27.3.15

¡Más carácter!


           No es la primera vez, ni tampoco será la última, que Baroja se resarce de una novela más bien floja echando en la siguiente toda la carne en el asador. Es el caso de Las tragedias grotescas, de la que Los últimos románticos queda finalmente como un prólogo extenso y anodino de esta buena segunda parte. Es como si Baroja, después de las humoradas cochambrosas de Silvestre Paradox, se hubiera dejado en Camino de perfección de tonterías, y así le salió una de sus obras maestras. Ese humor de risa floja tenía, en Silvestre Paradox y en Los últimos románticos, demasiada salsa bohemia. En ambas un personaje volteriano asiste entre resignado y sorprendido a las miserias económicas y morales de los eternos aprendices de artista. Algo así me pareció también el cambio entre la algo más plana Mala hierba y la potente Aurora roja. Es decir: Baroja escribió malas novelas, detrás de las cuales con frecuencia nos regala una pieza maestra.
            Y el método lo dice el propio autor en este libro, al denostar uno de sus personajes a un escritor de noveluchas cuyos personajes “no tienen carácter”. Don Fausto no había tenido ningún carácter, pero el carácter de sus secundarios era poco más que pintoresco, y es por ahí por donde empieza Las tragedias grotescas, con dos o tres personajes de carácter. Don Fausto, harto de mariposear, y después de la muerte de doña Blanca, había traído a su esposa, Clementina, y a sus hijas Asunción y Pilar con él a París, todas ellas encantadas con el mundo elegante de la margen derecha del Sena. Al mismo tiempo, y como quien mete buen recado de leña en la estufa para que no se le vuelva a apagar, aparece Carlos Yarza, todo voluntad y buena parte de cinismo. Yarza, disolvente como el propio Baroja, romántico resabiado, o sea moderno, es de la raza compulsiva de Quintín y de Fernando Ossorio, y no se conforma con ser desde el principio el futuro yerno decorativo de don Fausto. Es cáustico y aprovechado, pero directo, insultantemente claro, como esos personajes arrojados que nos llevarán dos años después hasta César Moncada, pasando por los personajes arrojados de la trilogía La raza. Un tipo interesante al que Baroja va a administrar cuidadosamente como contrapunto de la sociedad ñoña en la que se desenvuelve don Fausto y como aglutinante de unas cuantas amargas historias de amor, porque este Yarza es un donjuán listo, un buen tipo del que las muchachas más inteligentes se enamoran, o se enamoran con lo más inteligente que hay en ellas, como es el caso de Asunción, la hija de don Fausto, pero también de Paulina, huérfana soltera, hermana de un jorobadillo dickensiano, de la raza de los Aristones, y de Nannette, que a partes iguales nos recuerda, sobre todo al final, episodios de la Historia de dos ciudades, de Crimen y castigo y de Fortunata y Jacinta. El propio don Fausto, impertérrito en su condición cobarde, de cándido que no solo se despreocupa laborando el huerto (paseando en este caso por las aceras) sino que no le importa que su mujer lo engañe. Y este es el centro y la parte más larga y brillante de esta novela, el adulterio de Clementina visto por un marido pusilánime.
            El azar folletinesco había dado a Baroja la clave oculta para que funcione tan bien esta novela. Mientras la mujer se lanza a la vida demimondaine, como las coccottes que tiempo después retrataría Proust, Fausto sobrelleva su vergüenza con estoicismo. Se marcha de casa mientras su mujer organiza fiestas y bailes, y escucha desde la cama, a las tantas de la noche, cómo su mujer se mete en su cuarto con un amante. El moralista Baroja constata la perversión moral, no ya tanto de convertirse en puta de alto copete como de perder cualquier sentido de la consideración o de la decencia. Clementina no solo es un putón verbenero, sino que es, sobre todo, chic, el tipo de mujer que se estila en esas esferas suntuosas a las que la suerte los ha empujado a vivir. La herencia de doña Paula estaba envenenada, pero Fausto no puede hacer nada, no es el hombre de la casa, no es quién para imponer su ley, al menos para exigirle a su mujer que no se tire a los amantes bajo el techo conyugal, o que no lo trate como a un perro. La odiosa mujer de Pierre, el de Guerra y paz, se me venía una y otra vez a la cabeza, pero Clementina no es mala por sí misma (ya al principio de Los últimos románticos se nos habló de su falta de escrúpulos, de su casquivanía y de lo poco que le importaba que Fausto se fuese solo a París) sino como castigo a la necedad de don Fausto y como imagen de una descomposición moral que afectaba a la época entera y que, en paralelo lejano con la Gloriosa, traerá el derrumbamiento del Segundo Imperio y la época sangrienta de la Comuna. En todo caso, y pese a estar en París y contársenos todo en parisino, en la novela solo hay personajes españoles, salvo la vieja que mete a Clementina en el barro de cristal y alguno que otro más.
            Baroja, para terminar de cargar la estufa, ya no quiere personajes solo pintorescos. Prefiere que tengan un rasgo de heroísmo, como Pipot, como el propio Yarza al final, o que sean rematadamente desaprensivos, como el tal Mingote, un personaje, por cierto, que a los amantes de la cronología de La lucha por la vida quizá les viniera bien, sobre todo porque aparece, y mucho, en Mala hierba. No hay, pues, medias tintas ni autocomplacencias de ninguna clase. Salvo la madre, que acaba fugándose con un alemán, todos pagan con algo. Todas las mujeres que merecían la pena, sobre todo Paulina y Nannette, las Lulús de la novela, chicas pobres, dulces, francas, decididas, enamoradas las dos del hombre equivocado. Esta última, Nannette, acabará de la mano de un Fausto por fin, muy al final, decidido a ser útil a alguien por un poco de cariño. Hasta entonces es, sí, grotesca la pertinacia de don Fausto en su inoperancia, pero al mismo tiempo, a medida que transcurren las bacanales de su esposa, nos va pareciendo una inutilidad con carácter, filosófica, impasible, existencialista incluso, avant la lettre, ya que estamos en París.
            La actitud de Yarza también es volteriana, pero lo es de otro modo, rebelde contra el plan previo, decidido a “ser lobo”, no cordero, y no entregarse a la humildad vacuna que se le presenta en cualquiera de los matrimonios verosímiles que elija. Fausto, en cambio, lleva su inacción hasta las últimas consecuencias: como todo heroísmo, se hace el cojo para que no le recluten en las algaradas de la Comuna. Pero luego sí, muy al final, cuando todo está hundido, cuando Pipot y Yarza han entregado sus vidas por una idea y él, sin ideas, sin dignidad, vaga cojeando por las calles, Baroja rehabilita a don Fausto, le pide a Nannette nada más que un poco de atención, la protege y se comporta con ella como esos viejos galdosianos que apadrinaban jovenzuelas descarriadas, aquel Feijoo de Fortunata y Jacinta, o como será, mucho tiempo después, el Larrañaga de El gran torbellino del mundo. Baroja se ha excedido con él en cuanto a capacidad de aguante y falta de cuajo, pero le compensa con un final hermoso, tapizado por el relato trepidante de los disturbios, adornado con delicadas estampas parisinas y un lirismo sobrio de la mejor calidad. Así piensa Fausto, abrumado de indignidad, mientras los árboles se le desnudan.

“Es la voz del otoño –pensaba-, la voz del buen sentido la sabiduría que hablaba y decía suavemente: “Desdichados los que no tienen hogar! ¡Felices los que ahora duermen entre sábanas! No os preocupéis por lo que hagan vuestra mujer o vuestro amigo. ¿Qué importa eso ante los siglos que pasan? Todas vuestras construcciones, grandes o pequeñas, serán barridas por el vendaval de las horas, que corren frenéticas. Saboread el minuto presente. ¡Aprovechad la vida! Cada día es una ganancia sobre el abismo que nos rodea. ¡Exprimidla! ¡Abandonad lo imposible! Reducid vuestros proyectos a los estrechos límites de la existencia, y puesto que la vida es breve no intentéis llevar demasiado lejos vuestros planes”

         No, no suena sarcástico. En ningún momento Baroja comete el error que cometió en Los últimos románticos. Ahora es la novela la que se ensaña con don Fausto, no Baroja. La novela lo pone al borde de un muelle, incapaz de evitar que un anciano se suicide, incapaz de hacer nada, pero Baroja no hace leña, no molesta al personaje trágico en su, a fin de cuentas, digna cobardía. No hay sarcasmo, hay amargura, y está toda en el personaje, no en Baroja. Bueno, no del todo. Su idea más sarcástica del matrimonio no se aparta gran cosa de la que pinta aquí, con Isabel II en persona encargando legiones de honor para sus viejos conocidos, entre ellos, y de rebote, el propio Fausto.
            Buena novela Las tragedias grotescas. Otra vez estamos en las mismas: si Baroja reduce Los últimos románticos a la mitad y la antepone a esta novela, el resultado habría sido una pieza mucho más redonda y conocida, y así son dos novelas de la que una es mala y está metida en una trilogía con otra novela que no está mal pero que no tiene nada que ver. Menos mal que Baroja no trabajó de archivero, porque lo habría revuelto todo. 

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