30.8.09

La enfermedad sospechosa, y 21


Adaptación al medio

El cólera dejó una estela de tristeza que se evaporó enseguida. A principios de septiembre cesaron las defunciones. Teruel despertó al otoño como los viajeros de una diligencia cuando bajan a desentumecer las piernas. El luto se concentraba en los barrios pobres, o fuera de la ciudad. Se celebraron solemnes funerales en la Santa Iglesia Catedral, se dieron gracias a San Roque y se agradeció en público el amparo del Obispado. De los algo más mil infectados que hubo en la ciudad, murieron la mitad. En toda la provincia hubo más de quince mil contagios y casi cinco mil muertos, y muchos otros arrastraron secuelas que poco después acabaron con sus vidas. Pero la gente tenía ganas de vivir. El cólera fue a partir de entonces el hito mayor del calendario, hasta que lo sustituyó la guerra. Pocas eran las familias que no fueron amputadas de la noche a la mañana. Los hospicios estaban atestados. Pocos eran los motivos de felicidad, pero la gente supo agarrarse a ellos.

Ramón permaneció en el lazareto ayudando a su amigo Silvestre hasta que murieron los últimos casos perdidos. Había salido de la cárcel como en un novelón romántico. Por eso, cuando se refería al hermano Silvestre, lo llamaba con sorna mi Víctor Hugo. Quizá fue lo único romántico que sucedió en esta historia, y tampoco merece la pena perder mucho tiempo en narrarlo. La cárcel era un foco de infección. Cada vez que se declaraba un invadido, los presos bramaban entre los barrotes, clamando por que sacasen de allí al apestado. Lo arrinconaban, le tiraban piedras incluso, a ver si aceleraban su muerte o su traslado. Fue el caso del hombre que encontró en el calabozo. A las pocas horas de estar encerrado empezó a gritar que tenía el cólera. Se arrinconó junto a una estera y empezó a sufrir convulsiones que sólo Ramón sabía que eran fingidas. Ramón descansaba entonces, ya sin esperanzas, junto a un ventanuco que por lo menos traía el aire renovado, y vio perplejo cómo poco después las asistencias de la cárcel dejaban pasar a unos frailes con unas parihuelas para recoger el enfermo. Uno de ellos era el hermano Silvestre, que después de atender al herido se acercó a Ramón. Al verlo junto a él, los otros presos instintivamente se apartaron, y Silvestre le pidió que se tendiera en el suelo. Después habló unas palabras con otro hermano y ambos procedieron al protocolo que solían seguir con todos los apestados. Por el camino, el falso colérico empezó a retorcerse de auténtico dolor, y murió a las pocas horas de llegar al lazareto.

-No sé si Dios en su misericordia me perdonará alguna vez por lo que acabo de hacer –dijo el fraile-, pero si no te marchas ahora mismo volverán a meterte en la cárcel, o te llevarán al cementerio.

Ramón se limitó a preguntarle dónde había unos guantes, donde guardaban los medicamentos, qué enfermos estaban en peor estado. Fueron días instructivos. Ramón se manejaba bien sin tocar nada, y los frailes empleaban cobre y arsénico en sus tratamientos, infusiones de tomillo, espliego y camomila, friegas de alcanfor e ipecacuana.

-Sí –dijo el fraile-, y alguno también le hemos dado licor de trompón, para que se muriese más tranquilo.

Cuando fue a verlo al lazareto, el único pensamiento de Ramón estuvo en que Amparo regresase junto a su padre cuanto antes. Amparín se esforzó en ponerle al corriente de su situación. Ramón imaginaba que podría defenderse de unas causas tan estúpidas, de unas historias tan desustanciadas que a punto habían estado de costarle la vida. Comprendió de inmediato que Julio Benito, esa mezcla salvaje de niño y de amo, estaba detrás de semejantes insensateces. Lo que le sorprendió fue que Amparo ni siquiera lo pronunciase, que no se atreviese a hilar tan simples deducciones, que negase la evidencia en sus juramentos contra los carlistas. Que añadiese a su hermano a la lista de las víctimas, que después de todo lo siguiera protegiendo.

Eso también sorprendió al doctor Benito, quien nada más apaciguarse la situación, y cuando todos los jueces hubieron vuelto de su veraneo preventivo, consiguió que la causa se sobreseyese por falta de pruebas, sin mayores consideraciones. Jamás se volvió a hablar de aquella denuncia en la mesa familiar, pero el doctor Benito no había terminado su trabajo de desinfección.

Don Aurelio Benito llevaba mucho tiempo al tanto de las correrías de su hijo. Lo primero que había hecho con la herencia de sus tíos fue despilfarrarla en un proyecto sin tres ni revés detrás del que estaba Rodríguez del Rey. Que su hijo estuviera empeñando el patrimonio familiar en un ferrocarril a Sagunto lo llenaba de vergüenza, pero mucho más las compañías que frecuentaba. Lo vio en el café con el director de la escuela, ese tal Fabián, y también, en alguna de sus arengas montaraces, con el insoportable Polo y Peyrolón y otros carlistas de colmillo retorcido. Fue Pepe Larrubia quien le informó de que había algo raro en todo ese asunto, y en el peligro de desvelarlo. Con franqueza mortuoria, Pepe Larrubia se lo dejó muy claro.

-Lo única duda que tengo es si su hijo sólo quería deshacerse del maestro, evitar su matrimonio con Amparo, o..., en fin, buscaba algo más.

-Y encima es imbécil –fue lo único que acertó a susurrar don Aurelio.

De modo que fue difícil retirar la denuncia con tanta gente implicada sin que saltase la verdadera liebre. Amparín con su silencio amnésico no sólo consiguió que su familia no hablase de ella en la mesa, ni Pepe Larrubia ni nadie en su sano juicio. Seguía siendo una muchacha impresionable, nadie quería volver a las andadas. Olvidaban sus desvaríos y lo que hubiera podido provocarlos. Ni siquiera Ramón, y eso el doctor Benito se lo agradeció el resto de sus días, se atrevió jamás a mencionarlo.

Pasados unos meses del desastre, el doctor Benito llamó a capítulo a su hijo. Fue en el despacho de la renovada redacción. El hijo se comportaba como si una epidemia no hubiese pasado por su familia, como si él mismo no hubiera sufrido un contagio de crueldad, y sus palabras y sus movimientos eran tan hirientes e infantiles como siempre.

-Pasa, pasa –le dijo don Aurelio.

-Esto no arranca –venía diciendo su hijo-. Han bajado los corderos.

-Siéntate, haz el favor.

-¿Todavía estás de uñas conmigo por lo de Delgado?

-No. Lo de Delgado sólo era la herencia de mi hermana Petra.

-Mi herencia, padre. El riesgo lo corrí yo.

El doctor Benito no contestó. Abrió un cajón del escritorio y sacó un sobre. Lo miró un poco al trasluz y se lo tendió a su hijo.

-Toma. Es un pasaje a Cuba y cien duros para tus gastos. Esta mañana te he desheredado, y ahora te estoy echando de mi casa. Si tienes un poco de pudor, si te queda un poco de delicadeza, hazlo pasar por una idea tuya, y así por lo menos ayudarás a tu madre a pasar el trago.

Julio, como siempre, trató de tomárselo a broma.

-Pero, padre. ¿Y eso a qué viene?

El doctor Benito abrió un cajón del otro lado del escritorio y sacó otra carta. Esta venía sellada por el correo, y firmada por la señorita Lis. El doctor se la tendió a su hijo, que leyó aquellas líneas manuscritas con estupefacción creciente.

-Pero padre –dijo Julio, al final de la lectura, abofeteando el manuscrito-, esto es una tontería. Esta señora es una resentida. ¿Dónde voy yo con semejante tía? Yo la contraté para ir al baile y luego para ir a la despedida de Rodríguez del Rey, a la que ni siquiera fui porque Amparín se puso mala. ¡Intentaba recuperar mi dinero como fuese! ¡Yo mismo estaba con Amparo, cambiándome para la fiesta! ¡Estas son invenciones absurdas! ¿Cómo ha podido pensar...? De acuerdo con que yo animé a Fabián con lo de Darwin, pero esto otro, ¡por el amor de Dios! ¿Hasta qué punto llega su desconfianza en mí, padre?

-Ya lo sabes –le cortó el doctor-. Dile a tu amigo Fabián que retire la denuncia. Las dos denuncias. La de Darwin también. Esa la primera. Y luego ya sabes lo que tienes que hacer.

-Pero padre...

-Escúchame bien, hijo, porque no te lo volveré a repetir. Prefiero pensar que sólo querías apartar a tu hermana de Ramón. Esa es la razón que me hace repudiarte. Porque si lo otro también fuese verdad, si estuvieras intentando dar por loca a tu hermana para quedarte con su herencia y despilfarrarla con traidores como el diputado ese, te juro por mi honor que yo mismo te pondría en manos de los tribunales. Afortunadamente para ti, esta señora se ha dirigido a mí, no al juez. Y lo ha hecho movida por alguien que tiene, como has podido leer en la carta, mejor corazón que tú.

No hubo sombra de conciliación. Pocos días después, Julio Benito embarcaba en Valencia, en un periplo que lo llevaría a Cuba, de donde no habría de regresar hasta pasados algunos años.

La casa del doctor quedó marchita. A principios de otoño, y empujada por Ramón y por el doctor, la señorita Amparo marchó a Madrid, a estudiar medicina en San Carlos, forrada de todas las cartas de recomendación que pudo conseguir su padre. Era también protegida de los regeneracionistas y niña mimada de quienes buscaban una mujer científica para enseñar al mundo. Eran pocos, no obstante, y la carrera de Amparo se enfrentó con más obstáculos de los deseados.

-Tú lo que tienes que hacer es irte ahora a tu casa y cuando pase la peste marcharte a estudiar medicina, en una facultad, en un laboratorio o donde sea –le había dicho Ramón cuando se despidieron en el lazareto, y Amparo le dijo que confiaba en él, y no pudo tocarlo.

Y desde entonces no paró hasta conseguirlo. Seis años después, ya con su título debajo del brazo, Amparo Benito regresó a Teruel, a tiempo para asistir a la inauguración del monumento al doctor Francisco Loscos, que había muerto poco después de terminar el cólera, en noviembre del 85, el mismo mes en que murió Su Majestad Alfonso XII. Durante toda la epidemia se mantuvo a pie de obra. Llegó a preparar hasta setenta y cinco recetas diarias en la farmacia de Castelserás. Pasó el embate de la epidemia, pero no resistió las secuelas. No vivió lo suficiente para ver culminado su gran proyecto del Herbario Nacional, o por lo menos no murió viendo que había modos de financiarlo. Los mismos que le negaron unos duros para sus investigaciones promovieron años después una colecta con la que levantarle un monumento colosal.

Lo erigieron en la plaza de Emilio Castelar, que años después pasó a llamarse plaza de San Juan, y era un mamotreto de cinco metros de altura, con gradería de dos peldaños de piedra de Villalba, un zócalo y un espigado pilastrón de jaspe sobre el que se asentaba el busto del botánico. Empotrados en las caras de la pilastra, había cuatro placas de bronce con el nombre del maestro y el de algunas de sus obras. El monumento estaba rodeado de parterres con figuras geométricas, y una verja de hierro fundido que descansaba sobre un plinto de sillería. Pocos monumentos tan aparatosos había entonces en la capital.

Su inauguración convocó a un nutrido público. Amparín acudió con su padre, que se paseaba todo ufano con ella entre sus amigos de la Junta del Ferrocarril. Amparín ya era una mujer madura. Atrás habían quedado esos ojos demasiado abiertos siempre, ese aire frágil, tan impresionable. Era como si el saber la hubiera fortalecido, como si hubiera tomado jarabe de anatomía, emplastos de cirugía, infusiones de psicopatología. Llevaba todo el tiempo unas gafas redondas de alambre y por supuesto no usaba polisón sino un vestido entallado de falda recta y abotonado hasta el cuello. Amparín no dejaba de ver gente conocida. Por mucho que viniese casi todos los veranos, el hecho de que doña Emerenciana pasase largas temporadas con ella hizo que sus visitas se fuesen espaciando, y que en ninguna de ellas ocurriese ningún acontecimiento donde reunir a tanta gente ni Amparín quisiera dedicarse sino a visitar a sus más íntimos amigos. Ya todos los jóvenes llevaba canotier y a las muchachas se las veía un poco menos empaquetadas, pero poco. Vio, cómo no, a Serafín Adán, casado con María Eugenia Gascón, según Amparín había ido sabiendo en años de cartas sin entusiasmo. Se acercaron hasta ella los ilustres amigos de su padre e incluso alguno de los amigotes de su hermano, al que Amparín saludó sin prestar atención.

Era un hermoso día de principios de junio. Los cielos eran anchos y el color de las cosas muy cercano. Las primeras sombras de la tarde, proyectadas por la iglesia de San Juan, esparcían un aire templado entre las acacias. El ferrocarril seguía sin pasar por Teruel, pero el puente de la Reina Isabel II había sido reconstruido. En los círculos de barbas puntiagudas seguían los temas de siempre. Don Domingo Gascón había venido al acontecimiento, y su presencia ensombreció ligeramente la de otros prohombres que en los malos momentos habían permanecido en la ciudad. El propio señor Gascón, al saludar al doctor Benito y felicitarle por el insólito logro de su hija, dedicó unas cariñosas palabras a Amparín y le preguntó por sus primas. Supo que Blanca se había casado con un juez y se había ido a Cartagena, y había dejado la botánica. Clotilde, sin embargo, estaba muy enferma, pero aún seguía escribiendo poemas.

-Envíeme un florilegio de esas poesías, señorita Benito. Los publicaré en una Miscelánea Turolense que hace tiempo que me ronda por la cabeza.

Rodeada de hombres barbudos, Amparín apenas podía ver nada, hasta que su rostro se iluminó y una sonrisa fresca y sin intenciones acudió a su cara.

-¡Ramón!

Un niño pelirrojo y muy lustroso se acercó corriendo hasta ella.

-¡A ver qué beso le vas a dar a la tía! –dijo Amparo, abriendo los brazos.

El niño le dio un beso. Al zagal se lo veía contento, aunque un poco ruborizado. Amparín se agachó para estar a su altura y le arregló los lazos del corbatín, que se le habían salido del cuello.

-Te he traído unos mapas.

-¿Sí? –dijo el niño-.

-Y muchas cosas más. ¿Cómo has acabado la escuela?

-Bien, pero Ramón me ha puesto una mala nota.

-En casa del herrero... –dijo Amparín.

-¡Mira que le tengo dicho que no se me quite la chaqueta que estos días parece que hace calor pero viene un airecico que se jode el basto! –tronó la voz de Francisca, que venía deprisa entre el gentío, antes de besar a Amparo y saludarla. Enseguida se formó a su alrededor un corro de señoritas que escuchaban divertidas, un escenario circular en el que Francisca desplegaba sus movimientos de madre preocupada. Detrás de ella, tratando de escurrirse entre el gentío, apareció Ramón.

Se saludaron con cortesía, se preguntaron por las flores. Se felicitaron mutuamente por los estudios de medicina y por el niño tan sano y tan bien educado que estaban criando. Se prometieron comer juntos algún día en Albarracín con su prima Clotilde, que estaba muy enferma. Ramón se había puesto ese día el traje marrón del señor Manolo. Tenía más trajes, pero ese le gustaba, era como no llevar ninguno, le hacía sentirse más cómodo, por lo menos en una circunstancia tan encopetada como aquella.

Amparo era otra mujer. Es posible que en su momento no hubiese sido invadida mortalmente por el cólera porque ya lo había sido antes, en menor medida, en aquella colerina a la que nadie dio importancia, o no la importancia debida. Quizá ese primer y flojo ataque ya la hubiera vacunado para todo lo que vino después. Pero es el caso que el cólera había roto algo en sus vidas. Tratando de desinfectar sus sentimientos, habían matado para siempre cualquier forma de romanticismo. Ramón había fundado una familia con su patrona y con su ahijado. Nada había cambiado entre ellos, al menos en apariencia. Francisca seguía siendo la lavandera estruendosa que reanimaba a las clientas y Ramón el estudioso que vivía metido en su pequeño laboratorio, o salía al campo con su amigo el fraile, o gastaba sus ahorros en viajar a congresos internacionales y a exposiciones universales donde se exponían los últimos descubrimientos de botánica. De vez en cuando se daba sus garbeos por Valencia o por Madrid, y en vez de tantos libros de Linneo se aficionó al teatro. Pero no aceptó ninguno de los destinos que le ofreció el doctor Benito, empezando por el de ser su yerno. Tampoco siguió colaborando con la Junta del Ferrocarril ni con el periódico de don Aurelio ni con ninguna actividad que requiriese la más mínima relevancia pública.

Todos perdieron algo con el cólera: la esperanza, la dignidad, o por momentos la cabeza. Era ya algo lejano, pero en las horas de tormenta parecía picar como las cicatrices. En cierto modo, llevaban luto por sí mismos, por la parte de sí mismos que arrebató el cólera. Ramón la empleó en buscar hierbas por el monte, y Amparo en cuidar enfermos. Amparo los quería, y aún llegó el tiempo en que, medio en broma medio en serio, animó a Ramón a formalizar las relaciones con Francisca. Pero Ramón a aquello no lo llamaba matrimonio, sino adaptación de la especie.

Aquella tarde, junto al monumento a Francisco Loscos, Amparo y Ramón cruzaron entre el gentío algunas frases de cortesía.

-Ese traje me suena –dijo Amparín.

-Sí. Debí haberlo quemado, pero aguantó bien la desinfección.

Hubo un breve silencio entre ellos antes de que se despidiesen. Ramón no sabía qué hacer con las manos y, como estaban hablando del traje, las metió en los bolsillos. Su mano derecha tocó la carta de Castelserás, que siempre viajaba con él, casi como un amuleto. Con su mano izquierda, tanteando en las costuras, los dedos de Ramón juguetearon con unas piedrecillas. En el interior del bolsillo, Francisca le había metido unas bolitas de alcanfor.

FIN

1 comentario:

  1. Anónimo11:41 p. m.

    Por fín la novela de este año está requeteacabada. Este año ha sido más duro que lo otros tal vez por el empacho de documentación.

    Parece que al final el resultado ha sido bueno y ha habido gente que ha depredado las páginas centrales del Diario de Teruel en oficinas y bares. Las opiniones que he recogido son buenas.

    A mí me ha gustado pero tendré que volver a leérmelo dentro de un mes o dos para poder opinar con un poco de sentido porque ahora lo tengo demasiado caliente.

    Un abrazo

    J Carlos Navarro

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