9.4.16

Idealismo a la gallega


No sé yo si la edición en un solo volumen de Los gozos y las sombras que publicó Alfaguara tuvo el éxito que pretendía. Cualquier editor, visto el furor que suscitan los libros gordos entre los viajeros, pensaría, con buen criterio, que si a la gente le gustan las historias de sexo y poder, y además recuerdan la célebre serie, aquello iba a ser un bombazo. No lo creo, precisamente porque la novela es demasiado buena: no utiliza zanahorias ni mucho menos topicazos; los personajes hablan, charlan, se plantean cuestiones morales; la violencia no está tanto en los litros de sangre (aquí rasguños y cardenales) como en las circunstancias que la acompañan. En la escena en la que Cayetano, despechado por una aldeana que se niega a seguir siendo su coima, le pega una paliza en su propia casa, los golpes no duelen tanto como la presencia servil de los padres de la muchacha, que acuden prestos a interesarse por si el amo se ha hecho algún rasguño mientras inflaba a hostias a su hija. Es decir, lo que ahora sería un morboso capítulo de vísceras, allí es una imagen imborrable de cómo la miseria económica engendra miseria moral. Los padres y los hermanos están a sueldo del amo, y el precio, para ellos justo, que tienen que pagar es que el amo disfrute su derecho de pernada. La dignidad, para ellos, no da de comer.
Si lo que querían era sexo, nada me parece más revolucionario ni más realista en la España de finales de los 50, cuando se publicó El señor llega, que cimentar un espléndido personaje en el fenómeno, entonces aparentemente inexistente, de la maturbación femenina. Los viajeros de metro quieren cuerpos follaores, no la triste píldora que tiene que tragarse la mujer de don Baldomero, que llega borracho todos los domingos y le dice que se arremangue, que va. Ni había muchas novelas sobre mujeres que cerraban los ojos y pensaban en el vecino, ni de beatas que si no son violadas por el señorito es porque no lo necesitan. Hay muchas mujeres en esta novela y ninguna es igual. La aldeana Rosario es conmovedora en la lucha contra su miserable destino, y su hermana, Inés, aquí ensombrecida, es una beata joven, endurecida por su fe, austera en su propósito de ponerse en manos de Dios y huir de la miseria, o por lo menos de las garras del señorito. Doña Mariana, la tía de Carlos Deza, es una vieja digna y atea, moderadamente culta y rencorosa, y doña Angustias, la madre del amo, una beata de reglamento, egoísta y pamplinera, que todo lo arregla con novenas, incluida la necesidad de presumir. Clara Aldán es una fiera contenida que nos cae igual de bien que al protagonista, la mujer de armas tomar que sin embargo vive al socaire de su inocencia, sujeta por su buen corazón, y doña Lucía lo que acabaría siendo Clara Aldán si se dejara llevar por la costumbre, si no tuviera esas ganas de vivir y esa determinación de ninfa gallega, si se sometiese a un mastuerzo para toda su vida, como era su destino.
Todos los personajes están emparejados con su contrafigura porque la novela tiene mobiliario alemán, de idealismo entre contrarios, de teatro unamuniano. Cayetano es el señorito, treinta y tantos años, educación inglesa, pero modales americanos: se compra el despacho de un lord arruinado, con ventanales góticos, para ponerlo en su casa; tiene al pueblo metido a trabajar en el astillero, y se comporta con ellos, y con sus hijas vírgenes y sus esposas, como un señor feudal de comedia bárbara. ¡Y es socialista! Estamos en 1934, y el republicanismo no era patrimonio exclusivo de los pobres, como no lo es ahora la democracia, al abrigo de la que han crecido muchos cayetanos, que no sé si ejercen el derecho de pernada pero sí que gobiernan voluntades y despilfarran en caprichos, ideados por su mente bruta como muestra de poder. Contra los que, por supuesto, está el gremio pobre de los pescadores, de izquierda íntegra, cuyo representante, Juan, hermanastro de Clara y hermano de Inés, es quizá el más plano de la novela. Más que idealista es vago, y un poco tonto. Pero también es la contrafigura de Cayetano, el cacique neoliberal de entonces, el empresario famoso que enseña las muescas de la culata. El principio de Donde da la vuelta el aire es, en este sentido, ejemplar, y ya lo comentaremos. Lo que ya no sé es si ese tipo de cacique decimonónico, este bárbaro Mesía, es tan representativo como puedan serlo los otros personajes de la época. Ignoro si la figura de Cayetano fue lo bastante frecuente como para salirse de la condición de personaje y ser un síntoma de los tiempos. En todo caso, no nos imaginamos que dos años después Cayetano entregue sus fondos a la causa republicana. Lo vemos más bien como esos señoritos andaluces que mataban de hambre a sus jornaleros y sufragaban ricos mantos para la Virgen de la Macarena. El ramalazo anglófilo, sin embargo, es un tipo de caciquismo más modernos pero igual de despiadado. Claro que, si tuviésemos que traducir los personajes a la actualidad, tampoco nos costaría demasiado encontrar caciques socialistas disfrazados de dandi de pueblo. 
Frente a él, a su brutalidad con muebles Chippendale, está Carlos Deza, el señor que llega, un médico desanimado, un psiquiatra que ha estudiado a Freud porque estaba en Viena, y que, consecuentemente, ha vuelto al útero, a la habitación tapiada, a los secretos de familia y al paisaje lluvioso: paseos filosóficos por el prado, humo de casino, reflexiones morales, ascetismo intelectual, y las dos chicas más guapas del pueblo que se le ofrecen en bandeja, y con zuecas. Carlos es un tríangulo de terreno compartido entre el personaje, el autor y el lector. El gran héroe es el que no trabaja, el que trata bien a las mujeres, el que tiene la mente despejada por los fríos de Europa, el que se interesa por un pasado turbio de amantes cobardes, o demasiado valientes, y conversa unas cuantas páginas con un monje pintor de santos sobre la naturaleza del pecado, al día siguiente de que una aldeana muy guapa llame a la puerta de su torre de marfil, y se lo tire. Uno a veces se imagina al Rodríguez Zapatero que pintaba Peridis, apoyado en la columna: sosegado, tolerante, comprensivo, con una media sonrisa de placer intelectual ante las complicaciones de la vida, poderoso sin quererlo, buena persona afortunada, que se hace cargo de los otros, o por lo menos trata de comprenderlos. Ese final alemán, los dos enemigos (uno a pesar del otro) enfrentados en duelo que promete sangre dentro del castillo donde el señor se ha refugiado, con atizadores de hierro en la mano y bilis en la mirada, y que se resuelve en una conferencia sobre el poder y la moral que ahora, me temo, ningún editor querría, sin embargo entraña una lección en materia de narrativa: lo novelesco es el atrezzo de la trama, no un fin en sí mismo, y por otra parte habría sido demasiado poco coherente con el tono general de la novela que la cosa se resolviese como un western galaico. Los enemigos se han dado una tregua, queda mucha novela que cortar.  
A todo esto, ¿dónde está Torrente? En la contraportada de la vieja edición en la que leo esta novela se cita una frase del escritor que siempre hay que tener en cuenta: la novela es realista, de un realismo entre naturalista y filosófico, porque “el tema determina la técnica”, que “no se justifica por sí mismo sino por las posibilidades expresivas que libera”. Aquí Torrente ha usado a modo el diálogo y el estilo indirecto libre, y un sentido del decorado muy económico, a pesar de que uno esté siempre bajo la bruma gallega, calado de lluvia fina por los prados o entre muros de pazo antiguo, porque las breves descripciones suelen brillar por transparentes, por suficientes. Le reprochaban a Torrente, unos, que hubiera relacionado el socialismo republicano con el caciquismo, y otros, ya ves tú, que no alardeara de verbosidad, que se sometiera a las reglas que recomiendan no aparecer demasiado si lo que se quiere es crear un mundo aparte, escribir una novela de verdad.

Gonzalo Torrente Ballester, El señor llega (Los gozos y las sombras, 1), Alianza, 1982 (1957), 451 p.

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