no les deja seguir siendo galdosianos, los condena a un chafarrinón de brocha gorda y prosa torculada, no les deja ser, porque en Galdós los personajes son más allá del autor y del rancio entretenimiento sintáctico.
               Lo galdosiano es la gran protagonista desaprovechada, Modes. Cuando sale una Modes como esta en una novela, hay que dejar todo lo demás en un segundo plano. Uno no puede empeñarse en seguir con ese lenguaje falsamente campanudo, lleno de ablativos absolutos, y contar una historieta mendociana cuando lo único que le importa al lector es Modes y nada más que Modes. Hay un artificio técnico en la novela del que el autor estará muy orgulloso pero alguien debería decirle que no es mérito suyo sino de su personaje, o, si se quiere, de la lógica de la narración, de la condición orgánica e independiente de una narración. Durante buena parte de la novela, hasta que empieza la risa floja y los chistes verdes contados con retórica pazguata, Longares equilibra bien los estilos adecuados a cada personaje. Todo lo relativo a Gregorio, o a su hijo Goyo, tiene, y no solo por el nombre, un aire un poco Landero, que también es el Mateo Díez de La fuente de la edad o alguna novela de Zúñiga, o ahora mismo los libros de Gonzalo Bayal, pero sobre todo es landerino en esa poquedad de los personajes, esa inocencia tontaina. Te metes en la ficción porque está muy bien escrito pero a poco que lo pienses los personajes te parece que les falta a todos un hervor, no porque estén mal construidos sino porque, más que ingenuos, son idiotas. Estos Gregorios de Longares son un poco como el Gregorio Olías de Landero. Cuando salió Juegos de la edad tardía, coincidí, por primera y última vez en mi vida (tan casual lo uno como lo otro) con Félix Romeo, y él entonces dijo algo que es verdad: “es una novela mesetaria”. Sí, los personajes labran el áspero terreno de la sintaxis de Miranda Podadera, esa morosidad que no se casa mucho con el empuje que reclaman los grandes personajes. Galdós escribía a lápiz para no perder el tiempo mojando en el tintero. Me lo imagino sudando detrás de Isidora, tratando de alcanzarla sin preocuparse lo más mínimo de cómo estaba escribiendo. Al final de la novela se le va. Galdós, jadeante, se sienta en un mojón de la calle del Arenal y la ve perderse entre la multitud, en esa hermosísima escena que luego copió malamente Muñoz Molina para su petardo bélico.
               Los gregorios de Longares, en fin, no están vivos. Caminan encorvados bajo el peso del autor. Pero Modes no. Modes corre, y si, como digo, Longares piensa que ese delicioso estilo de novela rosa que utiliza para narrar sus pensamientos es una decisión suya, se equivoca. De pronto la prosa trasparece y vemos a Modes y la escuchamos y la sentimos sin necesidad de que Longares, y en eso le alabo el gusto, se moleste en describirla. Todo va deprisa porque es urgente saber más de Modes, estar más tiempo con ella. Pero el autor, inmisericorde, ajeno al camino que le marca Galdós, se pierde en un final de sainete que a mí me suena mucho a Mendoza. El cura con el sombrero mejicano echa un tufo al más largo de los Tres cuentos que tira para atrás. El embrollo de misterios ridículos es como el de las novelas que Mendoza no se tomaba en serio. El final de Los ingenuos, tan cansino y decepcionante como el de Una comedia ligera. Y la novela avanza con largas parrafadas y vacíos parlamentos de fantoches y Modes sin aparecer. Qué habrá sido de esta muchacha, piensa uno, si es lo único que merecía la pena entre toda esta mugre.
               Curiosamente, y en otro orden de cosas, a Pombo le ha pasado algo parecido en su última novela, Quédate con nosotros, señor, porque atardece. Con lo interesante que habría sido escuchar a los curas hablar o no hablar, dejarlos en el convento con sus carracas (como ya lo hiciera, maravillosamente, en su paráfrasis de San Francisco, por cierto), sin embargo llena la novela de seres inverosímiles, sobre todo el periodista ese asqueroso que cada vez que salía me daban ganas de tirar el libro. Pues aquí, en la novela de Longares, viene a pasar lo mismo. ¿Qué demonios nos importa esa caricatura de comunista clandestino de los años 60, ese sujeto viscoso del que el autor obliga a enamorarse a la pobre Modes? Y Modes, que tiene una novela de quinientas páginas que contarnos ella sola, acepta su papel en el sainete pero los lectores sabemos que lo hace porque lo manda el guión, pero ella es otra, ella no se enamora de ese sujeto maloliente, ella tiene otro mundo, otra vida, lejos de ese avispero de viejos verdes que pulula por la calle Infantas, que es donde sus padres tienen una portería. Llega el autor hasta el extremo de hacerla parecer, a ella, que es más viva que el hambre, aunque tenga que representar otro papel, como una perfecta imbécil en la escena en la que cree que su hermano ya se ha casado con la Beni, otro buen personaje que se queda en nada, como el de la madre, reducida a un tópico con sabañones. Y el autor casi se limita a sacarlas a pasear y de paso recitarnos el callejero madrileño, un detalle que no sé si a un lector que no viva en Madrid no le parecerá un poco pesado.
               Una pena, no puedo decir otra cosa. Cómo ha sido capaz este hombre de arruinar el papelón del gran personaje que había creado sin querer, que es como nacen los grandes personajes. Es posible que no fuera personaje para este tipo de novela. Fortunata no pinta nada en la taberna de Picalagartos. Y no se puede ser galdosiano con la paleta de don Ramón. Son autorías incompatibles.

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