22.2.26

Qué va a ser de nosotros


Leer es estar leyendo. El acto importa más que la memoria. Pasar las páginas con ansiedad, esperar con impaciencia el desenlace, querer que ocurran cosas, todo eso disuelve las novelas en un acto fallido, sus páginas desaparecen como el agua entre las manos. Lo que sujeta una novela, lo que la hace presente, placer sin prisas, es que esté bien escrita (que dé gusto leerla) y que de algún modo el lector pueda ser personaje, o haya vivido (o imaginado) historias que pudieran contarse así. La buena prosa es la lengua franca del lector, lo que le ayuda a instalarse en un mundo privado, igual que la historia de don Cecilio, el personaje que trasladó su oficina anticuada de máquinas vetustas y escribientes con manguitos a un sótano de su negocio, mientras arriba, a la vista de todos, instalaba ordenadores asépticos y veloces, insípidos pero modernos.
Ese personaje aparece en Coloquio de invierno y es uno de los que no solo sirven como símbolo de la novela entera sino de la forma de escribir en la que felizmente sigue instalado Luis Landero. Esa oficina de don Cecilio «recuerda a la pequeña aldea de Astérix, una aldea irreductible en medio del Imperio romano», según dice Adela, otro personaje, o Santos, que sueña con «retirarse a algún rincón del mundo donde el fragor del progreso no haya llegado aún». Así son estos «enemigos acérrimos de la modernidad», los personajes que se cuentan historias mientras pasa la borrasca, escondidos entre el blanco de la nieve, en torno a una mesa que podría ser la de una casa de comidas de los años sesenta o setenta, y contando historias que también los trasladan a esa época. Pío Baroja llegó un momento en que situaba sus novelas en un tiempo difuso, un pasado que podría estar entre finales del XIX y principios del XX, en todo caso un tiempo literario, no cronológico, y así le pasa un poco a Luis Landero, que sus historias y sus personajes fuman farias y se perfuman con Varón Dandy, en una época inconcreta en la que a cualquier humilde menú se añadía el café, copa y puro. E igual que le pasó a Forges cuando tuvo que jubilar a doña Concha, que era gorda y con rulos, y la sustituyó por una mujer delgada que siempre está leyendo, los personajes femeninos de Landero son ahora profesoras de filosofía, o dueñas de una librería, pero siempre con esa pátina de cuero desgastado, como aquella cartera de llevar los libros que hubo que retirar antes incluso de que se jubilara quien la llevaba usando desde que era niño. Viven en esa prosa como antigua, en esa retórica vejestoria, y pertenecen, todos, a «la entrecana zona media», esa vulgaridad de la que Landero se ha hecho contumaz especialista, lo que no deja de tener su gracia porque él es un escritor que ha triunfado contando los fracasos de sus criaturas. Me cuesta recordar un personaje suyo que no fuera un pobre iluso, o alquien que no decida huir de su infortunio, asustado por un crimen que no sabe si ha cometido, avergonzado por algo en lo que quizá nadie se paró a pensar, harto de una vida demasiado honrada. Uno de ellos (personaje de una historia, narrador metido en una narración) es un profesor, don Claudio, que da voz a un tipo de ciudadano decididamente actual, el que se encoge y se aísla de una modernidad que le aturde o le aburre: "Entonces echó una mirada rápida, panorámica, a la actualidad de su época, y no le gustó lo que vio. Referentes que unos años atrás eran válidos y respetados –el filósofo, el escritor, el profesor, el periodista, el político, el propio saber, el legado de la tradición, las buenas formas, la cortesía, la cordialidad del diálogo…–, en poco tiempo habían quedado obsoletos, desautorizados, carentes de sentido, y nadie los echaba de menos, cautivos como vivían casi todos en el vocerío de la actualidad y de las realidades virtuales".
Es verdad. Si algo bueno tiene la modernidad es que te permite huir de ella, instalarte en un mundo ficticio, lleno de aparatos que te concedan la ilusión de vivir en otro tiempo. Landero lo recrea con sus «entrañables estampas costumbristas» (buen endecasílabo), o con restos de historias ya contadas de algún modo, la de la vieja maga que embolica al novio el día de su boda, la del cuadro flamenco con guitarrista antiguo y un bailarín que se vuelve loco, la del descubrimiento de la libertad allá en una aldea perdida, aunque también hay alguna más, digamos, actual, y ciertamente perturbadora, con visos incluso de reto a la ortodoxia moral, como es el caso del profesor ligón que de buenas a primeras se encuentra con la avalancha del Me too.
Los personajes van contando historias como los que se recluyeron en Santa María de Novella mientras la peste arrasaba Florencia, pero aquellos eran jóvenes y hablaban de amor e inteligencia, y estos van para viejos, si no lo son ya, y hablan de lo mal que les ha ido en la vida. Si hubiera que ponerle un pero, quizá fuera el de que la voz de los distintos personajes, hasta ocho, casi no se distingue, más allá de algún rasgo marcial del comandante, de las retahílas o congeries del hostelero (siempre reprimidas por su sensata esposa), o el tono algo más sobrio de las otras dos mujeres, la librera y la profesora, que hablan como una sola, que por algo son compañeras. 
Todos despliegan ese lenguaje melódico, salpicado de construcciones bimembres, dos adjetivos, dos verbos, dos aposiciones, que dotan de precisión en la medida en que privan de naturalidad. Porque un narrador es, ante todo, una voz, y en este tipo de historias corales lo bueno es que no haya siquiera que decir quién está hablando, que se sepa su nombre por cómo usa el lenguaje, que se lo distinga por la forma de hablar. Claro que en este caso es una opción, no un defecto, porque cuando Landero ha querido tirar de oralidad naturalista, como en Lluvia fina, también ha dado una lección, lo que quiere decir que si aquí no lo ha hecho es porque no le ha dado la gana, porque prefería que todo sonara con la misma música de aquellos bailes, con el mismo tono sepia de aquellas fotos que se guardaban en la caja de galletas, y que duraban porque valían, porque eran testigos del tiempo, igual que duraban las pocas cosas que uno usaba, los pocos regalos que a uno le hacían, igual que duraba la cartera de ir a la escuela, aquella hermosa cartera de cuero con la que ahora, en este tiempo de mochilas de plástico, daría vergüenza ir por la calle.
Uno quisiera que alguna vez los personajes de Landero fueran, si no héroes o triunfadores, al menos no la quintaesencia del pobre hombre. Y más ahora, ya setentón él, cuando se cierran los círculos y vuelven los malos recuerdos a cobrarse la deuda de tantos años de saludable olvido. Pero por tristes que sean las historias, por pringados que sean siempre sus personajes, siempre los dignifica esa prosa más allá del tiempo, esa vida sin contornos precisos, sin cables, sin neones, sin pantallas, como cubierta por la misma nieve que vimos cuando éramos niños, como si por unos días, los que cuesta leer un libro, el mundo no hubiera cambiado, al menos no tanto.


Luis Landero, Coloquio de invierno, Tusquets, 2026, 303 p.

   

19.2.26

Las otras


Los aficionados a la sangre y a los esqueletos ambulantes quizá se sorprendan de que estas historias variadas y de un realismo tan concienciado pertenezcan al género gótico. La historia de la vieja niñera es quizás el único relato que se aviene con el lado fantasmal de este tipo de literatura. Niñas abandonadas cuyo espectro aparece tras los cristales en las noches de invierno, órganos destruidos por dentro que sin embargo tocan cuando arrecia la ventisca, pecados sin expiar, almas en pena, todo desde el punto de vista que más le gusta a Gaskell, el de la niñera (como en Cumbres borrascosas, por cierto), lo que siempre da al relato un aire de sospecha, de que lo cuente alguien aficionado a las historias con fantasmas que se alejan en la nieve y reproducen la escena cruel que los convirtió en ánimas del purgatorio, pero que acaso también se lo esté inventando.
Aun contando con que todo pueda ser una invención de la niñera Hester, esta es la historia más sobrenatural de todas, incluida Curioso, de ser cierto, la más fantástica sin duda, con un castillo en mitad del bosque, lleno de aristócratas franceses, decadentes y estrafalarios, tan ajeno al realismo contumaz de Gaskell que se remata con el párrafo más decepcionante de todo el libro, la única vez que he visto a la autora resolver una historia de la forma más tópica posible, aunque en su caso también sea un recurso para dejar claro que no cree en tan despendoladas fantasías.
Pero el resto del libro, incluido ese breve prólogo de historias de desapariciones, más propias de una novela policíaca, entonces en mantillas, ya no tienen fantasmas ni voces extrañas. Lo que tienen de góticas es su crudeza, a veces extraordinaria, y el lado sangriento del género, pero no paranormal. Así ocurre con La historia del caballero, el atrabiliario Robinson Higgins, capaz de hacer de la generosidad un acto cruel (calienta al fuego las monedas antes de dárselas a los niños, por ejemplo, a los que trata a fustazo limpio), un forastero con quien nadie sabe bien a qué atenerse. Bromista, dicharachero, amigo de la caza, Higgins pronto se mete a sus vecinos en el bolsillo. A todos menos a «una tal señorita Pratt», una Miss Marple primitiva que sospecha de tan admirado sujeto, que ha conseguido casi como un regalo a la hija de uno de los lugareños, pero que nadie sabe de dónde le viene la fortuna. El cuento es malo porque Gaskell comete un error bastante gordo: el tal Higgins, que asesina viejas, se delata a sí mismo con esa desesperación etílica que también había manejado Poe, pero en este caso diciendo más de lo que debe. El lector sabe que es culpable antes de que lo deduzca la incipiente detective. Y eso no queda nada bien.
Gaskell despliega toda su impresionante potencia narrativa cuando toma los elementos góticos como mera excusa para sus historias realistas, lo mejor y más abundante de esta colección. En La clarisa pobre cuenta la historia de Bridget, criada irlandesa, y católica, de un matrimonio inglés, y la difícil relación con su hija Mary, que marcha al continente y le escribe muy de cuando en cuando. Bridget queda sola, atormentada por haber perdido a su hija y con la única compañía de un perrillo, Mignon, con el que ocurre algo que a los lectores hispanos nos llama la atención. Un señorito cazador, de mal genio porque aquel día no se ha cobrado ninguna pieza, ve pasar al perrillo de Bridget y, por pura diversión, por matar algo, le descerraja un tiro. Y Azarías Bridget le echa una maldición al señorito y a toda su estirpe que da un giro ciertamente rocambolesco a la historia que tampoco hay por qué desvelar, salvo en lo que atañe a que se suceden las terribles coincidencias y paga el pato una criatura que sin comerlo ni beberlo acaba estando endemoniada, con doble incluido, por el tiro que su padre le pegó al perrillo de su abuela… El final, no obstante, es apoteósico. Bridget trata de curarse de sus negros poderes entrando en religión, entregándose a los otros, exprimiendo su alma en mitad de la peste, hasta que con ella se extinga su maldición.
Pero Gaskell brilla todavía más cuando sus referentes son los grandes clásicos. En La maldición de los Griffiths, una tragedia de reglamento, de aire shakespeariano, los padres iracundos chocan con los hijos insolentes (hay algo en ella que recuerda a los aristócratas de Madres e hijas), y los vástagos de la familia son conscientes de que de no van a escapar de su destino. En este caso se cumple de un modo no rocambolesco pero sí fortuito, y de todos modos consecuencia de la intransigencia y de la ira, la verdadera maldición de los hombres de esta familia, que, como en varias de estas historias, cuando no son violentos son borrachos, o si no ambas cosas, salvo algún bendito que cuenta la historia o recoge a las víctimas en el camino. Lo mejor, otra vez, es el final, el trágico cumplimiento, tampoco deliberado, pero sí como estaba escrito.
El libro se titula Cuentos góticos pero eso, como decimos, no hace demasiada justicia al contenido. Algunos son, sí, relatos de un solo golpe de lectura, como quería Poe; otros como este último son novelas cortas de la misma consistencia que otras de Gaskell que se publican y leen aparte, y aún hay otra, La bruja Lois, que es una novela hecha y derecha, aquí entremetida pero también publicada en libro aparte por Valdemar, por ejemplo, que es el formato que mejor le viene. La novela cuenta una historia que casi se convirtió en un género, y desde luego en un mito, la de las brujas de Salem, aquella despiadada matanza, fruto del desprecio y la ignorancia, que se ha convertido en símbolo del odio al diferente y de hasta dónde puede llegar una sociedad envenenada por los prejuicios. Gaskell aprovecha, además, para dar un repaso a la idea que muchos ingleses de su época tenían de los bárbaros norteamericanos. Cuando los doctores de la iglesia deciden que la nativa Hota es una bruja, la narradora cuenta que la iban a ahorcar «a la mañana siguiente, a pesar de haber confesado, aunque le habían prometido que le perdonarían la vida si reconocía su pecado; pues era oportuno dar ejemplo castigando a la primera bruja descubierta, y también estaba bien que fuese india, una pagana, cuya vida no supondría una gran pérdida para la comunidad». 
Este relato no solo es el más largo sino el que mejor refleja el sentido ético que Gaskell imprimía a la literatura gótica. Lois es una inglesa huérfana que cruza el Atlántico para reunirse con sus fanáticos parientes. Es víctima de los celos de su prima, del odio y de la envidia de sus vecinos, mientras que ella es un ejemplo de integridad y de firmeza, de sensatez inasequible a la estúpida superstición, por institucional y togada que fuera, y también de solidaridad con los oprimidos, en este caso los nativos a los que estos colonos protestantes aprendieron muy pronto a tratar como alimañas. 
Pero no solo es eso. Gaskell es una narradora ejemplar: los tiempos, las medidas, los fragmentos descriptivos, las acciones desencadenadas, y ese final tremendo que no por tristemente previsible resulta menos impactante, otra de las especialidades de la autora que en esta colección de relatos solo incumple en un par de ocasiones menores. 
Hablando de finales tremendos, pocos tan dolorosos y bien diseñados como el de La rama torcida, la historia de un vástago borde en el más amplio sentido del término. Un tipo desagradecido no solo con quienes lo acogieron, los ancianos Nathan y Hester, sino con su, a todos los efectos, hermana Bessy. Habría que buscarlo, pero esta historia del hijo descastado hasta el extremo no es infrecuente en la literatura de la época, y no sé si me suena de la propia Gaskell o de su amigo Dickens. Aquí es un ejemplo no solo del, digamos, feminismo de la autora, con mujeres siempre dignas, aun cuando sean víctimas de maldiciones, limpias de corazón, entregadas a su afecto natural, y hombres atolondrados y viciosos y, como en este caso, criminales incluso. No todos. El final de Nathan es una sobrecogedora muestra de honestidad, cuando la honestidad es más dolorosa –y más piadosa– que la propia mentira.
Igual de repelente es el hombre que se casa con Anna Sherer en La mujer gris, y además francés, el tipo de francés cruel y relamido que más podía detestar un alemán de finales del XVIII. Y también una inglesa. Aparte de, otra vez, magistralmente narrada, con un prólogo marco que satisface la inclinación de Gaskell por las casas y los jardines, por la pintura campestre, diríamos (y de que la trama y su desarrollo nos recuerda mucho a una novela de O’Farrell que triunfó estos años atrás, El retrato de casada), esta historia es otro ejemplo del triunfo de las mujeres solidarias, en este caso Anna y su doncella Amante, de la estirpe de las amas imprescindibles, y merced a las argucias de disfraz que emplean para escapar del odioso señor, incluso con un punto de ambigüedad que en la época victoriana tampoco podía ir más allá. Aquí lo gótico es francés, los chauffeurs, asesinos desvalijadores, y la intensa huida de su amenaza, por la que Gaskell navega a toda vela sin abandonar sus ironías de buena inglesa y sus convicciones de buena persona.
Queda la sensación de que Gaskell despliega su magisterio a partir de la novela corta, y de que la brevedad de lo que llamamos cuento es un jardín demasiado exiguo para sus frondosas habilidades narrativas. Así decidieron titular estas historias cortas –y no tan cortas– tanto en su edición inglesa como en la española. Quizá el anzuelo de góticos no sea del todo exacto. Es posible que sorprenda, pero no que decepcione.

Elizabeth Gaskell, Cuentos góticos, trad. Ángela Pérez, Alba, 2019, 541 p.

11.2.26

Más luz


El epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y el cinismo son las escuelas filosofóficas antiguas que tradicionalmente se han considerado menores con respecto a los colosos Platón o Aristóteles. Pero en Roma estos dos filósofos tenían el mismo valor que los demás (incluidos los presocráticos) y quizá incluso menos predicamento. La obra de divulgación filosófica de Cicerón, por ejemplo, se ocupa del aristotelismo como una más de las escuelas, pero no la más importante: él mismo se acogió al escepticismo moderado de Filón como la, digamos, más sensata de todas.
Suele decirse que el sentido práctico romano no casaba bien con la metafísica especulativa, pero lo cierto es que solo a partir del XIX la filosofía volvió a enclaustrarse en su torre conceptual, porque hasta entonces era, además de una explicación de la existencia, una forma de vida. La Edad Media es un ejemplo elocuente de cómo se desarrollaron estas dos formas de hacer filosofía: el platonismo o el aristotelismo nutrían la teología agustiniana o tomista, pero ello se hacía en congregaciones que funcionaban según la filosofía estoica o epicúrea. Junto a complicadas demostraciones lógicas, la religión cristiana se empapaba de un sentido de la providencia de raíz estoica. Incluso demostraciones de la existencia de Dios como la de San Anselmo parten de presupuestos del escepticismo clásico. Ya en el Renacimiento, con el descubrimiento de Lucrecio, Diógenes Laercio y Sexto Empírico, la influencia del estoicismo y del epicureísmo no dejó de crecer, y el escepticismo armó a los filósofos de su principal herramienta para pensar: la duda.
John Sellars resume y divulga los fundamentos de estas cuatro escuelas (el cinismo era anterior), que se desarrollaron entre el 323 a.C., fecha de la muerte de Alejandro Magno, hasta el 31 a.C., cuando Octavio, el futuro Augusto, ganó en la batalla de Accio. Es lo que solemos llamar el helenismo, que comprendió la filosofía «como algo práctico, existencial y transformador de la vida». Al igual que los poetas romanos, estos filósofos preferían la Grecia arcaica (Heráclito, Parménides, Demócrito) que la clásica, y se centraron en la búsqueda de la felicidad. Varrón registra 288 versiones filosóficas diferentes de en qué consiste esa felicidad. Y no es raro que sean tantas, porque estas escuelas están también impregnadas de esa búsqueda de conflictos lógicos que desde los sofistas había cuestionado cualquier apariencia de verdad. Ni tampoco lo es que un cínico como Luciano se burle del estoico Crisipo porque solo se dedica a «nimiedades lógicas».
Sellars organiza el libro a partir de temas generales según los tratan las cuatro escuelas (además de la academia postaristotélica): la epistemología, la naturaleza, la ética, el libre albedrío, la política, etc., lo que ayuda a resaltar lo mucho que comparten opciones que en algún momento pudieron parecer irreconciliables. Todas buscan una forma de llevar la mejor vida posible, cada cual con métodos no tan diferentes. 
De los epicúreos aborda su «proyecto terapéutico»: superar el miedo a los dioses, comprender el significado de la muerte y el del auténtico placer. Y sigue siendo muy reconfortante que insistan en que no merece la pena preocuparse por lo que no existe, y que nadie recuerda que ha estado vivo, o que una cosa es el «placer activo» y otra el «placer pasivo», y que más importante que disfrutar de la comida lo es de no tener hambre. Es poco lo que conservamos de Epicuro, pero tenemos la primera gran obra filosófica escrita en latín, el De rerum natura de Lucrecio, que Sellars cita profusamente, sobre todo en lo que se refiere al desprecio del miedo que inocula la superstición religiosa y al sistema de física atomista con el que los epicúreos interpretaban la naturaleza, algo que a Cicerón le parecía tan absurdo como nos puede parecer a nosotros ahora, si bien nosotros sí sabemos algo que él no sabía, que la materia es, en efecto, una combinación de átomos. Lo del clinamen o desviación que forma los seres, a él y a nosotros, nos parece más poético que otra cosa, pero sigue vigente la ética epicúrea, sobre todo la de Filodemo, contemporáneo de Lucrecio, maestro en no meterse en líos para preservar la ataraxia o tranquilidad de espíritu y la aponía o ausencia de dolor físico. La ley, por ejemplo, no hay que cumplirla porque sea justa, sino para que no te mareen por no cumplirla. Puede parecer, sobre todo en estos tiempos de falsos compromisos, una postura muy elástica, pero, además de razonable, es la que hace que el mundo no vaya todavía peor de lo que va.
De los estoicos Sellars destaca, además de unos fines éticos bastante parecidos, el concepto de providencia, que es como llaman a la cadena de causas físicas, y de paso al determinismo y a lo que los escépticos convertirían en argumento perezoso: un permanente encogerse de hombros ante las contingencias de la realidad. Sin embargo, así como las lucubraciones fantásticas de los epicúreos ayudaron con el tiempo a entender la realidad, el concepto de alma como aliento natural ayudó, por ejemplo, al desarrollo de los conocimientos sobre anatomía. Por lo demás, su idea de la virtud como limpieza de conciencia, del panteísmo como explicación determinista o de la necesidad de la armonía con la naturaleza son fundamentos que todavía dan de sí.
También los escépticos consideraban la filosofía una «medicina para la mente», y eso que partían de posturas más sofísticas como la del dogmatismo negativo de Carnéades, quien no solo decía que la verdad no puede ser conocida sino que incluso desconfiaba de que ello pudiera ser cierto, por lo que se sumía en una apraxia, una inactividad consecuente, no tan radical, desde luego, como para que no atrajese al activísimo Cicerón, que aceptaba las creencias razonables, incluso la utilidad de la religión, sin abandonar la resistencia al conocimiento objetivo. Según Enesidemo, el escéptico genuino no afirmará nunca nada, ni siquiera que no sabe nada. La serena indiferencia es su estado ideal, sobre todo en el escepticismo pirrónico que triunfó en la última etapa. No sabemos si Heráclito influyó en Pirrón (sí en Enesidemo), ni tampoco si en sus viajes a la India se trajo algo de los gimnosofistas hindúes o ya lo llevaba puesto, pero sí que su desconfianza en los objetivos no lo era en los métodos: puede que no demos en la diana, pero sí podemos dominar el arco. Eso sí, eran los maestros del argumento perezoso: si todo está determinado, no merece la pena que hagamos nada, ni ir al médico siquiera…
Estas deducciones escépticas no llevan a ninguna parte, pero de Pirrón no se admiraban sus volatines dialécticos sino su modo de vida, esa resignación altiva de raíz cínica. Diógenes, en el fondo, está detrás de todas estas búsquedas de la felicidad. Hace bien Sellars en citar aquella anécdota según la cual Alejandro Magno se encontró con él en un camino y le ofreció cualquier cosa que le pidiese. «Que te apartes de la luz», le contestó Diógenes. Eso es lo que buscaban todos, que nada ni nadie les tapase la luz.

John Sellars, Filosofía helenística, trad. Pablo Hermida Lazcano, Paidós, 2025, 370 p.

5.2.26

Humor ajeno


Fue una suerte conocer la obra de Elizabeth Gaskell a través de la espléndida novela Norte y sur, en 2015, porque yo creo que hasta entonces lo único que había traducido era Cranford, o por lo menos el único libro con el que se identificaba a su autora; y no solo en España: parece ser que solo a finales del siglo XX Gaskell dejó de ser en Gran Bretaña la autora de 'Cranford' y empezó a calibrarse de nuevo su mayúscula estatura como novelista. Conque tengo la sensación de que si hubiera empezado a leerla por Cranford no habría seguido, y algo similar me ha ocurrido con las otras dos novelas de la serie, Las confesiones del señor Harrison y Lady Ludlow, que me resultaron de un humor lejano, escritas para un público distinto, no sé si solo el público inglés o incluso el público inglés del XIX. Debe de ser lo primero porque se han hecho series con estas novelas y veo por ahí que son algo así como el paradigma del costumbrismo tierno. A Dickens le encantaban, más aún después del potente debut de Gaskell con Mary Barton, cuando la invitó a escribir para su revista Household Words y Gaskell se dejó de dramas desgarrados y ensayó con éxito el género rural.

Cranford es un bondadoso cuadro sobre la mojigatería de las élites de aldea, las señoras que no se manchan las manos en el huerto y pasan el tiempo auscultando el corazón del vecindario desde su ventana o visitándose para tomar el té. La historia la narra la joven Mary Smith, cuyo nombre solo se nos dice muy al final, amiga de la señorita Jenkins y la señorita Matty, dos solteronas que han vivido en Cranford toda su vida. Se diría que a través de ellas se nos divierte con el tópico de la alta burguesía campestre venida a menos, que no ahorra en formalidades pero sí en todo lo demás, sobre todo en comer. Y sin embargo estas damas que se agarran a una idea sobrevalorada de sí mismas tienen el buen corazón que el público (y Dickens) más valoraba, por mucho que las historias sean solo humorísticas en los relamidos tratamientos, porque casi todo lo que se cuenta es tristísimo.

Abundan, por ejemplo, las muertes y las enfermedades. Nada más empezar la novela, la señorita Brown sufre una extraña dolencia y es cristianamente atendida por su hermana y su padre. El padre salva a un niño vagabundo de morir aplastado por un tren, la fiera corrupia de aquel entonces, pero él mismo tropieza y es arrollado. Días después, su hija, incapaz de sobreponerse a la enfermedad y la desolación, muere también, y la hermana, la señorita Jamie, encuentra refugio en el matrimonio con un militar que sirvió a las órdenes de su padre. Pero hay más. La señorita Matty, en plan Fermina Daza, se reencuentra con su amor de juventud, Holbrook, que sigue soltero y es un buen partido. Tras algunas sutiles y complicadas maniobras de acercamiento, parece que, como Dido, la señorita Matty reconoce el rastro de una antigua llama, pero el pobre Holbrook, rejuvenecido, viaja a París y el viaje acaba con él. Otro entierro. Esta desconsolada señorita Matty se queda casi en la indigencia cuando su banco quiebra, pero encuentra la no muy espléndida pero sí voluntariosa colaboración de las otras damas, cuyos maridos o están también muertos o en algún lugar lejano.

Hay dos historias que, sin ser un canto a la alegría, animan la función. Una es la de Peter, hermano de la infortunada señorita Matty, que cometió de joven una extraña travesura, vestirse de mujer y pasearse con un bebé de pega, y su padre le infligió un muy británico castigo físico, hasta que el muchacho, abochornado, se marchó de casa. Nadie supo más de él, pero a través de otra dama desgraciada, la esposa del mago Brunoni, la señorita Matty se entera de que quizá su hermano fuese a parar a la India, con lo que se nos prepara una anagnórisis con la que resolver la novela y los problemas económicos de la pobre dama.

La otra historia es, precisamente, la del mago Brunoni, un ilusionista errante que se gana la vida como buhonero de trucos malos. Malgastó en la India los mejores años de su vida, hasta que su esposa, a la que ya se le habían muerto cinco hijos pequeños, lo arrastró de vuelta a casa. La llegada del mago al pueblo es una revolución textil. Todas las señoras –incluida lady Glenmire, una aristócrata de verdad que luego resultó ser tan pobre como las otras, pero más simpática y resuelta–, hacen un mundo de aquel espectáculo, de qué sombreros ponerse (la traducción habla de «gorras», que no pega mucho), de qué vestidos no raídos llevar, de cómo comportarse para no mostrar al populacho su entusiasmo, etc, etc. El tal Brunoni exhibe su ilusionismo apolillado y se marcha con su familia por donde ha venido, no sin dejar en Cranford la mala fama de haber robado no se sabe qué. Con un poco de esfuerzo, se hacen divertidas las páginas en las que todas esas cacatúas hacen cábalas sobre quién puede haber sido el ladrón, hasta que se enteran de que el robo se redujo a dos manzanas y los ladrones a unos chicos del pueblo, y eso que nadie en Cranford podía caer tan bajo…

Los finales son amables y samaritanos. Las damas buscan alojamiento para la errante familia del mago, que resulta herido en un accidente de coche (de caballos); incluso la criada de la señorita Matty, Martha, se ofrece a mantenerla y a llevársela a vivir con su prometido, un tema que da para una condescendiente sonrisa lacrimógena (o, tiempo después y en nuestra lengua, para la impresionante Misericordia). Pero ya antes, con la ayuda de sus amigas, Matty ha podido establecerse con una tienda de té, claro, y el hermano pródigo, Peter, reaparece a tiempo de que todo quede en su sitio.

Como documento de realia sobre las costumbres de la época, sobre todo en materia de sombreros, la novela es una mina, y agradable porque Gaskell nunca escribió nada que no fuera una delicia de prosa. Pero a estas alturas nos resulta un poco sosa, un poco gazmoña, por más que el humor surja precisamente de la parodia de esa misma gazmoñería. A los ingleses no sé qué les gusta más, si la actitud o su parodia. Eso Gaskell también lo sabía.


Elizabeth Gaskell, Cranford, trad. María Faidella, Alba, 2012, 290 p.

1.2.26

Los «reavivantes»


Al placer del sarcasmo elegante que sigue practicando Julian Barnes, de su prosa pulida, ese aire de charla intelectual sobre detalles extraños de la ciencia o la actualidad que explican nuestras vidas, o enseñan sus paradojas, a todo eso se suman algunas coincidencias que han hecho de la lectura de Despedidas una perfecta tarde de sábado. Primera coincidencia: en algunos pasajes me acordaba de Sábado, de su coetáneo McEwan, también con mucha ferralla médica.
Despedidas es, como se ha publicitado (él mismo lo hace en sus páginas y en las entrevistas de lanzamiento), el último libro que escribe, interesante y conmovedor en muchos aspectos, sobre todo, como siempre, por lo bien escrito que está. En realidad se trata de una novela corta encuadernada por dos capítulos autobiográficos y otro, más breve, que separa las dos partes de la historia. La ficción es la de una pareja de amigos del autor/narrador que se hicieron novios a los veinte años, se separaron y, con la mediación del propio Barnes (llamarlo alcahuete sería excesivo para un premio Booker oxoniense), se volvieron a juntar cuarenta años después, se casaron incluso, aunque la cosa no funcionó porque él amaba más de lo que ella estaba dispuesta a tolerar, y a ella, como dice en una brillante y no tan enigmática frase, la felicidad no la hacía feliz.
Esta historia, estupendamente narrada, con diálogos que podrían haberse dilatado con variaciones y peripecias durante cientos de páginas, sin embargo se queda en eso, en un relato, flanqueado y entreverado por otra historia, nada ficticia, con la que la vincula un hilo acaso demasiado fino. Al tiempo que anunciaba la novela, Barnes también ha dicho que padece cáncer, una neoplasia mieloproliferativa, lo que en términos más asequibles es una leucemia no letal: la tendrá hasta que se muera, pero no se morirá por ella. Claro que Barnes ya ha cumplido los 80, y en el Reino Unido la esperanza de vida está en los 79 y pico. A pesar de que los ricos suelan pasar de los 90, se diría que J. B., pase lo que pase, morirá de viejo, no de cáncer. (Dicho sea de paso, ya no es raro escuchar una frase tan reveladora como «murió de cáncer a los 95 años».) 
En todo caso es el cáncer y sus efectos secundarios los que llenan el principio y el final de la novela, más ese interludio entre los dos encuentros de sus amigos, el de la juventud y el de la, digamos, madurez de los sesenta años. Y ahí ya no hay nada de ficción: es el propio autor enfermo (y viejo) quien nos habla, y se nota que lo hace un buen escritor porque si hay algo que no soporto son las historias cancerosas que siempre tienden al patetismo, tanto por el lado del victimismo lacrimógeno como por el de las ansias de lucha y de confianza en la victoria. Barnes es más listo, y también más consciente, porque sabe que estas cosas hay que tomarlas como llegan, que nadie lucha contra un cáncer (si acaso, como dice en la novela, el cáncer contra él, y casi siempre lleva las de ganar), y que una cierta distancia irónica, cínica incluso, es lo que a mucha gente más ayuda a sobrellevarlo.  
Entre esos efectos secundarios está, quizá el primero, la memoria, y eso en varios sentidos, porque la enfermedad es siempre como abrir la espita del recuerdo, incluso de aquellos que permanecieron prudentemente ocultos durante casi toda nuestra vida, y porque la vejez es una recuperación de los principios, pero también una pérdida del tiempo intermedio. «Nuestras vidas, en otras palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro», el mismo agujero que hubo en la relación entre Stephen y Jean, los personajes ficticios de esta novela y el vínculo que lo une todo, por más que la propia Jean le diga al autor lo que muchos lectores han pensado de su obra: «Esa cosa híbrida que haces… creo que es un error. Tendrías que hacer lo uno o lo otro». Es decir, mezclar la ficción de un reencuentro con la realidad de un acabamiento. Barnes puntualiza que él sí sabe «lo que se lleva entre manos», de hecho lleva medio siglo haciéndolo y le ha ido estupendamente. Pero el resultado a veces es, quizá, un poco heterogéneo. Aquí la reflexión primera sobre la memoria recuerda mucho a 'Funes el memorioso', más incluso que a Proust, que es el único al que cita por extenso a propósito de la memoria involuntaria. Y tiene razón en que «sin memoria no hay identidad», y que lo único que nos queda por vivir es aquello que ya hemos vivido. El enfermo (y el viejo), relee, revisita, reencuentra, revive. Hay mucha vida vivida pero no registrada, o no disfrutada con toda la intensidad que merecía. Dice Barnes que le apetece un viaje para ver, en las ciudades donde están expuestos, los cuadros que más le han gustado. Ya no se trata de ver lo que no viste antes de morir, sino de volver a estar donde sí estuviste, y has sido feliz. Ese es otro vínculo con la historia ficticia. Los dos amantes de jóvenes (los dos «reavivantes») quieren revivir, pero ellos quizá no sean lo bastante viejos para disfrutarlo. 
El final, a mi juicio el único defecto del libro, es algo tedioso y un punto repetitivo. Si algo tiene de realista es que los crepúsculos, el del día y el de la vida, son demasiado breves pero contemplarlos fijamente siempre se nos hace un poco largo. La tristeza, esa sombra final, esa despedida se apodera del libro, y a pesar de que sigue sin pisar jamás los barros del patetismo, la sensación es que ya estaba dicho todo, y bien dicho además.
Termino la novela y me doy cuenta de otra coincidencia. En el año 86, hace cuatro décadas, las mismas que separan los dos noviazgos de los protagonistas, leí El loro de Flaubert. La novela me gustó mucho, tanto que me la llevé como una especie de guía de viajes cuando visité los santos lugares flaubertianos. A través de ella conocí la obra de Anthony Powell, de quien Barnes se reía entonces por su afición a las coincidencias. Auster aún no era famoso… Lo curioso, lo coincidente, es que de esa novela sí me acuerdo, incluso de escenas y escenarios, pero después he leído dos o tres más (Al otro lado del canal, El ruido del tiempo…) que tendría que releer para volver a hablar de ellas. 
Hay más coincidencias, claro, no todas tan gozosas. El otro día, charlando con un buen lector amigo mío, estábamos de acuerdo en que últimamente, salvo excepciones que nos suelen decepcionar, solo leemos a escritores vivos que pasan de los 80, y nuestra sed literaria ya casi solo se calma con los clásicos. Barnes está ahí, como esa generación suya que tanto ha dado de sí, bastantes de cuyos miembros ya hace tiempo que se han muerto (casi todos de cáncer). Pero esta es la última novela que escribe, de modo que, si vuelvo a leer El loro de Flaubert, y tengo muchas ganas, lo haré por volver a la juventud, pero también por leer a un clásico, aunque el cáncer conviva con Barnes unos cuantos años más.

Julian Barnes, Despedidas, trad. Jaime Zulaika, Anagrama, 2026, 212 p.
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