Pocos se atrevían a ponerle peros a Miguel Delibes en los años 80, pero sí su gran amigo Francisco Umbral, que cuando apareció Madera de héroe (precedido entonces el título por un número de chapa militar) dijo que en las páginas dedicadas al barco se veía que Delibes sabía nombrar los imbornales, el barlovento, el mastelero y todo eso, pero que no se veía el mar. La novela es mucho más que eso, pero Umbral daba en el clavo de un defecto que no sé si tiene esa obra, pero sí algunas que ven en el mar un idioma técnico, más incluso que una sensación. Con ellas uno debe decidir entre una lectura a trompicones, intervenida cada tres palabras por el diccionario, o un dejarse llevar por lo que se supone que son todos esos palabros, en la medida en que suponen una forma de decir que la acción ocurre en un barco, sin más. Cuando al escritor le mueve solo el afán de precisión, el mar se pone cuesta arriba, pero cuando el lector entiende que esa lengua es como la de los nombres y los apellidos, palabras exentas, significante puro, materia para la música, la novela entonces alcanza latitudes poéticas en las que todo se entiende sin necesidad de diccionario. Es el caso de Gran sol.
Publicada en el 57, Gran sol elabora materiales de primera mano: Ignacio Aldecoa se embarcó en un pesquero en el verano del 55 y allí anotó las costumbres, las palabras, las faenas. Las fechas remiten, por supuesto, a otra novela nacida de la observación y del oído atentos, El Jarama, publicada el año en que Aldecoa se echó a la mar. Ambas comparten el retrato tan preciso como en principio desapasionado, la fidelidad al habla y a su escaso contenido dramático, el refugio poético en las descripciones o el desastre trágico que cierra la novela. Pero también hay algunas diferencias muy notables, sobre todo dos: Aldecoa interviene de manera explícita con frecuencia, a través de pensamientos y deseos, de recuerdos e intenciones que en El Jarama se dejaban al criterio deductivo del lector y aquí se llevan buena parte de la carga poética de la narración; y, sobre todo, Aldecoa no se afana en distinguir a los personajes, por más que cuente la vida de alguno: salvo dos, Macario el Matao y el patrón de pesca Simón Orozco (los dos que arman la historia), a los demás cuesta reconocerlos, y eso que, siguiendo la costumbre celiana, a todos se los nombra una y otra vez por su nombre y su apellido. Pero así como en El Jarama Ferlosio utilizó la técnica de los distintos planos y en cada secuencia hay un protagonista que se aísla de los otros con sus propios rasgos y así cobra suficiente consistencia como para que lo reconozcamos cuando vuelve a aparecer, en Gran sol los personajes no tienen ese algo que los distinga, o no está lo bastante marcado, dispuesto para que el lector los individualice sin dificultad hasta bien avanzada la novela. Las faenas, las palabras, se lo comen todo. En El Jarama disfrutamos la divina transparencia, el estar ahí, y sin dejar de saborear el rico idioma no sentimos que se nos velen las escenas, antes bien la lectura es un discurrir paralelo a la realidad, unido a ella; en la novela de Aldecoa todo está calafateado de palabras, húmedo de tecnicismos: «Macario Martín sujetaba la estecha del arte a un alitón de la amura», «la puntas de la red, engarfiadas a un cable empoleado el el mastelerillo del estay del galope, patinaron por la regala hasta el comienzo de la obra muerta…». Al mismo tiempo, el impuso poético, con ese fatalismo marinero, resulta en ocasiones algo disonante con respecto al propósito de realismo estricto: «Estela hecha, tiempo vivido, también borrada. La mar no tiene sendas, no guarda huellas». Para ser un reportaje, tiene demasiada poesía; para ser una novela, tiene demasiado reportaje. Y eso que Ferlosio fundía maravillosamente, aquí se queda, sobre todo en la primera parte, en una epopeya verbal, que sin embargo cobra vuelo cuando barco llega a Bantry, en la costa sudoeste irlandesa, y el autor deja un poco al lado el diccionario.
A partir de entonces la figura de Macario (y pronto la del patrón Simón Orozco) acapara casi todo el protagonismo, por más que los otros vayan desgranando sus penas y sus historias, a veces en una repaso de sus tristes vidas y otras en lo que ya podríamos llamar monólogo interior. Vibran las escenas previas y posteriores a la pelea de Macario y Sas (con sabia elipsis del combate), y la pesca de pájaros en alta mar, espléndida secuencia de realismo crudo y delicado; pero también el paseo del patrón por el cementerio de Bantry, con muchos náufragos paisanos, y ese dejarse de rencores que es la única manera de sobrevivir.
En esa segunda parte la novela sostiene un ritmo absorbente, como si se hubiera deshecho el autor del lastre técnico y lo hubiera reemplazado por la poesía de altura. Se le acusó a Ignacio Aldecoa de virtuosismo, como si eso fuera un defecto, pero no cometió el error de mantener el alarde cuando lo que manda es la tensión. Antes del amargo desenlace, el autor pasa revista:
Publicada en el 57, Gran sol elabora materiales de primera mano: Ignacio Aldecoa se embarcó en un pesquero en el verano del 55 y allí anotó las costumbres, las palabras, las faenas. Las fechas remiten, por supuesto, a otra novela nacida de la observación y del oído atentos, El Jarama, publicada el año en que Aldecoa se echó a la mar. Ambas comparten el retrato tan preciso como en principio desapasionado, la fidelidad al habla y a su escaso contenido dramático, el refugio poético en las descripciones o el desastre trágico que cierra la novela. Pero también hay algunas diferencias muy notables, sobre todo dos: Aldecoa interviene de manera explícita con frecuencia, a través de pensamientos y deseos, de recuerdos e intenciones que en El Jarama se dejaban al criterio deductivo del lector y aquí se llevan buena parte de la carga poética de la narración; y, sobre todo, Aldecoa no se afana en distinguir a los personajes, por más que cuente la vida de alguno: salvo dos, Macario el Matao y el patrón de pesca Simón Orozco (los dos que arman la historia), a los demás cuesta reconocerlos, y eso que, siguiendo la costumbre celiana, a todos se los nombra una y otra vez por su nombre y su apellido. Pero así como en El Jarama Ferlosio utilizó la técnica de los distintos planos y en cada secuencia hay un protagonista que se aísla de los otros con sus propios rasgos y así cobra suficiente consistencia como para que lo reconozcamos cuando vuelve a aparecer, en Gran sol los personajes no tienen ese algo que los distinga, o no está lo bastante marcado, dispuesto para que el lector los individualice sin dificultad hasta bien avanzada la novela. Las faenas, las palabras, se lo comen todo. En El Jarama disfrutamos la divina transparencia, el estar ahí, y sin dejar de saborear el rico idioma no sentimos que se nos velen las escenas, antes bien la lectura es un discurrir paralelo a la realidad, unido a ella; en la novela de Aldecoa todo está calafateado de palabras, húmedo de tecnicismos: «Macario Martín sujetaba la estecha del arte a un alitón de la amura», «la puntas de la red, engarfiadas a un cable empoleado el el mastelerillo del estay del galope, patinaron por la regala hasta el comienzo de la obra muerta…». Al mismo tiempo, el impuso poético, con ese fatalismo marinero, resulta en ocasiones algo disonante con respecto al propósito de realismo estricto: «Estela hecha, tiempo vivido, también borrada. La mar no tiene sendas, no guarda huellas». Para ser un reportaje, tiene demasiada poesía; para ser una novela, tiene demasiado reportaje. Y eso que Ferlosio fundía maravillosamente, aquí se queda, sobre todo en la primera parte, en una epopeya verbal, que sin embargo cobra vuelo cuando barco llega a Bantry, en la costa sudoeste irlandesa, y el autor deja un poco al lado el diccionario.
A partir de entonces la figura de Macario (y pronto la del patrón Simón Orozco) acapara casi todo el protagonismo, por más que los otros vayan desgranando sus penas y sus historias, a veces en una repaso de sus tristes vidas y otras en lo que ya podríamos llamar monólogo interior. Vibran las escenas previas y posteriores a la pelea de Macario y Sas (con sabia elipsis del combate), y la pesca de pájaros en alta mar, espléndida secuencia de realismo crudo y delicado; pero también el paseo del patrón por el cementerio de Bantry, con muchos náufragos paisanos, y ese dejarse de rencores que es la única manera de sobrevivir.
En esa segunda parte la novela sostiene un ritmo absorbente, como si se hubiera deshecho el autor del lastre técnico y lo hubiera reemplazado por la poesía de altura. Se le acusó a Ignacio Aldecoa de virtuosismo, como si eso fuera un defecto, pero no cometió el error de mantener el alarde cuando lo que manda es la tensión. Antes del amargo desenlace, el autor pasa revista:
En la punta de proa paleaban los hermanos Quiroga. Afá ocupaba su puesto habitual junto al palo. Macario echaba bacalaos a sus espaldas para trabajo de los engrasadores [Manuel Espina, Juan Arenas y Gato Rojo] que carneaban sobre unos cajones. Sas, Artola y Ugalde trabajaban en hilera pegados a los carretes. Desde el puente contemplaba Paulino Castro, sin oficio en la pesca. Simón Orozco llevaba el barco al rumbo y atendía al arrastre iniciado. Domingo Ventura tascaba boquilla en el espardel, oculto a los marineros de proa, visto únicamente por los engrasadores que hacían faena debajo de él.
A partir de entonces los cabos se empiezan a atar. Los dos marinos viejos, Simón y Macario, patrón sobrio y cansado y marinero excéntrico y leal, toman el timón de la novela. Al patrón le sale un pronto algo Melville, con «esa chaladura», como dice Espina, que tiene con las cailas, los tiburones que se acercan al barco cuando los marineros devuelven al mar la pesca que no les sale rentable guardar en la nevera. Los odia, y solo pierde la compostura cuando ve uno y ordena que lo rajen con el gamo, una especie de gancho. Los tiburones se aprovechan de la pesca de arrastre, que saca toneladas de pescado muerto, y en cierto modo, como un doloroso equilibrio poético, se vengan del patrón que los masacra cuando una red cargada le cae encima y lo aplasta. Sus últimas horas, atendido por Macario, amarrado a una litera mientras el barco se encara con el oleaje para no irse a pique (lo que aquí se llama hacer la capa), son las páginas más emocionantes de una novela impertérrita. Los viejos marineros aguantan atados a su destino, hasta que uno acabe en un cajón de tablas de pescado y el otro en alguna taberna sin bandera. Entonces todo es tragedia clásica y no hacen falta tecnicismos, y los pocos que se usan ya son de un idioma conocido.
Ignacio Aldecoa, Gran sol, Alfaguara, 2001 (=1957), 303 p.

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