22.6.12

Dos objeciones a 'Pastoral americana'



Después de Némesis he continuado rellenando lagunas con Pastoral americana. Mi caso con Philip Roth es el clásico de haber empezado por donde no debía, por el principio. La trilogía de Zuckerman encadenado no me podía gustar porque en ella viaja, en primera clase, buena parte de lo ya no leo. No leo autobiografías ni mucho menos novelas protagonizadas por un escritor que escribe. No le encuentro la gracia al manierismo y las historias posmodernas suelen pecar de autocomplacientes. Así que lo fui dejando estar, y eso que a mi alrededor la gente leía La mancha humana y Me casé con un comunista y me decía que me estaba perdiendo algo que seguro que me iba a gustar. Cuando, hace unos días, dieron a Roth el Príncipe de Asturias, tuve que escuchar el argumento definitivo: ¿cómo es posible que te gustasen Una mujer difícil y Libertad y no quieras leer Pastoral americana
               Ahora he comprobado que la novela de John Irving se publicó dos años después de la novela de Roth, y la de Franzen, como aquel que dice, acaba de salir. En el reducido mapa genealógico de mis lecturas, las dos le deben algo a Pastoral americana, desde luego. Más incluso la de Franzen, en casi todos los sentidos, incluidos los que menos me interesan. El Irving que se ceba en la documentación exhaustiva en torno a un tema menor que le sirve de símbolo y de itinerario, el de la pesadota Hasta que te encuentre, llena de erudición tatuada, viene a estar representado aquí por la fábrica de guantes de Lou, el patriarca, el padre del Sueco. Y el tema del hombre bienintencionado al que se le acumulan los errores y las desgracias, las mujeres locas y los hijos inflamables, que es el asunto de Libertad, es el que da cuerpo a Pastoral americana, y en ambos casos con parecidas intenciones. Se trata de retratar, a través de un triunfador desgraciado, el decline and fall del sueño americano, que por otra parte debe de ser el tema de otro millón de novelas contemporáneas, por lo menos.
               Es decir, que tenía que gustarme y en efecto me gustó, y sus quinientas y pico absorbentes páginas me hicieron vivir en el mundo que me proponía la novela, una familia cada uno de cuyos miembros representa una forma de ver el mundo. El abuelo Lou es el viejo emprendedor americano, el hombre que se jacta de haber trabajado duro y sobre todo haber mirado la calidad del trabajo por encima de la rentabilidad, el judío que no entiende que su hijo se case con una católica irlandesa, y su abnegada esposa, una señora insignificante que cuando aparece con una frase, como los figurantes, es siempre para templar gaitas, apagar fuegos, seguir corrientes y asistir a su fogoso marido, uno de estos americanos que a los ochenta y tantos años conservan intactas las dotes de mando y los criterios morales.
               El hijo, el protagonista, el Sueco, es el rigor de las desdichas. Todo le sale mal, y en la vida, cuando todo, absolutamente todo sale mal, tanta desgracia junta solo puede mover a la compasión, pero difumina un poco la idea de verdad. Hacia el final de la novela, cuando el Sueco ha visto cómo se destroza la mente de su mujer y cómo la ya destrozada mente de su hija destroza lo que encuentra, sufre un ridículo ataque de celos que ya no pertenece a la novela ni al personaje sino al autor. Hay un momento en la novela, a unas cien páginas del final, en buena parte de la larga última cena en la que no se sabe quién va a traicionar a quién, en que la lógica narrativa deja paso a la ingeniería finalizadora. El personaje deja de vivir y empieza a ser contado, y emerge, ominosa, la figura del autor para empalmar todos los hilos y dejar a todo el mundo sin posible redención. Es una decisión suya, no de la novela.
               Los otros personajes de la edad del Sueco flirtean demasiado a menudo con la caricatura. El vecino rico, Orcutt, diseñador de la nueva vida a la que aspira la mujer del Sueco, está visto con los ojos de un celoso y en ese sentido es bastante creíble. Lo que no es creíble es que, después de todo lo que lleva encima, el Sueco tenga tiempo de caer en el lodazal de los celos, o sacar a pasear a última hora una aventura suya, otro pecado, con la psicóloga de su hija. Es como si ninguna novela pudiera terminar sin rendir tributo a la obsesión sexual que corroe la moral americana. Pero Leviatán, de Auster, anterior a Pastoral americana, usaba un punto de partida parecido sin necesidad de decorar su alrededor con el muladar sentimental de siempre. La hija del Sueco es aquel Sachs de Auster, pero mucho menos sujeto al croquis simbólico de Merry, el tristísimo personaje de Philip Roth. Me da la sensación a veces de que sobrecarga a los personajes de simbología, que no hay nada que no signifique algo, que no sea un ejemplo para explicar algún problema social, laboral, personal o amoroso. Los personajes no son contradictorios en la medida en que han nacido para martillos y del cielo les caen los clavos. No hay redención, y las buenas novelas, incluida la Biblia, necesitan para sostenerse un acto de redención. El lector necesita querer, no solo compadecer. Al final del libro tenía que afinar la vista porque la sombra inquisitorial del autor impedía que entrara un solo rayo de luz.
               El paradigma del paradigma (dicho sea no como superlativo hebreo sino en sentido estricto) es esta muchacha, Merry, que a los 16 años se escapa de casa y se lía a poner bombas, y acaba en un agujero inmundo convertida en psicópata jainita, de estos que no se lavan para no matar los seres vivos que habitan nuestra piel, como franciscanos de la vida que habita en la putrefacción. Es curioso que suceda en los años de la guerra del Vietnam, la última vez en que una generación joven se mostró dispuesta a inmolarse en aras de la ideología. En Libertad, de Franzen, la descomposición es de otra índole, y el hijo, en vez de salir revolucionario, se va a la guerra de Irak a hacerse millonario. Pero en Franzen sí hay redención, y esa redención hace que el personaje sea el mejor de todos, el más vivo.
               Tampoco había que ser tan crudo. Es el tópico de las tres generaciones de empresarios, tan frecuente: el abuelo, de la nada, con esfuerzo y rigor, levanta una gran fábrica de guantería; el hijo, un americano sano, trata de seguir ganando pasta con el mismo entusiasmo, pero el ambiente ya es otro y los usos y costumbres también; el nieto (la nieta) ya no quiere saber nada, aunque lo normal es que sí quiera saber y destroce la obra de sus antepasados. Pero eso ha sucedido siempre, no en los 70 por primera vez, y volverá a suceder porque comienza otro ciclo de vacas flacas, pioneros y hombres cerriles y sacrificados.
               Y eso si son hombres, porque las mujeres, en esta novela, lo tienen bastante crudo. Varias de ellas (la progre Umanoff, la psicóloga con aventura, la compinche de su hija) están pintadas con tanta mala leche que al final resultan un poco mamarrachos, y en el caso de Rita, la compinche, directamente inverosímiles. Pero su mujer, ex miss New Jersey, es de una debilidad que penetra en la moral hasta envilecerla, y Shelly, la mujer del pomposo Orcutt, es una borracha a la que Roth describe con verdadero asco, y a la que da un papel relevante al final, en el más puro final, que, lo siento, me ha parecido del todo gratuito.
               Pero hay otro pero más que me ha dejado su lectura. Es lo mismo que empasta de absorbencia la lectura, pero que en términos narrativos no deja de ser un truco. Roth escamotea la narración a favor del jucio moral, no deja que se desarrollen las secuencias sin someterlas a un veredicto meticuloso que tapa lo que de pura novela debería haber. Uno pronto deja de ver para reflexionar, y la misma carga simbólica que tienen los personajes es la que le falta a lo que hacen los personajes, a lo que Roth les deja hacer. Uno disfruta sabiendo cómo se siente el Sueco y como funciona una fábrica de guantes, cómo eran los concursos de miss América en los años cincuenta y cómo la vieja Newark se viene abajo. Algunas conversaciones son incluso largas (la última con Sheila, la psicóloga, muy pleonástica), pero no hay acciones concretas. Los personajes están colocados en la situación pero no actúan, o han actuado y tienen miedo, o van a actuar y también tienen miedo. Yo diría que Roth es un maestro en mantener la novela sin necesidad de que el lector exija más encarnadura dramática, no más acción sino más situación. Pero, llegados al culo de pollo final, esa misma velocidad, esa misma atención empieza a mosquear un poco. Demasiado tarde, en cambio, para no haber disfrutado.

10 comentarios:

  1. conde-duque9:18 a. m.

    A mí me pasó al revés. Empecé hace muchos años por El lamento de Portnoy y me encantó. Después he intentado otras y nunca he disfrutado tanto. Pero me ganó para la causa con el primer golpe.
    Elegía también me gustó mucho.

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  2. Me acaba de llegar un mensaje con tu comentario y justo me pillas por aquí a mí también. Por cierto, he comprado Expiación. Ya te contaré. Voy a echar un vistazo a todo esto.

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  3. Me ha gustado un monton.El pulso narrativo es extraordinario, literatura en estado puro, pero estoy de acuerdo en que los retratos de mujer dejan mucho que desear

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  4. Anónimo7:19 p. m.

    Pastoral Americana me fastidio hasta el cansancio...empezo muy bien, realmente bien, interesante, con personajes bien desarrollados...pero llegando como a la mitad de la novela empieza una retahila moralista de mas de 100 paginas...no aguante, solte la novela, trate de retomarla y de nuevo mas y mas paginas de moralismo gringo....se me cayo de las manos. No pude mas.

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  5. Bueno, está mu bien escrita, en principio por lo que me dejó leerla en un par de días poco más o menos.- Me pareció una excelente novela.-
    Voy, por tanto, a por la segunda de la trilogía.-

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  6. Cuando la estaba leyendo me chirriaba mucho el tercer acto con esa cena llena de personajes que no habían aparecido antes, o muy poco, y que al final resultaban ser esenciales. Estoy de acuerdo contigo en que está mal resuelta y que domina el autor sobre la novela

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  7. Al Estrada11:15 p. m.

    Es cierto, domina el autor. Sin embargo me parece que esa es precisamente una de las características más esenciales de este tipo de novela. La lees sobre el filtro bien notorio del autor, su carácter, obsesiones y posturas ideológicas. Esto, por supuesto, incluye esa visión misógina o decepcionada de la mujer americana (quizás ambas). Tampoco me parece que deba darles posibilidad de redenciòn... América no la tiene, ¿porqué habrían de tenerla los personajes que simbolizan lo peor de su podredumbre?

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  8. Anónimo7:51 p. m.

    ¿Y la traducción de Jordi Fibla? Es lamentable.

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  9. A mi me encanto la trilogía quizá la que mas La mancha humana. Me gusta todo Roth quizá estoy enamorada de el. Estoy muertita por ver la película, pero ni me entere de que se rodaba.

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  10. Señora azul1:27 a. m.

    Me gusto mucho la trilogía. Es verdad que a veces entra como en bucle, pero es mucha maestría y creo que siempre soluciona bien.

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