2.6.16

Un capítulo sin escribir


Otra Carmen, mi amiga Carmen Pacheco, me recomendó este libro nada más aparecer, dos años antes, por cierto, de que Sánchez Ostiz publicase su Derrotero de Pío Baroja, en el que lo cita generosamente. Pero Carmen, mi amiga, me insistió en lo bien escrito que estaba, más allá de cualquier consideración culturalista. Y es verdad. He tardado casi veinte años en leerlo, pero es verdad. El libro se sostiene con su prosa limpísima, más parecida a la de su hermano Pío que a la de su otro hermano Ricardo, llena de pequeños y grandes dramas sugeridos, implacable con la gente que no le caía bien, sobre quienes en algunos casos da en una diana infrecuente: que Ortega, pese a ser un gran pensador, solo transmitió a sus discípulos su inagotable cursilería, o que Solana, nuestro Solana, era un bestia, y no solo por haberle hecho una faena a su cándido hermano Ricardo.
Acabado el libro, uno tiende a formarse una opinión muy matizada sobre el tipo de mujer que es Carmen, mucho más que sobre aquello que cuenta de unos y otros, en ocasiones deliciosamente contradictorio. Leer este libro es como haber pasado una tarde con una mujer culta y agradable, clara y seria, que se encandila con los objetos (como su hermano Pío) y son esos objetos y su forma de tratarlos los que nos dicen más de ella que cualquier análisis introspectivo. De ella, en realidad, dice muy poco, que solo fue feliz de niña y de vieja, pero que la flor de la edad, la juventud y los primeros años de matrimonio, fueron para ella un martirio que solo se mitigó con algo aún más desagradable, la guerra civil. Pero cuesta no hablar de ella, de su personaje, y quedarse solo con la trama. En este caso la trama, interesantísima, no deja de ser la excusa para describir un personaje aún más interesante. El título, por ejemplo, es interesante porque es un mal título, pero quizá tenga segundas intenciones.
Sería muy largo de contar, pero da la impresión, muy resumidamente, de que Baroja solo reconoció la idea del 98 cuando, ya viejo, hubo quien achacó la guerra al calentón emocional que ellos llevaban años alimentando. “Qué mal hemos quedado los del 98”, dijo Baroja en su exilio de París, pero cuando era más joven se limitaba a negar que aquel marbete tuviera sentido. Lo que pasa es que Azorín, uno de los pocos amigos de su hermano a los que Carmen Baroja reverencia, a lo mejor el único, se había empeñado en embalarlos a todos con un papel pintado donde pusiera Generación del 98, y en tiempos de Baroja una discusión como esa podía durar toda la vida, fácilmente se podían perder las amistades. A lo mejor eso es todo. A lo mejor llevamos un siglo hablando del 98 y lo único que pasaba era que un escritor no quería desautorizar a su amigo para no molestar a una hermana enamoriscada. ¡De Azorín! Quién sabe. Entre el efecto mariposa y lo tontos que somos, cualquier causa es posible.
El caso es que Carmen Baroja, gracias a las circunstancias, que operan como norma estética, menciona —sin tapujos— su desgraciado matrimonio con Rafael Caro, pero no solo no se ceba en ello sino que renuncia a escribir el capítulo correspondiente. Tan solo habla del “genio endiablado” de su marido, y dice que no podía quedarse hasta el final en las reuniones del Liceo femenino porque si no su marido se enfadaba. Todo eso antes de la guerra, magníficamente narrada, mientras duró la cual Carmen, su madre, sus hermanos Pío y Ricardo, su cuñada Carmen Monné y sus sobrinos Julio y Pío practicaron el autoabastecimiento en Vera de Bidasoa, contada en otro magnífico pasaje. El reencuentro con su marido es una página tremenda, él viejo, raído, desdentado, con algún arranque, sin embargo, para salvar unos pocos muebles de los escombros de la calle Mendizábal, o para comprar, en medio de la hambruna, otros muy hermosos con los que reanudar la vida familiar. Julio Caro también es tan claro como escueto en sus memorias: marido y mujer no se entendían.
Salvo con él, con Julio, su querido Julito, la verdad es que Carmen no deja a nadie sin bautizar. Su hermano Pío es egoísta y solo estaba interesado en su escritura, pero fue quien la cuidó en su única enfermedad grave y con quien convivió hasta el fin de sus días. Su hermano Ricardo era tan buena gente como todos nos imaginamos, pero era un gandul, se levantaba a las tantas y, si no le daba la ventolera, no hacía nada, irse al café con los amigotes (claro que Carmen Monné rara vez comía en casa). “Le dio por hacer faroles”, dice una vez, como si al ir de ocurrencia en ocurrencia nunca hubiera hecho nada serio. Y a lo mejor es cierto. Hay creadores igual que hay personajes. Ricardo Baroja es un gran artista y un estupendo escritor, pero sobre todo es un personaje (un personaje de su hermano Pío), con vivir tiene bastante, y no es que sea vago sino que carece de ambiciones impuras. Sin embargo, si hubiera tenido un poco de disciplina…
A los dos hermanos, al margen de sus temperamentos, les reprocha con todas las letras que no la animasen a ser como ellos, artista como Ricardo, o escritora como Pío, y lejos de eso dieran por sentado que ella con tener la casa arreglada y cuidar de sus hijos ya tenía bastante. Y con su marido, claro. Son hermosas, y amargas, las páginas en las que se queja de haber tirado su vida en un aburrimiento impuesto que la desesperaba conforme iba viendo pasar los años y con ellos todo lo que ya no era posible. Para combatir el tedio se entregó a la lectura, de la que quizá provenga su espléndida prosa.
Sí, con esa prosa debería haber escrito una buena novela. Vivía en la misma casa que un editor, un novelista famoso y un artista de los mejores de su tiempo, y sintió (con esa prosa es imposible no sentirlo) que ella también tenía su talento, evaporado en libros menores y en labores de artesanía. No deja de ser irónico el título que eligió para sus memorias, porque quizás ella se sentía como la Electra galdosiana que su hermano, de muchacho, con tanto ímpetu defendía. Debería haber sido la Nora ibseniana que tanto alababan en el café sus hermanos (e incluso trataban de imitar a su autor, al menos Pío, en novelas como La casa de Aizgorri), una mujer que acaba dando un portazo a los desagradecidos que han usurpado su existencia. Igual que participaba en las representaciones de El mirlo blanco con un joven alto, feo y amable llamado Manuel Azaña, en la vida las tablas le estaban vedadas. Estaba allí, era, ella, la mujer del 98, pero los machos del 98 ni siquiera se dieron cuenta.

Carmen Baroja y Nessi, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98, Tusquets, 1998, 245 p.

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