1.5.15

Un cuento de antaño


De tanto leer a Pío Baroja, a veces se me olvida que hay otros autores, así que, en medio de las novelas escritas en guerra, nos hemos dado una tregua con otra de 1935, La nao ‘Capitana’, de Ricardo Baroja. La novela fue Premio Nacional en 1936, el último que se concedió antes de la guerra, y que luego se prolongaría con algún galardón suelto para sujetos de la calaña de García Serrano, hasta que, a partir de 1950, volviera a ponerse serio. El año anterior el premio había sido para un no tan joven Ramón J. Sender por Mr. Witt en el cantón, otra novela que merece la pena leer, con un jurado en el que figuraban, entre otros, Pío Baroja y Antonio Machado. En ese mismo año de 1935 Baroja leía su discurso de ingreso en la Real Academia.
            Ricardo Baroja ya estaba de capa caída. En 1931, con el fragor de la República, había perdido un ojo, y el que le había quedado sano era astigmático. Dejó de grabar y tardó algún tiempo en recuperar una visión suficiente para siquiera dibujar. En 1935, además, murió su madre. La célebre foto del entierro en Vera de Bidasoa da idea del momento en el que uno de los más grandes grabadores españoles de todos los tiempos escribió esta novela.
            Pero en un carácter inquieto e imaginativo como el de Ricardo Baroja no parece que hicieran mucha mella las desgracias a tenor de lo bien que se lo pasó escribiendo La nao capitana. Aparte de bien construida y trabajada, es una novela divertida, tanto por lo que se cuenta como por la contagiosa diversión de quien la cuenta. Más allá de la aventura, del rigor folletinesco de las novelas del mar, tan solo he percibido dos rasgos que no parecen fruto del buen humor: la nostalgia de un modo de escribir perdido y la defensa del autoritarismo imperturbable. Pero en ningún caso las nubes ensombrecen la novela, antes bien forman parte de su encanto.
            La novela narra la travesía que una fragata de la Armada Real Española emprendió en muelle de Sevilla rumbo al Río de la Plata, hacia los años 30 del siglo XVII. En ella va el capitán Diego Ruiz de Arcaute, una familia de nombres largos, con el hidalgo y su señora, Estrella, amén de las hijas de su primer matrimonio, Trinidad y Mencía. También va el viejo campesino castellano, valiente y seco, y el marinero del Bidasoa, intrépido y fiable. Va un nutrido grupo de mujeres que igual podrían estar en un cuadro de Gutiérrez Solana que en uno de Romero de Torres. Van galeotes, marinos corruptibles, y a última hora se cuela un personaje misterioso…

            

Y ocurre todo lo que tiene que ocurrir: la tormenta, el ataque de los piratas, la rebelión a bordo, el pasado tenebroso, el amor y la traición, el asesinato y el ajusticiamiento, incluso el suicidio, la caza de tiburones y las fiebres del trópico, los secretos y las confesiones, y para rematar una versión de la novela morisca que también tiñe de ironía el modelo del que partió y que en el fondo niega.
            La novela es muy teatral, muy Valle-Inclán en sus decorados y en la selección de sus palabras, sobre todo al principio, hasta que la nave va y Ricardo mantiene firme la velocidad de crucero barojiana. Se diría que del uno ha tomado esa nostalgia del decadentismo, de las primeras obras de su amigo Valle-Inclán, y para ello ha vuelto a donde entonces se solía: describir cuadros, más que escenas, y hacer música con palabras de sabor antiguo, en este caso un diccionario entero de léxico marinero que, a pesar de lo que pueda parecer, no resulta excesivo. Su hermano Pío tuvo mucho más cuidado en Los pilotos de altura con usar solo el necesario, pero Ricardo aquí se desmelena en la búsqueda de la frase sonora, que consigue sin menoscabo de la fluidez narrativa. No se me ocurre mejor maridaje literario, si así puede llamarse, entre dos escritores tan distintos como Valle-Inclán y Pío Baroja que esta novela, que no desentonaría en absoluto ahora en los rimeros de novela histórica. Tiene todo lo que ahora busca un editor, pero no en el grado fraudulento en que lo exige. A lo mejor esta novela está demasiado bien escrita para los gustos de ahora.
            Cualquiera hubiera pensado que Ricardo Baroja se dejaría llevar en algún momento por el giro precipitado, pero no: la novela está muy bien medida, con hilos internos que la atan (el inútil castillo de proa) y una historia bien dosificada. Ricardo describe acciones y vistas del mar, repasa minuciosamente el decorado, ensaya puntos de vista: el del juicio al moro intrigante y sus compinches, desde fuera, o el episodio de los latigazos, que parece sacado de Romance de lobos, en este caso con una sorprendente crueldad (como en el cañoneo de la chalupa de los piratas huidos del naufragio) que tiene también, ya digo, su interpretación política. Incluso utiliza un presente narrativo de raíz valleinclanesca que a la prosa le sienta como viento en popa. A pesar de lo minuciosamente documentado del atrezzo (sale hasta un camafeo pintado por Velázquez en sus años mozos), del lastre histórico, la novela no se hunde en ningún momento, antes bien vuela cuando las necesidades narrativas sustituyen a los caprichos estéticos.
            Pero el libro tiene más interés que el puramente literario, el de una forma de posmodernidad anticipada, de practicar un género que se añora con un estilo, distinto, que también se añora. Además de presentar una novela convincente por entretenida y bien armada, Ricardo Baroja la decoró profusamente, “con un medio muy de su predilección, consistente en tomar un cartón negro y dibujar o pintar sobre él con tinta china y pintura blanca, logrando de esta manera parecido efecto al de las xilografías”, según cuenta la solapa. Hay viñetas de varias clases: retratos de los protagonistas, siluetas de los tipos y marinas nocturnas de una expresividad muy llamativa, hermosas escenas a las que se le añade la admiración hacia quien sabe sacar tanta vida de instrumentos tan humildes. En todas se ve la mano maestra de su autor, esa soltura alla prima  que a veces falta en la novela, quizá, curiosamente, por exceso de trabajo. Claro que compensa cualquier defecto lo bien que se lo tuvo que pasar.


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