20.5.14

Los indios no dicen jau


El regreso a la literatura campestre por su vertiente oeste sigue deparándome alegrías. Estoy terminando Indian Country, de Dorothy Johnson, y ya late sobre el escritorio El trampero, de Vardis Fisher, escrito solo cinco años después de Butcher’s Crossing. La benemérita Valdemar ha iniciado con Johnson y Fisher la colección Frontera, consagrada a los clásicos del western, y ya tiene otros cinco títulos en los comercios. De casi ninguno había traducción hasta la fecha, y las que había no eran muy buenas o pasaron a mejor vida.
            Con las novelas del oeste creo que en España hemos cometido uno de esos múltiples errores que han hecho de nuestra novelística del siglo XX algo incompleto y con frecuencia pobre. Para nosotros el western son dos cosas: las películas de vaqueros y las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Con respecto a lo primero, quizás estén las cosas en su punto, es decir, conocemos los grandes clásicos del género y sabemos distinguir el grano de la paja, el clásico del crepuscular, el ecowestern del spaguetti. Incluso, desde aquel célebre trabajo de Ángel Fernández-Santos, hemos aprendido a ver la maquinaria épica de las películas, pero de los escritores solo ya nos acordamos, y poco, de Marcial Lafuente Estefanía, no de la treintena de autores españoles de novelas de vaqueros que viene en la Wikipedia, de pintorescos seudónimos: Silver Kane, Frank Caudett, Curtis Garland, Lou Carrigan, Jack Logan, Joe Mogar, Jess McCarr, Peter Capra, etc., etc., todos ellos españoles, todos José o Félix o Joaquín, entre ellos Francisco González Ledesma (Silver Kane) y Javier Tomeo (Keller). Los alias son curiosos: Frank Caudett es Francisco Caudet, nada que ver con el especialista en Galdós, y Andrews Castle, un nombre que mucho me temo que no haya tenido jamás ningún ser humano, es Andrés Castillo.
            Yo no sé cuál sería la calidad media de todos estos escritores. Debería buscar en el granero unas novelas de Marcial Lafuente Estefanía que trajo una vez un primo mío cuando vino del Aaiún de hacer la mili. Solía llevar siempre una novela en el bolsillo de atrás del pantalón, y cuando la vida se detenía por cualquier circunstancia se ponía a leer. Yo era niño y lo recuerdo tumbadazo en el sofá, con un ducados en una mano y en la otra la novela, abierta hasta juntar las tapas blandas. Al leer subía las cejas y bajaba los párpados, con esa mirada de modorra que tienen los que llevan mucho tiempo mascando tabaco. Secuestro Frustrado, Senderos de violencia, Por llamarle cuatrero, Rancho tenebroso, Extraña actitud, siempre en el bolsillo de detrás del pantalón, como el revólver, para matar el aburrimiento. 
            Aunque solo sea por la ingente producción de cada uno de los escritores españoles de novelas del oeste, no sería de extrañar que no abundasen las obras maestras, pero sí me gustaría comparar los excelentes relatos de Dorothy Johnson con, por ejemplo, La dama y el recuerdo, el último western de Francisco González Ledesma, que apareció en 2010 después de casi treinta años de no volver al Silver Kane de su juventud, más de trescientas novelas, entre tres y cinco cada mes.
            No es lo mismo, ya lo sé. La una es un mito en la legión de escritores de western de los Estados Unidos, y el otro un autor al que en España se ha tratado, en el mejor de los casos, con cierta condescendencia. Yo no lo he leído, y habrá que subsanar ese vacío.
            Desde luego, si es tan bueno como Dorothy Johnson, es muy bueno, porque, al margen de su contenido (y también incluyéndolo) la calidad de los relatos es casi invariablemente altísima: la construcción, la caracterización, la narración, el diálogo, la descripción, todo ello rigurosa armonía a lo largo de unos relatos que fluyen con la suavidad y la contundencia de una sola historia, la que se cuenta en un rato de charla. Leyéndolos tenía con frecuencia la sensación de que la buena literatura es siempre así de desnuda. Nada sobra, todo está sabiamente dispuesto, y en vez de tópicos hay sorprendentes detalles antropológicos. Pero el interior de sus cuentos también resistiría el más riguroso de los exámenes: no hay buenos ni malos, todos tienen culpas y razones, todos se quieren salvar. Los malos son segundones, excusas de dramas intensos, como en El hombre que mató a Liberty Valance, pero los héroes son de carne y hueso, seres complejos a los que la autora se esfuerza en comprender.



            Soy de los que prefieren que el argumento de un relato se cuente en la primera línea, o como mucho en la primera página. Por un lado es cortesía del autor, pero por otro significa echar el lastre de lo gordo y concentrarse en una historia que si es buena es precisamente porque se puede resumir en una línea. Así son muchos cuentos de Johnson, como la tragedia de Mahlon Mitchel, que después de haber vivido cinco años con los crows los abandonó, pero “regresó junto a ellos viejo y fracasado”, argumento que luego se desarrolla en un encaje de esperanzas y supersticiones. O la historia del chico que “expulsó a un forajido de casa de los Ainsworth a punta de pistola”, un cuento perfecto, intensa, cercanamente verosímil.
            Pero hay aquí pocos forajidos. Hay indios que no hacen el indio, que sienten, que cuentan, que sueñan, que piensan, y hay vaqueros que tienen una casa en la frontera, y que también sienten, cuentan, sueñan y piensan. Hay tremendas historias de raptos y de asaltos, pero nunca descripciones de esos raptos ni de esos asaltos sino de lo que sucede antes o  después. La mala literatura cuenta solo los acontecimientos; la buena, sus preparativos y sus consecuencias. Lo importante, que también se cuenta, y muy bien, no es cómo Búfalo Corredor raptó a Hanna y Mary Amanda, sino el hermoso drama moral que provocó lo que en una novela plana habría sido tan solo su rescate.
             No, aquí los indios no dicen jau, y los vaqueros apenas pegan tiros y se andan con pies de plomo. Aquí los indios son tribus que intentan echar de sus territorios a los colonos, gente pobre que se busca la vida como puede. Todo es verosímil porque todo está documentado con precisión y naturalidad. Dorothy Johnson nos cuenta la procedencia de las plumas de los sioux, y para eso no necesita otra cosa que nombrarlas con exactitud. No hay concesiones al tópico pero tampoco a jugar con la paciencia del lector. Y el resultado es, siempre, una buena historia, no un modo de engatusarnos. La purificación de Humo Creciente, un indio sometido al ayuno místico de los indios, tan fantástico como el católico, e igual de fascinante, cuyo delirio ambienta una venganza (“mata a Muchos Toros por mí”) es un ejemplo de que, cuando se narra sin zanahoria, se va igual de rápido pero se está más cerca de la poesía.

Dorothy M. Johnson, Indian Country, Valdemar, 2013, 259 pp.

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