7.7.26

Tierra, mar y humo

 


Los cuentos completos de Ignacio Aldecoa
1. 1948-1951

No he leído la antología que Josefina Rodríguez Aldecoa preparó para la editorial Cátedra de los cuentos de Ignacio Aldecoa. Prefería leerlos antes todos, al menos los 79 que incluye la edición de Alfaguara de 2018 —también prologada por su viuda—, seleccionar los de una hipotética e inviable antología y compararla con la canónica.
Abriría esa selección, sin duda, ‘Chico de Madrid’, de 1950, que, además de por su calidad, llama la atención porque recuerda en el tono a Alfanhuí, que se publicó en 1951. Chico de Madrid es un mendigo libre al que mata su vida silvestre, devorado por el tifus. Brillan la inocencia imaginativa del chiquillo, la ternura y el lirismo con los que se siente parte de la naturaleza, a pesar de vivir en un mundo sórdido que sin embargo ya no carga el ambiente con el aire acre, solanesco, de muchos de los cuentos anteriores. Hasta sus veinticinco años, que se dice pronto, Aldecoa escribió historias de cómicos errantes (‘La farándula de la media legua’), que no van a ninguna parte y sobreviven en aldeas cuyos vecinos son un hatajo de bestias. Estos follones entre cervantinos y valleinclanescos no dejarían de aparecer aquí y allá por sus novelas, pero no con tanta intensidad como en esos primeros cuentos, con estudiantes que se ríen de un pobre hombre que sueña con ser actor en el Madrid absurdo y hambriento de ‘El hombrecillo que nació para actor’, o el artista miserable de ‘Un artista llamado Faisán’, pícaro limpiabotas, hijo de alambrista y volatinera, «retórico para gallofero» cuya pasión y muerte (de tuberculosis, en el palomar de un hospital) también recuerda, con esos dos colegas borrachuzos, y aparte de a los clásicos de la picaresca, a la muerte de Max Estrella. Otras veces, como en ‘Crónica de los novios del ferial’, vemos una pareja de pobres fracasados, descripciones mugrientas en las que el novio, celoso y brutal, se ensaña a golpes con la muchacha, en un tono más impactante y sin esos regodeos clasicistas, pero con la misma suntuosidad solanesca; o una timba barriobajera en ‘El figón de la Damiana’, tabernucha en la que se arma la de San Quintín, los jaques se mentan a las respectivas madres y un limpiabotas con tufos de maleante mata a un mendigo de un navajazo. Muy Valle-Inclán el lenguaje, muy solanesco el hedor. El gato de Luces acaba ahorcado con una corbata por dos cafres borrachos. 
Este tono picaresco, a veces de estirpe quevedesca ( ‘El fantasma de Treviño’) y, por lo galleguizante, ilustrativo del vínculo que une a Cela el Valle-Inclán  de Divinas palabras, empieza a cambiar a partir de  ‘El loro antillano’, un cuento político en el que un loro revolucionario da su vida por no callar, y la gente, que se escandalizaba con él, sigue acomodada en su vida mezquina, y ya sin ningún impertinente que se lo recuerde. «El loro se dio una pechada de vociferar contra la moral al uso y contra la tiranía celtiberica», dice, en una época en la que semejantes alusiones tenían su punto de temerarias. El cuento inaugura también un tipo de humor zumbón, algo condescendiente, en el que incurría Aldecoa de vez en cuando y no es lo mejor de su legado, pero que, si bien la miseria y la ruindad son las mismas que hasta ahora, sustituyen la estética solanesca por algo más parecido al juguete cómico barojiano, en cuentos como ‘El teatro íntimo de doña Pom’, sobre la mujer que quiso ser bohemia, fracasó pero al final se hizo dueña de una pensión. Algo parecido sucede en ‘Función de aficionados’,  que transcurre en «aquella ciudad pequeña, mojigata y estreñida», y que viene a ser una mezcla de la mujer que siempre quiso hacer teatro con aquellos primeros cómicos de la legua. Pese a la sordidez ambiente, el lenguaje ya es menos amanerado, sin tanta filigrana léxica.
Pero ‘Chico de Madrid’ señala una senda nueva, y por ella siguió el autor en cuentos como ‘Pájaros y espantapájaros’, donde cuatro juglares cuentan cada cual su historia más o menos soñada, y a ese lenguaje tierno y luminoso se le añade un lirismo, otra vez, algo galleguizante, un poco a lo Fernández Flórez. El año 50, no obstante, lo terminaría con ‘El libelista Benito’, otro sainete tipo Paradox sobre la imposibilidad de quejarse, pero en un tono que ya nos parece anterior, con un humor engolado que además resulta un poco confuso.
En el año 51 Aldecoa inicia otro rumbo que ya no dejará de frecuentar. En ‘La sombra del marinero que estuvo en Singapur’, «la dársena de los pesqueros asombraba de movilidad. Los pescadores de altura embarcaban su prisa para el Gran Sol». Un marinero nos recuerda a quien luego será El Matao, protagonista de Gran Sol, y la brisa poética, ya nada solanesca, recuerda un poco a la de las grandes novelas marineras de Baroja, entre Shanti Andía y el capitán Chimista, si bien no tanto —todavía— aquel gran Embil de Los pilotos de altura, libro que a Aldecoa le tuvo que gustar.
En literatura es infrecuente avanzar en línea recta. Tras este buen relato encontramos ‘El herbolario y las golondrinas’, otra vez en un tono Paradox que luego gira de modo siniestro, con una comididad desagradable y brutal. En ‘La muerte de un curandero meteorólogo’ encontramos, además, uno de esos defectos narrativos que acaban convirtiéndose en rasgos de estilo: el preámbulo se come el cuento, pierde ritmo, aburre y deja el argumento para el desenlace, y esta desproporción, como veremos, llegará al extremo de reservar el asunto para las últimas líneas, como si se hubiera ya cansado de narrar lo que en principio estaba pensado para ser más largo.
El lenguaje, sin embargo, se va haciendo más conciso. En ‘Los atentados del barrio de la Cal’, otro buen relato, el tono es igual de amargo pero ya no hay tanto palabrerío, todo está más escurrido. El cuento pisa terrenos del mito: hace falta que alguien casi se mate para que vuelva a la paz a un pueblo de brutos y borrachos, porque los mismos que se odian a muerte se asustan luego de esa misma muerte y compiten en buenas maneras. Y parecida calidad la encontraremos en ‘Los bienaventurados’, otro de sus cuentos clásicos, una picaresca de posguerra con la lengua más sujeta, más barojiana, todo más proporcionado (el principio un poco largo), y el típico del golfo que roba para que le den de comer en la cárcel. Volvemos a disfrutar de la ingenuidad de los chiquillos y la hermosura de las descripciones, después de tres cuentos que habían supuesto un paso atrás: ‘Los bisoñes de don Ramón’, de nuevo entre zumbón y moralizante y con un planteamiento demasiado largo; la ‘Biografia de un mascarón de proa’, una idea curiosa pero llevada más allá de sus posibilidades, sobre todo porque no hay historia sino resumen de épocas, por lo demás un tanto tópicas; y ‘El ahogado’, otra vez muy Valle-Inclán, con el lenguaje de las Comedias bárbaras, esta vez incluso con formato teatral, o de novela dialogada. Como cuento, de 'El ahogado' queda el sarcasmo solanesco de los mayores, las dudas (literarias, teatrales) de los chiquillos y una aparición de la muerte que daba más de sí.
El año 51 aún traería un regreso a la España negra en el brutal ‘Caballo de pica’, que cuenta la muerte de un torero viejo al que le hacen tragar vino con un embudo hasta que revienta como los caballos de picar. El cuadro de la timba y los gañanes, con la escalofriante bestialidad con la que termina, es de un tremendismo que con demasiada frecuencia tendemos a adjudicar a Cela en exclusiva, cuando la sombra de Solana era más frondosa de lo que parece.
Hablando de Cela, el año se cerraba con tres cuentos que sugieren los tanteos de Aldecoa en el empeño abordar una novela, y que esa novela tuviera el personaje múltiple, el tono tirando a objetivista y el tema del realismo posguerrero que acababa de sentar plaza con La colmena. Se nota mucho, por ejemplo, en ‘Para los restos’, a pesar del final entre lírico y surrealista, pero la técnica es parecida y con los mismos mimbres podía haber seguido hasta más allá de las docientas páginas: rigor de atestado, presente de indicativo, paralelismos, anáforas onomásticas, humor negro… Y algo parecido sucede con ‘El aprendiz de cobrador’, más sórdido si cabe, y con más sorna, o sea más celiano todavía. Comparado con los anteriores, desde luego que es un lenguaje nuevo, pero no el que iba buscando Aldecoa. ‘Los vecinos del callejón de Andín’, un cuento alargado, disparejo (el duelo de Antonio y el Bayoneta), tiene un principio y final más propios de la novela que no llega a ser. El mundo es interesante, pero se queda en apunte, intentona emparedada entre los largos adagios descriptivos.
Estos trabajos previos a su primera gran novela le ocuparán aún dos años más, pero también darán un ramillete de cuentos buenos. De momento hemos asistido al Aldecoa con dominio de la herramienta: esos espléndidos preámbulos, algunos, insisto, algo desproporcionados, y ese buen oído para el diálogo realista. En la década de los 50, el manejo de ambos registros, el hablado realista y el lírico descriptivo, será el que marque lo mejor de nuestra narrativa. En ello estaba el joven Aldecoa.

Ignacio Aldecoa, Cuentos completos, prólogo de Josefina R. Aldecoa, Alfaguara, 2018, 777 p.


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