2.10.08

Galdós, El doctor Centeno.

Me imagino que ya se habrán escrito tres o cuatro tesis doctorales sobre los modelos clásicos de Galdós, y alguna de ellas desmenuzará el parecido de El doctor Centeno con el episodio del escudero en el Lazarillo de Tormes. A un novelista como Galdós no podía pasarle de largo que ese escudero es el protagonista de otra novela no escrita, la del hombre generoso y frágil, tierno y pecador, demasiado bueno para este mundo de vívoras y demasiado sensible para sentar cabeza. Lázaro termina sintiendo lástima de su señor, aun cuando este lo abandona, y lo recuerda como el mejor amo que ha tenido. Esa relación de fidelidad hacia el amo soñador explotó en el Quijote, y Galdós las ha mezclado en lo que parece un alarde técnico para que se vea lo bien que casan.
El resultado es Felipe, el doctor Centeno, un muchacho fiel hasta el fin al primer amo que lo recoge de la calle; bueno, un día pecó, pero tenía que pecar para que el amo demostrara ese lado de su magnanimidad.
El amo, el escudero, el quijote, es Alejandro Miquis, hermano mayor de la gran familia Miquis, cuyo hermano Augusto, quizá el más célebre de todos, tontearía veinte años después con Isidora Rufete en La desheredada, y, ya casado, pasaría un verano en San Sebastián con su hermano Constantino y con José María Bueno en Lo prohibido. Los Miquis son manchegos, claro, y más o menos soñadores. Así como Augusto es un bon vivant que sabe nadar y guardar la ropa, y Constantino un alma de cántaro de barro primitivo, Alejandro es un joven que va a estudiar a Madrid y se dedica a gastarse el dinero en divertirse con mujeres y en convidar a los amigos. Es como esas bellísimas personas que sin embargo tienen un defecto que es una ruina. Esos hombres generosos y sensibles que sufren alergia al trabajo, esos tipos bonachones y dicharacheros capaces de pulirse el sueldo entero en una noche tonta. Pero Alejandro, además, es artista.
El planteamiento no es por sencillo menos productivo. De esta novela sale la novela de pensión, que decía Valle-Inclán, pero también el desfile de amigos buitres y el viaje a la más profunda miseria del poeta fracasado. Cuántas veces se acuerda uno leyendo esta novela de la espléndida trilogía de Baroja La lucha por la vida. Delgado, el personaje de la novia perpetua, recuerda las andanzas de don Telmo; los paseos de Felipe por las Injurias nos avisan de que el Bizco puede aparecer en cualquier momento; las corridas de toros que los niños organizaban en un solar de la calle de la Libertad son como los juegos de los Aristones en la Corrala.
Y no sólo Baroja. Las conversaciones de don José Ido del Sagrario recuerdan a los sandalios unamunianos. Hay continuos ataques al caciquismo, al patrioterismo y al atraso de la educación. Es como si el 98 hubiese puesto al día novelas regeneracionistas que Galdós había publicado veinte o treinta años atrás y que, como sucede con Miau o El amigo Manso, suelen ser tomadas como estudios menores de un personaje con vistas a un mural mucho más ambicioso, pero no como obras maestras, ni siquiera como libros influyentes.

Sus peripecias son muy simples. En este caso, el estudiante que, después de quedarse sin dinero una y otra vez, coge la tuberculosis y se muere en la más completa miseria. Ha tenido muchas oportunidades para enderezarse. Sin embargo, como él mismo dice, “yo soy así y no puedo ser de otro modo. Por más que me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es un yo ajeno”. Igual que los idealistas, Alejandro arde en la llama de su pureza.
Y eso es todo. Ya no hay más peripecia. Los acontecimientos novelables se arrinconan adrede, como la identidad de la Tal o ese secreto que tiene Polo, el maestro cobarde, y que a Galdós no le importa un bledo. A Galdós le interesa la crónica minuciosa de esa inmolación a la que se somete Alejandro Miquis. Su bondad y su carácter despilfarrador son tan compatibles como la simpatía y el miedo que nos producen. Esos personajes que llevan un sentimiento o una decisión hasta el final, que van sorteando agradables soluciones novelescas para excavar su fosa más profundamente, tienen algo de místicos, de seres imposibles, de la máxima expresión, para bien y para mal, de lo que nunca seremos. Pero siempre queda la simpatía por quien no es capaz de ser prudente y vive con la naturalidad de los que no conocen el miedo.
Lo que puede no gustar de esta novela es, precisamente, su condición radical. Las cosas no cambian, sólo empeoran. La esperanza desaparece incluso antes de que llegue la tuberculosis: “este chico no puede acabar bien”, decimos, y el destino de su conducta es lo que garantiza la radicalidad que ensaya Galdós. Por todas partes hay defensas del realismo con vocación de extremo (como siempre en Galdós); en una ocasión, hablando de la Biblia, da una rápida y definitiva noción de poética: “Aquel estilo sobrio en que la frase parece producto inmediato del hecho que la motiva”, y da la impresión de que la novela entera persigue ser el hecho mismo, la miseria misma, pero también la grandeza, de ahí la espectacular simplicidad del argumento y la no menos espectacular exhaustividad de lo narrado. A veces de la sensación de que ya podríamos ir recogiendo, de que ni se muere ni cenamos, pero siempre es posible un grado más de empeoramiento, de magnanimidad enferma y de vileza en torno, como si el único respeto que le pudieran ofrecer al moribundo fuese no adelantarle la muerte y ser fieles a la parsimonia del dolor, esperar el momento en que despliegue su grandeza definitiva.

2 comentarios:

  1. Excelente entrada literaria. Galdós ha sido uno de mis novelistas preferidos. Lástima que no tenga tiempo de releerlo más a menudo. Enhorabuena

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  2. Presumo de haber leído bastantes obras de Galdós, sin embargo la novela "El Doctor Centeno" sólo la conocía de referencias. La reseña que haces y las relaciones que encuentras con otras obras clásicas es muy ilustrativa: ayuda a adentrarse más en la obra de este genial autor y motivan para llevar a cabo esa lectura pendiente. Te felicito por el trabajo realizado, Antonio

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