25.10.09

Tres vidas de santos, 2

Me pongo a escribir sobre los otros dos relatos que componen Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza, justo cuando acabo de leer un reportaje que Juan José Millás le ha dedicado a Pascual Maragall en El País, incluida una estupenda foto de Socías: Maragall en la azotea de su casa, en un paisaje de sábanas tendidas y azotadas por el viento, él mismo sujeto a una barra de hierro, como si no quisiera que el viento también se lo llevase, y con una mirada en la que ya no hay rastro del hombre histórico, hijo, nieto, hermano y seguramente padre de personajes históricos catalanes. En esa mirada ya sólo hay un hombre normal cuyo rictus (un leve descolgamiento del labio inferior) redefine su mirada, que con otra boca quizá hubiera podido ser interpretada como inquisitiva, sagaz o maliciosa. Como bien dice Millás, en esa foto ya no vamos buscando a Maragall sino al Alzheimer, y así vemos tan sólo la imagen de un hombre frágil, o más bien de alguien que convive con su fragilidad, porque no tiene aspecto de hombre hundido.

El caso es que, leyendo ese reportaje, me he acordado, otra vez, del tío Víctor. Es como si después de esperarlo infructuosamente durante la lectura de La ballena se me hubiese aparecido al abrir una revista dos días después. Y eso que al tío Víctor todo el mundo lo consideraba tonto, que es, por otra parte, como en aquella época debía considerarse a cualquiera que contrajese prematuramente una enfermedad como la de Maragall. Pero la inmensa ternura que desprende, esos paseos con su hermano desquiciado, sirven de mucho más que su pretendida estupidez. En realidad la redimen, pero la redimen tan bien que quisiéramos que al final fuera el verdadero y gran protagonista de la historia.

Claro que siempre he visto en Maragall un personaje de Mendoza. El propio Mendoza es un personaje de Mendoza, un camino de vuelta que pocos escritores saben recorrer. Es como si su personalidad se fuera modulando como resultado de la decantación de sus fantasías, y no sólo porque se empeñasen en hacerse una cabeza, como decía Umbral. Quiero decir que Baroja terminó siendo uno de sus personajes. Y digo uno de, no un personaje. La diferencia estriba en que Baroja no se construyó un modelo ambulante como, por ejemplo, hizo Cela, que pocas veces, quizá solo en los tiempos del Viaje a la Alcarria, supo ser un personaje de sus novelas. La imagen de Mendoza, en cambio, es la de un individuo muy formal que pasea junto a su señora con las manos a la espalda, canoso y levemente bronceado, con aspecto de no estar cuestionándose con sandeces metafísicas la trivialidad de su comportamiento, pero que luego, en casa, en las novelas, se deja llevar por la imaginación. Esta mezcla de formalidad y extravagancia (ésta siempre maliciosa, no malvada, y siempre más melancólica que cruda, pero también más afilada que condescendiente) está en muchos personajes de Mendoza y en la misma imagen pública del escritor. Y en la de Maragall, claro.

Todo esto venía porque no dije nada de los otros dos cuentos de Tres historias de santos, que me han dejado asaz indiferente, la verdad sea dicha. El primero de ellos, Duslab, es una historia forzada, unas piezas casadas, unos párrafos remetidos, no una corriente narrativa que, por el hecho circunstancial de ser un cuento, dura menos que una novela. Habla de un tipo que se entera al mismo tiempo de que a su madre le han concedido un importante galardón científico internacional y de que se ha muerto, pero la noticia le pilla en un poblado africano como los que pintaba Ops en el TBO. El final impresionante de que habla la solapa es un lugar común cinematográfico que, de no estar tan bien escrito, corre el riesgo de resultar incluso un poco plasta.

Claro que a eso de tan bien escrito conviene hacer una matización. En la publicidad que se ha hecho del libro se decía que uno de los tres relatos no contenía ni una sola vez la palabra ‘que’. El propio Mendoza habló de los molestos ques, una opinión que ha estado en España bastante extendida y que a mi modo de ver ha influido demasiado en nuestra literatura.

El que puede ser molesto desde un punto de vista gráfico, pero en absoluto auditivo. Si hablásemos con una persona que jamás utiliza el que sentiríamos algo raro, quizá lo mismo que (con los prejuicios con los que lo leía) yo he sentido en algunos párrafos de Duslab. Estaban bien escritos (claro), pero no corrían. Se notaban los reajustes y las sustituciones exactamente igual que el personaje del tercer cuento, un buen salvaje de la literatura, nota en un cuento que algunas partes han sido extirpadas para aligerar su lectura. Los fragmentos innecesarios para el seguimiento de la trama pero imprescindibles para que el relato tenga vida que aquel preso, por puro instinto, echaba de menos son los que, aunque no me lo proponga, a mí me producen la sequedad de garganta. Cervantes utiliza una media de 18 ques por página, y si se hubiese parado después de cada página a quitar los ques y sustituirlos por complementos del nombre, hipérbatos y paráfrasis, el resultado habría sido un libro de Mateo Alemán, no de Cervantes.

Este odio al 'que' se revitalizó, curiosamente, en una época en la que se odiaba todo lo que sonase a tradicional: el 'que', el argumento, el personaje y por supuesto los fragmentos esos innecesarios pero imprescindibles. El cuento entero me suena a ese prurito de no dejar a la narración que se exprese sino castigarla para que camine en un perpetuo enderezamiento, en no seguir caminos trillados y sustituirlos por trochas innecesarias y prescindibles. Me dio mal rollo el cuento entero, vaya, aunque las descripciones de la aldea me hiciesen reír.

Y el último, en fin, el del buen salvaje, es un cuento que se salva por el giro final, tan elegante, pero en realidad es un sermón, una fábula dominical. Todos estamos de acuerdo en sus juicios literarios, pero lo que nos queda del cuento lo podríamos haber sabido a través de una entrevista. Lo bueno es que, como en este cuento sí hay ques, la lectura es otra vez un placer.

3 comentarios:

  1. No conocía yo ese odio al "que".
    Me gustaría una lista de recomendaciones de libros de Mendoza, porque es un tío que me cae bien y tiene una visión de la literatura y un estilo que me agradan, pero no lo tengo muy controlado: ni la parte seria (reconozco que la Comedia ligera me aburrió y la dejé pronto) ni la parte divertida (Gurb y tal).
    Me gustó su libro sobre Nueva York.
    ¿Qué es lo mejor de Mendoza?
    Por cierto, estas últimas entradas, buenísimas.

    ResponderEliminar
  2. Pues yo empezaría por 'El asombroso viaje de Pomponio Flato', y luego me tiraría directamente a por 'La ciudad de los prodigios', sin duda su gran legado narrativo. Yo no entré por 'La verdad sobre el caso Savolta', que luego me gustó, sino por las novelas breves del detective loco (ahora suenan muy infaniles-juveniles) y sobre todo por 'La ciudad de los prodigios', una pasada. Aunque ya sabes que yo soy lector hembra, como decía el pedante de Cortázar: quiero que me construyan un mundo y me hagan vivir en él. Quiero a Dickens, no a los deconstructores del arte de narrar.
    En cuanto a las otras novelas, a mí 'Una comedia ligera' me encanta; no es que la considere la mejor, pero sí la que más me gusta. No puedo decir lo mismo de 'Horacio o las elecciones primarias' que me pareció como 'Los mares del sur' pero sin una pizca de entusiasmo, ni del 'Tocador de señoras', o como se llamase, porque ese tono ya no me hacía gracia. Y Gurb me pareció un buen chiste, pero nada más. Eso sí, con él se ha hecho millonario.
    Por lo demás, un placer siempre tus visitas.

    ResponderEliminar
  3. Anónimo8:06 p. m.

    Un franquista llamado Sabino:


    http://archivo.dosmanzanas.com/index.php/archives/3403


    Bolo

    ResponderEliminar

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.