11.5.14

Thoreau en el far west


A veces los desvíos nos llevan a terrenos conocidos. En esta época del año se amontonan las relecturas del curso, la hierba fresca tapa las roderas del invierno, y así hemos dejado descansar el Proyecto Baroja (llevábamos treinta y tantas novelas) para volver, casi sin quererlo, al Ensayo de literatura campestre, con una novela de John Williams que habíamos dejado en espera después de la espléndida Stoner, que no tenía nada que ver con el campo. Pero esta sí, de un campo colindante con el western, y justo es que así sea porque la épica del pionero tiene mucho que ver con aquellas primeras intenciones mías.
            El amigo Pedro Moreno, una autoridad en la materia, ya me ha dado instrucciones para que me oriente por los andurriales del western de calidad con la colección que Valdemar inauguró hace poco: Dorothy Johnson, James Warner Bellah, Vardis Fisher o Alan Le May. Claro que todos ellos, al menos la primera, que la estoy leyendo, practican el género, por así decir, a palo seco, y John Williams lo rellena de espléndida literatura, para lo bueno y para lo malo: para lo bueno porque su prosa es extraordinaria y sus descripciones (de paisajes, de objetos, de acciones) de primerísima categoría, y para lo malo porque uno echa de menos a veces cierta concisión. No hablo de pesadez, no hablo del río, sino de que no se ve saltar salmones. La sinfonía verbal a veces hace mella en el dramatismo, que siempre es más escueto. Claro que no nos quejamos de eso cuando leíamos Warlock, de Oakley Hall, quizá porque se trata de dos géneros distintos: uno es la novela del oeste de pocas páginas, el relato breve que da para una gran película, y otro la novela larga y exhaustiva, que en cierto modo reinterpreta el género, o lo trata con las herramientas del gran realismo americano, tan atento siempre a los detalles, tan respetuoso con los campos por donde galopan los caballos.
            Butcher’s Crossing es la segunda novela que publicó John Williams, en 1960. La fecha es importante porque aún era pronto para posmodernidades, porque se nos ha aparecido medio siglo después como un escritor de primerísima línea y porque esa ausencia no solo era en esta parte del océano. En los dos libros de Malcolm Bradbury que consulto para estas cosas, Modern american novel y From puritanism to posmodernism, no hay una sola línea dedicada a Williams, y eso que sé que en el mundo anglosajón estos dos libros, ambos en ediciones de los noventa, recogen todo lo que merece la pena recoger. ¿Tiene que decir alguien como Tom Hanks que Stoner le ha sorprendido para que se resucite a un autor como Williams? ¿También allí? Y eso que Williams ganó en 1972 el National Book Award con Augustus, de la que hablaremos cuando salgamos de territorio comanche. Pero todo hace pensar que su trayectoria fue más bien discreta, o bien que es ahora cuando el tipo de novela que practica Williams nos resulta más necesaria.
           Al margen de la extraordinaria transparencia de su prosa, lo que más me llama la atención de Williams es su exquisito sentido de las proporciones. Las dos novelas que he leído suyas están perfectamente equilibradas, todo dura lo que tiene que durar, la acción no se desmanda nunca y en la deliciosa fluidez uno percibe las horas de pulimento, los planes, los bocetos. La de Williams es, como me dijo José Manuel Asensio a propósito de otro libro, “una difícil sencillez”, un libro claro que se nota muy trabajado, algo que por regla general me carga un poco pero que con Williams resulta muy llevadero precisamente por lo bien hecho que está. Soy un poco latoso con esto de la premeditación, pero en Butcher’s Crossing la carpintería de conjunto, tan minuciosa, engrandece el relato, no lo acartona, pero tampoco lo deja desbocarse. El carro de Williams atraviesa lentamente las inmensas llanuras amarillentas. El que tenga prisa que se ponga una película.
            Lo que cuenta es como si Henry Thoreau, en vez de irse a Cape Cod a descubrir la naturaleza y a sí mismo, se hubiera largado al Oeste, a cazar búfalos con un capitán Ahab interpretado por el Clint Eastwood de Sin perdón y quedarse un largo invierno atrapado en las montañas. Es Boston en Arkansas, una mezcla cultural y literaria que Williams sabe modular para que no chirríe. El protagonista, Andrews, es un joven bostoniano que quiere descubrirse a sí mismo. Para ello viaja al salvaje oeste, a un poblado de cazadores, y allí financia una expedición a un lugar no hollado, donde pastan las últimas grandes manadas de bisontes. Con ellos va un destazador de origen alemán, Schneider, y un pobre diablo que es como esos borrachines que en las películas conducen la diligencia y llevan levantada el ala delantera del sombrero.
            Matan tres mil búfalos, y uno acaba la novela con la sensación de que ha visto desollar a muchos y ha contemplado los cadáveres despellejados de casi todos, en diferentes grados de putrefacción. Es impactante, pero no es pesado. Y sobre todo no es previsible. Como género, el relato necesita un drama para resolverse, un momento de angustia máxima. Williams nos ha ido dando de comer la idea de cómo lo resolvería, para decepcionarnos primero y salirnos después por donde no nos lo esperábamos. Es fácil imaginar que son los propios bisontes los que, en una estampida descontrolada, hartos de que los maten y los desuellen, pasan por encima de ellos y de las pieles de sus compañeros muertos. Pero no es así, no son los búfalos. Se han cargado casi a la manada entera y han sobrevivido a las nieves del invierno, pero la naturaleza no ha dicho todavía su última palabra. El previsor Miller olvidaba un detalle, una posibilidad, una amenaza.
            No la cuento porque está bien hacer conjeturas, solazarse con las medidas correspondencias de la trama. Schneider ha jugado con fuego toda la novela, Miller ha cometido un pecado de avaricia, el pobre Charly se ha vuelto loco de miedo, pero no por los bisontes sino por la nieve, y el joven Andrews, ya viejo, como le recuerda la prostituta Francine, ha visto lo que tenía que ver, ha perdido la inocencia en las montañas, y si le quedaba algo se lo ha quitado Francine en cuatro días abrasadores, sin salir de la cama. Miller acaba como un Flem Snopes enloquecido, y los sucesivos, crecientes finales abrochan los símbolos de la novela: el final de una era, el fracaso de una vieja ilusión, el polvo sobre el silencio. El tercio épico final pasa con brillantes calificaciones el género ventisca, el género robinson, el género crepuscular, pero donde más he disfrutado quizás haya sido en el cotidiano no hacer nada, mientras los bueyes, al ir, tiraban de la carreta, cuando se quedaban sin agua, cuando encontraban el río y montaban un campamento, o cuando pasaban el invierno entre la nieve. El cambio de la llanura a las montañas no es tan grandioso como podía esperarse pero sí más eficaz. Se meten en la boca del lobo, y de eso uno no suele darse mucha cuenta. Las descripciones siempre se terminan antes de que puedan empezar a reducir la marcha del relato. La pulcritud compositiva de Williams contrasta un poco con el hedor que despiden los protagonistas, manchados de sudor y de vísceras de búfalo, sin cambiarse en seis meses de ropa, durmiendo todos juntos entre pieles de bisonte recién despellejado, en un campo sembrado de cadáveres al sol. Pero no hay epopeya sin descanso del guerrero. El baño final de Andrews y la cariñosa despedida de Francine, con esas ganas de vivir que dan los polvos bien echados, ya son un gran alivio. El héroe ha cumplido su tarea. Ya se puede duchar.


John Williams, Butcher's Crossing, trad. de Luis Murillo, Lumen, 2013, 358 pp.

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