14.5.15

Bochorno y tiempo viejo



          Cinco de la tarde. No se mueve una gota de aire. El cielo está de un blanco sucio, de un blanco arenoso, calimoso, un cielo marciano sin nubes, y por la ventana entran acordes conocidos. Abajo, en el parque, Jaime Urrutia está templando y escupiendo, viejas canciones que me caen como el anticiclón lechoso, el pasodoble Delirios de Grandeza, la tarantela Al calor del amor en un bar, cuántas copas nos tomaríamos en el Cuatro Rosas, en la calle Fomento, con un retrato de Rafael de Paula que yo había visto antes en Atocha, en el bar Chenel, y que luego apareció por allí, poco antes de que Urrutia dejase tirados a sus compañeros de Gabinete Caligari y yo no volviese a comprar un disco suyo. Seguramente Urrutia firmó esas letras que ahora me suenan a tiempo revenido. Cuando deshizo el grupo argumentó que él no quería tocar Camino Soria cuando tuviese ochenta años. Bueno, va para los sesenta y lo sigue tocando, cuando lo contratan, en las fiestas de los pueblos como esta, porque San Isidro, afortunadamente, es una fiesta de pueblo, al menos en el entorno de las Vistillas. En Madrid pervive lo que en provincias lleva años extinguido. Si quieres ver una genuina tienda de ultramarinos, una taberna de verdad, con vermú de grifo y camareros con mandilón, no creo que, salvo acaso por el norte, se puedan encontrar muchos. Y lo mismo pasa con los bailes, en plazuelas, con guirnaldas y farolillos, y no esas discomóviles para hombres primitivos que se estilan por ahí.
          Así eran siempre los conciertos de Gabinete. Recuerdo uno en el parque de atracciones, en un rockódromo que a principios de los 90 ya estaba un poco gris, y otro, con Loquillo, en la calle Argumosa, en Lavapiés. La gente no encendía mecheritos. Levantaba el mini de cerveza y cantaba con ese caer de ojos y torcer de labios con que cantan los borrachos sentimentales. Pero aún estaban Ferni Presas (bajo) y Edi Clavo (batería). Era junio, quizá las fiestas de San Cayetano. Los músicos vestían como neorrealistas italianos, como muchachos de barrio, con el cuello de la camisa levantado y el cigarro en los labios, y una voluta de humo que se retorcía entre los tufos del flequillo. No eran verbenas mejores ni peores. Quién disfrutaría ahora de un baile con piezas de Santana, con un conjunto aficionado que tocaba los solos estilo bandurria porque la guitarra no estiraba las notas. Y quién disfrutaría ahora de un concierto de Bruce Sringsteen tanto como aquel muchacho que bailaba las lentas embriagado de champú. Y ahora, ¿quién baja ahora a ver a un Jaime Urrutia cargado de espaldas, como cilíndrico y sin cuello, esos cuerpos raros que se les quedan a quienes se empeñan en mantener el tipo, esos dientes enormes que se atornillan, esos caracolillos quebradizos como un pámpano seco?
Al concierto no, pero se me estaba acabando el tabaco y de camino me he parado a contemplar su estado. Esta socarrina extemporánea, este andar pesado, este sol hervido es tiempo casi en blanco y negro, quemado de luz. No, Jaime Urrutia sin Gabinete Caligari no me interesó jamás. Él no era la estética que tiempo después abandoné. En vista de cómo le sienta a Urrutia, casi que me alegro de haberme reconvertido en ciudadano transparente. La estética era la de Edi Clavo. Recomiendo un libro suyo, no el que acaba de sacar, sino uno de viajes que apareció en el 99, Grasa. Tengo aún fresco el viaje a una ciudad del norte para cambiar una moto por otra, quizá una Triumph del cincuenta y tantos, y volver tomando los curvones con cuidado. Era la estética sin sonrisa, posmoderna en el sentido de que se trataba de hacer lo que ya no se hacía, vivir en un tiempo sacado de carpetillas de discos en callejones industriales. Clavo escribía con la misma seriedad, sin alharacas, pero con un dominio de la contención que es el lugar borroso de donde nacen ciertas emociones intensas. Urrutia tenía buena voz, pero su estética me resultaba menos estable. Ferni Presas también practicaba el hieratismo, era el amigo larguirucho y silencioso de cuyo aplomo en circunstancias difíciles uno puede estar siempre seguro. Cada cual tenía lo suyo. No era Jaime & his band, que es lo que Urrutia hubiese deseado. Para mí que chocó con esa erudición pop, revisitada, que tan bien dominaba Clavo. Él, Urrutia, quería hacer otras cosas, pero ninguna tan distinguible. Recuerdo cuando salió Private, un disco que les dio mucha fama porque llevaba el sencillo de La culpa fue del cha cha chá. Estaban enfadadísimos porque el productor le había puesto colorines y pomadas a su estética de patilla de hacha. Cuando presentaban el disco era casi para renegar de él. Eso les hizo radicalizarse un poco en sus siguientes discos, en Cien mil vueltas, en Subid la música, hasta que su estética empezó a confundirse en el tiempo con aquella que homenajeaban.
 En fin, que bajé a por tabaco. Y ahí estaba Urrutia, dando órdenes, órgano segundo, por favor, sonriendo sin ganas, encendiéndose un pitillo al resguardo del aire que sigue sin moverse. Me pareció que el del bajo podría ser un Esteban Hirschfield (o algo así) que parecía Ken Loach (el Ken Loach actual) un sábado en el pub. Los demás eran músicos jóvenes. El batería tocaba sin estridencias, pero no era ese toque seco, serio, ágil y económico de los verdaderos especialistas, Clavo tieso como un palo con su camiseta blanca de tirantes, camiseta Marlon Brando, camiseta labrador.
Sigue siendo mayo a pesar del calor insoportable, sigue siendo San Isidro. Creo que el hermano de Jaime Urrutia es crítico taurino, y Jaime el rockero torero, ahora tan difícil de entender. Yo también iba entonces a las Ventas cada día. Me he chupado isidradas enteras, noches de cañas y rabo de toro por los aledaños de la plaza, la monótona mediocridad del pundonor, los destellos efímeros de gloria. Se te iba la juerga en soñar un momento, y el resto de la noche recordarlo con ojos caedizos y la boca ladeada, y un pitillo en la mano. Jaime Urrutia, por lo que he visto, no ha dejado de fumar. Yo tampoco. Es lo único que seguimos teniendo en común con el pasado. 
Parece que se menean las sábanas de la azotea de enfrente. El blanco enfermo del cielo está tomándose un poco de violeta, a ver si descarga una tormenta y se refresca un poco la tarde. Seguro que con aire limpio Cuatro rosas me sonará mejor.

4 comentarios:

  1. Qué excelente ráfaga de sensaciones agridulces confundidas en secuencias yuxtapuestas de presente y pasado...
    A mí me gustó su primer disco en solitario "Patente de corso", pero la defensa de ese disco en directo fue más bochornosa que la tarde de hoy en Madrid.
    Gabinete Caligari era la suma de tres músicos, cada uno de los cuales con un espacio propio de creatividad. Sin embargo, Jaime Urrutia se creyó al final que Gabinete era él y lo acompañaban dos músicos y se precipitó al vacío.
    Un saludo desde Santander, donde todavía no llega el 'caloret'.

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    1. Vamos a meterlo en esa carpeta de recuerdos que abriste tú con Germán Coppini y los demás. Dichosos montañeses, que no sufrís este tiempo tan mohíno.

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  2. Ya podrías haberte llevado algo del viento qué hizo aquí, que al contrario que en Madrid, amainó hacia las 8 de la tarde, después de resecar hasta las sabinas.
    Gracias por este comienzo de día, que además es viernes.
    Por cierto, que feo está Urrutia en la foto, más que antaño si cabe... De esto no hacia falta comentar, jaja, es evidente.
    Disfruta, o mejor, sigue disfrutando
    Un besazo

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    1. Más de un Cuatro Rosas nos habremos echado juntos, ¿eh, Sargantesa?

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