4.12.10

Diego Arribas entre las alpacas

El escultor Diego Arribas carga alpacas en las cercanías de Rodenas. A lo lejos se ve el pedrusco dramático del castillo de Peracense. Huele a paja recién segada, a los tomillos y las jaras, frescas de alguna tormenta breve. Se oyen las chicharras y el zumbido fugaz de una moscarda. Diego apila las alpacas en forma de escultura. Con forma sugeridas por el entorno, nacidas del paisaje, las fotografía y las vuelve a desordenar. No usa máquinas ni ayudantes. Carga él solo las alpacas apoyándolas contra los muslos, las apila con sus grandes manos de escultor, altura tras altura, de modo que las necesidades de su trabajo en soledad van creando nuevas formas, escaleras que desaparecen conforme aparece la obra. Para crear el objeto tiene que ascender a él con estrategias propias de la lógica y la soledad. Es esta soledad, este intenso acto sin fisuras, como si con el círculo de alpacas ascendiera un tiempo delimitado y a la vez eterno, el momento del esfuerzo desbordante, la hora de descargar las ideas y vivir en ellas.

El gran círculo de alpacas tiene siete pisos, cinco filas de balas de metro y pico de largas y más de medio metro de profundas y de largas. Por fuera da la sensación de un tabique de bloques de adobe sentados a matajunta, pero Diego no ha roto una sola alpaca, lo que le ha obligado a colocar dos filas de alpacas en el sentido de la circunferencia y otra cruzada en los extremos de la hilera. Me imagino sus cálculos sobre la arena, las medidas de un objeto imperfecto para que cuadren en un círculo perfecto. Y, por otra parte, no sé cuáles son las medidas de las alpacas, pero todo el mundo sabe cuál es el verdadero peso de la paja.

El gran círculo está roto por una elegante abertura sin dintel, como la entrada a un templo esotérico, a un laberinto mitológico. El círculo sin techumbre, como la parte indestructible de una ruina, no tiene más pisos de alpacas porque excedería las medidas del paisaje. Está situado en mitad de una era, el lugar donde llegaron las espigas. Ese círculo está hecho con la técnica de cuando las eras ya no fueron necesarias, cuando los trillos empezaban a decorar las mesas de los bares y un mastodonte de hierro devoraba el cereal y lo arrojaba en paralelepípedos irregulares. Luego vinieron las alpacas circulares, con las que, curiosamente, no habría podido construirse un círculo tan limpio como este.

Detrás de la era ya sólo se ve una llanura de bancales sin labrar, un horizonte muy recto de cañas diminutas. En el inmenso campo hay algún árbol perdido y en el inmenso cielo una sola nube pasajera que viaja como un humo migratorio. Si alguna ermita se ve a lo lejos, tampoco excede las proporciones que respetó el artista. Uno dudaría entre pensar si es una obra de arte moderno o una tradición milenaria. Al inmenso azul y al amarillo secano les sienta como de molde. No se trataba de levantar solamente una obra de arte, sino algo que brotase del propio paisaje, que fuera natural en él.

Acabada la obra, Diego la deshizo y volvió a poner las alpacas en su sitio, en el lugar donde una máquina las recoge para que los hombres den de comer a los animales. Las intervenciones de Diego Arribas en el paisaje turolense son efímeras. Las podemos presenciar, no contemplar. Contemplar es ver en el tiempo, en el mucho tiempo, en las distintas estaciones. Habría sido interesante dejar que el ganado voraz, el fiemo y el cambiante clima las erosionase, las fuera derrumbando y la dejara como las tapias desdentadas de las parideras, hasta que al año siguiente, durante el mes de agosto, fuera costumbre levantar una construcción parecida y celebrar dentro de ella el final de la siega. Seguro que una forma tan perfecta tiene un grado de frescor inesperado.

Diego Arribas no busca paisajes que no hayan sido recreados por el hombre. Los bancales del Jiloca, las minas de Ojos Negros, los bosques de chopos cabeceros. Son paisajes hollados por la cultura, pintados por las mieses, esculpidos por el hierro. Pero lo efímero solo guarda la recompensa de la destrucción. Otras obras como la que presentó en la colectiva del Museo, Cada paso que das, son más duraderas. Eran quince placas de pizarra que por su tamaño recordaban al de las traviesas negras de aceite y de hollín, pero estaban más juntas, como las de una pasarela para cruzar un estanque. En la primera había trece líneas rojas rectas de diferente inclinación, y en la última solo dos, a un lado de la traviesa, allá donde los cruces y las pérdidas y los hallazgos habían llevado al resultado esencial, al único camino que nos queda.

Será posible disfrutar y meditar paseando junto a esta pieza, siempre que se exhiba, pero ya sólo veremos en fotos el hermoso templo circular de las alpacas. Acabada la pieza, fotografiada, Diego procedió a dejar cada bala donde la había encontrado. Otras manos y otras máquinas las irán apilando en formas cúbicas, pero dentro ya no se podrá estar.

4 comentarios:

  1. Excelentes las dos reseñas de los artistas de Teruel. Dan ganas de subirse a las alpacas de Diego Arribas y echarse a volar con las alas de Carmen Escriche.

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  2. Lástima que esas obras tengan una vida tan efímera. Gracias, otra vez, por poner en el escaparate de tu bitácora nombres, obras y palabras de tanto mérito artístico, Antonio. Un abrazo

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  3. Diego Arribas3:28 p. m.

    Me encanta tu texto, Antonio. Me ha hecho revivir las sensaciones de aquel verano que pasé en el altiplano de Ródenas, tejiendo y destejiendo con aquellos retales de cereal empaquetado.
    Enhorabuena por tu blog. Buenísimo! He disfrutado mucho leyendo las entradas de los artistas de la exposición del Museo de Teruel.
    Estoy deseando ver el documental.
    Un fuerte abrazo,

    Diego

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  4. Gracias, Evaristo, Luis, por leerlas, y a ti, Diego, sobre todo, claro. Todo el proyecto de las alpacas pero más este del templo circular ha sido un buen estímulo para escribir. he visto en la red tu artículo sobre Gonzalvo pero solo el comienzo, así que esperaré a correos para leerlo entero. En todo caso, me alegro de que alguien como tú haya dado ese paso historificador, 'localizador', podríamos decir. Enhorabuena. Eres el Ai Weiwei del paisaje turolense.

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