El segundo volumen de estos Cuentos autobiográficos sigue la línea de barajar textos de distinta procedencia y condición. «Todo se me va volviendo ahora un ultimar. Un ultimar los cuatro trastos que me quedan, mis papeles inéditos…», y ello sin una aparente organización que pudiéramos tomar por sistemática, pero que sí podemos recomponer. Por un lado se nota el tiempo de los textos en sus peculiaridades estilísticas. Queda alguno, pocos, del Pombo torrencial y luminoso, de largos periodos musicales, de fogosidades rilkeanas, pero abunda más ahora una sintaxis de frases cortas, entrecortadas, sincopadas, como dichas a impulsos intermitentes, dejadas salir despaciosa y despaciadamente, pero fraguadas luego con el inigualable sentido del ritmo que tiene y tendrá el gran Pombo. Es esta una oralidad más anciana, más trabajosa, pero al mismo tiempo más nítida y más tierna, en ese admirable propósito de transparencia que ilumina los mejores cuentos de este libro.
En el tono más, digamos, anterior, encontramos cuentos-cuentos, relatos puramente ficticios, construcciones literarias, penetradas algunas por ese afán conceptualizador, de personajes-idea, que me atrevería a denominar unamuniano. Hay, claro, y para mi gusto son las más hermosas, miradas al pasado, la infancia santanderina —y palentina—, los fantasmales personajes de una infancia entre rara y peculiar, muy divertida. Y hay otros estrictamente biográficos, sin asomo de autoficción, de modelado, bastantes de los cuales se quedan en un ahora íntimo, lúcido, a solas ante el último suspiro, una actualidad senil que reconforta con su educado buen humor. Cuántas veces habré repetido en clase que quejarse es de mala educación. Y Pombo es un señor muy educado.
Esos que llamamos cuentos-cuentos no son muchos. Más de uno recuerda a aquel Ortega de Los delitos insignificantes, el profesor (o escritor) que huye de su falta de sustancia, o bien otro personaje se acaba lanzando al mismo vacío, como la amante desesperada stricto sensu, despreciada por un hombre que le da largas, hasta que, llevado por la misma cobardía, acude a la cita y se la encuentra en el suelo del patio interior. Hay uno, que combina referencias biográficas y novelísticas, de los niños que van a pescar a la playa con don Rodolfo (en lontananza Aparición del eterno femenino, y no es la única vez), que falla porque la tragedia es previsible y porque no acaban de casar bien las dos partes, las dudas del cura y la tragedia de los niños. Son dos elementos que a un cuento de ficción se le deben exigir: unidad de sentido y una cierta imprevisibilidad, sobre todo si vienen mal dadas. Un buen, estupendo ejemplo es el cuento ‘La moto’ (no incluyo todos los títulos porque mi escritura es ya de por sí lo bastante farragosa), donde sí funcionan esas dos premisas: la angustia de una madre ante la peligrosa inconsciencia de su hijo y un final trágico que, al tiempo que imprevisto, es sin embargo el más lógico, el menos sorprendente. Buen cuento.
Hay tres más de pura ficción (o casi), dos de los cuales parecen resultado de limpieza de corrales, en este caso de cajones, el del vecino de urbanización pija obsesionado con llamar a sus vecinos ‘padre’, gracioso pero excesivamente largo y quizá no bien resuelto, y un dramatis personae que recuerda el mundo de Donde las mujeres pero no tiene una armadura narrativa tan interesante, quizá por lo convencional de su resolución y porque en la novela disfrutábamos de un mundo y en un cuento se disfruta de una historia. El último cuento-cuento, un poco pleonástico, quizá sea el del niño que roba, casi sin querer, el anillo de amatista del cardenal, buena ocurrencia que aquí se empantana de cuestiones morales y vuelve una y otra vez sobre el hecho sin proponer en realidad un desenlace.
Este cuento está entre la historia y la idea, entre la pura ficción y esa conceptuosidad esquemática y filosofal que, solo para entendernos, llamamos unamuniana. Hay más casos: reflexiones sobre la muerte, el fracaso y el amor al prójimo, o ese otro del profesor incapaz de transmitir por un exceso de autoestima, que contrasta, a lo lejos, con el del exalumno que, pasados muchos años, siente la necesidad de agradecer a una profesora lo que en cierta ocasión dijo en clase: «A empeorar, siempre hay quien nos gane. A mejorar, en cambio, si uno se empeña, cada vez hay menos». Es, en efecto, una cuestión moral que suena a semilla de novela, hecha o por hacer, porque el personaje del joven amargado por sus empeoramientos es bastante habitual en Pombo. El hecho de que otra vez el final sea un poco insulso, como de recurso no del todo contundente, a pesar de las apariencias, hace pensar que quizá sí estuviera destinado a algo más largo. Es lo que tienen los relatos conceptuosos, que se funden en su propósito, más de reflexión que de relato, como ese un tanto farragoso de la condición sagrada de la música por parte de una mujer algo desorientada.
Más cercano a la autobiografía está lo que pudiéramos llamar autoficción, aunque todavía no sé si ello se refiere al personaje que es trasunto del autor o al autor que se traviste del personaje que no es. En el caso de Pombo es un género que brota con toda naturalidad: el propio Pombo es un personaje verosímil de una vida inverosímil. Él mismo lo dice: «¿Es esto, por cierto, un relato autobiográfico o un cuento chino?», todo a propósito de los líos amorosos de la madre del narrador y de cómo él la defendía en casa de sus cotorreantes tías. En otros casos da la sensación (yo no me sé la vida de Pombo: esperaremos a que Mario Crespo la publique, aunque ya escribió un libro sobre la imagen de Santander en su obra literaria); da la sensacion, digo, de que se imagina lo que habría ocurrido si, por ejemplo, hubiera vuelto realmente a vivir a la provincia, allí donde «nunca pasa nada». Pero este recurso más o menos autoficticio no es el que mejores resultados da. En ocasiones los cuentos no son más que un cambiante dejarse llevar, como ese, ya muy al final, en el que empieza discurriendo sobre no saber qué decir, sigue inventando un alter ego chistoso y se vuelve otra vea a la adolescencia de los veranos palentinos, del campo y las gallinas y las mulas, y los desencuentros entre sus padres que marcaron su carácter entre expansivo y retraído, entre solitario y juguetón. O el de ese abuelo que es al tiempo el abuelo de Pombo y el propio Pombo, con los nietos que son nietos ficticios y primos reales, y esa charla del abuelo con la criada que es la de Pombo con su asistenta o con una antigua amiga, Celia Cecilia Villalobos, pongamos por caso. Todo fluye, sí, pero deslavazadamente.
Otros, acaso los mejores, son estrictamente biográficos, es decir en absoluto ficticios, en absoluto cuentos, por más que así se los llame, y se haga con una coherencia incuestionable. Es aquí donde encontramos al Pombo más sencillo, al más despojado, por ejemplo cuando recuerda cómo le influyeron Cagigal (de quien ya habló en el primer volumen), la práctica deportiva o la novela Nada, de Carmen Laforet, donde honestamente sitúa su encuentro con la falta de sustancia como tema literario. Varios de estos cuentos son de actualidad cotidiana, del mundo que rodea al escritor, limpio, sin ficción y sin apenas filosofía, pero con ternura compartida, unas veces hacia un gato, o hacia su ayudante de los últimos años, o hacia sí mismo. Decía Umbral que al último Cela le bastaba con ver un herrerillo posado en el alféizar para escribir una página maestra, y con ello, muy en Umbral, no solo alababa su magisterio sino que se compadecía del no estar ya del todo en este mundo. Pombo sigue en este mundo, ya lo creo, pero sabe ver los herrerillos. En este nuevo, reciente tono claro y sincopado, Pombo no se corta cuando habla de su celebridad actual pero tampoco de sus inicios, de cuando José Luis López Aranguren le animó a ponerse en contacto con Juan Benet y este consiguió que Rosa Regàs lo enchufara en La Gaya Ciencia. Pocos autores hay que hablen de sus padrinos con esa tranquilidad. Quizás haya que estar de vuelta de todo para saber que no todo en este mundo es escribir como los ángeles.
De todos modos, y tal y como me ocurrió con el primer volumen, de lo que más disfruto es de los relatos de su infancia santanderina, de esa «correosa sociedad santanderina», de su tremenda abuela Carolina, la que llamaba la atención a las bañistas que se bajaban el tirante del bañador (algo que repite dos veces en el libro), o de aquella encantadora Elke de la Aparición, la niña austriaca, a la que años después se encontró casada con un señor de Oviedo, o la hermosísima elegía autoficticia del niño Joaquín, el propio Pombo en aquellos veranos castellanos, consciente de su soledad, amparado en sus lecturas, Machado, Juan Ramón, en una prosa algo más extendida, quizás anterior, cuando recuerda a las gallinas y se ve a sí mismo ahora picoteando «piedrecitas de ocurrencias a ver qué va saliendo».
Hay bastante de poética en el libro, de reflexión sobre la creación literaria, desde sus aprendizajes con Henry James, la del escritor «caudaloso y cauteloso», lo primero envolvente, lo segundo para «refinar la atención cuidadosa de sus lectores», a su afición, tantas veces proclamada, a las novelas de Iris Murdoch y sus personajes entre fantásticos y fantasmales, porque «yo mismo me he vuelto fantasmal y ficticio a la fuerza, de querer serlo siempre, o de describir siempre situaciones inesperadas, fantasmales». En ‘El novelista’, habla de que el autor es el único tema de sus novelas, y, aunque haya figuraciones y transfiguraciones porque no llegan a ser relatos íntimos, se nota un cierto cansancio de sí mismo. Pombo reconoce la inspiración como «un don intermitente (de los dioses, digamos) que solo puede ser capturado a la cacea», como aquel que pesca «una ocurrencia interesante» con la que escribir un cuento.
Entre sus recursos de obrador Pombo subraya la importancia de la casa: «La casa es, para cada cual, una conciencia en sí misma paralela a la propia conciencia del individuo. De ahí que la descripción de pisos y lugares y de casas sea un cometido esencial de escribir novelas». Y su casa, la casa de Argüelles que ahora recorre en silla de ruedas y donde cultiva frondosas plantas de interior, es también el escenario de varias de sus últimas novelas y de algunos de estos cuentos, como alguna espléndida reflexión sobre el hecho de esperar la muerte, de estar preparado, o esa declaración crepuscular de que «cada vez ‘pensar’ se va volviendo más contar cosas», en ese paulatino apartamiento que es ir terminando con bien, quedándose con lo que sigue haciendo funcionar la memoria y latir el corazón, y no quejarse jamás.
Álvaro Pombo, Cuentos autobiográficos, volumen II, Anagrama, 2026, 286 p.

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