20.3.14

Demasiada cháchara


No es la primera vez que voy buscando continuidad dramática después de una extraordinaria primera entrega y me encuentro con que estructuralmente la novela vuelve a empezar. Me quejé un poco del comienzo de El gran torbellino del mundo porque Baroja hilaba una conversación de cincuenta páginas antes de que la novela cogiese altura. El final de esa novela me llenó de expectativas para la siguiente, Las veleidades de la fortuna, porque la historia estaba en su punto, con Larrañaga herido por la muerte de Nelly, es decir, salido del sueño metaliterario, y en puertas de reencontrarse con sus primas, Pepita y Soledad, con las que ya en aquel prólogo se atisbaba un poco de lío. Por cierto que ese sueño de amores extranjeros (todos los amores extranjeros acaban pareciendo un sueño) se menciona como verdadero en la siguiente novela, igual que, en el Quijote, Marcela no es menos verdadera porque la vean los rudos pastores que habían contado su historia como algo entre real y legendario.
            El caso es que esta nueva entrega no aprovecha el clímax dramático, no arranca con las opiniones ya dichas y muchas cosas personales que pensar y que decirse, sino con la habitual galería de médicos, poetas, anticuarios y ornitólogos que forman la fauna barojiana, una troupe de figurantes con los que Baroja parece que calienta motores. Digamos que, antes de entrar nuevamente en faena, el diestro se aleja de la historia, reposa la lidia, se abaniquea, y poco a poco, sin que se dejen de tocar las zapatillas, avanza al encuentro del relato, lanzándole de vez en cuando un grito, un cabo, un apunte, una coquetería de Paquita, una conducta intolerable de Fernando, su esposo, al que Baroja quiere quitarse de en medio para liarse con su prima.
            El tal Fernando es un sujeto detestable. Quiero decir que está ahí puesto para que el lector lo deteste y de ese modo comprenda, anime incluso el flirt de los dos primos. Soledad informa, en un diálogo que más bien parece un interrogatorio, de que el Fernando ese se lió sin miramientos con una holandesa que, a su vez, dejó tirado a su marido. Seguro que es casualidad, pero da la sensación de que Joe ha seguido leyendo el Quijote que se encontró en su cuarto al principio de El gran torbellino del mundo. Fernando hace con Pepita lo mismo que aquel otro Fernando hiciese con Dorotea, dejarla por Luscinda, la holandesa. El caso es que a Larrañaga le tocaría el papel de Cardenio, siempre más bien poco lucido.
            No es para tanto; más bien otras cincuenta páginas o más de comentarios gruesos sobre las vanguardias, los judíos en general y el psicoanálisis en particular, el homosexualismo y casi todos los mitos políticos y culturales de los años veinte, siempre en boca de otro (algún médico alemán al que Larrañaga, de vez en cuando, como para disimular, le pone algún pero, como si, a fin de cuentas, lo dijera el personaje y no él). Los buscadores de frases separarán el grano de la paja y aquellas observaciones entre agudas y premonitorias, aquellas otras fruto solo de los prejuicios y las teorías antropológicas malsanas y, en fin, las que no dejan de ser juicios impopulares, entonces y ahora, pero menos entonces que ahora. Su escepticismo por la democracia, que jamás ocultó, hay que verlo a la luz del libro que poco después escribiría Ortega, La rebelión de las masas. Se diría que a Baroja le atraen los individuos humildes, pero no tanto cuando se juntan bajo banderas o razas o credos, sobre todo credos. Y la política, la misma idea de democracia, no deja de ser un credo.
            Vivo tan fuera de mi tiempo que hasta me he buscado una tipografía vieja para escribir estas entradas. Pero no dejo de ver un cierto e inquietante paralelismo entre el concepto de democracia que empezó a cundir entre corrientes de muy diversa catadura, desde intelectuales elitistas a fieras eugenésicas y misántropos anarquistas, y el que se nos plantea ahora que vemos la colosal mentira en que se ha quedado nuestro sistema con las primeras dificultades serias a que se ha tenido que enfrentar. El escepticismo de Baroja en cuanto a la capacidad del ser humano de librarse de su condición de amo o de esclavo, de su soberbia o de su servilismo, lo estamos viendo ahora demasiado cerca, y aun en el caso de que uno sí siga creyendo en la gente, la farsa de oligarquías nepotistas caciquiles se sigue pareciendo peligrosamente a la que Baroja vio en su época.
            Pero dejemos eso. Estábamos con Pepita, que está hecha un basilisco desde que su Fernando se la pega a ojos vistas con la holandesa. Pepita reacciona como tantos otros personajes reales, tratando de cobrarse con la misma moneda, abiertas a tener una aventura con el primero que se tercie, más a ojos vistas todavía, que se joda, si es que aún le quedan sentimientos. Y el que pasaba por allí es Larrañaga, con quien, hace muchos años, ya tuvo un medio noviazgo, una cosa que se enfrió porque Larrañaga tampoco prometía mucho. Y Larrañaga entonces hace ese papel en el fondo tan divertido del que espera cerca del adulterio, a ver si le cae en suerte servir de excusa para la venganza.
            Cuando el maestro, después de estos preámbulos, entra en la jurisdicción del cuento, en la miga de la historia, que siempre, nos pongamos como nos pongamos, es la misma, cazar o ser cazado, entonces empieza el vertiginoso ritmo de la faena de verdad, del arte que improvisa en un espacio mínimo y un tiempo breve con acontecimientos imprevisibles. La novela se lanza, ya casi hasta el final, hasta el punto de que uno vuelve a sentir la sensación de que ese andar delante de la cara de los hechos sin presentarles el engaño está un poco de más, craso error, porque no es un aria lo que vamos a escuchar sino una pieza entera, y porque así, tanteando con diálogos, queda más claro el arte narrativo de Baroja, su condición orgánica. Baroja merodea por la historia hasta que la historia lo empapa por completo, a él y al lector. Lo malo es que aquí la novela no termina de arrancar. Después de una escena mínima de llantos y portazos Baroja vuelve otra vez a colarnos páginas y páginas de opiniones dichas por Larrañaga y escuchadas por marquesas viajeras (que fuman con las manos en la nuca), amigos alemanes (el Stolz/Schmith) con el que se encontró Baroja en Basilea y sobre todo Paquita, que escucha, picardea, sonríe, consiente, se acerca, pero el narrador y Larrañaga parecen no enterarse.
            La gracia de esta novela consiste en una clase de ironía trágica muy evolucionada que no solo afecta al protagonista sino al propio autor. Con tantas opiniones (algunas brillantes, otras cascarrabiosas) Baroja nos escamotea la novela. Cuando toca lanzarse en brazos de la prima, Baroja cambia de hotel a los personajes y aparecen esos grupos de apátridas, llenos de marquesas, hijas casaderas, comerciantes gordos y lechuguinos afeitados. De las ciudades a las que va solo ve los edificios y solo charla con otros viajeros en el espacio neutro del vestíbulo. A esta técnica le dedicó la primera y brillante mitad de César o nada, y luego lo repitió bastante. El caso es que Larrañaga habla con la boina y las gafas redondas y las marquesas y los marqueses y los comerciantes y los dandis le discuten (hay un tal Paquito muy gracioso), mientras Paquita, que se lo está poniendo a huevo, espera pacientemente a que Larrañaga termine de opinar. Y el pobre Larrañaga, que ya querría hacer algo más que hablar en la novela, cada vez que se va a poner tierno tiene que cederle la palabra a Pío Baroja para que opine de todo lo opinable.
            De modo que hay una novela no escrita, una situación superficial que esconde los hilos dramáticos. Baroja usa el diálogo para embrear la novela de opiniones de velador, pero cuando llegan las escenas dramáticas lo relata todo precipitadamente y los personajes no dicen nada. Esto, en fin, ya no es una opción sino una renuncia. Es más fácil ponerse a charlar de cuestiones generales que batirse con las descripciones de los lugares y, sobre todo, de los estados de ánimo. Es más fácil contar telegráficamente una pelea de amor que dotarla de musculatura dramática. Es como si Baroja se conformase con esos pespuntes narrativos por no tomarse la molestia de abordarlos con intensidad.
            Y así le pasa lo que le pasa, que Paquita se reconcilia con Fernando porque ya está harta de un amante que se pasa el día disfrazado de Pío Baroja. Nos solidarizamos con ella. Hemos leído la novela no escrita, lo que harían los personajes cuando dejen la tertulia, lo que se dirán cuando el autor cierra la puerta. Soledad, por ejemplo, se queda en nada, su personaje se evapora, y todo lo que nos atrae de Pepita es lo que Baroja no cuenta. Alguien dirá que por lo menos lo sugiere, que la cuenta sin contar, que los personajes están vivos, pese a pasarse la novela escuchando al plasta del Larrañaga, su pesimismo vicioso. Con las ganas de marcha que tiene Pepita.

            

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