18.10.09

Misantropía

El año pasado, cuando se estrenó Vicky Cristina Barcelona, mis amigos no entendían cómo me podía gustar esa película, alguno incluso con la suficiencia que da encontrar a alguien que ha disfrutado con una chorrada, con una película menor. Este otoño, los mismos amigos me animaban a que fuese a ver Si la cosa funciona, porque esta sí era Woody Allen en estado puro, e incluso a alguno escuché decir que era como en los tiempos de Manhattan, y, en todo caso, lo mejor de Allen en años, tres tópicos de los que desesperarían al protagonista de Si la cosa funciona, dicho sea de paso.

Y no. Me dejó frío, me aburrió por momentos, no soportaba al protagonista, que nunca pude dejar de ver como un tipo con parálisis facial, a veces sobreactuado hasta la estridencia (primera escena) y casi siempre monocorde y plano. Todo el rato me da la sensación de que está recitando el papel sin pillar casi nunca el fluido coreográfico de los secundarios, que como casi siempre en Allen son excelentes, e incluso estoy por pensar que alguno de ellos lo habría hecho mejor que el protagonista.

Porque, además de no gustarme, me ha disgustado. Cuando una película de hora y media escasa se te hace larga, mal asunto. El no gustarme quizá provenga solo de que el protagonista y sus salivazos me impedían incorporarme a la trama. Lo divertido de las películas neoyorquinas de Allen es que uno siempre quiere ser alguno de los personajes, o se identifica con ellos o le gustaría tenerlos de vecinos. No es difícil vivir dentro de sus comedias, ni siquiera redefinirse autoficticiamente (perdón) al salir del cine. Con este tío es imposible. Jack Nicholson era un capullo subyugante en Mejor imposible. Viendo la película de Allen, cuando me aburría, pensaba en qué tal lo habría hecho él recitando ese manifiesto misantrópico que si uno es honesto resulta muy difícil no afirmar de punta a cabo. Aunque no hacía falta Jack Nicholson: con alguien un poco menos salivante nos habríamos conformado.

Y me disgustó porque el tema es clásico y porque Woody Allen tiene algo de Menandro, el padre de la comedia: argumentos cercanos, sin sablazos ni grandilocuencias, con tramas cotidianas, escarmientos e inevitable final feliz, incluida una moraleja de buenas costumbres: cada oveja con su pareja, los jóvenes con las jóvenes y los viejos reconocen que amor omnia vincit y por ahí. La trayectoria de este arquetipo cómico ha llegado inmaculada hasta las teleseries, y por otra parte la figura del misántropo sigue funcionando, y si no que se lo pregunten a House.

Pero quizá su variante más ilustre, y supongo que también modelo de Allen, sea la de Moliére. En Menandro, el misántropo Cnemón es un viejo resentido que no se fía de nadie y todo el mundo lo sabe, pero, en Molière, Alceste es un joven aquejado de sinceridad: no evita nunca decir lo que piensa, y eso, socialmente hablando, es una ruina. Ya los antiguos cínicos nos advertían de que vivir diciendo la verdad es ir en contra de la misma vida. Somos reos de nuestras constantes mentiras, disfrazadas unas veces de prudencia y otras de mala idea. Lo bueno del misántropo Alceste es su final, que no representa más que la confirmación de su principio: todo el mundo sigue siendo malo, falso, engañador, y Alceste abandona el círculo que, según Menandro, debía redimirlo a él.

La verdad es que Woody Allen termina así (que es como empezó, igual que Molière) pero luego deja la rúbrica con un deus ex machina estupendo. Una escena más y todo vuelve a Menandro gracias a la τύχη, al absurdo azar. Yo sigo prefiriendo al joven Alceste, y sobre todo el mito del hombre que dice la verdad, que sin ser más arbitrario que quien lo escucha, pero mucho más sincero, se gana el aislamiento social. El protagonista de Si la cosa funciona es un misántropo curioso que no para de hablar con gente: todos los días se toma una copa con amigos filósofos y galeristas, o gruñe a niños mudos, o viene a instalarse a su casa una tía buena, que es el sueño de todo hombre solitario. Pero esa tía buena, esa Galatea, siempre encontrará a su joven Acis, y el monstruo Polifemo se quedará con un palmo de narices. ¿Qué hay de misantropía en un tipo que necesita hablar con todo el mundo?

Supongamos que Allen lo hizo adrede, un misántropo que no es misántropo, tan solo un maleducado, pero desde luego no un avaro. No sé si el misántropo está en el guión y el actor protagonista no se entera, o si el actor tiene que interpretar a un misántropo que no lo es (¡un misántropo que se miente a sí mismo!). La cuestión es que el hombre no me cuadra y los brillantes parlamentos quedan demasiadas veces ahogados en saliva. Y mira que lo siento.

2 comentarios:

  1. Anónimo3:37 p. m.

    Joder, qué diferencia con lo que yo vi, tanto en esta como en Vicky Cristina Barcelona, que me pareció un fraude desvergonzado, al nivel de un producto Dan brown cinematográfico.

    En cambio, esta última película me gustó mucho. Nada que ver por cierto con el Jack Nicholson de Mejor imporsible, que me pareció insoportable.

    mabalot

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  2. Yo tiraría más por el medio en los dos casos. Vicky Cristina Barcelona, salvo algunas cosas de vergüenza ajena, no me pareció tan mala. La chica americana (no Scarlett Johansson, la otra) me gustó mucho.
    En ésta te ríes, pero es verdad que el actor me resulta antipático sólo por su careto y sus gestos de idiota. Por lo menos no sigue saliendo Woody Allen, aunque sigue poniendo a viejos decrépitos ligándose con lolitas cañones. ¡Un poco de verosimilitud, pordios!
    ¡¡¡Y Mabalot, no te metas con Jack Nicholson en "Mejor imposible", que es uno de los grandes personajes del cine (al menos de los últimos años)!!!! Insoportable pero genial.

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