17.4.10

Desaparición























Por cosas del curro estoy leyendo otra vez a Flaubert. Rebusco en sus páginas de teoría literaria y vuelvo a encontrar algo que ya en su momento me pareció definitivo, pero que seguramente olvidé con las ansias de la vida. Es su teoría de la desaparición, su terca voluntad de que ni el autor ni casi el narrador aparecieran en Madame Bovary. Fue una aspiración que otros ya habían conseguido, y él mismo lo reconoce y lo celebra, pero viene a decir algo así como que Cervantes, como era un genio, lo hacía naturalmente, y él tiene que trabajárselo.
El problema sigue como al principio, y el mero hecho de ponerle peros a Flaubert en su titánico empeño ya da idea de lo complicado que resultaría resolverlo. Flaubert soñaba con una conjunción de ciencia y poesía, la ocultación del narrador, que no opina ni da la matraca (casi nunca), en medio de una prosa labrada con la exigencia de los versos. Lo que sí consiguió fue un método para el realismo (para la aspiración al realismo) que, con muy pocas variantes, sigue vigente ahora mismo; otra cosa es que sea tan difícil practicarlo. Su prosa viene a ser como una música constante, como un gran poema musical que se rellena con detalles exactos, sin un adjetivo de más, y que se pone a prueba con la lectura en voz alta. Sólo si era, también, naturalmente percibida la daba por buena. No era un prurito de austeridad (sus maravillosas descripciones son de todo salvo austeras) sino de perdurabilidad, de saber qué excrecencias de la prosa la envejecen enseguida. Quería algo igual de legible cuando lo escribió que doscientos años después, y eso es algo que sólo puede conseguirse con una dicción exacta y musical. A la prosa la envejecen las metáforas verbales. Flaubert tiende, a veces, a la súbita y perspicaz comparación, pero sobre todo a la descripción de la realidad hecha metáfora. Se esconde no dando la interpretación de las imágenes que describe, un silencio último que redunda en poético. Simplemente las presenta.
Pero siempre se acaba poniendo, a Flaubert y a todos los que le siguieron, la misma objeción, que en el fondo es una vuelta de tuerca más en el reduccionismo ad absurdum: ¿y no es esa renuncia a la verbosidad, ese denso trabajo de perfección y de ocultación, lo que hace siempre presente la figura deslumbrante de su autor? Éste, por otra parte, ya está fundido con el narrador desde el momento en que los dos han elegido el mismo destino, no aparecer, mucho más que si, tratando de ocultar sólo al autor, Flaubert hubiera impostado alguna voz distinta que narrara los hechos, un narrador que a su vez fingiera ser testigo y personaje. ¿No es, en suma, esa perfección la sombra de Flaubert?
La cosa no es tan absurda. Flaubert, ya digo, adoraba a Cervantes. De él sacó una de sus célebres máximas: “Hay que trabajar hasta la extenuación para que parezca que no se ha trabajado nada”, que es exactamente la impresión que da el Quijote, que su autor apenas tuvo que poner el brazo en funcionamiento, que lo escribió como el que pasa el rato, con conciencia de arte como oficio, pero no de arte como objeto sublime. Siempre queda la impresión de que Cervantes sabe lo mismo que el lector de lo que está ocurriendo y de lo que va a ocurrir. Su lengua es hablada, contada. Ese sí que da la impresión de no haber trabajado nada mientras escribía. ¿Da la misma impresión Flaubert? Creo que no, pero también creo que en ese aire como cansado y exquisito, en esa rebosante condición de francés que tiene todo lo que dice, está el verdadero personaje de la historia. La deliciosa musicalidad, la prosa semoviente, los silencios oportunos, los detalles minuciosos, y tan significativos, el trazo de los retratos, el ambiente de las escenas, todo aquello que puede componer una novela extirpado y sometido a riguroso tratamiento poético y sin un gramo de sobra.
¿Y Stendhal? ¿Podemos decir lo mismo de Stendhal? Yo creo que este sí se parece más a Cervantes, y como él no se paraba a mirar atrás. Escribir para él era un acto continuo, no un trabajo de orfebrería. Por eso, con ese mohín tan francés, Flaubert desdeñaba a Balzac, porque Balzac se ocupaba solo de contar, no del estilo. “La preocupación por el estilo es el primer síntoma de impotencia”, dejó dicho Dostoievski.
Yo creo que la mejor síntesis del problema, esto es, que la minuciosa obra de arte cumpla las normas de la naturalidad más absoluta, único modo de hacer que desaparezca el autor y el narrador, fue lo que Tolstoi se propuso resolver. Lo consiguiera o no, su empeño es el más cercano a su objetivo de todo el siglo XIX. Aunque en el fondo lo único que sucede es que tanto Tolstoi como Flaubert crearon el gran mito del autor desaparecido, uno a la francesa, desdeñosa y musical, y otro a la rusa, inmensa y sufrida. Pero da igual. Más o menos cervantino, siglo y medio después de publicada la novela se lee como si la hubiera escrito ayer, y el método, la fórmula narrativa de Flaubert sigue vigente, al alcance de quien se atreva a usarla. Como la de Cervantes.

1 comentario:

  1. Anónimo11:15 p. m.

    “La preocupación por el estilo es el primer síntoma de impotencia”, dejó dicho Dostoievski.
    ¡Pedazo de frase!, digo yo. Pues sí, que estoy de acuerdo con el Dosto en esto también. Y no solo en literatura sino en todos los ámbitos de la vida artística y de la otra.

    Saludos.

    JCarlos Navarro

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