14.6.12

El veneno de los dioses

No suelo hacerlo, pero advierto de que voy a destripar el argumento de una novela que basa en la sorpresa parte de su brillantez, de modo que quien quiera leerla y no le guste saber demasiado de antemano, más vale que no siga.



Némesis, de Philip Roth, es una parábola, un enxiemplo, una novela ejemplar, con moraleja y todo. El héroe, Bucky, toma una decisión que le atormenta porque le parece cobarde, huir de su pueblo, de su trabajo, en el momento en que una epidemia de polio está masacrando a los mismos niños a los que él instruye en un campamento de verano. Huye porque lo reclama su novia, Marcia, pero, una vez allí, la venganza del destino en castigo por su cobardía hace que sea él el Edipo que sin saberlo es el culpable. La culpabilidad primera ya no hace sino engordar. Bucky necesita una expiación, y lo que es una desgracia (las tragedias casuales son desgracia) se vuelve contra él: contrae también la polio, y ese sufrimiento le proporciona la excusa perfecta para lavar sus culpas. La moraleja del final lo resume bastante mejor:
“El sentimiento de culpa en un hombre como Bucky puede parecer absurdo, pero de hecho es inevitable. Una persona así está condenada. Nada de lo que haga estará a la altura de su ideal. Su responsabilidad no conoce límites. De hecho no confía en sus límites porque, cargado con una severa bondad natural que no le permite resignarse al sufrimiento del prójimo, nunca reconocerá que tiene límites sin sentirse culpable. El triunfo de semejante persona es librar a su amada de tener un marido inválido, y su heroísmo consiste en rechazar su deseo más profundo al renunciar a ella”.
La cuestión está, a su vez, en el límite. Confundir causa con culpa y azar con destino no es un juego que a la altura de 2010, cuando se publicó el libro, pudiera dar mucho más de sí, después de tanto Auster en nuestros corazones, pero el verdadero giro final narrativo es esa moraleja, el hecho de que no se trata del azar o de la culpa, sino de la extrema bondad. Por la misma razón por la que muchos se sentirían víctimas, gastarían mala uva de por vida o exigirían una fidelidad aherrojada de conmiseración, otros sienten que amar a una persona significa estar dispuesto a dar la vida por ella, que es exactamente lo que hace Bucky. Dar la vida no solo significa morir, como morían sus hermanos sin dioptrías que se fueron a morir a Europa en la II Guerra Mundial, sino también entregarla entera para lavar una culpa que no lo es tanto.
A dos novelas de Ian McEwan me ha recordado esta novela. A Expiación, que habla de eso, de cómo entregar la vida para reparar un crimen involuntario, y, sobre todo, a Chesyl Beach, en cuanto a sus proporciones, a su lenguaje, a cómo está narrada, incluso a ese casi amor, a ese futuro roto desde el principio que tan magistralmente narró McEwan. Estructuralmente responden a parámetros parecidos, desde luego. Pero resulta que son los parámetros de siempre, el arte refinado de narrar.
Hay un par de cosas que me han gustado mucho. La primera es cómo yo mismo he caído en el viejo truco de ir sacando posibles y verosímiles culpables (sobre todo Horace) y al mismo tiempo creando una trama que puede resolverse perfectamente sin salir de ellos. Cuando Bucky huye, la atmósfera de tragedia inminente está conseguidísima, y también con el mismo método: las escenas de saltos de trampolín nos hacen presentir que va a ser Bucky, conscientemente, quien provoque o no evite un accidente, una caída, un desnucamiento (cuando el chico dice que va a dar un último salto “hacia detrás”); es decir, nos hace presentir en las páginas lo que va a ocurrir de un modo en el que ya nos hemos olvidado de que podría ocurrir. El niño no se parte la crisma por seguir los consejos de Bucky, pero enferma de polio por estar a su lado. Qué bien hecho está eso, y qué bien guardada la última aparición de Marcia, esa discusión que se va postergando, ese contar las cosas desde el punto de vista de Marcia, hasta que, en la última página, Roth nos regala el punto de vista de Bucky para coronar el relato.
La realidad, minuciosa pero no cargante, precisa más que detallista, va envolviendo en verosimilitud un relato trazado con la encarnadura de los mitos, en este caso el de una venganza que tiene mucho que interpretar. La misma irreligiosidad de Bucky hace que, en venganza contra un dios cruel, se comporte como un mártir religioso, con un sentido trascendente de lo que venimos a hacer en esta vida. Pero tampoco está claro cuánto hay de sacrificio y cuánto de autodesprecio. Tampoco es tan raro, ni tan heroico, el que alguien sufra daños irreversibles en alguna parte de su cuerpo y eso entierre su autoestima para siempre. Y quienes hacen eso se sacrifican porque no pueden soportarse a sí mismos entre los demás, mucho más que porque quieran liberar a los demás de su presencia. Roth quizá piense que se apartó del mundo y rumió su amargura para siempre por amor, pero quizá solo fue porque se avergonzaba de sí mismo. Un muchacho no demasiado inteligente pero íntegro hasta el extremo y enamorado del deporte, un héroe que fascinó a los niños y cuyo comportamiento fue tan irreprochable que se ganó una vida mejor de la que en principio le correspondía, alguien así no puede soportar así como así ser otro de quien, muy probablemente, ni Marcia se habría enamorado ni los niños lo admirarían. Su cuerpo atlético era lo más importante que podía ofrecer a los demás, junto con su responsabilidad a prueba de bombas (pero no de polio), y sin eso se siente un sujeto despreciable, sin más. Convertir todo eso en hermosa expiación, en acto de amor, hay que ponerlo en el haber de la literatura, cuyo cometido, casi siempre, consiste en elevar lo humilde, en tratar como un héroe griego a un pobre monitor de verano al que ni siquiera han permitido ir a la guerra, que es donde van los héroes. Ah, esa última escena, Bucky recordado por el narrador cuando era niño, lanzando la jabalina como solo Céfalos la sabría lanzar, sobre todo porque era, la jabalina, un arma infalible. Es ella, la infalibilidad que le han otorgado los dioses, la verdadera responsable de la epidemia. Ella es la polio y Bucky el perfecto lanzador, incapaz de imaginar siquiera que la jabalina está envenenada. No, no fue Bucky. Fueron, en todo caso, los dioses, los mismos que conducen a Bucky a entregar inútilmente su vida.

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