11.4.10

Más brotes de primavera.

El viernes se estrenó en Villarquemado el documental El tiempo en la maleta, de José Miguel Iranzo. Es un tema que salió hace tiempo en estas Bernardinas, la odisea de seis matrimonios de Villarquemado que en 1957 cogieron el portante y se marcharon al Canadá. Ese fenómeno que aquí en España suele nombrarse con indisimulado retintín el efecto reclamo hizo que en las dos décadas siguientes llegasen a Montreal hasta doscientos ciudadanos venidos del mismo pueblo.

En el reportaje que he leído en el Diario de Teruel Iranzo dice que es “un monólogo de 30 personas” lo que ha hecho, y me parece una definición tan redonda como el número. En efecto, la cosa consistía en trenzar las treinta voces de modo que por sí solas fueran explicando lo que supuso aquello, tanto en la Operación Bisonte (y luego la Operación Marta, siempre tan ecológicos) como en las campañas agrícolas que atrajeron temporeros a Francia o Alemania por aquellos mismos años. Pero esa operación no habría sido posible si Iranzo hubiera actuado con guiones, con preguntas, con temas previos, con respuestas concisas, que es el lastre que yo encuentro a la mayor parte de los documentales sobre este mismo asunto, que son un puñado. Muchos cifran su interés en filmaciones de la época, pero otros son un abalorio de testimonios no surgidos del recuerdo ni de la conversación sino de la obligatoriedad de pensar algo cuando te lo proponen, no cuando te surge.

Ese es el mayor encanto que yo le veo a este documental. Se nota que los entrevistados han estado charlando un buen rato, han ido de la fruición a la banalidad, de la nostalgia a la reflexión, pero a todos esos terrenos no los ha llevado más que la comodidad, el estar a gusto hablando. El entrevistador no aparece por ninguna parte, y más que ser aquel al que se dirigen los entrevistados, es cualquier persona –espectador incluido– que tenga ganas de escuchar. Luego Iranzo ha sometido todo ese flujo de recuerdo hablado, de charla distendida, en un minucioso tapiz donde todo cobra sentido, las conversaciones se reordenan y los recuerdos se comparan, y todo fluye como si el primer entrevistado que sale no dejase de hablar con distintas voces y distintos sentimientos, y en el fondo la conversación, el acto de estar charlando, fuera el mismo para todos.

Dicen lo bien o lo mal que les fue, cómo se las arreglaron al llegar, qué conocieron, qué echaron de menos. La tijera de Iranzo ha ido recortando frases dichas muchas sin querer, como entretiempo de dos ideas, como glosa en voz baja, o bien como torrente añadido al hecho, ejemplos o cuestiones menores, que juntas no traicionan nunca lo que cada uno dijo pero van contagiando simpatía.

Colabora el hecho, claro, de la hermosa lengua que hablan los entrevistados. La primera intervención del documental es la de un señor de campo que en una frase lapidaria usa con escrupulosa corrección gramatical seis tiempos verbales distintos: “A mí me han dicho a veces: ‘¿y tú por qué te fuiste, si no te hacía falta?’, y yo les digo: ‘Pues si no me hubiera hecho falta, no me habría ido’”. Y eso con alguien que sólo se marchó a Francia cinco años y ha vivido después siempre en el pueblo. Pero hablan los del Canadá, que llevan muchos medio siglo sin vivir en su lengua materna, y el castellano es, sobre todo en los más viejos, de una musicalidad y una precisión extraordinarias. No me canso de oír a Álvaro Iritia, por ejemplo, uno de los pioneros, su bellísima forma de hablar, tan matizada de tonos, de gestos, de pausas, tan afable y tan concisa, tan entretenida y tan variada, y, sobre todo, tan bien dicha.

Los más jóvenes hablan un castellano más barnizado de madera de arce, más québécois, pero todos, como digo, se hallan presentes en la misma reunión, y hay algo que une a la moza que cuando llegó al Canadá dijo que ella no iba a ver una remolacha más que en los restaurantes o al mozo que se sintió durante años rodeado de nieve hasta que volvió a las planicies amarillas del Jiloca. Hay de todo y para todo hay sitio. Todo está dicho con transparencia y todo está escuchado con cercanía. Con acercanza, que se dice ahora.

Yo colaboré en este documental con los textos que iban rompiendo el discurso de tan entretenida conversación. Los leyó un locutor que a mi juicio daba un poco el tono de Aquellos maravillosos años, pero suena bien. Como lo que la gente decía era interesante, fueron breves y meramente ilustrativos. Datos memorables o curiosos, pies de foto de imágenes de archivo, algunas con cierta sorna benigna, o ráfagas de música verbal. Una cosa discreta, porque la verdadera música verbal es la que desgranaban aquellos locuaces pioneros, y las manos de quien los escuchaba.

4 comentarios:

  1. Qué interesante. ¿Y sabes dónde se puede ver ese documental? ¿Lo estrenarán?

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  2. Ah, el proceloso mundo de la distribuición... Digo yo que tarde o temprano será más accesible. Gracias por tu interés.

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  3. Anónimo7:40 p. m.

    Teresa, el Ayuntamiento de Villarquemado hará copias en DVD para todos los interesados. Hay que solicitarlas a dicho Ayuntamiento.

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  4. Anónimo10:41 p. m.

    Lo estuve viendo ayer mateis con unos amigos/as y compañeros/as del curro. Nos gustó a todos. Uno de los compañeros me lo pidió para que lo vieran sus padres.
    El Iranzo consigue que los que nos hablan nos resulten cercanos y que empaticemos con ellos. Más que un monólogo parece que estemos en una charla de amigos donde nos cuentan como les ha ido. Y los textos me han gustado, son frescos y tienen humor. Se nos hizo muy corto.
    Me quedo esperando la segunda parte porque he oido que material hay de sobras.

    JCarlos Navarro

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