31.3.16

Aquellos nuevos narradores


No tengo el don de la oportunidad. Leí tarde a Chirbes, cuando salió En la orilla, un buen libro que no me pareció, a pesar de la lluvia de premios, una buena novela. Y ahora un azar amable ha hecho que me lea La buena letra, del año 92, una época en la que yo ya no leía libros como este, y eso que el testimonialismo estaba haciendo furor. Pero ya se estaba pasando esa subclase del testimonialismo bélico, la del autor joven que por fin podía escribir en una novela lo cruda que fue la guerra en su familia. Llamazares recreaba un episodio leonés, para mayor gloria del maquis, en el que intervenía el padre de otro novelista en el bando de la guardia civil. La novela dejó esa anécdota, que tampoco lleva a ninguna parte, pero era una historia de cine pobre, acartonada, el joven progre que camina encogido y viaja en un Dos Caballos por los paisajes de la memoria. Era tan simple que tuvo un buen pasar como literatura juvenil. Poesía fácil, emotiva, de cafetera italiana y un abuelo picador. 
Chirbes es mucho más crudo, claro. La buena letra es una novela corta, poco más de cien páginas de letra gorda y fragmentos separados como capítulos, que cuenta lo mal que lo pasaron en la guerra unos antepasados, sus sombras, con un artificio narrativo, el de la narradora, que sencillamente no funciona. No tiene Chirbes voz de mujer, pero no me voy a detener mucho en este punto porque cada vez que lo digo de algún autor (Marías el último) se me llena el buzón de comentarios con los improperios de una dama que me tiene ojeriza. En este otro caso, la voz está viciada de literatura: una mujer sin estudios, hija de la guerra, no escribe así, y si lo hace hay que explicar cuándo aprendió a soltar párrafos como este:    

Me daba vergüenza cuando me encontraba ante él, que pudiera descubrir que yo estaba dejando de ser desdichada, y su palidez me parecía una acusación y me turbaba la oscuridad de su mirada. Seguía pendiendo sobre él la amenaza de la pena de muerte, y tuve esa terrible certeza una mañana en que, al llegar a la estación, cundió el rumor de que la noche antes había salido de la cárcel una conducción de doce presos para cumplir otras tantas penas de muerte.

Pero esto también es muy ochentero. No se podía contar una historia sin más: tenía que narrarla un personaje y dirigirla a otro, o bien plantar al inevitable periodista que está escribiendo un libro que…, algo que llegó hasta entrado el siglo XXI y que siguió entusiasmando incomprensiblemente a la crítica. Echadle un vistazo ahora, por ejemplo, a Soldados de Salamina y veréis lo mal que el tiempo le ha sentado. En el caso de La buena letra, la narradora es una mujer que pasó el hambre de la guerra y, para decirlo con ringorrango americano, el hambre del amor. Y todo se cuenta a un hijo que, aunque no se diga, uno tiende a suponer que es el hijo culto, ya estudiado, que rinde homenaje a la madre paciente, por más que ese hijo culto la intente convencer de que venda el solar de sus antepasados a una constructora, tema, por cierto, que nos lleva, tras muchas enfermedades, a En la orilla.
De manera que hay dos testimonios diferentes, el bélico y el amoroso. En cuanto al primero, que ocupa la primera parte de la novela, para un tipo como yo, nacido en Teruel, no hay más testimonio válido que el de libros que no intentan ser novelas, desde el terrorífico El holocausto español, de Paul Preston, a testimonios directos como el de James Neugass, La guerra es bella, todavía el mejor libro sobre la guerra en Teruel que yo haya leído. Cuando aquí en Teruel han querido convertir aquella barbaridad sin límites en novela (Ildefonso Manuel Gil a la cabeza), se han cargado la verosimilitud a fuerza de retórica. En Chirbes, en esa primera parte de la novela, llena de inmundos calabozos y tapias de cementerio, con personajes ojerosos de inanición, de sufrimiento y de injusticia, el testimonio comprometido corre siempre el riesgo del panfleto, cosa que suele ocurrirle a ese buena narradora que es Almudena Grandes. El escritor implicado siempre escribe con la falsilla de la implicación, y una novela, y sobre todo una novela tan triste, necesita, sobre todo, verdad. Y es raro porque se nota que los materiales son auténticos, pero el atavío literario los amortigua, los empaqueta de poesía. De todas formas, y aun con lo cerca que me queda ese mundo, en el tiempo y en el espacio (la novela sucede en un pueblo de Valencia), sigo pensando que en una novela lo mejor es inventárselo todo, hable de lo que hable. Si al final da la impresión de que lo más novelesco y estrambótico de todo es lo más estrictamente veraz (que no es lo mismo que verdadero), señal de que la novela ha cumplido su misión. 
Este asunto nos llevaría demasiado lejos. Para empezar, la verosimilitud de un testimonio real requiere una deliberada ausencia de mímesis. El que ha vivido lo que cuenta no se para a dar detalles de la época. Si yo escribo un relato sobre Madrid, seguro que se me olvida mencionar los autobuses azules, del mismo modo que a quien escribió el Corán se le olvidó nombrar la palabra camello, detalle clásico del que se coscó Gibbon en su día y que Borges difundió entre nosotros. Por eso, en las novelas, suele escogerse un narrador que habla desde la vejez, una edad en la que la mímesis regresa envuelta de nostalgia. Oh aquellos autobuses azules, dirá algún futuro anciano, cuando la gente vaya a la oficina montada en un dron. 
En el caso de La buena letra, el equilibrio entre veracidad y verosimilitud sí está bastante conseguido en cuanto al empleo de la mímesis, pero de nuevo la carpintería literaria lo envara un poco todo. La primera parte nos había contado cómo en los pueblos la gente pasaba años en la cárcel, esperando que viniera su familia a traerle algo de comer o los guardias a fusilarlo, y cómo lo vivían eso las mujeres que quedaban en casa, con hijos y sin dinero. Chirbes lo pinta con dureza escueta y transparente, y podría haber cargado aún más las tintas y seguiría quedándose corto, y cuando llegase al nivel de bestialidad que se alcanzó entonces todo se teñiría de sangre y acabaría pareciendo una parodia de lo mismo que se contara. 
La segunda parte, la posguerra, es la de los amores contrariados, ay. Resulta que el preso republicano estaba enamorado de su cuñada, a la que hacía dibujos, pero se casa con una servilleta que llega a mantel, como decimos en mi pueblo, una antigua criada que se las da de señorita y se aprovecha de la cuñada silenciosa y la humilla, etc., etc. El contraste sirve para que toda la primera parte quede reducida a un ejercicio de ambientación. En la guerra hubo hambre, y en la posguerra, además, muchas clases de rencor. 
Y eso sin olvidarnos de que se trata de una novela corta. Meter la guerra y la posguerra en menos de cien páginas es tarea complicada, sobre todo si ocurren tantas cosas que uno no sabe si está leyendo una novela o su argumento. Contar, como decía Tierno Galván, es empezar por el uno y seguir por el dos, es decir, una cuestión de proporciones. El material narrativo de esta novela da sin problemas para un grueso novelón, de manera que todo suena un poco a resumen acicalado de lirismo. No se detiene, cuenta más épocas que episodios, más generalidades que momentos, y eso es algo que a mí me hace perder la confianza en que acabaré disfrutando de un libro. 
Debería escribir solo de los libros que me gustan. Chirbes falleció hace poco, y además es un autor que me cae muy bien, y en su momento escribí aquí que es el único de su generación que supo coger la crisis por los cuernos. La buena letra, novela temprana, tiene ese lirismo reivindicativo que había en la época, ese amor constante a la literatura, ese homenaje involuntario a los grandes maestros. A pesar de mis manías seguiré frecuentando a Chirbes hasta formarme una opinión más completa de su obra. Y a pesar de todos los defectos que le sacan mis manías, he pasado un buen rato leyéndola, que es lo principal. 

1 comentario:

  1. Anónimo7:40 p. m.

    "Concierto al atardecer" de Ildefonso M. Gil tiene poco de novela y mucho de testimonio vivido.
    Estoy de acuerdo que emplea mucha retórica o poética. El es más poeta que novelista. De todas formas la narración de los fusilamientos de los 13 de la plaza del Torico es para mi muy
    emocionante. Uno de los 13 era de mi familia.

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