4.4.15

La novela de Itxaso


           Quién me iba a decir a mí que me pasaría la Semana Santa leyendo libros sobre barcos negreros. El caso es que, en esta lectura integral de la obra de Baroja, había ido aparcando algunas novelas en principio menos atractivas, pero en este tramo final ya se trata de ir leyendo lo que no leí por orden cronológico, y hasta los años 30 ya solo me quedaba Paradox rey, que lo voy dejando, y las dos novelas apócrifas de la trilogía El mar: Los pilotos de altura y La estrella del capitán Chimista. Y la razón de irlas apartando, como siempre me ocurre con Baroja, era un prejuicio: la crítica expidió un pasaporte de novela reciclada, de narración monótona y de decadencia de nuestro gran autor que no tiene ningún sentido, pero que influye en que popes como Mainer traten estos dos libros como productos de tercer orden. También los hay, como Darío Villanueva (en el prólogo al tomo IX de las Obras Completas, que es donde las he leído) que brindan por Chimista, y habría que leer lo que dice Haydée Rivera en Baroja y las novelas del mar o Ascensión Rivas en su tesis sobre unas cuantas bien escogidas novelas.
            Los prejuicios vienen, principalmente, del hecho de que las dos novelas partiesen de las memorias del capitán Abaroa, un marino del siglo XIX cuyos escritos se perdieron en la Guerra Civil pero que Baroja le sirvieron de ingente material de primera mano. En la novela, Baroja atribuye el manuscrito a Cincúnegui, basado en las memorias de Embid, que sirven tanto para contar las penosas peripecias del narrador como para recrearse en las fantásticas aventuras del capitán Chimista, en un delicioso arabesco narrativo, marca de la casa, para cumplir con el tópico del manuscrito encontrado. Solo que en este caso es cierto: el manuscrito fue manuscrito y fue encontrado. A los actuales lectores de ficción les encantaría porque casi todo es verdad (¡al menos si creemos al autor!). A mí me divierte porque se trata de un curioso bucle: Baroja escribe un libro casi fantástico en el que todas las convenciones literarias son hechos reales. Sin dejar de ser profundamente barojianas, hay una evidente y no disimulada voluntad de transcripción fidedigna.
            Bien es verdad que esto Baroja lo llevaba haciendo habitualmente muchos años, desde antes de empezar las Memorias de un hombre de acción, al menos desde Los últimos románticos, veintitrés años atrás. Pero en las Memorias de Aviraneta Baroja mezcla realidad y ficción en proporciones más o menos equilibradas: unas veces empareda la historia de literatura, otras la vincula con un narrador testigo, y aun otras, las mejores, la utiliza de simple adorno para dar suelta a su imaginación. Pero en este caso, y a pesar del tremendo prólogo, el encuentro entre los dos Embil en Sevilla, mientras presencian tranquilamente una ejecución pública en la plaza de San Francisco, la narración no consiste en engastar episodios reales del capitán Abaroa sino en reescribir barojianamente su relato, sin la necesidad de inventar nada pero contándolo todo como si se lo hubiese inventado.
            Esta es la obra de un profesional, de un gran profesional de la literatura. Uno no sabe en qué tono escribió Abaroa, ni tampoco es muy elegante suponer que fuera un monótono rosario de anotaciones, pero el tono, la personalidad del narrador, ya no me recuerda a Shanti Andía sino a Itxaso, el segundo narrador que Baroja utilizó para contar las historias marineras más escabrosas y menos dignas del angélico Andía. Itxaso hablaba con toda tranquilidad de acontecimientos turbios, incluida la trata de esclavos, por cierto, en el relato de los dos Tristanes. Digo yo que por algo Los pilotos de altura principia con un prólogo que se titula Los dos Embid.
            Embid es un buen chico que, después de una infancia con padrastro, se enrola de grumete y sueña con hacerse rico. Es sensato y poco amigo de juergas. Quiere ser piloto cuanto antes, no quedarse empantanado de mar y de alcohol en la cubierta, con el resto de la marinería. Su intención es hacerse rico y retirarse. Ahí aparece Chimista, el alegre vasco sin escrúpulos, que lo inicia en el comercio de esclavos. Embid hace un viaje terrible con cientos de negros (Baroja, invariablemente, los llama negros) en la bodega, adornado con otros casos todavía más salvajes de transporte, con capitanes sádicos y condiciones espantosas, un aparato documental sobre cómo era la trata de esclavos que no se deja detalle de miseria moral ni obvia ninguno de sus extremos. Embid es consciente de que aquello es una salvajada y de que lo ha sido siempre. El único paño caliente que se pone es el del último viaje, el que por fin hizo de nuevo con Chimista, en el que no tuvieron que tirar ningún negro al mar. Es decir, que, como buenos marineros, llegaron con la carga completa.
            Sí, hay cinismo en la mirada de Embid. Entre el primer y el último viaje, los dos con Chimista, Embid se queda a merced de sí mismo, de su inoperancia y de su mala suerte. La trata de esclavos le produce repugnancia, pero se embarca una y otra vez en proyectos que fracasan porque, poco antes o poco después de salir con el cargamento de Sierra Leona, siempre los detiene un barco de guerra, y Embid tiene que comparecer ante el mismo funcionario inglés, obeso y borracho, que se ríe de él cada vez que vuelven a echarle el guante.
            Embid siempre fracasa, pero cuando se decide a abandonar el dinero fácil y arriesgado de los barcos negreros por la vida humilde y esforzada de los mercantes, el primer viaje lo lleva al Cabo de Hornos, donde Baroja se luce en uno de los géneros narrativos más antiguos y más hermosos, la descripción de tormentas, en este caso la madre de las tormentas, el extremo, el abismo. Si el capitán Abaroa la contó exactamente así, desde luego era un gran escritor, muy barojiano. Todo ese capítulo quinto de la quinta parte de Los pilotos de altura es un espléndido relato breve, ineludible para cualquier antología. Es uno de esos momentos en los que, además de ser consciente de que está leyendo una novela interesantísima, cae en la cuenta de que está llena de piedras preciosas, y sigue adelante con renovados bríos.
            Esta pedrería fina no siempre consiste en el relato de episodios, tormentas, avistamientos, huidas, persecuciones, capturas, procesamientos y encarcelamientos, que hay muchos en la novela, todos contados con brevedad suficiente, sino en el del propio juego verbal con los términos de marinería. A mí las novelas del mar me suelen saber a diccionario. Es lo que decía Umbral a propósito de Madera de héroe (el título llevaba un guarismo), de Miguel Delibes, que el autor nombraba mucho mastelero y mucho foque y mucha cosa pero ahí no se oía el mar. En Baroja sí se huele el mar, y la razón es que sabe colocar los tecnicismos de marinería de manera que se expliquen por sí mismos. Si alguien alguna vez acomete una edición crítica de esta novela, la infestará de notas a pie de página, y yo creo que no he mirado ninguna vez el diccionario, y eso que había decenas de términos que leía por primera vez. Algunos no los entendía de momento, pero al imaginar la escena cobraban sentido. No abrumar al lector con notas explicativas sería la mejor manera de reconocer la maestría de Baroja.
            Y no solo marineras. Buena parte del libro sucede en tierra, en las costas africanas, en el río Congo, y ahí Baroja, que no se ha cortado un pelo al describir la podredumbre moral de los negreros, hace exactamente lo mismo con el salvajismo sanguinario de las tribus, y por allí aparecen reyezuelos alucinados y sacrificios humanos, viejas comedoras de niños y encuentros dominicales entre tribus que se saldan con cientos de muertos, curanderos delirantes, inocentemente sádicos, que, como una y otra vez se encarga de apostillar Baroja, casi siempre en boca de Chimista, no son muy diferentes en la religión cristiana. Un sano relativismo iguala, más allá de las razas, la necedad humana.
            Pero, otra vez, la narración exacta, antropológica de las costumbres de los africanos, su relato tan escueto como cargado de sorna, le permite un juego verbal que se nota que a Baroja, a esas alturas de su carrera, ya le parecía un entretenimiento por sí mismo. En La familia de Errotacho es fácil encontrar huellas de una prosa límpida, cargadas de nombres nítidos, párrafos de una poesía onomástica que nos recuerdan al Cela de sus últimas décadas, un escritor que sostiene los párrafos con la brillantez cromática y la tersura significativa de las palabras, como abstraídas de su propio sentido, levitantes. Aquí Baroja se da un festín con ese juego al final de la novela, en los conocimientos de medicina salvaje que desgrana el capitán Chimista como si fuera un oráculo de fantasía, de palabras que vuelan por sí mismas, recetas de cocimientos, rituales absurdos, leyendas disparatadas, con una falsedad y una alegría que es la única que explica que haya sabido ser negrero. Embid no aprendió la primera lección: siempre se dejó coger. Pero Chimista, que conoce las palabras, es capaz de viajar con cuatrocientos negros en la bodega zigzagueando por el mar, escondiéndose por entre las olas, engañando a los enemigos. El maestro vuelve al final de la novela para decirle al alumno, el sufrido y desengañado Embid, que no ha aprendido nada, y de paso le suelta un discurso que es palabra en libertad.
            Yo no sé si Mendoza (otra vez) habría escrito uno de los cuentos de Tres vidas de santos, el que transcurre en el África surrealista, sin leer este libro. Ni siquiera sé si leyó este libro, pero estoy por suponerlo. La narración, siempre concisa, sin juicios, declarativa y fría, constituye con frecuencia una escena bárbara o sin sentido. Baroja lleva la expresión de los hechos a su formulación más rigurosa y más absurda, y en ese territorio, con un poco de mala leche, con frecuencia nos hace reír. Pero nos estamos riendo de barbaridades, como Chimista, y enseguida replegamos la sonrisa para tomárnoslas tan en serio como se las toma Embid, y así le va.
            Baroja ha armado un cuento muy sencillo, el del joven que se hizo a la mar para hacerse rico como fuera, y aprendió a ver la vida con indiferencia, pero no a ser más listo. Para eso habría tenido que tener todavía menos escrúpulos. Y esta fábula moral está contada con una cantidad inagotable de lances marineros y selváticos que no bajan el ritmo ni un momento. No hay un solo pasaje en el que haya sentido una bajada de tensión, y la perspectiva de leer la segunda parte de esta fabulosa historia, La estrella del capitán Chimista, es el mejor reclamo para evadirse de los ritos de la tribu, que estos días se pasea con gorros cónicos que les tapan el rostro y llevan a las costillas estatuas enormes en las que se representan sacrificios humanos.
            Bien, pero ¿y lo negros? Los negros van en la bodega, los engañan o los cazan factores portugueses, o los vende un reyezuelo enemigo que previamente los había capturado en un encuentro dominical, o su propio reyezuelo, si se han portado mal con arreglo a las prescripciones del brujo de cabecera, o si el reyezuelo quería comprarse unas baratijas. Baroja no deja de insistir en las putrefacciones de lesa humanidad que significaba la trata de esclavos, pero en su distancia antropológica no es en absoluto condescendiente. Baroja piensa que los cazaban como conejos, víctimas de la ignorancia de su propio salvajismo, pero en este modo de verlo no parece haber una defensa del débil como pueblo sino la sangrante constatación de la ley del más fuerte y de la bajeza moral a que pueden llegar impunemente los más fuertes en todos los ámbitos, en la compañía de contrataciones de La Habana y en el puesto de mando de las goletas de guerra inglesas, en las jaulas de esclavos que aguardan su transporte a Cuba o Brasil y en las tribus de las que proceden. En un momento dado, Embid, que ha sacado a pasear a los esclavos a cubierta, se pregunta cómo es posible que una docena de hombres, armados de la voz y del látigo, sean capaces de guardar de quinientas personas con la misma facilidad que si se tratase de ovejas asustadas. Los negreros se sirvieron de esa debilidad psicológica, delcarácter sumiso y con frecuencia tranquilo, incapaz de reaccionar a la violencia blanca occidental. Por eso Embid debe ir de incógnito si quiere que lo admitan en un mercante, porque la trata por aquel entonces ya era un estigma moral. Entre los últimos piratas sin escrúpulos, Embid vende su alma por unas onzas de oro y todo el pesimismo del mundo.

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