1.3.12

Amorío


Geórgicas III, 209-241

Pero no hay ninguna artimaña que más
mantenga el vigor que apartarlos de Venus,
ya se trate de toros, ya prefieras caballos,
lejos de los estímulos del ciego amor.
Por eso guardan lejos, en pastos solitarios,
a los toros, allende el monte, el ancho río,
o los tienen cerrados cabe pesebres llenos.
La vista de la hembra les quita poco a poco
la fuerza y los consume, pues ella no los deja,
con sus dulces encantos, ni acordarse siquiera
de bosques o de hierbas, y a luchar a cornadas
arrastra a menudo a los bravos amantes.
Pasta en el gran Sila una hermosa novilla:
los toros se enzarzan, los unos con los otros,
en violenta batalla: abundan las heridas
la negra sangre corre por los cuerpos,
con tremendos bramidos traban las cornamentas,
y retumban los bosques y el vasto Olimpo.
No es costumbre guardar a los que se pelean
en el mismo cercado; antes uno, el vencido,
se marcha y destierra en parajes escondidos,
lejos, y su afrenta gime y las heridas
que causara el soberbio vencedor, los amores
que perdió sin que fuera posible la venganza,
y sin quitar la vista de su propio establo
abandonó el solar de sus antepasados.
Pues con todo cuidado ejercita sus fuerzas
y de noche se tumba encima de las piedras,
come cardos hirsutos, carrizos espinosos,
se prueba y descarga su ira a cornadas
contra el tronco de un árbol, y embiste al aire
y escarba en la arena, listo para pelear.
Recobrado el vigor, recompuestas las fuerzas,
se encampana y carga contra el enemigo,
que está ya descuidado, con toda su violencia:
como la marejada que en alta mar blanquea
y arrastra una ola de hondas lejanías,
y volcándose en tierra resuena con estruendo
en la orilla al romper contra las rocas, y cae
deshecha y tan alta como una montaña,
mas en la ola se agitan profundos remolinos
y arrojan arenas negras de sus entrañas.

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