9.10.08

Galdós, Zaragoza

El método de la historia novelesca en mitad de un hecho histórico le sirve a Galdós, entre otras cosas, para decir lo que piensa del acontecimiento que relata sin necesidad de sermonearnos. Gabriel de Araceli sale de Madrid en este sexto volumen de los Episodios Nacionales y deja a un lado su protagonismo. Ahora Inés ya no será su amada ni él quien vaya a ser fusilado. Ya no es el que tiene que llegar tiempo a los sitios o ser correo para intrigas palaciegas. Después de Trafalgar, todos los episodios se desarrollan en la corte, incluido Bailén, hasta cuyas cercanías lleva Galdós toda la corte novelesca para seguir intrigando. En el quinto, Napoleón en Chamartín, la polémica entre afrancesados y fernandinos documenta una idea que ya había desarrollado con toda claridad en El 23 de marzo y el dos de mayo, que la gente se movía por un patriotismo ignorante, y que daba su vida porque la nación continuara en el atraso. (Dicho sea de paso, José Luis Garci presume de ser esa la única condición que puso para filmar Sangre de mayo, que los hechos fuesen los que relata Galdós; contaba, supongo, con que Esperanza Aguirre tampoco lo ha leído).
El caso es que en Zaragoza Galdós lleva esta idea a su máxima expresión. El grueso de la novela es una locura de cadáveres y cañonazos. La ciudad queda reducida a escombros y en ningún momento se contempla la menor esperanza de que pueda ser de otro modo. Pero claro, “Zaragoza no se rinde”, dicho casi al final de la novela, con la carga de pólvora y amarga ironía que nos ha planteado el tétrico espectáculo de la resistencia. Esto es lo que se encarga de contar la historia novelesca.
En ella, dos padres, el tío Candiola y el señor Montoria, dos familias de casi chusca estirpe clásica, se odian y al tiempo son padres de dos jóvenes enamorados. El tío Candiola es un avaro de folletín. Los pocos ratos de humor de la novela están en la manera tan exagerada que tiene Galdós de presentarnos su avaricia. Este avariento menandrino no tiene solución. “Dejen ahí a ese moribundo y vengan a retirar una viga a mi casa”, les dice a los soldados cuando va buscando la caja de los recibos, poco antes de desesperarse porque lo están acusando, ¡a él!, de repartir dinero entre los defensores para que se pasen al enemigo.
Su antagonista, el señor Montoria, es un aragonés de estampita. Galdós es muy hábil al mezclar la tozudería maña con la resistencia inútil. Este señor, que empieza siendo un hombre hospitalario, amante de su tierra y custodio de sus vecinos, pronto se revela como una mula incapaz de cualquier pensamiento sensato. Le da igual todo con tal de preservar el honor, y le parece un buen precio que la ciudad sea por completo aniquilada. “¡Todavía podemos resistir dos meses!”, dice el aguerrido defensor cuando ya solo quedan muertos por la calle. Es una figura cómica que degenera en patética cuando, encima, quiere ser buen cristiano con aquellos a los que manda a una muerte segura. Resulta tan antipática su insobornable cerrilidad que casi nos apiadamos del malo, del avaro, que no quiere saber nada de guerras porque considera que el dinero trasciende cualquier eventualidad política. Le da lo mismo Napoleón que la madre superiora: él quiere sus recibos. Y uno termina pensando que sin gente como Montoria se habrían ahorrado muchas muertes inútiles y largas décadas de caos y de atraso, pero sin gente como Candiola no hubiera pasado más que lo que siempre pasa. El presunto bueno es un insensato, y el malo una caricatura del anciano medroso y previsor. Ese final de largos discursos y perdones imposibles tiene una mueca en la cara, el aire patético de una broma macabra, uno de esos chistes terribles que nos hacen menear la cabeza como si quien los cuenta no tuviera remedio. No merecía la pena esa sangría. Palafox es un cretino que va repartiendo títulos nobiliarios al que siga poniéndose a tiro del francés, pasa el tiempo pronunciando frases para la historia y cuando cualquier militar desde los tiempos de Tucídides habría ofrecido la capitulación, él ofrece sus dos relojes y su vajilla de plata para seguir la fiesta suicida.
Es un lugar común citar el “Zaragoza no se rinde”, pero no tanto el “nadie se atreve a intentar la conquista de esta casa de locos”, que es donde se funda nuestra idea de nación, en nuestra capacidad de no atender a razones, de repudiar el cálculo y cualquier otra forma de pensamiento, de tener la sangre caliente como Montoria, capaz de linchar a un hombre y tiempo después pedirle perdón para cumplir los preceptos cristianos, o de entregar su vida y la de su familia, su hacienda y la de sus vecinos en pos de un ideal que ni siquiera saben en qué consiste. Agustina de Aragón había sido ya otra víctima de la calentura nacional, y cualquier militar un poco digno habría sabido que a los franceses no se les podía combatir con resistencias masivas descontroladas. El amor a la patria era tan grande como el poco juicio. Todo eso es lo que dice Galdós antes y después del “Zaragoza no se rinde”. Veremos qué pasa en Gerona.

3 comentarios:

  1. Me gustan las novelas históricas cuando están bien documentadas en lo referente al contenido histórico y si la trama novelesca tiene sentido en sí misma, pero en el caso de Galdós después de leer varias novelss con gran placer, no puedo decir lo mismo de sus Episodios...

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  2. Anónimo5:29 p. m.

    Benito Pérez Galdos (1843-1920). No creo que por aquella época Galdos tuviera la cantidad ingente de información que poseemos ahora en este mundo global. Además no debemos olvidar que era un hombre poco neutral en cuestiones políticas y religiosas. Vamos, que si en la batalla de Trafalgar murieron 4.500 personas él intentará que sean 10.000.
    Si se me permite un comentario muy personal diré que me da exactamente igual cuanta gente muriera o no en que batalla. Me interesá más saber como la gente de aquella época reaccionaba ante estas situaciones, como vivían y como pensaban. Y esto, amigo mio, lo hace Galdós a la perfección.

    Un saludo,

    Raquel

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  3. Es evidente que Galdós pretendió –y no es poco– narrar esa epopeya de nuestra historia, dando más importancia al patriotismo, el valor, el amor y demás virtudes, que a la precisión histórica. Sin embargo, después de haber leído "Fortunata y Jacinta", "La desheredada", etc. no dejo de considerar a los "Episodios Nacionales" una obra menor...a pesar de su tamaño. El hecho de que yo tenga un concepto del "patriotismo" muy distante del que se nos viene imbuyendo desde la Gerra de la Independencia puede que me impida, en cierto modo, disfrutar más de sus narraciones nacionales. Y en cuanto al concepto que tengo de la Historia, la verdad es que también me interesa más la cotidiana de la gente de a pie que la que nos han contado casi siempre los historiadores o cronistas: reyes, batallas, victoria, bajas, conquistas...
    Pero, por si no me he expresado bien, para mí Galdós es extraordinario, incluso sin los "Episodios"

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